• {El agua golpeaba las piedras rotas de la plaza como si el propio cielo quisiera borrar aquel lugar del mundo.

    Ivandore permanecía inmóvil bajo la lluvia, con la espada baja y el escudo levantado. Su respiración resonaba dentro del yelmo mientras observaba a la aberración que se alzaba frente a él.

    No era un hombre.

    No era una bestia.

    Era un títere.

    Uno de aquellos engendros de madera y tela maldita que habitaban los rincones olvidados de los viejos caminos.

    Las cuerdas descendían desde la oscuridad sobre la criatura de verdes ropajes, perdiéndose en las alturas de las ruinas. Sus ojos rojizos brillaban con una luz enfermiza mientras avanzaba con movimientos imposibles, torciendo las articulaciones en ángulos antinaturales.

    Ivandore hundió una bota en el barro.}

    —Sea quien sea el que mueve tus hilos... hoy los cortaré.

    {La marioneta emitió un chirrido semejante a una carcajada rota y lanzó una de sus afiladas hojas hacia el caballero.

    El acero chocó contra el escudo con un estruendo seco.

    Sin perder un segundo, Ivandore avanzó.

    Una zancada.

    Dos.

    Tres.

    Su espada describió un arco brillante bajo la lluvia, obligando al monstruo a retroceder. Las cuerdas se tensaron violentamente mientras la criatura saltaba hacia atrás con una agilidad imposible.

    Pero el caballero no se detuvo.

    Había sobrevivido a Arkenfall.

    Había sido expulsado de la Orden.

    Había caminado solo por las tierras salvajes de Asteria.

    Y no pensaba caer ante una marioneta.

    Con un rugido contenido, Ivandore cargó una vez más, dispuesto a acabar con aquella criatura y descubrir qué oscuro titiritero se ocultaba tras las sombras de la ciudad maldita.}
    {El agua golpeaba las piedras rotas de la plaza como si el propio cielo quisiera borrar aquel lugar del mundo. Ivandore permanecía inmóvil bajo la lluvia, con la espada baja y el escudo levantado. Su respiración resonaba dentro del yelmo mientras observaba a la aberración que se alzaba frente a él. No era un hombre. No era una bestia. Era un títere. Uno de aquellos engendros de madera y tela maldita que habitaban los rincones olvidados de los viejos caminos. Las cuerdas descendían desde la oscuridad sobre la criatura de verdes ropajes, perdiéndose en las alturas de las ruinas. Sus ojos rojizos brillaban con una luz enfermiza mientras avanzaba con movimientos imposibles, torciendo las articulaciones en ángulos antinaturales. Ivandore hundió una bota en el barro.} —Sea quien sea el que mueve tus hilos... hoy los cortaré. {La marioneta emitió un chirrido semejante a una carcajada rota y lanzó una de sus afiladas hojas hacia el caballero. El acero chocó contra el escudo con un estruendo seco. Sin perder un segundo, Ivandore avanzó. Una zancada. Dos. Tres. Su espada describió un arco brillante bajo la lluvia, obligando al monstruo a retroceder. Las cuerdas se tensaron violentamente mientras la criatura saltaba hacia atrás con una agilidad imposible. Pero el caballero no se detuvo. Había sobrevivido a Arkenfall. Había sido expulsado de la Orden. Había caminado solo por las tierras salvajes de Asteria. Y no pensaba caer ante una marioneta. Con un rugido contenido, Ivandore cargó una vez más, dispuesto a acabar con aquella criatura y descubrir qué oscuro titiritero se ocultaba tras las sombras de la ciudad maldita.}
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  • 𝙲𝙰𝙿𝙸𝚃𝚄𝙻𝙾 [𝙸] ──── 𝙽𝙴𝙶𝙾𝙲𝙸𝙾𝚂 𝚈 𝙽𝚄𝙴𝚅𝙰𝚂 𝙲𝙰𝚁𝙰𝚂.
    Categoría Acción
    𝚆𝚒𝚝𝚑 : 𝙀𝙧𝙞𝙣

    La niebla se enredaba entre las columnas de piedra agrietada del viejo mausoleo olvidado, un rincón oculto en el cementerio de las afueras donde ni siquiera los más osados mortales se atrevían a entrar después del anochecer.

    El lugar olía a tierra húmeda, musgo y décadas de abandono. Apenas un par de velas negras titilaban sobre un altar improvisado, proyectando sombras largas que bailaban sobre los nombres borrados de los sepulcros.

    Santiago permanecía de pie, inmóvil como una estatua, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en la única entrada visible entre los muros derruidos.

