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    Me he percatado que el camino a la venganza será una historia muy larga.
    Pienso tomarme unos días de descanso antes de continuar escribiendola.
    Pido disculpas si es mucho texto y eso les aburre.

    User~
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  • —Vale, está decidido. Dejaré mis sueños de poder y venganza atrás —mentira— y estudiaré una carrera. Ahora solo me falta decidir que es lo que quiero hacer el resto de mi existencia. Algo que me deje dinero y no requiera madrugar, ¿sugerencias? (?)
    —Vale, está decidido. Dejaré mis sueños de poder y venganza atrás —mentira— y estudiaré una carrera. Ahora solo me falta decidir que es lo que quiero hacer el resto de mi existencia. Algo que me deje dinero y no requiera madrugar, ¿sugerencias? (?)
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  • "Todo permanece debajo de los restos. Todo se retuerce por debajo de los restos. Cada aberración, cada horror, cada gota de grasa negra que corre por sus corrosivas venas se arrastra debajo de los restos, carcomiendo poco a poco, residuo a residuo. Una amalgama de carne, metal, putrefacción y el óxido palpable es todo lo que nos rodea. Y yo, Crosis, emergeré nuevamente. Gobernando con puño de hierro a cualquier criatura indeseable que desee una oportunidad de venganza."

    *Proclamé con una voz distorsionada y casi 'robótica', el rostro con una notable desfiguración, mientras de los baldíos Grixianos emergen bestialidades inenarrables con trozos de acero, fauces llenas de un líquido negro y tóxico, lanzando alaridos frenéticos ante el inminente regreso del padre de las Aberraciones.*
    "Todo permanece debajo de los restos. Todo se retuerce por debajo de los restos. Cada aberración, cada horror, cada gota de grasa negra que corre por sus corrosivas venas se arrastra debajo de los restos, carcomiendo poco a poco, residuo a residuo. Una amalgama de carne, metal, putrefacción y el óxido palpable es todo lo que nos rodea. Y yo, Crosis, emergeré nuevamente. Gobernando con puño de hierro a cualquier criatura indeseable que desee una oportunidad de venganza." *Proclamé con una voz distorsionada y casi 'robótica', el rostro con una notable desfiguración, mientras de los baldíos Grixianos emergen bestialidades inenarrables con trozos de acero, fauces llenas de un líquido negro y tóxico, lanzando alaridos frenéticos ante el inminente regreso del padre de las Aberraciones.*
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  • —AYUDA¡ LOS PATOS ME RODEAN, ¡QUIEREN COMER MI ALMA!
    *dijo el conejo alienígena mientras una orda de patos asesinos lo rodeaban, emanando sed de sangre*
    —AAAAA¡ CORRE PERRA, CORRE¡-
    *Mort salió corriendo del lugar mientras el ejército de patos lo seguían, esto era la venganza de los patos*
    —AYUDA¡ LOS PATOS ME RODEAN, ¡QUIEREN COMER MI ALMA! *dijo el conejo alienígena mientras una orda de patos asesinos lo rodeaban, emanando sed de sangre* —AAAAA¡ CORRE PERRA, CORRE¡- *Mort salió corriendo del lugar mientras el ejército de patos lo seguían, esto era la venganza de los patos*
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  • Cuentan (aunque nadie se atreve a preguntarle)que hubo un tiempo en que Hakuja no conocía el miedo. La serpiente blanca no albergaba malicia en su corazón; era antigua, sí, pero no cruel, después de todo había visto siglos pasar.

    Aquella noche, la lluvia caía con una insistencia casi dolorosa cuando lo encontró: un humano herido, apenas consciente, abandonado a su suerte; Hakuja no dudó y enroscó su cuerpo alrededor de él, no para aprisionarlo sino para protegerlo del frío, cubríendo su respiración como si fuera un tesoro. Lo cuidó hasta que el humano despertó y sus ojos se encontraron: los de ella, grandes y translúcidos, llenos de una calma imposible; los de él… llenos de intención, porque donde Hakuja veía vida, él vio oportunidad.

