• La luna iluminaba débilmente el bosque mientras Pavel avanzaba por el sendero con su linterna de aceite en la mano. La cálida luz danzaba entre los árboles y las sombras.

    —Todavía necesito algunas hierbas para mi té de mañana —dijo Pavel con tranquilidad.

    Después de caminar unos minutos, encontró unas hojas de menta junto a un pequeño arroyo.

    —¡Excelente! Justo lo que estaba buscando.

    Guardó las hojas en su morral y continuó su recorrido. El sonido de los grillos llenaba el silencio de la noche.

    —Me gusta el bosque a estas horas. Todo parece más tranquilo.

    Al encontrar algunas flores de manzanilla, sonrió satisfecho.

    —Con esto será suficiente. Tendré un té delicioso.
    La luna iluminaba débilmente el bosque mientras Pavel avanzaba por el sendero con su linterna de aceite en la mano. La cálida luz danzaba entre los árboles y las sombras. —Todavía necesito algunas hierbas para mi té de mañana —dijo Pavel con tranquilidad. Después de caminar unos minutos, encontró unas hojas de menta junto a un pequeño arroyo. —¡Excelente! Justo lo que estaba buscando. Guardó las hojas en su morral y continuó su recorrido. El sonido de los grillos llenaba el silencio de la noche. —Me gusta el bosque a estas horas. Todo parece más tranquilo. Al encontrar algunas flores de manzanilla, sonrió satisfecho. —Con esto será suficiente. Tendré un té delicioso.
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  • Retsudo aguardaba sobre la tarima de madera con la tranquilidad de quien pasea por un jardín. La espada de madera descansaba sobre uno de sus hombros, mientras los pétalos de cerezo descendían lentamente a su alrededor.

    Al divisar a Unknown , una sonrisa confiada se dibujó bajo su bigote.

    ●Ven. Demuéstrame tu valía.

    La punta del bokken señaló el centro de la plataforma antes de volver a apoyarse sobre su hombro.

    ●Después hablaremos de un par de asuntos bastante interesantes, querida.

    El anciano se irguió y llevó una mano al pecho en una exagerada presentación.

    ●Dime tu nombre. ¡El mío es Retsudo Ogami!

    Su voz sonó jovial, aunque el brillo en sus ojos revelaba la emoción de un guerrero veterano ante un nuevo desafío.

    ●Nos batiremos en un duelo amistoso, así que no seas demasiado gentil conmigo.

    Una ráfaga de viento agitó sus largos cabellos plateados.

    ●Todavía estoy muy lejos de jubilarme.

    Entonces clavó el bokken contra la tarima con un seco golpe.

    ●Y sería una tragedia que una muchacha me hiciera sentir viejo hoy. ¡Ja, ja, ja!

    La carcajada resonó entre los cerezos, mientras el antiguo ejecutor del Clan de la Flor Imperial adoptaba una postura relajada, casi descuidada. Sin embargo, incluso desde aquella aparente despreocupación, emanaba la presencia de alguien que había sobrevivido a incontables combates.
    Retsudo aguardaba sobre la tarima de madera con la tranquilidad de quien pasea por un jardín. La espada de madera descansaba sobre uno de sus hombros, mientras los pétalos de cerezo descendían lentamente a su alrededor. Al divisar a [Uni_Darkness_Softspot] , una sonrisa confiada se dibujó bajo su bigote. ●Ven. Demuéstrame tu valía. La punta del bokken señaló el centro de la plataforma antes de volver a apoyarse sobre su hombro. ●Después hablaremos de un par de asuntos bastante interesantes, querida. El anciano se irguió y llevó una mano al pecho en una exagerada presentación. ●Dime tu nombre. ¡El mío es Retsudo Ogami! Su voz sonó jovial, aunque el brillo en sus ojos revelaba la emoción de un guerrero veterano ante un nuevo desafío. ●Nos batiremos en un duelo amistoso, así que no seas demasiado gentil conmigo. Una ráfaga de viento agitó sus largos cabellos plateados. ●Todavía estoy muy lejos de jubilarme. Entonces clavó el bokken contra la tarima con un seco golpe. ●Y sería una tragedia que una muchacha me hiciera sentir viejo hoy. ¡Ja, ja, ja! La carcajada resonó entre los cerezos, mientras el antiguo ejecutor del Clan de la Flor Imperial adoptaba una postura relajada, casi descuidada. Sin embargo, incluso desde aquella aparente despreocupación, emanaba la presencia de alguien que había sobrevivido a incontables combates.
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  • Bueno, es bastante como esta tranquilidad, aunque sinceramente es un poco aburrido.

