• Horas antes de la tragedia.


    Respiró hondo antes de empujar la pesada puerta del bar. No era su escenario habitual, con demasiada gente, demasiados ojos, pero este día se había prometido intentarlo. Se deslizó por el mostrador buscando un rincón donde su incomodidad no brillara tanto. Pagó su primera copa con manos ligeramente temblorosas y fingió tranquilidad.

    Divisó la mesa de billar desde la barra y con la copa aún fría entre los dedos, cruzó la distancia que lo separaba de los jugadores.

      —¿Les falta uno?—preguntó, sorprendiéndose a sí mismo cuando la pregunta abandonó su boca sin permiso. Los extraños asintieron con indiferencia amable, cediéndole un taco, y comenzó a jugar. 

    Entre bebidas y juegos se pasó el tiempo, hasta que llegó la noche... 
    Horas antes de la tragedia. Respiró hondo antes de empujar la pesada puerta del bar. No era su escenario habitual, con demasiada gente, demasiados ojos, pero este día se había prometido intentarlo. Se deslizó por el mostrador buscando un rincón donde su incomodidad no brillara tanto. Pagó su primera copa con manos ligeramente temblorosas y fingió tranquilidad. Divisó la mesa de billar desde la barra y con la copa aún fría entre los dedos, cruzó la distancia que lo separaba de los jugadores.   —¿Les falta uno?—preguntó, sorprendiéndose a sí mismo cuando la pregunta abandonó su boca sin permiso. Los extraños asintieron con indiferencia amable, cediéndole un taco, y comenzó a jugar.  Entre bebidas y juegos se pasó el tiempo, hasta que llegó la noche... 
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  • El sueño llega como llegan las tragedias: sin aviso.

    Dean está caminando por un lugar que no reconoce. No es el búnker, no es una carretera, no es ninguna ciudad que haya visitado antes. Es un espacio vacío, ni hay cielo, ni suelo, solo una extensión oscura donde todo parece detenido.

    Y allí está ella.

    Hope Mikaelson está de pie, tan solo a unos pocos metros de él. No se mueve. No va hacia él a pesar de que sabe que le ha escuchado mucho antes de verlo. No sonríe. Su cuerpo parece frágil, extraño.

    El cazador siente el miedo atenazando su pecho antes de saber el porque, y sin buscar explicaciones, corre hacia ella.
    Cuando la alcanza, Hope ya se está desplomando. Él la atrapa antes de que caiga al suelo, envolviéndola con los brazos como si así pudiera protegerla de lo que fuera que le estaba pasando. Su cuerpo no responde. Está demasiado quieta. Demasiado silenciosa.

    —Hope… —susurra, pero su voz apenas si consigue salir de sus labios.

    Ella lo mira con sus enormes ojos llenos de algo que no es miedo ni dolor, sino una calma terrible, mezclada con una profunda pena, como si ya supiera lo que va a pasar.

    No hay tiempo para hablar.

    No hay tiempo para promesas.

    Dean intenta sostenerla con más fuerza, como si apretarla contra su pecho pudiera evitar que la apartaran de su lado. Pero algo en ella está cambiando. Lo siente primero en la piel: pierde temperatura, pierde color, pierde vida.

    Como si el tiempo la estuviera consumiendo desde dentro.
    Hope se estaba apagando.
    Su cuerpo comienza a volverse rígido, seco, como una estatua que envejece en segundos. La calidez que siempre la rodeaba desaparece. La magia que solía vibrar bajo su piel ya no está. Solo queda un vacío imposible.

    El Winchester la llama por su nombre una y otra vez.
    No obtiene respuesta.
    La sostiene mientras su cuerpo empieza a quebrarse, mientras pequeñas grietas comienzan a recorrer su rostro, su cuello, sus manos.

    —No… no… no… —murmura Dean, con la voz rota.

    Hope Mikaelson poco a poco se va convirtiendo en polvo, frente a él.
    No cae al suelo.
    Se eleva.

    El viento aparece de la nada, llevándose fragmentos de Hope como si nunca hubiera sido real. Dean intenta atraparla, cerrar las manos, impedir que se vaya, pero sus manos se cierran entorno a la nada. Cada segundo hay menos de ella.

    Dean cae de rodillas abrazando un cuerpo que ya no existe.
    Donde estaba Hope, solo queda espacio vacío.
    El viento se ha llevado el último rastro.
    Y el mundo queda en silencio.

