Advertencia: descripción gráfica de violencia.
El té de pasiflora dentro de la pequeña taza de porcelana ya se había enfriado, después de las horas que había pasado en ese lugar intocable. La persona frente a la taza, la tomó con sutileza y vació el té sobre una planta cercana. Luego colocó la taza vacía sobre la mesa, donde enseguida un personal vestido completamente de negro limpió la taza y le agregó licor Baijiu hasta llenarle.
La misma mano que había desperdiciado el té, tomó la taza y probó el licor de ésta. Sonrió complacido cuando el líquido complació sus papilas gustativas.
— Ésto es mejor.
Sus subordinados quiénes le habían servido, se miraron en secreto y silencio. Eran unos demonios disfrazados de humanos, aunque no tenían la calidad del poder de su Señor para crear un cascarón falso, perfecto y fuerte, por lo que debían cubrir el resto de su cuerpo demoníaco con vestimentas oscuras.
Poco después, a lo lejos se escuchó un ruido de voces y llanto en la misma posada. Un hombre estaba implorando por ayuda milagrosa, ya que su hijo estaba enfermo y al borde de la muerte. De repente su mirada desesperada notó a un hombre vestido de blanco pulcramente, sosteniendo una taza de té con elegancia celestial y una expresión tranquila en sus rasgos suaves e intimidantes. Tuvo miedo de acercarse, pero su desesperación fue más que cualquier temor.
El Lord demonio no esperaba que de forma repentina, alguien se arrodillara frente a él para suplicar ayuda.
— ¡Médico taoísta! ¡Soy capaz de dar mi vida porque salves a mi hijo!
Por un instante, un destello de frialdad cruzó por la mirada del hombre vestido de blanco ya que interrumpían su momento "sagrado", que desapareció cuando alzó una ceja y su expresión se tornó pensativa.
— ¿Médico? Oh..
El hombre que suplicaba y tenía su frente pegada al suelo mientras se arrodillaba, tembló de inseguridad. Temiendo haberse equivocado de persona. ¿Los médicos espirituales no usaban siempre vestimenta blanca y parecían jóvenes maestros de excelente familias? Estaba tan desesperado por salvar a su hijo, que no lo pensó mucho y sólo suplicó por ayuda.
— Sí.. soy un médico. ¿Dónde está el paciente?
El corazón del hombre saltó fuertemente y agradecido, les sugirió seguirlo fuera de la posada. El Lord demonio se levantó sin prisa, llevó sus manos hacia atrás de su espalda para entrelazarlas y caminó con calma, con una sonrisa imborrable de sus labios. Mientras que sus subordinados sólo agacharon la cabeza. Sabían que su Señor tenía un plan maligno, por lo que no le perdieron el paso.
Cuando llegaron hasta un apartado callejón, el hombre se detuvo de repente y el Lord demonio también. Mantenía su mirada a la expectativa e interesado.
— Lo siento... Ellos.. van a salvar a mi hijo.
El demonio no esperó descifrar sus palabras cuando de los techos saltaron cinco hombres a acorralar su persona. No pudo evitarlo más y soltó una risa en voz alta. Encontrando la situación divertida. De su túnica sacó un abanico, el cual solo él sabía el origen de su existencia.
— Los humanos son tan.. predecibles. Pero olvidan que, no porque algo brille demasiado, significa que sea valioso y puro.
Los hombres desconocidos, quiénes parecían estar acostumbrados a atacar a las personas y robarles sus pertenencias. No hablaron y sólo actuaron de forma impulsiva para dar el primer golpe. Sin embargo, el abanico ya había abandonado la mano del demonio de forma rápida acompañado de una fuerza interior y había llegado a cortar las gargantas de cada uno de ellos en un parpadeo. Sus espadas cayeron al suelo y seguido de ellas, los cuerpos de sus amos.
El abanico plegable, manchado de algunas gotas de sangre, regresó a la mano firme del demonio. Lo observó un momento antes de fruncir su boca.
— Tsk, debo comprarle uno nuevo...
Cerró el "arma" y lo guardó nuevamente en su túnica. Su mirada poco amistosa observó al hombre. Quién se encontró con esos ojos, pero nada iguales a los de un "médico divino" sino, a los de un ser sin alma y cruel. Sus piernas cedieron por sí mismas y se arrodilló frente a él. Suplicando perdón.
— Dijiste que me darías tu vida. ¿No?
Sonrió de lado y movió su mano, no tuvo necesidad de tocarlo. Sólo con un movimiento el corazón del hombre se detuvo y estalló en su cuerpo, causando que muriera con una expresión de horror extremo. Su cuerpo cayó inerte al suelo y se formó un suave silencio. Respiró profundo y caminó hacia una dirección específico.
Pocos minutos después, llegó a una pequeña casa. Parecía inhabitable y abandonada, pero las luces en el interior que oscilaban dentro de la oscuridad le confirmaban que alguien aún vivía en ese lugar. Ingresó con tranquilidad hasta llegar a una habitación, aún más deplorable. En la cama de esa habitación había una pequeña figura: un niño.
El cuerpo del pequeño estaba lleno de moretones, sus piernas parecían rotas y podía sentir su respiración era mínima y suave. Como si cualquier movimiento pudiera arrebatársela. El demonio observó la figura fijamente, en eso notó que el niño al darse cuenta que no era su padre, su cuerpo dejó de estar tenso. Tal vez el dolor reconocía al agresor.
— ¿Quieres vivir o quieres morir?
Se inclinó con levedad sobre la figura de cristal.
— Si vives, debes servirme eternamente. Si mueres, puedes vengarte de tu padre en el inframundo.
Sabía la respuesta. La mirada llena de dolor y fragilidad que el menor le otorgaba era lo único que el demonio necesitaba. Acercó su mano al rostro ajeno y extrajo el último aliento de vida del humano.
Su alma vengativa iba con su marca demoníaca y nadie más podría tocarla. Le pertenecía. No era la primera vez que estaba en esa situación.
Los humanos empezaban a ser fáciles de leer para él. Tenían ese deseo de seguir viviendo incluso si abandonaban su propia naturaleza, incluso si estarían atados a algo por la eternidad. Si complacían sus deseos del alma, su sed de venganza. Era todo lo que bastaba y lo único que les daba sentido a la razón de su existencia.