• Retsudo aguardaba sobre la tarima de madera con la tranquilidad de quien pasea por un jardín. La espada de madera descansaba sobre uno de sus hombros, mientras los pétalos de cerezo descendían lentamente a su alrededor.

    Al divisar a Unknown , una sonrisa confiada se dibujó bajo su bigote.

    โ—Ven. Demuéstrame tu valía.

    La punta del bokken señaló el centro de la plataforma antes de volver a apoyarse sobre su hombro.

    โ—Después hablaremos de un par de asuntos bastante interesantes, querida.

    El anciano se irguió y llevó una mano al pecho en una exagerada presentación.

    โ—Dime tu nombre. ¡El mío es Retsudo Ogami!

    Su voz sonó jovial, aunque el brillo en sus ojos revelaba la emoción de un guerrero veterano ante un nuevo desafío.

    โ—Nos batiremos en un duelo amistoso, así que no seas demasiado gentil conmigo.

    Una ráfaga de viento agitó sus largos cabellos plateados.

    โ—Todavía estoy muy lejos de jubilarme.

    Entonces clavó el bokken contra la tarima con un seco golpe.

    โ—Y sería una tragedia que una muchacha me hiciera sentir viejo hoy. ¡Ja, ja, ja!

    La carcajada resonó entre los cerezos, mientras el antiguo ejecutor del Clan de la Flor Imperial adoptaba una postura relajada, casi descuidada. Sin embargo, incluso desde aquella aparente despreocupación, emanaba la presencia de alguien que había sobrevivido a incontables combates.
    Retsudo aguardaba sobre la tarima de madera con la tranquilidad de quien pasea por un jardín. La espada de madera descansaba sobre uno de sus hombros, mientras los pétalos de cerezo descendían lentamente a su alrededor. Al divisar a [Uni_Darkness_Softspot] , una sonrisa confiada se dibujó bajo su bigote. โ—Ven. Demuéstrame tu valía. La punta del bokken señaló el centro de la plataforma antes de volver a apoyarse sobre su hombro. โ—Después hablaremos de un par de asuntos bastante interesantes, querida. El anciano se irguió y llevó una mano al pecho en una exagerada presentación. โ—Dime tu nombre. ¡El mío es Retsudo Ogami! Su voz sonó jovial, aunque el brillo en sus ojos revelaba la emoción de un guerrero veterano ante un nuevo desafío. โ—Nos batiremos en un duelo amistoso, así que no seas demasiado gentil conmigo. Una ráfaga de viento agitó sus largos cabellos plateados. โ—Todavía estoy muy lejos de jubilarme. Entonces clavó el bokken contra la tarima con un seco golpe. โ—Y sería una tragedia que una muchacha me hiciera sentir viejo hoy. ¡Ja, ja, ja! La carcajada resonó entre los cerezos, mientras el antiguo ejecutor del Clan de la Flor Imperial adoptaba una postura relajada, casi descuidada. Sin embargo, incluso desde aquella aparente despreocupación, emanaba la presencia de alguien que había sobrevivido a incontables combates.
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  • *Acaba de sufrir una tragedia, se cayó y su pastel terminó tirado en el piso... Arruinado.. Se quedo sin postre. *

    ...
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  • [[ El dia que la tragedia llegó. ]]

    El vacío del espacio era el único templo digno de su verdadera naturaleza..

    Durante años, Zhen había intentado asfixiar el vacío de su pecho con los burdos consuelos de los mortales. Probó el calor de la carne, el éxtasis del vino en festivales ruidosos, los lazos efímeros de la amistad y la dulce mentira de los actos de bondad. Todo fue inútil.

    Los distractores terrenales no eran más que ceniza en su boca, incapaces de saciar un hambre de proporciones cósmicas.

    Él no pertenecía a la tierra; pertenecía a la devastación. Dejando atrás el último mundo que lo albergó, Zhen rompió las cadenas de la gravedad y se elevó hacia el firmamento.

    La atmósfera planetaria quedó atrás como una débil capa de humo; en la negrura absoluta, libre de pretensiones humanas, su cuerpo se expandió. La carne mortal dio paso a escamas de jade que reflejaban la luz de estrellas moribundas, y sus garras se extendieron hasta abarcar kilómetros de distancia. Su verdadera forma titánica finalmente respiró.

    Ante él se extendía un sistema desconocido, custodiado por un majestuoso planeta rodeado de satélites brillantes. Zhen sonrió, mostrando una hilera de dientes capaces de triturar continentes.

    No hubo piedad, solo una necesidad biológica e implacable, se abalanzó sobre la primera luna, atrapándola entre sus fauces y provocando una explosión de roca y magma que saboreó con delicia.

    Una a una, las lunas de aquel desdichado mundo comenzaron a desaparecer en su garganta, destrozando el equilibrio gravitatorio del sistema y sumiendo al planeta de abajo en el caos absoluto.

