• La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable.

    El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma.

    — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que...

    — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle.

    El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente

    "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó.

    «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy.

    Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar:

    𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧.

    No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos.

    — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla.

    — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están...

    — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴.

    Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad.

    Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba.

    "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti."

    𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤.

    No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era:

    Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos.

    — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo.

    No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha.

    El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..."

    Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?"

    — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo.

    El mar rió. Y entonces, la escupió.

    La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰.

    A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–.

    «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró.

    Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas.

    En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo.

    "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
    La arena no era arena, eran fragmentos de deseos olvidados que crujían como huesos bajo sus pies. El mar no era mar, sino una masa oscura y espesa que reflejaba las caras distorsionadas cada vez que la luna falsa se asomaba entre las nubes. El aire olía a sal, hierro, y...a electricidad estática. Los dedos enguantados de los Vigilantes le hundían las garras en sus brazos, marcando su piel a través de la fina tela de su vestido. Ella respiró hondo, sintiendo como las runas de supresión en sus muñecas latían en sincronía con su pulso acelerado. Cada símbolo era un clavo en su magia, un intento del Consejo por domesticar lo que era indomable. El Capitán de los Vigilantes avanzó, su armadura chirriaba con cada paso sobre la arena brillante. La espada rúnica en su mano dejaba un rastro de luz azulada en el aire, como si cortara la realidad misma. — Terminemos esto, Kael —dijo uno de Los Vigilantes, mientras ajustaba su agarre en el brazo izquierdo de Svetla— hay que llevarla ante el Consejo antes de que... — Antes de que ¿qué? —interrumpió ella, alzando la vista con una sonrisa desafiante. Su mechón blanco brillaba bajo la luz lunar— ¿antes de que él Capitán recuerde que...su esposa también pidió un deseo una vez? Uno que él no supo darle. El Capitán se tensó. El filo de su espada tembló levemente "Si...ahí está. La grieta en tu armadura, capitán" Pensó. «𝘌𝘴𝘤𝘶𝘱𝘦 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘳𝘢 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘰𝘳𝘪𝘳.» Murmuró Luc, con su silueta semitransparente flotando a un lado de ella. Pero él sabía que ella no moriría. No hoy. Svetla cerró los ojos y escuchó. Más allá de las palabras de los Vigilantes, que seguían discutiendo que hacer. Más allá de la voz de la sombra fantasmal que siempre la acompañaba. Más allá del crujir de sus propios pasos. Allí, estaba el verdadero sonido de ese lugar: 𝙀𝙡 𝙢𝙖𝙧. No. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳. No era el simple oleaje de un océano humano, sino el susurro del Primer Caos, aquel que existía antes de que los deseos tuvieran un nombre. Era un murmullo que le hablaba en lenguas olvidadas, que le recordaba lo que era: hija del abismo, tejedora de costuras entre mundos, vendedora de deseos. — ¿Sabes que le pasa al mar cuando alguien le pide un deseo...? —susurró Svetla. — Cállate —gruñó el capitan, ignorando el significado tras las palabras de la castaña— No puedes escapar, Le'ron. tus poderes están... — ¿Bloqueados? —Svetla rió, y en ese momento, la primera gota de sangre cayó de su nariz a la arena. Los vigilantes no la vieron hundirse en el suelo, no sintieron como los granos de deseos olvidados absorbían la gota rojiza— quizás los poderes pueden ser robados, Kael. Pero el caos... 𝘦𝘭 𝘤𝘢𝘰𝘴 𝘴𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘦𝘴. Con un movimiento brusco, la castaña retorció su brazo izquierdo hasta sentir el crujido del hueso dislocándose. El dolor no importaba, porque había algo que callaría al dolor pronto...la libertad. Las runas de supresión necesitaban contacto completo para funcionar. Un hueso fuera de lugar, una herida abierta, y la cadena se rompía por un instante. Un segundo. Un segundo era todo lo que necesitaba. "Ven a mi" Susurró al mar, pero no con palabras, sino con el lenguaje de las cosas que se rompen. "Cómo yo voy a ti." 𝙀𝙡 𝙤𝙘𝙚𝙖𝙣𝙤 𝙧𝙪𝙜𝙞𝙤. No fue una ola lo que vino, sino una herida en el mundo que se abrió desde las profundidades hasta la orilla. Los Vigilantes gritaron cuando el agua negra les golpeó, pero el verdadero horror llegó cuando vieran lo que realmente era: Millones de manos translucidas, bocas abiertas en gritos silenciados, dedos que buscaban agarrar, arrastrar. Los restos de todos los deseos no pagados, las promesas rotas que el mar había recolectado desde el principio de los tiempos. — ¡Sueltenla! —alcanzó a gritar uno de Los Vigilantes antes de que la primera mano se cerrara alrededor de su tobillo. No necesitó que se lo dijeran dos veces. Con un movimiento fluido –como si el dolor de su brazo le perteneciera a otro cuerpo–, se zafó de los agarres y saltó hacia la brecha. El agua fría la envolvió como un vientre materno. Por un momento, todo fue silencio y oscuridad. Luego, las voces comenzaron. "𝘜𝘯 𝘰𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘢𝘨𝘶𝘥𝘢..." "𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰..." "𝘜𝘯 𝘩𝘪𝘫𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘦𝘭 𝘱𝘰𝘥𝘦𝘳..." Eran los ecos de los pactos que el mar recordaba. Sintió cómo sus pulmones ardían, pero no por falta de aire –nadie se ahoga aqui– sino porque el caos le preguntaba: "¿𝘘𝘶𝘦 𝘥𝘢𝘴 𝘢 𝘤𝘢𝘮𝘣𝘪𝘰, 𝘱𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢 𝘮𝘦𝘯𝘵𝘪𝘳𝘰𝘴𝘢?" — ¡Lo que sea! —gritó, y su voz resonó en el mismo caos como un disparo. El mar rió. Y entonces, la escupió. La castaña cayó de rodillas en la arena. Una arena que no era más que solo arena. Frente a un mar que si era mar. Otra playa, está vez en el plano primario. El agua salada que escupió estaba teñida de rojo, pero no era sangre... 𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘱𝘦𝘵𝘢𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘧𝘭𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘪𝘢 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰. A su lado, Luc se materializó, más pálido que de costumbre –como si eso fuera posible–. «𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘩𝘢𝘨𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘰. 𝘕𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘮𝘢𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘦𝘴 𝘢 𝘦𝘴𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘴.» Murmuró. Ella no respondió. Se limitó a mirar hacia el horizonte, dónde la luna –esta vez, una real. La luna que conocía– se reflejaba sobre aguas demasiado tranquilas. En su muñeca, dónde antes estaban las runas de supresión, ahora había una marca nueva. Una que parecía girar si la mirabas demasiado tiempo. "Todo deseo tiene un costo..." Pensó, acariciando la marca.
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    D•E•X•A

