• *Estando en mi habitación como de costumbre encerrado jugando a toda clase de juegos, WoW, Minecraft, Portal, Genshin Impact, etc, me iba a pasar toda la noche jugando y nada me lo iba a impedir, ya tenía mis energéticas en una parte del escritorio y una abierta en mi posavasos de mi silla gaming, aunque no me hacían falta por ser una maquina me gustaba beberlas por su sabor*
    *Estando en mi habitación como de costumbre encerrado jugando a toda clase de juegos, WoW, Minecraft, Portal, Genshin Impact, etc, me iba a pasar toda la noche jugando y nada me lo iba a impedir, ya tenía mis energéticas en una parte del escritorio y una abierta en mi posavasos de mi silla gaming, aunque no me hacían falta por ser una maquina me gustaba beberlas por su sabor*
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  • Es la misma situación todas las semanas. Siempre vuelve tarde, casi al último, a la sede de los caballeros para redactar los informes de sus actividades y de los temas que debe solucionar. El problema es que siempre deja todo al último, cuando no siempre está fresco el recuerdo en su memoria o cuando debe revisar entre un montón de papeles para encontrar lo que necesita. Testimonios, pistas, resumenes de investigación y una que otra queja para archivar están sobre su escritorio hasta el último minuto de la noche.

    — Quizá debería cambiar mi método de trabajo para la siguiente semana. —Es la misma frase, la misma sugerencia, la misma posibilidad que el capitán desecha cuando otras activifades terminan ocupando su tiempo.— Ah, también debo pensar la siguiente prueba para Noelle y evitar que se meta en algún problema. Le prometí a Klee que la llevaría a jugar Invocación de los sabios y necesito un trago. —Carraspeó, porque sentía que la abstinencia de vino de diente de león estaba acabando con él y sus energías.— Barbatos iluminame o eliminame.
    Es la misma situación todas las semanas. Siempre vuelve tarde, casi al último, a la sede de los caballeros para redactar los informes de sus actividades y de los temas que debe solucionar. El problema es que siempre deja todo al último, cuando no siempre está fresco el recuerdo en su memoria o cuando debe revisar entre un montón de papeles para encontrar lo que necesita. Testimonios, pistas, resumenes de investigación y una que otra queja para archivar están sobre su escritorio hasta el último minuto de la noche. — Quizá debería cambiar mi método de trabajo para la siguiente semana. —Es la misma frase, la misma sugerencia, la misma posibilidad que el capitán desecha cuando otras activifades terminan ocupando su tiempo.— Ah, también debo pensar la siguiente prueba para Noelle y evitar que se meta en algún problema. Le prometí a Klee que la llevaría a jugar Invocación de los sabios y necesito un trago. —Carraspeó, porque sentía que la abstinencia de vino de diente de león estaba acabando con él y sus energías.— Barbatos iluminame o eliminame.
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  • Hoy me quedare en casa revisando proyectos.
    Lo bueno es que mi escritorio es bastante comodo.
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  • ~Fue entonces cuando lo conocí. Se acercó a mí para presentarse formalmente, tal como lo habían hecho los demás invitados, yo simplemente correspondí a su saludo con cortesía, observándolo con disimulo, cada detalle suyo captó mi atención desde el primer instante. La conversación, trivial al inicio, que pronto perdió interés para mí, así que lo invité a recorrer el castillo en busca de un poco de silencio.

    Caminamos hasta llegar a una de las oficinas, amplia, adornada con un sofá, un escritorio y estanterías repletas de libros. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando el lugar con un resplandor tenue y casi irreal.
    Hablamos largamente. Me contó de su origen y de la especie a la que pertenecía mientras le ofrecía una copa de vino. Todo transcurría de manera amena, interesante incluso, pero mis intenciones ya no podían ocultarse por más tiempo, sin pedir permiso, acorté la distancia y me senté sobre su regazo. La confianza se instaló entre nosotros y, dejando las copas de lado, la charla fluyó con mayor naturalidad, sin que él notara que ya estaba atado a la silla.