    Su traje oscuro se confundía con la penumbra, y solo el leve brillo plateado de sus ojos delataba su impaciencia contenida.

    Había elegido aquel sitio precisamente porque casi nadie acudía allí; ni vivos ni muertos. Un terreno neutral, discreto y cargado de historia. Era un punto de encuentro por ahora.

    Por varios medios se entero de la existencia de Erin y tenía en cuenta que era un elemento importante en la política vampírica actual, y Santiago no tenía intención de desperdiciar esta reunión.

    Los negocios que debían tratar eran delicados, de aquellos que podían inclinar balanzas de poder si se manejaban con astucia.

    Sacó un reloj de bolsillo antiguo, lo miró un instante y lo guardó de nuevo.

    ──── 𝘠𝘢 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘳á. . . 𝘌𝘴𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘢𝘭𝘨𝘢 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘱𝘦𝘳𝘧𝘦𝘤𝘵𝘰. ────

    Su con voz baja y grave resonando en el ambiente.

    El silencio del mausoleo era absoluto, roto solo por el ocasional aleteo de algún murciélago en las alturas.

    Sonrió ligeramente, paciente, pero con esa tensión propia de quien sabe que está a punto de jugar una partida peligrosa. No sabe lo que le espera; no sabe como será ella, solo espera no llevarse una desilusión y no llegar a un acuerdo mutuo.
    𝚆𝚒𝚝𝚑 : [Black.Rose] La niebla se enredaba entre las columnas de piedra agrietada del viejo mausoleo olvidado, un rincón oculto en el cementerio de las afueras donde ni siquiera los más osados mortales se atrevían a entrar después del anochecer. El lugar olía a tierra húmeda, musgo y décadas de abandono. Apenas un par de velas negras titilaban sobre un altar improvisado, proyectando sombras largas que bailaban sobre los nombres borrados de los sepulcros. Santiago permanecía de pie, inmóvil como una estatua, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en la única entrada visible entre los muros derruidos. Su traje oscuro se confundía con la penumbra, y solo el leve brillo plateado de sus ojos delataba su impaciencia contenida. Había elegido aquel sitio precisamente porque casi nadie acudía allí; ni vivos ni muertos. Un terreno neutral, discreto y cargado de historia. Era un punto de encuentro por ahora. Por varios medios se entero de la existencia de Erin y tenía en cuenta que era un elemento importante en la política vampírica actual, y Santiago no tenía intención de desperdiciar esta reunión. Los negocios que debían tratar eran delicados, de aquellos que podían inclinar balanzas de poder si se manejaban con astucia. Sacó un reloj de bolsillo antiguo, lo miró un instante y lo guardó de nuevo. ──── 𝘠𝘢 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘳á. . . 𝘌𝘴𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘴𝘢𝘭𝘨𝘢 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘱𝘦𝘳𝘧𝘦𝘤𝘵𝘰. ──── Su con voz baja y grave resonando en el ambiente. El silencio del mausoleo era absoluto, roto solo por el ocasional aleteo de algún murciélago en las alturas. Sonrió ligeramente, paciente, pero con esa tensión propia de quien sabe que está a punto de jugar una partida peligrosa. No sabe lo que le espera; no sabe como será ella, solo espera no llevarse una desilusión y no llegar a un acuerdo mutuo.
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  • #Headcanon #DesmondSterling


    El dia que el agente murio
    [𝐀𝐮 𝐫𝐞𝐯𝐨𝐢𝐫 / 𝐅𝐫𝐚𝐠𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐡𝐨𝐦𝐛𝐫𝐞 𝐫𝐨𝐭𝐨 𝐩𝐭.𝟐]
    𝟐𝟎/𝟎𝟓/𝟐𝟎𝟐𝟑 𝐂𝐚𝐭𝐡𝐞𝐝𝐫𝐚𝐥𝐞 𝐒𝐚𝐢𝐧𝐭𝐞 𝐂𝐫𝐨𝐢𝐱, 𝐎𝐫𝐥𝐞𝐚𝐧𝐬, 𝐅𝐫𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚.

    —¡Sólo repórtalo con Grey! ¡No tengo tiempo para estas cosas!

    Abandonó la escena del crimen sin mirar atrás, sin dar más detalles sobre el arresto y quebrando el frágil protocolo que lo venía asfixiando desde su juventud. Las calles barrocas de Orleans se convirtieron en un simple borrón bajo sus pisadas aceleradas, corría con la desesperación de quien intenta ganarle al tiempo, cruzando aquella ciudad nostálgica que, sin querer, se había adherido a su identidad; o al menos, eso era lo que su espíritu le suplicaba creer.

