• — ¡¡WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!

    ×~ Vale que los dos son adultos responsables (o al menos Louis lo es), si no, imaginense en lo que quedaría esta tragedia... Ay no... ~×
    🐺— ¡¡WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!! ×~ Vale que los dos son adultos responsables (o al menos [Ciervit0] lo es), si no, imaginense en lo que quedaría esta tragedia... Ay no... ~×
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  • 𝓗ambrientos de vínculos, de posesión. Buscan reconocimiento, un ancla momentánea que les recuerde que existen, incluso cuando ocultan; a veces de forma deliberada, la lucidez cruel de que no nacieron para quedarse.

    𝓔s una tragedia silenciosa la de aquellos que deben ocultar su verdadera naturaleza, asfixiarse en promesas cargadas de mentiras solo por un atisbo de pertenencia. Aman en fragmentos pequeños, incompletos, y sin darse cuenta terminan rompiendo en pedazos lo que lograron sostener entre una telaraña de engaños bien elaborados.

    𝓟orque no todo es eterno, y la naturaleza siempre es más fuerte que el deseo. Contra eso no hay lucha que puedan ganar.
    𝓗ambrientos de vínculos, de posesión. Buscan reconocimiento, un ancla momentánea que les recuerde que existen, incluso cuando ocultan; a veces de forma deliberada, la lucidez cruel de que no nacieron para quedarse. 𝓔s una tragedia silenciosa la de aquellos que deben ocultar su verdadera naturaleza, asfixiarse en promesas cargadas de mentiras solo por un atisbo de pertenencia. Aman en fragmentos pequeños, incompletos, y sin darse cuenta terminan rompiendo en pedazos lo que lograron sostener entre una telaraña de engaños bien elaborados. 𝓟orque no todo es eterno, y la naturaleza siempre es más fuerte que el deseo. Contra eso no hay lucha que puedan ganar.
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    ╔════════ ≪ • ❈ • ≫ ════════╗
    BUSCO ROL 1x1
    ╚════════ ≪ • ❈ • ≫ ════════╝
    Busco un Sesshomaru para desarrollar esta trama.

    La llevo trabajando desde hace muchos años; la he pulido con el tiempo y me gustaría, por fin, poder llevarla a cabo como merece.

    No busco una interpretación rígida o perfecta del personaje, sino a alguien que le aporte matices propios, gustos, detalles personales e ideas que enriquezcan la historia.

    El rol puede desarrollarse como prefieras:

    — pasivo
    — omega
    — ambos alfas

    Me encanta la idea de jugar con dinámicas distintas y profundizar en ellas narrativamente.

    Si te interesa, también podemos llevar dos tramas en paralelo o incluso un 2x2, si así lo deseas.

    Puedes escribirme por privado, donde te explicaré todo con más detalle.

    ✒ Sobre mi estilo de rol
    Mi estilo es extenso, narrativo y muy detallado.

    Busco alguien de la vieja escuela, apasionade por escenas profundas, vívidas y cargadas de tensión dramática.

    Puedo ofrecerte:

    — Narrativa cuidada de escenarios y atmósferas

    — Desarrollo emocional intenso

    — Conflictos bien construidos

    — Drama de calidad

    Antes de iniciar cualquier trama, me gusta conocer los gustos y límites de la otra persona. Cuéntame tus sí y no respecto a géneros o elementos que desees agregar.

    ⭑ ⎯⎯ ᨳ Manejo diversos géneros, especialmente dentro del ámbito psicológico.

    ⭑ ⎯⎯ ᨳ Resumen de la trama principal...

    ᨳᨳᨳLa idea central de esta historia...

    Kagome jamás volvió a cruzar el pozo. Pasaron casi quince años desde la última vez que sintió el viento del Sengoku Jidai rozarle la piel. El vínculo se había roto… o eso creyó. Con el tiempo, comenzó a percibir algo extraño en su interior: el poder de la Perla de Shikon seguía dentro de ella, pero ya no era sólido ni estable. Se consumía lentamente, como si estuviera transformándose en algo más.

    La respuesta llegó demasiado tarde.
    Kagome estaba embarazada.
    Había rehecho su vida y se había casado con un hombre amable, alguien que le ofrecía paz, aunque en ciertos gestos —en silencios específicos— le recordaba dolorosamente a Inuyasha. Nunca dejó de amar a su hanyō, pero aprendió a vivir con la ausencia… o a engañarse creyendo que lo había hecho.

    Entonces, el destino volvió a arrebatarle todo.

    Su esposo murió en un trágico accidente, dejándola sola, viuda y con un hijo creciendo dentro de ella. Un hijo que, desde el vientre, se sentía distinto.

    El parto fue catalogado como “prematuro”, pero nada encajaba. El bebé pesaba casi lo mismo que un niño de un año. Kagome, aferrándose a la lógica humana, intentó convencerse de que existía una explicación médica. Hasta que lo miró a los ojos.

    Lila.

    Un color imposible.

    Esos rasgos… eran idénticos a los de Kikyo.

