• Crímenes de guerra
    Fandom Mercenaries
    Categoría Fantasía
    Se dice que las grandes historias comienzan con un héroe defendiendo al desprotegido, haciendo gala de sus habilidades en combate y su perspicaz lengua de oro en las discusiones. Pero esta historia no es igual, no comienza en ninguna guerra, ni un espectacular combate mano a mano con el villano de turno. Ésta historia tiene su origen en un pequeño poblado perteneciente al reino de Fenris, en una aldea en su mayoría habitada por campesinos, peleteros y zapateros. Rodeada de verdes praderas y extensas tierras de cultivo, dónde la gente prosperaba con el sudor de su frente y las ampollas en sus manos, rogando por sobrevivir a los fríos inviernos y a los calurosos veranos.

    En una posada poco visitada por extranjeros, ya que casi siempre era un lugar tranquilo.
    El murmullo de la muchedumbre dentro del local era audible desde unos metros de la puerta de madera gruesa abierta al público. El sol había caído hacía un par de horas.
    Varias antorchas alumbraban la entrada de la posada invitando a la gente a entrar.
    En aquel entonces era poco común el que una posada ofreciera bebida y comida a cualquier persona. Para poder comer y beber en las posadas, debías hospedarte en ellas, pero en aquel pueblo fueron más visionarios y permitían a cualquiera con monedas para pagar el consumo de las viandas.

    Una muchacha de cabellos rubios y baja estatura entró al lugar, portaba una vestimenta un tanto extraña para los ojos que le seguían con la mirada: una especie de peto corto rojo, un faldón y unas pierneras del mismo color que cubrían sus muslos, espinillas y botas. Aunque lo que más llamaría la atención, era la espada que llevaba en la espalda, de un tamaño normal, pero debido a la estatura de su portadora, se veía enorme.

    Dio unos pasos hasta llegar a la barra y tomar asiento escalando la silla. El posadero, quién a diferencia de ella era enorme, calvo y malencarado le sonrió, curioso por su apariencia.

    ─¿Qué le sirvo, señorita? ─preguntó con voz ronca.

    ─Una cerveza y una habitación para pasar la noche.

    ─Tengo dos tipos de cerveza; una fuerte y una más ligera. Tengo una habitación disponible subiendo las escaleras. Son 2 monedas de oro o 10 de plata, pago por adelantado ─ respondió expectante.

    La mujer se arqueó hacia su costado derecho, desamarrando y cogiendo un saco con monedas, se veía gordo y guardado peligrosamente. Tomó de el saco un par de monedas de oro y las puso sobre la húmeda madera.
    ─Cerveza ligera y la habitación. ¿Cuánto es de la cerveza?

    El hombre tomó las monedas, pero se notó una incomodidad en su rostro que no pudo contener haciendo una mueca de preocupación.
    ─No debería de andar con ese saco tan a la vista, es peligroso. La cerveza cuesta una moneda de plata, pero por pagar con oro, le daré esta cómo parte del hospedaje.