    *En la parte superior de un edificio, el viento soplaba moviendo sus cabellos, mientras se sienta en la baranda de seguridad, cerro los ojos soltando un profundo suspiro. *
    Bueno, es bastante como esta tranquilidad, aunque sinceramente es un poco aburrido. *En la parte superior de un edificio, el viento soplaba moviendo sus cabellos, mientras se sienta en la baranda de seguridad, cerro los ojos soltando un profundo suspiro. *
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  • — Pues veamos...

    Después de varias horas esa amenaza de Elian había resultado, el de había ido hace ya mucho a no se que y Lorenzo no respondía mis llamadas, el joven estaba en un parque, tomando un cafe frío con leche deslactosada y chocolate con el sobre entre las manos, le dio un sorbo y lo dejo de lado centrando su atención en dicho sobre

    — Muy bien...tranquilidad...

    Muy lentamente abrió el sobre y empezó a leer detenidamente párrafo a párrafo hasta que llegó a la parte de abajo

    — Muy bien..."Estado..." POSITIVO!?

    Siguió leyendo y cada vez más su ojos se abrían

    — DE TRES A CUATRO SEMANAS...!?

    Empezó a lagrimear de emoción no se lo pido aguantar y llamo a su padre Stefano y Arthur para darles la noticia

    Papi...!
    — Pues veamos... Después de varias horas esa amenaza de Elian había resultado, el de había ido hace ya mucho a no se que y Lorenzo no respondía mis llamadas, el joven estaba en un parque, tomando un cafe frío con leche deslactosada y chocolate con el sobre entre las manos, le dio un sorbo y lo dejo de lado centrando su atención en dicho sobre — Muy bien...tranquilidad... Muy lentamente abrió el sobre y empezó a leer detenidamente párrafo a párrafo hasta que llegó a la parte de abajo — Muy bien..."Estado..." POSITIVO!? Siguió leyendo y cada vez más su ojos se abrían — DE TRES A CUATRO SEMANAS...!? Empezó a lagrimear de emoción no se lo pido aguantar y llamo a su padre Stefano y Arthur para darles la noticia — 📱Papi...!
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  • -Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Un violento temblor recorrió el suelo y un profundo rugido resonó bajo las raíces del árbol. Los ojos rojizos de Vaelith se abrieron lentamente al percibir la presencia de una de las Bestias intentando escapar. Incorporándose sin mostrar la menor expresión, observó cómo una gigantesca criatura de seis patas, cubierta por una armadura negra llena de grietas incandescentes, comenzaba a abrir un enorme túnel con sus garras para huir hacia las profundidades del reino. Sin perder un solo segundo, las cadenas vivientes respondieron a la voluntad de su guardián, marcando el inicio de una nueva cacería.-