    Me incorporé lentamente entre sus piernas, inclinándome hacia él. Reaccionó apenas un instante después, al comprender que no podía moverse, pero para entonces yo ya había conseguido lo que buscaba, mis dedos recorrieron su cuello con suavidad, sintiendo el pulso bajo la piel, hasta encontrar el punto exacto, el sin comprender lo que sucedía y lo que iba acontecer solo se quedó expectante. Sin pedir permiso allí mordí, bebiendo su sangre cálida, intensa, exquisita. Fue cuando comprendió que había caído en el terreno de una vampira.~
    ~Fue entonces cuando lo conocí. Se acercó a mí para presentarse formalmente, tal como lo habían hecho los demás invitados, yo simplemente correspondí a su saludo con cortesía, observándolo con disimulo, cada detalle suyo captó mi atención desde el primer instante. La conversación, trivial al inicio, que pronto perdió interés para mí, así que lo invité a recorrer el castillo en busca de un poco de silencio. Caminamos hasta llegar a una de las oficinas, amplia, adornada con un sofá, un escritorio y estanterías repletas de libros. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando el lugar con un resplandor tenue y casi irreal. Hablamos largamente. Me contó de su origen y de la especie a la que pertenecía mientras le ofrecía una copa de vino. Todo transcurría de manera amena, interesante incluso, pero mis intenciones ya no podían ocultarse por más tiempo, sin pedir permiso, acorté la distancia y me senté sobre su regazo. La confianza se instaló entre nosotros y, dejando las copas de lado, la charla fluyó con mayor naturalidad, sin que él notara que ya estaba atado a la silla. Me incorporé lentamente entre sus piernas, inclinándome hacia él. Reaccionó apenas un instante después, al comprender que no podía moverse, pero para entonces yo ya había conseguido lo que buscaba, mis dedos recorrieron su cuello con suavidad, sintiendo el pulso bajo la piel, hasta encontrar el punto exacto, el sin comprender lo que sucedía y lo que iba acontecer solo se quedó expectante. Sin pedir permiso allí mordí, bebiendo su sangre cálida, intensa, exquisita. Fue cuando comprendió que había caído en el terreno de una vampira.~
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  • -La oficina estaba en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el suave roce del papel y el lejano zumbido de las luces fluorescentes. Leon permanecía sentado tras su escritorio, las mangas de la camisa ligeramente arremangadas mientras ordenaba varios expedientes clasificados en distintas carpetas. Cada una llevaba sellos rojos y anotaciones precisas: ubicaciones, amenazas biológicas, posibles víctimas.
    Tomó uno de los informes y lo leyó con atención, frunciendo levemente el ceño al detenerse en un apartado marcado como “misión prioritaria”. Europa del Este. Actividad sospechosa. Restos de una cepa no identificada. Nada nuevo… y aun así, nunca dejaba de ser preocupante.
    Exhaló despacio, dejando el documento a un lado para tomar otro, revisando fechas, nombres y rutas de extracción. Su mente ya estaba varios pasos adelante, evaluando riesgos, escenarios y posibles fallos. Cerró la carpeta con un golpe seco y apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos.-

