• El sol resplandecía como si estuviera presumiendo su derecho a brillar, la suave brisa corría entre los techos y los callejones de la ciudad de la libertad.

    El olor a pan recién orneado anunciaba las primeras tandas de desayunos junto con el dulce y carbonizado aroma de la carne a la miel del Gran Cazador, los guardias del turno de la noche pasaban al restaurante a comer antes de ir a la sede a dar reporte y terminar turno, el eco de los feroces y precisos golpeteos del martillo de wagner contra el yunke resonaban a distancia, parecía una día animado y tranquilo como siempre, hasta que...

    -¡Woo hoo!

    Se escuchó un grito de adrenalina, acompañado del potente rugido de una maquinaria muy poco común en ese mundo, un "corcel de acero". Aquella calma se vio momentáneamente interrumpida por aquel rugido metálico. Una sombra a gran velocidad pasó varios metros sobre la fuente central a la entrada de Mondstadt hasta impactarse en el suelo frente a la puerta de entrada a la ciudad. El peso de la moto y la velocidad la habían llevado a frenar hasta el puente saliendo de Mondstadt en un perfecto derrape, si, Jean había bajado a toda velocidad desde la explanada de la iglesia en aquella moto prestada.

    -....Por...el Gran Arconte Anemo....

    Dijo agitada sobre la motocicleta, sus mejillas estaban ruborizadas por la adrenalina ante el vehículo que le habían prestado incluso había perdido por ese momento su rígida postura como Gran Maestra Interina dejando ver a aquella alma rebelde y risueña por la que siempre era identificada en la academia.

    -Tendré que pedirle a la Señorita Mavuika la posibilidad de tener una para mi... -Dijo mientras usaba sus manos como abanicos sentada en la moto echándose aire en el rostro aún sintiendo como su corazón golpeaba contra su pecho-
    El sol resplandecía como si estuviera presumiendo su derecho a brillar, la suave brisa corría entre los techos y los callejones de la ciudad de la libertad. El olor a pan recién orneado anunciaba las primeras tandas de desayunos junto con el dulce y carbonizado aroma de la carne a la miel del Gran Cazador, los guardias del turno de la noche pasaban al restaurante a comer antes de ir a la sede a dar reporte y terminar turno, el eco de los feroces y precisos golpeteos del martillo de wagner contra el yunke resonaban a distancia, parecía una día animado y tranquilo como siempre, hasta que... -¡Woo hoo! Se escuchó un grito de adrenalina, acompañado del potente rugido de una maquinaria muy poco común en ese mundo, un "corcel de acero". Aquella calma se vio momentáneamente interrumpida por aquel rugido metálico. Una sombra a gran velocidad pasó varios metros sobre la fuente central a la entrada de Mondstadt hasta impactarse en el suelo frente a la puerta de entrada a la ciudad. El peso de la moto y la velocidad la habían llevado a frenar hasta el puente saliendo de Mondstadt en un perfecto derrape, si, Jean había bajado a toda velocidad desde la explanada de la iglesia en aquella moto prestada. -....Por...el Gran Arconte Anemo.... Dijo agitada sobre la motocicleta, sus mejillas estaban ruborizadas por la adrenalina ante el vehículo que le habían prestado incluso había perdido por ese momento su rígida postura como Gran Maestra Interina dejando ver a aquella alma rebelde y risueña por la que siempre era identificada en la academia. -Tendré que pedirle a la Señorita Mavuika la posibilidad de tener una para mi... -Dijo mientras usaba sus manos como abanicos sentada en la moto echándose aire en el rostro aún sintiendo como su corazón golpeaba contra su pecho-
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  • —¿Debería confesarme con Kami-sama?

    Observaba con admiración la enorme iglesia que tenía enfrente.
    —¿Debería confesarme con Kami-sama? Observaba con admiración la enorme iglesia que tenía enfrente.
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  • Resident evil 4
    Fandom 𝐑𝐞𝐬𝐢𝐝𝐞𝐧 𝐞𝐯𝐢𝐥
    Categoría Ciencia ficción
    [legend_crimson_bear_272]

    El viento frio y humedo de esta región olvidada de España me cala hasta los huesos pero no es nada que no pueda manejar. Llevo un buen rato observando este pueblo mugriento desde la sombra de los arboles muertos. Las casas de madera podrida parecen a punto de colapsar, y el olor a humo mezclado con algo que huele a sangre vieja esta por todas partes.

    Por el rabillo del ojo veo a los aldeanos patrullando los caminos de tierra con antorchas y trinchetes. Ya no queda rastro de humanidad en sus rostros, solo una obediencia ciega y ese brillo rojizo en los ojos. Un pitido sordo en mi comunicador rompe la tranquilidad del bosque. Es Wesker impaciente como siempre, exijiendo saber si ya localize la muestra de Las Plagas. Le respondo con mi tono habitual diciendo que todo va deacuerdo al plan, y corto la comunicación rápido antes de que empiese a darme uno de sus sermones.

    A través de mis binoculares distingo un movimiento brusco cerca de la plaza central. Ahi esta el. Esa chaqueta de cuero y ese flequillo rubio son inconfundibles... Leon. Vaya parece que el agente del presidente tiene la costumbre, de meterse en la boca del lobo sin dudarlo. Por un par de minutos me quedo viendolo esquivar los golpes de los aldeanos, sigue teniendo esa agilidad para sobrevivir. Parte de mi quiere bajar a darle una mano pero mis ordenes son claras, y el sentimentalismo no paga las cuentas.