    Dean no grita, no llora, no lucha.
    No puede.
    El sonido se queda atrapado en su pecho.

    Sus manos tiemblan mientras intenta comprender cómo alguien tan real puede desaparecer sin dejar ni un cuerpo que llorar. No hay despedida. Solo polvo que se pierde en el aire como si jamás hubiera importado.

    —No tuve tiempo… —susurra al vacío. De nuevo aquel miedo absoluto, no a la muerte, no a la propia al menos, si no a la ausencia.

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·  · ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·

    Despierta de golpe en el búnker, con el corazón desbocado y las manos cerradas como si aún estuviera sujetando cenizas. Las lagrimas le rompen la voz y su nombre sale de su boca sin permiso.

    —Hope…

    No está a su lado, colchón a su derecha está vacío. Se levanta, camina por los pasillos sin pensar, guiado solo por el pánico. La encuentra dormida, en su batcueva, respirando con tranquilidad, envuelta en una manta, viva.
    Dean se detiene en la puerta, no se acerca, la observa como si pudiera desvanecerse en cualquier momento, tratando de dejar atrás los últimos resquicios de una pesadilla que ojalá pudiera decir que no conocía ya.

    Una pesadilla que deja una certeza que lo persigue incluso despierto:

    Si Hope muere, no quedará nada que salvar.
    Ni siquiera un cuerpo que abrazar.

    Y ese es el tipo de pérdida al que Dean Winchester sabe que no sobrevivirá.
    El sueño llega como llegan las tragedias: sin aviso. Dean está caminando por un lugar que no reconoce. No es el búnker, no es una carretera, no es ninguna ciudad que haya visitado antes. Es un espacio vacío, ni hay cielo, ni suelo, solo una extensión oscura donde todo parece detenido. Y allí está ella. [thetribrid] está de pie, tan solo a unos pocos metros de él. No se mueve. No va hacia él a pesar de que sabe que le ha escuchado mucho antes de verlo. No sonríe. Su cuerpo parece frágil, extraño. El cazador siente el miedo atenazando su pecho antes de saber el porque, y sin buscar explicaciones, corre hacia ella. Cuando la alcanza, Hope ya se está desplomando. Él la atrapa antes de que caiga al suelo, envolviéndola con los brazos como si así pudiera protegerla de lo que fuera que le estaba pasando. Su cuerpo no responde. Está demasiado quieta. Demasiado silenciosa. —Hope… —susurra, pero su voz apenas si consigue salir de sus labios. Ella lo mira con sus enormes ojos llenos de algo que no es miedo ni dolor, sino una calma terrible, mezclada con una profunda pena, como si ya supiera lo que va a pasar. No hay tiempo para hablar. No hay tiempo para promesas. Dean intenta sostenerla con más fuerza, como si apretarla contra su pecho pudiera evitar que la apartaran de su lado. Pero algo en ella está cambiando. Lo siente primero en la piel: pierde temperatura, pierde color, pierde vida. Como si el tiempo la estuviera consumiendo desde dentro. Hope se estaba apagando. Su cuerpo comienza a volverse rígido, seco, como una estatua que envejece en segundos. La calidez que siempre la rodeaba desaparece. La magia que solía vibrar bajo su piel ya no está. Solo queda un vacío imposible. El Winchester la llama por su nombre una y otra vez. No obtiene respuesta. La sostiene mientras su cuerpo empieza a quebrarse, mientras pequeñas grietas comienzan a recorrer su rostro, su cuello, sus manos. —No… no… no… —murmura Dean, con la voz rota. Hope Mikaelson poco a poco se va convirtiendo en polvo, frente a él. No cae al suelo. Se eleva. El viento aparece de la nada, llevándose fragmentos de Hope como si nunca hubiera sido real. Dean intenta atraparla, cerrar las manos, impedir que se vaya, pero sus manos se cierran entorno a la nada. Cada segundo hay menos de ella. Dean cae de rodillas abrazando un cuerpo que ya no existe. Donde estaba Hope, solo queda espacio vacío. El viento se ha llevado el último rastro. Y el mundo queda en silencio. Dean no grita, no llora, no lucha. No puede. El sonido se queda atrapado en su pecho. Sus manos tiemblan mientras intenta comprender cómo alguien tan real puede desaparecer sin dejar ni un cuerpo que llorar. No hay despedida. Solo polvo que se pierde en el aire como si jamás hubiera importado. —No tuve tiempo… —susurra al vacío. De nuevo aquel miedo absoluto, no a la muerte, no a la propia al menos, si no a la ausencia. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ·  ·  ·  ·  ·  ·  ·  · ·  ·  ·  ·  ·  ·  · Despierta de golpe en el búnker, con el corazón desbocado y las manos cerradas como si aún estuviera sujetando cenizas. Las lagrimas le rompen la voz y su nombre sale de su boca sin permiso. —Hope… No está a su lado, colchón a su derecha está vacío. Se levanta, camina por los pasillos sin pensar, guiado solo por el pánico. La encuentra dormida, en su batcueva, respirando con tranquilidad, envuelta en una manta, viva. Dean se detiene en la puerta, no se acerca, la observa como si pudiera desvanecerse en cualquier momento, tratando de dejar atrás los últimos resquicios de una pesadilla que ojalá pudiera decir que no conocía ya. Una pesadilla que deja una certeza que lo persigue incluso despierto: Si Hope muere, no quedará nada que salvar. Ni siquiera un cuerpo que abrazar. Y ese es el tipo de pérdida al que Dean Winchester sabe que no sobrevivirá.
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  • Heredé tragedia. Y yo lo convertí en poder.
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  • ¬¬ ya le agarre acuas a alguien que se rie de mi tragedia.

