Hubo un tiempo en que el nombre de Gilda no se pronunciaba en voz alta. No por respeto, sino por precaución. Fue una de las nigromantes más temidas de su era; no pedía permiso, no temía a pactos ni a entidades antiguas. Donde otros trazaban círculos con cuidado, ella los rompía. Donde otros suplicaban a los demonios, Gilda los hacía esperar. Con los años, sin embargo, incluso las leyendas se desgastan, y la suya terminó de la forma menos espectacular posible: sin batalla final, sin tragedia, simplemente se apagó, como una vela que ya había cumplido su propósito.
Su hija, Meccha, creció rodeada de esa sombra, pero eligió otro camino. No abandonó la magia, aunque sí el caos. Sus hechizos eran estables, medidos, casi delicados. Donde Gilda imponía, Meccha equilibraba. Vivió una vida tranquila, lejos de conflictos innecesarios, y cuando su momento llegó, también se marchó en paz.
Mora fue la última en heredar aquel linaje.
No poseía la presencia de su abuela ni la precisión de su madre. Tenía manos inquietas, una voz que se volvía insegura en los momentos menos oportunos y una tendencia casi inevitable a equivocarse cuando más necesitaba hacerlo bien. Aun así, el grimorio terminó en sus manos: un libro antiguo, pesado, cuyas páginas parecían susurrar incluso en completo silencio.
—Cuídalo —le había dicho Meccha una vez, con suavidad—. No porque sea peligroso, sino porque te pondrá a prueba.
Mora no lo entendió del todo en ese momento.
Con el paso de los días, su habitación se llenó de intentos fallidos: círculos torcidos, símbolos incompletos y restos de cera endurecida. Practicaba constantemente, repitiendo hechizos, corrigiendo errores, intentando mantenerse concentrada. A veces lograba resultados… aceptables. Un esqueleto que aparecía con partes desalineadas, un espíritu que no respondía del todo, sombras que tardaban demasiado en disiparse.
—Perdón… sigo aprendiendo —murmuraba siempre, casi por costumbre.
Y de alguna forma, aquello parecía suficiente para que permanecieran.
Con el tiempo, comenzó a confiarse un poco más. Tal vez demasiado. Una noche, decidió intentar una invocación más compleja, una que no estaba pensada para principiantes. No porque se sintiera preparada, sino porque quería estarlo.
Siguió cada paso con cuidado inusual en ella, repasando el grimorio varias veces antes de comenzar. El aire en la habitación se volvió denso, las velas inclinaron sus llamas hacia el centro del círculo y, por una vez, todo parecía avanzar sin errores. Mora apenas se atrevía a respirar mientras completaba el último símbolo.
Entonces, el silencio se instaló de forma extraña, pesada, como si algo más hubiera ocupado el espacio.
—Curioso… —dijo una voz que no provenía de ningún lugar en particular—. Pensé que ese libro ya no tendría dueña.
Mora levantó la mirada de golpe, tensándose.
—¿Quién… quién está ahí?
Una figura comenzó a definirse frente a ella, no del todo visible, pero lo suficiente como para notar que no era una invocación común. Había intención en su presencia, una calma incómoda, casi burlona.
—Alguien con interés en lo que sostienes —respondió con ligereza.
La mirada de Mora bajó instintivamente hacia el grimorio que sostenía con fuerza entre las manos.
—No… esto no es parte del hechizo —murmuró, retrocediendo un paso.
—Oh, claro que no —replicó la entidad con una suave risa—. Eso es lo interesante.
Antes de que pudiera reaccionar, el libro se deslizó de sus manos como si hubiera decidido moverse por cuenta propia. Mora intentó sujetarlo, pero fue inútil. El círculo se distorsionó, no rompiéndose, sino cediendo ante una voluntad ajena, y la figura desapareció llevándose el grimorio consigo.
El silencio regresó tan abruptamente como se había ido.
Mora se quedó inmóvil durante unos segundos, mirando el espacio vacío frente a ella, como si el libro pudiera reaparecer en cualquier momento.
—…No —susurró finalmente.
Miró sus manos, luego el suelo, luego el círculo incompleto.
—Eso… no estaba en el hechizo.
Por primera vez, no había forma de corregirlo.
Desde entonces, Mora continuó practicando, pero ya no con la misma intención. Sin el grimorio, tuvo que comenzar desde cero, llenando su propio cuaderno con anotaciones, errores y pequeños avances. Sus invocaciones seguían siendo inestables, sus resultados imperfectos, pero su determinación había cambiado.
Ya no buscaba estar a la altura de su linaje.
Buscaba recuperar lo que le habían arrebatado.
Y en el proceso… descubrir si realmente era capaz de lograrlo.