    ─Oh, gracias. Qué amable de su parte. Tendré en cuenta lo que me ha dicho del dinero ─sonrió con amabilidad y cogió el tarro y bebió de él un gran trago.
    Se dice que las grandes historias comienzan con un héroe defendiendo al desprotegido, haciendo gala de sus habilidades en combate y su perspicaz lengua de oro en las discusiones. Pero esta historia no es igual, no comienza en ninguna guerra, ni un espectacular combate mano a mano con el villano de turno. Ésta historia tiene su origen en un pequeño poblado perteneciente al reino de Fenris, en una aldea en su mayoría habitada por campesinos, peleteros y zapateros. Rodeada de verdes praderas y extensas tierras de cultivo, dónde la gente prosperaba con el sudor de su frente y las ampollas en sus manos, rogando por sobrevivir a los fríos inviernos y a los calurosos veranos. En una posada poco visitada por extranjeros, ya que casi siempre era un lugar tranquilo. El murmullo de la muchedumbre dentro del local era audible desde unos metros de la puerta de madera gruesa abierta al público. El sol había caído hacía un par de horas. Varias antorchas alumbraban la entrada de la posada invitando a la gente a entrar. En aquel entonces era poco común el que una posada ofreciera bebida y comida a cualquier persona. Para poder comer y beber en las posadas, debías hospedarte en ellas, pero en aquel pueblo fueron más visionarios y permitían a cualquiera con monedas para pagar el consumo de las viandas. Una muchacha de cabellos rubios y baja estatura entró al lugar, portaba una vestimenta un tanto extraña para los ojos que le seguían con la mirada: una especie de peto corto rojo, un faldón y unas pierneras del mismo color que cubrían sus muslos, espinillas y botas. Aunque lo que más llamaría la atención, era la espada que llevaba en la espalda, de un tamaño normal, pero debido a la estatura de su portadora, se veía enorme. Dio unos pasos hasta llegar a la barra y tomar asiento escalando la silla. El posadero, quién a diferencia de ella era enorme, calvo y malencarado le sonrió, curioso por su apariencia. ─¿Qué le sirvo, señorita? ─preguntó con voz ronca. ─Una cerveza y una habitación para pasar la noche. ─Tengo dos tipos de cerveza; una fuerte y una más ligera. Tengo una habitación disponible subiendo las escaleras. Son 2 monedas de oro o 10 de plata, pago por adelantado ─ respondió expectante. La mujer se arqueó hacia su costado derecho, desamarrando y cogiendo un saco con monedas, se veía gordo y guardado peligrosamente. Tomó de el saco un par de monedas de oro y las puso sobre la húmeda madera. ─Cerveza ligera y la habitación. ¿Cuánto es de la cerveza? El hombre tomó las monedas, pero se notó una incomodidad en su rostro que no pudo contener haciendo una mueca de preocupación. ─No debería de andar con ese saco tan a la vista, es peligroso. La cerveza cuesta una moneda de plata, pero por pagar con oro, le daré esta cómo parte del hospedaje. ─Oh, gracias. Qué amable de su parte. Tendré en cuenta lo que me ha dicho del dinero ─sonrió con amabilidad y cogió el tarro y bebió de él un gran trago.
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    Yo en las posadas XDDD
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  • Fue una experiencia única, una mezcla de emociones que nunca antes había sentido desde que se puso el traje por primera vez. Un llamado de auxilio bastó para que Invencible descendiera con precisión sobre aquel callejón oscuro y decadente. Allí, una mujer de cabello azabache —atractiva, pero visiblemente consternada— forcejeaba con un hombre que, sin lugar a dudas, intentaba abusar de ella. Sus manos sucias estaban posadas sobre los glúteos de la mujer mientras ella, atrapada contra la fría pared y asqueada por la situación, intentaba inútilmente apartarlo con sus propias manos.

    —"Gracias..." —susurró la mujer con voz quebrada, ocultando su rostro tras la palma de su mano. El impacto de lo sucedido la hizo derrumbarse emocionalmente, y sus sollozos se hicieron cada vez más evidentes. Abrazó con fuerza a Goggleless, dejando que sus lágrimas cayeran sobre él, mientras cada pocos segundos aspiraba por la nariz para evitar que los mocos alcanzaran sus labios.

    Un charco espeso de líquido rojizo comenzó a extenderse en el suelo a unos metros de ellos, tocando por momentos la suela de las botas azules del héroe y los tacones carmesí de la mujer. Poco después, el abrazo de la azabache perdió su fuerza; se separó ligeramente de él y fijó su mirada en su rostro, como si intentara encontrar algo de consuelo o respuestas. Sin embargo, evitaba deliberadamente observar el cuerpo destrozado cerca de ambos—el hombre que yacía con el torso abierto y los órganos expuestos.

    Goggleless correspondió a su mirada por un breve momento. Sus ojos permanecían entrecerrados, desbordando desdén; su boca trazaba una curva descendente, y su postura se mantenía firme, inmóvil. No respondió al gesto ni pareció tener intención alguna de hacerlo. Todo había sucedido demasiado rápido.

