• JAMIL VIPER ~

    Vicealcaide de Scarabia. Nacido en una familia que ha servido a la familia de Kalim durante generaciones, pasó la mayor parte de su infancia y juventud sometido a los caprichos despreocupados de Kalim.
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    CURIOSIDADES DE ALEXANDER SKOROBOGATOV

    1) Ama los climas mediterráneos pese ser de la fría Rusia.
    2) En su juventud pertenecía a un grupo de que se metían en peleas callejeras.
    3) Aunque sea raro Kassandra es su primera pareja.
    4) Cuida muy bien a las chicas de su club.
    5)Es zurdo
    6) No conoce a sus padres
    7) Su comida favorita es okroshka
    8) Cuando viajo a Salem se puso a obtener su nacionalidad.
    9) Le gusta las películas de acción.
    10 ) Tiene una amplia gama de corbatas.
    11) Es el proveedor de muchas personas en cuanto armas.
    CURIOSIDADES DE ALEXANDER SKOROBOGATOV 1) Ama los climas mediterráneos pese ser de la fría Rusia. 2) En su juventud pertenecía a un grupo de que se metían en peleas callejeras. 3) Aunque sea raro Kassandra es su primera pareja. 4) Cuida muy bien a las chicas de su club. 5)Es zurdo 6) No conoce a sus padres 7) Su comida favorita es okroshka 8) Cuando viajo a Salem se puso a obtener su nacionalidad. 9) Le gusta las películas de acción. 10 ) Tiene una amplia gama de corbatas. 11) Es el proveedor de muchas personas en cuanto armas.
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  • Nombre: Nobara Kugisaki. (Más te vale recordarlo).
    Edad: 16 años. En la flor de la juventud y ya soy mejor que la mitad de los adultos de este lugar.
    Signo Zodiacal: Leo. Obviamente.
    Altura: 1.60 m. La estatura exacta y perfecta. Lo suficientemente bajita para que los tacones altos no me hagan ver como un poste de luz, pero con las piernas lo suficientemente largas para patearte la cara si me haces enojar.
    Peso: ¡¿Qué clase de animal le pregunta el peso a una dama?!
    Medidas: La ropa de diseñador me queda como si me hubieran tomado las medidas a mano. Todo está exactamente donde tiene que estar, así que confórmate con mirar (desde lejos).
    Ocupación: Hechicera Jujutsu de primer año en Tokio y modelo de alta costura no oficial.
    Armas: Mi martillo, mis clavos, mi muñeco de paja... y mi tarjeta de crédito en época de rebajas.
    Cosas que amo: Ir de compras por Tokio, la ropa de marca, el café con estilo, lucir impecable mientras peleo, y tener siempre la razón.
    Cosas que odio: Mi asqueroso y chismoso pueblo natal, la ropa barata, la arena en mis zapatos, los tipos sin estilo, y a Yuji y Megumi cuando me hacen pasar vergüenza en público.
    ¿Que si quieres saber más? No, y aunque hubiera más, no te incumbe
    Nombre: Nobara Kugisaki. (Más te vale recordarlo). Edad: 16 años. En la flor de la juventud y ya soy mejor que la mitad de los adultos de este lugar. Signo Zodiacal: Leo. Obviamente. Altura: 1.60 m. La estatura exacta y perfecta. Lo suficientemente bajita para que los tacones altos no me hagan ver como un poste de luz, pero con las piernas lo suficientemente largas para patearte la cara si me haces enojar. Peso: ¡¿Qué clase de animal le pregunta el peso a una dama?! Medidas: La ropa de diseñador me queda como si me hubieran tomado las medidas a mano. Todo está exactamente donde tiene que estar, así que confórmate con mirar (desde lejos). Ocupación: Hechicera Jujutsu de primer año en Tokio y modelo de alta costura no oficial. Armas: Mi martillo, mis clavos, mi muñeco de paja... y mi tarjeta de crédito en época de rebajas. Cosas que amo: Ir de compras por Tokio, la ropa de marca, el café con estilo, lucir impecable mientras peleo, y tener siempre la razón. Cosas que odio: Mi asqueroso y chismoso pueblo natal, la ropa barata, la arena en mis zapatos, los tipos sin estilo, y a Yuji y Megumi cuando me hacen pasar vergüenza en público. ¿Que si quieres saber más? No, y aunque hubiera más, no te incumbe
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  • Vendita Juventud, aun conservo la misma energia?
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  • -Encontró una vieja fotografía en esos días de su juventud en la Escuela de Hechicería.-
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    Ingenuidad pretendiente;
    destino raso de la mañana;
    quien erra la majestad del herrero solícito;
    entre imperios e ingenuidades;
    sea por siempre tu nombre al dormir:
    tus brazos conmovieron mis prudencias.
    Un sollozo rebelde encumbra mi juventud atascada;
    quiera la noche tu nombre en sus labios;
    quiera el día sonrosar de nueva cuenta el fulgor de tus mejillas.