    Guardo los binoculares en mi cinturón y preparo mi gancho de agarre, apuntando hacia la cornisa de una casa alta que da hacia la iglesia. Necesito llegar a una zona elevada para trazar una ruta hacia el castillo. Salto al vacio y siento el tiron del cable, aterrizando suavemente sobre las tejas resbaladizas por la lluvia fina. Justo debajo de mi posicion, escucho a un Ganado murmurando palabras rasposas en español antiguo... no tiene ni idea de que estoy justo sobre su cabeza.
    [legend_crimson_bear_272] El viento frio y humedo de esta región olvidada de España me cala hasta los huesos pero no es nada que no pueda manejar. Llevo un buen rato observando este pueblo mugriento desde la sombra de los arboles muertos. Las casas de madera podrida parecen a punto de colapsar, y el olor a humo mezclado con algo que huele a sangre vieja esta por todas partes. Por el rabillo del ojo veo a los aldeanos patrullando los caminos de tierra con antorchas y trinchetes. Ya no queda rastro de humanidad en sus rostros, solo una obediencia ciega y ese brillo rojizo en los ojos. Un pitido sordo en mi comunicador rompe la tranquilidad del bosque. Es Wesker impaciente como siempre, exijiendo saber si ya localize la muestra de Las Plagas. Le respondo con mi tono habitual diciendo que todo va deacuerdo al plan, y corto la comunicación rápido antes de que empiese a darme uno de sus sermones. A través de mis binoculares distingo un movimiento brusco cerca de la plaza central. Ahi esta el. Esa chaqueta de cuero y ese flequillo rubio son inconfundibles... Leon. Vaya parece que el agente del presidente tiene la costumbre, de meterse en la boca del lobo sin dudarlo. Por un par de minutos me quedo viendolo esquivar los golpes de los aldeanos, sigue teniendo esa agilidad para sobrevivir. Parte de mi quiere bajar a darle una mano pero mis ordenes son claras, y el sentimentalismo no paga las cuentas. Guardo los binoculares en mi cinturón y preparo mi gancho de agarre, apuntando hacia la cornisa de una casa alta que da hacia la iglesia. Necesito llegar a una zona elevada para trazar una ruta hacia el castillo. Salto al vacio y siento el tiron del cable, aterrizando suavemente sobre las tejas resbaladizas por la lluvia fina. Justo debajo de mi posicion, escucho a un Ganado murmurando palabras rasposas en español antiguo... no tiene ni idea de que estoy justo sobre su cabeza.
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  • why does god seem so quiet to my petition ﹖
    Fandom Crossover
    Categoría Suspenso
    Llevaba cinco años trabajando la catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, tras ser recomendado por su primer mentor: Lucas Trevant, exorcista veterano del Vaticano.

    Si bien no tenía un rol demasiado importante, le gustaba dar misa, celebrar bautismos, confesar a los fieles, bendecir objetos; ayudar a las hermanas y voluntarios en el comedor comunitario, colaborar en las clases para los niños de los barrios más humildes de la cuidad.

    Fuera de eso, y solo cuando Johanna Constantine aparecía, se dedicaba a lo que realmente creía que era verdadera ayuda. Constantine le había enseñado lo que ella llamaba el sutil arte de patear culos demoníacos. Le enseñó todo lo que había aprendido de forma autodidacta sobre exorcismos y a cambio, él le ayudo a expandir sus conocimientos sobre demonologia.

    El hecho de que hubiera renunciado a su título como príncipe del infierno para convertirse en sacerdote no significaba que dejaba de serlo. La jerarquía en el infierno no funcionaba así, los demonios se lo recordaban cada vez que lo veían, pero a su vez, estaban obligados a obedecerle; por mucho que odiaran tener a un mestizo como el siguiente al trono en la línea de sucesión, le debían respeto y Rory lo sabía, por ello era un excelente exorcista, el arma secreta del Vaticano.

    Por fortuna en los últimos meses no había visto a Johanna, lo cual significaba que no habían demonios haciendo de las suyas en la tierra y se alegro por eso, no le habría gustado perderse del retiro espíritual por tener que quedarse a discutir en latín con demonios rebeldes.

    Terminó de empacar sus pertenecías y guardo en un bolsillo la estampilla de quien consideraba su tío favorito, a pesar de tener una rivalidad con su padre, Mikha'el o mejor conocido como san Miguel arcángel; uno de los pocos hermanos de su padre que no lo trataban como una abominación por haber nacido del vientre de una humana. Le echo un último vistazo a la pequeña habitación de la casa parroquial y bajo al salón principal a reunirse con el resto de grupo mientras esperaban el transporte que los llevaría a Santa Mónica, cede de muchos de sus eventos.

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚

    Luego de una hora de viaje y de acomodar sus cosas en la habitación que compartiría con el padre Xavier durante dos semanas, dejo su ropa normal y se vistió con la sotana negra, sin percatarse de que el alza cuellos blanco no estaba bien colócado. Estaba demasiado ansioso por ir a explorar el lugar, desde la ventanilla del autobús había visto las remodelaciones que habían hecho ese año. Habían construido más cabañas, colocado establos, una pequeña granja con animales bebés y adultos; colocaron un muelle en el lago artificial, algunos juegos para niños y los árboles de frutas habían crecido lo suficiente como para dar frutos y sombra.

    Se paseo por las carpas primero, saludando a las hermanas de otras iglesias que habían llevado a sus pequeños alumnos. A muchos de ellos los conocía de años anteriores, algunos habían sido monaguillos suyos.

    Continuó su camino, leyendo cada cartel colocado en la puerta de las cabañas. Encontro cambio como una enfermería mas grande, más baños, un pequeño almacén, una cafetería y una biblioteca donde pasaría gran parte de sus tardes enseñando. Por curiosidad, se detuvo en esa cabaña, las hermanas solían dejar a los niños allí para que pasaran el tiempo dibujando en lo que ellas se encargaban de otras tareas y pensó que sería buena idea entrar a pasar el tiempo con ellas, leerles un poco ya que muchos niños llegaban sin saber leer o escribir.

    Subió la escalinata de madera teniendo cuidado de no pisarse el borde de la sotana y tras dar dos golpecitos en la puerta, entró.