    ¿Era eso heroísmo? ¿Salvar a esa mujer solo para quedarse ahí, congelado? La duda le calaba hondo. Goggleless nunca fue un verdadero héroe, aunque ella aún no lo sabía.
    Fue una experiencia única, una mezcla de emociones que nunca antes había sentido desde que se puso el traje por primera vez. Un llamado de auxilio bastó para que Invencible descendiera con precisión sobre aquel callejón oscuro y decadente. Allí, una mujer de cabello azabache —atractiva, pero visiblemente consternada— forcejeaba con un hombre que, sin lugar a dudas, intentaba abusar de ella. Sus manos sucias estaban posadas sobre los glúteos de la mujer mientras ella, atrapada contra la fría pared y asqueada por la situación, intentaba inútilmente apartarlo con sus propias manos. —"Gracias..." —susurró la mujer con voz quebrada, ocultando su rostro tras la palma de su mano. El impacto de lo sucedido la hizo derrumbarse emocionalmente, y sus sollozos se hicieron cada vez más evidentes. Abrazó con fuerza a Goggleless, dejando que sus lágrimas cayeran sobre él, mientras cada pocos segundos aspiraba por la nariz para evitar que los mocos alcanzaran sus labios. Un charco espeso de líquido rojizo comenzó a extenderse en el suelo a unos metros de ellos, tocando por momentos la suela de las botas azules del héroe y los tacones carmesí de la mujer. Poco después, el abrazo de la azabache perdió su fuerza; se separó ligeramente de él y fijó su mirada en su rostro, como si intentara encontrar algo de consuelo o respuestas. Sin embargo, evitaba deliberadamente observar el cuerpo destrozado cerca de ambos—el hombre que yacía con el torso abierto y los órganos expuestos. Goggleless correspondió a su mirada por un breve momento. Sus ojos permanecían entrecerrados, desbordando desdén; su boca trazaba una curva descendente, y su postura se mantenía firme, inmóvil. No respondió al gesto ni pareció tener intención alguna de hacerlo. Todo había sucedido demasiado rápido. ¿Era eso heroísmo? ¿Salvar a esa mujer solo para quedarse ahí, congelado? La duda le calaba hondo. Goggleless nunca fue un verdadero héroe, aunque ella aún no lo sabía.
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  • ≫ ──────── ≪•◦ ❈ ◦•≫ ──────── ≪
    La cuenta regresiva para el solsticio de invierno había comenzado.

    Visitar el mundo de los espíritus era una cita inevitable, respiraba en su nuca como algo inminente, el nerviosismo e incertidumbre crecía cada vez más, emociones que presionaban con un dolor agudo su pecho quitándole la respiración cada que pensaba mucho en eso, por eso lo evitaba.

    Para una mortal como ella era algo inconcebible caminar si quiera en ese plano espiritual, su vida podría peligrar ¿Qué pasaba si la rechazaban? Tal vez toda la sangre que derramó impedía presentarse frente a las deidades por ser impura, quizás podrían ver su fuego destructivo y consumidor que asoló poblados y tal como redujo a cenizas a sus enemigos sería reducida ella también, ¿Y si prohibían el hecho de que dos seres de naturaleza distinta se unieran? ¿Y si lo que ella era no estaba a la altura? no había certeza de nada.

    Esto la motivó a tomar una decisión, no quería dejar ningun cabo sin atar.
    Era momento de hacer el viaje que había estado posponiendo hace mucho: Alguien tendría visita.

    La pelirroja no sabía como iba a reaccionar su aliado ¿Seguirían siéndolo? Pronto lo averiguaría.

    Tomó el bolso que hace meses había dejado en un rincón sólo con el yukata negro y la espada, regalos que sentía que ya no le pertenecían. Quería que regresaran con su dueño original, sentía que conservarlos era una falta de respeto hacia él.

    Últimamente Kazuo se ausentaba seguido, Liz entendía que era imprescindible en la vida de muchos y le hacía feliz saber que cuando no estaba era porque ayudaba a alguien más, ésta era una de las muchas cualidades que admiraba del Kitsune.