    -La persecución apenas duró unos instantes. Las cadenas descendieron por el túnel con una velocidad imposible, esquivando la tierra y las rocas hasta rodear las patas traseras de la Bestia. La criatura rugió con furia e intentó seguir excavando, pero la fuerza de Vaelith era inquebrantable. Con un firme movimiento de su brazo, las cadenas se tensaron y arrastraron al monstruo fuera del túnel, inmovilizándolo por completo. Una vez que dejó de resistirse, Vaelith volvió a sellarla en su prisión sin pronunciar una sola palabra. Después, el silencio regresó al Reino del Eclipse, como si nada hubiera ocurrido.-
    -Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Un violento temblor recorrió el suelo y un profundo rugido resonó bajo las raíces del árbol. Los ojos rojizos de Vaelith se abrieron lentamente al percibir la presencia de una de las Bestias intentando escapar. Incorporándose sin mostrar la menor expresión, observó cómo una gigantesca criatura de seis patas, cubierta por una armadura negra llena de grietas incandescentes, comenzaba a abrir un enorme túnel con sus garras para huir hacia las profundidades del reino. Sin perder un solo segundo, las cadenas vivientes respondieron a la voluntad de su guardián, marcando el inicio de una nueva cacería.- -La persecución apenas duró unos instantes. Las cadenas descendieron por el túnel con una velocidad imposible, esquivando la tierra y las rocas hasta rodear las patas traseras de la Bestia. La criatura rugió con furia e intentó seguir excavando, pero la fuerza de Vaelith era inquebrantable. Con un firme movimiento de su brazo, las cadenas se tensaron y arrastraron al monstruo fuera del túnel, inmovilizándolo por completo. Una vez que dejó de resistirse, Vaelith volvió a sellarla en su prisión sin pronunciar una sola palabra. Después, el silencio regresó al Reino del Eclipse, como si nada hubiera ocurrido.-
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  • 𝖨𝖿 𝗅𝗈𝗏𝖾 𝖼𝖺𝗇 𝗅𝖺𝗌𝗍 𝖿𝗈𝗋𝖾𝗏𝖾𝗋, 𝖨 𝗁𝗈𝗉𝖾 𝗂𝗍 𝗅𝗈𝗈𝗄𝗌 𝗅𝗂𝗄𝖾 𝗎𝗌.

    Ha-Rin había escuchado muchas veces que el amor eterno se parecía a los grandes gestos.

    A las promesas bajo la lluvia.

    A los besos dramáticos en aeropuertos.

    A las declaraciones capaces de detener el tiempo.

    Pero, mientras intentaba mantener el equilibrio sobre la espalda de Ji-Hyun en medio de la sala, llegó a la conclusión de que quizás todos estaban equivocados.

    —No te muevas —ordenó con una sonrisa mientras extendía los brazos y se inclinaba ligeramente hacia adelante.

    Aquella escena, vista desde afuera, debía parecer absurda. Cualquiera pensaría que estaban jugando o perdiendo el tiempo de la forma más ridícula que se les podría haber ocurrido. Y, tal vez, era exactamente eso y, sin embargo, ninguno quería estar en otro lugar o hacer otra cosa.

    —¿Sabes qué es gracioso? —preguntó el joven artista, aún concentrado en no caer.

    —Antes de que existiera un nosotros, pensaba que las parejas felices hacían cosas mucho más interesantes que esto: viajes románticos, cenas elegantes, flores, promesas solemnes, momentos perfectos... Cosas de películas y, a pesar de que hacemos esas cosas, luego tenemos momentos como estos y me gustan mucho más.

    Años atrás, ambos habían creído que el amor se medía por los momentos extraordinarios. Ahora sabían que se trataba de cosas simples.

    En las mañanas compartidas.

    En las compras del supermercado.

    En las series que nunca terminaban porque se quedaban dormidos a mitad del capítulo.

    En las fotografías borrosas.

    En los silencios cómodos.

    En una mirada compartida.

    En la confianza absoluta de poder ser ridículos frente al otro sin sentir vergüenza.

    En la tranquilidad de saber que siempre habría alguien esperando al final del día.

    Ha-Rin volvió a centrar su atención en Ji-Hyun. Lo observó allí, relajado, sin ninguna prisa por levantarse, como si aquella posición fuese lo más cómodo del mundo.

    Entonces comprendió algo.

    Quizás el amor eterno no tenía una apariencia espectacular.