    El festín cósmico duró apenas unos momentos, pero fue suficiente para volverlo a calmar.
    [[ El dia que la tragedia llegó. ]] El vacío del espacio era el único templo digno de su verdadera naturaleza.. Durante años, Zhen había intentado asfixiar el vacío de su pecho con los burdos consuelos de los mortales. Probó el calor de la carne, el éxtasis del vino en festivales ruidosos, los lazos efímeros de la amistad y la dulce mentira de los actos de bondad. Todo fue inútil. Los distractores terrenales no eran más que ceniza en su boca, incapaces de saciar un hambre de proporciones cósmicas. Él no pertenecía a la tierra; pertenecía a la devastación. Dejando atrás el último mundo que lo albergó, Zhen rompió las cadenas de la gravedad y se elevó hacia el firmamento. La atmósfera planetaria quedó atrás como una débil capa de humo; en la negrura absoluta, libre de pretensiones humanas, su cuerpo se expandió. La carne mortal dio paso a escamas de jade que reflejaban la luz de estrellas moribundas, y sus garras se extendieron hasta abarcar kilómetros de distancia. Su verdadera forma titánica finalmente respiró. Ante él se extendía un sistema desconocido, custodiado por un majestuoso planeta rodeado de satélites brillantes. Zhen sonrió, mostrando una hilera de dientes capaces de triturar continentes. No hubo piedad, solo una necesidad biológica e implacable, se abalanzó sobre la primera luna, atrapándola entre sus fauces y provocando una explosión de roca y magma que saboreó con delicia. Una a una, las lunas de aquel desdichado mundo comenzaron a desaparecer en su garganta, destrozando el equilibrio gravitatorio del sistema y sumiendo al planeta de abajo en el caos absoluto. El festín cósmico duró apenas unos momentos, pero fue suficiente para volverlo a calmar.
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  • Mi don, tu maldición
    Fandom Crossover
    Categorรญa Acción
    El Mito y la Condena
    En los anales ocultos de la historia humana, el nombre de los Dessendre se pronuncia con un respeto que raya en la adoración. Para los pocos que han visto rasgarse el velo de la realidad y han sobrevivido a las fauces de lo innombrable, esta dinastía es el escudo definitivo de la humanidad. Ser un Dessendre es, a ojos de los desesperados, una bendición divina; pertenecer a un linaje de héroes semidioses que, desde la Europa medieval, han caminado entre las sombras para que el mundo pueda vivir bajo la luz.

    Pero la verdad detrás de las baladas es una tragedia bañada en sangre.

    Todo comenzó con el Primer Ancestro, un coloso de barba indomable y una fuerza que desafiaba las leyes de la naturaleza. En una época de caos, forjó un pacto con una deidad primigenia y sin nombre. El precio fue devastador: la servidumbre eterna de toda su descendencia. A cambio, la entidad selló el pacto con un regalo ponzoñoso; al cumplir los catorce años, cada miembro de la sangre Dessendre despertaría un don místico único, una herramienta de destrucción diseñada específicamente para matar monstruos.

    Lo que el mundo ve como una herencia excepcional, la familia lo conoce por su verdadero nombre: una tortura generacional. Los dones no son una bendición, son las cadenas que los arrastran al matadero. A lo largo de los siglos, el árbol genealógico de los Dessendre no ha crecido hacia el cielo, sino que se ha enterrado en tumbas prematuras. Madres, padres, hijos y hermanos... la inmensa mayoría ha perecido entre gritos, desmembrados en la oscuridad por las mismas bestias que juraron cazar. Cada victoria de la familia se ha pagado con la extinción de sus propios miembros. Para el resto del mundo son leyendas vivientes; para ellos mismos, son fantasmas en lista de espera.

    A este calvario se suma la crueldad del aislamiento. Mientras los pocos salvados los alaban como deidades, la masa ignorante los ha repudiado durante siglos, tachándolos de charlatanes, locos y herejes. Los Dessendre mueren en la más absoluta soledad, protegiendo a un mundo que los desprecia, sirviendo a un dios que los condenó.

    Hoy, las cenizas de esta dinastía maldita descansan sobre los hombros de un solo hombre: Verso.

    Sobre él pesa la corona más amarga, pues Verso es una anomalía viviente. Sus catorce años quedaron atrás, y el eco de la deidad antigua jamás resonó en su espíritu. No hubo destello místico, ni fuego en sus manos, ni visiones del más allá. La sangre sagrada parece haberlo ignorado, dejándolo completamente desarmado ante la herencia familiar.

    En una dinastía donde no tener un don equivale a una sentencia de muerte inmediata, cualquiera se habría rendido al miedo. Pero Verso no es un Dessendre ordinario. Entendiendo que la debilidad sería su fin, decidió desafiar el designio de los dioses y de los monstruos. Convirtió la ausencia de magia en su mayor fortaleza, sometiéndose a un calvario de entrenamiento físico y mental que horrorizaría a sus propios ancestros. Si no nació para ser un arma, se forjaría a sí mismo en una.

    El Intelecto Arquitectónico: Mientras otros confían en la fuerza bruta de sus dones, Verso opera con una fría precisión quirúrgica. Su mente es una enciclopedia de lo arcano; disecciona la mitología, calcula las variables y estudia la anatomía de sus presas hasta encontrar la única fisura en su inmortalidad. Él no pelea contra los monstruos; los ejecuta tras haberlos desmantelado estratégicamente en su cabeza.

    La Agilidad del Espectro: Sabiendo que su cuerpo no sanará de un golpe sobrenatural, Verso perfeccionó el arte de la evasión absoluta. Se mueve con una fluidez casi fantasmal, anticipando el peligro antes de que se materialice. En el campo de batalla, es una sombra inalcanzable.

    El Arsenal de la Venganza: Su cuerpo es una extensión viviente de cualquier herramienta de muerte. Manipula con igual maestría las espadas de plata bendecidas que sus antepasados usaron en las Cruzadas, como el armamento táctico y balístico más avanzado de la era moderna.

    Verso Dessendre camina hacia la noche sabiendo que es el eslabón más frágil de una cadena de mártires, pero también el más implacable. No tiene el poder de un dios, pero posee la voluntad inquebrantable de los hombres que se niegan a morir.