    Irys no podía dejar de correr. La oscuridad a su alrededor se hacía más densa, más fria con cada paso que daba, como si el aire mismo la intentara atrapar, envolverla y sofocarla. Su mente estaba sumida en un torbellino de imágenes y emociones que la ahogaban.

    Cada rincón de su ser gritaba por escapar de esa sensación de vacío que se expandía sin control. Las calles se desvanecían a su alrededor, las luces parpadeaban y se distorsionaban como si fueran solo fragmentos de lo que alguna vez fue real. En su pecho, el latido de su corazón resonaba como un tambor, un recordatorio constante de que aún estaba viva, pero ni siquiera esa certeza lograba calmarla.

    El recuerdo de D•E•X•A seguía allí, como una sombra, arrastrándose detrás de ella. Él la llamaba, aunque sus palabras se desintegraban antes de alcanzar sus oídos, como si el universo mismo tratara de borrarlo de su existencia.

    ¿Cómo podía ser real si él estaba atrapado en ese limbo de dolor y desesperación? ¿Cómo podía aferrarse a algo que se desmoronaba ante sus ojos?De repente, el sonido de pasos se filtró en su mente, entrelazándose con el eco de su propio pánico. Se detuvo en seco, el aire frío cortándole la piel. La niebla envolvía la calle, oscureciendo aún más el camino por el que había huido.

    — Irys... — la voz resonó, profunda, como un susurro en sus oídos. Era D•E•X•A. Pero no podía ser él, no después de todo lo que había visto. No podía ser real.

    Giró hacia el sonido, los ojos desorbitados. No había nadie. Sólo la niebla. Pero su mente insistía, le ofrecía la ilusión de su presencia, esa voz que la llamaba, la instaba a acercarse, a entender lo que estaba pasando.

    — ¡Por favor. Ya déjame en paz! — exclamó, aferrándose a sus propios pensamientos, intentando mantener el control. Pero la confusión crecía, y una sensación de frío abrumador y de dolor la envolvía.

    Y en ese momento, algo se rompió dentro de ella. La distorsión en su mente alcanzó su punto máximo. Las imágenes comenzaron a fusionarse con una velocidad aterradora.

    D•E•X•A, el rostro de su madre, el suyo propio, Shiori, el castillo, Eros, todos se entrelazaban y desmoronaban ante sus ojos. Nada era lo que parecía.

    — ¿Qué está pasando? — susurró, la desesperación colándose en su voz. La oscuridad se apoderó de su visión, y cuando levantó la cabeza, un rostro apareció en la niebla. Un rostro que no debería estar allí.

    Un desconocido, pero con una mirada tan familiar. Sin embargo, algo en él no era humano. Algo estaba profundamente errado. La figura sonrió de manera extraña, casi vacía, mientras se acercaba lentamente.

    — Estás buscando respuestas donde no las hay, Irys — dijo la figura, su voz un eco distorsionado de la de D•E•X•A, una mezcla fon la voz robótica que alguna vez habia conocido, por la que habia sentido mil cosas a pesar de su poca humanidad.

    Irys dio un paso atrás, temblando, mientras la oscuridad la engullía aún más. La distorsión no era solo en su mente, era todo lo que la rodeaba.

    " ¿Era este un nuevo engaño de su mente rota?"
    [dexa_defender] Irys no podía dejar de correr. La oscuridad a su alrededor se hacía más densa, más fria con cada paso que daba, como si el aire mismo la intentara atrapar, envolverla y sofocarla. Su mente estaba sumida en un torbellino de imágenes y emociones que la ahogaban. Cada rincón de su ser gritaba por escapar de esa sensación de vacío que se expandía sin control. Las calles se desvanecían a su alrededor, las luces parpadeaban y se distorsionaban como si fueran solo fragmentos de lo que alguna vez fue real. En su pecho, el latido de su corazón resonaba como un tambor, un recordatorio constante de que aún estaba viva, pero ni siquiera esa certeza lograba calmarla. El recuerdo de D•E•X•A seguía allí, como una sombra, arrastrándose detrás de ella. Él la llamaba, aunque sus palabras se desintegraban antes de alcanzar sus oídos, como si el universo mismo tratara de borrarlo de su existencia. ¿Cómo podía ser real si él estaba atrapado en ese limbo de dolor y desesperación? ¿Cómo podía aferrarse a algo que se desmoronaba ante sus ojos?De repente, el sonido de pasos se filtró en su mente, entrelazándose con el eco de su propio pánico. Se detuvo en seco, el aire frío cortándole la piel. La niebla envolvía la calle, oscureciendo aún más el camino por el que había huido. — Irys... — la voz resonó, profunda, como un susurro en sus oídos. Era D•E•X•A. Pero no podía ser él, no después de todo lo que había visto. No podía ser real. Giró hacia el sonido, los ojos desorbitados. No había nadie. Sólo la niebla. Pero su mente insistía, le ofrecía la ilusión de su presencia, esa voz que la llamaba, la instaba a acercarse, a entender lo que estaba pasando. — ¡Por favor. Ya déjame en paz! — exclamó, aferrándose a sus propios pensamientos, intentando mantener el control. Pero la confusión crecía, y una sensación de frío abrumador y de dolor la envolvía. Y en ese momento, algo se rompió dentro de ella. La distorsión en su mente alcanzó su punto máximo. Las imágenes comenzaron a fusionarse con una velocidad aterradora. D•E•X•A, el rostro de su madre, el suyo propio, Shiori, el castillo, Eros, todos se entrelazaban y desmoronaban ante sus ojos. Nada era lo que parecía. — ¿Qué está pasando? — susurró, la desesperación colándose en su voz. La oscuridad se apoderó de su visión, y cuando levantó la cabeza, un rostro apareció en la niebla. Un rostro que no debería estar allí. Un desconocido, pero con una mirada tan familiar. Sin embargo, algo en él no era humano. Algo estaba profundamente errado. La figura sonrió de manera extraña, casi vacía, mientras se acercaba lentamente. — Estás buscando respuestas donde no las hay, Irys — dijo la figura, su voz un eco distorsionado de la de D•E•X•A, una mezcla fon la voz robótica que alguna vez habia conocido, por la que habia sentido mil cosas a pesar de su poca humanidad. Irys dio un paso atrás, temblando, mientras la oscuridad la engullía aún más. La distorsión no era solo en su mente, era todo lo que la rodeaba. " ¿Era este un nuevo engaño de su mente rota?"
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  • El anciano mago estaba sentado en una roca, con la mirada perdida en el suelo polvoriento de la pradera. Sus manos temblaban levemente mientras repasaba en su mente los fragmentos de un conjuro que, por alguna razón, ya no podía recordar. Su túnica, antaño majestuosa, estaba raída por los años y su sombrero ladeado le daba un aire de hombre perdido en su propio tiempo.

