Yo, Elyndar Vëlloren, escribo desde la intemperie del alma.

No desde una tierra extranjera, sino desde un lugar peor: aquel donde el mundo te reconoce y aun así decide no verte. He cruzado ruinas que olían a ceniza y he dormido bajo cielos que prometían lluvia y cumplían silencio. Nada de eso me dolió tanto como el día en que fui apartado sin ruido, como si mi presencia manchara la pulcritud de una mesa bien puesta.

Los antiguos atenienses, se dice, conocieron el exilio como un arte cruel: hombres de nombre ilustre caminaron lejos de su polis, y la ciudad los olvidó durante años. He leído de generales expulsados por temor a su sombra, de voces desterradas para que el coro no desafinara. Aquellos hombres partieron con el peso del honor intacto, con la memoria de una multitud que aún los nombraba. Yo no partí con trompetas ni con piedras. Partí con sonrisas. Partí con la cortesía que cierra puertas sin tocarlas.

El destierro moderno no necesita caminos largos.

Te encierra en el mismo sitio donde todos se saludan.

Te deja ver el pan tibio pasar de mano en mano, pero nunca llegar a la tuya.

Te permite oír los nombres repetirse como un rosario cerrado, y comprender que no estás en la lista de los que cuentan.

Dicen que la muerte es el fin de la voz. Mienten.

El destierro es peor: te concede voz y te quita oído. Hablas y el mundo te devuelve eco, no respuesta. Caminas entre vivos que han aprendido a pasar a tu lado como si fueras humo. He sentido esa clase de muerte que no termina: una muerte que respira, que mira, que espera.

Recuerdo haber pensado en aquellos atenienses célebres que regresaron del exilio con los años marcados en el rostro. Yo no tendré regreso. No porque la puerta esté cerrada con cerrojos, sino porque el umbral se ha vuelto costumbre ajena. Y la costumbre, cuando se solidifica, es una muralla sin ladrillos: no se ve, no se toca, pero detiene.

Hay destierros que se dictan en plazas.

Y hay destierros que se dictan en salones tibios, con palabras suaves, con la crueldad educada de quien cree estar siendo justo. Ese es el destierro que me fue dado: no me arrojaron al barro; me dejaron de pie, inmóvil, contemplando la vida que continúa sin mí. Y comprendí que hay condenas que no manchan las manos del verdugo, pero ennegrecen para siempre el pecho del que se queda afuera.

Por eso escribo.

Para que conste que existe una forma de expulsión más antigua que la espada y más limpia que la sangre.

Para que conste que el destierro que se disfraza de amabilidad es peor que la muerte, porque no concede descanso.

Para que conste que yo, Elyndar Vëlloren, he aprendido a vivir como paria entre sonrisas, y que esa lección pesa más que cualquier tumba.

No busco volver.

Busco, apenas, no olvidar mi nombre mientras el mundo aprende a no pronunciarlo.