    El pánico se apoderó de ella cuando los médicos comenzaron a hablar de mellizos. Le explicaron que el segundo bebé había nacido después y que se encontraba en cuidados intensivos. Pero Kagome apenas podía escucharlos. Todo su ser estaba concentrado en lo que sostenía entre sus brazos.

    Eso no era su hijo.

    Comprendió la verdad de golpe, como una herida abierta: la Perla de Shikon no había desaparecido, había tomado forma. Aquello que tenía frente a ella —ese cuerpo pequeño, de cabellos blancos y ojos lila intensos— era la Perla hecha carne.

    Sus manos temblaron.

    El poder que una vez había desatado guerras, deseos y tragedias… ahora respiraba. Lloraba. La miraba.
    Ya no era un objeto maldito.
    Era un ser vivo.

    Y Kagome entendió, con horror absoluto, que el verdadero precio del deseo jamás cumplido acababa de nacer.

    Los años pasaron, y los niños crecieron bajo la atenta mirada de Kagome.
    Kaede, el de cabello negro, era su reflejo más fiel: ojos color chocolate, sonrisa abierta y una mirada llena de vida. Kagome lo había nombrado así, y para él, ella era el centro de su mundo. En Kaede no había nada fuera de lo humano, nada que despertara temor… solo la calidez de un niño que crecía a su propio ritmo.

    Alucard, en cambio, siempre fue distinto.

    No podía decir que no fuera humano, pero su crecimiento era antinatural. Cuando debía aparentar dos años, su cuerpo ya parecía el de un niño de cinco. Cabellos blancos, facciones serenas y perturbadoramente familiares. Cada vez que Kagome lo observaba, sentía un nudo en el pecho: era como ver al hijo que Inuyasha jamás había tenido con Kikyo.

    Era idéntico a ella.

    Solo esos ojos lila rompían la ilusión.
    Con el paso de los años, el miedo de Kagome no hizo más que crecer.
    Cuando llegaron a la adolescencia, sabía que ambos debían tener trece años. Sin embargo, Alucard parecía de dieciséis: alto, de rasgos maduros, con una postura firme que imponía respeto. Se había inclinado naturalmente hacia el arco y la flecha, dominándolos con una precisión inquietante, como si el conocimiento ya estuviera grabado en su sangre.
    Kaede, por el contrario, parecía quedarse atrás. No era débil, pero siempre estaba un paso detrás de su mellizo.

    Eran como el agua y el aceite.
    La abuela no disimulaba su preferencia por Alucard, fascinada por su porte y habilidades, mientras Kagome hacía todo lo posible por reconfortar a Kaede, intentando equilibrar una balanza que se inclinaba cada vez más.

    Con dolor, Kagome comenzó a notar el paralelismo cruel: sus hijos repetían su propia historia con Kikyo, pero en una versión masculina, retorcida por el destino.

    Y Kaede… Kaede empezó a cambiar.
    Las emociones negativas comenzaron a germinar en su interior: celos, resentimiento, una sombra silenciosa que crecía cada vez que era comparado con Alucard. Cada mirada, cada elogio ajeno, era una herida más.
    Kagome lo supo entonces.

    El verdadero conflicto apenas estaba comenzando.

    Hizo todo lo posible por mantenerlos alejados de aquel lugar, como si la distancia pudiera contener al destino.

    Evitó enfrentamientos, separó discusiones, suavizó silencios… cualquier cosa con tal de que Kaede y Alucard no chocaran de frente. Sabía que algo terrible podía surgir de esa fricción.

    Pero no fue suficiente.

    El accidente ocurrió poco antes de que cumplieran dieciocho años. Su madre falleció de forma repentina; su abuelo había muerto muchos años atrás, y Kagome quedó nuevamente sola, rota por una pérdida que no vio venir. Desde el primer instante sintió algo más: el pozo latía.

    No como antes.

    Su poder ya no era el mismo, estaba debilitado, fragmentado… como si hubiera sido drenado durante años.
    El día del funeral fue insoportable. El aire pesaba, la lluvia caía sin pausa y el dolor se mezclaba con una tensión que Kagome no supo leer a tiempo. Los mellizos comenzaron a discutir, palabras cargadas de resentimiento y reproches acumulados. Ella no se dio cuenta de cuándo se alejaron.

    Solo sintió el llamado.

    El pozo se abrió.

    Kagome corrió bajo la lluvia, el corazón golpeándole el pecho con violencia.

    Cuando llegó, la escena la paralizó: Kaede había empujando a Alucard. El pelinegro la miraba con horror, llorando, suplicando sin palabras.

    Entonces ocurrió.

    Del pozo emergió algo imposible: un tentáculo oscuro se alzó y se enroscó alrededor de Kaede, arrastrándolo sin darle tiempo a gritar.

    Kagome gritó su nombre, buscó desesperadamente algo con qué defenderse, y cuando logró tomar un hacha para reaccionar…

    Ya era tarde.

    El pozo antiguo se los había devorado.

    El silencio que quedó fue peor que cualquier grito.

    Kagome cayó de rodillas, empapada por la lluvia, entendiendo por fin que el pozo no solo había esperado… había reclamado lo que siempre le perteneció.