    La luz ambarina del ocaso comenzaba a caer, anunciando lo inevitable, era demasiado tarde; pues la promesa estaba rota; la única promesa que juró preservar, aun sin tener la certeza de poder hacerlo. Lo único que le dio la bienvenida al funesto evento fue el tañido implacable de las campanas marcando las seis de la tarde. El sonido lo devolvió de golpe a la realidad, a una verdad que no pudo sostener; en el día más importante de su vida, no solo se había fallado a sí mismo, sino que acababa de romperle el alma a la única mujer que juró no decepcionar tras aquel incidente en años anteriores en el este asiático.

    —¡SÉRAPHINE!

    No fue un grito; fue la voz rota de un hombre suplicándole al destino que se le concediera un rastro de piedad, pero, el destino le devolvió la mirada, y no de la manera que él anhelaba. La novia estaba de espaldas, frente al altar vacío.

    Sus brazos caían inertes a los costados y las flores del ramo yacían desparramadas sobre la piedra fría. No hubo una respuesta explosiva, ni llantos histéricos, ni escándalo. Ella simplemente giró con una lentitud sepulcral; tenía el maquillaje corrido, aquel que le había robado tantas horas de ilusión a la estilista, ahora descendía en surcos oscuros por su rostro.

    —Séraphine… Yo… Lo lamento tant…

    Las palabras del británico murieron en su garganta cuando la pelirroja alzó una mano, exigiendo silencio. Fue un gesto elegante y noble, pero con una carga ahora devastadora. El eco de los tacones de la novia resonó en la nave, sólo para ser devorado por su voz, fina, prístina y cargada de una decepción insondable.

    —Yo también lo lamento, Arthur. Lamento tanto haberme enamorado de ti. Lamento haberle entregado mi corazón a un hombre que prefirió su trabajo antes que a la mujer que se le entregó en cuerpo y alma…

    Arthur guardó silencio. Cuando intentó articular una excusa, fue interrumpido antes de emitir el más mínimo sonido.

    —«¿Quién se enamoraría de una simple bibliotecaria? Él es mucho para una mujer tan mediocre, era obvio que la dejaría plantada en el altar…». Eso es lo que decían. Lo que todos murmuraban a mis espaldas…

    La voz le tembló, pero sus ojos se clavaron en él como dagas.

    —Y tú… tú les diste toda la razón al no venir. Sabiendo que habíamos planeado esto durante meses… O quizá nunca me amaste, y solo fui una más en tu vida.

    Séraphine terminó de acortar la distancia hasta quedar frente a quien, hace unas horas, debía convertirse en su esposo. Levantó una mano temblorosa mientras las lágrimas caían sin contención, terminando de arruinar su casi inexistente maquillaje de novia; quiso abofetearlo. Quiso golpearlo con todas sus fuerzas, pero comprendió que cualquier castigo físico sería ínfimo en comparación con lo que él merecía. En lugar de eso, dejó caer la mano y lo escudriñó con un vacío tan absoluto que heló la sangre del británico.

    —Me hiciste creer que este amor era real, cuando para ti solo era un pasatiempo entre tus juicios y tu prestigioso bufete…

    Murmuró ella, con la voz ahogada en llanto, instantes antes de que el dolor mutara en una frialdad gélida. Enderezó la postura, aferrándose a la tela de su vestido blanco con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su prístina voz resonó en el silencio sepulcral de la iglesia, destilando veneno y pura agonía.

    —Tu m’abandonnes sur cet autel comme une vulgaire fille de joie dont tu t'es lassé...
    (Me abandonas en este altar como a una vulgar ramera de la que te has cansado…)

    Arthur intentó dar un paso hacia ella, un reflejo inútil, pero Séraphine retrocedió al instante, mirándolo con absoluta repulsión.

    —Tu n'es pas un homme. Tu n'es qu'une coquille vide et égoïste... Tu es un misérable!
    (No eres un hombre. No eres más que un cascarón vacío y egoísta... ¡Eres un miserable!).

    El silencio cayó de nuevo, más pesado que el plomo. El espía, aquel hombre entrenado para resistir la tortura y mirar a la muerte a los ojos sin parpadear, no supo cómo soportar el aplastante peso de esa mirada llena de asco.

    Séraphine dio media vuelta lentamente. Ya no había ira en sus movimientos, solo la abrumadora pesadez de un duelo absoluto. Antes de dar el primer paso por el pasillo central, giró el rostro un milímetro, regalándole un último susurro; el tiro de gracia que destrozaría cualquier rastro de humanidad que aún habitara en él.

    —Au revoir... mon ange.
    (Adiós... mi ángel).