    Cuando regresara ella no estaría así que su reencuentro se extendería un poco más, por esto antes de abandonar el templo dejó una nota

    "𝘒𝘢𝘻𝘶𝘰, 𝘴𝘢𝘭í 𝘥𝘦 𝘷𝘪𝘢𝘫𝘦 𝘱𝘰𝘳 𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘥í𝘢𝘴. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘳é 𝘥𝘦 𝘷𝘶𝘦𝘭𝘵𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘛ō𝘫𝘪. 𝘕𝘰𝘴 𝘷𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘢𝘭 𝘳𝘦𝘨𝘳𝘦𝘴𝘰.

    𝘊𝘰𝘯 𝘢𝘮𝘰𝘳 𝘓𝘪𝘻.-♡"

    El viaje fue largo, tuvo que parar varias veces en tabernas y posadas antes de llegar a destino.

    No sabía con exactitud donde encontrarlo, así que se dirigió al monasterio donde alguna vez recibió la poderosa Excalibur junto con el yukata RoseAkaichi.

    Si algo del pacto quedaba, el ente sentiría su presencia y aparecería ante ella.

    ── Cuanto tiempo. . . Aliada . . .

    ── Hola [Gazu1221]



    Desarrollo→ https://ficrol.com/posts/216896
    ≫ ──────── ≪•◦ ❈ ◦•≫ ──────── ≪ La cuenta regresiva para el solsticio de invierno había comenzado. Visitar el mundo de los espíritus era una cita inevitable, respiraba en su nuca como algo inminente, el nerviosismo e incertidumbre crecía cada vez más, emociones que presionaban con un dolor agudo su pecho quitándole la respiración cada que pensaba mucho en eso, por eso lo evitaba. Para una mortal como ella era algo inconcebible caminar si quiera en ese plano espiritual, su vida podría peligrar ¿Qué pasaba si la rechazaban? Tal vez toda la sangre que derramó impedía presentarse frente a las deidades por ser impura, quizás podrían ver su fuego destructivo y consumidor que asoló poblados y tal como redujo a cenizas a sus enemigos sería reducida ella también, ¿Y si prohibían el hecho de que dos seres de naturaleza distinta se unieran? ¿Y si lo que ella era no estaba a la altura? no había certeza de nada. Esto la motivó a tomar una decisión, no quería dejar ningun cabo sin atar. Era momento de hacer el viaje que había estado posponiendo hace mucho: Alguien tendría visita. La pelirroja no sabía como iba a reaccionar su aliado ¿Seguirían siéndolo? Pronto lo averiguaría. Tomó el bolso que hace meses había dejado en un rincón sólo con el yukata negro y la espada, regalos que sentía que ya no le pertenecían. Quería que regresaran con su dueño original, sentía que conservarlos era una falta de respeto hacia él. Últimamente Kazuo se ausentaba seguido, Liz entendía que era imprescindible en la vida de muchos y le hacía feliz saber que cuando no estaba era porque ayudaba a alguien más, ésta era una de las muchas cualidades que admiraba del Kitsune. Cuando regresara ella no estaría así que su reencuentro se extendería un poco más, por esto antes de abandonar el templo dejó una nota "𝘒𝘢𝘻𝘶𝘰, 𝘴𝘢𝘭í 𝘥𝘦 𝘷𝘪𝘢𝘫𝘦 𝘱𝘰𝘳 𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘥í𝘢𝘴. 𝘌𝘴𝘵𝘢𝘳é 𝘥𝘦 𝘷𝘶𝘦𝘭𝘵𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘛ō𝘫𝘪. 𝘕𝘰𝘴 𝘷𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘢𝘭 𝘳𝘦𝘨𝘳𝘦𝘴𝘰. 𝘊𝘰𝘯 𝘢𝘮𝘰𝘳 𝘓𝘪𝘻.-♡" El viaje fue largo, tuvo que parar varias veces en tabernas y posadas antes de llegar a destino. No sabía con exactitud donde encontrarlo, así que se dirigió al monasterio donde alguna vez recibió la poderosa Excalibur junto con el yukata RoseAkaichi. Si algo del pacto quedaba, el ente sentiría su presencia y aparecería ante ella. ── Cuanto tiempo. . . Aliada . . . 🌹── Hola [Gazu1221] Desarrollo→ https://ficrol.com/posts/216896
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  • Habrá estrellas sobre el lugar por siempre; aunque la casa que amamos y la calle que nos encantó se pierdan,
    cada vez que la tierra circula su órbita
    En la noche en que se atraviesa el equinoccio de otoño, dos estrellas que sabíamos, posadas en el pico de la medianoche.