    "Mis antepasados murieron protegiendo este mundo con la magia de una deidad que nos odia. Yo no tengo milagros. Solo tengo mi ingenio, mi velocidad y un arsenal de hierro. Y esta noche, eso será más que suficiente para demostrarles a los monstruos por qué deberían temernos a los humanos."
    — Verso Dessendre.

    ____________________________________
    «Época actual»

    Había llegado a la mansión Dessendre una nota, una petición. Se decía qué en una antigua central eléctrica abandonada se habían hallado cuerpos sin vida. La policía había determinado qué se trataba de "suicidas desangrándose hasta morir". ¿Quién carajo pensaría qué encontrar cuerpos desangrados sería por suicidio? Solo policías queriendo huir del inminente destino.

    Verso, un hombre de mediana edad, pisando ya los 40's. Sabía lo qué dicha carta solicitaba y a qué cláse de esperpentos se refería. Por lo qué tomó su equipamiento, lo subió a la camioneta tipo Jeep todo terreno qué guardaba en uno de lo garages y se encaminó a plena luz del día cayendo por el oeste, rumbo a la dichosa central eléctrica.

    «Hoy solo quería recostarme y ver televisión cómo la gente común, pero aquí vamos de nuevo»

    Se veía en su rostro rebosante de "emoción" el poco interés qué tenía, pero se tomaba muy en serio el trabajo; era la clase de hombre qué jamás subestimaría una situación peligrosa.

    Pasaron un par de horas conduciendo, el sol había caído por completo y era solo la luna la qué observaba desde el firmamento.
    Llegó al lugar, se estacionó en lo qué era un parking abandonado a su suerte, sucio, amplio y totalmente vacío hasta ahora.

    El hombre se preparó, un par de dagas ocultas bajo la gabardina, una ballesta de mano en la funda de su espalda, la espada de plata envainada a su costado izquierdo, el colgante en forma de cruz a la altura de la clavícula y un frasco qué ocultó en el bolsillo superior izquierdo de la gabardina. Tomó también una lámpara de baterías con la mano izuquierda y cerró la camioneta con llave.

    Estaba ahora en la entrada, se veía tétrico y lo qué daba una sensación escalofriante era qué no se escuchaba nada más qué el viento zarandeando uno qué otro cable o láminas de metal qué golpeaban entre sí.

