La plaza del pueblo estaba sumida en el caos.
Fragmentos de piedra rodaban por el suelo entre una nube de polvo gris. La enorme estatua que representaba a Dios, venerada durante generaciones, yacía destruida a los pies de la iglesia. El sonido del último golpe aún resonaba en el aire cuando el joven cura dejó caer el pesado martillo y observó los restos con expresión severa.
A su alrededor, los habitantes del pueblo gritaban indignados. Algunos lloraban. Otros apretaban los puños, exigiendo explicaciones. Para ellos, aquella figura era sagrada; el corazón mismo de su fe.
-¡Blasfemo!
Gritó un anciano.
-¡Has destruido la imagen del Señor!
-¡Deberían expulsarte!
El sacerdote levantó la mirada hacia la multitud. Su sotana estaba cubierta de polvo y pequeñas heridas marcaban sus manos por el esfuerzo. Sin embargo, no había duda ni miedo en sus ojos. Cuando los gritos comenzaron a apagarse, habló con voz firme:
●¿La imagen del Señor?
Se inclinó y tomó uno de los fragmentos de piedra caídos.
●Esto es piedra.
Lo dejó caer nuevamente.
●Nada más.
El silencio empezó a extenderse entre la multitud.
●Habéis olvidado las mismas enseñanzas que decís defender.
Entonces recitó con fuerza, como si estuviera pronunciando una sentencia:
●«Maldito el hombre que haga ídolo o imagen de fundición, abominación al Señor, obra de las manos del artífice, y la erige en secreto».
Muchos bajaron la vista.
El cura señaló los restos de la estatua.
●¿Quién la hizo? Un hombre.
Señaló los fragmentos dispersos.
●¿Quién la rompió? Otro hombre.
Después llevó una mano a su pecho.
●¿Y acaso Dios cambió por ello?
Nadie respondió.
●Dios no necesita estatuas. No necesita pinturas. No necesita que el hombre le dé una forma para existir. Él no es como los dioses paganos nacidos de la piedra, del metal o de la madera. Porque ÉL es Dios.
El viento atravesó la plaza mientras las palabras resonaban entre las casas.
●Vosotros os arrodillabais ante una obra humana y olvidasteis aquello que representaba. Protegíais la imagen, pero descuidabais las enseñanzas. Defendíais la piedra con más fervor que la misericordia, la justicia y la verdad.
Uno a uno, los rostros furiosos comenzaron a transformarse en expresiones de duda.
El cura extendió los brazos hacia la multitud.
●Ahora responded como ordena la Escritura.
Su voz retumbó en la plaza.
●«Y todo el pueblo responderá, y dirá: Amén».
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces una anciana inclinó la cabeza.
-Amén...
Otro la siguió.
-Amén.
Y poco a poco, como una ola que recorría la plaza, las voces comenzaron a unirse.
-Amén.
-Amén.
-Amén.
Mientras el eco de aquella palabra llenaba el pueblo, el joven sacerdote permaneció inmóvil frente a los restos de la estatua, sin celebrar su victoria. Porque para él no había destruido una imagen de Dios.
●Te Deum laudamus
Había destruido un ídolo.
Fragmentos de piedra rodaban por el suelo entre una nube de polvo gris. La enorme estatua que representaba a Dios, venerada durante generaciones, yacía destruida a los pies de la iglesia. El sonido del último golpe aún resonaba en el aire cuando el joven cura dejó caer el pesado martillo y observó los restos con expresión severa.
A su alrededor, los habitantes del pueblo gritaban indignados. Algunos lloraban. Otros apretaban los puños, exigiendo explicaciones. Para ellos, aquella figura era sagrada; el corazón mismo de su fe.
-¡Blasfemo!
Gritó un anciano.
-¡Has destruido la imagen del Señor!
-¡Deberían expulsarte!
El sacerdote levantó la mirada hacia la multitud. Su sotana estaba cubierta de polvo y pequeñas heridas marcaban sus manos por el esfuerzo. Sin embargo, no había duda ni miedo en sus ojos. Cuando los gritos comenzaron a apagarse, habló con voz firme:
●¿La imagen del Señor?
Se inclinó y tomó uno de los fragmentos de piedra caídos.
●Esto es piedra.
Lo dejó caer nuevamente.
●Nada más.
El silencio empezó a extenderse entre la multitud.
●Habéis olvidado las mismas enseñanzas que decís defender.
Entonces recitó con fuerza, como si estuviera pronunciando una sentencia:
●«Maldito el hombre que haga ídolo o imagen de fundición, abominación al Señor, obra de las manos del artífice, y la erige en secreto».
Muchos bajaron la vista.
El cura señaló los restos de la estatua.