    Adeline Wallace
    Llevaba cinco años trabajando la catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, tras ser recomendado por su primer mentor: Lucas Trevant, exorcista veterano del Vaticano. Si bien no tenía un rol demasiado importante, le gustaba dar misa, celebrar bautismos, confesar a los fieles, bendecir objetos; ayudar a las hermanas y voluntarios en el comedor comunitario, colaborar en las clases para los niños de los barrios más humildes de la cuidad. Fuera de eso, y solo cuando Johanna Constantine aparecía, se dedicaba a lo que realmente creía que era verdadera ayuda. Constantine le había enseñado lo que ella llamaba el sutil arte de patear culos demoníacos. Le enseñó todo lo que había aprendido de forma autodidacta sobre exorcismos y a cambio, él le ayudo a expandir sus conocimientos sobre demonologia. El hecho de que hubiera renunciado a su título como príncipe del infierno para convertirse en sacerdote no significaba que dejaba de serlo. La jerarquía en el infierno no funcionaba así, los demonios se lo recordaban cada vez que lo veían, pero a su vez, estaban obligados a obedecerle; por mucho que odiaran tener a un mestizo como el siguiente al trono en la línea de sucesión, le debían respeto y Rory lo sabía, por ello era un excelente exorcista, el arma secreta del Vaticano. Por fortuna en los últimos meses no había visto a Johanna, lo cual significaba que no habían demonios haciendo de las suyas en la tierra y se alegro por eso, no le habría gustado perderse del retiro espíritual por tener que quedarse a discutir en latín con demonios rebeldes. Terminó de empacar sus pertenecías y guardo en un bolsillo la estampilla de quien consideraba su tío favorito, a pesar de tener una rivalidad con su padre, Mikha'el o mejor conocido como san Miguel arcángel; uno de los pocos hermanos de su padre que no lo trataban como una abominación por haber nacido del vientre de una humana. Le echo un último vistazo a la pequeña habitación de la casa parroquial y bajo al salón principal a reunirse con el resto de grupo mientras esperaban el transporte que los llevaría a Santa Mónica, cede de muchos de sus eventos. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚ Luego de una hora de viaje y de acomodar sus cosas en la habitación que compartiría con el padre Xavier durante dos semanas, dejo su ropa normal y se vistió con la sotana negra, sin percatarse de que el alza cuellos blanco no estaba bien colócado. Estaba demasiado ansioso por ir a explorar el lugar, desde la ventanilla del autobús había visto las remodelaciones que habían hecho ese año. Habían construido más cabañas, colocado establos, una pequeña granja con animales bebés y adultos; colocaron un muelle en el lago artificial, algunos juegos para niños y los árboles de frutas habían crecido lo suficiente como para dar frutos y sombra. Se paseo por las carpas primero, saludando a las hermanas de otras iglesias que habían llevado a sus pequeños alumnos. A muchos de ellos los conocía de años anteriores, algunos habían sido monaguillos suyos. Continuó su camino, leyendo cada cartel colocado en la puerta de las cabañas. Encontro cambio como una enfermería mas grande, más baños, un pequeño almacén, una cafetería y una biblioteca donde pasaría gran parte de sus tardes enseñando. Por curiosidad, se detuvo en esa cabaña, las hermanas solían dejar a los niños allí para que pasaran el tiempo dibujando en lo que ellas se encargaban de otras tareas y pensó que sería buena idea entrar a pasar el tiempo con ellas, leerles un poco ya que muchos niños llegaban sin saber leer o escribir. Subió la escalinata de madera teniendo cuidado de no pisarse el borde de la sotana y tras dar dos golpecitos en la puerta, entró. [almost.saint]
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • 𝐊𝐈𝐍𝐆 𝐎𝐅 𝐃𝐑𝐄𝐀𝐌𝐒
    Fandom The Sandman
    Categoría Acción
    Durante los momentos en los que no estaba ocupado atendiendo algun asunto en el reino, solía detenerse a pensar en Johanna y en el breve intercambio de palabras o más bien en esa especie de intercambio, transacción casi del estilo comercial. Ella le había devuelto la arena y él, fiel a su palabra, no solo le había quitado ese recuerdo que tomaba lugar para atormentarla en una pesadilla sino que también se había molestado en bloquear una nueva.

    No tenía un motivo de peso para pensar en ella, pero lo hacía y no sabía de donde surgia esa impeorisa necesidad. Se preguntaba como hacerlo, como acercarse o que podría decirle si, hipotéticamente hablando, decidia visitarla en la vigilia.

    Quizás le interesaria saber que él había conocido a su antepasada hace trecientos años, que también conocía a una versión masculina suya que vivía en otro mundo, otra dimensión. O quizás no le importaría en lo más mínimo. Nunca sabía que decir cuando se trataba de hablar con humanos, tenian intereses diferentes a los suyos; no los entendía ni ellos a él, pero aún así quería saber de ella, hablarle.

    Evitaba hacerse la pregunta más importante, el por que quería hablar con ella, llegando a la conclusión de que no se preguntaría aquello en voz alta porque sabía la respuesta. Estaba... Preocupado por ella y eso tampoco tenía sentido, él era el rey del sueño, era Lord Morfeo, de los Eternos y los Eternos no se preocupaban en exceso por los mortales.

    ──Matthew── Pronunció en voz alta, rompiendo con el silencio en el salón. El cuervo lanzó un graznido y aterrizo delante de él, a los pies de su trono, saludandolo con una reverencia que parecía imposible para un ave. ──Necesito que visites a Johanna Constantine esta noche, quiero saber que esta haciendo. Procura ser discreto, no deseo que piense que la estoy vigilando.

    ──Ehm, jefe... Disculpe mi atrevimiento pero, en teoría esta pidiéndome eso, que la vigile── El ave sacudio su oscuro plumaje en un intento por quitarse los nervios de encima. Lucien ya le había comentado que al rey del sueño no le gustaba que refutaran sus ordenes y así lo demostro al lanzarle una mirada que no daba lugar a réplica. ──Yo solo decía, pero olvíde que dije eso. Usted manda.

    Dicho eso, el ave desplegó sus alas y emprendió vuelo hacia la vigilia en búsqueda de la exorcista, esperando no tardar demasiado en dar con ella.

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚

    La noche cubría con su manto las calles de Londres. Había terminado de llover y el suelo olía a tierra mojada, algunos vehículos transitaban con preocupación, hundiendo las ruedas en los charcos de agua. Casi no se veían personas, solo algunas parejas o aquellos que trataban de volver a sus hogares después de una larga jornada de trabajo.

    Como primera opción, Matthew busco a Johanna en algunos parques, cerca de las parroquias, en las iglesias menos conocidas y en callejones más oscuros que sus plumas; hasta que su cerebro de ave le dio una buena idea y lo llevo a sobrevolar por la zona de los pubs y bares.