    Inspiró y exhaló con tranquilidad achinando los ojos, para posteriormente abrirlos por completo y adentrarse en el lugar lentamente, observando a todos lados y en todas direcciones. Podría ser qué hubiese uno de esos seres o quizás le tocaría regresar a casa a descansar.
    El Mito y la Condena En los anales ocultos de la historia humana, el nombre de los Dessendre se pronuncia con un respeto que raya en la adoración. Para los pocos que han visto rasgarse el velo de la realidad y han sobrevivido a las fauces de lo innombrable, esta dinastía es el escudo definitivo de la humanidad. Ser un Dessendre es, a ojos de los desesperados, una bendición divina; pertenecer a un linaje de héroes semidioses que, desde la Europa medieval, han caminado entre las sombras para que el mundo pueda vivir bajo la luz. Pero la verdad detrás de las baladas es una tragedia bañada en sangre. Todo comenzó con el Primer Ancestro, un coloso de barba indomable y una fuerza que desafiaba las leyes de la naturaleza. En una época de caos, forjó un pacto con una deidad primigenia y sin nombre. El precio fue devastador: la servidumbre eterna de toda su descendencia. A cambio, la entidad selló el pacto con un regalo ponzoñoso; al cumplir los catorce años, cada miembro de la sangre Dessendre despertaría un don místico único, una herramienta de destrucción diseñada específicamente para matar monstruos. Lo que el mundo ve como una herencia excepcional, la familia lo conoce por su verdadero nombre: una tortura generacional. Los dones no son una bendición, son las cadenas que los arrastran al matadero. A lo largo de los siglos, el árbol genealógico de los Dessendre no ha crecido hacia el cielo, sino que se ha enterrado en tumbas prematuras. Madres, padres, hijos y hermanos... la inmensa mayoría ha perecido entre gritos, desmembrados en la oscuridad por las mismas bestias que juraron cazar. Cada victoria de la familia se ha pagado con la extinción de sus propios miembros. Para el resto del mundo son leyendas vivientes; para ellos mismos, son fantasmas en lista de espera. A este calvario se suma la crueldad del aislamiento. Mientras los pocos salvados los alaban como deidades, la masa ignorante los ha repudiado durante siglos, tachándolos de charlatanes, locos y herejes. Los Dessendre mueren en la más absoluta soledad, protegiendo a un mundo que los desprecia, sirviendo a un dios que los condenó. Hoy, las cenizas de esta dinastía maldita descansan sobre los hombros de un solo hombre: Verso. Sobre él pesa la corona más amarga, pues Verso es una anomalía viviente. Sus catorce años quedaron atrás, y el eco de la deidad antigua jamás resonó en su espíritu. No hubo destello místico, ni fuego en sus manos, ni visiones del más allá. La sangre sagrada parece haberlo ignorado, dejándolo completamente desarmado ante la herencia familiar. En una dinastía donde no tener un don equivale a una sentencia de muerte inmediata, cualquiera se habría rendido al miedo. Pero Verso no es un Dessendre ordinario. Entendiendo que la debilidad sería su fin, decidió desafiar el designio de los dioses y de los monstruos. Convirtió la ausencia de magia en su mayor fortaleza, sometiéndose a un calvario de entrenamiento físico y mental que horrorizaría a sus propios ancestros. Si no nació para ser un arma, se forjaría a sí mismo en una. El Intelecto Arquitectónico: Mientras otros confían en la fuerza bruta de sus dones, Verso opera con una fría precisión quirúrgica. Su mente es una enciclopedia de lo arcano; disecciona la mitología, calcula las variables y estudia la anatomía de sus presas hasta encontrar la única fisura en su inmortalidad. Él no pelea contra los monstruos; los ejecuta tras haberlos desmantelado estratégicamente en su cabeza. La Agilidad del Espectro: Sabiendo que su cuerpo no sanará de un golpe sobrenatural, Verso perfeccionó el arte de la evasión absoluta. Se mueve con una fluidez casi fantasmal, anticipando el peligro antes de que se materialice. En el campo de batalla, es una sombra inalcanzable. El Arsenal de la Venganza: Su cuerpo es una extensión viviente de cualquier herramienta de muerte. Manipula con igual maestría las espadas de plata bendecidas que sus antepasados usaron en las Cruzadas, como el armamento táctico y balístico más avanzado de la era moderna. Verso Dessendre camina hacia la noche sabiendo que es el eslabón más frágil de una cadena de mártires, pero también el más implacable. No tiene el poder de un dios, pero posee la voluntad inquebrantable de los hombres que se niegan a morir. "Mis antepasados murieron protegiendo este mundo con la magia de una deidad que nos odia. Yo no tengo milagros. Solo tengo mi ingenio, mi velocidad y un arsenal de hierro. Y esta noche, eso será más que suficiente para demostrarles a los monstruos por qué deberían temernos a los humanos." — Verso Dessendre. ____________________________________ «Época actual» Había llegado a la mansión Dessendre una nota, una petición. Se decía qué en una antigua central eléctrica abandonada se habían hallado cuerpos sin vida. La policía había determinado qué se trataba de "suicidas desangrándose hasta morir". ¿Quién carajo pensaría qué encontrar cuerpos desangrados sería por suicidio? Solo policías queriendo huir del inminente destino. Verso, un hombre de mediana edad, pisando ya los 40's. Sabía lo qué dicha carta solicitaba y a qué cláse de esperpentos se refería. Por lo qué tomó su equipamiento, lo subió a la camioneta tipo Jeep todo terreno qué guardaba en uno de lo garages y se encaminó a plena luz del día cayendo por el oeste, rumbo a la dichosa central eléctrica. «Hoy solo quería recostarme y ver televisión cómo la gente común, pero aquí vamos de nuevo» Se veía en su rostro rebosante de "emoción" el poco interés qué tenía, pero se tomaba muy en serio el trabajo; era la clase de hombre qué jamás subestimaría una situación peligrosa. Pasaron un par de horas conduciendo, el sol había caído por completo y era solo la luna la qué observaba desde el firmamento. Llegó al lugar, se estacionó en lo qué era un parking abandonado a su suerte, sucio, amplio y totalmente vacío hasta ahora. El hombre se preparó, un par de dagas ocultas bajo la gabardina, una ballesta de mano en la funda de su espalda, la espada de plata envainada a su costado izquierdo, el colgante en forma de cruz a la altura de la clavícula y un frasco qué ocultó en el bolsillo superior izquierdo de la gabardina. Tomó también una lámpara de baterías con la mano izuquierda y cerró la camioneta con llave. Estaba ahora en la entrada, se veía tétrico y lo qué daba una sensación escalofriante era qué no se escuchaba nada más qué el viento zarandeando uno qué otro cable o láminas de metal qué golpeaban entre sí. Inspiró y exhaló con tranquilidad achinando los ojos, para posteriormente abrirlos por completo y adentrarse en el lugar lentamente, observando a todos lados y en todas direcciones. Podría ser qué hubiese uno de esos seres o quizás le tocaría regresar a casa a descansar.
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    Individual
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  • [ Extracto de Autumn's Fall #34 - Tragedia en Abbey Road ]

    ๐˜“๐˜ข๐˜ด ๐˜ฉ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ช๐˜ข๐˜ด ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ข ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ˆ๐˜ฃ๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜บ ๐˜™๐˜ฐ๐˜ข๐˜ฅ, ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด ๐˜ค๐˜ข๐˜ญ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฎ๐˜ขฬ๐˜ด ๐˜ง๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ค๐˜ข๐˜ฑ๐˜ช๐˜ต๐˜ข๐˜ญ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜จ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ข, ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ง๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ช๐˜ด๐˜ต๐˜ฆ๐˜ณ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ด๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ข. ¿๐˜š๐˜ข๐˜ฃ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ถ๐˜ด๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฅ, ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ช๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ต๐˜ฐ๐˜ณ, ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฃ๐˜ข๐˜ด๐˜ต๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ถ๐˜ด๐˜ถ๐˜ข๐˜ญ ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ต๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ป๐˜ข.แฃ ๐˜Š๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ ๐˜ฐ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ข๐˜ฎ๐˜ข๐˜ณ๐˜ช๐˜ญ๐˜ญ๐˜ฐ ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ซ๐˜ฐ, ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ง๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ข ๐˜บ ๐˜ง๐˜ข๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜น๐˜ฉ๐˜ช๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ญ๐˜ช๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ข๐˜ด ๐˜ด๐˜ฐ๐˜ฏ ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ข๐˜ต๐˜ช๐˜ท๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ค๐˜ข๐˜ด๐˜ข๐˜ด. ๐˜—๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ด๐˜ช ๐˜ง๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ข ๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ค๐˜ฐ, ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜จ๐˜ญ๐˜ฆฬ๐˜ด ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ช๐˜จ๐˜ถ๐˜ฐ, ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ญ๐˜ข๐˜ฃ๐˜ณ๐˜ข ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ ๐˜ต๐˜ข๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฐฬ ๐˜ท๐˜ข๐˜ณ๐˜ช๐˜ข๐˜ด ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฏฬƒ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ฎ๐˜ขฬ๐˜ด ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ข๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ณ ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ญ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜จ๐˜ถ๐˜ข๐˜ซ๐˜ฆ, ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข๐˜ค๐˜ช๐˜ฐฬ๐˜ฏ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ ๐˜ฐ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด.

