• " Sí, me acabo de hacer una fogata de folletitos inservibles" Jugando con las runas que le acaban de regalar. "¿Con qué ésto puede sellar un pulpo mejor que mantequilla? Oh las ventajas de conocer gente en el lado oscuro del planeta.
    " Sí, me acabo de hacer una fogata de folletitos inservibles" Jugando con las runas que le acaban de regalar. "¿Con qué ésto puede sellar un pulpo mejor que mantequilla? Oh las ventajas de conocer gente en el lado oscuro del planeta.
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  • Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano.

    El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal.

    Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición.

    Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia.

    Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro.

    Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo.

    Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.
    Un día, mientras Skadi vagaba entre las ruinas de un antiguo santuario olvidado por el tiempo, sus ojos se posaron en un objeto que destilaba un brillo sombrío, un relicario sellado con runas olvidadas que cantaban ecos de un poder ancestral. Al rozarlo con sus dedos, una oleada de energía hiriente recorrió su cuerpo, como un susurro profundo que despertaba a las criaturas del océano. El poder de Ægir, señor de las aguas tumultuosas, se deslizó en su mente con la furia de una tormenta desatada, desbordándose en su alma con una fuerza que no podía controlar. Las olas, como voces lejanas y arrogantes, retumbaban en su pecho, arrastrándola inexorablemente hacia la oscuridad abismal. Al principio, el poder parecía un regalo, un aliento divino que la dotaba de fuerza desmesurada, velocidad inhumana y destreza sobrehumana. Skadi se sentía invencible, un torrente de poder que arrasaría con todo a su paso. Pero mientras el poder de Ægir crecía dentro de ella, una extraña fragilidad comenzó a corroer su ser. Las voces del mar, sutiles pero constantes, comenzaron a susurrar en un idioma tan antiguo como el mismo océano, arrastrándola hacia una locura que parecía inevitable, una llamada que la condenaba a la perdición. Skadi, antes firme como una roca, comenzó a desmoronarse por dentro. Sus ojos, que antaño brillaban con la luz de la determinación, se opacaron, vacíos como las profundidades del mar. Cada vez que desenvainaba su espada, sentía como si la oscuridad misma la devorara, tragándola hacia un abismo sin retorno. Sus compañeros, alarmados por su transformación, intentaron detenerla, pero la fuerza de Ægir era tal que ningún mortal podía resistirse a su furia. Una noche, mientras la luna bañaba de plata el horizonte, Skadi cedió a la llamada de las olas. Siguió su canto hipnótico hasta un acantilado solitario, donde la vista del mar embravecido se extendía hasta perderse en el infinito. Allí, en el silencio aterrador, Skadi comprendió la verdad que el poder de Ægir exigía de ella: ser la extensión de las aguas, una criatura sin alma ni conciencia, una sirviente del abismo sin rostro. Pero en el último resplandor de su humanidad, Skadi se rebeló. Con un grito que resonó como el rugir de un trueno, clavó su espada en la tierra, resistiendo con cada fibra de su ser el dulce y oscuro llamado del mar. La lucha entre su voluntad y la fuerza de Ægir alcanzó su punto culminante, una batalla de titanes que retumbó en el mismo corazón del mundo. Con un esfuerzo titánico, Skadi logró sellar parcialmente el poder que la devoraba, pero a un precio irremediable: su alma, ahora marcada para siempre por las profundidades del océano, jamás volvería a ser la misma.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ~El interior del árbol estaba sumido en la total oscuridad. sólo la destellante luz provocaba por el impacto del martillo contra las runas brindaban unos breves instantes de claridad cegadora. Sin embargo, sus ojos no derramaban lágrimas por el brillo del círculo; Las perlas de sus ojos surgían cada vez que miraba la dorada sangre manchando sus brazos desde las manos hasta los codos. Y asimismo golpeaba con más fuerza. Según los martillazos eran dados notaba como su piel, su cuerpo en si, empezaba a romperse, como si fuera una muñeca de porcelana. Pero le daba igual; en ese momento la ira, frustración y tristeza que sentía en ese momento la hacían olvidar, que su cuerpo se fragmentaba. El quería salir, quería reparar el daño que ella estaba haciendo; pero no estaba dispuesta a dejarle aparecer. La bestia intentaba detener sus brazos y alejarla del círculo del Elden, cuál marioneta, más no estaba dispuesta a permitírselo una vez más.