    *Totalmente rodeada en llamas. *
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  • — ¡¡WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!!

    ×~ Vale que los dos son adultos responsables (o al menos Louis lo es), si no, imaginense en lo que quedaría esta tragedia... Ay no... ~×
    🐺— ¡¡WIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!! ×~ Vale que los dos son adultos responsables (o al menos [Ciervit0] lo es), si no, imaginense en lo que quedaría esta tragedia... Ay no... ~×
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  • 𝓗ambrientos de vínculos, de posesión. Buscan reconocimiento, un ancla momentánea que les recuerde que existen, incluso cuando ocultan; a veces de forma deliberada, la lucidez cruel de que no nacieron para quedarse.

    𝓔s una tragedia silenciosa la de aquellos que deben ocultar su verdadera naturaleza, asfixiarse en promesas cargadas de mentiras solo por un atisbo de pertenencia. Aman en fragmentos pequeños, incompletos, y sin darse cuenta terminan rompiendo en pedazos lo que lograron sostener entre una telaraña de engaños bien elaborados.

    𝓟orque no todo es eterno, y la naturaleza siempre es más fuerte que el deseo. Contra eso no hay lucha que puedan ganar.
    𝓗ambrientos de vínculos, de posesión. Buscan reconocimiento, un ancla momentánea que les recuerde que existen, incluso cuando ocultan; a veces de forma deliberada, la lucidez cruel de que no nacieron para quedarse. 𝓔s una tragedia silenciosa la de aquellos que deben ocultar su verdadera naturaleza, asfixiarse en promesas cargadas de mentiras solo por un atisbo de pertenencia. Aman en fragmentos pequeños, incompletos, y sin darse cuenta terminan rompiendo en pedazos lo que lograron sostener entre una telaraña de engaños bien elaborados. 𝓟orque no todo es eterno, y la naturaleza siempre es más fuerte que el deseo. Contra eso no hay lucha que puedan ganar.
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  • ‎***Sonido de estática, seguido de un golpe seco contra un micrófono***


    ‎ — ¿Está encendido? ¿Sí? ¡Hola, Hawkins! Aquí su locutora favorita, la única persona en este pueblo que puede recitar el abecedario al revés mientras sufre una crisis existencial: Robin Buckley. Están sintonizando la frecuencia que nadie pidió, pero que todos necesitan para no morir de aburrimiento entre el campo de maíz número cuarenta y dos y la tienda de conveniencia que siempre huele a pies



    ‎***Se escucha el sonido de papeles revolviéndose rápidamente***



    ‎ — Noticias del día: el alcalde Kline sigue insistiendo en que el bache de la calle Main es un "proyecto de diseño urbano vanguardista" y no un portal al centro de la tierra que se tragó la bicicleta de Henderson ayer ¡En otras noticias! El jefe de policía recomienda no acercarse al bosque por la noche. Uhhh ¿Por qué será? Pues no por monstruos —porque, por favor, los monstruos no existen, ¿Verdad? — sino por el riesgo de encontrarse a Steve Harrington intentando usar un mapa sin ayuda de un adulto ¡Eso sí que es una tragedia humanitaria, gente, CUÍDENSE MUCHO!