    Esto va a complicarse…

    -murmuró para sí, antes de alzar la mirada hacia la puerta, como si presintiera que no tardaría en recibir compañía o nuevas órdenes.-
    -La oficina estaba en un silencio casi absoluto, roto únicamente por el suave roce del papel y el lejano zumbido de las luces fluorescentes. Leon permanecía sentado tras su escritorio, las mangas de la camisa ligeramente arremangadas mientras ordenaba varios expedientes clasificados en distintas carpetas. Cada una llevaba sellos rojos y anotaciones precisas: ubicaciones, amenazas biológicas, posibles víctimas. Tomó uno de los informes y lo leyó con atención, frunciendo levemente el ceño al detenerse en un apartado marcado como “misión prioritaria”. Europa del Este. Actividad sospechosa. Restos de una cepa no identificada. Nada nuevo… y aun así, nunca dejaba de ser preocupante. Exhaló despacio, dejando el documento a un lado para tomar otro, revisando fechas, nombres y rutas de extracción. Su mente ya estaba varios pasos adelante, evaluando riesgos, escenarios y posibles fallos. Cerró la carpeta con un golpe seco y apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos.- Esto va a complicarse… -murmuró para sí, antes de alzar la mirada hacia la puerta, como si presintiera que no tardaría en recibir compañía o nuevas órdenes.-
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  • ‎ * La Mansión Vanderbilt-Hayess era una maravilla arquitectónica; combinaba la elegancia de lo antiguo con la complejidad de lo moderno. Las grandes puertas del lugar se abrían con una lentitud imponente para una sola persona *



    ‎ — Muy buenas, joven Marcus. ¿Cómo estuvo su día hoy?



    ‎ * El ama de llaves recibía al "hijo" varón de la familia con sumo respeto. Marcus asintió en respuesta; le dijo que el día estuvo un poco pesado y, sin profundizar más, se dirigió directo a su habitación. Pero antes de que diera los primeros pasos, la mujer le entregó un paquete: al parecer, era un regalo. Marcus le dio un vistazo a la etiqueta de envío, pero no reconoció la dirección de origen. De igual forma, le agradeció y siguió su camino... A medida que subía las escaleras, recordaba lo tediosa que fue la reinscripción en la universidad; ahora solo tenía ganas de acostarse y dormir. En cuanto llegó a su habitación dejó el paquete en su escritorio, se quitó el saco, se aflojo la corbata y procedió a sentarse en el borde de su cama. Era increíble la atracción que podía sentir hacia su almohada, pero antes debía contestar un par de mensajes de sus padres —quienes se encontraban de viaje por cuestiones laborales—. Antes de escribirles, vio que ambos habían actualizado su foto de perfil; se estaban hospedando en un gran hotel... Espera. Aquello le hizo recordar cierta publicación con la que había interactuado hace unos días. Marcus se salió del chat, entró en su red social y buscó el post exacto: se trataba de una posada con un encanto sin igual. Al ver la ubicación, se levantó para darle un segundo vistazo a la etiqueta de envío y tenía razón: se trataba de un obsequio de parte de aquella posada. El joven universitario —ahora lleno de curiosidad— destapó el paquete que había llegado mediante un servicio de entrega local exprés el interior parecía tenía un sistema térmico especial y vaya sorpresa se llevó al ver que eran unos dumplings, perfectamente sellados y conservados; el simple hecho de verlos le abrió el apetito *



    ‎ — Vaya... Sí que son amistosos en ese lugar, o su marketing está a otro nivel como para permitirse algo así