    El eco de los tacones sobre la piedra fría de la iglesia fue el único sonido que acompañó a Arthur Brubeck, mientras veía desaparecer a la única mujer que lo había amado por lo que fingía ser.

    NOTA: La identidad de Desmond en ese entonces era la de Arthur Brubeck, un abogado inglés que fue contratado temporalmente en un bufete francés.
    #Headcanon #DesmondSterling El dia que el agente murio [𝐀𝐮 𝐫𝐞𝐯𝐨𝐢𝐫 / 𝐅𝐫𝐚𝐠𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐡𝐨𝐦𝐛𝐫𝐞 𝐫𝐨𝐭𝐨 𝐩𝐭.𝟐] 𝟐𝟎/𝟎𝟓/𝟐𝟎𝟐𝟑 𝐂𝐚𝐭𝐡𝐞𝐝𝐫𝐚𝐥𝐞 𝐒𝐚𝐢𝐧𝐭𝐞 𝐂𝐫𝐨𝐢𝐱, 𝐎𝐫𝐥𝐞𝐚𝐧𝐬, 𝐅𝐫𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚. —¡Sólo repórtalo con Grey! ¡No tengo tiempo para estas cosas! Abandonó la escena del crimen sin mirar atrás, sin dar más detalles sobre el arresto y quebrando el frágil protocolo que lo venía asfixiando desde su juventud. Las calles barrocas de Orleans se convirtieron en un simple borrón bajo sus pisadas aceleradas, corría con la desesperación de quien intenta ganarle al tiempo, cruzando aquella ciudad nostálgica que, sin querer, se había adherido a su identidad; o al menos, eso era lo que su espíritu le suplicaba creer. La luz ambarina del ocaso comenzaba a caer, anunciando lo inevitable, era demasiado tarde; pues la promesa estaba rota; la única promesa que juró preservar, aun sin tener la certeza de poder hacerlo. Lo único que le dio la bienvenida al funesto evento fue el tañido implacable de las campanas marcando las seis de la tarde. El sonido lo devolvió de golpe a la realidad, a una verdad que no pudo sostener; en el día más importante de su vida, no solo se había fallado a sí mismo, sino que acababa de romperle el alma a la única mujer que juró no decepcionar tras aquel incidente en años anteriores en el este asiático. —¡SÉRAPHINE! No fue un grito; fue la voz rota de un hombre suplicándole al destino que se le concediera un rastro de piedad, pero, el destino le devolvió la mirada, y no de la manera que él anhelaba. La novia estaba de espaldas, frente al altar vacío. Sus brazos caían inertes a los costados y las flores del ramo yacían desparramadas sobre la piedra fría. No hubo una respuesta explosiva, ni llantos histéricos, ni escándalo. Ella simplemente giró con una lentitud sepulcral; tenía el maquillaje corrido, aquel que le había robado tantas horas de ilusión a la estilista, ahora descendía en surcos oscuros por su rostro. —Séraphine… Yo… Lo lamento tant… Las palabras del británico murieron en su garganta cuando la pelirroja alzó una mano, exigiendo silencio. Fue un gesto elegante y noble, pero con una carga ahora devastadora. El eco de los tacones de la novia resonó en la nave, sólo para ser devorado por su voz, fina, prístina y cargada de una decepción insondable. —Yo también lo lamento, Arthur. Lamento tanto haberme enamorado de ti. Lamento haberle entregado mi corazón a un hombre que prefirió su trabajo antes que a la mujer que se le entregó en cuerpo y alma… Arthur guardó silencio. Cuando intentó articular una excusa, fue interrumpido antes de emitir el más mínimo sonido. —«¿Quién se enamoraría de una simple bibliotecaria? Él es mucho para una mujer