    ┌─────── ⋆⋅☆⋅⋆ ───────┐
    Requisitos / Info sobre mi rol
    └─────── ⋆⋅☆⋅⋆ ───────┘
    ✧ Manejo múltiples personajes para que la historia nunca se estanque.
    ✧ Me adapto con facilidad a los personajes que me brindes.
    ✧ Ortografía cuidada y estética en cada respuesta.
    ✧ Horarios flexibles; tengo dos trabajos y universidad, pido paciencia .
    ✧ Nada de tramas planas ni excesivamente dulces.
    Busco drama, oscuridad, misterio y emociones intensas
    ╔════════ ≪ • ❈ • ≫ ════════╗ 🌑 BUSCO ROL 1x1 🌑 ╚════════ ≪ • ❈ • ≫ ════════╝ Busco un Sesshomaru para desarrollar esta trama. La llevo trabajando desde hace muchos años; la he pulido con el tiempo y me gustaría, por fin, poder llevarla a cabo como merece. No busco una interpretación rígida o perfecta del personaje, sino a alguien que le aporte matices propios, gustos, detalles personales e ideas que enriquezcan la historia. El rol puede desarrollarse como prefieras: — pasivo — omega — ambos alfas Me encanta la idea de jugar con dinámicas distintas y profundizar en ellas narrativamente. Si te interesa, también podemos llevar dos tramas en paralelo o incluso un 2x2, si así lo deseas. 📩 Puedes escribirme por privado, donde te explicaré todo con más detalle. ✒ Sobre mi estilo de rol Mi estilo es extenso, narrativo y muy detallado. Busco alguien de la vieja escuela, apasionade por escenas profundas, vívidas y cargadas de tensión dramática. Puedo ofrecerte: — Narrativa cuidada de escenarios y atmósferas — Desarrollo emocional intenso — Conflictos bien construidos — Drama de calidad Antes de iniciar cualquier trama, me gusta conocer los gustos y límites de la otra persona. Cuéntame tus sí y no respecto a géneros o elementos que desees agregar. ⭑ ⎯⎯ ᨳ Manejo diversos géneros, especialmente dentro del ámbito psicológico. ⭑ ⎯⎯ ᨳ Resumen de la trama principal... ᨳᨳᨳLa idea central de esta historia... Kagome jamás volvió a cruzar el pozo. Pasaron casi quince años desde la última vez que sintió el viento del Sengoku Jidai rozarle la piel. El vínculo se había roto… o eso creyó. Con el tiempo, comenzó a percibir algo extraño en su interior: el poder de la Perla de Shikon seguía dentro de ella, pero ya no era sólido ni estable. Se consumía lentamente, como si estuviera transformándose en algo más. La respuesta llegó demasiado tarde. Kagome estaba embarazada. Había rehecho su vida y se había casado con un hombre amable, alguien que le ofrecía paz, aunque en ciertos gestos —en silencios específicos— le recordaba dolorosamente a Inuyasha. Nunca dejó de amar a su hanyō, pero aprendió a vivir con la ausencia… o a engañarse creyendo que lo había hecho. Entonces, el destino volvió a arrebatarle todo. Su esposo murió en un trágico accidente, dejándola sola, viuda y con un hijo creciendo dentro de ella. Un hijo que, desde el vientre, se sentía distinto. El parto fue catalogado como “prematuro”, pero nada encajaba. El bebé pesaba casi lo mismo que un niño de un año. Kagome, aferrándose a la lógica humana, intentó convencerse de que existía una explicación médica. Hasta que lo miró a los ojos. Lila. Un color imposible. Esos rasgos… eran idénticos a los de Kikyo. El pánico se apoderó de ella cuando los médicos comenzaron a hablar de mellizos. Le explicaron que el segundo bebé había nacido después y que se encontraba en cuidados intensivos. Pero Kagome apenas podía escucharlos. Todo su ser estaba concentrado en lo que sostenía entre sus brazos. Eso no era su hijo. Comprendió la verdad de golpe, como una herida abierta: la Perla de Shikon no había desaparecido, había tomado forma. Aquello que tenía frente a ella —ese cuerpo pequeño, de cabellos blancos y ojos lila intensos— era la Perla hecha carne. Sus manos temblaron. El poder que una vez había desatado guerras, deseos y tragedias… ahora respiraba. Lloraba. La miraba. Ya no era un objeto maldito. Era un ser vivo. Y Kagome entendió, con horror absoluto, que el verdadero precio del deseo jamás cumplido acababa de nacer. Los años pasaron, y los niños crecieron bajo la atenta mirada de Kagome. Kaede, el de cabello negro, era su reflejo más fiel: ojos color chocolate, sonrisa abierta y una mirada llena de vida. Kagome lo había nombrado así, y para él, ella era