    Un martillazo, otro, otro, todos acompañados de un solemne impacto que resonaba por las paredes con un eco fantasmal.....Hasta que acabó.

    Las runas estaban esparcidas como piezas de un puzzle de oro y santidad; y gran parte de su brazo izquierdo se fragmentó en pedazos, dejando a la vista una oscura sombra. Se arrodilló, agotada y aturdida, mientras parte de su cuerpo empezaba a desprenderse y convertirse en piedra, desde su pierna hasta la cabeza. Involuntariamente, movida por la bestia, sus brazos se abrieron y postrada en el suelo, agachada. finalmente la cabeza, siendo alzada y tomada presa.

    Ya, después de todo lo ocurrido, no le importaba lo que fuera a pasar ahora.
    ~El interior del árbol estaba sumido en la total oscuridad. sólo la destellante luz provocaba por el impacto del martillo contra las runas brindaban unos breves instantes de claridad cegadora. Sin embargo, sus ojos no derramaban lágrimas por el brillo del círculo; Las perlas de sus ojos surgían cada vez que miraba la dorada sangre manchando sus brazos desde las manos hasta los codos. Y asimismo golpeaba con más fuerza. Según los martillazos eran dados notaba como su piel, su cuerpo en si, empezaba a romperse, como si fuera una muñeca de porcelana. Pero le daba igual; en ese momento la ira, frustración y tristeza que sentía en ese momento la hacían olvidar, que su cuerpo se fragmentaba. El quería salir, quería reparar el daño que ella estaba haciendo; pero no estaba dispuesta a dejarle aparecer. La bestia intentaba detener sus brazos y alejarla del círculo del Elden, cuál marioneta, más no estaba dispuesta a permitírselo una vez más. Un martillazo, otro, otro, todos acompañados de un solemne impacto que resonaba por las paredes con un eco fantasmal.....Hasta que acabó. Las runas estaban esparcidas como piezas de un puzzle de oro y santidad; y gran parte de su brazo izquierdo se fragmentó en pedazos, dejando a la vista una oscura sombra. Se arrodilló, agotada y aturdida, mientras parte de su cuerpo empezaba a desprenderse y convertirse en piedra, desde su pierna hasta la cabeza. Involuntariamente, movida por la bestia, sus brazos se abrieron y postrada en el suelo, agachada. finalmente la cabeza, siendo alzada y tomada presa. Ya, después de todo lo ocurrido, no le importaba lo que fuera a pasar ahora.
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  • La máquina de espresso silbaba, alguien sentado a un lado de la ventana reía demasiado fuerte, y en la esquina mas oscura, Svetla, con una sudadera con una capucha negra, observaba a los clientes mientras giraba una cuchara que...¿reflejaba algo que no estaba ahí?

    El lugar olía a vainilla quemada. El cartel detrás del mostrador decía '𝘕𝘰 𝘴𝘦 𝘢𝘤𝘦𝘱𝘵𝘢𝘯 𝘤𝘩𝘦𝘲𝘶𝘦𝘴 𝘯𝘪 𝘢𝘭𝘮𝘢𝘴'. Nadie sabía si era broma. Svetla no bebía su matcha latte, solo movía la cuchara en círculos perfectos, como si estuviera trazando runas en la espuma.

    De repente, un desconocido se sentó frente a ella. Por accidente o por curiosidad.