tan mediocre, era obvio que la dejaría plantada en el altar…». Eso es lo que decían. Lo que todos murmuraban a mis espaldas… La voz le tembló, pero sus ojos se clavaron en él como dagas. —Y tú… tú les diste toda la razón al no venir. Sabiendo que habíamos planeado esto durante meses… O quizá nunca me amaste, y solo fui una más en tu vida. Séraphine terminó de acortar la distancia hasta quedar frente a quien, hace unas horas, debía convertirse en su esposo. Levantó una mano temblorosa mientras las lágrimas caían sin contención, terminando de arruinar su casi inexistente maquillaje de novia; quiso abofetearlo. Quiso golpearlo con todas sus fuerzas, pero comprendió que cualquier castigo físico sería ínfimo en comparación con lo que él merecía. En lugar de eso, dejó caer la mano y lo escudriñó con un vacío tan absoluto que heló la sangre del británico. —Me hiciste creer que este amor era real, cuando para ti solo era un pasatiempo entre tus juicios y tu prestigioso bufete… Murmuró ella, con la voz ahogada en llanto, instantes antes de que el dolor mutara en una frialdad gélida. Enderezó la postura, aferrándose a la tela de su vestido blanco con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su prístina voz resonó en el silencio sepulcral de la iglesia, destilando veneno y pura agonía. —Tu m’abandonnes sur cet autel comme une vulgaire fille de joie dont tu t'es lassé... (Me abandonas en este altar como a una vulgar ramera de la que te has cansado…) Arthur intentó dar un paso hacia ella, un reflejo inútil, pero Séraphine retrocedió al instante, mirándolo con absoluta repulsión. —Tu n'es pas un homme. Tu n'es qu'une coquille vide et égoïste... Tu es un misérable! (No eres un hombre. No eres más que un cascarón vacío y egoísta... ¡Eres un miserable!). El silencio cayó de nuevo, más pesado que el plomo. El espía, aquel hombre entrenado para resistir la tortura y mirar a la muerte a los ojos sin parpadear, no supo cómo soportar el aplastante peso de esa mirada llena de asco. Séraphine dio media vuelta lentamente. Ya no había ira en sus movimientos, solo la abrumadora pesadez de un duelo absoluto. Antes de dar el primer paso por el pasillo central, giró el rostro un milímetro, regalándole un último susurro; el tiro de gracia que destrozaría cualquier rastro de humanidad que aún habitara en él. —Au revoir... mon ange. (Adiós... mi ángel). El eco de los tacones sobre la piedra fría de la iglesia fue el único sonido que acompañó a Arthur Brubeck, mientras veía desaparecer a la única mujer que lo había amado por lo que fingía ser. NOTA: La identidad de Desmond en ese entonces era la de Arthur Brubeck, un abogado inglés que fue contratado temporalmente en un bufete francés.
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    || El final de Digital Circus, me gustó, admito que no fue oscuro como esperaba, pero fue un mensaje de lo más bonito y al fin descansará la creadora de su fandom tóxico
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  • La teoría de las cosas demasiado cerca
    Categoría Comedia
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.

