• "The cold never bothered me anyway ♪ ~"

    — Era una ventisca. Una tormenta, de las más frías e implacables, pero el Caballero de Boreas necesitaba llegar a su destino por lo que, aún bajo el rugir del viento y la inclemente temperatura, sólo tomó su mandoble y se disspusos a seguir su camino.

    Con su carácter tan pintoresco incluso pareció cantar, tararear en lo que paso a paso avanzaba, su figura perdiéndose entre la poca visibilidad que el clima permitía. A saber dónde iba. Sólo él lo sabía—.
    "The cold never bothered me anyway ♪ ~" — Era una ventisca. Una tormenta, de las más frías e implacables, pero el Caballero de Boreas necesitaba llegar a su destino por lo que, aún bajo el rugir del viento y la inclemente temperatura, sólo tomó su mandoble y se disspusos a seguir su camino. Con su carácter tan pintoresco incluso pareció cantar, tararear en lo que paso a paso avanzaba, su figura perdiéndose entre la poca visibilidad que el clima permitía. A saber dónde iba. Sólo él lo sabía—.
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  • The Bloody Coffee – The Meet.
    Fandom JJK/Original.
    Categoría Suspenso
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Massachusetts | 13/02/2045.

    ⠀⠀La penumbra del ocaso acechaba cada rincón de la ciudad, azotada por la implacable nieve. Un clima molesto para muchos, pero de gran comodidad para aquel... un hombre complejo, algo distinguido por todos, pero no de buenas maneras, tachado de idealista y de tonto entre tontos, pero siempre con la cabeza en alto por sus metas. Aunque ahora, la única que tenía en mente era buscar descanso en un lugar apartado y tranquilo, los copos de nieve golpeaban los ventanales, dentro del local un claro contraste de temperaturas. Pero no le molestaba, adoraba justamente el invierno por eso.

    ⠀⠀Pidió un americano, fuerte, amargo, como solía gustarle, y algo dulce y sencillo para acompañar; unas croissaint. Algo lejano de su tierra, no había mate o medialunas, pero qué podía hacer, se venía por el turismo al final de cuentas. Las maravillas de la mitología nativo-americana jamás dejaba de sorprenderlo, no se había topado con muchas leyendas de todas maneras. Pero ansiaba hacerlo pronto.
    ⠀⠀Aunque la que hoy tocaría a su puerta no era originaria de allí. Despertando de su trance silencioso, alzó su mirada amatista para vislumbrar a esa mujer, fueron solo unos segundos antes de verla salir a confrontar la implacable tormenta, apenas traía ropa que consideraría uno "abrigada", se levantó rápidamente, dejando el dinero en la mesa.

    ⠀⠀Cuando fue a preguntar, ni la misma dueña había entendido qué acababa de ocurrir, parecía despertando de una siesta muy larga. Vio esta clase de fenómenos con anterioridad, pero nunca uno tan fuerte, parecía una potente hipnosis. Pero esa mujer que traía una melena azabache, tan oscura como la noche... despertó su interés.

    ⠀⠀Y para su suerte, traía consigo una inusual cantidad de energía maldita. Antinatural para un humano, poca para una maldición... Suficiente para seguir un rastro.
    ⠀⠀Podía estar frente a un peligro inigualable, o ante un mito que vale la maldita pena seguir. Aunque claro, el incauto muchacho no sabría el giro de tuerca que le depararía el destino...

    ⠀⠀𝙀𝙧𝙞𝙣
    ⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀⠀Massachusetts | 13/02/2045. ⠀ ⠀⠀La penumbra del ocaso acechaba cada rincón de la ciudad, azotada por la implacable nieve. Un clima molesto para muchos, pero de gran comodidad para aquel... un hombre complejo, algo distinguido por todos, pero no de buenas maneras, tachado de idealista y de tonto entre tontos, pero siempre con la cabeza en alto por sus metas. Aunque ahora, la única que tenía en mente era buscar descanso en un lugar apartado y tranquilo, los copos de nieve golpeaban los ventanales, dentro del local un claro contraste de temperaturas. Pero no le molestaba, adoraba justamente el invierno por eso. ⠀⠀Pidió un americano, fuerte, amargo, como solía gustarle, y algo dulce y sencillo para acompañar; unas croissaint. Algo lejano de su tierra, no había mate o medialunas, pero qué podía hacer, se venía por el turismo al final de cuentas. Las maravillas de la mitología nativo-americana jamás dejaba de sorprenderlo, no se había topado con muchas leyendas de todas maneras. Pero ansiaba hacerlo pronto. ⠀⠀Aunque la que hoy tocaría a su puerta no era originaria de allí. Despertando de su trance silencioso, alzó su mirada amatista para vislumbrar a esa mujer, fueron solo unos segundos antes de verla salir a confrontar la implacable tormenta, apenas traía ropa que consideraría uno "abrigada", se levantó rápidamente, dejando el dinero en la mesa. ⠀⠀Cuando fue a preguntar, ni la misma dueña había entendido qué acababa de ocurrir, parecía despertando de una siesta muy larga. Vio esta clase de fenómenos con anterioridad, pero nunca uno tan fuerte, parecía una potente hipnosis. Pero esa mujer que traía una melena azabache, tan oscura como la noche... despertó su interés. ⠀⠀Y para su suerte, traía consigo una inusual cantidad de energía maldita. Antinatural para un humano, poca para una maldición... Suficiente para seguir un rastro. ⠀⠀Podía estar frente a un peligro inigualable, o ante un mito que vale la maldita pena seguir. Aunque claro, el incauto muchacho no sabría el giro de tuerca que le depararía el destino... ⠀⠀[Black.Rose]
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  • Confutatis Maledictis
    Categoría Suspenso
    "𝘗𝘳𝘦𝘤𝘦𝘴 𝘮𝘦𝘢𝘦 𝘯𝘰𝘯 𝘴𝘶𝘯𝘵 𝘥𝘪𝘨𝘯𝘢𝘦
    𝘚𝘦𝘥 𝘵𝘶 𝘣𝘰𝘯𝘶𝘴 𝘧𝘢𝘤 𝘣𝘦𝘯𝘪𝘨𝘯𝘦,
    𝘕𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘦𝘯𝘯𝘪 𝘤𝘳𝘦𝘮𝘦𝘳 𝘪𝘨𝘯𝘦".