    — Esa silla está ocupada —dijo ella al sentir su presencia, sin mirarlo, dejando caer un terrón de azúcar en la taza— ...aunque no por alguien que esté vivo, así que supongo que no importa...

    «𝘌𝘭𝘭𝘢 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦. 𝘓𝘢 𝘴𝘪𝘭𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘪𝘴𝘱𝘰𝘯𝘪𝘣𝘭𝘦. 𝘗𝘦𝘳𝘰, ¿𝘵𝘶 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘭𝘪𝘴𝘵𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘰𝘤𝘶𝘱𝘢𝘳𝘭𝘢?» Murmuró el hombre pálido y semitransparente. La voz surgió como un susurro, demasiado cerca del oído del desconocido, pero él no pudo escucharlo, solo sintió la ráfaga de aire helado que rozó su nuca.

    Svetla finalmente alzó la vista. Sus ojos verdes, por un instante, parecieron brillar con un destello demasiado intenso para ser humanos.

    — Relájateee. Solo estoy bromeando...o no —empujó hacia el desconocido una tarjeta de visita negra donde las letras se reorganizaban solas— ¿Vienes por café...o porque soñaste con esta dirección anoche?


    #freerol
    La máquina de espresso silbaba, alguien sentado a un lado de la ventana reía demasiado fuerte, y en la esquina mas oscura, Svetla, con una sudadera con una capucha negra, observaba a los clientes mientras giraba una cuchara que...¿reflejaba algo que no estaba ahí? El lugar olía a vainilla quemada. El cartel detrás del mostrador decía '𝘕𝘰 𝘴𝘦 𝘢𝘤𝘦𝘱𝘵𝘢𝘯 𝘤𝘩𝘦𝘲𝘶𝘦𝘴 𝘯𝘪 𝘢𝘭𝘮𝘢𝘴'. Nadie sabía si era broma. Svetla no bebía su matcha latte, solo movía la cuchara en círculos perfectos, como si estuviera trazando runas en la espuma. De repente, un desconocido se sentó frente a ella. Por accidente o por curiosidad. — Esa silla está ocupada —dijo ella al sentir su presencia, sin mirarlo, dejando caer un terrón de azúcar en la taza— ...aunque no por alguien que esté vivo, así que supongo que no importa... «𝘌𝘭𝘭𝘢 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦. 𝘓𝘢 𝘴𝘪𝘭𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘪𝘴𝘱𝘰𝘯𝘪𝘣𝘭𝘦. 𝘗𝘦𝘳𝘰, ¿𝘵𝘶 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘭𝘪𝘴𝘵𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘰𝘤𝘶𝘱𝘢𝘳𝘭𝘢?» Murmuró el hombre pálido y semitransparente. La voz surgió como un susurro, demasiado cerca del oído del desconocido, pero él no pudo escucharlo, solo sintió la ráfaga de aire helado que rozó su nuca. Svetla finalmente alzó la vista. Sus ojos verdes, por un instante, parecieron brillar con un destello demasiado intenso para ser humanos. — Relájateee. Solo estoy bromeando...o no —empujó hacia el desconocido una tarjeta de visita negra donde las letras se reorganizaban solas— ¿Vienes por café...o porque soñaste con esta dirección anoche? #freerol
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  • La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable.

    El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma.

    — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que...

    — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle.

    El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente

    "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó.

    «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy.

    Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar:

    𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧.

    No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos.

    — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla.

    — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están...

    — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴.

    Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad.

    Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba.

    "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti."

    𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤.

    No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era:

    Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos.

    — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo.

    No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha.

    El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..."

    Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?"

    — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo.

    El mar rió. Y entonces, la escupió.

    La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰.

    A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–.

    «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró.

    Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas.

    En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo.