    Para su suerte, apenas llegar identifico a Johanna saliendo de un pub por la parte de atrás. El cuervo abandono su lugar de vigilancia sobre una farola y comenzó a seguirla, teniendo cuidado de mantener una distancia prudente. Si ella frenaba, él también. Si ella entraba en una tienda, él la esperaba, pero llego un momento en el que tuvo que ocultarse en un grupo de palomas cuando cruzando un parque, ella volteo hacia atrás por quien sabe que motivo, según él había sido discreto aunque la discreción no silenciaba el ruido de sus alas.

    No la creía tan ingenua como para no reconocerlo, pero en la noche todos los pájaros eran negros. Quizás no eran tan grandes como un cuervo, pero esas palomas en el parque estaban acostumbradas a las personas, lo suficiente como para no inmutarse por la cercanía de una persona y era claro que tampoco pasaban hambre, estaban bien alimentadas. Algunas eran tan gordas que casi llegaban a igualar su tamaño, más aún si se agachaba entre ellas como lo hizo para esconderse de la mirada de la hechicera.

    Finalmente, tras camuflarse entre las palomas y ser picoteado por ellas. Recibir un golpe con el bastón de una anciana que lo confundio con un murciélago y casi convertirse en la cena de un gato callejero, llego junto a Johanna hasta su hogar.

    Ella entró, él voló hasta una ventana y se paseo por las demás hasta dar con el piso en el que vivía. Podía decirse que había pasado la parte difícil de su misión, ahora le tocaba la parte que consideraba sencilla, quedarse ahí a observar. No sabía hasta cuando, el rey del sueño no le había especificado esa parte pero suponía que su rey llegaría hasta donde estaba cuando ella estuviera durmiendo.

    Johanna Constantine
    Durante los momentos en los que no estaba ocupado atendiendo algun asunto en el reino, solía detenerse a pensar en Johanna y en el breve intercambio de palabras o más bien en esa especie de intercambio, transacción casi del estilo comercial. Ella le había devuelto la arena y él, fiel a su palabra, no solo le había quitado ese recuerdo que tomaba lugar para atormentarla en una pesadilla sino que también se había molestado en bloquear una nueva. No tenía un motivo de peso para pensar en ella, pero lo hacía y no sabía de donde surgia esa impeorisa necesidad. Se preguntaba como hacerlo, como acercarse o que podría decirle si, hipotéticamente hablando, decidia visitarla en la vigilia. Quizás le interesaria saber que él había conocido a su antepasada hace trecientos años, que también conocía a una versión masculina suya que vivía en otro mundo, otra dimensión. O quizás no le importaría en lo más mínimo. Nunca sabía que decir cuando se trataba de hablar con humanos, tenian intereses diferentes a los suyos; no los entendía ni ellos a él, pero aún así quería saber de ella, hablarle. Evitaba hacerse la pregunta más importante, el por que quería hablar con ella, llegando a la conclusión de que no se preguntaría aquello en voz alta porque sabía la respuesta. Estaba... Preocupado por ella y eso tampoco tenía sentido, él era el rey del sueño, era Lord Morfeo, de los Eternos y los Eternos no se preocupaban en exceso por los mortales. ──Matthew── Pronunció en voz alta, rompiendo con el silencio en el salón. El cuervo lanzó un graznido y aterrizo delante de él, a los pies de su trono, saludandolo con una reverencia que parecía imposible para un ave. ──Necesito que visites a Johanna Constantine esta noche, quiero saber que esta haciendo. Procura ser discreto, no deseo que piense que la estoy vigilando. ──Ehm, jefe... Disculpe mi atrevimiento pero, en teoría esta pidiéndome eso, que la vigile── El ave sacudio su oscuro plumaje en un intento por quitarse los nervios de encima. Lucien ya le había comentado que al rey del sueño no le gustaba que refutaran sus ordenes y así lo demostro al lanzarle una mirada que no daba lugar a réplica. ──Yo solo decía, pero olvíde que dije eso. Usted manda. Dicho eso, el ave desplegó sus alas y emprendió vuelo hacia la vigilia en búsqueda de la exorcista, esperando no tardar demasiado en dar con ella. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ﹙ . . . ﹚ La noche cubría con su manto las calles de Londres. Había terminado de llover y el suelo olía a tierra mojada, algunos vehículos transitaban con preocupación, hundiendo las ruedas en los charcos de agua. Casi no se veían personas, solo algunas parejas o aquellos que trataban de volver a sus hogares después de una larga jornada de trabajo. Como primera opción, Matthew busco a Johanna en algunos parques, cerca de las parroquias, en las iglesias menos conocidas y en callejones más oscuros que sus plumas; hasta que su cerebro de ave le dio una buena idea y lo llevo a sobrevolar por la zona de los pubs y bares. Para su suerte, apenas llegar identifico a Johanna saliendo de un pub por la parte de atrás. El cuervo abandono su lugar de vigilancia sobre una farola y comenzó a seguirla, teniendo cuidado de mantener una distancia prudente. Si ella frenaba, él también. Si ella entraba en una tienda, él la esperaba, pero llego un momento en el que tuvo que ocultarse en un grupo de palomas cuando cruzando un parque, ella volteo hacia atrás por quien sabe que motivo, según él había sido discreto aunque la discreción no silenciaba el ruido de sus alas. No la creía tan ingenua como para no reconocerlo, pero en la noche todos los pájaros eran negros. Quizás no eran tan grandes como un cuervo, pero esas palomas en el parque estaban acostumbradas a las personas, lo suficiente como para no inmutarse por la cercanía de una persona y era claro que tampoco pasaban hambre, estaban bien alimentadas. Algunas eran tan gordas que casi llegaban a igualar su tamaño, más aún si se agachaba entre ellas como lo hizo para esconderse de la mirada de la hechicera. Finalmente, tras camuflarse entre las palomas y ser picoteado por ellas. Recibir un golpe con el bastón de una anciana que lo confundio con un murciélago y casi convertirse en la cena de un gato callejero, llego junto a Johanna hasta su hogar. Ella entró, él voló hasta una ventana y se paseo por las demás hasta dar con el piso en el que vivía. Podía decirse que había pasado la parte difícil de su misión, ahora le tocaba la parte que consideraba sencilla, quedarse ahí a observar. No sabía hasta cuando, el rey del sueño no le había especificado esa parte pero suponía que su rey llegaría hasta donde estaba cuando ella estuviera durmiendo. [Wicca93]
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    [smile4me]

    La casa de Dios, lugar donde la bruja no era bienvenida y un lugar que repudiaba...