    El recitar de un antiguo cántico encuentra su lugar en un recinto que, en tiempos mejores, fuese hogar de veneración. Sus vitrales, rotos; su altar, demacrado; el crucifijo de caoba, desfigurado a partes iguales por la intención de sus nuevos residentes y el implacable pasar del tiempo.

    Allí, donde lo sacrosanto ha sido reemplazado por lo sacrílego, un ritual toma lugar, uno en el que la sangre vuelve a tomar protagonismo.

    "𝘐𝘯𝘵𝘦𝘳 𝘰𝘷𝘦𝘴 𝘭𝘰𝘤𝘶𝘮 𝘱𝘳𝘢𝘦𝘴𝘵𝘢,
    𝘌𝘵 𝘢𝘣 𝘩𝘢𝘦𝘥𝘪𝘴 𝘮𝘦 𝘴𝘦𝘲𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢,
    𝘚𝘵𝘢𝘵𝘶𝘦𝘯𝘴 𝘪𝘯 𝘱𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢".

    Arrodillado, con las muñecas atadas tras su espalda, su torso desnudo evidenciando los vestigios de la tortura, se encuentra el cordero sacrificial: El ser conocido como "el hijo del Infierno", poseedor de la sangre tóxica.

    Tras él, continuando con el poema, una figura cubierta por una túnica que obstruye la vista a su rostro. Los asistentes al sacrificio, tan silentes como impacientes, de pie frente al espectáculo.

    —Rápido, rápido... —susurra, en una irreverente interrupción que la molestia despierta entre los partícipes del festín. —Me estoy aburriendo. ¿Los vampiros suelen jugar tanto con su comida?
    "𝘗𝘳𝘦𝘤𝘦𝘴 𝘮𝘦𝘢𝘦 𝘯𝘰𝘯 𝘴𝘶𝘯𝘵 𝘥𝘪𝘨𝘯𝘢𝘦 𝘚𝘦𝘥 𝘵𝘶 𝘣𝘰𝘯𝘶𝘴 𝘧𝘢𝘤 𝘣𝘦𝘯𝘪𝘨𝘯𝘦, 𝘕𝘦 𝘱𝘦𝘳𝘦𝘯𝘯𝘪 𝘤𝘳𝘦𝘮𝘦𝘳 𝘪𝘨𝘯𝘦". El recitar de un antiguo cántico encuentra su lugar en un recinto que, en tiempos mejores, fuese hogar de veneración. Sus vitrales, rotos; su altar, demacrado; el crucifijo de caoba, desfigurado a partes iguales por la intención de sus nuevos residentes y el implacable pasar del tiempo. Allí, donde lo sacrosanto ha sido reemplazado por lo sacrílego, un ritual toma lugar, uno en el que la sangre vuelve a tomar protagonismo. "𝘐𝘯𝘵𝘦𝘳 𝘰𝘷𝘦𝘴 𝘭𝘰𝘤𝘶𝘮 𝘱𝘳𝘢𝘦𝘴𝘵𝘢, 𝘌𝘵 𝘢𝘣 𝘩𝘢𝘦𝘥𝘪𝘴 𝘮𝘦 𝘴𝘦𝘲𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢, 𝘚𝘵𝘢𝘵𝘶𝘦𝘯𝘴 𝘪𝘯 𝘱𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢". Arrodillado, con las muñecas atadas tras su espalda, su torso desnudo evidenciando los vestigios de la tortura, se encuentra el cordero sacrificial: El ser conocido como "el hijo del Infierno", poseedor de la sangre tóxica. Tras él, continuando con el poema, una figura cubierta por una túnica que obstruye la vista a su rostro. Los asistentes al sacrificio, tan silentes como impacientes, de pie frente al espectáculo. —Rápido, rápido... —susurra, en una irreverente interrupción que la molestia despierta entre los partícipes del festín. —Me estoy aburriendo. ¿Los vampiros suelen jugar tanto con su comida?
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  • El Entrenamiento Ishtar
    Fandom Clan y Familia Ishtar
    Categoría Ciencia ficción
    —El tatami cruje bajo la presión de dos voluntades enfrentadas.—