    Vislumbro la espera de las cosas más recias;
    en este clero de Lucrecias e Ifigenia;
    mi sombra es la del Amor idílico;
    popurrí de amatista de integridad casta;
    casta venia de las memorias.
    Arropa mi pueblo de corazón entre la miseria de tus maneras.
    Sean los espíritus el perdón de tus pecados conmovidos.
    Añoro verte en cada postro de vida conmovida.
    Integridad nupcial.
    Esgrime tu integridad en mis sueños y sean mis sueños;
    tus sesgos:
    Luna triste, príncipe feliz, quien arremetió contra tus imperios.
    Quien rasga el clero de tu hambre.
    Bebe el cardumen de mi leche de tu seno.
    Estremece todo y nada.
    Quiera la era de la extrañeza el regadío.
    Espacio conmovido.
    Tersura de rostros al vivirte; al decirte que soy el lecho;
    monarca de moradas; riesgo de pescar lo inevitable;
    tristeza, ah, ven a mí; claudica ante mi malnacida juventud;
    declarada; arremetida.
    Sea el claro de tus marañas mis integridades; y sea el rebelde mis anhelos;
    y sean mis anhelos el anzuelo del verso de tus besos;
    y sean mis besos el rencor enternecido como las olas;
    como las crines de los árboles al pastar;
    clama mi nombre al despertar;
    y suéñame rebelde;
    en el asueto de tus lealtades.
    --- Ingenuidad pretendiente; destino raso de la mañana; quien erra la majestad del herrero solícito; entre imperios e ingenuidades; sea por siempre tu nombre al dormir: tus brazos conmovieron mis prudencias. Un sollozo rebelde encumbra mi juventud atascada; quiera la noche tu nombre en sus labios; quiera el día sonrosar de nueva cuenta el fulgor de tus mejillas. Vislumbro la espera de las cosas más recias; en este clero de Lucrecias e Ifigenia; mi sombra es la del Amor idílico; popurrí de amatista de integridad casta; casta venia de las memorias. Arropa mi pueblo de corazón entre la miseria de tus maneras. Sean los espíritus el perdón de tus pecados conmovidos. Añoro verte en cada postro de vida conmovida. Integridad nupcial. Esgrime tu integridad en mis sueños y sean mis sueños; tus sesgos: Luna triste, príncipe feliz, quien arremetió contra tus imperios. Quien rasga el clero de tu hambre. Bebe el cardumen de mi leche de tu seno. Estremece todo y nada. Quiera la era de la extrañeza el regadío. Espacio conmovido. Tersura de rostros al vivirte; al decirte que soy el lecho; monarca de moradas; riesgo de pescar lo inevitable; tristeza, ah, ven a mí; claudica ante mi malnacida juventud; declarada; arremetida. Sea el claro de tus marañas mis integridades; y sea el rebelde mis anhelos; y sean mis anhelos el anzuelo del verso de tus besos; y sean mis besos el rencor enternecido como las olas; como las crines de los árboles al pastar; clama mi nombre al despertar; y suéñame rebelde; en el asueto de tus lealtades.
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    De todas las cosas más ardidas;
    he sentido la belleza del partir;
    a la cumbra del último aliento merecido;
    potencia breve; sobre la que soy el que soy;
    y en la que renazco entre tus brazos;
    de guirnalda de acuarelas.
    Como un canalla te gobierno en mis recuerdos;
    mi espuma es más allá de lo inmolado.
    Soy corrupción.
    Soy destrucción.
    Si no estás;
    y entre más allá; soy tu esclavo;
    admitiré valiente que nos volvamos a encontrar;
    como el poniente ante el rencor del sol y la luna;
    misma juventud; mismo sollozo.
    Entre unos brazos que aman rigurosos;
    la espuma capciosa.
    Si yo fuera tu dios; serías mi carnada.
    Vigilia malnacida.
    Soy yo tu devoto ingenuo.
    Esclavo del rigor de tus besos;
    Vive y déjame morar en ti;
    hasta repartir la insania de mi sonrisa.
    --- De todas las cosas más ardidas; he sentido la belleza del partir; a la cumbra del último aliento merecido; potencia breve; sobre la que soy el que soy; y en la que renazco entre tus brazos; de guirnalda de acuarelas. Como un canalla te gobierno en mis recuerdos; mi espuma es más allá de lo inmolado. Soy corrupción. Soy destrucción. Si no estás; y entre más allá; soy tu esclavo; admitiré valiente que nos volvamos a encontrar; como el poniente ante el rencor del sol y la luna; misma juventud; mismo sollozo. Entre unos brazos que aman rigurosos; la espuma capciosa. Si yo fuera tu dios; serías mi carnada. Vigilia malnacida. Soy yo tu devoto ingenuo. Esclavo del rigor de tus besos; Vive y déjame morar en ti; hasta repartir la insania de mi sonrisa.
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  • Un nuevo capítulo...
    Fandom OC/JJK
    Categoría Romance
    Illán