    "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
    La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable. El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma. — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que... — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle. El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó. «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy. Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar: 𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧. No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos. — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla. — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están... — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴. Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad. Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba. "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti." 𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤. No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era: Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos. — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo. No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha. El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..." Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?" — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo. El mar rió. Y entonces, la escupió. La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰. A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–. «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró. Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas. En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo. "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
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  • Runas, cristales y orbes, la alquimia permite infundir en estos materiales propiedades increíbles, casi mágicas. Y son mi mayor orgullo.

    Para quienes les pueda interesar, me encontraran en mi estudio en la Av. Millicent 83, pregunten por el Alquimista...
    Runas, cristales y orbes, la alquimia permite infundir en estos materiales propiedades increíbles, casi mágicas. Y son mi mayor orgullo. Para quienes les pueda interesar, me encontraran en mi estudio en la Av. Millicent 83, pregunten por el Alquimista...
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  • 𝗦𝗶𝗰𝘂𝘁 𝗹𝘂𝘅 𝗲𝘁 𝘁𝗲𝗻𝗲𝗯𝗿𝗮𝗲
    Categoría Otros
    𝗐𝗂𝗍𝗁: James Delaney

    El olor de la carne era inconfundible, la sangre y el desmembramiento de partes era una de las cosas que desearía haber olvidar de la guerra, mas aun cuando no se conocer ni un poco de su propio futuro dentro de los próximos segundos. Tendida contra el suelo, deseo haber tomado una mejor eleccion, haber pedido ayuda, esperar en casa o simplemente ir mejor preparada para la batalla. Pero nada de eso la preparaba para la extrema antinaturalidad del lugar, con la sangre pesada desde el momento en que su carne toco la ramas o desde que el aire viciado de la neblina extraña comenzó a asfixiarla y confundir sus sentidos, con runas medio hechas que no se podia usar por mas de unos minutos antes de ceder y desvanecerse de la piel.

    El limite de las cosas, así lo queria ver, todo aquello que es invisible parecia superarla con crecer, con una gran particularidad divertida, siendo Clary parte vital del otro lado del velo, una de los muchos que pueden ver, una de las que puede conmbatir y protejer.

    "Esta trayendo seres oscuros entre nosotros, ya nisiquiera sabemos en quien confiar. Amenaza a nuestra especie y al orden, no quiero oír quejas. Por ahora, nos encargaremos nosotros personalmente de garantizar la seguridad del mundo, dejaremos el resto para quedar alerta desde sus respectivos institutos, sobre los brujos... deberán mantenerse en sus casas hasta terminar las investigaciones, cualquiera que se encuentre tan solo a unos metros, será considerado un traidor. No nos obliguen a replantear los acuerdos."

    Esa era la orden, esperar y dejar fluir. Pero para Clary eso era simplemente imposible, ser alguien que se queda quieto mientras tiene las armas suficientes para ayudar a otros y no ser simplemente la receptora de malas noticias llenas de nombres conocidos que desaparecían o simplemente morían en el deber. 'Se que no puedo detenerte, solo... ten cuidado' Prometió a Ragnor quien sabia de antemano que si abría el portal, no habría marcha atrás y comprometeriá, no solo su propia vida, si no la de alguien valioso para su viejo amigo, con opciones reducidas empujo a la menuda peliroja hacia la zona mas cercana, el bien conocido Puente de Overtoun, a solo unos pocos pasos del bosque denominado como
    "La mancha negra de Escocia".