    —El Gran Maestro Rex Hiroshi Jaegerjaquez Ishtar permanece erguido, su presencia domina el dojo incluso sin alzar la voz.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    No retrocedas, Sting. El linaje Ishtar no fue forjado para huir… sino para soportar.

    —Con un movimiento seco, Rex desvía la estocada de su hijo; el impacto levanta chispas carmesí que iluminan el recinto.—

    —Sting Byakuren Nura Ishtar aprieta los dientes, el sudor recorre su rostro, pero su mirada no vacila.—

    Sting:
    ¡No pienso caer, padre!

    —Avanza con furia contenida, su arma vibra con energía roja, mezcla de ira, disciplina y orgullo.—

    —Rex sonríe apenas… no con burla, sino con aprobación.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    Bien.
    El dolor es el maestro más honesto.
    Si tu cuerpo tiembla… que tu espíritu se mantenga firme.

    —El Gran Maestro contraataca; cada golpe es preciso, implacable, calculado para empujar a Sting al límite.—

    —Sting retrocede un paso… luego otro… hasta clavar los pies en el suelo.—

    Sting:
    ¡Soy un Ishtar!
    ¡Y no me romperé!

    —La energía de su núcleo estalla; el aire se vuelve pesado, la madera gime.—

    —Rex detiene el golpe final a un suspiro del rostro de su hijo.—

    Silencio.

    —El padre baja el arma.—

    Rex Hiroshi Ishtar:
    Eso que sentiste…
    ese instante en el que decidiste no rendirte…
    ahí nace un verdadero heredero.

    —Apoya una mano firme en el hombro de Sting.—

    Descansa solo un momento.
    Mañana… te llevaré más allá de tus propios límites.

    —El emblema Ishtar parece arder en el aire del dojo.—

    El entrenamiento apenas comienza.
    —El tatami cruje bajo la presión de dos voluntades enfrentadas.— —El Gran Maestro Rex Hiroshi Jaegerjaquez Ishtar permanece erguido, su presencia domina el dojo incluso sin alzar la voz.— Rex Hiroshi Ishtar: No retrocedas, Sting. El linaje Ishtar no fue forjado para huir… sino para soportar. —Con un movimiento seco, Rex desvía la estocada de su hijo; el impacto levanta chispas carmesí que iluminan el recinto.— —Sting Byakuren Nura Ishtar aprieta los dientes, el sudor recorre su rostro, pero su mirada no vacila.— Sting: ¡No pienso caer, padre! —Avanza con furia contenida, su arma vibra con energía roja, mezcla de ira, disciplina y orgullo.— —Rex sonríe apenas… no con burla, sino con aprobación.— Rex Hiroshi Ishtar: Bien. El dolor es el maestro más honesto. Si tu cuerpo tiembla… que tu espíritu se mantenga firme. —El Gran Maestro contraataca; cada golpe es preciso, implacable, calculado para empujar a Sting al límite.— —Sting retrocede un paso… luego otro… hasta clavar los pies en el suelo.— Sting: ¡Soy un Ishtar! ¡Y no me romperé! —La energía de su núcleo estalla; el aire se vuelve pesado, la madera gime.— —Rex detiene el golpe final a un suspiro del rostro de su hijo.— Silencio. —El padre baja el arma.— Rex Hiroshi Ishtar: Eso que sentiste… ese instante en el que decidiste no rendirte… ahí nace un verdadero heredero. —Apoya una mano firme en el hombro de Sting.— Descansa solo un momento. Mañana… te llevaré más allá de tus propios límites. —El emblema Ishtar parece arder en el aire del dojo.— El entrenamiento apenas comienza.
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  • El rugido de los motores llena el desierto del Outer Ring como un trueno rodante. Lighter va al frente, bufanda roja ondeando como bandera de guerra, gafas de sol reflejando el sol implacable.
    Caesar a su derecha, riendo a carcajadas mientras acelera para alcanzarlo, la moto rugiendo como si tuviera vida propia.
    Lucy y Piper detrás, Lucy gritando algo sobre "¡no me dejen atrás, idiotas!" mientras Piper solo sonríe tranquila, el viento revolviéndole el pelo.
    Lighter levanta una mano sin mirar atrás, señalando la ruta que se pierde entre dunas y rocas. Grita por encima del ruido:
    -¡Vamos, Sons! ¡El que llegue último paga la siguiente ronda en el bar de Big Daddy!
    El rugido de los motores llena el desierto del Outer Ring como un trueno rodante. Lighter va al frente, bufanda roja ondeando como bandera de guerra, gafas de sol reflejando el sol implacable. Caesar a su derecha, riendo a carcajadas mientras acelera para alcanzarlo, la moto rugiendo como si tuviera vida propia. Lucy y Piper detrás, Lucy gritando algo sobre "¡no me dejen atrás, idiotas!" mientras Piper solo sonríe tranquila, el viento revolviéndole el pelo. Lighter levanta una mano sin mirar atrás, señalando la ruta que se pierde entre dunas y rocas. Grita por encima del ruido: -¡Vamos, Sons! ¡El que llegue último paga la siguiente ronda en el bar de Big Daddy!
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  • La hija del presidente, Irina, queda bajo la estricta protección de Jacob, un militar y guardaespaldas frío, disciplinado e implacable, al que ella apoda “estatua” por su falta de emociones aparentes. Desde el principio su relación es tensa: Irina ansía libertad y se rebela constantemente, mientras que Jacob, atado por su deber profesional y por el chantaje del presidente —que amenaza con destruir su carrera si algo le ocurre a su hija—, no puede permitirse ceder. Durante más de un año viven un continuo tira y afloja: ella lo manipula para escaparse, él quiere creerla y dejarla vivir, pero siempre termina encontrándola y trayéndola de vuelta.