el centro de su mundo. En Kaede no había nada fuera de lo humano, nada que despertara temor… solo la calidez de un niño que crecía a su propio ritmo. Alucard, en cambio, siempre fue distinto. No podía decir que no fuera humano, pero su crecimiento era antinatural. Cuando debía aparentar dos años, su cuerpo ya parecía el de un niño de cinco. Cabellos blancos, facciones serenas y perturbadoramente familiares. Cada vez que Kagome lo observaba, sentía un nudo en el pecho: era como ver al hijo que Inuyasha jamás había tenido con Kikyo. Era idéntico a ella. Solo esos ojos lila rompían la ilusión. Con el paso de los años, el miedo de Kagome no hizo más que crecer. Cuando llegaron a la adolescencia, sabía que ambos debían tener trece años. Sin embargo, Alucard parecía de dieciséis: alto, de rasgos maduros, con una postura firme que imponía respeto. Se había inclinado naturalmente hacia el arco y la flecha, dominándolos con una precisión inquietante, como si el conocimiento ya estuviera grabado en su sangre. Kaede, por el contrario, parecía quedarse atrás. No era débil, pero siempre estaba un paso detrás de su mellizo. Eran como el agua y el aceite. La abuela no disimulaba su preferencia por Alucard, fascinada por su porte y habilidades, mientras Kagome hacía todo lo posible por reconfortar a Kaede, intentando equilibrar una balanza que se inclinaba cada vez más. Con dolor, Kagome comenzó a notar el paralelismo cruel: sus hijos repetían su propia historia con Kikyo, pero en una versión masculina, retorcida por el destino. Y Kaede… Kaede empezó a cambiar. Las emociones negativas comenzaron a germinar en su interior: celos, resentimiento, una sombra silenciosa que crecía cada vez que era comparado con Alucard. Cada mirada, cada elogio ajeno, era una herida más. Kagome lo supo entonces. El verdadero conflicto apenas estaba comenzando. Hizo todo lo posible por mantenerlos alejados de aquel lugar, como si la distancia pudiera contener al destino. Evitó enfrentamientos, separó discusiones, suavizó silencios… cualquier cosa con tal de que Kaede y Alucard no chocaran de frente. Sabía que algo terrible podía surgir de esa fricción. Pero no fue suficiente. El accidente ocurrió poco antes de que cumplieran dieciocho años. Su madre falleció de forma repentina; su abuelo había muerto muchos años atrás, y Kagome quedó nuevamente sola, rota por una pérdida que no vio venir. Desde el primer instante sintió algo más: el pozo latía. No como antes. Su poder ya no era el mismo, estaba debilitado, fragmentado… como si hubiera sido drenado durante años. El día del funeral fue insoportable. El aire pesaba, la lluvia caía sin pausa y el dolor se mezclaba con una tensión que Kagome no supo leer a tiempo. Los mellizos comenzaron a discutir, palabras cargadas de resentimiento y reproches acumulados. Ella no se dio cuenta de cuándo se alejaron. Solo sintió el llamado. El pozo se abrió. Kagome corrió bajo la lluvia, el corazón golpeándole el pecho con violencia. Cuando llegó, la escena la paralizó: Kaede había empujando a Alucard. El pelinegro la miraba con horror, llorando, suplicando sin palabras. Entonces ocurrió. Del pozo emergió algo imposible: un tentáculo oscuro se alzó y se enroscó alrededor de Kaede, arrastrándolo sin darle tiempo a gritar. Kagome gritó su nombre, buscó desesperadamente algo con qué defenderse, y cuando logró tomar un hacha para reaccionar… Ya era tarde. El pozo antiguo se los había devorado. El silencio que quedó fue peor que cualquier grito. Kagome cayó de rodillas, empapada por la lluvia, entendiendo por fin que el pozo no solo había esperado… había reclamado lo que siempre le perteneció. ┌─────── ⋆⋅☆⋅⋆ ───────┐ 📌 Requisitos / Info sobre mi rol └─────── ⋆⋅☆⋅⋆ ───────┘ ✧ Manejo múltiples personajes para que la historia nunca se estanque. ✧ Me adapto con facilidad a los personajes que me brindes. ✧ Ortografía cuidada y estética en cada respuesta. ✧ Horarios flexibles; tengo dos trabajos y universidad, pido paciencia ⌛. ✧ Nada de tramas planas ni excesivamente dulces. 🔥 Busco drama, oscuridad, misterio y emociones intensas 🔥
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  • ‎***Sonido de estática, seguido de un golpe seco contra un micrófono***


