• 𝑩𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔 𝑨𝒓𝒕𝒆𝒔

    Existían dos posibilidades de brillo en su esfera social; brillabas en lo financiero o en lo artístico.
    Tenía lo necesario para lo primero pero no la inspiración pues la idea de pasar los días tras un escritorio entre papeles, números, reuniones y pequeñas adicciones naturales de ese mundo no le agradaban. Francine siempre fue un alma libre, diferente, quizás algo salvaje; siempre buscando salirse con la suya haciendo todo a su manera, fuera de lo convencional. No era de extrañarse que terminara en la escuela de Bellas Artes especializada en fotografía.

    La lente de su cámara era un mundo de posibilidades.
    Oportunidad de plasmar eternamente un momento en esos pequeños cuadros.
    Empezaba un nuevo año de carrera.
    Misma universidad, mismos compañeros, mismo entorno, excepto por algunos detalles escabrosos de temporada vacacional.

    Vega, su mejor amiga, y ella no habían sido precisamente las mejor portadas de la temporada sin embargo ese eran un secreto que se llevarían hasta el final, o eso habían prometido, ¿no?

    Por su parte había decidido callar y olvidar... al menos por un tiempo. Sin importar la cantidad de actividades que hiciera para despejar la mente, ese recuerdo seguía ahí presente. Culpa le decían. ¿Pero realmente la sentía? O sólo era efecto de su "primera vez".

    Como fuera, eso debía quedar guardado en el baúl del pasado.
    Comenzaba el nuevo ciclo escolar y debía enfocarse en ello, continuar con sus proyectos y su vida académica.
    Nada ni nadie iba a interponerse.

    Sacó su teléfono móvil y marcó un número más que conocido. Antes de iniciar debían dejar claras las reglas del juego.

    —¿𝑉𝑒𝑔𝑎.ᐣ 𝑇𝑒 𝑣𝑒𝑜 𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑒𝑛 𝑚𝑒𝑑𝑖𝑎 ℎ𝑜𝑟𝑎...


    𝑩𝒆𝒍𝒍𝒂𝒔 𝑨𝒓𝒕𝒆𝒔 Existían dos posibilidades de brillo en su esfera social; brillabas en lo financiero o en lo artístico. Tenía lo necesario para lo primero pero no la inspiración pues la idea de pasar los días tras un escritorio entre papeles, números, reuniones y pequeñas adicciones naturales de ese mundo no le agradaban. Francine siempre fue un alma libre, diferente, quizás algo salvaje; siempre buscando salirse con la suya haciendo todo a su manera, fuera de lo convencional. No era de extrañarse que terminara en la escuela de Bellas Artes especializada en fotografía. La lente de su cámara era un mundo de posibilidades. Oportunidad de plasmar eternamente un momento en esos pequeños cuadros. Empezaba un nuevo año de carrera. Misma universidad, mismos compañeros, mismo entorno, excepto por algunos detalles escabrosos de temporada vacacional. Vega, su mejor amiga, y ella no habían sido precisamente las mejor portadas de la temporada sin embargo ese eran un secreto que se llevarían hasta el final, o eso habían prometido, ¿no? Por su parte había decidido callar y olvidar... al menos por un tiempo. Sin importar la cantidad de actividades que hiciera para despejar la mente, ese recuerdo seguía ahí presente. Culpa le decían. ¿Pero realmente la sentía? O sólo era efecto de su "primera vez". Como fuera, eso debía quedar guardado en el baúl del pasado. Comenzaba el nuevo ciclo escolar y debía enfocarse en ello, continuar con sus proyectos y su vida académica. Nada ni nadie iba a interponerse. Sacó su teléfono móvil y marcó un número más que conocido. Antes de iniciar debían dejar claras las reglas del juego. —¿𝑉𝑒𝑔𝑎.ᐣ 𝑇𝑒 𝑣𝑒𝑜 𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑒𝑛 𝑚𝑒𝑑𝑖𝑎 ℎ𝑜𝑟𝑎...
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  • ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ────

    [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ]

    [] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀

    Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México.

    Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión.

    Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase.

    Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite.

    Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros.

    Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad:

    𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞

    Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina

    ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ───

    Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado.

    Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero.

    Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo.

    Caminó hacia el Zócalo sin prisa.

    La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes.

    A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro.

    Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia.

    Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol.

    Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón.

    Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible.

    Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa.

    Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna.

    Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba

    𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞

    Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes.

    Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos.

    Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez.

    Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida:

    Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real.

    ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ────

    Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada.

    Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara.

    El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche.

    Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado.

    De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
    ──── 𝐿𝑙𝑒𝑔𝑎𝑑𝑎 𝑎 𝑡𝑖𝑒𝑟𝑟𝑎𝑠 𝑚𝑒𝑥𝑖𝑐𝑎𝑛𝑎𝑠. ──── [ #𝑆𝑎𝑛𝑡𝑖𝑋𝐸𝑙𝑀𝑢𝑛𝑑𝑜 ] [🇲🇽] 𝐶𝑖𝑢𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 (𝙲𝙳𝙼𝚇 | 𝙼é𝚡𝚒𝚌𝚘 𝙳.𝙵), 𝑀é𝑥𝑖𝑐𝑜 — 𝟷𝟶:𝟶𝟶 𝐴.𝑀 Luego de su travesía por Berlín, Alemania, el argentino se dispuso a dedicarse a viajar a su próximo destino : México. Con el pasar de las horas preparo todo, se dirigió al aeropuerto, tomó el avión desde Berlín hasta Ciudad de México. Varias horas de vuelo en cierto caso; pero que valían la pena para esta ocasión. Bajó del avión en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México poco después del atardecer, con el cuerpo aún cargado de la fatiga placentera de once horas de vuelo en primera clase. Llevaba solo una maleta mínima que un asistente del hotel ya había recogido para llevarla directamente a la suite. Por primera vez en su vida, no había chofer esperándolo con un cartel ni helicóptero contratado; quería sentir la ciudad desde abajo, sin filtros. Tomó un taxi común y corriente en la terminal. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con bigote recortado, lo miró por el retrovisor y le preguntó con naturalidad: 𝘛𝘢𝘹𝘪𝘴𝘵𝘢 : ❝ ¿𝘈 𝘥ó𝘯𝘥𝘦, 𝘫𝘦𝘧𝘦? ❞ Santiago giró su cabeza un momento y dejó ver una sonrisa ladina ──── 𝘈𝘭 𝘤𝘦𝘯𝘵𝘳𝘰. 𝘈𝘭 𝘡ó𝘤𝘢𝘭𝘰. ─── Respondió, y se recargó en el asiento trasero mientras la ciudad comenzaba a desplegarse ante él como un mosaico de luces y caos ordenado. Media hora después, el taxi lo dejó en la esquina de 5 de Mayo y Madero. Pagó en efectivo con un billete grande y dejó una propina que hizo que el taxista sonriera de oreja a oreja. Santiago se quedó parado un momento en la acera, respirando el aire que olía a tortilla recién hecha, gasolina, perfume barato y algo indefiniblemente vivo. Caminó hacia el Zócalo sin prisa. La plaza inmensa