    ‎ * Marcus no pudo evitar hacer un comentario sarcástico, pero aun así estaba más que agradecido por el gesto. Con energías renovadas, volvió a su cama y tomó asiento. Con su teléfono se puso a indagar más sobre el lugar y averiguó quién era el encargado. Su mirada se posó nuevamente en los dumplings que humeaban; una media sonrisa se dibujó en su rostro antes de ponerse manos a la obra... *
    ‎ * La Mansión Vanderbilt-Hayess era una maravilla arquitectónica; combinaba la elegancia de lo antiguo con la complejidad de lo moderno. Las grandes puertas del lugar se abrían con una lentitud imponente para una sola persona * ‎ ‎ — Muy buenas, joven Marcus. ¿Cómo estuvo su día hoy? ‎ ‎ ‎ * El ama de llaves recibía al "hijo" varón de la familia con sumo respeto. Marcus asintió en respuesta; le dijo que el día estuvo un poco pesado y, sin profundizar más, se dirigió directo a su habitación. Pero antes de que diera los primeros pasos, la mujer le entregó un paquete: al parecer, era un regalo. Marcus le dio un vistazo a la etiqueta de envío, pero no reconoció la dirección de origen. De igual forma, le agradeció y siguió su camino... A medida que subía las escaleras, recordaba lo tediosa que fue la reinscripción en la universidad; ahora solo tenía ganas de acostarse y dormir. En cuanto llegó a su habitación dejó el paquete en su escritorio, se quitó el saco, se aflojo la corbata y procedió a sentarse en el borde de su cama. Era increíble la atracción que podía sentir hacia su almohada, pero antes debía contestar un par de mensajes de sus padres —quienes se encontraban de viaje por cuestiones laborales—. Antes de escribirles, vio que ambos habían actualizado su foto de perfil; se estaban hospedando en un gran hotel... Espera. Aquello le hizo recordar cierta publicación con la que había interactuado hace unos días. Marcus se salió del chat, entró en su red social y buscó el post exacto: se trataba de una posada con un encanto sin igual. Al ver la ubicación, se levantó para darle un segundo vistazo a la etiqueta de envío y tenía razón: se trataba de un obsequio de parte de aquella posada. El joven universitario —ahora lleno de curiosidad— destapó el paquete que había llegado mediante un servicio de entrega local exprés el interior parecía tenía un sistema térmico especial y vaya sorpresa se llevó al ver que eran unos dumplings, perfectamente sellados y conservados; el simple hecho de verlos le abrió el apetito * ‎ ‎ ‎ — Vaya... Sí que son amistosos en ese lugar, o su marketing está a otro nivel como para permitirse algo así ‎ ‎ ‎ * Marcus no pudo evitar hacer un comentario sarcástico, pero aun así estaba más que agradecido por el gesto. Con energías renovadas, volvió a su cama y tomó asiento. Con su teléfono se puso a indagar más sobre el lugar y averiguó quién era el encargado. Su mirada se posó nuevamente en los dumplings que humeaban; una media sonrisa se dibujó en su rostro antes de ponerse manos a la obra... *
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  • Los días siguientes a aquella noche mágica transcurrieron con una calma extraña, como si el mundo hubiese bajado el volumen solo para ellos. El amor flotaba entre ambos como un hilo invisible, tenso y delicado, sosteniéndolos dentro de una burbuja que los aislaba de todo y de todos. En ella había despertado la misma pasión y el mismo respeto por el templo que habitaban en él; adaptarse a los horarios y a las tareas no le resultó difícil, como si su cuerpo ya conociera ese ritmo desde antes. De algún modo, había tomado esa vida como propia, cuidaba el lugar sagrado de su amado con una devoción silenciosa, incluso en los momentos en que él debía ausentarse por asuntos que no compartía.

    Durante las mañanas, Kazuo desaparecía después del desayuno. Al principio no le pareció extraño; asumía que tenía responsabilidades que atender y la confianza que sentía por él era suficiente para no preguntarle a dónde se dirigía. Pero las mañanas comenzaron a estirarse hasta volverse tardes, y poco a poco el tiempo juntos se redujo a breves instantes durante el día y a las noches compartidas. La curiosidad terminó ganándole, porque todo lo desconocido la atraía como una polilla hacia la luz, y necesitaba saber qué era aquello que le robaba tantas horas.

    Esa mañana decidió seguirlo. Tras el desayuno se dedicó a ordenar lo que habían usado, dejó que él saliera primero, fingiendo que el día avanzaría con la misma normalidad de siempre. Cuando Kazuo cruzó la puerta, ella se calzó los zapatos y fue tras él. Aunque por momentos lo perdía de vista, aquel aroma tan característico seguía marcando el camino, como una señal invisible que siempre la conducía de vuelta a él. Atravesó una parte del terreno que aún no había explorado; el sendero nuevo la sorprendió y despertó todavía más su curiosidad, mientras la presión en su estómago crecía con cada paso.