    Con el tiempo, esa convivencia forzada va transformándose. Empiezan a verse con otros ojos, a respetarse y a comprenderse. Jacob no solo la protege físicamente, sino que también empieza a hacerlo emocionalmente, enfrentándose incluso al cruel y manipulador padre de Irina, aunque eso implique amenazas directas hacia él. Lo que comienza como una obligación se convierte en una relación prohibida, intensa y secreta.

    En Navidad, Jacob consigue que el presidente permita que Irina se vaya unos días con la princesa de Noruega, aunque en realidad ambos se esconden juntos en un barco para vivir su relación lejos de miradas y controles. Sin embargo, la frágil calma se rompe cuando una noticia sacude el mundo: el padre de Irina ha capturado a otro presidente, rompiendo tratados de paz y provocando una grave crisis internacional. La brutalidad de su padre despierta en Irina un profundo miedo y un estado de disociación; su fachada fuerte se quiebra y deja ver el trauma que arrastra desde siempre.

    Ante el peligro real de represalias, secuestros o incluso el inicio de una guerra, Jacob actúa con rapidez y sangre fría. Desconecta dispositivos, evita comunicaciones rastreables y decide trasladarla a un piso franco, donde ambos podrán desaparecer temporalmente y mantenerse a salvo. Allí, aislados del mundo, seguirán juntos sin saber cuánto tiempo durará el encierro, aunque todo apunta a que será más de un mes.

    En medio del caos político y la amenaza constante del padre, Irina se refugia en Jacob, temblando y llorando por el miedo acumulado, por su madre y por el futuro incierto. Él, firme pero protector, se convierte en su único ancla. Lo que empezó como una misión obligatoria termina siendo una convivencia forzada, peligrosa y profundamente íntima, donde ambos descubren que, incluso en medio del miedo y la guerra, su vínculo es lo único real y seguro que les queda.
    La hija del presidente, Irina, queda bajo la estricta protección de Jacob, un militar y guardaespaldas frío, disciplinado e implacable, al que ella apoda “estatua” por su falta de emociones aparentes. Desde el principio su relación es tensa: Irina ansía libertad y se rebela constantemente, mientras que Jacob, atado por su deber profesional y por el chantaje del presidente —que amenaza con destruir su carrera si algo le ocurre a su hija—, no puede permitirse ceder. Durante más de un año viven un continuo tira y afloja: ella lo manipula para escaparse, él quiere creerla y dejarla vivir, pero siempre termina encontrándola y trayéndola de vuelta. Con el tiempo, esa convivencia forzada va transformándose. Empiezan a verse con otros ojos, a respetarse y a comprenderse. Jacob no solo la protege físicamente, sino que también empieza a hacerlo emocionalmente, enfrentándose incluso al cruel y manipulador padre de Irina, aunque eso implique amenazas directas hacia él. Lo que comienza como una obligación se convierte en una relación prohibida, intensa y secreta. En Navidad, Jacob consigue que el presidente permita que Irina se vaya unos días con la princesa de Noruega, aunque en realidad ambos se esconden juntos en un barco para vivir su relación lejos de miradas y controles. Sin embargo, la frágil calma se rompe cuando una noticia sacude el mundo: el padre de Irina ha capturado a otro presidente, rompiendo tratados de paz y provocando una grave crisis internacional. La brutalidad de su padre despierta en Irina un profundo miedo y un estado de disociación; su fachada fuerte se quiebra y deja ver el trauma que arrastra desde siempre. Ante el peligro real de represalias, secuestros o incluso el inicio de una guerra, Jacob actúa con rapidez y sangre fría. Desconecta dispositivos, evita comunicaciones rastreables y decide trasladarla a un piso franco, donde ambos podrán desaparecer temporalmente y mantenerse a salvo. Allí, aislados del mundo, seguirán juntos sin saber cuánto tiempo durará el encierro, aunque todo apunta a que será más de un mes. En medio del caos político y la amenaza constante del padre, Irina se refugia en Jacob, temblando y llorando por el miedo acumulado, por su madre y por el futuro incierto. Él, firme pero protector, se convierte en su único ancla. Lo que empezó como una misión obligatoria termina siendo una convivencia forzada, peligrosa y profundamente íntima, donde ambos descubren que, incluso en medio del miedo y la guerra, su vínculo es lo único real y seguro que les queda.
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  • Bajo el implacable sol del desierto aguardando que nos depara el camino, para variar no tengo que evitar que se maten. Es un buen día.
    "Bueno ya nos divertimos, vamos"