    Con cada paso mas cerca del centro, sus pasos se volvían torpes, su respiracion dificil, su equilibrio entorpecido entre mas se sumergía en el lodoso pantano formado de manera antinatural, magia o alguún tipo de reacción sobrenaatural ante la oscuridad, no podia definirlo ni tenia la mente suficiente para concentrarse. Para la quinta caída decidio que el cuchillo serafín permaneciera mucho mas al frente de su rostro para evitar clavarlo en su propia carne y con la piedra luminosa pegada bien a su cuerpo para defenderse de la oscuridad del bosque y darse un poco de seguridad, no queriendo alejarse de la poca luz que la noche que cubría cada centímetro del area. Para cuando la cabaña se volvió visible ante sus ojos entre la niebla y con la luz apuntandole como si fuera una señal divina, el aire no le entraba con normalidad a los pulmones y sus pies se sentian cansados de tanto caminar, se dio cuenta de que los cuerpos de viejos y jovenes nefilim ya hacian esparcidos por todo el lugar, como en una escena de terror bien escenografiada para dar un escalofrío a quien mirase.
    𝗐𝗂𝗍𝗁: [DevilDelan3y] El olor de la carne era inconfundible, la sangre y el desmembramiento de partes era una de las cosas que desearía haber olvidar de la guerra, mas aun cuando no se conocer ni un poco de su propio futuro dentro de los próximos segundos. Tendida contra el suelo, deseo haber tomado una mejor eleccion, haber pedido ayuda, esperar en casa o simplemente ir mejor preparada para la batalla. Pero nada de eso la preparaba para la extrema antinaturalidad del lugar, con la sangre pesada desde el momento en que su carne toco la ramas o desde que el aire viciado de la neblina extraña comenzó a asfixiarla y confundir sus sentidos, con runas medio hechas que no se podia usar por mas de unos minutos antes de ceder y desvanecerse de la piel. El limite de las cosas, así lo queria ver, todo aquello que es invisible parecia superarla con crecer, con una gran particularidad divertida, siendo Clary parte vital del otro lado del velo, una de los muchos que pueden ver, una de las que puede conmbatir y protejer. "Esta trayendo seres oscuros entre nosotros, ya nisiquiera sabemos en quien confiar. Amenaza a nuestra especie y al orden, no quiero oír quejas. Por ahora, nos encargaremos nosotros personalmente de garantizar la seguridad del mundo, dejaremos el resto para quedar alerta desde sus respectivos institutos, sobre los brujos... deberán mantenerse en sus casas hasta terminar las investigaciones, cualquiera que se encuentre tan solo a unos metros, será considerado un traidor. No nos obliguen a replantear los acuerdos." Esa era la orden, esperar y dejar fluir. Pero para Clary eso era simplemente imposible, ser alguien que se queda quieto mientras tiene las armas suficientes para ayudar a otros y no ser simplemente la receptora de malas noticias llenas de nombres conocidos que desaparecían o simplemente morían en el deber. 'Se que no puedo detenerte, solo... ten cuidado' Prometió a Ragnor quien sabia de antemano que si abría el portal, no habría marcha atrás y comprometeriá, no solo su propia vida, si no la de alguien valioso para su viejo amigo, con opciones reducidas empujo a la menuda peliroja hacia la zona mas cercana, el bien conocido Puente de Overtoun, a solo unos pocos pasos del bosque denominado como "La mancha negra de Escocia". Con cada paso mas cerca del centro, sus pasos se volvían torpes, su respiracion dificil, su equilibrio entorpecido entre mas se sumergía en el lodoso pantano formado de manera antinatural, magia o alguún tipo de reacción sobrenaatural ante la oscuridad, no podia definirlo ni tenia la mente suficiente para concentrarse. Para la quinta caída decidio que el cuchillo serafín permaneciera mucho mas al frente de su rostro para evitar clavarlo en su propia carne y con la piedra luminosa pegada bien a su cuerpo para defenderse de la oscuridad del bosque y darse un poco de seguridad, no queriendo alejarse de la poca luz que la noche que cubría cada centímetro del area. Para cuando la cabaña se volvió visible ante sus ojos entre la niebla y con la luz apuntandole como si fuera una señal divina, el aire no le entraba con normalidad a los pulmones y sus pies se sentian cansados de tanto caminar, se dio cuenta de que los cuerpos de viejos y jovenes nefilim ya hacian esparcidos por todo el lugar, como en una escena de terror bien escenografiada para dar un escalofrío a quien mirase.
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  • Tomó las runas con cuidado, sus dedos rozando las suaves curvas de las piedras marcadas con símbolos ancestrales. Durante un momento, su mirada se posó en estas, deteniéndose en los grabados como si pudieran revelarle algo más profundo, algo que había estado buscando en silencio.