    Ghost apareció detrás de él, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa en el rostro.

    —Vaya, vaya… parece que alguien ha olvidado las llaves de su casa.

    El mago levantó la vista con un sobresalto, entrecerrando los ojos para ver mejor a la figura de cabello naranja que le sonreía con aire despreocupado.

    —¿Quién eres tú? —preguntó con voz áspera.

    —Ghost. Un amigo de los que se pierden —respondió, sentándose a su lado—. Y tú, si no me equivoco, eres un hechicero que olvidó cómo abrir su propio portal.

    El anciano suspiró con frustración.

    —Es ridículo… He viajado por dimensiones enteras, lanzado hechizos que podrían hacer temblar montañas, pero este… este simple conjuro se me ha escapado. Como si mi mente se negara a recordarlo.

    Ghost apoyó un codo en su rodilla y se inclinó hacia él.

    —La memoria es caprichosa, especialmente cuando la mente se llena de dudas. Pero dime, ¿qué recuerdas del hechizo?

    El mago cerró los ojos, frunciendo el ceño.

    —Era… algo sobre llamas azules… y un círculo en espiral…

    Ghost chasqueó los dedos.

    —¡Ah! Un portal de llamas frías. Buen gusto. Pero dime, cuando lo aprendiste, ¿qué sentiste?

    El mago abrió los ojos, confundido.

    —¿Sentir? No sé… emoción, supongo. Era joven, impetuoso. Lo aprendí para poder escapar de un maestro que… bueno, que no quería que me fuera.

    Ghost se rió suavemente.

    —Ahí lo tienes. No es que lo hayas olvidado… es que ya no eres el mismo joven impetuoso de antes. Tu mente lo bloqueó porque ya no eres alguien que huye.

    El mago frunció el ceño y Ghost le dio un golpecito en la frente con el dedo índice.

    —Pero recuerda, la magia no es solo palabras y símbolos. Es emoción, es instinto. No pienses en el hechizo. Siente el momento en el que lo aprendiste.

    El anciano respiró hondo y cerró los ojos de nuevo. Sus dedos empezaron a moverse, dibujando en el aire un círculo que brillaba con un resplandor azul pálido. Ghost observó con una sonrisa cuando el aire frente a ellos comenzó a retorcerse y, de repente, un portal de llamas frías se abrió frente a ellos.

    El mago lo miró con asombro.

    —Lo recordé…

    Ghost se puso de pie y le tendió la mano.

    —No lo recordaste. Lo volviste a encontrar dentro de ti.

    El anciano tomó su mano y se levantó con dificultad. Miró el portal y luego a Ghost con gratitud.

    —Gracias.

    Ghost se encogió de hombros con una sonrisa juguetona.

    —Es mi especialidad. Ahora, antes de que se cierre… ¿o acaso quieres quedarte aquí a tomar el té conmigo?

    El mago rió y, con una última mirada de respeto, cruzó el portal. Cuando desapareció, Ghost suspiró y miró el cielo dorado de la pradera.

    —Uno más que encuentra su camino… Ahora, ¿quién sigue?

    Antes de que el portal se cerrara por completo, Ghost alzó una mano en despedida y, con una sonrisa ladeada, dijo en un tono relajado:

    —じゃあな、魔法使いさん。(Jā na, mahōtsukai-san.)