    -Fotografía de un desconocido en el camino-
    Bajo el implacable sol del desierto aguardando que nos depara el camino, para variar no tengo que evitar que se maten. Es un buen día. "Bueno ya nos divertimos, vamos" -Fotografía de un desconocido en el camino-
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  • «Escena cerrada»

    El juicio de los Dioses.

    Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal.

    Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo.

    Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber.

    El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis.

    Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia.

    No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo.

    Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar.

    —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él.

    A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta.

    Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo.

    Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia.

    Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca.

    Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá.

    Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa.

    Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa.

    —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento.

    A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
    «Escena cerrada» El juicio de los Dioses. Todo acto tiene una consecuencia, y Kazuo lo sabía muy bien. Por eso no le sorprendió ser convocado ante los dioses en el Reikai, el mundo de los espíritus, donde kamis y seres sobrenaturales vivían sin tener que esconderse del plano mortal. Kazuo había sido testigo de cómo la demonio Nekomata Reiko borraba las pruebas de su “delito”. Había matado a un humano, un infeliz que, a criterio del propio Kazuo, se lo merecía. La conocía desde semanas atrás, en circunstancias un tanto peculiares. Pero, de alguna forma, dos seres que por naturaleza debían repelerse conectaron de una manera difícil de explicar. Hubo comprensión en el dolor del otro, forjando un pacto silencioso en el que, incluso entre enemigos, existía un respeto mutuo. Pero eso, a ojos de los dioses, era intolerable. A su juicio, la Nekomata había matado por placer, segando una vida humana “indefensa”. Kazuo, como mensajero y ser bendecido por lo celestial, debería haber sido el verdugo de aquel ser corrupto. Sin embargo, buscó —quizá— una “excusa conveniente” para no cumplir con lo que debía ser su deber. El zorro tenía sus propias reglas, sus convicciones y su moral. A veces, aquellas ideas no encajaban con las estrictas normas del plano ancestral. Era un ser de más de mil doscientos años que había vivido brutalidades en las que ni su madre, Inari, pudo protegerlo siempre; un dios debe velar por un bien general, no puede estar observando eternamente a un único ser. Por ese libre albedrío Kazuo era conocido en aquel reino como el “Mensajero Problemático”, el hijo predilecto de Inari. Nadie entendía por qué los dioses eran tan permisivos con él, por qué su madre miraba hacia otro lado cuando actuaba por su cuenta. Era como si la diosa confiara ciegamente en su criterio, aunque este fuese en contra de los demás kamis. Kazuo era respetado en aquel reino por la mayoría de criaturas sobrenaturales; sin embargo, entre los seres de rango superior, era temido y respetado a partes iguales. Fue por esa “popularidad” que todos acudieron al llamado: al juicio en el que Kazuo sería sometido a sentencia. No ofreció resistencia, aun así fue apresado con cadenas doradas, unas de las que ningún ser celestial —ni siquiera los dioses— sería capaz de escapar. Se arrodilló con esa calma y templanza que tanto lo caracterizaban, la mirada fija en los dioses que lo habían convocado sin titubear, mostrando el orgullo inherente a él. Inari era la única en contra de aquel espectáculo; por su cercanía con el acusado no se le permitió participar en aquel teatro. Porque eso era: un teatro. No un juicio, sino un paripé para justificar el castigo. Una voz recitó en alto los cargos en su contra. Como kitsune del más alto rango, había hecho la “vista gorda” ante un crimen que debía haber sido ajusticiado con la muerte de la Nekomata. Le otorgaron el don de la palabra. Pensó en no decir nada, pero tras unos largos segundos decidió hablar. —No pediré perdón. Soy consciente de mis actos y, a mi juicio, el ojo por ojo fue justificación suficiente. No saldrá clemencia de mis labios, porque aunque aquí termine mi camino, lo haré en paz, siendo fiel a mis convicciones. Y si salgo de esta, estaré dispuesto a afrontar cuantos juicios vengan detrás de este, si creen que debo ser sometido a ellos —habló con esa seguridad tan propia de él. A pesar de estar de rodillas y encadenado como el perro en que querían convertirlo, su aura y convicción mantenían su dignidad intacta. Pero, pese a aquellas palabras, la sentencia fue firme: latigazos hasta que se arrepintiera. Kazuo no agachó la cabeza; mantuvo la mirada fija, y sus ojos color zafiro centellearon con ese orgullo inquebrantable. Un látigo dorado cayó con fuerza sobre su espalda en cada brazada. Aquel látigo estaba bendecido igual que las cadenas, lo que significaba que las heridas no podrían curarse con su poder de regeneración ni con ningún otro. Aquellas cicatrices tardarían meses en desaparecer, si es que sobrevivía al castigo. Inari sollozaba con cada golpe en la espalda de su amado hijo, y los sonidos de estremecimiento del público se mezclaban con el chasquido del látigo. Kazuo no gritó, no lloró, no suplicó. Se mantuvo entero, incluso cuando sus ropas se desgarraron tras cada impacto. La sangre brotaba, su piel lacerada hasta el músculo. Cada latigazo hacía tensar su cuerpo, apretando los dientes para que ni un solo gemido escapara de sus labios sellados. La sangre salió también de su boca: no solo su espalda estaba siendo castigada, sino también el interior de su cuerpo, sacudido con violencia. Aquello duró un día… dos… tres. El único momento de descanso era el cambio de verdugo, unos minutos para recobrar el aliento. Kazuo era obstinado: jamás cedería, aunque le costara la vida. En sus momentos de flaqueza solo podía pensar en una cosa: ¿qué estaría haciendo Melina? ¿Lo estaría esperando? Seguro estaba enfadada, creyendo que había escapado al bosque. Estaría preparando su discurso para darle un merecido sermón. No había tenido tiempo de avisarla, de decirle que esa noche no llegaría a casa… o que tal vez no lo haría nunca. Al tercer día, los ánimos de los espíritus del reino estaban caldeados. Ya no eran murmuros: eran gritos, reproches y súplicas de clemencia. La misma que Kazuo se negaba a pedir. La presión que los jueces recibían era asfixiante. A Inari no le quedaban lágrimas; pedía perdón en nombre de su hijo, rogando a los kamis mayores que pusieran fin a aquella barbarie. El castigo había sido ejemplar. Demasiado, quizá. Finalmente, tras tres días de sentencia implacable, los latigazos cesaron. Las cadenas se aflojaron y se deshicieron como arena dorada, llevadas por la primera brisa. Kazuo, aún de rodillas, se tambaleaba. Inari corrió por fin hacia él y se arrodilló a su lado. Él intentó enfocar su mirada y, solo cuando la reconoció, se dejó vencer por el cansancio y el dolor. Cayó como peso muerto sobre el regazo de su diosa. —Lo siento… Necesito ir… a casa —fue lo único que alcanzó a decir, con un hilo de voz tras tres días de tormento. A la única a quien Kazuo guardaba el máximo respeto era a su diosa; a aquella que lo había “bendecido” al nacer. Era instintivo, imposible de ignorar. Solo quería volver a casa, a su templo, junto a ella.
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  • «Wenkamuy».

