• † 𝓓𝓮𝓶𝓸𝓷 𝓱𝓾𝓷𝓽𝓮𝓻 †
    Categoría Suspenso
    < Sol, maldito sol. >

    El cielo era un auténtico lienzo azul, apenas unas cuantas nubes intentaban oponerse, pero el azul dominaba, lo que quería decir que el sol se alzaba con una fuerza e intensidad, a la que Catherine no quería enfrentarse. El celular sonó una, dos, tres veces. Tampoco quería responder, pero debía.

    La llamada fue corta, apenas unos segundos para recibir el jodido mensaje. "La entrega será a un par de calles de la Catedral de San Peter, no más allá de las 3am"

    Catherine siempre dictaba las órdenes, pero, ahora tenía que ceder un poco. Si ya se había metido a su patio de juegos favorito en el Vaticano, ahora debía obtener aquello que ella deseaba. Un libro de la biblioteca a la que ni astralmente se podría acceder con tanta facilidad. ¿Lo raro? El precio fue demasiado pequeño, apenas una ridiculez para lo que ella obtendría.

    Le sonaba a trampa. ¿Sabría esa persona que no cualquiera podría eliminar a un híbrido como ella? Las palabras le sabían amargas, pero ese libro era de tanta importancia, como el de darle un nuevo propósito a su maldita eternidad.

    < Espera, maldita espera. >

    Pasaron las horas, no había perdido la costumbre de usar capas cuando salía, pero en medio de esas calles... No dudó en llevar incluso un par de familiares, esos hermosos cuervos que tenía desde que nació. Tan inmortales y demoníacos como la mismísima Catherine.

    Salió, los cuervos le mostraban ciertas áreas, pero no eran suficientes, la noche mostraba sus garras lentamente, no era capaz de concebir el miedo, pero si el fastidio. 2:59 am. Justo dónde se le indicó, pero... ¿No había nadie?
    < Sol, maldito sol. > El cielo era un auténtico lienzo azul, apenas unas cuantas nubes intentaban oponerse, pero el azul dominaba, lo que quería decir que el sol se alzaba con una fuerza e intensidad, a la que Catherine no quería enfrentarse. El celular sonó una, dos, tres veces. Tampoco quería responder, pero debía. La llamada fue corta, apenas unos segundos para recibir el jodido mensaje. "La entrega será a un par de calles de la Catedral de San Peter, no más allá de las 3am" Catherine siempre dictaba las órdenes, pero, ahora tenía que ceder un poco. Si ya se había metido a su patio de juegos favorito en el Vaticano, ahora debía obtener aquello que ella deseaba. Un libro de la biblioteca a la que ni astralmente se podría acceder con tanta facilidad. ¿Lo raro? El precio fue demasiado pequeño, apenas una ridiculez para lo que ella obtendría. Le sonaba a trampa. ¿Sabría esa persona que no cualquiera podría eliminar a un híbrido como ella? Las palabras le sabían amargas, pero ese libro era de tanta importancia, como el de darle un nuevo propósito a su maldita eternidad. < Espera, maldita espera. > Pasaron las horas, no había perdido la costumbre de usar capas cuando salía, pero en medio de esas calles... No dudó en llevar incluso un par de familiares, esos hermosos cuervos que tenía desde que nació. Tan inmortales y demoníacos como la mismísima Catherine. Salió, los cuervos le mostraban ciertas áreas, pero no eran suficientes, la noche mostraba sus garras lentamente, no era capaz de concebir el miedo, pero si el fastidio. 2:59 am. Justo dónde se le indicó, pero... ¿No había nadie?
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  • ✦ Instinto Primario Bajo El Neón ✦
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    La abstinencia era un veneno lento para alguien que, como Viktor, entendía la inmortalidad como un lienzo para el hedonismo. Tras semanas sepultado en la rigidez de los compromisos familiares y la asfixia del Castillo Brașov, había escapado a Miami con una única premisa: despejar la mente de obligaciones y satisfacer las necesidades más primarias que rugían bajo su piel de mármol, y no precisamente de sangre humana.