    ¿๐˜Š๐˜ฐฬ๐˜ฎ๐˜ฐ ๐˜ฑ๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ต๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ป๐˜ข ๐˜ฑ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ค๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ช๐˜ณ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ญ๐˜ฐ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฐ.แฃ ¿๐˜  ๐˜ค๐˜ฐฬ๐˜ฎ๐˜ฐ ๐˜ด๐˜ฐ๐˜ฃ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ท๐˜ช๐˜ท๐˜ช๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ช๐˜จ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ด๐˜ช๐˜ฏ ๐˜ถ๐˜ฏ ๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฃ๐˜ณ๐˜ฆ ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ง๐˜ช๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฐ.แฃ ๐˜”๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฎ๐˜ฐ, ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ช๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ต๐˜ฐ๐˜ณ, ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ขฬ๐˜ฏ ๐˜ฑ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜จ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ข๐˜ด ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข ๐˜ฐ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ ๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฐ. ๐˜๐˜ฐ๐˜บ ๐˜ท๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ข ๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฃ๐˜ญ๐˜ข๐˜ณ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฉ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ช๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ˆ๐˜ฃ๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜บ ๐˜™๐˜ฐ๐˜ข๐˜ฅ.

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    ๐˜๐˜ข๐˜ณ๐˜ท๐˜ฆ๐˜บ ๐˜‰๐˜ข๐˜ณ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ธ, ๐˜ถ๐˜ฏ ๐˜ด๐˜ช๐˜ฎ๐˜ฑ๐˜ญ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ถ๐˜ฅ๐˜ช๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ด๐˜จ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฐ, ๐˜ญ๐˜ฐ ๐˜ข๐˜ท๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ช๐˜จ๐˜ถ๐˜ข๐˜ณ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ฎ๐˜ขฬ๐˜ด ๐˜ต๐˜ณ๐˜ขฬ๐˜จ๐˜ช๐˜ค๐˜ข ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ข ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ข ๐˜ต๐˜ข๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฆ, ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ช๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ต๐˜ฐ๐˜ณ. ๐˜ˆ๐˜ญ๐˜ฆฬ๐˜ณ๐˜จ๐˜ช๐˜ค๐˜ฐ ๐˜ข ๐˜ด๐˜ถ ๐˜ฑ๐˜ช๐˜ค๐˜ข๐˜ฅ๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข ๐˜ด๐˜ช๐˜ฏ ๐˜ด๐˜ข๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ญ๐˜ฐ, ๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฃ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ฆ๐˜จ๐˜ถ๐˜ช๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ข๐˜ถ๐˜ต๐˜ช๐˜ท๐˜ข๐˜ณ ๐˜ข ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ซ๐˜ฐ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ช๐˜ต๐˜ข ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜จ๐˜ถ๐˜ด๐˜ต๐˜ข๐˜ฃ๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ข๐˜ด ๐˜ฉ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ช๐˜ข๐˜ด ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฑ๐˜ฆ๐˜ค๐œ„ฬ๐˜ง๐˜ช๐˜ค๐˜ฐ, ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฉ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ช๐˜ข๐˜ด ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ˆ๐˜ฃ๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜บ ๐˜™๐˜ฐ๐˜ข๐˜ฅ. ๐˜Œ๐˜ด๐˜ฆ ๐˜ฅ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ต๐˜ช๐˜ค๐˜ถ๐˜ญ๐˜ข๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฐ, ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ณ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ถฬ๐˜ฏ๐˜ช๐˜ค๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฆฬ๐˜ด ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ...
    [ Extracto de Autumn's Fall #34 - Tragedia en Abbey Road ] ๐˜“๐˜ข๐˜ด ๐˜ฉ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ช๐˜ข๐˜ด ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ข ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ˆ๐˜ฃ๐˜ฃ๐˜ฆ๐˜บ ๐˜™๐˜ฐ๐˜ข๐˜ฅ, ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด ๐˜ค๐˜ข๐˜ญ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฎ๐˜ขฬ๐˜ด ๐˜ง๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ค๐˜ข๐˜ฑ๐˜ช๐˜ต๐˜ข๐˜ญ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜จ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ข, ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ข ๐˜ง๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ช๐˜ด๐˜ต๐˜ฆ๐˜ณ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ด๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ข. ¿๐˜š๐˜ข๐˜ฃ๐œ„ฬ๐˜ข ๐˜ถ๐˜ด๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฅ, ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ช๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ต๐˜ฐ๐˜ณ, ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ข๐˜ป๐˜ถ๐˜ญ ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฃ๐˜ข๐˜ด๐˜ต๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ถ๐˜ด๐˜ถ๐˜ข๐˜ญ ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ต๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ญ๐˜ฆ๐˜ป๐˜ข.แฃ ๐˜Š๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ ๐˜ฐ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฐ 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  • —¡Saludos, mis estimados radioescuchas! ¡Sintonícenme bien, porque lo que tengo que decirles les encantará!
    Para todos ustedes, pobres almas que se encuentran tambaleándose bajo los inevitables y exquisitos golpes que la existencia nos brinda, ¡les traigo el remedio perfecto para ponerse en pie! Verán, todo se reduce a una cuestión de perspectiva, mis queridos amigos.
    No tiene ningún sentido quedarse ahí, consumiéndose en esas poses mediocres, escondidos en un rincón como si fueran una tragedia de segunda categoría. ¡Por favor! ¡Enderecen esa postura, muestren una sonrisa radiante y dejen que el mundo vea que no tienen ni un rasguño! Recuerden: la existencia es un regalo verdaderamente fascinante; y aquel que sabe manejarlo con estilo... ¡bueno, es capaz de hacer que hasta lo imposible se vuelva una realidad de lo más entretenida!
    ¡Así que, adelante! ¡Sonrían! ¡La función apenas comienza! —