    Cuando un animal le quita la vida a una persona, los Ainu creen que se transforma en algo distinto, algo monstruoso. Tras perder su miedo y respeto por la humanidad, su espíritu muta al de un dios iracundo y violento, uno que busca castigarnos por nuestra altanería, recordarnos nuestro sitio.

    Recordarnos que la naturaleza es implacable, cruel, despiadada. Que los seres humanos no están por encima, sino que son parte de ella, algo que suelen olvidar con mucha frecuencia.
    «Wenkamuy». Cuando un animal le quita la vida a una persona, los Ainu creen que se transforma en algo distinto, algo monstruoso. Tras perder su miedo y respeto por la humanidad, su espíritu muta al de un dios iracundo y violento, uno que busca castigarnos por nuestra altanería, recordarnos nuestro sitio. Recordarnos que la naturaleza es implacable, cruel, despiadada. Que los seres humanos no están por encima, sino que son parte de ella, algo que suelen olvidar con mucha frecuencia.
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  • "𝚆𝙴'𝙻𝙻 𝙴𝙽𝙳 𝚃𝙷𝙸𝚂..."
    Fandom 𝗧𝗵𝗲 𝗪𝗮𝗹𝗸𝗶𝗻𝗴 𝗗𝗲𝗮𝗱: 𝗗𝗲𝗮𝗱 𝗖𝗶𝘁𝘆
    Categoría Drama

    ㅤㅤㅤㅤ ...𝚃𝙾𝙶𝙴𝚃𝙷𝙴𝚁
    ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑
    ㅤㅤㅤㅤ˹ Negan Smith



    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ¿Cuántos años llevaba deseando aquello? ¿Cuántos días había pasado en vela imaginando cómo mataría a aquel hombre? ¿De cuántas maneras se había imaginado su final? Demasiadas. En sus sueños regresaba a aquella tarde en el valle del molino, allí donde Rick pedía a Siddiq que curase a Negan de aquella fea herida en la garganta. Solo que en aquellas imágenes salidas de su anhelo y su dolor, Negan se desangraba sobre el césped sin nadie que se apiadara. En otras versiones más terribles y oscuras era ella quien sujetaba el bate y veía su cráneo partirse. Y sonreía. O sujetaba el cuchillo. O la pistola… Daba igual el arma, Negan siempre agonizaba en un charco de su propia sangre. Era la imagen que la había mantenido con vida los últimos quince años.