    Llegarán a su cenit; profunda será la quietud; habrá estrellas sobre el lugar por siempre, habrá estrellas por siempre, mientras nosotros dormimos.
    Habrá estrellas sobre el lugar por siempre; aunque la casa que amamos y la calle que nos encantó se pierdan, cada vez que la tierra circula su órbita En la noche en que se atraviesa el equinoccio de otoño, dos estrellas que sabíamos, posadas en el pico de la medianoche. Llegarán a su cenit; profunda será la quietud; habrá estrellas sobre el lugar por siempre, habrá estrellas por siempre, mientras nosotros dormimos.
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  • —Habrá posadas en FicRol o evento por navidad?
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  • Acto I, episodio I: del fantasma despechado y la novia olvidada.
    Fandom Fantasma de la Ópera
    Categoría Drama
    { Rol cerrado con [FANTOME] }


    Las historias más bellas, a menudo comienzan de forma bella. Sin embargo, la historia que hoy se nos quiere narrar, no comienza en absoluto de forma hermosa, aunque nuestra historia se origine en la preparación de las nupcias del vizconde de Chagny. En esta ocasión, la novia no era la Daaé, sino que era Elettra Dantelli, talentosa bailarina que había logrado hacerse un hueco en el Ballet de París pese a que la plaza no había sido concedida ni por su talento, ni por su empeño.
    Porque la historia que hoy da comienzo, no se inicia sino con un trato.
    El novio no era otro que Raoul, el hermano menor del conde de Chagny, Philippe, que había regresado de su viaje en la Marina y se asentaba por fin junto a su familia. Pero aquel enlace no era sino la evidencia del acuerdo, en parte doloroso, en parte, muy beneficioso. Y era que la muchacha, cuyo matrimonio se había acordado hacía ya tres años, había despertado un cierto sentimiento por el vizconde.
    El párroco había hablado principalmente con el conde, artífice del encuentro y enlace, a primera hora de la mañana. Después del ensayo matinal, en la Ópera de París, convocó a Elettra para comunicarle la decisión tomada.

    —La primera fecha disponible es en la primera quincena de febrero.—informó Philippe, que no estaba muy contento con la información del párroco.—De modo que lo he dispuesto todo para que tu enlace con mi hermano se celebre este mismo año. Así podrás avisar con tiempo a tus padres para que vengan desde Florencia.

    Elettra suspiró. A fin de cuentas, no tenía mucho que objetar. Pese a sus sentimientos por el vizconde, un trato era un trato...y lo mejor era que se cerrase cuanto antes.

    [15 de febrero de 1871. París, Francia.]

    Muy por la tarde, ya casi de noche, resonaron las campanas de Notre Dame con su habitual melodía evocando al trueno y al cristal, anunciando las nupcias que allí, esa misma jornada, tendría lugar en unos minutos. Tan bella, tan mágica, las tenues luces interiores que en perfecto juego de sombras y colores adornaban las guirnaldas de lazo y flores; decoraban decorando a su vez los bancos de la nave central en los cuales dos familias serían testigos de la unión mediante el sacramento del matrimonio, ante los ojos de la Virgen, de Dios, de París.
    Desde Florencia había llegado, al menos hacía un mes, la familia Dantelli al completo: Alessandro el lutier con su esposa Vittoria, sus ocho hijos (de los cuales uno ya estaba casado y otro ya tenía descendencia), hermanos de la madre, hermanos del padre, asentados en el lado izquierdo.
    Desde la residencia de los condes de Chagny, en pleno centro de la ciudad, tres hermanos huérfanos, familia nuclear del contrayente, íntimos, pues tampoco estaban muy unidos. Un varón, dos mujeres desposadas y sus niños, que ocupaban el lado derecho; tal vez algunos amigos de la pareja, que eran bastante escasos por cierto, sin llegar en total a las cien personas.
    Un coro que aguardaba paciente, un sacerdote y monaguillos que ultimaban los detalles del ritual que en breve se llevaría a cabo; un padre inquieto que no dejaba de consultar su reloj de bolsillo. Una madre que terminaba de colocar el velo traslúcido sobre los cabellos recogidos de su hija. Una novia que, inquieta, jugueteaba con una antigua medalla que pendía de su cuello. Respiración agitada, nervios por doquier. Pues no sería más una Dantelli, aunque nunca olvidaría su origen.