se abrió ante él como un mar quieto de piedra. En el centro, la bandera mexicana ondeaba lentamente bajo focos potentes. A su izquierda, la Catedral Metropolitana se alzaba imponente, con sus torres desiguales recortadas contra el cielo ya oscuro. Se detuvo frente a la catedral y alzó la vista. Nunca había visto una fachada tan sobrecargada de historia y ambición: siglos de barroco, terremotos, reconstrucciones y sin embargo seguía allí, firme, presidiendo la plaza como si nada hubiera cambiado desde la colonia. Giró sobre sus talones y comenzó a caminar por la calle Madero, la peatonal que vibraba de vida. Vendedores ambulantes ofrecían pulseras de obsidiana, elotes asados, globos luminosos y réplicas baratas de la Piedra del Sol. Grupos de jóvenes reían a carcajadas, una pareja de ancianos bailaba un danzón improvisado al ritmo de un trío de mariachis callejeros, y un niño pasó corriendo con un globo en forma de corazón. Él, con su traje un tanto arrugado; varias personas a su alrededor, hacían que se sintiera extrañamente invisible. Nadie lo reconocía. Nadie esperaba nada de él. Era solo un hombre más caminando entre la multitud, y eso le producía una euforia silenciosa. Pasó frente al Palacio de Bellas Artes, cuya cúpula blanca y mármol brillaban bajo la iluminación nocturna. Se detuvo un instante a observar el movimiento: turistas sacando fotos, locales apresurados camino a casa, un vendedor de tamales que gritaba 𝘝𝘦𝘯𝘥𝘦𝘥𝘰𝘳 : ❝ "¡𝘖𝘢𝘹𝘢𝘲𝘶𝘦ñ𝘰𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘪𝘵𝘰𝘴!” ❞ Con una voz que parecía entrenada para atravesar paredes. Más adelante, al doblar hacia el Templo Mayor, el bullicio cedió paso a una quietud diferente. Las ruinas aztecas aparecían iluminadas con focos tenues entre los edificios modernos. Piedras milenarias, serpientes talladas, restos de un mundo que había sido destruido y reconstruido encima una y otra vez. Se acercó a la reja, apoyó las manos en el metal frío y miró las pirámides truncadas. Por un momento pensó en su propia vida: Fortunas construidas y perdidas en mercados lejanos, aviones privados, reuniones en áticos de cristal y sin embargo, aquí estaba, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que el suelo bajo sus pies era real. ──── 𝘔𝘪𝘦𝘳𝘥𝘢 ¿𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘷𝘪𝘯𝘦 𝘢𝘲𝘶í 𝘥𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴? 𝘌𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘴 𝘫𝘰𝘥𝘪𝘥𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘩𝘦𝘳𝘮𝘰𝘴𝘰. ──── Sonrió para sí mismo, una sonrisa pequeña y privada. Luego siguió caminando, sin rumbo fijo, dejando que la ciudad lo llevara. El centro histórico de México, con su mezcla imposible de grandiosidad y desorden, acababa de adoptarlo aunque fuera solo por esa noche. Y él, el hombre que lo tenía casi todo, le pareció el mejor lugar del mundo para no tener nada planeado. De un momento a otro, decidió adentrarse a conocer y probar; por primera vez, la buena gastronomía que se manejaban en las calles. Una degustación única a su paladar.
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  • Opuestos naturales.
    Fandom JJK/OC
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    [Norte de Berlín. - Alemania. - 16:24 - 23/04/2043]