    Esperó lo suficiente, paciente en su miseria, hasta que el cansancio venció a la criatura que nunca aprendió a desconfiar, y cuando Hakuja cerró los ojos, el humano mostró lo que realmente era: con manos torpes, movidas por codicia y miedo, desgarró su párpado sin honor ni duelo, solo violencia cruda, y arrancó uno de sus ojos como si fuera un objeto, no parte de un ser que sentía; el bosque entero guardó silencio, con horror.

    Hakuja despertó con un grito que no pertenecía a este mundo… pero no atacó, no lo persiguió, no buscó venganza ni reclamó lo que era suyo; solo lloró, y sus lágrimas, pesadas marcaban la tierra como si el suelo mismo recordara su dolor, porque lo que realmente se rompió no fue su cuerpo sino su creencia: había pensado que si era buena, el mundo lo sería también, y esa idea fue lo que la destruyó por dentro.

    Dicen que sus sollozos viajaron tan lejos que incluso un dios los escuchó, uno cruel, cansado del ruido del mundo; descendió no por compasión, sino por curiosidad, y lo que encontró lo detuvo: una criatura poderosa, rota no por debilidad, sino por haber creído demasiado.

    Sin palabras, el dios se acercó, al tocarla, cerró la herida y devolvió el ojo a su lugar; entonces Hakuja alzó la mirada, y por primera vez en su larga existencia no había fe en ella… solo silencio.

    Desde entonces sigue vagando, noble y gentil pero aun con el dolor de no comprender qué hizo para merecer aquel ataque.
    Cuentan (aunque nadie se atreve a preguntarle)que hubo un tiempo en que Hakuja no conocía el miedo. La serpiente blanca no albergaba malicia en su corazón; era antigua, sí, pero no cruel, después de todo había visto siglos pasar. Aquella noche, la lluvia caía con una insistencia casi dolorosa cuando lo encontró: un humano herido, apenas consciente, abandonado a su suerte; Hakuja no dudó y enroscó su cuerpo alrededor de él, no para aprisionarlo sino para protegerlo del frío, cubríendo su respiración como si fuera un tesoro. Lo cuidó hasta que el humano despertó y sus ojos se encontraron: los de ella, grandes y translúcidos, llenos de una calma imposible; los de él… llenos de intención, porque donde Hakuja veía vida, él vio oportunidad. Esperó lo suficiente, paciente en su miseria, hasta que el cansancio venció a la criatura que nunca aprendió a desconfiar, y cuando Hakuja cerró los ojos, el humano mostró lo que realmente era: con manos torpes, movidas por codicia y miedo, desgarró su párpado sin honor ni duelo, solo violencia cruda, y arrancó uno de sus ojos como si fuera un objeto, no parte de un ser que sentía; el bosque entero guardó silencio, con horror. Hakuja despertó con un grito que no pertenecía a este mundo… pero no atacó, no lo persiguió, no buscó venganza ni reclamó lo que era suyo; solo lloró, y sus lágrimas, pesadas marcaban la tierra como si el suelo mismo recordara su dolor, porque lo que realmente se rompió no fue su cuerpo sino su creencia: había pensado que si era buena, el mundo lo sería también, y esa idea fue lo que la destruyó por dentro. Dicen que sus sollozos viajaron tan lejos que incluso un dios los escuchó, uno cruel, cansado del ruido del mundo; descendió no por compasión, sino por curiosidad, y lo que encontró lo detuvo: una criatura poderosa, rota no por debilidad, sino por haber creído demasiado. Sin palabras, el dios se acercó, al tocarla, cerró la herida y devolvió el ojo a su lugar; entonces Hakuja alzó la mirada, y por primera vez en su larga existencia no había fe en ella… solo silencio. Desde entonces sigue vagando, noble y gentil pero aun con el dolor de no comprender qué hizo para merecer aquel ataque.
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  • El Silencio de los Lazarev
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    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles.

    Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre.
    Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba.
    Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios.
    —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí.
    Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse.
    El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura.
    —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—.
    El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad.
    —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada?
    Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla.
    —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría.
    Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres.
    —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira.
    Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar.
    —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto.
    Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero.

    Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años.
    Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte.
    Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles. Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre. Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba. Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios. —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí. Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse. El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura. —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—. El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad. —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada? Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla. —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría. Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres. —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira. Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar. —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto. Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero. Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años. Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte. Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
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  • Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce, su espalda era un mapa de guerra.

    A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río.

    ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde.

    ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka.
    ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera

    ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti.

    ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla.
    En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra.

    ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba?

    ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka.

    El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra.
    ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos.
    Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda.

    ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio.

    ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza.
    ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro.

    ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa.

    ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo.

    ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue.

    ​Elizabeth apretó el paño con fuerza.

    ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos.

    ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera.

    ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado.

    ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
    Con un movimiento lento y doloroso, se apartó el cabello de los hombros, dejando que cayera hacia un lado para observar su reflejo en el espejo de bronce, su espalda era un mapa de guerra. A las viejas cicatrices blancas, marcas de años de vagar como guerrera, se sumaban ahora las heridas frescas de la última emboscada...El Rey del Norte no había tenido piedad, sus hombres habían entrado por la puerta principal, aprovechando el hueco que ella misma había dejado al enviar a sus mejores escoltas a proteger a un simple aldeano en el río. ​Elizabeth cerró los ojos un segundo, y el sonido de los gritos volvió a su mente. El fuego, el olor a hierro y sangre, y el peso de su espada cortando el aire para forzar una retirada que llegó demasiado tarde. ​Al fondo del reflejo, la penumbra de la habitación revelaba una figura inmóvil sobre su cama, Milenka. ​La arquera, siempre tan ágil y llena de vida, yacía ahora bajo capas de lino manchadas de ungüentos. Elizabeth se giró lentamente, ignorando el pinchazo de sus propias heridas, y caminó hacia ella, se sentó en el borde de la cama, tomando un paño húmedo para limpiar la frente sudorosa de su compañera ✴ ​—Milenka —susurró Elizabeth, su voz apenas un hilo quebrado en el silencio—. Por un balde de agua perdimos a diez hombres. Por mi compasión, casi te pierdo a ti. ​Elizabeth pasó los dedos cerca de la herida vendada de su protegida, sin atreverse a tocarla. En el pueblo, la llamaban la Reina Escarlata, la líder que los sacó de la tiranía, pero en esa habitación, bajo el peso del saqueo y el lamento de las viudas que aún se escuchaba afuera, se sentía solo como una sombra. ✴​ —Sigurd dice que las decisiones no son buenas o malas, sino necesarias —continuó, más para sí misma que para la mujer inconsciente—. Pero Gunnar tiene razón... el Norte no perdona los errores de juicio. ¿Soy realmente una líder, o solo una guerrera que está arrastrando a todos a su propia tumba? ​Una lágrima solitaria recorrió su mejilla, pasando justo por encima de la cicatriz de su ojo derecho, antes de caer sobre su mano curtida. Elizabeth no se la limpió. Se quedó allí, vigilando el pulso débil de Milenka. El silencio de la habitación se rompió con el eco de unas botas pesadas contra la piedra. ​Elizabeth no se giró, sabía a quien pertenecían esos pasos. Siguió con el paño en la mano, recorriendo la frente de Milenka, aunque sintió la mirada del veterano clavada en las heridas abiertas de su propia espalda. ​Gunnar se acercó a la mesa de madera, dejando su hacha con un golpe seco que hizo tintinear los frascos de ungüentos. Su rostro, surcado por mil batallas, estaba inusualmente serio. ​—El pueblo está... de pie —dijo, cruzando sus brazos macizos—. Hemos contado doce bajas civiles. Los graneros del ala este fueron saqueados, se llevaron la mitad de la reserva de grano. Pero los hombres están limpiando la sangre de la entrada. No hay llantos, Elizabeth. Hay silencio. Y el silencio en Brattvåg suele preceder a la sed de venganza. ​Elizabeth bajó la cabeza, su cabello rojo ocultaba su rostro. ✴ ​—Fue mi culpa Gunnar. Desprotegí la puerta por un capricho de compasión. Milenka está ahí por mi culpa. ​Gunnar soltó un bufido de desdén y se acercó dos pasos, obligándola a mirarlo. ​— Escúchame bien. Enviaste escoltas porque este pueblo cree que su vida vale algo bajo tu mando. Si dejas que mueran de sed por miedo al Norte, no eres una líder, eres otra tirana —el veterano señaló hacia la ventana, donde las fogatas de vigilancia ya se encendían—. Cometiste un error de táctica, no de corazón. Ahora, deja de lamerte las heridas y decide qué sigue. ​Elizabeth apretó el paño con fuerza. ✴ ​—¿Qué sugieres? Sigurd dirá que racionemos lo que queda y nos encerremos. ​— Sigurd cuenta granos, yo cuento hachas —replicó Gunnar con una chispa de fuego en los ojos—. Si nos encerramos, el Rey del Norte sabrá que nos ha quebrado, propongo enviar una patrulla de rastreo. No para atacar su fortaleza, sino para recuperar lo que es nuestro... Necesitamos reforzar la puerta principal con empalizadas de piedra, no solo madera. ​Gunnar se quedó esperando, su presencia masiva llenando el hueco que la duda de Elizabeth había dejado. ​—Tú eres la Llama, Elizabeth. Si tú te apagas en esta habitación, el pueblo se congela esta misma noche. ¿Qué órdenes vas a dar?
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  • VINCENT:No puedo hacer esto. Alastor pisoteó mis sentimientos...