    Media hora sucedió, y otra media le siguió; el lutier comenzaba a extrañarse del retraso, de la nula explicación del mismo. El conde Philippe, hermano mayor y tutor de Raoul, el novio, comenzaba a desesperarse. ¿Habría sido su hermano capaz? No, no. Raoul era un hombre de palabra, tal vez solo fuera un retraso sin importancia.
    Pero Oliver, el mellizo de Elettra, sabía que algo no iba bien. Nunca le había gustado ese muchacho para su hermana, ni menos aún las condiciones en que había accedido a casarse. Intercambió unas palabras con su padre, antes de colarse en la sacristía, donde su hermana, sentada y cada vez más inquieta, esperaba. Atravesó la puerta, airado, negando con la cabeza sin mediar palabra. En ese momento, la Dantelli recogió su vestido, transfiriéndole el ramo de lirios y azucenas a su madre, echando a correr hacia el exterior de la fastuosa catedral, donde el carruaje nupcial aguardaba. Sorprendentemente fue su hermano Fabrizio, y no el propio Oliver, quien la persiguió hasta su destino.

    ─Dove vai, tata?─ inquirió el muchacho, ayudando a su hermana a desenganchar un caballo del coche.

    ─Tengo una brutta sensazione, Rizo.─ repuso Elettra tomando su montura, espoleando al animal en dirección al Teatro de la Ópera.

