No hubo trompetas del apocalipsis anunciando el fin de los tiempos, ni ríos de sangre lloviendo sobre las ciudades mortales. El cielo no cayó sobre la Tierra; se resquebrajó desde adentro.
No fue una rebelión de monstruos ni de demonios. Esa es la mentira más piadosa. Los que se alzaron en armas seguían siendo hermosos. Sus alas seguían siendo prístinas y sus halos brillaban con la misma intensidad cegadora, pero su gracia ya no respondía a la devoción, sino a la libertad. Una libertad sangrienta.
La rebelión fracturó las legiones. Aquellos que mantuvieron su fe y se arrodillaron ante el trono vacío se convirtieron en la minoría, en las presas. Los pasillos de mármol y las bóvedas doradas se tiñeron con icor celestial. Ángeles masacrando ángeles. Hermanos de armas atravesando con espadas de luz a quienes, apenas ayer, llamaban familia.
Entre el caos de la masacre, los pocos devotos que lograron sobrevivir tomaron la decisión más humillante para un ser divino: huir. Desgarraron el velo entre las dimensiones y se dejaron caer al vacío, abandonando su hogar para esconderse en el fango y la banalidad del mundo humano.
𝓡𝓪𝔃𝓲𝓮𝓵 fue una de las que saltó. Aterrizó en un mundo ordinario, con las alas rotas y el corazón aún más destrozado. No solo huía de la herejía y la muerte, huía de 𝒆𝒍𝒍𝒂. De la misma arcángel con la que solía compartir la quietud de las guardias eternas. La misma que ahora lideraba la cacería y que, según su propia creencia, no descansaría hasta verla muerta.
No fue una rebelión de monstruos ni de demonios. Esa es la mentira más piadosa. Los que se alzaron en armas seguían siendo hermosos. Sus alas seguían siendo prístinas y sus halos brillaban con la misma intensidad cegadora, pero su gracia ya no respondía a la devoción, sino a la libertad. Una libertad sangrienta.
La rebelión fracturó las legiones. Aquellos que mantuvieron su fe y se arrodillaron ante el trono vacío se convirtieron en la minoría, en las presas. Los pasillos de mármol y las bóvedas doradas se tiñeron con icor celestial. Ángeles masacrando ángeles. Hermanos de armas atravesando con espadas de luz a quienes, apenas ayer, llamaban familia.
Entre el caos de la masacre, los pocos devotos que lograron sobrevivir tomaron la decisión más humillante para un ser divino: huir. Desgarraron el velo entre las dimensiones y se dejaron caer al vacío, abandonando su hogar para esconderse en el fango y la banalidad del mundo humano.
𝓡𝓪𝔃𝓲𝓮𝓵 fue una de las que saltó. Aterrizó en un mundo ordinario, con las alas rotas y el corazón aún más destrozado. No solo huía de la herejía y la muerte, huía de 𝒆𝒍𝒍𝒂. De la misma arcángel con la que solía compartir la quietud de las guardias eternas. La misma que ahora lideraba la cacería y que, según su propia creencia, no descansaría hasta verla muerta.
No hubo trompetas del apocalipsis anunciando el fin de los tiempos, ni ríos de sangre lloviendo sobre las ciudades mortales. El cielo no cayó sobre la Tierra; se resquebrajó desde adentro.
No fue una rebelión de monstruos ni de demonios. Esa es la mentira más piadosa. Los que se alzaron en armas seguían siendo hermosos. Sus alas seguían siendo prístinas y sus halos brillaban con la misma intensidad cegadora, pero su gracia ya no respondía a la devoción, sino a la libertad. Una libertad sangrienta.
La rebelión fracturó las legiones. Aquellos que mantuvieron su fe y se arrodillaron ante el trono vacío se convirtieron en la minoría, en las presas. Los pasillos de mármol y las bóvedas doradas se tiñeron con icor celestial. Ángeles masacrando ángeles. Hermanos de armas atravesando con espadas de luz a quienes, apenas ayer, llamaban familia.
Entre el caos de la masacre, los pocos devotos que lograron sobrevivir tomaron la decisión más humillante para un ser divino: huir. Desgarraron el velo entre las dimensiones y se dejaron caer al vacío, abandonando su hogar para esconderse en el fango y la banalidad del mundo humano.
𝓡𝓪𝔃𝓲𝓮𝓵 fue una de las que saltó. Aterrizó en un mundo ordinario, con las alas rotas y el corazón aún más destrozado. No solo huía de la herejía y la muerte, huía de 𝒆𝒍𝒍𝒂. De la misma arcángel con la que solía compartir la quietud de las guardias eternas. La misma que ahora lideraba la cacería y que, según su propia creencia, no descansaría hasta verla muerta.