    Pero todavía lo amo... Siempre lo amaré.

    Vox:¿Estás dudando? ¿Después de todo lo que te ha hecho?

    Ese dolor solo empeora con cada año que pasa.

    Toma. Esta es un arma forjada con acero angelical.

    Con ella, puedes borrar el alma de un pecador para siempre

    -vincent sostuvo el cuchillo entre sus dedos temblorosos estando a tan solo un paso y una inclinación de matar de una vez por todas al demonio de la radio ya se ganó la confianza de ambos idiotas solo para lograr aquello, su venganza pero después de la convivencia con ellos sus sentimientos se han mezclado entre odio y amor.
    Trago saliva en seco le costaba hacer algo sus sentimientos lo estaban traicionando de nuevo -
    VINCENT:No puedo hacer esto. Alastor pisoteó mis sentimientos... Pero todavía lo amo... Siempre lo amaré. Vox:¿Estás dudando? ¿Después de todo lo que te ha hecho? Ese dolor solo empeora con cada año que pasa. Toma. Esta es un arma forjada con acero angelical. Con ella, puedes borrar el alma de un pecador para siempre -vincent sostuvo el cuchillo entre sus dedos temblorosos estando a tan solo un paso y una inclinación de matar de una vez por todas al demonio de la radio ya se ganó la confianza de ambos idiotas solo para lograr aquello, su venganza pero después de la convivencia con ellos sus sentimientos se han mezclado entre odio y amor. Trago saliva en seco le costaba hacer algo sus sentimientos lo estaban traicionando de nuevo -
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  • —Aprovechare que todos están hablando del 14 de febrero para promocionar mis servicios —se aclara la garganta y pone voz de comercial(?)— ¿Necesitas que alguien 'accidentalmente' se enamore de ti? ¿Te dejaron y quieres recuperar su amor? ¿O quizas quieres que tú ex tenga una mala suerte tan catastrófica que vuelva arrastrandose? ¡Llama a tu vendedora de deseos de confianza! ...Ah, y si no quieres amor, también vendo venganza, dinero, poder... Pregunta sin compromiso, el compromiso viene después —guiño, guiño (?)
    —Aprovechare que todos están hablando del 14 de febrero para promocionar mis servicios —se aclara la garganta y pone voz de comercial(?)— ¿Necesitas que alguien 'accidentalmente' se enamore de ti? ¿Te dejaron y quieres recuperar su amor? ¿O quizas quieres que tú ex tenga una mala suerte tan catastrófica que vuelva arrastrandose? ¡Llama a tu vendedora de deseos de confianza! ...Ah, y si no quieres amor, también vendo venganza, dinero, poder... Pregunta sin compromiso, el compromiso viene después —guiño, guiño (?)
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  • De nuevo la pesadilla.
    Una vez más, no tuvo las mejores de las noches; removiéndose entre sueños su mente volvió a reproducirle aquel fatídico momento. Aquella experiencia tan horrible que se le había grabado a fuego en el alma; inolvidable, aterradora, desgarradora...
    Y es que una vez más allí estaba: en el infierno. Rodeada de gritos, aullidos de dolor y el chocar del metal de las armas al encontrarse en su camino. Frente a ella, un cuerpo tirado, abandonado e ignorado, rodeado de un mar dorado producido por su propia sangre.