    (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo sin soltar la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, tacos fuera. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato. (Marta acaba de encontrar sus lentes afuera, sobre el felpudo. No sabe quién los dejó ahí ni qué hay entre los arbustos. Puede entrar cualquier personaje que tenga una razón —buena, mala o ridícula— para estar en ese patio.)
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  • Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    Entonces algo golpea contra el vidrio.
    No fuerte. Peor. Educado.
    Tac.
    Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana.
    —¡Pero será posible!
    El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil.
    Tac.
    Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera.
    Una piedrita.
    Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión.
    —Ajá
    La rodilla late.
    El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado.
    Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa.
    Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular.
    —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta.
    Abro la puerta.
    El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo.
    No hay nadie.
    Por supuesto.
    Doy un paso.
    Algo cruje bajo mi pantufla.
    Bajo la vista.
    Mis lentes.
    Enteros.
    Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí.
    Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo.
    El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable.
    Y entonces veo lo que hay entre los arbustos.
    No es un gato.
    Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes. Entonces algo golpea contra el vidrio. No fuerte. Peor. Educado. Tac. Manoteo los anteojos, le erro y caen por la ventana. —¡Pero será posible! El patio sigue igual de oscuro. El arbusto, quieto. La cortina, pegada a mi mano. En el alféizar, la lata transpira como un testigo débil. Tac. Esta vez lo veo. O creo que lo veo. Algo chiquito pega contra la ventana y cae del lado de afuera. Una piedrita. Me quedo mirando la piedrita como si acabara de firmar una confesión. —Ajá La rodilla late. El bulto se mueve entre las plantas. No sale. No entra. Espera. Como esperan los que saben que una ya entendió demasiado. Agarro la lata. Después la dejo. Una mano ocupada es una mano menos. Agarro, en cambio, el destapador que estaba sobre la mesa. No es un arma. Pero en manos de una mujer decidida, casi cualquier cosa puede serlo. No iba a malgastar la opción de mi brazo en cualquier cosa. Voy hasta la puerta del patio rengueando con dignidad irregular. —Buen... Si empezó el baile, que suene la orquesta. Abro la puerta. El aire de afuera entra frío, con olor a tierra mojada y a esa humedad vieja de los patios que no limpiamos ni en pedo. No hay nadie. Por supuesto. Doy un paso. Algo cruje bajo mi pantufla. Bajo la vista. Mis lentes. Enteros. Perfectamente acomodados sobre el felpudo, como si alguien los hubiera dejado ahí para mí. Me agacho despacio. La rodilla protesta con argumentos primarios. Levanto los lentes y me los pongo. El mundo vuelve de golpe. Feo, detallado, imperdonable. Y entonces veo lo que hay entre los arbustos. No es un gato.
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  • —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman?
    Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más.
    Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado.
    —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja.
    Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa.
    La lata se me va.
    La manoteo antes del desastre.
    Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última.
    —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo y la otra sosteniendo la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria.
    Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez.
    Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura.
    Corro la cortina con dos dedos.
    En el patio no se mueve nada.
    Después sí.
    Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz.
    Me quedo quieta.
    Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más.
    Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín.
    —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie.
    Me miro la pierna.
    —Más o menos.
    El bulto no se mueve.
    —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda.
    Espero.
    El arbusto se sacude apenas.
    Bajo la voz.
    —Dame una señal.
    La cosa maúlla.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Cierro los ojos.
    —Una señal seria, animal. No me boludees.
    Entonces algo golpea suave contra el vidrio.
    Abro un ojo.
    En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
    —¿Un maullido tierno, a esta hora? Ja. ¿Por quién me toman? Me quedo con la lata en el aire, escuchando. Miro para la ventana, pero no veo un carajo. El atardecer, la cortina, el monitor apagado haciéndose el profundo. Nada más. Los lentes, andá a saber. Seguro cerca. Las cosas importantes siempre estaban cerca, pero del lado equivocado. —Taimado, el enemigo. Pero le erró de vieja. Me levanto rápido. Demasiado. La mesa ratona sigue donde estuvo siempre, supongo, pero mi rodilla no. Le doy de lleno contra la punta y veo estrellas. Estrellas feas, de entrecasa. La lata se me va. La manoteo antes del desastre. Menos mal. La rodilla era asunto de la rodilla. La cerveza era la última. —Hijos de puta —digo, apretando la rodilla como si eso cambiara algo y la otra sosteniendo la lata—. Me quieren dejar ciega y sobria. Tomo un trago. Por las dudas. La rodilla late como si tuviera cosas para decir, pero no estaba la noche para quejarse por partes. Una sola desgracia a la vez. Voy hasta la ventana medio torcida, pegada a la pared. No por miedo. Por estrategia. Asomarse de frente era de principiante. O de mártir. Y yo no pensaba arrancar ninguna carrera nueva a esta altura. Corro la cortina con dos dedos. En el patio no se mueve nada. Después sí. Algo oscuro entre los arbustos. Dos ojos. O uno. Puede ser un gato. Puede ser una bolsa. Puede ser cualquier porquería, con esta luz. Me quedo quieta. Si era un gato, no estaba ahí porque sí. A esta altura de la vida, nada estaba porque sí. Ni el gato, ni la lata, ni la rodilla. Mucho menos la rodilla, que siempre había tenido opiniones de más. Apoyo la cerveza en el alféizar y señalo el jardín. —Escuchame bien. Si te mandaron mis antiguos perseguidores, avisales que La Fénix sigue en pie. Me miro la pierna. —Más o menos. El bulto no se mueve. —Si venís a matarme, hacé fila. Si venís a salvarme, llegás tarde. Y si sos una porquería del jardín, no me hagas quedar como una pelotuda. Espero. El arbusto se sacude apenas. Bajo la voz. —Dame una señal. La cosa maúlla. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Cierro los ojos. —Una señal seria, animal. No me boludees. Entonces algo golpea suave contra el vidrio. Abro un ojo. En el alféizar, al lado de la lata, están mis lentes.
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  • — No se supone que estéis aquí... Tan cerca. Tan oscuro. Tan silencioso. Tan... Sospechoso.
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  • {La lluvia golpeaba con fuerza los tejados de la aldea mientras el viento arrastraba el olor a humo y ceniza desde tierras lejanas. Tras semanas de viaje, Ivandore de Ebonhart había recorrido caminos olvidados, cruzado bosques oscuros y dejado atrás los ecos de una guerra que parecía no tener fin.}