    Aquella noche, el ambiente de South Beach se sentía extrañamente cómplice. El aire tropical, espeso por la humedad, el olor a sal marina y los perfumes caros, era el escenario perfecto para una caza que iba mucho más allá de una presa indefensa a la que drenar su sangre en un callejón. Viktor buscaba un hombre o una mujer con la suficiente audacia en la mirada como para cruzar el umbral de lo prohibido y entregarse por completo al juego de la carne, un alma dispuesta a saciar y ser saciada en un encuentro donde la dominancia y la sumisión se difuminaran por completo.

    Aigeró el paso bajo la luz de los neones de Ocean Drive, dejando que el ritmo amortiguado de los clubes de lujo guiara sus pasos. Su figura, imponente y vestida con una elegancia impecable que contrastaba con la crudeza de su urgencia interna, destacaba con naturalidad entre la fauna nocturna de la ciudad. Sus ojos verdes océano encendidos por una chispa peligrosa y felina, barrían los rostros de la multitud con una fijeza depredadora.
    No necesitaba forzar a nadie, su magnetismo natural haría el trabajo. Solo le bastaba un destello de complicidad, una respiración alterada o una mirada que sostuviera la suya el tiempo suficiente para saber quién sería la criatura que calmaría el incendio que le quemaba las venas tras un mes de oscuro ayuno.
    La abstinencia era un veneno lento para alguien que, como Viktor, entendía la inmortalidad como un lienzo para el hedonismo. Tras semanas sepultado en la rigidez de los compromisos familiares y la asfixia del Castillo Brașov, había escapado a Miami con una única premisa: despejar la mente de obligaciones y satisfacer las necesidades más primarias que rugían bajo su piel de mármol, y no precisamente de sangre humana. Aquella noche, el ambiente de South Beach se sentía extrañamente cómplice. El aire tropical, espeso por la humedad, el olor a sal marina y los perfumes caros, era el escenario perfecto para una caza que iba mucho más allá de una presa indefensa a la que drenar su sangre en un callejón. Viktor buscaba un hombre o una mujer con la suficiente audacia en la mirada como para cruzar el umbral de lo prohibido y entregarse por completo al juego de la carne, un alma dispuesta a saciar y ser saciada en un encuentro donde la dominancia y la sumisión se difuminaran por completo. Aigeró el paso bajo la luz de los neones de Ocean Drive, dejando que el ritmo amortiguado de los clubes de lujo guiara sus pasos. Su figura, imponente y vestida con una elegancia impecable que contrastaba con la crudeza de su urgencia interna, destacaba con naturalidad entre la fauna nocturna de la ciudad. Sus ojos verdes océano encendidos por una chispa peligrosa y felina, barrían los rostros de la multitud con una fijeza depredadora. No necesitaba forzar a nadie, su magnetismo natural haría el trabajo. Solo le bastaba un destello de complicidad, una respiración alterada o una mirada que sostuviera la suya el tiempo suficiente para saber quién sería la criatura que calmaría el incendio que le quemaba las venas tras un mes de oscuro ayuno.
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    "𝑬𝒍 𝒆𝒄𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒂𝒔𝒄𝒐𝒔"

    Azâziel, en aquellos años en que aún vestía la forma de un joven de mirada intensa y gesto contenido, encontraba en su caballo, ese animal negro, fiero, imposible de someter para otros, el único espejo digno de su propia esencia. Mientras deslizaba sus dedos por la piel húmeda del lomo, podía sentir el pulso ardiente del animal, un latido que no pedía permiso ni buscaba dueño, sino compañía.

