Su nombre es Kim Minho y tiene 20 años. Nació en un barrio obrero de Bangkok, en una casa pequeña.
Desde niño fue distinto. Demasiado delicado. Demasiado observador.
No le gustaba el fútbol; le gustaba dibujar ropa. Miraba a los chicos más que a las chicas y aprendió pronto a disimularlo.
A los dieciséis su padre empezó a sospechar. No hubo una conversación amable. Hubo miradas duras, frases cortadas, tensión que se podía masticar.
Minho intentó cambiar.
Se obligó a salir con una chica del instituto. Se obligó a reír en bromas que le dolían. Se obligó a bajar la voz.
Nada funcionó.
A los dieciocho lo dijo en voz alta. “Soy gay”.
Lo dijo sin gritar. Casi en susurro.
Su padre lo miró como si hubiera confesado un crimen. No discutieron durante horas. Al contrario, todo fue rápido. Frío.
“Mientras vivas bajo mi techo, no.”
Esa noche Minho durmió poco.
A la mañana siguiente, su maleta estaba en la puerta.
Su madre no lo repudió, aunque tampoco lo defendió. Lloró sin mirarlo a los ojos.
Cuando sales de casa con una mochila con escasas pertenencias, sin dinero en los bolsillos y con el orgullo y el corazón rotos, la ciudad deja de parecer grande y empieza a parecer hostil.
Un fotógrafo lo descubrió semanas después. Minho tenía ese tipo de belleza que parece frágil y etérea.
Así Minho empezó a hacer sesiones pequeñas como modelo. Le pagaban poco, pero era algo.
Aprendió a sonreír con hambre. A posar con miedo. A decir “gracias” incluso cuando lo trataban como mercancía.
La industria no es un cuento bonito. Es un edificio con luces blancas y puertas cerradas.
Un directivo le dijo que tenía “potencial internacional”. Otro que necesitaba “apoyo personal” para avanzar. Minho entendía lo que querían decir antes de que lo dijeran. Al principio dijo que no. Luego llegó el alquiler, las facturas, el hambre... También llegó el miedo a quedarse en la calle, a dormir bajo cartones que le protegieran del frío...
Y cedió.
La primera vez fue en una habitación de hotel. El hombre que le había llevado hasta allí, uno de los directivos de una agencia de modelos, le pidió que se relajara, que aquello era normal, que así funcionaba aquel negocio, que todos los modelos pasaban por algo así.
Aquella noche Minho se quedó quieto mientras abusaban de él y hacían añicos su dignidad y su inocencia. Su mente buscaba desesperadamente huir de aquel tormento. Pensó en no estar ahí. Pensó en su madre. Pensó en sobrevivir. Acabó pensando que prefería morir.
Con el tiempo vinieron más insinuaciones. Más manos que no pidió. Más “favores” disfrazados de oportunidades.
Y siguió cediendo.
Aprendió a separarse de su propio cuerpo como si fuera una prenda más que podía quitarse al terminar el día.
Eso deja una grieta. Y las grietas no siempre se ven en las fotos.
Trabajó. Consiguió campañas. Subió su nombre un poco. Pero cada logro tenía un eco sucio detrás.
Se odiaba por aceptar. Se odiaba por necesitar. Y aun así seguía adelante, porque el hambre y el abandono pesan más que la dignidad cuando tienes diecinueve años y ningún colchón al que volver.
Hace unos meses se fue del país. No dijo mucho. Ni siquiera se despidió. Solo compró un billete de avión.
Ahora está en otro lugar intentando empezar de cero. No es fácil. La culpa viaja a su lado. El asco a sí mismo también. Pero al menos ya no está bajo la sombra de quienes lo utilizaron.
Todavía tiene pesadillas. Todavía le cuesta que alguien lo toque sin que su cuerpo se tense primero. Todavía siente que su padre lo expulsó no solo de una casa, sino de una versión más inocente de sí mismo.
Y, aun así, sigue de pie. El sufrimiento no lo rompió del todo. Lo dejó herido, desconfiado, cansado… pero vivo.