    https://youtu.be/qHhiqbiEGmk?si=zG7lDo8YTPBbOkTR
    ๐ŸŽ™๏ธ๐Ÿ“ป ๐ŸŽถ—¡Saludos, mis estimados radioescuchas! ¡Sintonícenme bien, porque lo que tengo que decirles les encantará!๐ŸŽ™๏ธ Para todos ustedes, pobres almas que se encuentran tambaleándose bajo los inevitables y exquisitos golpes que la existencia nos brinda, ¡les traigo el remedio perfecto para ponerse en pie! Verán, todo se reduce a una cuestión de ๐ŸŽ™๏ธ๐ŸŽถ perspectiva, mis queridos amigos. No tiene ningún sentido quedarse ahí, consumiéndose en esas poses mediocres, escondidos en un rincón como si fueran una tragedia de segunda categoría. ¡Por favor! ¡Enderecen esa postura, muestren una sonrisa radiante y dejen que el mundo vea que no tienen ni un rasguño! Recuerden: la existencia es un regalo verdaderamente fascinante; y aquel que sabe manejarlo con estilo... ¡bueno, es capaz de hacer que hasta lo imposible se vuelva una realidad de lo más entretenida!๐ŸŽ™๏ธ๐Ÿ“ป๐ŸŽถ ¡Así que, adelante! ¡Sonrían! ¡La función apenas comienza! —๐ŸŽ™๏ธ https://youtu.be/qHhiqbiEGmk?si=zG7lDo8YTPBbOkTR
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  • • ใ€Œโ„Œ๐”ฌ๐”ช๐”ข๐”ด๐”ž๐”ฏ๐”กใ€
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    ๐‘“๐‘ก. ใ€Œ ๐€ ๐ง ๐ž ๐ญ ๐ญ ๐ž ใ€



    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    ๐‘“๐‘ก. ใ€Œ ๐€ ๐ง ๐ž ๐ญ ๐ญ ๐ž ใ€ Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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    ๐ด ๐‘™๐‘Ž ๐‘‘๐‘ข๐‘œ๐‘‘๐‘’ฬ๐‘๐‘–๐‘š๐‘Ž ๐‘๐‘Ž๐‘š๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž; ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐˜ฉ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘™๐‘œ๐‘๐‘œ๐‘  - ๐™ข๐™š๐™™๐™ž๐™– ๐™ฃ๐™ค๐™˜๐™๐™š.


    La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente.

    Era duda que lo devora por dentro como una maldición.

    La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar.

    ๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘ž๐‘ข๐‘’ฬ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘œ๐‘› ๐‘Ž๐‘ž๐‘ข๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘‘๐‘œ.

    La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás.

    No lo era.

    Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud.

    —๐˜Œ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆฬ ๐˜ต๐˜ถ ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐˜ˆ ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐œ„ฬ.

    La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer.

    Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía.

    —๐˜‹๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ข๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆฬ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐˜•๐˜ฐ ๐˜ง๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ช๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฐฬ.

    Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐˜ฆฬ๐˜ญ ๐˜ฑ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar.

    Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos.

