Ratiled ha aprendido a reconocer los lugares que se anuncian como refugio.
Luces encendidas.
Mesas largas.
Voces que prometen calor humano.
Espacios donde cualquiera puede entrar… en teoría.
Ya no entra.
Los observa desde lejos.
Allí, los saludos son correctos.
Las palabras, amables.
Pero existe una frontera invisible.
Y Ratiled ha aprendido a sentirla antes incluso de cruzar el umbral.
No es un muro.
Es un gesto que no se devuelve.
Una pregunta que nunca llega.
Una risa compartida solo entre los mismos nombres de siempre.
Lo comprendió rápido:
Algunos no expulsan a los extraños.
Simplemente los vuelven invisibles.
Llaman hospitalidad a la tolerancia mínima.
Llaman comunidad al hábito de repetirse entre iguales.
Y llaman apertura a una puerta que se cierra en silencio cuando alguien nuevo la cruza.
No hay insultos.
No hay gritos.
Solo esa forma educada de recordarte que no perteneces.
Así que Ratiled ya no insiste.
No reclama su lugar en mesas que ya tienen dueño.
No pide asiento entre quienes temen mover una silla.
Observa.
Sonríe.
Confirma lo que siempre supo:
Hay lugares que se dicen públicos, pero funcionan como vitrinas.
Se puede mirar desde afuera.
Pero interactuar… nunca fue parte de la invitación.
Desde la distancia deja atrás el murmullo de los círculos cerrados,
convencido de que la soledad, al menos,
no finge abrir los brazos.