    ‎***Se escucha la propia risa mal contenida de la locutora de fondo, y eso que había alejado lo suficiente el micrófono***



    ‎ — Okay... Muy bien, continuando con lo bueno ¿Sabían que los flamencos pueden doblar sus rodillas hacia atrás? No, esperen... Técnicamente son sus tobillos... ¿Y por qué les digo esto? Pues porque pasé cuatro horas anoche leyendo una enciclopedia porque no podía dormir y ahora ustedes tienen que cargar con este dato inútil conmigo ¡De nada! —Robin aclara su voz y su tono se vuelve un poco más "profesional" pero juguetón...



    ‎ — Pero bueno, basta de ciencia animal... Hoy es un día histórico. Un día que debería estar marcado en el calendario con letras mayúsculas, negrita y quizás algunos destellos de color pastel. Una de mis personas favoritas, la chica que tiene más determinación que todo el equipo de baloncesto y el cabello más perfecto bajo presión que he visto en mi vida —No te pongas celoso Harrington— está cumpliendo años y ¡Sí, hablo de ti [vortex_blue_shark_898]! La mujer que puede desarmar un motor o a un idiota con la misma mirada fría. Así que, prepárate, porque aquí viene...



    ‎***Se empieza a escuchar un tamborileo de dedos golpeando rítmicamente el borde de la mesa***



    ‎ — ¡Tweedly-deedly-dee, Nancy! ¡A-rockin' Robin está aquí para decirte que eres un año más vieja pero mil veces más increíble! ¡Caw-caw! ¡Feliz cumpleaños, Nancy! —Por favor no me mates por hacer esto en público, es que en serio, todavía tengo que devolver tres cintas en Family Video y no quiero que mi legado sea morir a manos de una periodista furiosa— ¡Ejem! Y como sé que odias las canciones de cumpleaños tradicionales porque son "ineficientes y repetitivas" voy a poner algo que realmente aprecias... Aquí va algo de "The Psychedelic Furs" así que disfruta de tu día, Wheeler. ¡Hawkins, háganme un favor no se mueran, regresamos después de la música!