    Quizás no era una fotografía perfecta ni una historia extraordinaria.

    Quizás era esto.

    Porque, al final, el amor no se medía en la intensidad de un instante.

    Se medía en la permanencia.

    En las risas compartidas sin motivo.

    En la facilidad de existir juntos a pesar de la rutina.

    En la confianza.

    En no sentir la necesidad de demostrar nada.

    En los años pasando sin que ninguno deje de elegir al otro.

    Ha-Rin sonrió una vez más y finalmente se dejó caer de rodillas al lado de Ji-Hyun. Acomodó alguno de los mechones rebeldes del cabello de su pareja y luego besó suavemente su sien.

    —Si el amor puede durar para siempre, espero que se parezca a nosotros.


                                                       ≽(•⩊ •マ≼  𖾕𖾝꙼ᩚ𛲕𖾟
    💕 𝖨𝖿 𝗅𝗈𝗏𝖾 𝖼𝖺𝗇 𝗅𝖺𝗌𝗍 𝖿𝗈𝗋𝖾𝗏𝖾𝗋, 𝖨 𝗁𝗈𝗉𝖾 𝗂𝗍 𝗅𝗈𝗈𝗄𝗌 𝗅𝗂𝗄𝖾 𝗎𝗌. Ha-Rin había escuchado muchas veces que el amor eterno se parecía a los grandes gestos. A las promesas bajo la lluvia. A los besos dramáticos en aeropuertos. A las declaraciones capaces de detener el tiempo. Pero, mientras intentaba mantener el equilibrio sobre la espalda de Ji-Hyun en medio de la sala, llegó a la conclusión de que quizás todos estaban equivocados. —No te muevas —ordenó con una sonrisa mientras extendía los brazos y se inclinaba ligeramente hacia adelante. Aquella escena, vista desde afuera, debía parecer absurda. Cualquiera pensaría que estaban jugando o perdiendo el tiempo de la forma más ridícula que se les podría haber ocurrido. Y, tal vez, era exactamente eso y, sin embargo, ninguno quería estar en otro lugar o hacer otra cosa. —¿Sabes qué es gracioso? —preguntó el joven artista, aún concentrado en no caer. —Antes de que existiera un nosotros, pensaba que las parejas felices hacían cosas mucho más interesantes que esto: viajes románticos, cenas elegantes, flores, promesas solemnes, momentos perfectos... Cosas de películas y, a pesar de que hacemos esas cosas, luego tenemos momentos como estos y me gustan mucho más. Años atrás, ambos habían creído que el amor se medía por los momentos extraordinarios. Ahora sabían que se trataba de cosas simples. En las mañanas compartidas. En las compras del supermercado. En las series que nunca terminaban porque se quedaban dormidos a mitad del capítulo. En las fotografías borrosas. En los silencios cómodos. En una mirada compartida. En la confianza absoluta de poder ser ridículos frente al otro sin sentir vergüenza. En la tranquilidad de saber que siempre habría alguien esperando al final del día. Ha-Rin volvió a centrar su atención en Ji-Hyun. Lo observó allí, relajado, sin ninguna prisa por levantarse, como si aquella posición fuese lo más cómodo del mundo. Entonces comprendió algo. Quizás el amor eterno no tenía una apariencia espectacular. Quizás no era una fotografía perfecta ni una historia extraordinaria. Quizás era esto. Porque, al final, el amor no se medía en la intensidad de un instante. Se medía en la permanencia. En las risas compartidas sin motivo. En la facilidad de existir juntos a pesar de la rutina. En la confianza. En no sentir la necesidad de demostrar nada. En los años pasando sin que ninguno deje de elegir al otro. Ha-Rin sonrió una vez más y finalmente se dejó caer de rodillas al lado de Ji-Hyun. Acomodó alguno de los mechones rebeldes del cabello de su pareja y luego besó suavemente su sien. —Si el amor puede durar para siempre, espero que se parezca a nosotros.                                                    ≽(•⩊ •マ≼  𖾕𖾝꙼ᩚ𛲕𖾟
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  • Razor se encontraba en el bosque de Wolvendom. Tranquilo, echado en el suelo cerca de unos árboles, estaba recostado descaradamente sobre una imponente loba blanca, la pareja del lobo alfa de la manada. Razor rascada con tranquilidad la cabeza de ella mientras miraba al cielo con calma, la misma calma después de un día divertido.