    "𝐿𝑜𝑠 ℎ𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒𝑠 𝑙𝑙𝑎𝑚𝑎𝑛 𝑏𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑎 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑟𝑒𝑛𝑑𝑒𝑟. 𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑦𝑜 𝑠é… 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑛 𝑡𝑖 ℎ𝑎𝑏𝑖𝑡𝑎 𝑙𝑎 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑎 ℎ𝑎𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑛 𝑚í: 𝑐𝑜𝑟𝑟𝑒𝑟 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜, 𝑛𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 ℎ𝑢𝑖𝑟, 𝑠𝑖𝑛𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟 𝑒𝑙 ℎ𝑜𝑟𝑖𝑧𝑜𝑛𝑡𝑒. 𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑡𝑒𝑚𝑝𝑒𝑠𝑡𝑎𝑑 𝑐𝑜𝑛 𝑚ú𝑠𝑐𝑢𝑙𝑜𝑠, 𝑠𝑜𝑦 𝑡𝑜𝑟𝑚𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝑝𝑖𝑒𝑙… 𝑗𝑢𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑛𝑜 𝑜𝑏𝑒𝑑𝑒𝑐𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑚á𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑎 𝑙𝑎 𝑓𝑢𝑟𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑛𝑢𝑒𝑠𝑡𝑟𝑎 𝑝𝑟𝑜𝑝𝑖𝑎 𝑒𝑥𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎."

    Aquel solía montar de madrugada, cuando el mundo todavía era un lienzo oscuro. No había público, no había ruido, sólo el golpe seco de los cascos contra la tierra húmeda, el vapor del aliento en el aire helado, y la certeza de que, al menos por esas horas, era libre de toda cadena.

    "𝐷𝑖𝑐𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑎𝑏𝑎𝑙𝑙𝑜 𝑚𝑖𝑑𝑒 𝑒𝑙 𝑎𝑙𝑚𝑎 𝑑𝑒 𝑠𝑢 𝑗𝑖𝑛𝑒𝑡𝑒… 𝑒𝑛𝑡𝑜𝑛𝑐𝑒𝑠, ¿𝑞𝑢é 𝑟𝑒𝑣𝑒𝑙𝑎 𝑒𝑙 𝑡𝑢𝑦𝑜 𝑑𝑒 𝑚í, 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑒𝑟𝑜? 𝑄𝑢𝑖𝑧á 𝑞𝑢𝑒 𝑎ú𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑒𝑟𝑣𝑜 𝑎𝑙𝑔𝑜 𝑖𝑛𝑑𝑜𝑚𝑎𝑏𝑙𝑒, 𝑢𝑛 𝑣𝑒𝑠𝑡𝑖𝑔𝑖𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑓𝑢𝑖 𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑐𝑎𝑒𝑟."
    "𝑬𝒍 𝒆𝒄𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒂𝒔𝒄𝒐𝒔" Azâziel, en aquellos años en que aún vestía la forma de un joven de mirada intensa y gesto contenido, encontraba en su caballo, ese animal negro, fiero, imposible de someter para otros, el único espejo digno de su propia esencia. Mientras deslizaba sus dedos por la piel húmeda del lomo, podía sentir el pulso ardiente del animal, un latido que no pedía permiso ni buscaba dueño, sino compañía. "𝐿𝑜𝑠 ℎ𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒𝑠 𝑙𝑙𝑎𝑚𝑎𝑛 𝑏𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑎 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑟𝑒𝑛𝑑𝑒𝑟. 𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑦𝑜 𝑠é… 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑛 𝑡𝑖 ℎ𝑎𝑏𝑖𝑡𝑎 𝑙𝑎 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑎 ℎ𝑎𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑛 𝑚í: 𝑐𝑜𝑟𝑟𝑒𝑟 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜, 𝑛𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 ℎ𝑢𝑖𝑟, 𝑠𝑖𝑛𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟 𝑒𝑙 ℎ𝑜𝑟𝑖𝑧𝑜𝑛𝑡𝑒. 𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑡𝑒𝑚𝑝𝑒𝑠𝑡𝑎𝑑 𝑐𝑜𝑛 𝑚ú𝑠𝑐𝑢𝑙𝑜𝑠, 𝑠𝑜𝑦 𝑡𝑜𝑟𝑚𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝑝𝑖𝑒𝑙… 𝑗𝑢𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑛𝑜 𝑜𝑏𝑒𝑑𝑒𝑐𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑚á𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑎 𝑙𝑎 𝑓𝑢𝑟𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑛𝑢𝑒𝑠𝑡𝑟𝑎 𝑝𝑟𝑜𝑝𝑖𝑎 𝑒𝑥𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎." Aquel solía montar de madrugada, cuando el mundo todavía era un lienzo oscuro. No había público, no había ruido, sólo el golpe seco de los cascos contra la tierra húmeda, el vapor del aliento en el aire helado, y la certeza de que, al menos por esas horas, era libre de toda cadena. "𝐷𝑖𝑐𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑎𝑏𝑎𝑙𝑙𝑜 𝑚𝑖𝑑𝑒 𝑒𝑙 𝑎𝑙𝑚𝑎 𝑑𝑒 𝑠𝑢 𝑗𝑖𝑛𝑒𝑡𝑒… 𝑒𝑛𝑡𝑜𝑛𝑐𝑒𝑠, ¿𝑞𝑢é 𝑟𝑒𝑣𝑒𝑙𝑎 𝑒𝑙 𝑡𝑢𝑦𝑜 𝑑𝑒 𝑚í, 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑒𝑟𝑜? 𝑄𝑢𝑖𝑧á 𝑞𝑢𝑒 𝑎ú𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑒𝑟𝑣𝑜 𝑎𝑙𝑔𝑜 𝑖𝑛𝑑𝑜𝑚𝑎𝑏𝑙𝑒, 𝑢𝑛 𝑣𝑒𝑠𝑡𝑖𝑔𝑖𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑓𝑢𝑖 𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑐𝑎𝑒𝑟."
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  • Se desploma sobre ese precioso invento, una hamaca, casi de manera automatica cierra los ojos mientras con un suave impulso con su pie derecho antes de tener su cuerpo completamente en el interior del lienzo.