    {Las puertas de la posada se abrieron lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Las conversaciones cesaron por un instante cuando la figura del caballero apareció bajo la tenue luz de las velas. Su armadura mostraba las marcas de incontables batallas, y sobre su capa desgastada aún podía distinguirse la cruz roja de su orden.}

    {Sin pronunciar palabra, avanzó hasta el mostrador. El tintineo metálico de sus espuelas resonó en toda la sala. Sacó una pequeña bolsa de cuero y la dejó caer frente a la tabernera. El sonido de las monedas de oro chocando entre sí fue suficiente para captar toda su atención.}

    —Busco una habitación, comida caliente y un establo para mi montura.

    {La mujer observó la pesada bolsa antes de alzar la vista hacia el misterioso viajero.}

    —Parece que habéis recorrido un largo camino, mi señor.

    {Ivandore permaneció inmóvil unos segundos tras el visor de su yelmo.}

    —Más largo de lo que hubiese deseado.

    {Por primera vez en muchas jornadas, el caballero se encontraba bajo un techo seguro. Sin embargo, incluso allí, entre el calor de la chimenea y el aroma de la cerveza recién servida, las sombras del pasado seguían caminando a su lado.}
    {La lluvia golpeaba con fuerza los tejados de la aldea mientras el viento arrastraba el olor a humo y ceniza desde tierras lejanas. Tras semanas de viaje, Ivandore de Ebonhart había recorrido caminos olvidados, cruzado bosques oscuros y dejado atrás los ecos de una guerra que parecía no tener fin.} {Las puertas de la posada se abrieron lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Las conversaciones cesaron por un instante cuando la figura del caballero apareció bajo la tenue luz de las velas. Su armadura mostraba las marcas de incontables batallas, y sobre su capa desgastada aún podía distinguirse la cruz roja de su orden.} {Sin pronunciar palabra, avanzó hasta el mostrador. El tintineo metálico de sus espuelas resonó en toda la sala. Sacó una pequeña bolsa de cuero y la dejó caer frente a la tabernera. El sonido de las monedas de oro chocando entre sí fue suficiente para captar toda su atención.} —Busco una habitación, comida caliente y un establo para mi montura. {La mujer observó la pesada bolsa antes de alzar la vista hacia el misterioso viajero.} —Parece que habéis recorrido un largo camino, mi señor. {Ivandore permaneció inmóvil unos segundos tras el visor de su yelmo.} —Más largo de lo que hubiese deseado. {Por primera vez en muchas jornadas, el caballero se encontraba bajo un techo seguro. Sin embargo, incluso allí, entre el calor de la chimenea y el aroma de la cerveza recién servida, las sombras del pasado seguían caminando a su lado.}
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  • Todo era oscuro. La oscuridad le envolvía, crecía y se extendía allí donde uno podía posar la vista. Siquiera era consciente de su cuerpo o de si mismo. No sentía nada. Absolutamente nada. Echó a andar. O creyó hacerlo. Avanzaba por esa oscuridad, hasta que ya no había oscuridad. De pronto sus pies estaban en medio de un suelo de madera recién encerado. La luz que lo rodeaba era cálida y acogedora.

    Giró el rostro.

    Todas las paredes estaban repletas de estanterías tan altas que se perdían en el techo hacia lo alto allá donde uno podía fijar la vista. Podía escuchar el crepitar de una chimenea y como alguien pasaba tranquilamente las hojas de un libro.

    Avanzó de forma precavida, casi dudando de estar en el lugar correcto, o de si estaba realmente en alguna parte. Conforme sus pasos avanzaron pudo ver aparecer delante de él dos butacas de orejas de color burdeos frente a la chimenea y solo una de ellas estaba ocupada.

    El ocupante de la butaca alargó su mano hacia una mesita auxiliar de madera oscura que Klaus hubiera jurado antes no se encontraba allí. Tomó una taza de porcelana blanca y pareció llevársela a los labios.

    Klaus llegó hasta el desconocido.

    -Hola, amigo… ¿Puedes decirme donde estoy? -preguntó.

    Entonces, una voz sonó tranquila a sus espaldas.

    -¡Ya estaba esperando que llegaras! -habló alguien de forma alegre y entusiasmada.

    Klaus se giró rápidamente sobre sus propios pies y sus cejas se arquearon con sorpresa al ver a un hombre sentado a medias sobre una mesa robusta de madera de caoba que antes no había estado allí. La hubiera visto… ¿verdad?

    Klaus arrugó sus labios mostrando los colmillos ante aquella posible amenaza. Entonces el tipo dejó el libro que tenia en las manos, (espera, ¿desde cuando tenia un libro en las manos?) y se levantó alzando sus manos en son de paz.

    -Tranquilo, Klaus Mikaelson. No corres peligro aquí… -le dijo con voz calmada.

    -¿Qué extraño ardid es este? ¿Qué brujería has tramado? ¿Quién eres? -preguntó, molesto, el hibrido.

    El desconocido alzó su mirada y extendió sus brazos a ambos lados.

    -Estás en el limbo. Bueno, mi limbo –aclaró el desconocido- Estoy atrapado aquí, así que lo he reformado a mi gusto… -el hombre alzó la mirada, orgulloso- Ha quedado chulo, ¿eh?.

    Klaus fue a replicar pero fue interrumpido.

