*Aquellos orbes, fijos y febriles, se incrustaban en mi figura con una insistencia que rayaba en lo obsceno. Era un duelo de silencios, una colisión de voluntades donde el aire parecía espesarse con cada segundo de inmovilidad. Me pregunté, con una curiosidad casi clínica, qué retorcido deseo impulsaba su mirada: ¿era acaso una invitación desesperada al abismo? ¿Una insinuación descarada que buscaba encontrar un límite que yo no poseo? ¿O simplemente un intento patético de medir el grosor de mi máscara para saber si, en su limitado juicio, soy alguien de "fiar"?
Una marea de conjeturas comenzó a asfixiar mis pensamientos, pero mi rostro permaneció como una superficie de mármol frío. Sin permitir que el hilo invisible que unía nuestras pupilas se quebrara, permití que una sonrisa mínima, casi imperceptible y cargada de una ponzoña silenciosa, se dibujara en la comisura de mis labios. Era un gesto depredador, un "ven, acércate" que prometía refugio pero solo ofrecía perdición.
Mientras él creía descifrar algún rastro de humanidad en mí, mi mente ya lo estaba diseccionando, saboreando de antemano el colapso de sus expectativas. Podía sentirlo... el eco de sus latidos, fervientes y rítmicos, palpitando en la transparencia de su mirada. Era una melodía deliciosa: el pulso de una presa que, sin saberlo, ya ha entregado su cuello al verdugo bajo el hechizo de un simple parpadeo.
*Aquellos orbes, fijos y febriles, se incrustaban en mi figura con una insistencia que rayaba en lo obsceno. Era un duelo de silencios, una colisión de voluntades donde el aire parecía espesarse con cada segundo de inmovilidad. Me pregunté, con una curiosidad casi clínica, qué retorcido deseo impulsaba su mirada: ¿era acaso una invitación desesperada al abismo? ¿Una insinuación descarada que buscaba encontrar un límite que yo no poseo? ¿O simplemente un intento patético de medir el grosor de mi máscara para saber si, en su limitado juicio, soy alguien de "fiar"?
Una marea de conjeturas comenzó a asfixiar mis pensamientos, pero mi rostro permaneció como una superficie de mármol frío. Sin permitir que el hilo invisible que unía nuestras pupilas se quebrara, permití que una sonrisa mínima, casi imperceptible y cargada de una ponzoña silenciosa, se dibujara en la comisura de mis labios. Era un gesto depredador, un "ven, acércate" que prometía refugio pero solo ofrecía perdición.
Mientras él creía descifrar algún rastro de humanidad en mí, mi mente ya lo estaba diseccionando, saboreando de antemano el colapso de sus expectativas. Podía sentirlo... el eco de sus latidos, fervientes y rítmicos, palpitando en la transparencia de su mirada. Era una melodía deliciosa: el pulso de una presa que, sin saberlo, ya ha entregado su cuello al verdugo bajo el hechizo de un simple parpadeo.