    Leo

    Un rumor había llegado a oídos de Morana, apenas unos susurros sobre un alma de gran poder, el alma de un genocida, pero que nadie osaba cuestionar, había reencarnado...

    El alma del mismísimo Ryōmen Sukuna, hechicero imbatible en su época, megalómano, y el que más tarde se convertiría en rey de las maldiciones. Su muerte fue una sorpresa, pero no más que su reencarnación.

    Hoy era momento de una reunión con el chico en cuestión, el cual se dedicaba al exorcismo de maldiciones para vivir. Fue una sorpresa para Morana enterarse de que la reencarnación de Sukuna era un chico sorprendentemente altruísta, todo lo contrario a lo que fue Sukuna en vida, y ahora se hacía llamar Leo.

    La reunión sería en un lugar convencional, una plaza tranquila, Morana ya estaba cansada de reuniones secretas en locales de mala muerte, estaría bien respirar el aire de la que alguna vez fue su tierra.

    No dio demasiados detalles sobre cómo se vería, mas aseguró al momento de pactar su reunión que sería sencillo distinguirla, a fin de cuentas, un hechicero sería capaz de ver el torrente de energía que la bruja emanaba, fruto de las miles de almas cosechadas por ella.

    No lo admitiría nunca, pero realmente quería conocer al que continuaría el legado de Ryōmen Sukuna ¿Qué camino elegiría tomar? Era algo que la llenaba de curiosidad.