    ‎***Entra el sintetizador icónico de "Love My Way" de The Psychedelic Furs***
    ‎***Sonido de estática, seguido de un golpe seco contra un micrófono*** ‎ ‎ — ¿Está encendido? ¿Sí? ¡Hola, Hawkins! Aquí su locutora favorita, la única persona en este pueblo que puede recitar el abecedario al revés mientras sufre una crisis existencial: Robin Buckley. Están sintonizando la frecuencia que nadie pidió, pero que todos necesitan para no morir de aburrimiento entre el campo de maíz número cuarenta y dos y la tienda de conveniencia que siempre huele a pies ‎ ‎***Se escucha el sonido de papeles revolviéndose rápidamente*** ‎ ‎ ‎ — Noticias del día: el alcalde Kline sigue insistiendo en que el bache de la calle Main es un "proyecto de diseño urbano vanguardista" y no un portal al centro de la tierra que se tragó la bicicleta de Henderson ayer ¡En otras noticias! El jefe de policía recomienda no acercarse al bosque por la noche. Uhhh ¿Por qué será? Pues no por monstruos —porque, por favor, los monstruos no existen, ¿Verdad? — sino por el riesgo de encontrarse a [Steve.H] intentando usar un mapa sin ayuda de un adulto ¡Eso sí que es una tragedia humanitaria, gente, CUÍDENSE MUCHO! ‎ ‎ ‎***Se escucha la propia risa mal contenida de la locutora de fondo, y eso que había alejado lo suficiente el micrófono*** ‎ ‎ — Okay... Muy bien, continuando con lo bueno ¿Sabían que los flamencos pueden doblar sus rodillas hacia atrás? No, esperen... Técnicamente son sus tobillos... ¿Y por qué les digo esto? Pues porque pasé cuatro horas anoche leyendo una enciclopedia porque no podía dormir y ahora ustedes tienen que cargar con este dato inútil conmigo ¡De nada! —Robin aclara su voz y su tono se vuelve un poco más "profesional" pero juguetón... ‎ ‎ ‎ — Pero bueno, basta de ciencia animal... Hoy es un día histórico. Un día que debería estar marcado en el calendario con letras mayúsculas, negrita y quizás algunos destellos de color pastel. Una de mis personas favoritas, la chica que tiene más determinación que todo el equipo de baloncesto y el cabello más perfecto bajo presión que he visto en mi vida —No te pongas celoso Harrington— está cumpliendo años y ¡Sí, hablo de ti [vortex_blue_shark_898]! La mujer que puede desarmar un motor o a un idiota con la misma mirada fría. Así que, prepárate, porque aquí viene... ‎ ‎ ‎***Se empieza a escuchar un tamborileo de dedos golpeando rítmicamente el borde de la mesa*** ‎ ‎ ‎ — ¡Tweedly-deedly-dee, Nancy! ¡A-rockin' Robin está aquí para decirte que eres un año más vieja pero mil veces más increíble! ¡Caw-caw! ¡Feliz cumpleaños, Nancy! —Por favor no me mates por hacer esto en público, es que en serio, todavía tengo que devolver tres cintas en Family Video y no quiero que mi legado sea morir a manos de una periodista furiosa— ¡Ejem! Y como sé que odias las canciones de cumpleaños tradicionales porque son "ineficientes y repetitivas" voy a poner algo que realmente aprecias... Aquí va algo de "The Psychedelic Furs" así que disfruta de tu día, Wheeler. ¡Hawkins, háganme un favor no se mueran, regresamos después de la música! ‎ ‎***Entra el sintetizador icónico de "Love My Way" de The Psychedelic Furs*** ‎
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  • La pirotecnia comprada por puro capricho, yacía abandonada en el sótano. Olvidada, como tantas cosas en aquella mansión. Sus niveles de energía solían oscilar entre tormenta eléctrica con ganas de pelear... y esto. El bajón. Un descenso energético y emocional tan profundo que se sentía como un agujero negro en el pecho.

    Recostada en su cama, escuchaba como, más allá de los muros y las ventanas sucias, estallaba la pirotecnia de los demás. Fuegos artificiales de una normalidad que no le pertenecía. Celebraciones que giraban entorno a la familia, al hogar, al encuentro...

    Hogar, claro. Pero, ¿qué hogar?, cuando todo lo que tenía era una mansión decadente, dónde el único sonido era el goteo obstinado de una gotera que nunca se molestó en reparar. Y, además, ¡¿qué diferencia guardaba este día de cualquier otro miércoles o jueves de invierno?! En teoría, ninguna.

    Pero por alguna razón, hoy, el vacío tenía un filo distinto. Más personal. Más punzante.

    Afuera, estallaban las risas y la música. Aquí, dentro, solo el goteo de la gotera.

    Quizás, debería abrir una brecha hacia un plano donde estas fechas no existan. O, más fiel a su naturaleza, conceder un deseo estúpido al primero que pasara, solo para ver qué tragedia le regala el Caos a cambio.

    Pero, claro, incluso para eso hace falta una chispa de energía que hoy... no tenía.

    —Que absurda obsesión con cambiar números en un calendario —se quejó hacia la penumbra, cubriendose con la manta— ...Tsk, como si el universo se reiniciara con el último segundo...

    Al final, el año no nacía ni moría. Solo se acumulaba, capa sobre capa, como el polvo sobre sus muebles, como el cansancio sobre sus huesos...