    El resplandor azul del portal parpadeó una última vez antes de desvanecerse en la nada.
    El anciano mago estaba sentado en una roca, con la mirada perdida en el suelo polvoriento de la pradera. Sus manos temblaban levemente mientras repasaba en su mente los fragmentos de un conjuro que, por alguna razón, ya no podía recordar. Su túnica, antaño majestuosa, estaba raída por los años y su sombrero ladeado le daba un aire de hombre perdido en su propio tiempo. Ghost apareció detrás de él, con las manos en los bolsillos y una media sonrisa en el rostro. —Vaya, vaya… parece que alguien ha olvidado las llaves de su casa. El mago levantó la vista con un sobresalto, entrecerrando los ojos para ver mejor a la figura de cabello naranja que le sonreía con aire despreocupado. —¿Quién eres tú? —preguntó con voz áspera. —Ghost. Un amigo de los que se pierden —respondió, sentándose a su lado—. Y tú, si no me equivoco, eres un hechicero que olvidó cómo abrir su propio portal. El anciano suspiró con frustración. —Es ridículo… He viajado por dimensiones enteras, lanzado hechizos que podrían hacer temblar montañas, pero este… este simple conjuro se me ha escapado. Como si mi mente se negara a recordarlo. Ghost apoyó un codo en su rodilla y se inclinó hacia él. —La memoria es caprichosa, especialmente cuando la mente se llena de dudas. Pero dime, ¿qué recuerdas del hechizo? El mago cerró los ojos, frunciendo el ceño. —Era… algo sobre llamas azules… y un círculo en espiral… Ghost chasqueó los dedos. —¡Ah! Un portal de llamas frías. Buen gusto. Pero dime, cuando lo aprendiste, ¿qué sentiste? El mago abrió los ojos, confundido. —¿Sentir? No sé… emoción, supongo. Era joven, impetuoso. Lo aprendí para poder escapar de un maestro que… bueno, que no quería que me fuera. Ghost se rió suavemente. —Ahí lo tienes. No es que lo hayas olvidado… es que ya no eres el mismo joven impetuoso de antes. Tu mente lo bloqueó porque ya no eres alguien que huye. El mago frunció el ceño y Ghost le dio un golpecito en la frente con el dedo índice. —Pero recuerda, la magia no es solo palabras y símbolos. Es emoción, es instinto. No pienses en el hechizo. Siente el momento en el que lo aprendiste. El anciano respiró hondo y cerró los ojos de nuevo. Sus dedos empezaron a moverse, dibujando en el aire un círculo que brillaba con un resplandor azul pálido. Ghost observó con una sonrisa cuando el aire frente a ellos comenzó a retorcerse y, de repente, un portal de llamas frías se abrió frente a ellos. El mago lo miró con asombro. —Lo recordé… Ghost se puso de pie y le tendió la mano. —No lo recordaste. Lo volviste a encontrar dentro de ti. El anciano tomó su mano y se levantó con dificultad. Miró el portal y luego a Ghost con gratitud. —Gracias. Ghost se encogió de hombros con una sonrisa juguetona. —Es mi especialidad. Ahora, antes de que se cierre… ¿o acaso quieres quedarte aquí a tomar el té conmigo? El mago rió y, con una última mirada de respeto, cruzó el portal. Cuando desapareció, Ghost suspiró y miró el cielo dorado de la pradera. —Uno más que encuentra su camino… Ahora, ¿quién sigue? Antes de que el portal se cerrara por completo, Ghost alzó una mano en despedida y, con una sonrisa ladeada, dijo en un tono relajado: —じゃあな、魔法使いさん。(Jā na, mahōtsukai-san.) El resplandor azul del portal parpadeó una última vez antes de desvanecerse en la nada.
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  • Trapped in a song
    Fandom Oc
    Categoría Original
    D•E•X•A

    Había pasado ya bastante tiempo recorriendo recuerdos Dexa encontrando cosas de todo tipo: momentos de su infancia, conversaciones con sus compañeros, e incluso fragmentos de sus clases, aquellas interminables lecciones que Dexa parecía haber olvidado con el paso de los años.

    Uno de esos recuerdos, particularmente monótono, se encontraba en una de las clases de astrofísica que había tomado en el pasado.

    La clase de astrofísica no solo le parecía tediosa, sino que la sensación de estar atrapada en ese mar de fórmulas y conceptos sin contexto la había dejado completamente indiferente.

    La mente de Dexa era fascinante, pero este particular rincón era un desierto de pensamientos sin vida, algo que no le ofrecía ninguna gratificación.

    En un impulso, Irys desvió su conciencia, deshaciéndose de la densa niebla matemática que la rodeaba.

    Sintió una corriente fría a través de su mente, y en un abrir y cerrar de ojos, algo cambió. Se dejó arrastrar por un nuevo impulso de pensamiento, un cambio de ritmo en el flujo de la mente de Dexa, hasta que, de repente, todo a su alrededor se transformó.

    Mientras se encontraba flotando en la penumbra de un espacio desolado, una niebla gélida envolvía su ser y la música resonaba a través de la niebla y llenaba el aire.

    No era una música que tuviera un origen concreto, parecía más bien surgir del mismo vacío, como si el sonido estuviera suspendido entre las paredes de su mente y la de Dexa.

    A pesar de ser tan sutil y suave tenia una carga emocional que se sentía en el alma misma.

    Irys observó su entorno con curiosidad. Aunque no estaba físicamente presente en ese espacio su cuerpo real había quedado atrás, en algún rincón perdido del palacio o tal vez vagando en algún portal olvidado, su conciencia estaba atrapada aquí, junto a la de Dexa, dentro de sus pensamientos.

    Era extraño, como si su propia existencia estuviera suspendida entre los hilos de la realidad y la mente de su compañero. Pero por alguna razón, no le molestaba. Al contrario, lo encontraba fascinante, incluso reconfortante.

    El paisaje en este pensamiento era algo sombrío, desolado. Nada crecía allí, pero la música, esa melodía envolvente, contradecía la frialdad del lugar, añadiendo una extraña sensación de calidez en medio de la desolación.

    Irys se giró, mirando hacia donde la melodía parecía surgir. La presencia de Dexa estaba cerca, sin ser visible, pero su pensamiento estaba tan claro como si estuviera allí mismo.

    — ¿Así que esta es la música que te gusta? — Su voz resonó en el aire, aunque no había sonido real en ese espacio, su tono penetraba en cada rincón de la mente compartida.

    A lo lejos, las imágenes de la batalla contra Eros empezaron a tomar forma en el aire frío que los rodeaba. Irys podía ver los recuerdos de Dexa como si fueran proyecciones flotando frente a ella: la lucha intensa, los momentos de desesperación, y esa sensación de que todo estaba por desmoronarse.

    Dexa sabía que ella podía ver sus recuerdos, así como él podía acceder a los de ella. Ambos compartían pensamientos, recuerdos y sentimientos sin filtros, sin la posibilidad de esconderse.

    Era una sensación extraña, hasta abrumante por momentos pero a pesar de todo no hubiese cambiado a su acompañante por nadie más.

    Una de las cosas que le intrigaba y aue parecia compartir con Dexa era la decisión final de Eros.