    En la primera guerra, allá por el siglo XIV contra la iglesia, saqueó y destruyó numerosos pueblos conocidos por ser religiosos, sobre todo en Aviñón, lugar donde finalmente se asediaría contra las fuerzas de la iglesia, pero eso es agua pasada... ¿No?

    No, no lo era, el conflicto, aunque por aquel entonces se detuviera, nunca se apagó.

    Hoy Morana se dirigía a una catedral, curioso era el motivo, quería observar de cerca el motivo por el que tantas personas buscaban refugio en Dios cuando la iglesia para ella no eran más que mentiras...

    Odiaba la idea.

    Caminaba con una calma que no reflejaba lo que sentía, pisaba la tierra santa como si de basura se tratase, con un resentimiento propio de ella, pues le arrebataron todo lo que conocía, todo lo que amaba...

    Las puertas de la catedral, de arquitectura majestuosa se hallaban frente a ella, hacía poco que la misa había terminado, así que aún habían unas pocas personas, una multitud que, poco a poco, fue disminuyendo.

    La bruja entró en la casa de Dios, irónica era la sensación que la recorría, un odio personal, pero al mismo tiempo, el cálido abrazo de lo que alguna vez fue su propia creencia, ahora manchado por la sangre derramada en su pasado.

    Los pasos hicieron eco, su mirada se posaría en el cristo, crucificado en lo alto, una decoración que le trajo recuerdos tan nefastos, tan distantes... Pero aún intensos.

    Recuerda las piras, las antorchas, las guerras, las muertes ¿Cuántas víctimas hubo? Demasiadas en ambos bandos, murieron culpables e inocentes por igual.

    Pero también habían recuerdos bellos, el rubio color del cabello de su esposo, como siempre trató de llevarla con ella a la iglesia, asegurando que entregando su corazón a la fe, el peso del día a día se iría...

    Una pena que el mismo hombre muriese en la pira, quemado por aquellos en quienes tanto confiaba.

    La mirada de Morana no reflejaba el remolino de emociones que la recorría, pero en su trance no se percató de la ausencia de personas alrededor suya ¿Había quedado sola en la iglesia...?
    [smile4me] La casa de Dios, lugar donde la bruja no era bienvenida y un lugar que repudiaba... En la primera guerra, allá por el siglo XIV contra la iglesia, saqueó y destruyó numerosos pueblos conocidos por ser religiosos, sobre todo en Aviñón, lugar donde finalmente se asediaría contra las fuerzas de la iglesia, pero eso es agua pasada... ¿No? No, no lo era, el conflicto, aunque por aquel entonces se detuviera, nunca se apagó. Hoy Morana se dirigía a una catedral, curioso era el motivo, quería observar de cerca el motivo por el que tantas personas buscaban refugio en Dios cuando la iglesia para ella no eran más que mentiras... Odiaba la idea. Caminaba con una calma que no reflejaba lo que sentía, pisaba la tierra santa como si de basura se tratase, con un resentimiento propio de ella, pues le arrebataron todo lo que conocía, todo lo que amaba... Las puertas de la catedral, de arquitectura majestuosa se hallaban frente a ella, hacía poco que la misa había terminado, así que aún habían unas pocas personas, una multitud que, poco a poco, fue disminuyendo. La bruja entró en la casa de Dios, irónica era la sensación que la recorría, un odio personal, pero al mismo tiempo, el cálido abrazo de lo que alguna vez fue su propia creencia, ahora manchado por la sangre derramada en su pasado. Los pasos hicieron eco, su mirada se posaría en el cristo, crucificado en lo alto, una decoración que le trajo recuerdos tan nefastos, tan distantes... Pero aún intensos. Recuerda las piras, las antorchas, las guerras, las muertes ¿Cuántas víctimas hubo? Demasiadas en ambos bandos, murieron culpables e inocentes por igual. Pero también habían recuerdos bellos, el rubio color del cabello de su esposo, como siempre trató de llevarla con ella a la iglesia, asegurando que entregando su corazón a la fe, el peso del día a día se iría... Una pena que el mismo hombre muriese en la pira, quemado por aquellos en quienes tanto confiaba. La mirada de Morana no reflejaba el remolino de emociones que la recorría, pero en su trance no se percató de la ausencia de personas alrededor suya ¿Había quedado sola en la iglesia...?
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  • ‎***Shlck... Schlck... Schlck***



    ‎ * El sonido de una daga siendo arrojada e incrustada en el tronco era todo lo que se escuchaba en el bosque. Aquel que la lanzaba se preguntaba meticulosamente: ¿Por qué un cuchillo seax? De repente, se escucharon unos pasos acercándose en su dirección. Elijah retiró el cuchillo del tronco una última vez antes de guardarlo en su funda mientras los pasos se hacían más fuertes. La persona que lo buscaba llegó y se quedó unos segundos observando al condotiero *



    ‎ — Vítkov... ¿Pero qué haces? —Uno de sus compañeros le veía confundido. Se supone que estaban a la espera de nuevas órdenes, pero este al ver cómo uno de los condotieros se perdía en la profundidad del bosque le causó intriga... ya ahora resulta que ¿Todo fue para venir a jugar "tiro al blanco" con un cuchillo?



    ‎ — Estoy probando el filo de este cuchillo, ¿Por qué? ¿Vas a reclamarme por asegurar la efectividad de mi armamento antes de ir a la misión?