    ๐ป๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘”๐‘Ž๐‘‘๐‘œ ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ข๐‘› ๐‘š๐‘œ๐‘›๐‘ ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘ข๐‘œ. ๐ถ๐‘œ๐‘› ๐‘’๐‘™ ๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘š๐‘๐‘œ ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘œฬ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘œ ๐‘š๐‘Žฬ๐‘  ๐‘๐‘’๐‘™๐‘–๐‘”๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ ๐‘œ: ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘ง๐‘œฬ๐‘› ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’๐‘—๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ.
    ๐‘น๐’๐’ ๐’„๐’๐’: [meine.sehnsucht] ๐‘จ๐’ƒ๐’‚๐’…๐œพฬ๐’‚ ๐’…๐’† ๐‘บ๐’‚๐’Š๐’๐’• ๐‘ฌ๐’Š๐’“๐’Š๐’๐’…, ๐‘ฌ๐’Š๐’„๐’‰๐’†๐’๐’˜๐’‚๐’๐’… ๐ด ๐‘™๐‘Ž ๐‘‘๐‘ข๐‘œ๐‘‘๐‘’ฬ๐‘๐‘–๐‘š๐‘Ž ๐‘๐‘Ž๐‘š๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž; ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐˜ฉ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘™๐‘œ๐‘๐‘œ๐‘  - ๐™ข๐™š๐™™๐™ž๐™– ๐™ฃ๐™ค๐™˜๐™๐™š. La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente. Era duda que lo devora por dentro como una maldición. La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar. ๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘ž๐‘ข๐‘’ฬ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘œ๐‘› ๐‘Ž๐‘ž๐‘ข๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘‘๐‘œ. La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás. No lo era. Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud. —๐˜Œ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆฬ ๐˜ต๐˜ถ ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐˜ˆ ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐œ„ฬ. La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer. Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía. —๐˜‹๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ข๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆฬ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐˜•๐˜ฐ ๐˜ง๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ช๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฐฬ. Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐˜ฆฬ๐˜ญ ๐˜ฑ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar. Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos. ๐ป๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘”๐‘Ž๐‘‘๐‘œ ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ข๐‘› ๐‘š๐‘œ๐‘›๐‘ ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘ข๐‘œ. ๐ถ๐‘œ๐‘› ๐‘’๐‘™ ๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘š๐‘๐‘œ ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘œฬ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘œ ๐‘š๐‘Žฬ๐‘  ๐‘๐‘’๐‘™๐‘–๐‘”๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ ๐‘œ: ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘ง๐‘œฬ๐‘› ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’๐‘—๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ.
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  • -A veces una simple decisión puede cambiar el destino de toda una ciudad, algo tan simple como permitir una investigación puede acabar en una tragedia mundial... Estoy pensando demasiado.
    -A veces una simple decisión puede cambiar el destino de toda una ciudad, algo tan simple como permitir una investigación puede acabar en una tragedia mundial... Estoy pensando demasiado.
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  • โ›‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ๐‘จ๐‘ผ: ๐‘ซ๐‘จ๐‘น๐‘ฒ ๐‘ญ๐‘จ๐‘ต๐‘ป๐‘จ๐‘บ๐’€/๐‘บ๐‘ถ๐‘ผ๐‘ณ๐‘บ๐‘ฉ๐‘ถ๐‘น๐‘ต๐‘ฌ



    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ โ๐‘‚๐‘› ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘“๐‘œ๐‘œ๐‘ก๐‘ ๐‘ก๐‘’๐‘๐‘  ๐‘ก๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐‘ค๐‘’๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘›๐‘’๐‘ฃ๐‘’๐‘Ÿ ๐‘“๐‘œ๐‘ข๐‘›๐‘‘โž

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    ‎โ› ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola.

    Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta.

    Los niños se escondían al verlos pasar, los adultos bajaban la mirada; nadie celebraba su llegada, aunque todos dormían mejor cuando sabían que uno de ellos se encontraba cerca. Porque el mundo había aprendido una verdad incómoda de aceptar: los Vaeltaja siempre llegaban donde algo terrible estaba ocurriendo, y rara vez regresaban siendo los mismos.

    Entre todas las reliquias que portaban existía una especialmente extraña. Una lámpara alimentada por antiguos sellos cuya llama no producía calor ni humo. Su luz era pálida, un azul casi enfermizo, pero podía atravesar nieblas que apagaban cualquier antorcha. Los sacerdotes afirmaban que revelaba senderos ocultos. Los eruditos insistían en que se trataba de una forma olvidada de hechicería; pero los Vaeltaja nunca ofrecieron explicación alguna.

    ๐˜˜๐˜ถ๐˜ช๐˜ป๐˜ขฬ ๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฅ ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ถ๐˜ญ๐˜ต๐˜ข๐˜ฃ๐˜ข ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ต๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ.

    Existe un relato de un joven caballero que preguntó por qué seguían cargando aquellas lámparas si la mayoría de ellos podía orientarse incluso en completa oscuridad. Su maestro observó el sello ardiendo durante un largo rato, en silencio. La luz danzaba lánguida sobre el hierro ennegrecido de sus guanteletes, reflejándose en las cicatrices que cruzaban sus manos.

    —๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ก๐‘œ๐‘‘๐‘Ž ๐‘œ๐‘ ๐‘๐‘ข๐‘Ÿ๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘’๐‘Ž ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘š๐‘Ž๐‘›๐‘’๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘‘๐‘–๐‘‘๐‘Ž —respondió el hombre.

    El joven creyó que se trataba de una metáfora. Los jóvenes suelen creer eso, y confunden sabiduría con poesía.

    Años después fue enviado más allá de los últimos caminos conocidos, a una región donde los bosques crecían sobre ciudades olvidadas y ruinas que se hundían lentamente bajo raíces negras. Allí encontró aldeas vacías, mesas preparadas para personas que jamás regresarían y cunas meciéndose en habitaciones donde no quedaba nadie a quien dormir.

    Cada noche escuchaba pasos detrás de él. Jamás delante, siempre atrás y a la misma distancia. Esperando.

    Intentó ignorarlos durante días. Luego durante semanas, y cuando finalmente reunió el valor para girarse, no encontró nada. Sólo árboles inmóviles y niebla. Sin embargo, al amanecer descubría huellas rodeando su campamento. Demasiado grandes para un hombre y demasiado humanas para una bestia.

    Y aún así continuó avanzando. Porque esa era la tragedia de los Vaeltaja; no eran héroes. Los héroes tienen la posibilidad de regresar. Ellos tenían la obligación de seguir caminando.

    Décadas más tarde volvió a Vargfjall. El cabello se había vuelto gris bajo el casco y la lámpara seguía ardiendo exactamente igual que el primer día. Los pocos hermanos que aún permanecían con vida preguntaron qué había encontrado en aquellas tierras. El hombre permaneció largo rato observando la llama, inmóvil.