    - Sin duda, uno de los mejores inventos que ha sobrevivido.
    Se desploma sobre ese precioso invento, una hamaca, casi de manera automatica cierra los ojos mientras con un suave impulso con su pie derecho antes de tener su cuerpo completamente en el interior del lienzo. - Sin duda, uno de los mejores inventos que ha sobrevivido.
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    Que lienzo humano más tentador
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  • ¿Puedes sentirlo, verdad?
    Ese persistente dolor en el pecho, como una marea alta que se niega a retroceder.
    No es más que tu tonta necesidad de buscar una conexión en este océano vacío.
    Ese deseo desesperado de pertenecer a alguien... de encallar en un lugar específico.
    De tener un ancla, una prueba irrefutable de que no eres un simple mito flotando en la nada.
    El capricho de dejar tu huella en el lienzo, un trazo que grite: "Estuve aquí. Existí... y fui tuyo"

    ¿Puedes sentirlo, verdad? Ese persistente dolor en el pecho, como una marea alta que se niega a retroceder. No es más que tu tonta necesidad de buscar una conexión en este océano vacío. Ese deseo desesperado de pertenecer a alguien... de encallar en un lugar específico. De tener un ancla, una prueba irrefutable de que no eres un simple mito flotando en la nada. El capricho de dejar tu huella en el lienzo, un trazo que grite: "Estuve aquí. Existí... y fui tuyo"
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  • El llamado de la naturaleza, una de esas noches donde la Luna y el instinto primario coinciden fuera del raciocinio.

    ¿Hace cuánto no era tan libre?. Corriendo por los campos, atormentado iglesias pederastas, devorando al séquito con solo un mordisco.