    Entonces,
    ¿Por qué tanto drama... si al final nada cambia?
    ¿Por qué, entonces, ese vacío que se siente tan ajeno... y tan propio?
    La pirotecnia comprada por puro capricho, yacía abandonada en el sótano. Olvidada, como tantas cosas en aquella mansión. Sus niveles de energía solían oscilar entre tormenta eléctrica con ganas de pelear... y esto. El bajón. Un descenso energético y emocional tan profundo que se sentía como un agujero negro en el pecho. Recostada en su cama, escuchaba como, más allá de los muros y las ventanas sucias, estallaba la pirotecnia de los demás. Fuegos artificiales de una normalidad que no le pertenecía. Celebraciones que giraban entorno a la familia, al hogar, al encuentro... Hogar, claro. Pero, ¿qué hogar?, cuando todo lo que tenía era una mansión decadente, dónde el único sonido era el goteo obstinado de una gotera que nunca se molestó en reparar. Y, además, ¡¿qué diferencia guardaba este día de cualquier otro miércoles o jueves de invierno?! En teoría, ninguna. Pero por alguna razón, hoy, el vacío tenía un filo distinto. Más personal. Más punzante. Afuera, estallaban las risas y la música. Aquí, dentro, solo el goteo de la gotera. Quizás, debería abrir una brecha hacia un plano donde estas fechas no existan. O, más fiel a su naturaleza, conceder un deseo estúpido al primero que pasara, solo para ver qué tragedia le regala el Caos a cambio. Pero, claro, incluso para eso hace falta una chispa de energía que hoy... no tenía. —Que absurda obsesión con cambiar números en un calendario —se quejó hacia la penumbra, cubriendose con la manta— ...Tsk, como si el universo se reiniciara con el último segundo... Al final, el año no nacía ni moría. Solo se acumulaba, capa sobre capa, como el polvo sobre sus muebles, como el cansancio sobre sus huesos... Entonces, ¿Por qué tanto drama... si al final nada cambia? ¿Por qué, entonces, ese vacío que se siente tan ajeno... y tan propio?
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶

    La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse.

    ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol.

    ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones.
    ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar.
    ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno.

    ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo.
    ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
    — E̶l̶ ̶S̶i̶l̶e̶n̶c̶i̶o̶ ̶d̶e̶l̶ ̶O̶r̶d̶e̶n̶ La nieve descendía con una parsimonia que resultaba casi insultante frente al caos que acababa de extinguirse. En aquella carretera olvidada, el silencio era una entidad densa, interrumpida únicamente por el crepitar lejano de lo que alguna vez fue una ciudad y el siseo casi imperceptible del cigarrillo de Makima al consumirse. ​Ella se apoyó contra el metal gélido del coche, permitiendo que el peso del abrigo, empapado por una humedad que trascendía lo meteorológico, la anclara al momento. En su mejilla, una pequeña herida comenzaba a cerrarse con una eficiencia antinatural; el rastro escarlata que dejaba a su paso era la única mancha de imperfección en su palidez de porcelana. No había fatiga en sus ojos dorados, solo esa calma gélida y absoluta de quien contempla un incendio como si fuera una simple puesta de sol. ​Sobre el techo del vehículo, dos cuervos se posaron con un aleteo seco. La observaban con ojos inteligentes, negros y fijos, como extensiones de su propia voluntad. Eran sus únicos testigos, y los únicos que no necesitaban explicaciones. ​Inhaló el humo con lentitud, dejando que el calor del tabaco fuera el último vínculo con un mundo físico que ella misma estaba moldeando a su antojo. A lo lejos, las llamas bailaban contra el cielo plomizo, tiñendo las nubes de un naranja violento y tóxico. Para Makima, aquel espectáculo no era una tragedia, sino una firma. Todo había salido según lo previsto. El sacrificio no era un error de cálculo, sino la moneda de cambio; el orden, después de todo, siempre exige una cuota de sangre que solo ella estaba dispuesta a cobrar. ​Soltó el aire en un suspiro blanquecino que se disolvió entre los copos de nieve, una exhalación tan fría como el entorno. ​—Qué silencioso se vuelve el mundo cuando por fin obedece —susurró para nadie, o quizás para el destino mismo. ​Con un gesto despreocupado, arrojó la colilla al suelo. El pequeño punto de fuego se extinguió al instante al contacto con la escarcha, desapareciendo como las vidas que se habían apagado esa noche. Makima se enderezó, ajustándose el abrigo con una elegancia imperturbable. Aún quedaba mucho por construir sobre las cenizas, y ella tenía toda la eternidad para ser la arquitecta de esa nueva y perfecta paz.
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  • Que la ética de los humildes destile la moral de los hombres. Piensa cada acción como si fuera la última: nunca sabrás qué impacto tendrá en el prójimo, si sanará un corazón roto o si será la cuna de una tragedia.
    Que la ética de los humildes destile la moral de los hombres. Piensa cada acción como si fuera la última: nunca sabrás qué impacto tendrá en el prójimo, si sanará un corazón roto o si será la cuna de una tragedia.
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