    Luego respondió:

    —๐ฟ๐‘Ž ๐‘œ๐‘ ๐‘๐‘ข๐‘Ÿ๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘›๐‘œ ๐‘ ๐‘–๐‘’๐‘š๐‘๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘–๐‘›๐‘ก๐‘’๐‘›๐‘ก๐‘Ž ๐‘‘๐‘’๐‘ฃ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘›๐‘œ๐‘ .

    Nadie habló. La lámpara continuó brillando entre sus manos.

    —๐ด ๐‘ฃ๐‘’๐‘๐‘’๐‘  ๐‘ ๐‘œ๐‘™๐‘œ ๐‘ž๐‘ข๐‘–๐‘’๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘ข๐‘–๐‘’๐‘› ๐‘™๐‘Ž ๐‘Ž๐‘๐‘œ๐‘š๐‘๐‘Ž๐‘›ฬƒ๐‘’.

    Jamás explicó qué significaban aquellas palabras. Jamás volvió a abandonar la fortaleza. Y cuando murió, encontraron la lámpara todavía encendida junto a su cuerpo, aunque el sello que la alimentaba se había consumido hacía años. Desde entonces, cuando los viajeros ven una luz solitaria moviéndose entre los bosques durante la noche, procuran no seguirla.

    No por miedo al Vaeltaja, sino porque existe una vieja creencia en Vargfjall:

    ๐‘†๐‘– ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘™๐‘ข๐‘ง ๐‘ ๐‘’ ๐‘‘๐‘’๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘›๐‘’ ๐‘ฆ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘ข๐‘–๐‘’๐‘› ๐‘Ÿ๐‘’๐‘ ๐‘๐‘œ๐‘›๐‘‘๐‘’ ๐‘Ž ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘๐‘Ž๐‘ ๐‘œ๐‘  ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘™๐‘Ž ๐‘ ๐‘–๐‘”๐‘ข๐‘’๐‘›, ๐‘™๐‘Ž ๐‘œ๐‘ ๐‘๐‘ข๐‘Ÿ๐‘–๐‘‘๐‘Ž๐‘‘ ๐‘“๐‘–๐‘›๐‘Ž๐‘™๐‘š๐‘’๐‘›๐‘ก๐‘’ ๐‘Ÿ๐‘’๐‘๐‘œ๐‘Ÿ๐‘‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Žฬ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘ฃ๐‘Ž ๐‘ ๐‘–๐‘”๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘๐‘Ž๐‘š๐‘–๐‘›๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ ๐‘œ๐‘™๐‘Ž. ๐‘Œ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘ข๐‘›๐‘Ž๐‘  ๐‘๐‘œ๐‘ ๐‘Ž๐‘ , ๐‘๐‘ข๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘‘๐‘’๐‘—๐‘Ž๐‘› ๐‘‘๐‘’ ๐‘’๐‘ ๐‘ก๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘ ๐‘œ๐‘™๐‘Ž๐‘ , ๐‘ฆ๐‘Ž ๐‘›๐‘œ ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘’๐‘Ž๐‘› ๐‘ฃ๐‘œ๐‘™๐‘ฃ๐‘’๐‘Ÿ ๐‘Ž ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘ ๐‘’.


    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ แ›‹แšขแ›˜แ›แ›ฆ แ›‹แ›…แšดแ›แ›… แ›…แ› แšผแ›…แšพ แš แ›…แšพ แ›‹แšดแšขแšดแ›… แ›‹แ›แšพ
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ แ›…แšฆแ›แ›ฆ แ›…แ› แ›‹แšดแšขแšดแ›แšพ แš แ›…แšพ แšผแ›…แšพ แš แ›แšฑแ›‹แ›
    ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎‎โ๐˜š๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ข๐˜บ ๐˜ฉ๐˜ฆ ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ฅ ๐˜ฉ๐˜ช๐˜ด ๐˜ด๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฐ๐˜ธ. ๐˜–๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ด ๐˜ด๐˜ข๐˜บ ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ฐ๐˜ธ ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ฅ ๐˜ฉ๐˜ช๐˜ฎ ๐˜ง๐˜ช๐˜ณ๐˜ด๐˜ตโž



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    โ›‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ๐‘จ๐‘ผ: ๐‘ซ๐‘จ๐‘น๐‘ฒ ๐‘ญ๐‘จ๐‘ต๐‘ป๐‘จ๐‘บ๐’€/๐‘บ๐‘ถ๐‘ผ๐‘ณ๐‘บ๐‘ฉ๐‘ถ๐‘น๐‘ต๐‘ฌ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ โ๐‘‚๐‘› ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘“๐‘œ๐‘œ๐‘ก๐‘ ๐‘ก๐‘’๐‘๐‘  ๐‘ก๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐‘ค๐‘’๐‘Ÿ๐‘’ ๐‘›๐‘’๐‘ฃ๐‘’๐‘Ÿ ๐‘“๐‘œ๐‘ข๐‘›๐‘‘โž ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎โ› ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ ‎ Los ancianos de Vargfjall contaban que los Vaeltaja no temían a la oscuridad. La conocían demasiado bien para desperdiciar el esfuerzo temiéndola. Cuando los caminos desaparecían bajo la nieve y las campanas de las aldeas dejaban de sonar una a una, aquellas figuras de hierro negro abandonaban sus fortalezas. No marchaban en grupos, tampoco llevaban estandartes, no pronunciaban juramentos antes de partir. Simplemente aparecían donde otros hombres se negaban a poner un pie. Una luz solitaria moviéndose entre la tormenta. 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