    ‎ — ¿Está encendido? ¿Sí? ¡Hola, Hawkins! Aquí su locutora favorita, la única persona en este pueblo que puede recitar el abecedario al revés mientras sufre una crisis existencial: Robin Buckley. Están sintonizando la frecuencia que nadie pidió, pero que todos necesitan para no morir de aburrimiento entre el campo de maíz número cuarenta y dos y la tienda de conveniencia que siempre huele a pies



    ‎***Se escucha el sonido de papeles revolviéndose rápidamente***



    ‎ — Noticias del día: el alcalde Kline sigue insistiendo en que el bache de la calle Main es un "proyecto de diseño urbano vanguardista" y no un portal al centro de la tierra que se tragó la bicicleta de Henderson ayer ¡En otras noticias! El jefe de policía recomienda no acercarse al bosque por la noche. Uhhh ¿Por qué será? Pues no por monstruos —porque, por favor, los monstruos no existen, ¿Verdad? — sino por el riesgo de encontrarse a Steve Harrington intentando usar un mapa sin ayuda de un adulto ¡Eso sí que es una tragedia humanitaria, gente, CUÍDENSE MUCHO!



    ‎***Se escucha la propia risa mal contenida de la locutora de fondo, y eso que había alejado lo suficiente el micrófono***



    ‎ — Okay... Muy bien, continuando con lo bueno ¿Sabían que los flamencos pueden doblar sus rodillas hacia atrás? No, esperen... Técnicamente son sus tobillos... ¿Y por qué les digo esto? Pues porque pasé cuatro horas anoche leyendo una enciclopedia porque no podía dormir y ahora ustedes tienen que cargar con este dato inútil conmigo ¡De nada! —Robin aclara su voz y su tono se vuelve un poco más "profesional" pero juguetón...



    ‎ — Pero bueno, basta de ciencia animal... Hoy es un día histórico. Un día que debería estar marcado en el calendario con letras mayúsculas, negrita y quizás algunos destellos de color pastel. Una de mis personas favoritas, la chica que tiene más determinación que todo el equipo de baloncesto y el cabello más perfecto bajo presión que he visto en mi vida —No te pongas celoso Harrington— está cumpliendo años y ¡Sí, hablo de ti Nancy Wheeler! La mujer que puede desarmar un motor o a un idiota con la misma mirada fría. Así que, prepárate, porque aquí viene...



    ‎***Se empieza a escuchar un tamborileo de dedos golpeando rítmicamente el borde de la mesa***



    ‎ — ¡Tweedly-deedly-dee, Nancy! ¡A-rockin' Robin está aquí para decirte que eres un año más vieja pero mil veces más increíble! ¡Caw-caw! ¡Feliz cumpleaños, Nancy! —Por favor no me mates por hacer esto en público, es que en serio, todavía tengo que devolver tres cintas en Family Video y no quiero que mi legado sea morir a manos de una periodista furiosa— ¡Ejem! Y como sé que odias las canciones de cumpleaños tradicionales porque son "ineficientes y repetitivas" voy a poner algo que realmente aprecias... Aquí va algo de "The Psychedelic Furs" así que disfruta de tu día, Wheeler. ¡Hawkins, háganme un favor no se mueran, regresamos después de la música!



    ‎***Entra el sintetizador icónico de "Love My Way" de The Psychedelic Furs***
    ‎***Sonido de estática, seguido de un golpe seco contra un micrófono*** ‎ ‎ — ¿Está encendido? ¿Sí? ¡Hola, Hawkins! Aquí su locutora favorita, la única persona en este pueblo que puede recitar el abecedario al revés mientras sufre una crisis existencial: Robin Buckley. Están sintonizando la frecuencia que nadie pidió, pero que todos necesitan para no morir de aburrimiento entre el campo de maíz número cuarenta y dos y la tienda de conveniencia que siempre huele a pies ‎ ‎***Se escucha el sonido de papeles revolviéndose rápidamente*** ‎ ‎ ‎ — Noticias del día: el alcalde Kline sigue insistiendo en que el bache de la calle Main es un "proyecto de diseño urbano vanguardista" y no un portal al centro de la tierra que se tragó la bicicleta de Henderson ayer ¡En otras noticias! El jefe de policía recomienda no acercarse al bosque por la noche. Uhhh ¿Por qué será? Pues no por monstruos —porque, por favor, los monstruos no existen, ¿Verdad? — sino por el riesgo de encontrarse a [Steve.H] intentando usar un mapa sin ayuda de un adulto ¡Eso sí que es una tragedia humanitaria, gente, CUÍDENSE MUCHO! ‎ ‎ ‎***Se escucha la propia risa mal contenida de la locutora de fondo, y eso que había alejado lo suficiente el micrófono*** ‎ ‎ — Okay... Muy bien, continuando con lo bueno ¿Sabían que los flamencos pueden doblar sus rodillas hacia atrás? No, esperen... Técnicamente son sus tobillos... ¿Y por qué les digo esto? Pues porque pasé cuatro horas anoche leyendo una enciclopedia porque no podía dormir y ahora ustedes tienen que cargar con este dato inútil conmigo ¡De nada! —Robin aclara su voz y su tono se vuelve un poco más "profesional" pero juguetón... ‎ ‎ ‎ — Pero bueno, basta de ciencia animal... Hoy es un día histórico. Un día que debería estar marcado en el calendario con letras mayúsculas, negrita y quizás algunos destellos de color pastel. Una de mis personas favoritas, la chica que tiene más determinación que todo el equipo de baloncesto y el cabello más perfecto bajo presión que he visto en mi vida —No te pongas celoso Harrington— está cumpliendo años y ¡Sí, hablo de ti [vortex_blue_shark_898]! La mujer que puede desarmar un motor o a un idiota con la misma mirada fría. Así que, prepárate, porque aquí viene... ‎ ‎ ‎***Se empieza a escuchar un tamborileo de dedos golpeando rítmicamente el borde de la mesa*** ‎ ‎ ‎ — ¡Tweedly-deedly-dee, Nancy! ¡A-rockin' Robin está aquí para decirte que eres un año más vieja pero mil veces más increíble! ¡Caw-caw! ¡Feliz cumpleaños, Nancy! —Por favor no me mates por hacer esto en público, es que en serio, todavía tengo que devolver tres cintas en Family Video y no quiero que mi legado sea morir a manos de una periodista furiosa— ¡Ejem! Y como sé que odias las canciones de cumpleaños tradicionales porque son "ineficientes y repetitivas" voy a poner algo que realmente aprecias... Aquí va algo de "The Psychedelic Furs" así que disfruta de tu día, Wheeler. ¡Hawkins, háganme un favor no se mueran, regresamos después de la música! ‎ ‎***Entra el sintetizador icónico de "Love My Way" de The Psychedelic Furs*** ‎
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  • La pirotecnia comprada por puro capricho, yacía abandonada en el sótano. Olvidada, como tantas cosas en aquella mansión. Sus niveles de energía solían oscilar entre tormenta eléctrica con ganas de pelear... y esto. El bajón. Un descenso energético y emocional tan profundo que se sentía como un agujero negro en el pecho.