    Su instinto protector es más poderoso que la codicia, intolerante al grupo creyente que se esconde detrás de un lienzo blanco arrodillándose todos los domingos.

    Ella, es feliz limpiando la suciedad.

    El llamado de la naturaleza, una de esas noches donde la Luna y el instinto primario coinciden fuera del raciocinio. ¿Hace cuánto no era tan libre?. Corriendo por los campos, atormentado iglesias pederastas, devorando al séquito con solo un mordisco. Su instinto protector es más poderoso que la codicia, intolerante al grupo creyente que se esconde detrás de un lienzo blanco arrodillándose todos los domingos. Ella, es feliz limpiando la suciedad.
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  • — Las personas somos como un lienzo en blanco esperando ser convertidos en una hermosa pintura con las experiencias que compartimos junto a otros. Sin eso somos solo una pieza incompleta, desconectada de la realidad que nos rodea. Pero desgraciadamente no todos estamos destinados a convertirnos en una obra de arte digna de estar en una exhibición de museo, la mayoría de nosotros seremos descartados, arrojados a la basura al ser incapaces de alcanzar el nivel de belleza requerido para ser mostrado al mundo como tanto nos gustaría.

    A veces me gusta ponerme a filosofar, divagar en mis pensamientos que siguen siendo un enigma para mí la mayor parte del tiempo, en fin, ¿Te puedo tocar una?
    — Las personas somos como un lienzo en blanco esperando ser convertidos en una hermosa pintura con las experiencias que compartimos junto a otros. Sin eso somos solo una pieza incompleta, desconectada de la realidad que nos rodea. Pero desgraciadamente no todos estamos destinados a convertirnos en una obra de arte digna de estar en una exhibición de museo, la mayoría de nosotros seremos descartados, arrojados a la basura al ser incapaces de alcanzar el nivel de belleza requerido para ser mostrado al mundo como tanto nos gustaría. A veces me gusta ponerme a filosofar, divagar en mis pensamientos que siguen siendo un enigma para mí la mayor parte del tiempo, en fin, ¿Te puedo tocar una?
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    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial.

    A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución.

    A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora.

    Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca.

    — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo —

    La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo.

    — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío—

    El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar.

    — Koldun —

    Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real.