    -Hoy...Razor hacer muchas cosas en...Mondstadt... Comió mucho con Sara... así... -extendió un momento sus manos levantando 5 dedos de una mano y 3 de la otra. Tal vez exageró pero así lo sintió él- Mucha carne...a la miel...pan...Sara dio sopa también...verduras no gustan...pero...Razor se portó bien...

    La loba al escucharlo, como si entendiera lo que decía el chico, alzaba de vez en cuando una oreja, ladeaba la cabeza, resoplaba por la nariz.

    -Heh...Loba tonta... -No lo decía como insulto, pero la Loba pareció entender la palabra, le gruñó suavemente, como una madre regañando a un cachorro y le dio una mordida- ¡Ouch!...Está bien...está bien...loba no tonta...loba lista... -La loba resopló y movió una de sus orejas con orgullo-

    -Luego...Razor...jugar con perros de la ciudad...perros tontos...no alcanzaron a Razor...Razor ganar, después ir con Hermana Lisa...prestó libros de lobos a Razor...y...enseñó palabras nuevas...difíciles...ya no acordar...
    Razor se encontraba en el bosque de Wolvendom. Tranquilo, echado en el suelo cerca de unos árboles, estaba recostado descaradamente sobre una imponente loba blanca, la pareja del lobo alfa de la manada. Razor rascada con tranquilidad la cabeza de ella mientras miraba al cielo con calma, la misma calma después de un día divertido. -Hoy...Razor hacer muchas cosas en...Mondstadt... Comió mucho con Sara... así... -extendió un momento sus manos levantando 5 dedos de una mano y 3 de la otra. Tal vez exageró pero así lo sintió él- Mucha carne...a la miel...pan...Sara dio sopa también...verduras no gustan...pero...Razor se portó bien... La loba al escucharlo, como si entendiera lo que decía el chico, alzaba de vez en cuando una oreja, ladeaba la cabeza, resoplaba por la nariz. -Heh...Loba tonta... -No lo decía como insulto, pero la Loba pareció entender la palabra, le gruñó suavemente, como una madre regañando a un cachorro y le dio una mordida- ¡Ouch!...Está bien...está bien...loba no tonta...loba lista... -La loba resopló y movió una de sus orejas con orgullo- -Luego...Razor...jugar con perros de la ciudad...perros tontos...no alcanzaron a Razor...Razor ganar, después ir con Hermana Lisa...prestó libros de lobos a Razor...y...enseñó palabras nuevas...difíciles...ya no acordar...
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  • Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte.
    A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen.
    Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror".
    En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan.

    Capítulo 1:
    Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente.
    Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano.
    Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío.
    —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal.
    Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad.
    Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid.
    Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa.
    A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto.
    Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás.
    —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes.
    Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47.
    El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje.
    Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones.
    Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra.
    —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono.
    —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta.
    —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores.
    —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita.
    Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas.
    —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo.
    —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano.
    Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla.
    —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto.
    Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
    Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte. A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen. Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror". En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan. Capítulo 1: Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente. Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano. Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío. —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal. Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad. Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid. Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa. A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto. Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás. —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes. Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47. El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje. Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones. Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra. —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono. —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta. —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores. —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita. Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas. —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo. —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano. Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla. —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto. Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
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  • Que día… -Se va a relajar, antes de que llegue alguien a interrumpir su tranquilidad-
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  • — Disfrutar de un buen vino, es algo que me encanta hacer cuando llegan momentos de tranquilidad. —
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