    -Ah no, no, tranquilo…- respondió, como si Klaus hubiera hecho una pregunta- No, no te preocupes. Tú solo estás de paso. Volverás a casa en un santiamén. Y sí, aquí puedo saber lo que piensas. Es mi limbo, ¿recuerdas? -preguntó con una sonrisa afable.

    Klaus dejó ir el aire por la nariz.

    -Vale, y, ¿porqué estoy aquí? -preguntó el hibrido, sin demasiada paciencia.

    El habitante del limbo dejó ir una sonrisita.

    -Una pequeña travesura, me temo… -reconoció- Pero he de reconocer que mi pupila ha hecho un trabajo exquisito…

    Klaus lo miró extrañado.

    -Ah, claro. Qué maleducado…- el hombre desconocido se dio una palmada en la frente- No me he presentado. Me llamo Merlín -alargó una mano hacia Klaus- El Mago. Merlín el Mago.


    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ⸻
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤfragmento de rol de trama:
    ㅤㅤㅤㅤㅤ https://ficrol.com/posts/377425
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    Todo era oscuro. La oscuridad le envolvía, crecía y se extendía allí donde uno podía posar la vista. Siquiera era consciente de su cuerpo o de si mismo. No sentía nada. Absolutamente nada. Echó a andar. O creyó hacerlo. Avanzaba por esa oscuridad, hasta que ya no había oscuridad. De pronto sus pies estaban en medio de un suelo de madera recién encerado. La luz que lo rodeaba era cálida y acogedora. Giró el rostro. Todas las paredes estaban repletas de estanterías tan altas que se perdían en el techo hacia lo alto allá donde uno podía fijar la vista. Podía escuchar el crepitar de una chimenea y como alguien pasaba tranquilamente las hojas de un libro. Avanzó de forma precavida, casi dudando de estar en el lugar correcto, o de si estaba realmente en alguna parte. Conforme sus pasos avanzaron pudo ver aparecer delante de él dos butacas de orejas de color burdeos frente a la chimenea y solo una de ellas estaba ocupada. El ocupante de la butaca alargó su mano hacia una mesita auxiliar de madera oscura que Klaus hubiera jurado antes no se encontraba allí. Tomó una taza de porcelana blanca y pareció llevársela a los labios. Klaus llegó hasta el desconocido. -Hola, amigo… ¿Puedes decirme donde estoy? -preguntó. Entonces, una voz sonó tranquila a sus espaldas. -¡Ya estaba esperando que llegaras! -habló alguien de forma alegre y entusiasmada. Klaus se giró rápidamente sobre sus propios pies y sus cejas se arquearon con sorpresa al ver a un hombre sentado a medias sobre una mesa robusta de madera de caoba que antes no había estado allí. La hubiera visto… ¿verdad? Klaus arrugó sus labios mostrando los colmillos ante aquella posible amenaza. Entonces el tipo dejó el libro que tenia en las manos, (espera, ¿desde cuando tenia un libro en las manos?) y se levantó alzando sus manos en son de paz. -Tranquilo, Klaus Mikaelson. No corres peligro aquí… -le dijo con voz calmada. -¿Qué extraño ardid es este? ¿Qué brujería has tramado? ¿Quién eres? -preguntó, molesto, el hibrido. El desconocido alzó su mirada y extendió sus brazos a ambos lados. -Estás en el limbo. Bueno, mi limbo –aclaró el desconocido- Estoy atrapado aquí, así que lo he reformado a mi gusto… -el hombre alzó la mirada, orgulloso- Ha quedado chulo, ¿eh?. Klaus fue a replicar pero fue interrumpido. -Ah no, no, tranquilo…- respondió, como si Klaus hubiera hecho una pregunta- No, no te preocupes. Tú solo estás de paso. Volverás a casa en un santiamén. Y sí, aquí puedo saber lo que piensas. Es mi limbo, ¿recuerdas? -preguntó con una sonrisa afable. Klaus dejó ir el aire por la nariz. -Vale, y, ¿porqué estoy aquí? -preguntó el hibrido, sin demasiada paciencia. El habitante del limbo dejó ir una sonrisita. -Una pequeña travesura, me temo… -reconoció- Pero he de reconocer que mi pupila ha hecho un trabajo exquisito… Klaus lo miró extrañado. -Ah, claro. Qué maleducado…- el hombre desconocido se dio una palmada en la frente- No me he presentado. Me llamo Merlín -alargó una mano hacia Klaus- El Mago. Merlín el Mago. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ⸻ ㅤㅤㅤㅤㅤㅤfragmento de rol de trama: ㅤㅤㅤㅤㅤ https://ficrol.com/posts/377425 ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ⸻
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