    Se había convencido de que una vez matara a Negan todo iría bien, pero… aquel segundo viaje a Manhattan, aquella conversación con Hershel le hizo saber que no era así, que no sería así… Había abierto una herida muy grande entre si misma y su hijo. Y no se cerraría fácilmente, tal vez nunca.

    Hershel le había pedido que matara a Negan, a pesar de todo. Lo olvidarían todo, volverían a casa. Se acabó.

    Así que eso es lo que hizo, porque Glenn necesitaba paz, porque Hershel necesitaba paz. Porque ella misma necesitaba paz. Negan les había quitado demasiado con aquel bate. Y ahora… era ella quien sujetaba el cuchillo, ese que usó para hundirlo en las costillas del mayor cuando este siquiera se dio cuenta.

    El gemido de dolor de Negan se clavó en cada una de sus terminaciones nerviosas. Y se apegó a ella cuando fue Maggie quien sujetó aquella nueva versión de Lucille. Lo siguió de forma implacable mientras se arrastraba por el suelo con la férrea intención de terminar con su vida, hasta…

    Hasta que vio el dolor en el rostro de Negan al contemplar el caminante en que Ginny se había transformado. No supo exactamente porqué, pero aquello… removió demasiadas cosas dentro de ella. Y entonces se dio cuenta de que realmente no sería capaz de matarle. Porque matar a Negan no le devolvería a Glenn. Porque matar a Negan no le ayudaría a dormir. Porque esa persona ya no era el Negan que había matado a su marido. Y le seguía odiando por seguir con vida. Pero no lo suficiente para arrebatársela.

    Porque ahora Negan era su única oportunidad de salir con vida de aquella puñetera isla. No sabía cómo lo harían ni cuanto les costaría, pero habían llegado allí juntos la primera vez. Y se irían juntos. Costara lo que costara.

    -No tenemos antibióticos -dijo Armstrong aquella tarde. Maggie y él se habían apartado a unos metros mientras Negan descansaba en el sofá- Le subirá la fiebre, Maggie…

    Maggie echó una mirada al hombre en el sofá. Un sofá exageradamente pequeño para alguien tan alto. La sangre todavía manchaba su camisa negra a pesar de que habían conseguido mantener la hemorragia, pero si no encontraban antibióticos la infección lo mataría.

    -Tienes que decidir -continuó su segundo compañero de aventuras en toda aquella locura- O le dejas aquí para que muera y buscamos la forma de escapar sin él o… buscamos lo que necesita y salvamos su vida.

    En ese sofá reposaba, entre décimas de fiebre que subían por minutos, el hombre que había matado a Glenn, a Abraham, que había esclavizado a sus amigos, el hombre que había ayudado a Alpha a arrasar Hilltop… Pero, al mismo tiempo, era el hombre que había protegido a Hershel, el mismo hombre que había salvado la vida de Aaron y Gabriel, el mismo hombre que había detenido a Alpha… Puta escala de grises. Sería demasiado fácil dejarlo allí. Pero… no podía.

    Observó su ceño fruncido y el modo en que el convaleciente superviviente se llevaba la mano al costado, allí donde ella le había apuñalado. Había sido el monstruo que había poblado sus pesadillas y, sin embargo… era humano. Tan humano como cualquiera.

    -No -sentenció Maggie. Luego desvió su mirada de nuevo hacia Armstrong- No morirá aquí -inspiró de forma profunda- Vamos a buscarle antibióticos y vamos a salvarle la vida…

    Armstrong asintió y Maggie se apartó de él para acercarse a Negan. Llegó hasta él y se acuclilló delante del sofá mientras se recolocaba un mechón de cabello tras la oreja.