    Morana estaba tranquilamente en la plaza en un lugar relativamente apartado de la multitud, los rayos del sol hacían que su cabellera, aunque cubierta, brillara por su tono rubio apagado. La gente de vez en cuando lanzaba miradas curiosas hacia ella, pero nadie se atrevía a acercarse, o al menos así era hasta que alguien dirigió su andar hacia ella...
    [Norte de Berlín. - Alemania. - 16:24 - 23/04/2043] [Cursed_Bastard] Un rumor había llegado a oídos de Morana, apenas unos susurros sobre un alma de gran poder, el alma de un genocida, pero que nadie osaba cuestionar, había reencarnado... El alma del mismísimo Ryōmen Sukuna, hechicero imbatible en su época, megalómano, y el que más tarde se convertiría en rey de las maldiciones. Su muerte fue una sorpresa, pero no más que su reencarnación. Hoy era momento de una reunión con el chico en cuestión, el cual se dedicaba al exorcismo de maldiciones para vivir. Fue una sorpresa para Morana enterarse de que la reencarnación de Sukuna era un chico sorprendentemente altruísta, todo lo contrario a lo que fue Sukuna en vida, y ahora se hacía llamar Leo. La reunión sería en un lugar convencional, una plaza tranquila, Morana ya estaba cansada de reuniones secretas en locales de mala muerte, estaría bien respirar el aire de la que alguna vez fue su tierra. No dio demasiados detalles sobre cómo se vería, mas aseguró al momento de pactar su reunión que sería sencillo distinguirla, a fin de cuentas, un hechicero sería capaz de ver el torrente de energía que la bruja emanaba, fruto de las miles de almas cosechadas por ella. No lo admitiría nunca, pero realmente quería conocer al que continuaría el legado de Ryōmen Sukuna ¿Qué camino elegiría tomar? Era algo que la llenaba de curiosidad. Morana estaba tranquilamente en la plaza en un lugar relativamente apartado de la multitud, los rayos del sol hacían que su cabellera, aunque cubierta, brillara por su tono rubio apagado. La gente de vez en cuando lanzaba miradas curiosas hacia ella, pero nadie se atrevía a acercarse, o al menos así era hasta que alguien dirigió su andar hacia ella...
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  • Las flores me entienden bien. Y yo a ellas. Cuando queráis venir a mi casa a que os hable de plantas y flores, no dudéis en pedírmelo.

    Y si necesitáis un ramo, o un arreglo floral para bodas, comuniones, bautizos, entierros... también podéis avisarme. Pero mis servicios no son baratos.
    Las flores me entienden bien. Y yo a ellas. Cuando queráis venir a mi casa a que os hable de plantas y flores, no dudéis en pedírmelo. Y si necesitáis un ramo, o un arreglo floral para bodas, comuniones, bautizos, entierros... también podéis avisarme. Pero mis servicios no son baratos.
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  • Aquel era uno de esos días donde arrastraba los pies. El cansancio mental, a causa del estrés, la frustración y las pocas horas de sueño, terminaban pasandole la factura al hacerlo sentir agotado. Incluso sentía que sus ojos ardían y le pesaban con cada nueva luz roja que se encontraba en la pista de camino a la veterinaria. Además de su hogar, la veterinaria era el único lugar que disfrutaba visitar por una simple razón: Sus gatos. Siempre encontraba emocionante verlos convivir con otros gatos y le permitía recuperar su vitalidad ver la reacción que tenían luego de dejarlos un día completo. Y, aunque lo amaba, a veces sentía que su corazón se hacía pedazos con sus tiernos maullidos.

    — Ya estoy en aquí. ¿Dónde está mi niña?

    Vincent preguntó en el momento que entró en la guardería de mascotas. Su voz sonó de una manera chillona, diferente a la que solía utilizar durante las reuniones de scrum para ver avances; resultaba gracioso verlo modular su voz para hacerla tan dulce y jocosa, pero era más divertido ver cómo aquella gata blanca, se acercaba corriendo hacia él como si buscara consuelo.

    — Ay, ¿dónde está mi niña, dónde está? —Volvió a repetir, imprimiendo un fingido chillido cuando le abrió los brazos y la gata corrió maullando en su dirección hasta saltarle al pecho. Vincent la recibió y la apapachó con cada maullido nuevo que emitió. Era el júbilo de que finalmente estaba reunidos los dos. Un amor inseparable que solo las horas de trabajo era capaz de frenar.— Perdón, se me hizo tarde hoy, sucedieron muchas cosas y... —Un nuevo maullido interrumpió su diálogo. No era la gata, Serafina, la responsable de ello, Vincent lo sabía porque los maullidos del animal ahora parecían fuertes reclamos. Era Alessandro, su gato más joven, quien parecía sufrir por permanecer dos horas más en la guardería.— Hola a ti también, señor enojón. No volverá a... ¡Oye! No tienes que ser tan cruel.