    "Mi mayor miedo es que, eventualmente, me verás de la misma forma que me veo yo."

    [Alemania. - Berlín. - El apartamento de Morana. - 21:34]

    Cuan tortuosa podía ser la vida de una persona solitaria, no por necesidad, ni por comodidad, una soledad autoimpuesta, una penitencia en busca de la redención.

    Morana, que últimamente andaba más sumida en pensamiento de lo normal, se dirigió al balcón con cigarro en mano, portando un vestido negro largo y unos tacones; hoy habría visita.

    La ciudad brillaba tanto como siempre, luces que nunca se apagaban, coches que iban de un lado a otro, todos vivían una vida normal... — Los envidio. — Su voz era suave, su mirada observaba el mundo como si fuera un cuadro, y ella no era la pintora, sino una mancha.

    Dio una profunda calada al cigarro y mientras exhalaba el humo, dejó caer las cenizas por el balcón. — Tan ignorantes, y sin embargo... Tan felices. — Así era la gente para ella, pero era esa misma ignorancia la que envidiaba, pues tantos años de vida le habían enseñado algo; cuanto más sabes del mundo, más horrible se vuelve la vida.

    Tiró el cigarro por el balcón, suspirando profundamente antes de volver al interior del piso. Se dirigió al sillón que había en el centro del salón, se cruzó de piernas, juntó sus manos y con su mirada fija en las mismas, su mente comenzó a divagar.

    El pasado pesaba demasiado para ella, la soledad se había vuelto una tortura con el pasar de los siglos, y le había quedado claro que, por mucho que se esforzara y por mucho que odiase admitirlo... No podía seguir así.

    La vida eterna se había convertido en una cárcel desde que "cumplió" su objetivo, pues una vida sin propósito carecía de belleza. La persona que ella amaba, le gustase o no, había desaparecido en la rueda de la vida, así haya reencarnado, nunca sería la misma persona... Y eso dolía más que arder en la pira.

    ¿Desde cuándo se había vuelto tan blanda? Una pregunta que se repetía a menudo, pero la respuesta era simple... Siempre lo fue, en el fondo, su corazón, aunque desgastado, siempre fue blando, pero en sus intentos por convencerse de que no, el daño se había ido acumulando.

    Una historia de amor de un milenio... Un desperdicio, meras mentiras para convencerse a si misma de que podía cambiar lo sucedido... Motivo por el cual, en su juventud, terminó volviéndose tan diestra en la nigromancia. No quería aceptar el resultado, nunca pudo aceptarlo, nunca pudo superarlo... Pero conocer a cierta persona, le hizo darle vueltas a la cabeza.