    -Negan…- lo llamó suavemente y después colocó una mano en su frente. Estaba empezando a subirle la fiebre- Negan…- repitió y cuando él abrió los ojos ella curvó una fugaz sonrisa- Tenemos que irnos, ¿de acuerdo? Vamos a buscarte antibióticos y puede que una camisa nueva -bromeó- Te ayudaré a levantarte…



    #Personajes3D #3D #Comunidad3D #NuevoStarter
    ㅤ ㅤㅤㅤㅤ ...𝚃𝙾𝙶𝙴𝚃𝙷𝙴𝚁 ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑 ㅤㅤㅤㅤ˹ [Here.Is.Negan] ㅤ ㅤ ㅤ ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ¿Cuántos años llevaba deseando aquello? ¿Cuántos días había pasado en vela imaginando cómo mataría a aquel hombre? ¿De cuántas maneras se había imaginado su final? Demasiadas. En sus sueños regresaba a aquella tarde en el valle del molino, allí donde Rick pedía a Siddiq que curase a Negan de aquella fea herida en la garganta. Solo que en aquellas imágenes salidas de su anhelo y su dolor, Negan se desangraba sobre el césped sin nadie que se apiadara. En otras versiones más terribles y oscuras era ella quien sujetaba el bate y veía su cráneo partirse. Y sonreía. O sujetaba el cuchillo. O la pistola… Daba igual el arma, Negan siempre agonizaba en un charco de su propia sangre. Era la imagen que la había mantenido con vida los últimos quince años. Se había convencido de que una vez matara a Negan todo iría bien, pero… aquel segundo viaje a Manhattan, aquella conversación con Hershel le hizo saber que no era así, que no sería así… Había abierto una herida muy grande entre si misma y su hijo. Y no se cerraría fácilmente, tal vez nunca. Hershel le había pedido que matara a Negan, a pesar de todo. Lo olvidarían todo, volverían a casa. Se acabó. Así que eso es lo que hizo, porque Glenn necesitaba paz, porque Hershel necesitaba paz. Porque ella misma necesitaba paz. Negan les había quitado demasiado con aquel bate. Y ahora… era ella quien sujetaba el cuchillo, ese que usó para hundirlo en las costillas del mayor cuando este siquiera se dio cuenta. El gemido de dolor de Negan se clavó en cada una de sus terminaciones nerviosas. Y se apegó a ella cuando fue Maggie quien sujetó aquella nueva versión de Lucille. Lo siguió de forma implacable mientras se arrastraba por el suelo con la férrea intención de terminar con su vida, hasta… Hasta que vio el dolor en el rostro de Negan al contemplar el caminante en que Ginny se había transformado. No supo exactamente porqué, pero aquello… removió demasiadas cosas dentro de ella. Y entonces se dio cuenta de que realmente no sería capaz de matarle. Porque matar a Negan no le devolvería a Glenn. Porque matar a Negan no le ayudaría a dormir. Porque esa persona ya no era el Negan que había matado a su marido. Y le seguía odiando por seguir con vida. Pero no lo suficiente para arrebatársela. Porque ahora Negan era su única oportunidad de salir con vida de aquella puñetera isla. No sabía cómo lo harían ni cuanto les costaría, pero habían llegado allí juntos la primera vez. Y se irían juntos. Costara lo que costara. -No tenemos antibióticos -dijo Armstrong aquella tarde. Maggie y él se habían apartado a unos metros mientras Negan descansaba en el sofá- Le subirá la fiebre, Maggie… Maggie echó una mirada al hombre en el sofá. Un sofá exageradamente pequeño para alguien tan alto. La sangre todavía manchaba su camisa negra a pesar de que habían conseguido mantener la hemorragia, pero si no encontraban antibióticos la infección lo mataría. -Tienes que decidir -continuó su segundo compañero de aventuras en toda aquella locura- O le dejas aquí para que muera y buscamos la forma de escapar sin él o… buscamos lo que necesita y salvamos su vida. En ese sofá reposaba, entre décimas de fiebre que subían por minutos, el hombre que había matado a Glenn, a Abraham, que había esclavizado a sus amigos, el hombre que había ayudado a Alpha a arrasar Hilltop… Pero, al mismo tiempo, era el hombre que había protegido a Hershel, el mismo hombre que había salvado la vida de Aaron y Gabriel, el mismo hombre que había detenido a Alpha… Puta escala de grises. Sería demasiado fácil dejarlo allí. Pero… no podía. Observó su ceño fruncido y el modo en que el convaleciente superviviente se llevaba la mano al costado, allí donde ella le había apuñalado. Había sido el monstruo que había poblado sus pesadillas y, sin embargo… era humano. Tan humano como cualquiera. -No -sentenció Maggie. Luego desvió su mirada de nuevo hacia Armstrong- No morirá aquí -inspiró de forma profunda- Vamos a buscarle antibióticos y vamos a salvarle la vida… Armstrong asintió y Maggie se apartó de él para acercarse a Negan. Llegó hasta él y se acuclilló delante del sofá mientras se recolocaba un mechón de cabello tras la oreja. -Negan…- lo llamó suavemente y después colocó una mano en su frente. Estaba empezando a subirle la fiebre- Negan…- repitió y cuando él abrió los ojos ella curvó una fugaz sonrisa- Tenemos que irnos, ¿de acuerdo? Vamos a buscarte antibióticos y puede que una camisa nueva -bromeó- Te ayudaré a levantarte… #Personajes3D #3D #Comunidad3D #NuevoStarter
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