    Recostada en su cama, escuchaba como, más allá de los muros y las ventanas sucias, estallaba la pirotecnia de los demás. Fuegos artificiales de una normalidad que no le pertenecía. Celebraciones que giraban entorno a la familia, al hogar, al encuentro...

    Hogar, claro. Pero, ¿qué hogar?, cuando todo lo que tenía era una mansión decadente, dónde el único sonido era el goteo obstinado de una gotera que nunca se molestó en reparar. Y, además, ¡¿qué diferencia guardaba este día de cualquier otro miércoles o jueves de invierno?! En teoría, ninguna.

    Pero por alguna razón, hoy, el vacío tenía un filo distinto. Más personal. Más punzante.

    Afuera, estallaban las risas y la música. Aquí, dentro, solo el goteo de la gotera.

    Quizás, debería abrir una brecha hacia un plano donde estas fechas no existan. O, más fiel a su naturaleza, conceder un deseo estúpido al primero que pasara, solo para ver qué tragedia le regala el Caos a cambio.

    Pero, claro, incluso para eso hace falta una chispa de energía que hoy... no tenía.

    —Que absurda obsesión con cambiar números en un calendario —se quejó hacia la penumbra, cubriendose con la manta— ...Tsk, como si el universo se reiniciara con el último segundo...

    Al final, el año no nacía ni moría. Solo se acumulaba, capa sobre capa, como el polvo sobre sus muebles, como el cansancio sobre sus huesos...

    Entonces,
    ¿Por qué tanto drama... si al final nada cambia?
    ¿Por qué, entonces, ese vacío que se siente tan ajeno... y tan propio?
    La pirotecnia comprada por puro capricho, yacía abandonada en el sótano. Olvidada, como tantas cosas en aquella mansión. Sus niveles de energía solían oscilar entre tormenta eléctrica con ganas de pelear... y esto. El bajón. Un descenso energético y emocional tan profundo que se sentía como un agujero negro en el pecho. Recostada en su cama, escuchaba como, más allá de los muros y las ventanas sucias, estallaba la pirotecnia de los demás. Fuegos artificiales de una normalidad que no le pertenecía. Celebraciones que giraban entorno a la familia, al hogar, al encuentro... Hogar, claro. Pero, ¿qué hogar?, cuando todo lo que tenía era una mansión decadente, dónde el único sonido era el goteo obstinado de una gotera que nunca se molestó en reparar. Y, además, ¡¿qué diferencia guardaba este día de cualquier otro miércoles o jueves de invierno?! En teoría, ninguna. Pero por alguna razón, hoy, el vacío tenía un filo distinto. Más personal. Más punzante. Afuera, estallaban las risas y la música. Aquí, dentro, solo el goteo de la gotera. Quizás, debería abrir una brecha hacia un plano donde estas fechas no existan. O, más fiel a su naturaleza, conceder un deseo estúpido al primero que pasara, solo para ver qué tragedia le regala el Caos a cambio. Pero, claro, incluso para eso hace falta una chispa de energía que hoy... no tenía. —Que absurda obsesión con cambiar números en un calendario —se quejó hacia la penumbra, cubriendose con la manta— ...Tsk, como si el universo se reiniciara con el último segundo... Al final, el año no nacía ni moría. Solo se acumulaba, capa sobre capa, como el polvo sobre sus muebles, como el cansancio sobre sus huesos... Entonces, ¿Por qué tanto drama... si al final nada cambia? ¿Por qué, entonces, ese vacío que se siente tan ajeno... y tan propio?
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    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶

    La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse.

    ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol.

    ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones.
    ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar.
    ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno.

    ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo.
    ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶ La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse. ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol. ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones. ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar. ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno. ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo. ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
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  • Que la ética de los humildes destile la moral de los hombres. Piensa cada acción como si fuera la última: nunca sabrás qué impacto tendrá en el prójimo, si sanará un corazón roto o si será la cuna de una tragedia.
    Que la ética de los humildes destile la moral de los hombres. Piensa cada acción como si fuera la última: nunca sabrás qué impacto tendrá en el prójimo, si sanará un corazón roto o si será la cuna de una tragedia.
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  • Meredith no recordaba exactamente cuándo lo había dibujado.
    No había fecha, ni contexto, ni memoria clara del momento. Solo el trazo demasiado seguro para haber sido casual.

    Últimamente, la imagen regresaba a su mente a diario, apareciendo sin aviso en los momentos más insignificantes: mientras cerraba la heladería, mientras escuchaba la estática de la radio, mientras Hawkins fingía ser un pueblo normal.
    El dibujo le provocaba escalofríos, pero no era miedo lo que sentía… era algo peor.

    Una molestia persistente.
    Como una astilla enterrada bajo la piel.

    Había algo en esas líneas que no encajaba, algo que vibraba con la misma frecuencia incómoda que precede a las tragedias. Meredith no lo veía como una pesadilla, sino como un eco adelantado, un presagio torcido de que algo —algo realmente malo— estaba a punto de ocurrir en Hawkins.

    Y lo más inquietante no era el dibujo en sí.
    Era la certeza silenciosa de que, cuando lo hizo, sabía exactamente lo que estaba viendo.
    Meredith no recordaba exactamente cuándo lo había dibujado. No había fecha, ni contexto, ni memoria clara del momento. Solo el trazo demasiado seguro para haber sido casual. Últimamente, la imagen regresaba a su mente a diario, apareciendo sin aviso en los momentos más insignificantes: mientras cerraba la heladería, mientras escuchaba la estática de la radio, mientras Hawkins fingía ser un pueblo normal. El dibujo le provocaba escalofríos, pero no era miedo lo que sentía… era algo peor. Una molestia persistente. Como una astilla enterrada bajo la piel. Había algo en esas líneas que no encajaba, algo que vibraba con la misma frecuencia incómoda que precede a las tragedias. Meredith no lo veía como una pesadilla, sino como un eco adelantado, un presagio torcido de que algo —algo realmente malo— estaba a punto de ocurrir en Hawkins. Y lo más inquietante no era el dibujo en sí. Era la certeza silenciosa de que, cuando lo hizo, sabía exactamente lo que estaba viendo.
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  • Sería muy hipócrita de mi parte pedirte perdón, los de mi calaña no cometen equivocaciones, lo hacen todo en absoluta consciencia; no me arrepiento de haber hecho lo que hice.

    No importan los sentimientos que ahora mismo te atormentan. El odio, el amor, ¿qué son sino el único recordatorio de que aún sigues viva? Eres mi sombra, incluso cuando a veces me olvido de proyectar una.

    ¿Has visto todo lo que he hecho? Mis aventuras, las tragedias nacidas del aburrimiento... Espero que te hayas dado cuenta de esto: ninguna de todas esas historias que acarreo conmigo es igual a la tuya.

    ¿Serás junto a mí cuando otros cielos, ignorantes de mi condición, me sonrían? ¿Serás maldiciendo que haga a alguien más feliz? ¿Seguirás esperando que no pueda contener lo peor de mí?

    Solo puedo prometerte que nadie más sufrirá lo mismo que tú.
    Sería muy hipócrita de mi parte pedirte perdón, los de mi calaña no cometen equivocaciones, lo hacen todo en absoluta consciencia; no me arrepiento de haber hecho lo que hice. No importan los sentimientos que ahora mismo te atormentan. El odio, el amor, ¿qué son sino el único recordatorio de que aún sigues viva? Eres mi sombra, incluso cuando a veces me olvido de proyectar una. ¿Has visto todo lo que he hecho? Mis aventuras, las tragedias nacidas del aburrimiento... Espero que te hayas dado cuenta de esto: ninguna de todas esas historias que acarreo conmigo es igual a la tuya. ¿Serás junto a mí cuando otros cielos, ignorantes de mi condición, me sonrían? ¿Serás maldiciendo que haga a alguien más feliz? ¿Seguirás esperando que no pueda contener lo peor de mí? Solo puedo prometerte que nadie más sufrirá lo mismo que tú.
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  • Escena con [masasita_masaru]

    Kazuo no solo era mensajero, también era guía.

    Nunca fue conducido por una mano amiga en sus primeros pasos. Al nacer, fue bendecido… una bendición que, a veces, se sentía como una maldición.

    En sus primeros cien años de vida aprendió solo, sin nadie que le explicase qué era y por qué estaba adquiriendo ese tipo de conciencia, una que un zorro salvaje jamás desarrollaría. Su camino no fue fácil, al contrario; la tragedia, la venganza y la muerte fueron sus mentores en sus primeros siglos de vida.

    No quería que ningún ser celestial pasara por lo mismo que él sufrió. En ocasiones, cuando la luna llena estaba en su punto más alto «la hora en que los espíritus se adueñaban de la oscuridad del bosque», Kazuo entonaba un llamado para que aquellos iguales a él sintieran que no estaban solos en este mundo cruel; que su diferencia no era un error, sino una bendición. Quería que, en sus primeros años, no se desarrollaran bajo la crueldad que el mundo les tenía reservado.