●¿Quién la hizo? Un hombre.
Señaló los fragmentos dispersos.
●¿Quién la rompió? Otro hombre.
Después llevó una mano a su pecho.
●¿Y acaso Dios cambió por ello?
Nadie respondió.
●Dios no necesita estatuas. No necesita pinturas. No necesita que el hombre le dé una forma para existir. Él no es como los dioses paganos nacidos de la piedra, del metal o de la madera. Porque ÉL es Dios.
El viento atravesó la plaza mientras las palabras resonaban entre las casas.
●Vosotros os arrodillabais ante una obra humana y olvidasteis aquello que representaba. Protegíais la imagen, pero descuidabais las enseñanzas. Defendíais la piedra con más fervor que la misericordia, la justicia y la verdad.
Uno a uno, los rostros furiosos comenzaron a transformarse en expresiones de duda.
El cura extendió los brazos hacia la multitud.
●Ahora responded como ordena la Escritura.
Su voz retumbó en la plaza.
●«Y todo el pueblo responderá, y dirá: Amén».
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces una anciana inclinó la cabeza.
-Amén...
Otro la siguió.
-Amén.
Y poco a poco, como una ola que recorría la plaza, las voces comenzaron a unirse.
-Amén.
-Amén.
-Amén.
Mientras el eco de aquella palabra llenaba el pueblo, el joven sacerdote permaneció inmóvil frente a los restos de la estatua, sin celebrar su victoria. Porque para él no había destruido una imagen de Dios.
●Te Deum laudamus
Había destruido un ídolo.
La plaza del pueblo estaba sumida en el caos.
Fragmentos de piedra rodaban por el suelo entre una nube de polvo gris. La enorme estatua que representaba a Dios, venerada durante generaciones, yacía destruida a los pies de la iglesia. El sonido del último golpe aún resonaba en el aire cuando el joven cura dejó caer el pesado martillo y observó los restos con expresión severa.
A su alrededor, los habitantes del pueblo gritaban indignados. Algunos lloraban. Otros apretaban los puños, exigiendo explicaciones. Para ellos, aquella figura era sagrada; el corazón mismo de su fe.
-¡Blasfemo!
Gritó un anciano.
-¡Has destruido la imagen del Señor!
-¡Deberían expulsarte!
El sacerdote levantó la mirada hacia la multitud. Su sotana estaba cubierta de polvo y pequeñas heridas marcaban sus manos por el esfuerzo. Sin embargo, no había duda ni miedo en sus ojos. Cuando los gritos comenzaron a apagarse, habló con voz firme:
●¿La imagen del Señor?
Se inclinó y tomó uno de los fragmentos de piedra caídos.
●Esto es piedra.
Lo dejó caer nuevamente.
●Nada más.
El silencio empezó a extenderse entre la multitud.
●Habéis olvidado las mismas enseñanzas que decís defender.
Entonces recitó con fuerza, como si estuviera pronunciando una sentencia:
●«Maldito el hombre que haga ídolo o imagen de fundición, abominación al Señor, obra de las manos del artífice, y la erige en secreto».
Muchos bajaron la vista.
El cura señaló los restos de la estatua.
●¿Quién la hizo? Un hombre.
Señaló los fragmentos dispersos.
●¿Quién la rompió? Otro hombre.
Después llevó una mano a su pecho.
●¿Y acaso Dios cambió por ello?
Nadie respondió.
●Dios no necesita estatuas. No necesita pinturas. No necesita que el hombre le dé una forma para existir. Él no es como los dioses paganos nacidos de la piedra, del metal o de la madera. Porque ÉL es Dios.
El viento atravesó la plaza mientras las palabras resonaban entre las casas.
●Vosotros os arrodillabais ante una obra humana y olvidasteis aquello que representaba. Protegíais la imagen, pero descuidabais las enseñanzas. Defendíais la piedra con más fervor que la misericordia, la justicia y la verdad.
Uno a uno, los rostros furiosos comenzaron a transformarse en expresiones de duda.
El cura extendió los brazos hacia la multitud.
●Ahora responded como ordena la Escritura.
Su voz retumbó en la plaza.
●«Y todo el pueblo responderá, y dirá: Amén».
Durante unos segundos nadie habló.
Entonces una anciana inclinó la cabeza.
-Amén...
Otro la siguió.
-Amén.
Y poco a poco, como una ola que recorría la plaza, las voces comenzaron a unirse.
-Amén.
-Amén.
-Amén.
Mientras el eco de aquella palabra llenaba el pueblo, el joven sacerdote permaneció inmóvil frente a los restos de la estatua, sin celebrar su victoria. Porque para él no había destruido una imagen de Dios.
●Te Deum laudamus
Había destruido un ídolo.