    — Sabes, se que no lo mencioné antes pero él pudo habernos destruido a ambos. Podría haber terminado con nosotros en ese mismo momento. Pero no lo hizo. Nos dio la oportunidad de estar aquí, en tu mente, en tus recuerdos. ¿Por qué? ¿Qué hay detrás de todo esto?

    La melodía cambió, como si fuera una respuesta a sus palabras, volviéndose más melancólica, más lenta. Irys sintió una ligera presión en su pecho, como si la música misma reflejara las emociones de Dexa en ese momento. ¿Qué pensaba él sobre éso?
    [dexa_defender] Había pasado ya bastante tiempo recorriendo recuerdos Dexa encontrando cosas de todo tipo: momentos de su infancia, conversaciones con sus compañeros, e incluso fragmentos de sus clases, aquellas interminables lecciones que Dexa parecía haber olvidado con el paso de los años. Uno de esos recuerdos, particularmente monótono, se encontraba en una de las clases de astrofísica que había tomado en el pasado. La clase de astrofísica no solo le parecía tediosa, sino que la sensación de estar atrapada en ese mar de fórmulas y conceptos sin contexto la había dejado completamente indiferente. La mente de Dexa era fascinante, pero este particular rincón era un desierto de pensamientos sin vida, algo que no le ofrecía ninguna gratificación. En un impulso, Irys desvió su conciencia, deshaciéndose de la densa niebla matemática que la rodeaba. Sintió una corriente fría a través de su mente, y en un abrir y cerrar de ojos, algo cambió. Se dejó arrastrar por un nuevo impulso de pensamiento, un cambio de ritmo en el flujo de la mente de Dexa, hasta que, de repente, todo a su alrededor se transformó. Mientras se encontraba flotando en la penumbra de un espacio desolado, una niebla gélida envolvía su ser y la música resonaba a través de la niebla y llenaba el aire. No era una música que tuviera un origen concreto, parecía más bien surgir del mismo vacío, como si el sonido estuviera suspendido entre las paredes de su mente y la de Dexa. A pesar de ser tan sutil y suave tenia una carga emocional que se sentía en el alma misma. Irys observó su entorno con curiosidad. Aunque no estaba físicamente presente en ese espacio su cuerpo real había quedado atrás, en algún rincón perdido del palacio o tal vez vagando en algún portal olvidado, su conciencia estaba atrapada aquí, junto a la de Dexa, dentro de sus pensamientos. Era extraño, como si su propia existencia estuviera suspendida entre los hilos de la realidad y la mente de su compañero. Pero por alguna razón, no le molestaba. Al contrario, lo encontraba fascinante, incluso reconfortante. El paisaje en este pensamiento era algo sombrío, desolado. Nada crecía allí, pero la música, esa melodía envolvente, contradecía la frialdad del lugar, añadiendo una extraña sensación de calidez en medio de la desolación. Irys se giró, mirando hacia donde la melodía parecía surgir. La presencia de Dexa estaba cerca, sin ser visible, pero su pensamiento estaba tan claro como si estuviera allí mismo. — ¿Así que esta es la música que te gusta? — Su voz resonó en el aire, aunque no había sonido real en ese espacio, su tono penetraba en cada rincón de la mente compartida. A lo lejos, las imágenes de la batalla contra Eros empezaron a tomar forma en el aire frío que los rodeaba. Irys podía ver los recuerdos de Dexa como si fueran proyecciones flotando frente a ella: la lucha intensa, los momentos de desesperación, y esa sensación de que todo estaba por desmoronarse. Dexa sabía que ella podía ver sus recuerdos, así como él podía acceder a los de ella. Ambos compartían pensamientos, recuerdos y sentimientos sin filtros, sin la posibilidad de esconderse. Era una sensación extraña, hasta abrumante por momentos pero a pesar de todo no hubiese cambiado a su acompañante por nadie más. Una de las cosas que le intrigaba y aue parecia compartir con Dexa era la decisión final de Eros. — Sabes, se que no lo mencioné antes pero él pudo habernos destruido a ambos. Podría haber terminado con nosotros en ese mismo momento. Pero no lo hizo. Nos dio la oportunidad de estar aquí, en tu mente, en tus recuerdos. ¿Por qué? ¿Qué hay detrás de todo esto? La melodía cambió, como si fuera una respuesta a sus palabras, volviéndose más melancólica, más lenta. Irys sintió una ligera presión en su pecho, como si la música misma reflejara las emociones de Dexa en ese momento. ¿Qué pensaba él sobre éso?
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  • *Haciendo estiramientos para hacer los entrenamientos diarios pero esta vez en el cielo en campo libre y no en casa, ya que padre estaría ocupado con sus quehaceres de reparar el cielo me dispuse a hacerlos solo, comenzando el entrenamiento con mis poderes sagrados cada vez me cansaba menos al usarlos y eran más precisos, pero al buen rato me comencé aquello comenzaba a aburrir así que aprovechando que no tenía vigilancia esboce una amplia sonrisa traviesa, haciendo aparecer mi atuendo puesto de arlequín eso daba índice a que se venían las locuras*

    - Probemos a ver si los maniquís del cielo aguantan algo de caos~.

    *Creando una bola del tamaño de una pelota de futbol el cual brillaba de arcoíris la lance hacia arriba para hacer aparecer un bate en mi mano sujetándolo con ambas y batear la bola con todas mis fuerzas, lo que no me esperaría es que aquella bola al impactar con el maniquí esta rebotaría mandándola hacia arriba dividiéndola en muchos fragmentos y dispersándose como las bolas de dragón yéndose a saber dónde y a saber que harán, a lo mejor explotaran destruyendo algo, transformando o simplemente crearan confeti, ¿Quién sabe?, al ver eso quedo un silencio casi sepulcral dando suaves golpecitos la punta del bate en el suelo y mirando hacia los lados, me eche hacia atrás lentamente apareciendo una trampilla de sótano en el suelo abierta y entrando lentamente escuchándose una risita sabiendo de que algo va a pasar*