    Minutos después llegó a una edificación. Se veía antigua, pero el cuidado constante la mantenía intacta, casi inmune al paso del tiempo. Sus orbes dorados brillaron con emoción; se preguntaba qué clase de maravilla guardaría en su interior y por qué Kazuo pasaba tantas horas en ese lugar. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, los nervios le erizaron la piel por completo, y en cada paso soltaba el aire que había estado conteniendo, cargado de tensión y expectativa. Al llegar a la puerta, la pelirroja se detuvo, su mano quedó suspendida a centímetros, y sin alargar más el momento la empujó, abriéndola lentamente. Allí encontró a Kazuo, sentado frente a un escritorio de madera, rodeado de pergaminos, escritos sagrados, manuscritos antiguos y textos considerados prohibidos; el kyōzō, la biblioteca de aquel templo, respiraba un aire denso, misterioso y viejo como la fe misma.

    —Así que aquí es donde estuviste escondiéndote estos días… Es precioso el lugar, y todo parece muy importante.

    Mientras se adentraba, pasaba la yema de sus dedos por los estantes con respeto y delicadeza, disfrutando de esa sensación mística que el lugar le ofrecía, como si cada libro susurrara una historia que aún no estaba lista para escuchar.

    Kazuo
    Los días siguientes a aquella noche mágica transcurrieron con una calma extraña, como si el mundo hubiese bajado el volumen solo para ellos. El amor flotaba entre ambos como un hilo invisible, tenso y delicado, sosteniéndolos dentro de una burbuja que los aislaba de todo y de todos. En ella había despertado la misma pasión y el mismo respeto por el templo que habitaban en él; adaptarse a los horarios y a las tareas no le resultó difícil, como si su cuerpo ya conociera ese ritmo desde antes. De algún modo, había tomado esa vida como propia, cuidaba el lugar sagrado de su amado con una devoción silenciosa, incluso en los momentos en que él debía ausentarse por asuntos que no compartía. Durante las mañanas, Kazuo desaparecía después del desayuno. Al principio no le pareció extraño; asumía que tenía responsabilidades que atender y la confianza que sentía por él era suficiente para no preguntarle a dónde se dirigía. Pero las mañanas comenzaron a estirarse hasta volverse tardes, y poco a poco el tiempo juntos se redujo a breves instantes durante el día y a las noches compartidas. La curiosidad terminó ganándole, porque todo lo desconocido la atraía como una polilla hacia la luz, y necesitaba saber qué era aquello que le robaba tantas horas. Esa mañana decidió seguirlo. Tras el desayuno se dedicó a ordenar lo que habían usado, dejó que él saliera primero, fingiendo que el día avanzaría con la misma normalidad de siempre. Cuando Kazuo cruzó la puerta, ella se calzó los zapatos y fue tras él. Aunque por momentos lo perdía de vista, aquel aroma tan característico seguía marcando el camino, como una señal invisible que siempre la conducía de vuelta a él. Atravesó una parte del terreno que aún no había explorado; el sendero nuevo la sorprendió y despertó todavía más su curiosidad, mientras la presión en su estómago crecía con cada paso. Minutos después llegó a una edificación. Se veía antigua, pero el cuidado constante la mantenía intacta, casi inmune al paso del tiempo. Sus orbes dorados brillaron con emoción; se preguntaba qué clase de maravilla guardaría en su interior y por qué Kazuo pasaba tantas horas en ese lugar. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, los nervios le erizaron la piel por completo, y en cada paso soltaba el aire que había estado conteniendo, cargado de tensión y expectativa. Al llegar a la puerta, la pelirroja se detuvo, su mano quedó suspendida a centímetros, y sin alargar más el momento la empujó, abriéndola lentamente. Allí encontró a Kazuo, sentado frente a un escritorio de madera, rodeado de pergaminos, escritos sagrados, manuscritos antiguos y textos considerados prohibidos; el kyōzō, la biblioteca de aquel templo, respiraba un aire denso, misterioso y viejo como la fe misma. —Así que aquí es donde estuviste escondiéndote estos días… Es precioso el lugar, y todo parece muy importante. Mientras se adentraba, pasaba la yema de sus dedos por los estantes con respeto y delicadeza, disfrutando de esa sensación mística que el lugar le ofrecía, como si cada libro susurrara una historia que aún no estaba lista para escuchar. [8KazuoAihara8]
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  • —A decir verdad, eres espantosamente lindo~

    Riendo mientras jugaba con el pequeño minino, se quedó en su escritorio, intentando tomarlo en brazos para dejarlo en una repisa, aunque terminó soltando la carcajada al verlo cual fideo colgando de sus manos.