    — Acaba con esto —

    El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden.
    Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
    El pasillo, antes un símbolo de pulcritud institucional, ahora era un lienzo grotesco teñido de rojo. El olor a ozono y sangre fresca llenaba el aire saturado por la luz mortecina de los tubos fluorescentes. Al final del pasillo, Maral Romanov permanecía inmóvil, una figura de negro absoluto cortando la penumbra. Su uniforme táctico, limpio y ajustado, contrastaba violentamente con la carnicería que la rodeaba. Sus ojos carmesí, fríos como el hielo de Siberia, recorrían la escena con una satisfacción glacial. A sus pies, tres hombres yacían esparcidos, sus vidas segadas por la implacable eficiencia de la Bratva. Habían cometido el error fatal de creer que la lealtad se podía negociar, que los secretos de la organización eran mercancía. Peor aún, habían intentado robarle a ella, a la Boss o a la Zarina. En el mundo de Maral, la traición no era un pecado; era una sentencia de muerte. Y ella era la jueza, el jurado y la ejecución. A su izquierda, una presencia inmensa y plateada dominaba el espacio. Koldun, su león albino, era más que una mascota; era la encarnación de su poder, una bestia sagrada vinculada a ella por sangre y magia antigua. Su pelaje blanco como la nieve estaba manchado de carmesí, un testimonio mudo de su propia letalidad. Sus ojos azules, tan gélidos como los de su dueña, vigilaban a los supervivientes con una paciencia depredadora. Maral se giró hacia el único hombre que quedaba en pie, un joven soldado que había sido el último en unirse a la conspiración. Estaba de rodillas, temblando incontrolablemente, su rostro pálido como la cera, sus ojos fijos en la figura de pesadilla que era Koldun. La traición había parecido una buena idea en el momento, una forma rápida de ganar poder y riqueza. Ahora, con la realidad de la muerte respirándole en la nuca, el remordimiento era un sabor amargo en su boca. — No hay segundas oportunidades en la Bratva, pequeño cuervo — La voz de Maral era un susurro que cortaba el silencio como un cuchillo. — Especialmente no para aquellos que intentan robar lo que es mío— El joven intentó hablar, pero el miedo le había robado la voz. Solo pudo emitir un sollozo ahogado, un sonido patético que solo sirvió para aumentar el desdén de Maral. Ella no sentía lástima, ni ira. Solo una resolución fría y calculada. La limpieza era necesaria para mantener la pureza de la organización, para enviar un mensaje que nadie se atrevería a ignorar. — Koldun — Ordenó, su voz suave pero con la fuerza de un decreto real. — Acaba con esto — El león no dudó. Con un rugido que hizo vibrar las paredes, se lanzó hacia adelante, una masa de pelaje y furia. El joven no tuvo tiempo de gritar. El fin fue rápido, limpio y absoluto. Koldun regresó a su lado, lamiendo la sangre de sus garras, sus ojos azules fijos en ella, esperando su próxima orden. Maral observó el cuerpo inerte, la última pieza del rompecabezas de la traición colocada en su lugar. La Bratva estaba limpia. Su poder estaba intacto. Pero la lección de hoy, escrita en sangre y miedo, nunca sería olvidada. Nadie traiciona a la Bratva. Nadie le roba a Maral Romanov. Y vivir para contarlo era un lujo que nadie podía permitirse.
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  • ---

    Y la muerte dejó marcas en mi cuerpo;
    en ese mi claroscuro;
    Y yo que era apenas párvulo, tenía de caballero no más que el ropaje que en esos ayeres portaba;
    augusta angustia;
    de ciénaga lustrosa;

    Sobre mí la vi danzar como un hada; una bruja; una artista;
    Ella era mi dama; mi luciérnaga de los deseos;
    Y me vi tensar en su tiempo merecido, ella muy a la espera de todos mis susurros;
    anheló y depositó un gesto sobre mi frente;
    Y mi ser se vio sumergido entre puentes y ventanas; que no callaban, que no cerraban sus lienzos,
    Si no que en cambio se lanzaban al frenesí del sentir.

    Y entonces conocí sus secretos: que ella ya soñaba conmigo.
    Mucho antes de yo nacer;
    Un clérigo; un caballero;

    Oh, ella tan rara, tan amante, tan demente;
    ella como un río de ideas que no tienen nombre;
    Más que merecer ser del ser amado.
    Más que el corromper el de lo resquebrajado con la añoranza de una Luna;
    ya mecida por vientos; por rebeldía inquieta; pura.
    Ella tan muda al despertar y yo tan liviano al yacer el duermevela.

    Oh, tan raro Amor.
    Tan de llanto esclarecido;
    Soy tan ciego; Señor, yo éste ser de tan indóciles pactos;

    Tendí en mi catre sus ilusiones;
    yo entre la justicia que derramó sobre mí; el candor de una sonrisa que vivía por y para mí;
    me vi si acaso en la misma gloria alucinada; en la que ella me habría buscado;

    Y yo sería la sombra de ese ser amado que entre sus rascacielos de pasión inevitable;
    Como un suspiro que llega tarde;
    Sería la tersa mañana en que la busqué;
    Y ella me envolvió entre sus brazos y me hizo el amor;
    como una doncella de tan frágil templar;

    Oh, ella tan inocente;
    Como un rosa de la tarde; esa mi cruz más dulce,
    bríndame un poco de tus atavíos serenos;
    Y has de este ciego tu más cándido amorío.