    ‎ * Elijah, como siempre, parecía responder con una intención desafiante, pero la seriedad bajo su comentario y su mirada inexpresiva demostraban que no tenía intención alguna de irritar al contrario; era una pregunta simple y directa. El compañero solo suspiró ante este hecho y negó con la cabeza antes de seguir hablando: *



    ‎ — No... Solo vine a informarte de que ya nos llegó la ubicación del objetivo. Lo mantienen en una iglesia abandonada; todo parece indicar que se trata de uno de los grupos satáni... —El compañero de Elijah comentaba aquello, pero al notar la negación en el rostro de este último, decidió detenerse



    ‎ — No. Los vampiros no conforman grupos satánicos; ellos se consideran más allá de eso. No niego que exista el fanatismo entre ellos, pero no es por algo tan básico como el diablo. Si están en una iglesia es, primero, porque piensan que no vamos a encontrarlos si se ocultan bajo nuestras alfombras; segundo, son más conscientes de que lo que tienen allí no es un "suministro de sangre" cualquiera, de lo contrario lo habrían llevado a uno de sus asentamientos en vez de a un lugar santo que desprecian y... Si el objetivo aún está con vida, es porque siguen buscando la forma de eliminarlo sin sufrir en el proceso ¿Qué ha dicho la Oficina del Censor?



    ‎ — Pues que aún nos quedemos aguardando instrucciones, pero lo estaba comentando con los demás y todo apunta a que será un proceso de extracción



    ‎ * Elijah le contestó con un simple asentimiento para después decirle que iría al campamento en unos minutos. Su compañero volvió sin más, dejando al eslovaco solo con sus pensamientos otra vez... *



    ‎ ( Una extracción... Bueno, siempre y cuando el grupo esté conformado por los mismos vampiros que se avistaron aquel día, no debería ser tan complicado aunque... )



    ‎ — ¡Tsk! —Elijah chasqueba la lengua con irritación



    ‎ ( Si tan solo lo hubiéramos capturado en cuanto pudimos, seguro que nos habríamos ahorrado todo esto, pero no... Los censores tienen que confirmar qué tan nociva es exactamente la sangre del objetivo ¿Verdad? Pero en parte no los culpo: al leer el informe yo tampoco creí que alguien así existiera, o no siendo un "humano" en su mayoría )



    ‎ * Elijah observaba su nuevo cuchillo descansando en la funda; el sabía que de nada le servía sobrepensar en la misión. Así que en su lugar, su mente volvió a su duda anterior: ¿Por qué le regalaron ese cuchillo? Curiosamente, el joven conocía bien la historia de fondo que tenía aquella arma con sus raíces. El seax era una herramienta que llegaron a portar los pueblos germánicos y los mismos vikingos —con los cuales los eslovacos tenían relación— dándole un valor prominente al usarlo como arma secundaria durante sus batallas, la verdad es que era mucha la historia que se podía contar del cuchillo, pero lo que más le llamaba la atención al condotiero, era las creencias que tenían esos guerreros, que al igual que el —segun historias— llegaron a "enfrentárse" a cosas sobrenaturales según ciertas historias que, actualmente no se alejan mucho de la realidad que viven los cazadores. ¿Acaso había una probabilidad de que aquel obsequio buscara reivindicar todos esos orígenes? Era complicado decirlo, pues se supone que aquella persona que se lo obsequio no sabía nada más que su nombre y apellido ¿Acaso "ella" se había tomado el tiempo de investigarlo? El joven eslovaco no lo creí, pues el mismo no se consideraba tan importante como para derrochar tiempo averiguando sobre el. Sin mucho más que hacer, Elijah exhaló por la nariz, decidiéndose en tomar aquel cuchillo simplemente como un obsequio tras haber sobrevivido a aquella misión en conjunto donde —en cierto punto— si que le habría venido bien un cuchillo, y así volvió con calma al campamento para prepararse de una vez junto con el resto de sus compañeros... *
    ‎***Shlck... Schlck... Schlck*** ‎ ‎ ‎ ‎ * El sonido de una daga siendo arrojada e incrustada en el tronco era todo lo que se escuchaba en el bosque. Aquel que la lanzaba se preguntaba meticulosamente: ¿Por qué un cuchillo seax? De repente, se escucharon unos pasos acercándose en su dirección. Elijah retiró el cuchillo del tronco una última vez antes de guardarlo en su funda mientras los pasos se hacían más fuertes. La persona que lo buscaba llegó y se quedó unos segundos observando al condotiero * ‎ ‎ ‎ ‎ — Vítkov... ¿Pero qué haces? —Uno de sus compañeros le veía confundido. Se supone que estaban a la espera de nuevas órdenes, pero este al ver cómo uno de los condotieros se perdía en la profundidad del bosque le causó intriga... ya ahora resulta que ¿Todo fue para venir a jugar "tiro al blanco" con un cuchillo? ‎ ‎ ‎ ‎ — Estoy probando el filo de este cuchillo, ¿Por qué? ¿Vas a reclamarme por asegurar la efectividad de mi armamento antes de ir a la misión? ‎ ‎ ‎ ‎ * Elijah, como siempre, parecía responder con una intención desafiante, pero la seriedad bajo su comentario y su mirada inexpresiva demostraban que no tenía intención alguna de irritar al contrario; era una pregunta simple y directa. El compañero solo suspiró ante este hecho y negó con la cabeza antes de seguir hablando: * ‎ ‎ ‎ ‎ — No... Solo vine a informarte de que ya nos llegó la ubicación del objetivo. Lo mantienen en una iglesia abandonada; todo parece indicar que se trata de uno de los grupos satáni... —El compañero de Elijah comentaba aquello, pero al notar la negación en el rostro de este último, decidió detenerse ‎ ‎ ‎ ‎ — No. Los vampiros no conforman grupos satánicos; ellos se consideran más allá de eso. No niego que exista el fanatismo entre ellos, pero no es por algo tan básico como el diablo. Si están en una iglesia es, primero, porque piensan que no vamos a encontrarlos si se ocultan bajo nuestras alfombras; segundo, son más conscientes de que lo que tienen allí no es un "suministro de sangre" cualquiera, de lo contrario lo habrían llevado a uno de sus asentamientos en vez de a un lugar santo que desprecian y... Si el objetivo aún está con vida, es porque siguen buscando la forma de eliminarlo sin sufrir en el proceso ¿Qué ha dicho la Oficina del Censor? ‎ ‎ ‎ ‎ — Pues que aún nos quedemos aguardando instrucciones, pero lo estaba comentando con los demás y todo apunta a que será un proceso de extracción ‎ ‎ ‎ ‎ * Elijah le contestó con un simple asentimiento para después decirle que iría al campamento en unos minutos. Su compañero volvió sin más, dejando al eslovaco solo con sus pensamientos otra vez... * ‎ ‎ ‎ ‎ ( Una extracción... Bueno, siempre y cuando el grupo esté conformado por los mismos vampiros que se avistaron aquel día, no debería ser tan complicado aunque... ) ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Tsk! —Elijah chasqueba la lengua con irritación ‎ ‎ ‎ ‎ ( Si tan solo lo hubiéramos capturado en cuanto pudimos, seguro que nos habríamos ahorrado todo esto, pero no... Los censores tienen que confirmar qué tan nociva es exactamente la sangre del objetivo ¿Verdad? Pero en parte no los culpo: al leer el informe yo tampoco creí que alguien así existiera, o no siendo un "humano" en su mayoría ) ‎ ‎ ‎ ‎ * Elijah observaba su nuevo cuchillo descansando en la funda; el sabía que de nada le servía sobrepensar en la misión. Así que en su lugar, su mente volvió a su duda anterior: ¿Por qué le regalaron ese cuchillo? Curiosamente, el joven conocía bien la historia de fondo que tenía aquella arma con sus raíces. El seax era una herramienta que llegaron a portar los pueblos germánicos y los mismos vikingos —con los cuales los eslovacos tenían relación— dándole un valor prominente al usarlo como arma secundaria durante sus batallas, la verdad es que era mucha la historia que se podía contar del cuchillo, pero lo que más le llamaba la atención al condotiero, era las creencias que tenían esos guerreros, que al igual que el —segun historias— llegaron a "enfrentárse" a cosas sobrenaturales según ciertas historias que, actualmente no se alejan mucho de la realidad que viven los cazadores. ¿Acaso había una probabilidad de que aquel obsequio buscara reivindicar todos esos orígenes? Era complicado decirlo, pues se supone que aquella persona que se lo obsequio no sabía nada más que su nombre y apellido ¿Acaso "ella" se había tomado el tiempo de investigarlo? El joven eslovaco no lo creí, pues el mismo no se consideraba tan importante como para derrochar tiempo averiguando sobre el. Sin mucho más que hacer, Elijah exhaló por la nariz, decidiéndose en tomar aquel cuchillo simplemente como un obsequio tras haber sobrevivido a aquella misión en conjunto donde —en cierto punto— si que le habría venido bien un cuchillo, y así volvió con calma al campamento para prepararse de una vez junto con el resto de sus compañeros... *
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    ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía *



    ‎***¡¡¡PLOF!!!***



    ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado *



    ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila..



    ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire *



    ‎ — ¿Pero qué es eso?



    ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte *



    ‎ — ¡Cuida-!



    ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
    [ 23:15 / XXXXXXXXX / XXXXXXX / ¿...? ] ‎ * El pavimento mojado de los suburbios reflejaba las luces amarillentas de los faros. En la habitación de un departamento se escuchaba la urgencia de quien cierra gavetas, mete ropa en una mochila y no deja de moverse; los estantes quedaban abiertos, al igual que las puertas. No hacía falta encender las luces: aquella persona sabía a lo que venía y ya estaba por irse. En cuanto salió de la habitación, observó rápidamente el final del pasillo; las puertas del ascensor se cerraban indicando que alguien iba al lobby. El sujeto se tensó al entenderlo; con temor, miró hacia el otro lado, donde estaban las puertas de las escaleras. No lo dudó y corrió hacia ellas. Había logrado salir del edificio; subió a su auto, lo encendió y aceleró a toda marcha. El sonido del motor se hacía cada vez más fuerte a medida que aumentaba sus revoluciones, el vehículo pasaba semáforos en rojo y tomaba curvas a una velocidad considerable, todo con tal de salir de la ciudad. Para él, no había límite lo suficientemente importante como para detenerlo... O eso suponía * ‎ ‎ ‎ ‎***¡¡¡PLOF!!!*** ‎ ‎ ‎ ‎ * Una colisión. Justo donde el asfalto cedía ante la maleza, donde los rastros de la civilización comenzaban a perderse y donde, claro, no había cámaras que grabaran el suceso. El auto giró descontroladamente una, dos... Cuatro veces hasta detenerse de cabeza. El conductor estaba relativamente ileso — pues lo habían chocado del lado del copiloto— sin embargo, el golpe de la bolsa de aire, seguido de unos cuantos cristales incrustados en su carne, determinaban que su estado no era "bueno". Apenas podía mover el cuello en dirección a aquel que lo había embestido, pero no veía nada; solo había oscuridad. No, eso era lo que querían que pensara, a los pocos segundos, un par de faros con las luces altas se encendieron, cegándolo a propósito, y el sonido que vino después fue el de las puertas cerrándose casi al unísono. Sean quienes fueran, se habían bajado del  auto —y no para pedir ayuda— el sujeto intentó desabrocharse el cinturón antes de que lo alcanzaran y lo consiguió; al salir, comenzó a correr con una cojera evidente, apretando su mochila contra el pecho como si fuera su propio corazón a punto de ser arrebatado * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Ya deténgase, Varek! —gritó una voz joven, cargada de adrenalina. Era uno de los inquisidores enviado a por él, por lo que tenía en la mochila.. ‎ ‎ ‎ ‎ * Varek, el Censor traidor que hemos seguido hasta ahora terminó tropezando con una raíz vieja y cayó al suelo. No estaba seguro de si era su mente al borde del pánico, pero juraría oír el chasquido de las armas siendo desenfundadas y el eco de las botas de aquellos que se identificaban como cazadores de la Iglesia, pero que ahora cumplían una función más... "resolutiva". Varek ya no tenía escapatoria; el bosque, denso y negro, parecía una pared infranqueable a sus espaldas, se giró hacia las sombras del follaje, suplicando en silencio pero una ráfaga de viento gélido es todo lo que le respondió mientras barría el claro; y eso era más que suficiente. De repente, el sonido de las botas se detuvo, los hombres que perseguían a Varek guardaron silencio, no por orden, sino por puro instinto de preservación, algo se había movido entre los árboles. No era el ruido de hojas secas; parecía un suspiro profundo, gutural, algo que hacía vibrar el aire * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¿Pero qué es eso? ‎ ‎ ‎ ‎ * Preguntó uno de los hombres, apuntando hacia el lugar desde donde emergió una silueta inmensa, una mole de oscuridad que parecía absorber la luz de la luna. Estaba claro que no era un hombre, pero tampoco un animal común. Unos ojos amarillos, cargados de un odio antiguo, se clavaron en los perseguidores, antes  de que el primer cazador pudiera siquiera pensar en disparar, la criatura soltó un gruñido que era una promesa de muerte * ‎ ‎ ‎ ‎ — ¡Cuida-! ‎ ‎ ‎ ‎ * El inquisidor intentó alertar a sus hombres, pero lo hizo unos milisegundos tarde. Aquella cosa les arrojó un gran tronco que golpeó a la mayoría. Solo tres —incluyendo al inquisidor— lograron agacharse. Para cuando este último intentó reincorporarse, la criatura ya había cerrado la distancia. Un golpe lo envió volando hasta aterrizar dolorosamente contra el parabrisas de la camioneta blindada. Otro cazador intentó hacer algo, pero la criatura fue más rápida: lo sujetó del cuello y lo azotó contra el suelo un par de veces antes de dejarlo tirado, iba a aplastar su cráneo, pero unos disparos a su espalda lo hicieron consciente del tercer hombre. La cosa se volteó, notablemente irritada. En cuestión de segundos, desarmó al sujeto y le lanzó un zarpazo que le arrancó el pasamontañas. El cazador cayó aturdido, intentando reincorporarse solo para ver por última vez a lo que se enfrentaba bajo la luz de la luna y que, justo ahora le devolvía la mirada... *
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  • Eco de una vida olvidada
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    Morana