    - Hehehehehe~.
    *Haciendo estiramientos para hacer los entrenamientos diarios pero esta vez en el cielo en campo libre y no en casa, ya que padre estaría ocupado con sus quehaceres de reparar el cielo me dispuse a hacerlos solo, comenzando el entrenamiento con mis poderes sagrados cada vez me cansaba menos al usarlos y eran más precisos, pero al buen rato me comencé aquello comenzaba a aburrir así que aprovechando que no tenía vigilancia esboce una amplia sonrisa traviesa, haciendo aparecer mi atuendo puesto de arlequín eso daba índice a que se venían las locuras* - Probemos a ver si los maniquís del cielo aguantan algo de caos~. *Creando una bola del tamaño de una pelota de futbol el cual brillaba de arcoíris la lance hacia arriba para hacer aparecer un bate en mi mano sujetándolo con ambas y batear la bola con todas mis fuerzas, lo que no me esperaría es que aquella bola al impactar con el maniquí esta rebotaría mandándola hacia arriba dividiéndola en muchos fragmentos y dispersándose como las bolas de dragón yéndose a saber dónde y a saber que harán, a lo mejor explotaran destruyendo algo, transformando o simplemente crearan confeti, ¿Quién sabe?, al ver eso quedo un silencio casi sepulcral dando suaves golpecitos la punta del bate en el suelo y mirando hacia los lados, me eche hacia atrás lentamente apareciendo una trampilla de sótano en el suelo abierta y entrando lentamente escuchándose una risita sabiendo de que algo va a pasar* - Hehehehehe~.
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  • Hey there babe....
    Categoría Fantasía
    La fría oscuridad envolvía todo. Un vacío que no era vacío, sino una presencia constante de algo que solía ser, algo que había sido desterrado para existir entre los cristales diminutos que danzaban en la corriente del alma de D.E.X.A

    Irys, aunque fragmentada y dispersa, aún era consciente de sí misma, de su existencia reducida a un estado tan frágil y sutil que las fronteras entre el ser y la nada se difuminaban.

    El sonido monótono de alguna máquina de Hyperion la sacó del trance. Un suspiro silente recorrió el éter, un eco que fue más pensamiento que acción. "D.e.x.a"

    El nombre resonaba en su mente, como un faro en la tormenta de su propia disolución opacando el sonido de la batalla lejana entre Aikaterina y Dana que vibraba en las paredes de su prisión etérea. Estaban luchando por ella, por la idea de ella, por devolverla a su forma tangible.

    Pero Irys ya no era una forma. Ella era algo más, algo que solo podía existir en la mente del cyborg quién también peleaba una nueva batalla entre ls vida.

    Irys se habia reducido a ser unos fragmentos de luz y energía atrapados en las fibras de su ser, entrelazados con sus pensamientos, sus miedos, sus deseos.

    "¿Sabes que puedo escucharte, cierto, Dex? He decidido que te diré así hasta que por fin me digas tu nombre..."

    Era un susurro que atravesaba la barrera de la conciencia, un puente entre los dos mundos. Irys sentía la tensión de su alma conectándose con la de él, las huellas de sus emociones fluyendo a través de ella, como una corriente eléctrica que le recordaba su humanidad.

    "¿Quieres escapar conmigo de nuevo?" La voz de D.e.x.a había llegado a ella en medio del caos, como una promesa susurrada entre la guerra y la desolación. Pero en su interior, Irys sabía que aún había un peligro, un velo que se debía mantener intacto. No podía ser encontrada. No aún.

    "Debes guardar el secreto..." Irys pensó, su esencia bañada en la desesperación de un amor imposible. "No debes dejar que nadie sepa que estoy aquí que estoy contigo. La verdad de mi existencia debe permanecer oculta hasta que encuentre una forma de regresar a ti."

    Y aunque sus palabras eran solo pensamientos, sabia que él podia escucharlas con claridad. Sabía que la batalla que se libraba fuera de ellos era peligrosa, pero aún más lo era el destino de Irys, un destino que, ahora, dependía por completo de él.

    Mientras el sonido de las peleas lejanas aumentaba, Irys se desvaneció de nuevo en la quietud, sus cristales brillando tenuemente en el fondo del alma de Dexa.

    Sabía que el tiempo estaba en su contra, pero también sentía el peso de su amor, tan cercano, tan profundo, que podía sostenerla, incluso en su forma más etérea.
    La fría oscuridad envolvía todo. Un vacío que no era vacío, sino una presencia constante de algo que solía ser, algo que había sido desterrado para existir entre los cristales diminutos que danzaban en la corriente del alma de D.E.X.A Irys, aunque fragmentada y dispersa, aún era consciente de sí misma, de su existencia reducida a un estado tan frágil y sutil que las fronteras entre el ser y la nada se difuminaban. El sonido monótono de alguna máquina de Hyperion la sacó del trance. Un suspiro silente recorrió el éter, un eco que fue más pensamiento que acción. "D.e.x.a" El nombre resonaba en su mente, como un faro en la tormenta de su propia disolución opacando el sonido de la batalla lejana entre Aikaterina y Dana que vibraba en las paredes de su prisión etérea. Estaban luchando por ella, por la idea de ella, por devolverla a su forma tangible. Pero Irys ya no era una forma. Ella era algo más, algo que solo podía existir en la mente del cyborg quién también peleaba una nueva batalla entre ls vida. Irys se habia reducido a ser unos fragmentos de luz y energía atrapados en las fibras de su ser, entrelazados con sus pensamientos, sus miedos, sus deseos. "¿Sabes que puedo escucharte, cierto, Dex? He decidido que te diré así hasta que por fin me digas tu nombre..." Era un susurro que atravesaba la barrera de la conciencia, un puente entre los dos mundos. Irys sentía la tensión de su alma conectándose con la de él, las huellas de sus emociones fluyendo a través de ella, como una corriente eléctrica que le recordaba su humanidad. "¿Quieres escapar conmigo de nuevo?" La voz de D.e.x.a había llegado a ella en medio del caos, como una promesa susurrada entre la guerra y la desolación. Pero en su interior, Irys sabía que aún había un peligro, un velo que se debía mantener intacto. No podía ser encontrada. No aún. "Debes guardar el secreto..." Irys pensó, su esencia bañada en la desesperación de un amor imposible. "No debes dejar que nadie sepa que estoy aquí que estoy contigo. La verdad de mi existencia debe permanecer oculta hasta que encuentre una forma de regresar a ti." Y aunque sus palabras eran solo pensamientos, sabia que él podia escucharlas con claridad. Sabía que la batalla que se libraba fuera de ellos era peligrosa, pero aún más lo era el destino de Irys, un destino que, ahora, dependía por completo de él. Mientras el sonido de las peleas lejanas aumentaba, Irys se desvaneció de nuevo en la quietud, sus cristales brillando tenuemente en el fondo del alma de Dexa. Sabía que el tiempo estaba en su contra, pero también sentía el peso de su amor, tan cercano, tan profundo, que podía sostenerla, incluso en su forma más etérea.
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  • Dana's lab
    Fandom Hololive/Oc
    Categoría Original
    Irys se encuentra tendida en una cama de laboratorio, bajo una luz tenue que parpadea suavemente sobre su rostro.

