Aquel que siempre ocupaba sus pensamientos llevaba un tiempo bastante ausente. No lo culpaba, tenía mucha carga de trabajo y Elorien no deseaba ser una de esas cargas.
No era alguien muy sociable, no por qué no quisiera, sino por imposición; no quería bajar la guardia, tocar con su piel a cualquiera sin querer; robarle segundos, días o meses de vida por un descuido.
Así que allí estaba, disfrutando de un atardecer en la playa, sacando un cigarrillo; un vicio que se permitía ya que no podía morir.
Sus alas y aureola solo eran visibles para aquellos a quienes él permitía dejar verlas, o para seres con una capacidad de percepción espiritual fuera de lo común.
No era alguien muy sociable, no por qué no quisiera, sino por imposición; no quería bajar la guardia, tocar con su piel a cualquiera sin querer; robarle segundos, días o meses de vida por un descuido.
Así que allí estaba, disfrutando de un atardecer en la playa, sacando un cigarrillo; un vicio que se permitía ya que no podía morir.
Sus alas y aureola solo eran visibles para aquellos a quienes él permitía dejar verlas, o para seres con una capacidad de percepción espiritual fuera de lo común.
Aquel que siempre ocupaba sus pensamientos llevaba un tiempo bastante ausente. No lo culpaba, tenía mucha carga de trabajo y Elorien no deseaba ser una de esas cargas.
No era alguien muy sociable, no por qué no quisiera, sino por imposición; no quería bajar la guardia, tocar con su piel a cualquiera sin querer; robarle segundos, días o meses de vida por un descuido.
Así que allí estaba, disfrutando de un atardecer en la playa, sacando un cigarrillo; un vicio que se permitía ya que no podía morir.
Sus alas y aureola solo eran visibles para aquellos a quienes él permitía dejar verlas, o para seres con una capacidad de percepción espiritual fuera de lo común.