    En el exterior había comenzado a nevar; Monsieur Andre y Monsieur Firmin habían optado por desoír los requerimientos del Fantasma de la Ópera, que los instigaba a respetar sus pautas para dirigir el espectáculo. Pautas que no siguieron; pautas que debieron haber seguido. Pues mientras un enlace había de celebrarse, una nueva ópera se estrenaba aquel maravilloso día de febrero; “Il Muto”. Ópera que presenciarían más tarde los esposos recién casados. Ópera que el vizconde Raoul contemplaba desde el palco nº5 ignorando su promesa.
    { Rol cerrado con [FANTOME] } Las historias más bellas, a menudo comienzan de forma bella. Sin embargo, la historia que hoy se nos quiere narrar, no comienza en absoluto de forma hermosa, aunque nuestra historia se origine en la preparación de las nupcias del vizconde de Chagny. En esta ocasión, la novia no era la Daaé, sino que era Elettra Dantelli, talentosa bailarina que había logrado hacerse un hueco en el Ballet de París pese a que la plaza no había sido concedida ni por su talento, ni por su empeño. Porque la historia que hoy da comienzo, no se inicia sino con un trato. El novio no era otro que Raoul, el hermano menor del conde de Chagny, Philippe, que había regresado de su viaje en la Marina y se asentaba por fin junto a su familia. Pero aquel enlace no era sino la evidencia del acuerdo, en parte doloroso, en parte, muy beneficioso. Y era que la muchacha, cuyo matrimonio se había acordado hacía ya tres años, había despertado un cierto sentimiento por el vizconde. El párroco había hablado principalmente con el conde, artífice del encuentro y enlace, a primera hora de la mañana. Después del ensayo matinal, en la Ópera de París, convocó a Elettra para comunicarle la decisión tomada. —La primera fecha disponible es en la primera quincena de febrero.—informó Philippe, que no estaba muy contento con la información del párroco.—De modo que lo he dispuesto todo para que tu enlace con mi hermano se celebre este mismo año. Así podrás avisar con tiempo a tus padres para que vengan desde Florencia. Elettra suspiró. A fin de cuentas, no tenía mucho que objetar. Pese a sus sentimientos por el vizconde, un trato era un trato...y lo mejor era que se cerrase cuanto antes. [15 de febrero de 1871. París, Francia.] Muy por la tarde, ya casi de noche, resonaron las campanas de Notre Dame con su habitual melodía evocando al trueno y al cristal, anunciando las nupcias que allí, esa misma jornada, tendría lugar en unos minutos. Tan bella, tan mágica, las tenues luces interiores que en perfecto juego de sombras y colores adornaban las guirnaldas de lazo y flores; decoraban decorando a su vez los bancos de la nave central en los cuales dos familias serían testigos de la unión mediante el sacramento del matrimonio, ante los ojos de la Virgen, de Dios, de París. Desde Florencia había llegado, al menos hacía un mes, la familia Dantelli al completo: Alessandro el lutier con su esposa Vittoria, sus ocho hijos (de los cuales uno ya estaba casado y otro ya tenía descendencia), hermanos de la madre, hermanos del padre, asentados en el lado izquierdo. Desde la residencia de los condes de Chagny, en pleno centro de la ciudad, tres hermanos huérfanos, familia nuclear del contrayente, íntimos, pues tampoco estaban muy unidos. Un varón, dos mujeres desposadas y sus niños, que ocupaban el lado derecho; tal vez algunos amigos de la pareja, que eran bastante escasos por cierto, sin llegar en total a las cien personas. Un coro que aguardaba paciente, un sacerdote y monaguillos que ultimaban los detalles del ritual que en breve se llevaría a cabo; un padre inquieto que no dejaba de consultar su reloj de bolsillo. Una madre que terminaba de colocar el velo traslúcido sobre los cabellos recogidos de su hija. Una novia que, inquieta, jugueteaba con una antigua medalla que pendía de su cuello. Respiración agitada, nervios por doquier. Pues no sería más una Dantelli, aunque nunca olvidaría su origen. Media hora sucedió, y otra media le siguió; el lutier comenzaba a extrañarse del retraso, de la nula explicación del mismo. El conde Philippe, hermano mayor y tutor de Raoul, el novio, comenzaba a desesperarse. ¿Habría sido su hermano capaz? No, no. Raoul era un hombre de palabra, tal vez solo fuera un retraso sin importancia. Pero Oliver, el mellizo de Elettra, sabía que algo no iba bien. Nunca le había gustado ese muchacho para su hermana, ni menos aún las condiciones en que había accedido a casarse. Intercambió unas palabras con su padre, antes de colarse en la sacristía, donde su hermana, sentada y cada vez más inquieta, esperaba. Atravesó la puerta, airado, negando con la cabeza sin mediar palabra. En ese momento, la Dantelli recogió su vestido, transfiriéndole el ramo de lirios y azucenas a su madre, echando a correr hacia el exterior de la fastuosa catedral, donde el carruaje nupcial aguardaba. Sorprendentemente fue su hermano Fabrizio, y no el propio Oliver, quien la persiguió hasta su destino. ─Dove vai, tata?─ inquirió el muchacho, ayudando a su hermana a desenganchar un caballo del coche. ─Tengo una brutta sensazione, Rizo.─ repuso Elettra tomando su montura, espoleando al animal en dirección al Teatro de la Ópera. En el exterior había comenzado a nevar; Monsieur Andre y Monsieur Firmin habían optado por desoír los requerimientos del Fantasma de la Ópera, que los instigaba a respetar sus pautas para dirigir el espectáculo. Pautas que no siguieron; pautas que debieron haber seguido. Pues mientras un enlace había de celebrarse, una nueva ópera se estrenaba aquel maravilloso día de febrero; “Il Muto”. Ópera que presenciarían más tarde los esposos recién casados. Ópera que el vizconde Raoul contemplaba desde el palco nº5 ignorando su promesa.
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