    —Definitivamente no eres normal~
    —A decir verdad, eres espantosamente lindo~ Riendo mientras jugaba con el pequeño minino, se quedó en su escritorio, intentando tomarlo en brazos para dejarlo en una repisa, aunque terminó soltando la carcajada al verlo cual fideo colgando de sus manos. —Definitivamente no eres normal~
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  • -¿Quieres jugar?, bien. Juguemos a que tú eres mi maestro y yo soy tú estudiante y llevo malas notas. Ahora...¿me vas a acorralar y a inclinar sobre el escritorio, o eso también tengo que hacerlo yo misma?
    -¿Quieres jugar?, bien. Juguemos a que tú eres mi maestro y yo soy tú estudiante y llevo malas notas. Ahora...¿me vas a acorralar y a inclinar sobre el escritorio, o eso también tengo que hacerlo yo misma?
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  • 𝐔𝐧 𝐟𝐢𝐧 𝐝𝐞 𝐚𝐧̃𝐨 𝑺𝑶𝑳𝑰𝑻𝑨𝑹𝑰𝑶
    Fandom DMC
    Categoría Otros
    ¿Está bebiendo todavía desde anoche? Sí.

    Hielo, vaso, y Jack Daniels. Eso es lo que lleva bebiendo durante toda la noche y parte del día, ha pasado el fin de año solo, no por que no tuviera planes o no le hubieran ofrecido estar en familia, Nero y Kyrie habían insistido en que pasasen juntos aquella última noche del año pero el cazador había decidido que era mucho mejor alejarse, seguro que uno de esos malditos monstruos aparecía y jodía toda la fiesta, y ya se puso a Kyrie suficientemente en peligro tras los acontecimientos en Fortuna con el loco de Goldstein.

    Dante miraba el interior de su vaso, haciendo que el licor de color caramelo claro girase en la copa en compañía del hielo que allí flotaba.

    — Me estoy haciendo viejo.

    Dijo con una sonrisa mientras que con la mano libre se acariciaba el mentón, tenía una barbita de tres días que rascaba un poco.

    Su mirada subió por el escritorio donde estaba sentado hasta la foto de su madre, Eva.

    — Por ti, mamá.

    Acercó el vaso para chocarlo suavemente con la esquinita del marco de fotos y dio un largo trago a aquel licor.
    ¿Está bebiendo todavía desde anoche? Sí. Hielo, vaso, y Jack Daniels. Eso es lo que lleva bebiendo durante toda la noche y parte del día, ha pasado el fin de año solo, no por que no tuviera planes o no le hubieran ofrecido estar en familia, Nero y Kyrie habían insistido en que pasasen juntos aquella última noche del año pero el cazador había decidido que era mucho mejor alejarse, seguro que uno de esos malditos monstruos aparecía y jodía toda la fiesta, y ya se puso a Kyrie suficientemente en peligro tras los acontecimientos en Fortuna con el loco de Goldstein. Dante miraba el interior de su vaso, haciendo que el licor de color caramelo claro girase en la copa en compañía del hielo que allí flotaba. — Me estoy haciendo viejo. Dijo con una sonrisa mientras que con la mano libre se acariciaba el mentón, tenía una barbita de tres días que rascaba un poco. Su mirada subió por el escritorio donde estaba sentado hasta la foto de su madre, Eva. — Por ti, mamá. Acercó el vaso para chocarlo suavemente con la esquinita del marco de fotos y dio un largo trago a aquel licor.
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