    Sus ojos brillaron brevemente, no con júbilo, sino con una seriedad contemplativa que encajaba con la naturaleza del regalo. Levantó la vista hacia su interlocutora, sus palabras emergiendo con un tono bajo.

    —Un presente que contiene tanto conocimiento como potencial. —Hizo una leve inclinación de cabeza, un gesto que no era común en ella, pero que transmitía un respeto genuino.— Agradezco tu consideración.

    Con un movimiento medido, colocó las runas en un pequeño bolsillo de su capa, asegurándose de que estuvieran a salvo.

    —Es un regalo que no subestimaré, ni por su utilidad ni por el pensamiento detrás de él. —Murmuró, mientras una sombra de algo parecido a gratitud cruzaba por sus ojos.

    〈 Gracias por el regalo, Alexa Selene ♡ ¡Precisamente una cosa que me apasiona! 〉
    Tomó las runas con cuidado, sus dedos rozando las suaves curvas de las piedras marcadas con símbolos ancestrales. Durante un momento, su mirada se posó en estas, deteniéndose en los grabados como si pudieran revelarle algo más profundo, algo que había estado buscando en silencio. Sus ojos brillaron brevemente, no con júbilo, sino con una seriedad contemplativa que encajaba con la naturaleza del regalo. Levantó la vista hacia su interlocutora, sus palabras emergiendo con un tono bajo. —Un presente que contiene tanto conocimiento como potencial. —Hizo una leve inclinación de cabeza, un gesto que no era común en ella, pero que transmitía un respeto genuino.— Agradezco tu consideración. Con un movimiento medido, colocó las runas en un pequeño bolsillo de su capa, asegurándose de que estuvieran a salvo. —Es un regalo que no subestimaré, ni por su utilidad ni por el pensamiento detrás de él. —Murmuró, mientras una sombra de algo parecido a gratitud cruzaba por sus ojos. 〈 Gracias por el regalo, Alexa Selene ♡ ¡Precisamente una cosa que me apasiona! 〉
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  • -la joven diosa , estaba en la antigua biblioteca buscando algunos libros que contenían magia antigua y dibujos de algunas runas la verdad estarían en esos libros -
    -la joven diosa , estaba en la antigua biblioteca buscando algunos libros que contenían magia antigua y dibujos de algunas runas la verdad estarían en esos libros -
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  • 𓂀 𝕄𝕠𝕟𝕠𝕣𝕠𝕝 𓂀

    El lugar parecía detenido en un tiempo que ya nadie recordaba. Columnas caídas yacen dispersas como huesos de un gigante olvidado, cubiertas de un musgo frío que crece sin prisa. La luz de la luna filtraba su pálida claridad a través de los huecos de un techo inexistente, proyectando sombras entre los arcos rotos. El aire estaba impregnado de humedad y un leve olor a tierra vieja, mezclado con el silencio que sólo los lugares abandonados saben guardar.

    En el centro de aquel vacío, permanecía de pie, inmóvil como una estatua, apenas un resplandor oscuro contra el paisaje desolado. Su manto caía sobre ella como una extensión de las sombras mismas, abrazándola y convirtiéndola en parte de la penumbra. En su mano derecha sostenía un medallón antiguo, frío al tacto, sus runas apenas visibles bajo la tenue luz, vibrando suavemente con una energía que ella podía sentir más que ver.

    Sus ojos, que brillaban con la intensidad de brasas vivas, estaban fijos en el horizonte, más allá de las ruinas. Observaba algo que no estaba allí, un punto perdido en la maraña de pensamientos que la mantenían atrapada. Un susurro interno le hablaba, no con palabras, sino con emociones que se enredaban entre la culpa, la determinación y un vacío que nunca terminaba de llenarse.