    Alessandro terminó por morder su mano, siquiera dejó que su dueño se acercara para intentar acariciarlo, un poco al menos, y terminó por volver a llorar con demanda. Era un gato exigente que, al final, dejaba en claro que era el único capaz de girar órdenes hacia su humano.

    — Hoy no habrá churu para ti, muchacho. —Vincent se frotó la mano para intentar lidiar con el ardor que sintió, la mordida del gato no era profunda, pero la fuerza impuesta era suficiente para fastidiarlo.— Rina, gracias por cuidarlos hoy. Te juro que mañana pasaré temprano otra vez y...

    — Sí, sí, sí. Siempre dices lo mismo. Tienes suerte de que no te penalicemos todos los días, solo porque Serafina es muy linda. —La gatita maulló ante las palabras de Rina. La mujer sonrió y terminó riéndose mientras que ayudaba al hombre a organizar las mochilas y transportadoras de los gatos.— Quizá te cobre un favor, no lo sé, pensaría en una cena o ver una película. Pero no eres ese tipo de hombre así que... Hay un libro que me gustaría.

    — Está bien. Envíame el link de Amazon, te lo conseguiré mientras sigas cubriéndome la espalda. —Vincent cerró la transportadora de Alessandro, luego de varios intentos, y terminó asintiendo.— Y si me ayudas a regular su temperamento, te juro que te compraré la saga completa que quieras. Me gustaría recibir visitas en casa sin que Aless los intente morder o arañar.
    Aquel era uno de esos días donde arrastraba los pies. El cansancio mental, a causa del estrés, la frustración y las pocas horas de sueño, terminaban pasandole la factura al hacerlo sentir agotado. Incluso sentía que sus ojos ardían y le pesaban con cada nueva luz roja que se encontraba en la pista de camino a la veterinaria. Además de su hogar, la veterinaria era el único lugar que disfrutaba visitar por una simple razón: Sus gatos. Siempre encontraba emocionante verlos convivir con otros gatos y le permitía recuperar su vitalidad ver la reacción que tenían luego de dejarlos un día completo. Y, aunque lo amaba, a veces sentía que su corazón se hacía pedazos con sus tiernos maullidos. — Ya estoy en aquí. ¿Dónde está mi niña? Vincent preguntó en el momento que entró en la guardería de mascotas. Su voz sonó de una manera chillona, diferente a la que solía utilizar durante las reuniones de scrum para ver avances; resultaba gracioso verlo modular su voz para hacerla tan dulce y jocosa, pero era más divertido ver cómo aquella gata blanca, se acercaba corriendo hacia él como si buscara consuelo. — Ay, ¿dónde está mi niña, dónde está? —Volvió a repetir, imprimiendo un fingido chillido cuando le abrió los brazos y la gata corrió maullando en su dirección hasta saltarle al pecho. Vincent la recibió y la apapachó con cada maullido nuevo que emitió. Era el júbilo de que finalmente estaba reunidos los dos. Un amor inseparable que solo las horas de trabajo era capaz de frenar.— Perdón, se me hizo tarde hoy, sucedieron muchas cosas y... —Un nuevo maullido interrumpió su diálogo. No era la gata, Serafina, la responsable de ello, Vincent lo sabía porque los maullidos del animal ahora parecían fuertes reclamos. Era Alessandro, su gato más joven, quien parecía sufrir por permanecer dos horas más en la guardería.— Hola a ti también, señor enojón. No volverá a... ¡Oye! No tienes que ser tan cruel. Alessandro terminó por morder su mano, siquiera dejó que su dueño se acercara para intentar acariciarlo, un poco al menos, y terminó por volver a llorar con demanda. Era un gato exigente que, al final, dejaba en claro que era el único capaz de girar órdenes hacia su humano. — Hoy no habrá churu para ti, muchacho. —Vincent se frotó la mano para intentar lidiar con el ardor que sintió, la mordida del gato no era profunda, pero la fuerza impuesta era suficiente para fastidiarlo.— Rina, gracias por cuidarlos hoy. Te juro que mañana pasaré temprano otra vez y... — Sí, sí, sí. Siempre dices lo mismo. Tienes suerte de que no te penalicemos todos los días, solo porque Serafina es muy linda. —La gatita maulló ante las palabras de Rina. La mujer sonrió y terminó riéndose mientras que ayudaba al hombre a organizar las mochilas y transportadoras de los gatos.— Quizá te cobre un favor, no lo sé, pensaría en una cena o ver una película. Pero no eres ese tipo de hombre así que... Hay un libro que me gustaría. — Está bien. Envíame el link de Amazon, te lo conseguiré mientras sigas cubriéndome la espalda. —Vincent cerró la transportadora de Alessandro, luego de varios intentos, y terminó asintiendo.— Y si me ayudas a regular su temperamento, te juro que te compraré la saga completa que quieras. Me gustaría recibir visitas en casa sin que Aless los intente morder o arañar.
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  • —¡Qué extraño! Este lugar solía vibrar de energía cada vez que yo llegaba, y ahora el silencio es absoluto... ¡A menos que me estén preparando una gran sorpresa! Sí, eso debe ser. Aun así, no puedo pasar por alto lo de Sera; en las próximas reuniones seré mucho más tajante con mis instrucciones para que no haya margen de error.—
    —¡Qué extraño! Este lugar solía vibrar de energía cada vez que yo llegaba, y ahora el silencio es absoluto... ¡A menos que me estén preparando una gran sorpresa! Sí, eso debe ser. Aun así, no puedo pasar por alto lo de Sera; en las próximas reuniones seré mucho más tajante con mis instrucciones para que no haya margen de error.—
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  • El balcón estaba en silencio, apenas acariciado por la brisa nocturna. Dante se recostaba contra la baranda, con una taza aún tibia entre las manos, dejando que el cansancio del día se deslizara fuera de su cuerpo poco a poco. El cielo estaba despejado; las estrellas brillaban con una claridad que solo aparece cuando el mundo parece haberse detenido.