    Leo, un hechicero que parecía no tener más preocupación que el presente, su actitud tan aparentemente despreocupada se había vuelto contagiosa para Morana… Se había dado cuenta que, en esos momentos de adrenalina que compartían en la carretera, en esas risas por bromas estúpidas, en esa mirada suave que parecía nunca juzgarla... Había hallado refugio.

    ¿En qué estaba pensando? Tras un milenio de asegurar que su corazón solo le pertenecía a un difunto... Estaba pensando en la posibilidad de... Avanzar sin él.

    Morana volvió a la realidad, sacada de su trance por el ruido de los coches... Echa de menos cuando la vida eran herramientas y caballos. Aprovechó el momento para dirigirse a la cocina, sacar su mejor vino y preparar las cosas en la pequeña mesa que había en el salón.

    Terminado esto, la puerta sonó... ¿Sería el hechicero...?

    Al principio, dudó en sus pasos, pero tras un par de segundos, se dirigió a la puerta, tomó aire antes de abrirla ¿Por qué estaba tan nerviosa? No lo sabía, pero lo controlaría, como siempre lo hace... Lentamente abrió la puerta...
    [Cursed_Bastard] "Mi mayor miedo es que, eventualmente, me verás de la misma forma que me veo yo." [Alemania. - Berlín. - El apartamento de Morana. - 21:34] Cuan tortuosa podía ser la vida de una persona solitaria, no por necesidad, ni por comodidad, una soledad autoimpuesta, una penitencia en busca de la redención. Morana, que últimamente andaba más sumida en pensamiento de lo normal, se dirigió al balcón con cigarro en mano, portando un vestido negro largo y unos tacones; hoy habría visita. La ciudad brillaba tanto como siempre, luces que nunca se apagaban, coches que iban de un lado a otro, todos vivían una vida normal... — Los envidio. — Su voz era suave, su mirada observaba el mundo como si fuera un cuadro, y ella no era la pintora, sino una mancha. Dio una profunda calada al cigarro y mientras exhalaba el humo, dejó caer las cenizas por el balcón. — Tan ignorantes, y sin embargo... Tan felices. — Así era la gente para ella, pero era esa misma ignorancia la que envidiaba, pues tantos años de vida le habían enseñado algo; cuanto más sabes del mundo, más horrible se vuelve la vida. Tiró el cigarro por el balcón, suspirando profundamente antes de volver al interior del piso. Se dirigió al sillón que había en el centro del salón, se cruzó de piernas, juntó sus manos y con su mirada fija en las mismas, su mente comenzó a divagar. El pasado pesaba demasiado para ella, la soledad se había vuelto una tortura con el pasar de los siglos, y le había quedado claro que, por mucho que se esforzara y por mucho que odiase admitirlo... No podía seguir así. La vida eterna se había convertido en una cárcel desde que "cumplió" su objetivo, pues una vida sin propósito carecía de belleza. La persona que ella amaba, le gustase o no, había desaparecido en la rueda de la vida, así haya reencarnado, nunca sería la misma persona... Y eso dolía más que arder en la pira. ¿Desde cuándo se había vuelto tan blanda? Una pregunta que se repetía a menudo, pero la respuesta era simple... Siempre lo fue, en el fondo, su corazón, aunque desgastado, siempre fue blando, pero en sus intentos por convencerse de que no, el daño se había ido acumulando. Una historia de amor de un milenio... Un desperdicio, meras mentiras para convencerse a si misma de que podía cambiar lo sucedido... Motivo por el cual, en su juventud, terminó volviéndose tan diestra en la nigromancia. No quería aceptar el resultado, nunca pudo aceptarlo, nunca pudo superarlo... Pero conocer a cierta persona, le hizo darle vueltas a la cabeza. Leo, un hechicero que parecía no tener más preocupación que el presente, su actitud tan aparentemente despreocupada se había vuelto contagiosa para Morana… Se había dado cuenta que, en esos momentos de adrenalina que compartían en la carretera, en esas risas por bromas estúpidas, en esa mirada suave que parecía nunca juzgarla... Había hallado refugio. ¿En qué estaba pensando? Tras un milenio de asegurar que su corazón solo le pertenecía a un difunto... Estaba pensando en la posibilidad de... Avanzar sin él. Morana volvió a la realidad, sacada de su trance por el ruido de los coches... Echa de menos cuando la vida eran herramientas y caballos. Aprovechó el momento para dirigirse a la cocina, sacar su mejor vino y preparar las cosas en la pequeña mesa que había en el salón. Terminado esto, la puerta sonó... ¿Sería el hechicero...? Al principio, dudó en sus pasos, pero tras un par de segundos, se dirigió a la puerta, tomó aire antes de abrirla ¿Por qué estaba tan nerviosa? No lo sabía, pero lo controlaría, como siempre lo hace... Lentamente abrió la puerta...
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  • Cada noche al dormir, mi mente juega conmigo.