    Sus dedos trazaron los grabados del medallón, una caricia ausente que buscaba consuelo en lo que ya no podía ofrecerle respuestas. "Equilibrio..." murmuró, apenas un eco de voz que se perdió antes de alcanzar las paredes. La palabra cargaba un peso que resonaba en cada fibra de su ser, como una oración a un dios que no respondería.

    El viento, frío y delicado, sopló entre las ruinas, acariciando su rostro descubierto. Una rareza para ella, dejar a la intemperie los rasgos que casi siempre permanecían ocultos tras la máscara. Aquello no era un acto de confianza, sino de agotamiento. ¿Qué más podía esconder en un lugar donde nadie vendría a mirar?

    Alzó la vista al cielo, donde las estrellas titilaban indiferentes, como ojos eternos que habían visto más de lo que ella jamás podría comprender. Allí, entre las luces del firmamento, se permitió un instante de vulnerabilidad, un pequeño respiro para la tormenta que llevaba dentro. Su mente volvía a las mismas preguntas, las mismas sombras que nunca se apartaban del todo. ¿Había luz suficiente para compensar las penumbras? ¿Había un final en la balanza que pesaba sobre su existencia?

    La brisa murió lentamente, dejando el aire inmóvil una vez más. Y Moiril, con una calma tensa y una mirada cargada de significado, cerró los ojos. La soledad del lugar la envolvía, pero no la asfixiaba. Era familiar, casi un refugio, aunque lleno de cicatrices que ella misma había tallado.

    La quietud era casi tangible, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse para observarla. Con los ojos cerrados, podía sentir la textura del lugar en su piel, la rugosidad del aire cargado de historia y las vibraciones imperceptibles que susurraban secretos de lo que una vez fue. Cada grieta en las piedras parecía murmurar una verdad olvidada, y ella, en su inmovilidad, las escuchaba.

    Su mente, sin embargo, era cualquier cosa menos tranquila. Imágenes dispersas cruzaban su conciencia: rostros que apenas podía recordar, risas que sonaban huecas y gritos que se desvanecían antes de completarse. Fragmentos de un pasado que ella nunca había podido recomponer, como pedazos de un espejo roto donde la luz y la oscuridad se reflejaban indistintas.

    Una lágrima silenciosa comenzó a formarse, deslizando un rastro helado por su mejilla, apenas visible en la penumbra. No era debilidad, ni arrepentimiento; era la manifestación de un peso que no podía ser ignorado. Con un gesto lento, casi ritual, sus dedos buscaron la máscara que descansaba cerca, su superficie fría y lisa como un eco del vacío que llevaba dentro. Se detuvo un instante, mirándola, como si el reflejo distorsionado en el metal pudiera devolverle algo perdido.