    La sala está llena de máquinas de monitoreo y frascos con extraños líquidos, todo rodeado por la inquietante quietud de un lugar donde se realizan experimentos desconocidos.

    El aire es frío, casi estéril, y el silencio es profundo, solo roto por el zumbido de los equipos. Sin embargo, a pesar de la frialdad del entorno y la soledad que la rodea, Irys se siente en paz, como si estuviera flotando en un sueño profundo, sin preocupaciones ni miedos.

    En su mente, los recuerdos llegan en fragmentos. La voz de su madre resuena suavemente, como un susurro lejano pero claro. "Eres tan linda, Irys. Eres tan especial, llena de luz Siempre has sido mi esperanza."

    Esas palabras le dan una calidez que no puede explicar, una sensación de amor profundo que la envuelve, pese a que en la realidad está sola en esa sala fría, bajo la vigilancia de Dana, quién le ha prometido devolverle su humanidad, aunque los detalles de cómo lo hará siguen siendo un misterio inquietante.

    Irys siente una conexión con esos recuerdos, como si las palabras de su madre fueran su ancla en este mar de incertidumbre.

    Aunque su cuerpo parece estar inmóvil, en su mente puede viajar libremente, y en esos momentos, la soledad de la sala de laboratorio desaparece.

    En su sueño, se siente feliz, completa, como si hubiera encontrado un refugio en la fragilidad de esos recuerdos. No sabe qué le deparará el futuro ni si alguna vez recuperará lo que ha perdido, pero mientras su mente se adentra más en su sueño, se aferra a la sensación de ser querida, especial, y valiosa.

    La esperanza no ha desaparecido, ni siquiera en este lugar tan extraño y distante.

    Todo parece indicar que el experimento de Dana tiene un propósito oscuro y un final incierto, pero Irys, en su sueño, no puede preocuparse por eso.

    Solo sabe que, por ahora, su corazón sigue latiendo con la dulzura de las palabras de su madre.
    Irys se encuentra tendida en una cama de laboratorio, bajo una luz tenue que parpadea suavemente sobre su rostro. La sala está llena de máquinas de monitoreo y frascos con extraños líquidos, todo rodeado por la inquietante quietud de un lugar donde se realizan experimentos desconocidos. El aire es frío, casi estéril, y el silencio es profundo, solo roto por el zumbido de los equipos. Sin embargo, a pesar de la frialdad del entorno y la soledad que la rodea, Irys se siente en paz, como si estuviera flotando en un sueño profundo, sin preocupaciones ni miedos. En su mente, los recuerdos llegan en fragmentos. La voz de su madre resuena suavemente, como un susurro lejano pero claro. "Eres tan linda, Irys. Eres tan especial, llena de luz Siempre has sido mi esperanza." Esas palabras le dan una calidez que no puede explicar, una sensación de amor profundo que la envuelve, pese a que en la realidad está sola en esa sala fría, bajo la vigilancia de Dana, quién le ha prometido devolverle su humanidad, aunque los detalles de cómo lo hará siguen siendo un misterio inquietante. Irys siente una conexión con esos recuerdos, como si las palabras de su madre fueran su ancla en este mar de incertidumbre. Aunque su cuerpo parece estar inmóvil, en su mente puede viajar libremente, y en esos momentos, la soledad de la sala de laboratorio desaparece. En su sueño, se siente feliz, completa, como si hubiera encontrado un refugio en la fragilidad de esos recuerdos. No sabe qué le deparará el futuro ni si alguna vez recuperará lo que ha perdido, pero mientras su mente se adentra más en su sueño, se aferra a la sensación de ser querida, especial, y valiosa. La esperanza no ha desaparecido, ni siquiera en este lugar tan extraño y distante. Todo parece indicar que el experimento de Dana tiene un propósito oscuro y un final incierto, pero Irys, en su sueño, no puede preocuparse por eso. Solo sabe que, por ahora, su corazón sigue latiendo con la dulzura de las palabras de su madre.
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  • Los espías.
    Fandom Libre
    Categoría Acción
    La noche había caído sobre los bosques de Canadá, envolviendo la vasta extensión del territorio de Blood Moon en una penumbra salpicada por el resplandor de la luna llena. La nieve crujía bajo las botas de los transeúntes y el viento helado transportaba consigo el aroma de la madera quemándose en las chimeneas de las cabañas cercanas.

    En lo alto de un risco, con la vista dominando el extenso territorio, se encontraba él.

    Anthork en su forma humana.

    El Alpha de Blood Moon observaba desde su posición privilegiada, con los ojos plateados reflejando la luz de la luna como si fueran dos fragmentos de hielo pulido. Vestía con su habitual chaqueta de cuero oscura, abierta sobre una camiseta negra, y unos vaqueros desgastados. Su respiración era tranquila, controlada, pero la tensión en sus músculos indicaba que estaba atento, siempre listo.

    El equilibrio en su territorio se había visto amenazado en las últimas semanas. Cazadores furtivos, traficantes de sangre y órganos sobrenaturales… Basura que se creía con derecho a pisar sus dominios. No eran humanos corrientes, sino un grupo bien organizado, con armas diseñadas para cazar seres como él. Había recibido quejas, testimonios de desapariciones, rastros de enfrentamientos. Aún no los había atrapado, pero sabía que estaban cerca.