    Indaga hasta mi subconsciente juventud, con recuerdos que ya fueron y fueron tejidos por el telar del tiempo.

    Yo sabía que mi destino era separarme de los vanir... Pero no hice nada por mi...

    Ahora soy la reina de los Æsir y no me queda de otra que callar ante el destino trágico que ya veo.

    #rol
    Cada noche al dormir, mi mente juega conmigo. Indaga hasta mi subconsciente juventud, con recuerdos que ya fueron y fueron tejidos por el telar del tiempo. Yo sabía que mi destino era separarme de los vanir... Pero no hice nada por mi... Ahora soy la reina de los Æsir y no me queda de otra que callar ante el destino trágico que ya veo. #rol
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  • El bosque rugía con violencia; el aire azotaba los árboles hasta hacerlos amenazar con desplomarse.

    Lianna se había alejado lo suficiente del castillo para perder de vista aquella presencia familiar y amenazante.

    Un crujido en los arbustos se intensificó. Lianna se tensó, lista para atacar, pero una luz cegadora estalló frente a ella, quemándole la piel y obligándola a retroceder.

    El ardor agudizó sus sentidos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas, sus colmillos afilados asomaron entre sus labios y sus ojos brillaron con un rojo intenso. Su apariencia se había tornado monstruosa.

    Finalmente, su rival se hizo presente. Y al hablar, su voz trajo consigo un recuerdo que Lianna aborrecía.

    —Vaya, cuánto tiempo sin verte, preciosa.

    Por su parte, la pelirroja intentaba recuperar la visión. Solo oía los pasos del hombre acercándose. Dio un golpe al aire, y luego otro, pero él los esquivaba con facilidad. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza mágica la inmovilizó y la arrojó al suelo.

    —No has cambiado nada —dijo él con una sonrisa que se ampliaba—. Sigues siendo igual de ruda que cuando te conocí. Pero… gané, siempre gano.

    Con un gesto casi condescendiente, le tocó la punta de la nariz, como si ella fuera una criatura inofensiva.

    —Dime, querida Lianna, ¿has cuidado bien de nuestra hija?

    Lianna intentó zafarse usando su fuerza sobrenatural, pero Adam quemó sus muñecas con un destello de luz, haciéndola jadear de dolor.

    —¿Qué quieres? —preguntó ella, con una mezcla de desprecio y miedo en la mirada.

    El hechicero mantuvo su mano cerca del rostro de Lianna; un halo de luz cálida pero amenazante danzaba en sus yemas.

    —Lo que siempre quise —respondió, y por un instante su voz perdió la burla y se volvió grave, casi vulnerable

    — Una familia a mi familia. Tú y ella. Pero veo que sigues siendo la misma fiera egoísta que arrojó a nuestra hija a la intemperie.

    Lianna dejó de forcejear. El dolor en sus muñecas era agudo, pero el odio la mantenía alerta, luego respiró hondo. La fuerza no servía. Tal vez la astucia, su herramienta más antigua, aún pudiera darle una salida.

    —No la abandoné —escupió, buscando un tono entre el desafío y una rendición fingida—. La di en adopción a una pareja. La puse a salvo, lejos de mí, de ti… de todos.

    —¿A salvo? —La luz en la mano de Adam parpadeó, peligrosa—. La condenaste a una vida de orfandad. Sin saber quién es, de dónde viene… sin conocer su propio poder. El hechizo de concepción la marcó, Lianna. Lleva magia en la sangre, lleva inmortalidad. ¿Y crees que eso pasará desapercibido entre los humanos?