    "Dos almas unidas bajo un lazo inquebrantable. Dos almas con anhelos distintos."

    "¿Es el amor tan inevitable, como para no poder olvidarlo?"

    "¿Es válido un rencor de un pasado hacia un nuevo futuro?"

    "Rotamos en el mundo del otro, en busca de respuestas, cuando solo debemos dejar fluir nuestros sentimientos"

    "Inmortalidad y ciclo de vida... ¿Es pues justo juzgar la decisión que se tome?"

    Era una noche inusualmente fría, de esas que parecen filtrarse hasta los huesos. El sacerdote oraba en una iglesia abandonada, envuelta en un silencio antiguo, apenas roto por el parpadeo tembloroso de unas pocas velas. Sus llamas proyectaban sombras inciertas sobre los muros agrietados, como si el lugar mismo recordara tiempos que él no podía nombrar.

    Desde hacía días, una sensación extraña lo acompañaba. Era profundamente familiar. Ignoraba su origen, y aun así sabía con certeza que no provenía de la razón, si no que estaba anclada a su alma. A medida que las horas transcurrían, aquella sensación crecía, volviéndose pesada, insistente, como un recuerdo nostálgico que se negaba a revelarse por completo. Intentaba concentrarse en sus oraciones, pero su mente no podía estar en blanco, y era ahogada por una melancolía sin nombre.

    Entonces, el sonido de unos pasos resonó en el edificio.

    No eran suaves, mas bien eran casi respetuosos, como si quien se acercaba temiera perturbar algo sagrado. El sacerdote detuvo su rezo. El corazón le latía con una inquietud que no lograba explicar.

    Al incorporarse y girar hacia el origen del sonido, una sensación aún más intensa lo atravesó, como si algo dentro de él se hubiese reconocido antes de que su mente pudiera reaccionar.
    Y allí, entre las sombras y la luz vacilante, se encontró con aquello que fue…con aquello que amó.

    No supo quién era esa presencia, ni por qué su pecho se llenaba de un dolor dulce, casi insoportable. No recordaba nombres, ni promesas, ni vidas pasadas. Solo sabía que, al mirarla, algo en su interior se quebraba suavemente, como una memoria intentando despertar desde lo más profundo del tiempo.
    [Undead_Mistress] "Dos almas unidas bajo un lazo inquebrantable. Dos almas con anhelos distintos." "¿Es el amor tan inevitable, como para no poder olvidarlo?" "¿Es válido un rencor de un pasado hacia un nuevo futuro?" "Rotamos en el mundo del otro, en busca de respuestas, cuando solo debemos dejar fluir nuestros sentimientos" "Inmortalidad y ciclo de vida... ¿Es pues justo juzgar la decisión que se tome?" Era una noche inusualmente fría, de esas que parecen filtrarse hasta los huesos. El sacerdote oraba en una iglesia abandonada, envuelta en un silencio antiguo, apenas roto por el parpadeo tembloroso de unas pocas velas. Sus llamas proyectaban sombras inciertas sobre los muros agrietados, como si el lugar mismo recordara tiempos que él no podía nombrar. Desde hacía días, una sensación extraña lo acompañaba. Era profundamente familiar. Ignoraba su origen, y aun así sabía con certeza que no provenía de la razón, si no que estaba anclada a su alma. A medida que las horas transcurrían, aquella sensación crecía, volviéndose pesada, insistente, como un recuerdo nostálgico que se negaba a revelarse por completo. Intentaba concentrarse en sus oraciones, pero su mente no podía estar en blanco, y era ahogada por una melancolía sin nombre. Entonces, el sonido de unos pasos resonó en el edificio. No eran suaves, mas bien eran casi respetuosos, como si quien se acercaba temiera perturbar algo sagrado. El sacerdote detuvo su rezo. El corazón le latía con una inquietud que no lograba explicar. Al incorporarse y girar hacia el origen del sonido, una sensación aún más intensa lo atravesó, como si algo dentro de él se hubiese reconocido antes de que su mente pudiera reaccionar. Y allí, entre las sombras y la luz vacilante, se encontró con aquello que fue…con aquello que amó. No supo quién era esa presencia, ni por qué su pecho se llenaba de un dolor dulce, casi insoportable. No recordaba nombres, ni promesas, ni vidas pasadas. Solo sabía que, al mirarla, algo en su interior se quebraba suavemente, como una memoria intentando despertar desde lo más profundo del tiempo.
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