    Como un sueño que el angelado fantasma;
    en el que me convertí por su existir;
    Oh, tan caprichoso es el amor; que tiñe de estatuas; sus diseños del errar de los sueños:
    como un llanto de regadíos mansos;
    Y al despertar me despojé de sus heridas;
    y vagué mucho en el tiempo en que los árboles fueron acérrimos dueños; de la Tierra.

    A la muerte más no la vi; quizá vivía en mí como de un sino;
    Entonces armé un rosal; y encendí las lámparas del cielo;
    para que pudiera encontrarme;
    si acaso se habría alejado de mí;
    no lo sabía; estaba desnudo en ese reino de belleza;
    con el rigor mortis en los labios; y el calor que le habría entregado; como un inocente muchacho;
    Ya sin fuerzas;

    Ah, pero aún mi memoria cimbra entre sus hálitos y sus hábitos tan de sinuosa diligencia;
    Entre toda reverencia;
    Mi soberana amante;
    pero en mí; la inmortalidad de sus suspiros.
    --- Y la muerte dejó marcas en mi cuerpo; en ese mi claroscuro; Y yo que era apenas párvulo, tenía de caballero no más que el ropaje que en esos ayeres portaba; augusta angustia; de ciénaga lustrosa; Sobre mí la vi danzar como un hada; una bruja; una artista; Ella era mi dama; mi luciérnaga de los deseos; Y me vi tensar en su tiempo merecido, ella muy a la espera de todos mis susurros; anheló y depositó un gesto sobre mi frente; Y mi ser se vio sumergido entre puentes y ventanas; que no callaban, que no cerraban sus lienzos, Si no que en cambio se lanzaban al frenesí del sentir. Y entonces conocí sus secretos: que ella ya soñaba conmigo. Mucho antes de yo nacer; Un clérigo; un caballero; Oh, ella tan rara, tan amante, tan demente; ella como un río de ideas que no tienen nombre; Más que merecer ser del ser amado. Más que el corromper el de lo resquebrajado con la añoranza de una Luna; ya mecida por vientos; por rebeldía inquieta; pura. Ella tan muda al despertar y yo tan liviano al yacer el duermevela. Oh, tan raro Amor. Tan de llanto esclarecido; Soy tan ciego; Señor, yo éste ser de tan indóciles pactos; Tendí en mi catre sus ilusiones; yo entre la justicia que derramó sobre mí; el candor de una sonrisa que vivía por y para mí; me vi si acaso en la misma gloria alucinada; en la que ella me habría buscado; Y yo sería la sombra de ese ser amado que entre sus rascacielos de pasión inevitable; Como un suspiro que llega tarde; Sería la tersa mañana en que la busqué; Y ella me envolvió entre sus brazos y me hizo el amor; como una doncella de tan frágil templar; Oh, ella tan inocente; Como un rosa de la tarde; esa mi cruz más dulce, bríndame un poco de tus atavíos serenos; Y has de este ciego tu más cándido amorío. Como un sueño que el angelado fantasma; en el que me convertí por su existir; Oh, tan caprichoso es el amor; que tiñe de estatuas; sus diseños del errar de los sueños: como un llanto de regadíos mansos; Y al despertar me despojé de sus heridas; y vagué mucho en el tiempo en que los árboles fueron acérrimos dueños; de la Tierra. A la muerte más no la vi; quizá vivía en mí como de un sino; Entonces armé un rosal; y encendí las lámparas del cielo; para que pudiera encontrarme; si acaso se habría alejado de mí; no lo sabía; estaba desnudo en ese reino de belleza; con el rigor mortis en los labios; y el calor que le habría entregado; como un inocente muchacho; Ya sin fuerzas; Ah, pero aún mi memoria cimbra entre sus hálitos y sus hábitos tan de sinuosa diligencia; Entre toda reverencia; Mi soberana amante; pero en mí; la inmortalidad de sus suspiros.
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