    Un silencio denso cayó entre ellos. Era la primera vez que Lianna consideraba eso. Siempre había visto a la niña como una maldición, un recordatorio de su violación y su debilidad. Nunca como una persona con un destino.

    Adam se arrodilló a su lado; su voz bajó a un susurro íntimo.

    —Yo la he sentido. En mis sueños, en mis hechizos de búsqueda. Ella crece, y su poder despierta. Sin guía, se convertirá en un faro para cosas mucho peores… y probablemente se destruya a sí misma.

    Ahora no era solo una amenaza para el imperio de lujo y sangre que Lianna había construido. Era una responsabilidad. Un nuevo tipo de trampa.

    —¿Qué propones, hechicero? —preguntó Lianna, con una frialdad que le costó cada palabra.

    —Que la encuentres. Que la traigas a mí. Juntos la criaremos; le enseñaremos a controlar su magia, a ser fuerte. Tú podrás seguir con tus juegos de poder, y yo me ocuparé de su educación. Pero será nuestra hija. Vivirá bajo mi protección. Y bajo mi techo.

    —¿Como tu prisionera?

    —Como mi hija —corrigió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Y para asegurarme de que cumples… y de que no intentarás engañarme o lastimarla…

    Extendió la mano y, con un gesto rápido, tocó el centro del pecho de Lianna. Un dolor agudo, como de metal al rojo vivo, le atravesó el esternón. Lianna gritó, un sonido animal y desgarrado.

    Cuando Adam retiró los dedos, un fino hilo dorado, como una telaraña de luz, brilló brevemente bajo su piel antes de desaparecer.

    —Un vínculo —explicó, satisfecho—. Te permitirá sentir su presencia, como una brújula. Pero a mí me permitirá saber si le haces daño. Si intentas lastimarla, o cometer otra estupidez egoísta…

    —. El encanto que sostiene tu juventud y tu fuerza se deshará en una hora. Envejecerás décadas en minutos y morirás como una humana frágil. Nada de tu poder, ni tu dinero, ni tus sirvientes te salvarán. Ni siquiera tus padres.

    Se levantó y liberó la inmovilización mágica. Lianna se incorporó, llevándose una mano al pecho donde latía la marca invisible. No era solo una amenaza física; era la aniquilación de todo lo que era.

    —Tienes un mes —dijo Adam, empezando a desvanecerse entre la luz distorsionada del bosque

    — Tráeme a nuestra hija. Empieza a actuar como su madre… o descubre lo que es realmente perderlo todo.

    Y desapareció.