    Algunos no trascenderían; vivirían más de lo normal sin llegar a ser conscientes del poder que albergaban. Pero para aquellos cuya cola se partiera en dos, Kazuo deseaba estar allí. Darles ese amor que a él nadie le dió, en una etapa totalmente crucial.

    Caminaba por el bosque entonando una melodía que solo aquellos que podían caminar entre dos mundos eran capaces de escuchar. A su paso, la tierra, que había cedido al frío invierno, volvía a llenarse de vida, como si la energía y la luz que emanaban los zorros hicieran que la naturaleza se abriera camino. Era un espectáculo visual, una experiencia casi religiosa y trascendental. Quien fuera testigo de aquel milagro podría considerarse afortunado, pues era algo sagrado, reservado solo para los ojos que miraban el mundo con inocencia, más allá de lo físico.

    De pronto se escuchó el crujir de las ramas del suelo, cediendo a un peso ajeno y desconocido. No pertenecía a ninguno de los presentes en aquella marcha celestial. Cuando los kitsunes caminaban, lo hacían con el silencio de un depredador nocturno, sin que la hojarasca protestase bajo sus patas. Aquel sonido hizo que todos los zorros, del color de la luna, corrieran espantados hacia el amparo del manto nocturno. Kazuo fue el único que permaneció allí, con sus nueve colas en un vaivén suave, casi ensayado, manteniendo una calma imperturbable.

    Bajó su flauta lentamente, pero con la decisión de quien no teme lo desconocido, mientras sus ojos color zafiro se dirigían hacia el origen del sonido que había perturbado su labor. Aquellas cuencas no eran ojos que perteneciesen del todo a este mundo: la luz interior que poseían se hacía visible en la oscuridad, como si dos luciérnagas azules volaran al mismo compás.

    —Has asustado a mis hermanos… ¿Podrías mostrarte para poder ponerte rostro? —musitó con serenidad. No había hostilidad alguna en su voz, tan solo esa calma intrínseca de su ser.
    Escena con [masasita_masaru] Kazuo no solo era mensajero, también era guía. Nunca fue conducido por una mano amiga en sus primeros pasos. Al nacer, fue bendecido… una bendición que, a veces, se sentía como una maldición. En sus primeros cien años de vida aprendió solo, sin nadie que le explicase qué era y por qué estaba adquiriendo ese tipo de conciencia, una que un zorro salvaje jamás desarrollaría. Su camino no fue fácil, al contrario; la tragedia, la venganza y la muerte fueron sus mentores en sus primeros siglos de vida. No quería que ningún ser celestial pasara por lo mismo que él sufrió. En ocasiones, cuando la luna llena estaba en su punto más alto «la hora en que los espíritus se adueñaban de la oscuridad del bosque», Kazuo entonaba un llamado para que aquellos iguales a él sintieran que no estaban solos en este mundo cruel; que su diferencia no era un error, sino una bendición. Quería que, en sus primeros años, no se desarrollaran bajo la crueldad que el mundo les tenía reservado. Algunos no trascenderían; vivirían más de lo normal sin llegar a ser conscientes del poder que albergaban. Pero para aquellos cuya cola se partiera en dos, Kazuo deseaba estar allí. Darles ese amor que a él nadie le dió, en una etapa totalmente crucial. Caminaba por el bosque entonando una melodía que solo aquellos que podían caminar entre dos mundos eran capaces de escuchar. A su paso, la tierra, que había cedido al frío invierno, volvía a llenarse de vida, como si la energía y la luz que emanaban los zorros hicieran que la naturaleza se abriera camino. Era un espectáculo visual, una experiencia casi religiosa y trascendental. Quien fuera testigo de aquel milagro podría considerarse afortunado, pues era algo sagrado, reservado solo para los ojos que miraban el mundo con inocencia, más allá de lo físico. De pronto se escuchó el crujir de las ramas del suelo, cediendo a un peso ajeno y desconocido. No pertenecía a ninguno de los presentes en aquella marcha celestial. Cuando los kitsunes caminaban, lo hacían con el silencio de un depredador nocturno, sin que la hojarasca protestase bajo sus patas. Aquel sonido hizo que todos los zorros, del color de la luna, corrieran espantados hacia el amparo del manto nocturno. Kazuo fue el único que permaneció allí, con sus nueve colas en un vaivén suave, casi ensayado, manteniendo una calma imperturbable. Bajó su flauta lentamente, pero con la decisión de quien no teme lo desconocido, mientras sus ojos color zafiro se dirigían hacia el origen del sonido que había perturbado su labor. Aquellas cuencas no eran ojos que perteneciesen del todo a este mundo: la luz interior que poseían se hacía visible en la oscuridad, como si dos luciérnagas azules volaran al mismo compás. —Has asustado a mis hermanos… ¿Podrías mostrarte para poder ponerte rostro? —musitó con serenidad. No había hostilidad alguna en su voz, tan solo esa calma intrínseca de su ser.
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