    Su corazón dolía al latir, su alma quebrándose en una mitad irrecuperable mientras el aire se iba de sus pulmones. Los sonidos a su alrededor no volviéndose más que ecos en la distancia mientras su cuerpo perdía fuerza, sus piernas parecían haberse vuelto inútiles, como si nunca hubiera aprendido a caminar. Un tropezón y luego otro hasta que por fin pudo ponerse en pie y correr, como si una mano le hubiese empujado en la espalda para impulsarla a ir hacia adelante; un impulso que no le duraría demasiado pues tan solo llegar junto al cuerpo es que toda fuerza acumulada se desvanecería una vez más.

    — No, no, no, no.... —

    Tan solo una súplica inaudible. Un rezo ignorado mientras la vista se volvía borrosa, sus manos temblorosas volteando a ver la identidad del cuerpo caído mientras su corazón acababa por casi detenerse al corroborarlo.

    — Adán... ¡¡Adán!! —

    Más la respuesta nunca llegó. Tan solo una sonrisa cariñosa esbozada mientras veía el dorado de sus ojos, tan brillantes como el sol, desvanecerse hasta volverse un apagado opaco. La luz de su vida desaparecida mientras una mitad de ella se la había llevado al morir.

    — ¡¡Adán!! —

    Repitió pero ya nada hubo, aunque suavemente lo sacudió con la única mano que le quedaba.
    La sonrisa se quedó inmóvil en aquellos labios ajenos, imborrable, pero ya no hubo ningún otro movimiento. Su respiración acelerada y el líquido rodando por su mejillas.

    — ¡ADÁN! —

    Sin embargo, al gritar, se encontró sentándose abruptamente en la cama. A su alrededor solo su habitación.
    Ni un rastro de demonios, del paisaje infernal, ni siquiera de la sangre dorada cubriéndola o el cuerpo que tanto había quebrado su alma. Nada había.
    Con pies temblorosos se levantó de la cama y caminó hasta el ventanal, ya reparado, de su habitación; sólo el paisaje celestial la recibió.
    Observó su brazo izquierdo, dorado y prostetico, con la ausencia de una aureola que ella juraba había tomado entre sus manos para usar de pulsera y un recordatorio constante de una venganza jurada en silencio.

    Su corazón aún latía acelerado y podía sentir el rastro de lágrimas que habían humedecido sus mejillas pero solo la ausencia de la aureola en su mano le trajo paz pues eso significaba que había sido todo un sueño, un mal recuerdo, y en realidad su señor en ese momento, probablemente, ya la estuviera esperando en el campo de entrenamiento como siempre lo hacía.
    Se pasó las manos por las mejillas para limpiarse cualquier mojado rastro de sus lágrimas y se dispuso a prepararse para un nuevo día.