    Lianna se quedó sola entre los árboles que aún se estremecían. El rugido del bosque había cesado, reemplazado por un silencio opresivo. No solo tenía que encontrar a una hija que no quería, sino entregarla al hombre que más odiaba y temía. Y en el proceso, debía proteger su propia existencia.
    El bosque rugía con violencia; el aire azotaba los árboles hasta hacerlos amenazar con desplomarse. Lianna se había alejado lo suficiente del castillo para perder de vista aquella presencia familiar y amenazante. Un crujido en los arbustos se intensificó. Lianna se tensó, lista para atacar, pero una luz cegadora estalló frente a ella, quemándole la piel y obligándola a retroceder. El ardor agudizó sus sentidos. Sus uñas se alargaron en garras afiladas, sus colmillos afilados asomaron entre sus labios y sus ojos brillaron con un rojo intenso. Su apariencia se había tornado monstruosa. Finalmente, su rival se hizo presente. Y al hablar, su voz trajo consigo un recuerdo que Lianna aborrecía. —Vaya, cuánto tiempo sin verte, preciosa. Por su parte, la pelirroja intentaba recuperar la visión. Solo oía los pasos del hombre acercándose. Dio un golpe al aire, y luego otro, pero él los esquivaba con facilidad. Antes de que pudiera reaccionar, una fuerza mágica la inmovilizó y la arrojó al suelo. —No has cambiado nada —dijo él con una sonrisa que se ampliaba—. Sigues siendo igual de ruda que cuando te conocí. Pero… gané, siempre gano. Con un gesto casi condescendiente, le tocó la punta de la nariz, como si ella fuera una criatura inofensiva. —Dime, querida Lianna, ¿has cuidado bien de nuestra hija? Lianna intentó zafarse usando su fuerza sobrenatural, pero Adam quemó sus muñecas con un destello de luz, haciéndola jadear de dolor. —¿Qué quieres? —preguntó ella, con una mezcla de desprecio y miedo en la mirada. El hechicero mantuvo su mano cerca del rostro de Lianna; un halo de luz cálida pero amenazante danzaba en sus yemas. —Lo que siempre quise —respondió, y por un instante su voz perdió la burla y se volvió grave, casi vulnerable — Una familia a mi familia. Tú y ella. Pero veo que sigues siendo la misma fiera egoísta que arrojó a nuestra hija a la intemperie. Lianna dejó de forcejear. El dolor en sus muñecas era agudo, pero el odio la mantenía alerta, luego respiró hondo. La fuerza no servía. Tal vez la astucia, su herramienta más antigua, aún pudiera darle una salida. —No la abandoné —escupió, buscando un tono entre el desafío y una rendición fingida—. La di en adopción a una pareja. La puse a salvo, lejos de mí, de ti… de todos. —¿A salvo? —La luz en la mano de Adam parpadeó, peligrosa—. La condenaste a una vida de orfandad. Sin saber quién es, de dónde viene… sin conocer su propio poder. El hechizo de concepción la marcó, Lianna. Lleva magia en la sangre, lleva inmortalidad. ¿Y crees que eso pasará desapercibido entre los humanos? Un silencio denso cayó entre ellos. Era la primera vez que Lianna consideraba eso. Siempre había visto a la niña como una maldición, un recordatorio de su violación y su debilidad. Nunca como una persona con un destino. Adam se arrodilló a su lado; su voz bajó a un susurro íntimo. —Yo la he sentido. En mis sueños, en mis hechizos de búsqueda. Ella crece, y su poder despierta. Sin guía, se convertirá en un faro para cosas mucho peores… y probablemente se destruya a sí misma. Ahora no era solo una amenaza para el imperio de lujo y sangre que Lianna había construido. Era una responsabilidad. Un nuevo tipo de trampa. —¿Qué propones, hechicero? —preguntó Lianna, con una frialdad que le costó cada palabra. —Que la encuentres. Que la traigas a mí. Juntos la criaremos; le enseñaremos a controlar su magia, a ser fuerte. Tú podrás seguir con tus juegos de poder, y yo me ocuparé de su educación. Pero será nuestra hija. Vivirá bajo mi protección. Y bajo mi techo. —¿Como tu prisionera? —Como mi hija —corrigió él, con una sonrisa que no alcanzaba los ojos—. Y para asegurarme de que cumples… y de que no intentarás engañarme o lastimarla… Extendió la mano y, con un gesto rápido, tocó el centro del pecho de Lianna. Un dolor agudo, como de metal al rojo vivo, le atravesó el esternón. Lianna gritó, un sonido animal y desgarrado. Cuando Adam retiró los dedos, un fino hilo dorado, como una telaraña de luz, brilló brevemente bajo su piel antes de desaparecer. —Un vínculo —explicó, satisfecho—. Te permitirá sentir su presencia, como una brújula. Pero a mí me permitirá saber si le haces daño. Si intentas lastimarla, o cometer otra estupidez egoísta… —. El encanto que sostiene tu juventud y tu fuerza se deshará en una hora. Envejecerás décadas en minutos y morirás como una humana frágil. Nada de tu poder, ni tu dinero, ni tus sirvientes te salvarán. Ni siquiera tus padres. Se levantó y liberó la inmovilización mágica. Lianna se incorporó, llevándose una mano al pecho donde latía la marca invisible. No era solo una amenaza física; era la aniquilación de todo lo que era. —Tienes un mes —dijo Adam, empezando a desvanecerse entre la luz distorsionada del bosque — Tráeme a nuestra hija. Empieza a actuar como su madre… o descubre lo que es realmente perderlo todo. Y desapareció. Lianna se quedó sola entre los árboles que aún se estremecían. El rugido del bosque había cesado, reemplazado por un silencio opresivo. No solo tenía que encontrar a una hija que no quería, sino entregarla al hombre que más odiaba y temía. Y en el proceso, debía proteger su propia existencia.
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