Horas antes de la tragedia.


Respiró hondo antes de empujar la pesada puerta del bar. No era su escenario habitual, con demasiada gente, demasiados ojos, pero este día se había prometido intentarlo. Se deslizó por el mostrador buscando un rincón donde su incomodidad no brillara tanto. Pagó su primera copa con manos ligeramente temblorosas y fingió tranquilidad.

Divisó la mesa de billar desde la barra y con la copa aún fría entre los dedos, cruzó la distancia que lo separaba de los jugadores.

  —¿Les falta uno?—preguntó, sorprendiéndose a sí mismo cuando la pregunta abandonó su boca sin permiso. Los extraños asintieron con indiferencia amable, cediéndole un taco, y comenzó a jugar. 

Entre bebidas y juegos se pasó el tiempo, hasta que llegó la noche... 
Horas antes de la tragedia. Respiró hondo antes de empujar la pesada puerta del bar. No era su escenario habitual, con demasiada gente, demasiados ojos, pero este día se había prometido intentarlo. Se deslizó por el mostrador buscando un rincón donde su incomodidad no brillara tanto. Pagó su primera copa con manos ligeramente temblorosas y fingió tranquilidad. Divisó la mesa de billar desde la barra y con la copa aún fría entre los dedos, cruzó la distancia que lo separaba de los jugadores.   —¿Les falta uno?—preguntó, sorprendiéndose a sí mismo cuando la pregunta abandonó su boca sin permiso. Los extraños asintieron con indiferencia amable, cediéndole un taco, y comenzó a jugar.  Entre bebidas y juegos se pasó el tiempo, hasta que llegó la noche... 
Me encocora
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