    —Siempre te gustaron las noches así…

    murmuró con una leve sonrisa, alzando la vista.

    —. Decías que las estrellas escuchaban mejor cuando uno hablaba bajito.

    Suspiró, cerrando los ojos un instante antes de volver a mirar al cielo.

    —Hoy fue largo, mamá. Uno de esos días en los que todo pesa más de la cuenta… reuniones, decisiones, gente que exige respuestas como si yo las tuviera todas.

    rió suavemente, sin humor

    —. A veces me pregunto si tú también te sentías así y nunca lo dijiste.

    Apoyó la frente contra el metal frío del balcón.

    —Pero lo hice bien… creo. No me rendí. Respiré hondo, conté hasta diez, y seguí adelante, como me enseñaste.

    su voz se suavizó

    —. Hubo un momento en que quise salir corriendo, pero pensé en ti… en cómo me mirabas cuando dudaba.

    El viento movió un mechón de su cabello y Dante lo acomodó detrás de la oreja.

    —Estoy cansada, sí… pero también tranquila. Estar aquí, mirando el cielo, hablándote… me recuerda que no estoy sola del todo.

    alzó la taza en un pequeño brindis

    —. Mañana será otro día. Prometo descansar un poco más, ¿sí?

    Sonrió, sincera, dejando que el silencio la envolviera mientras las estrellas seguían brillando, pacientes, como si realmente estuvieran escuchando.
    El balcón estaba en silencio, apenas acariciado por la brisa nocturna. Dante se recostaba contra la baranda, con una taza aún tibia entre las manos, dejando que el cansancio del día se deslizara fuera de su cuerpo poco a poco. El cielo estaba despejado; las estrellas brillaban con una claridad que solo aparece cuando el mundo parece haberse detenido. —Siempre te gustaron las noches así… murmuró con una leve sonrisa, alzando la vista. —. Decías que las estrellas escuchaban mejor cuando uno hablaba bajito. Suspiró, cerrando los ojos un instante antes de volver a mirar al cielo. —Hoy fue largo, mamá. Uno de esos días en los que todo pesa más de la cuenta… reuniones, decisiones, gente que exige respuestas como si yo las tuviera todas. rió suavemente, sin humor —. A veces me pregunto si tú también te sentías así y nunca lo dijiste. Apoyó la frente contra el metal frío del balcón. —Pero lo hice bien… creo. No me rendí. Respiré hondo, conté hasta diez, y seguí adelante, como me enseñaste. su voz se suavizó —. Hubo un momento en que quise salir corriendo, pero pensé en ti… en cómo me mirabas cuando dudaba. El viento movió un mechón de su cabello y Dante lo acomodó detrás de la oreja. —Estoy cansada, sí… pero también tranquila. Estar aquí, mirando el cielo, hablándote… me recuerda que no estoy sola del todo. alzó la taza en un pequeño brindis —. Mañana será otro día. Prometo descansar un poco más, ¿sí? Sonrió, sincera, dejando que el silencio la envolviera mientras las estrellas seguían brillando, pacientes, como si realmente estuvieran escuchando.
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  • Trato hecho
    Fandom Persona 3
    Categoría Comedia
    Akihiko Sanada
    Mitsuru Kirijo


    Soy un hombre que siempre cumple sus promesas y cuando firma un trato también.
    Tal y como acorde con Akihiko estuve trabajando duro hasta las 18:35, mi chofer paso por mi apartamento para recoger a Chiro.
    Esta acostado sobre los otros asientos libres mientras envió un correo electrónico para reunirme mañana con mi nuevo chef y estaba ver por fin he encontrado al adecuado.
    Antes trabajaba en mi restaurante favorito pero después de tener varias reuniones y de la oferta que le hice, va a trabajar para mí.

    Chiro y yo nos encontramos en la entrada del edificio, esperando a que se abran las puertas del ascensor.
    Faltan tres minutos exactos para que sean las siete.
    [Sanada_Thcx] [Thxicewoman] Soy un hombre que siempre cumple sus promesas y cuando firma un trato también. Tal y como acorde con Akihiko estuve trabajando duro hasta las 18:35, mi chofer paso por mi apartamento para recoger a Chiro. Esta acostado sobre los otros asientos libres mientras envió un correo electrónico para reunirme mañana con mi nuevo chef y estaba ver por fin he encontrado al adecuado. Antes trabajaba en mi restaurante favorito pero después de tener varias reuniones y de la oferta que le hice, va a trabajar para mí. Chiro y yo nos encontramos en la entrada del edificio, esperando a que se abran las puertas del ascensor. Faltan tres minutos exactos para que sean las siete.
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  • Jejeje no me culpes a mi,
    ares las reuniones de los viejos , un poco aburrido ~
    Jejeje no me culpes a mi, ares las reuniones de los viejos , un poco aburrido ~
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  • Tsukumo Sana Espacio
    [nanashi_mumei]
    Fauna
    [Chaos_Rrat]
    Irys

    *Ahora que todas las miembros del Consejo estaban presentes habia decidido llamar a una reunion. Tenian demasiado de que hablar. Ahora que habia nuevas amenazas que pronto llegarian, incluso ella misma ya estaba lidiando con unos ataques que estaban iniciando en diferentes areas del mundo. Ya sentada en su asiento esperaba por la llegada de sus compañeras. Ahora que habia encontrado a Mumei pensaba que seria mas facil coordinar alguna clase de accion junto a la humanidad*
    [blaze_titanium_scorpion_916] [nanashi_mumei] [Fauna_Nature] [Chaos_Rrat] [fusion_scarlet_pigeon_219] *Ahora que todas las miembros del Consejo estaban presentes habia decidido llamar a una reunion. Tenian demasiado de que hablar. Ahora que habia nuevas amenazas que pronto llegarian, incluso ella misma ya estaba lidiando con unos ataques que estaban iniciando en diferentes areas del mundo. Ya sentada en su asiento esperaba por la llegada de sus compañeras. Ahora que habia encontrado a Mumei pensaba que seria mas facil coordinar alguna clase de accion junto a la humanidad*
    Me encocora
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