    Respiró hondo, dejando que el aire invernal llenara sus pulmones. El bosque murmuraba a su alrededor, y su instinto le decía que no estaba solo.

    Alguien se acercaba, Anthork no se movió, no tenía por qué. Su territorio, sus reglas.

    —Si piensas esconderte en mis dominios, más vale que sepas en qué territorio estás pisando —su voz grave y dominante rompió el silencio, resonando en la inmensidad de la noche.

    Si era un enemigo, no dudaría en acabar con él.
    Si era un aliado, más le valía tener buenas razones para estar allí.
    La noche había caído sobre los bosques de Canadá, envolviendo la vasta extensión del territorio de Blood Moon en una penumbra salpicada por el resplandor de la luna llena. La nieve crujía bajo las botas de los transeúntes y el viento helado transportaba consigo el aroma de la madera quemándose en las chimeneas de las cabañas cercanas. En lo alto de un risco, con la vista dominando el extenso territorio, se encontraba él. Anthork en su forma humana. El Alpha de Blood Moon observaba desde su posición privilegiada, con los ojos plateados reflejando la luz de la luna como si fueran dos fragmentos de hielo pulido. Vestía con su habitual chaqueta de cuero oscura, abierta sobre una camiseta negra, y unos vaqueros desgastados. Su respiración era tranquila, controlada, pero la tensión en sus músculos indicaba que estaba atento, siempre listo. El equilibrio en su territorio se había visto amenazado en las últimas semanas. Cazadores furtivos, traficantes de sangre y órganos sobrenaturales… Basura que se creía con derecho a pisar sus dominios. No eran humanos corrientes, sino un grupo bien organizado, con armas diseñadas para cazar seres como él. Había recibido quejas, testimonios de desapariciones, rastros de enfrentamientos. Aún no los había atrapado, pero sabía que estaban cerca. Respiró hondo, dejando que el aire invernal llenara sus pulmones. El bosque murmuraba a su alrededor, y su instinto le decía que no estaba solo. Alguien se acercaba, Anthork no se movió, no tenía por qué. Su territorio, sus reglas. —Si piensas esconderte en mis dominios, más vale que sepas en qué territorio estás pisando —su voz grave y dominante rompió el silencio, resonando en la inmensidad de la noche. Si era un enemigo, no dudaría en acabar con él. Si era un aliado, más le valía tener buenas razones para estar allí.
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  • La Primavera... Y yo la amaba, como amaba todos ése detalles magníficos del ciclo de la naturaleza. Adoraba todas ésas canciones, bailar, dejarme fluir con ésa armonía pues yo... Yo también soy uno de ésos fragmentos de vida y quiero deambular libre, soltar mi voz, ser genuina conmigo misma.
    La Primavera... Y yo la amaba, como amaba todos ése detalles magníficos del ciclo de la naturaleza. Adoraba todas ésas canciones, bailar, dejarme fluir con ésa armonía pues yo... Yo también soy uno de ésos fragmentos de vida y quiero deambular libre, soltar mi voz, ser genuina conmigo misma.
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  • El sol de la tarde teñía el cielo de un naranja profundo cuando Jimoto apartó los últimos escombros de la antigua ruina. Su respiración era pesada, y su frente goteaba sudor, pero la emoción en su pecho lo mantenía en movimiento. Había seguido pistas durante meses, desenterrado documentos olvidados y recorrido paisajes traicioneros, todo en busca de un solo objeto: la esfera del dragón.

    Se encontraba en lo que alguna vez debió ser un templo, ahora reducido a columnas derruidas y muros agrietados cubiertos de musgo. A su alrededor, la vegetación se había abierto paso entre las piedras, abrazando la estructura con raíces retorcidas. A cada paso, sentía el crujir de la historia bajo sus pies, como si los susurros de los antiguos moradores aún flotaran en el aire.

    Su linterna iluminó un pedestal cubierto de inscripciones gastadas por el tiempo. Jimoto pasó la mano sobre ellas, removiendo el polvo acumulado, y entonces la vio.

    Allí, entre fragmentos de piedra y tierra acumulada, descansaba una esfera de cristal ámbar, reluciente a pesar del tiempo y la oscuridad. Cuatro estrellas rojas brillaban en su interior como brasas dormidas.

    El joven explorador sintió que su pecho se oprimía por la emoción. Extendió la mano temblorosa y, con el más absoluto respeto, tomó la esfera. Al instante, una ráfaga de viento recorrió la ruina, como si el mundo mismo reconociera el despertar de algo legendario.
    El sol de la tarde teñía el cielo de un naranja profundo cuando Jimoto apartó los últimos escombros de la antigua ruina. Su respiración era pesada, y su frente goteaba sudor, pero la emoción en su pecho lo mantenía en movimiento. Había seguido pistas durante meses, desenterrado documentos olvidados y recorrido paisajes traicioneros, todo en busca de un solo objeto: la esfera del dragón. Se encontraba en lo que alguna vez debió ser un templo, ahora reducido a columnas derruidas y muros agrietados cubiertos de musgo. A su alrededor, la vegetación se había abierto paso entre las piedras, abrazando la estructura con raíces retorcidas. A cada paso, sentía el crujir de la historia bajo sus pies, como si los susurros de los antiguos moradores aún flotaran en el aire. Su linterna iluminó un pedestal cubierto de inscripciones gastadas por el tiempo. Jimoto pasó la mano sobre ellas, removiendo el polvo acumulado, y entonces la vio. Allí, entre fragmentos de piedra y tierra acumulada, descansaba una esfera de cristal ámbar, reluciente a pesar del tiempo y la oscuridad. Cuatro estrellas rojas brillaban en su interior como brasas dormidas. El joven explorador sintió que su pecho se oprimía por la emoción. Extendió la mano temblorosa y, con el más absoluto respeto, tomó la esfera. Al instante, una ráfaga de viento recorrió la ruina, como si el mundo mismo reconociera el despertar de algo legendario.
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