    Finalmente, se la colocó con precisión, ajustándola hasta que encajó perfectamente, ocultando su rostro y dejando en su lugar un enigma impenetrable. No era un acto de cobardía, sino una decisión consciente de apartar el dolor de la vista del mundo. La máscara era su escudo, un límite que nadie podía atravesar, una forma de mantenerse intacta en medio de las ruinas que la rodeaban.
    𓂀 𝕄𝕠𝕟𝕠𝕣𝕠𝕝 𓂀 El lugar parecía detenido en un tiempo que ya nadie recordaba. Columnas caídas yacen dispersas como huesos de un gigante olvidado, cubiertas de un musgo frío que crece sin prisa. La luz de la luna filtraba su pálida claridad a través de los huecos de un techo inexistente, proyectando sombras entre los arcos rotos. El aire estaba impregnado de humedad y un leve olor a tierra vieja, mezclado con el silencio que sólo los lugares abandonados saben guardar. En el centro de aquel vacío, permanecía de pie, inmóvil como una estatua, apenas un resplandor oscuro contra el paisaje desolado. Su manto caía sobre ella como una extensión de las sombras mismas, abrazándola y convirtiéndola en parte de la penumbra. En su mano derecha sostenía un medallón antiguo, frío al tacto, sus runas apenas visibles bajo la tenue luz, vibrando suavemente con una energía que ella podía sentir más que ver. Sus ojos, que brillaban con la intensidad de brasas vivas, estaban fijos en el horizonte, más allá de las ruinas. Observaba algo que no estaba allí, un punto perdido en la maraña de pensamientos que la mantenían atrapada. Un susurro interno le hablaba, no con palabras, sino con emociones que se enredaban entre la culpa, la determinación y un vacío que nunca terminaba de llenarse. Sus dedos trazaron los grabados del medallón, una caricia ausente que buscaba consuelo en lo que ya no podía ofrecerle respuestas. "Equilibrio..." murmuró, apenas un eco de voz que se perdió antes de alcanzar las paredes. La palabra cargaba un peso que resonaba en cada fibra de su ser, como una oración a un dios que no respondería. El viento, frío y delicado, sopló entre las ruinas, acariciando su rostro descubierto. Una rareza para ella, dejar a la intemperie los rasgos que casi siempre permanecían ocultos tras la máscara. Aquello no era un acto de confianza, sino de agotamiento. ¿Qué más podía esconder en un lugar donde nadie vendría a mirar? Alzó la vista al cielo, donde las estrellas titilaban indiferentes, como ojos eternos que habían visto más de lo que ella jamás podría comprender. Allí, entre las luces del firmamento, se permitió un instante de vulnerabilidad, un pequeño respiro para la tormenta que llevaba dentro. Su mente volvía a las mismas preguntas, las mismas sombras que nunca se apartaban del todo. ¿Había luz suficiente para compensar las penumbras? ¿Había un final en la balanza que pesaba sobre su existencia? La brisa murió lentamente, dejando el aire inmóvil una vez más. Y Moiril, con una calma tensa y una mirada cargada de significado, cerró los ojos. La soledad del lugar la envolvía, pero no la asfixiaba. Era familiar, casi un refugio, aunque lleno de cicatrices que ella misma había tallado. La quietud era casi tangible, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse para observarla. Con los ojos cerrados, podía sentir la textura del lugar en su piel, la rugosidad del aire cargado de historia y las vibraciones imperceptibles que susurraban secretos de lo que una vez fue. Cada grieta en las piedras parecía murmurar una verdad olvidada, y ella, en su inmovilidad, las escuchaba. Su mente, sin embargo, era cualquier cosa menos tranquila. Imágenes dispersas cruzaban su conciencia: rostros que apenas podía recordar, risas que sonaban huecas y gritos que se desvanecían antes de completarse. Fragmentos de un pasado que ella nunca había podido recomponer, como pedazos de un espejo roto donde la luz y la oscuridad se reflejaban indistintas. Una lágrima silenciosa comenzó a formarse, deslizando un rastro helado por su mejilla, apenas visible en la penumbra. No era debilidad, ni arrepentimiento; era la manifestación de un peso que no podía ser ignorado. Con un gesto lento, casi ritual, sus dedos buscaron la máscara que descansaba cerca, su superficie fría y lisa como un eco del vacío que llevaba dentro. Se detuvo un instante, mirándola, como si el reflejo distorsionado en el metal pudiera devolverle algo perdido. Finalmente, se la colocó con precisión, ajustándola hasta que encajó perfectamente, ocultando su rostro y dejando en su lugar un enigma impenetrable. No era un acto de cobardía, sino una decisión consciente de apartar el dolor de la vista del mundo. La máscara era su escudo, un límite que nadie podía atravesar, una forma de mantenerse intacta en medio de las ruinas que la rodeaban.
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