    Adán estaba vivo, tan vivo como ella. Y los demonios igual con sólo un reloj de arena cuyos granos caían lentamente anunciando un inminente final que les aguardaba bajo sus manos.
    Sí, Adán estaría vivo pero no libre de amenaza; no mientras los demonios continuaran con sus tranquilas vidas allí abajo, libres de preocupaciones gracias a las nuevas órdenes de Sera. Pero ese era su error, creer que eran libres de preocupaciones pues no era nada más lejano a la realidad mientras ella siguiera con vida. Tarde o temprano su momento llegaría y sería entonces cuando ella tomaría la oportunidad que se le brindaría bajando a aquel agujero infernal una vez más, exterminando hasta al último demonio que pueda suponer una amenaza a la vida del hombre que ella amaba
    De nuevo la pesadilla. Una vez más, no tuvo las mejores de las noches; removiéndose entre sueños su mente volvió a reproducirle aquel fatídico momento. Aquella experiencia tan horrible que se le había grabado a fuego en el alma; inolvidable, aterradora, desgarradora... Y es que una vez más allí estaba: en el infierno. Rodeada de gritos, aullidos de dolor y el chocar del metal de las armas al encontrarse en su camino. Frente a ella, un cuerpo tirado, abandonado e ignorado, rodeado de un mar dorado producido por su propia sangre. Su corazón dolía al latir, su alma quebrándose en una mitad irrecuperable mientras el aire se iba de sus pulmones. Los sonidos a su alrededor no volviéndose más que ecos en la distancia mientras su cuerpo perdía fuerza, sus piernas parecían haberse vuelto inútiles, como si nunca hubiera aprendido a caminar. Un tropezón y luego otro hasta que por fin pudo ponerse en pie y correr, como si una mano le hubiese empujado en la espalda para impulsarla a ir hacia adelante; un impulso que no le duraría demasiado pues tan solo llegar junto al cuerpo es que toda fuerza acumulada se desvanecería una vez más. — No, no, no, no.... — Tan solo una súplica inaudible. Un rezo ignorado mientras la vista se volvía borrosa, sus manos temblorosas volteando a ver la identidad del cuerpo caído mientras su corazón acababa por casi detenerse al corroborarlo. — Adán... ¡¡Adán!! — Más la respuesta nunca llegó. Tan solo una sonrisa cariñosa esbozada mientras veía el dorado de sus ojos, tan brillantes como el sol, desvanecerse hasta volverse un apagado opaco. La luz de su vida desaparecida mientras una mitad de ella se la había llevado al morir. — ¡¡Adán!! — Repitió pero ya nada hubo, aunque suavemente lo sacudió con la única mano que le quedaba. La sonrisa se quedó inmóvil en aquellos labios ajenos, imborrable, pero ya no hubo ningún otro movimiento. Su respiración acelerada y el líquido rodando por su mejillas. — ¡ADÁN! — Sin embargo, al gritar, se encontró sentándose abruptamente en la cama. A su alrededor solo su habitación. Ni un rastro de demonios, del paisaje infernal, ni siquiera de la sangre dorada cubriéndola o el cuerpo que tanto había quebrado su alma. Nada había. Con pies temblorosos se levantó de la cama y caminó hasta el ventanal, ya reparado, de su habitación; sólo el paisaje celestial la recibió. Observó su brazo izquierdo, dorado y prostetico, con la ausencia de una aureola que ella juraba había tomado entre sus manos para usar de pulsera y un recordatorio constante de una venganza jurada en silencio. Su corazón aún latía acelerado y podía sentir el rastro de lágrimas que habían humedecido sus mejillas pero solo la ausencia de la aureola en su mano le trajo paz pues eso significaba que había sido todo un sueño, un mal recuerdo, y en realidad su señor en ese momento, probablemente, ya la estuviera esperando en el campo de entrenamiento como siempre lo hacía. Se pasó las manos por las mejillas para limpiarse cualquier mojado rastro de sus lágrimas y se dispuso a prepararse para un nuevo día. Adán estaba vivo, tan vivo como ella. Y los demonios igual con sólo un reloj de arena cuyos granos caían lentamente anunciando un inminente final que les aguardaba bajo sus manos. Sí, Adán estaría vivo pero no libre de amenaza; no mientras los demonios continuaran con sus tranquilas vidas allí abajo, libres de preocupaciones gracias a las nuevas órdenes de Sera. Pero ese era su error, creer que eran libres de preocupaciones pues no era nada más lejano a la realidad mientras ella siguiera con vida. Tarde o temprano su momento llegaría y sería entonces cuando ella tomaría la oportunidad que se le brindaría bajando a aquel agujero infernal una vez más, exterminando hasta al último demonio que pueda suponer una amenaza a la vida del hombre que ella amaba
    Me entristece
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