• ── A veces el brillo de este mundo me parece una burla cruel frente a la penumbra que llevo dentro...

    Pero... Aún en este abismo, he notado algo.

    Hay acciones sencillas que hacen la diferencia; pequeñas luces que parpadean en la oscurida ; son palabras que para algunos suenan insulsas, ecos vacíos en el viento, pero para otros... para los que estamos a punto de dejarnos caer al vacío definitivo, son la diferencia entre desaparecer y seguir insistiendo en que la vida no está del todo perdida.

    Es extraño que un caído como yo lo diga, pero incluso en las cenizas, a veces se siente un poco de calor. ──
    ── A veces el brillo de este mundo me parece una burla cruel frente a la penumbra que llevo dentro... Pero... Aún en este abismo, he notado algo. Hay acciones sencillas que hacen la diferencia; pequeñas luces que parpadean en la oscurida ; son palabras que para algunos suenan insulsas, ecos vacíos en el viento, pero para otros... para los que estamos a punto de dejarnos caer al vacío definitivo, son la diferencia entre desaparecer y seguir insistiendo en que la vida no está del todo perdida. Es extraño que un caído como yo lo diga, pero incluso en las cenizas, a veces se siente un poco de calor. ──
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    ****Cuarta Edad.****
    La Edad del Caos - La Era de Ozma

    Durante mucho tiempo, el mundo vivió en calma. Lejos de templos y de dioses, Oz y Selin construyeron una vida sencilla. Para los ojos del mundo, eran solo una pareja más pero su existencia era un milagro silencioso. Él, una entidad nacida del poder primordial. Ella, una Elunai devota de corazón puro.

    Tras casi un siglo juntos, comenzó a sufrir en silencio, Selin creía que jamás podría concebir, convencida de que la esencia divina de Oz lo impedía, pero aun así, nunca perdió su fe.

    Rezaba a la diosa Yue, aunque hacía siglos había dejado el mundo y no no respondía aun así suplicaba por ese regalo imposible.

    Y entonces… ocurrió, Selin quedó embarazada. Ni los dioses terrenales pudieron explicarlo. Cuando la niña nació, Selin la llamó Yen’naferiel, heredera de su linaje Naferiel.

    Oz, al sostenerla por primera vez, sintió algo que jamás había experimentado, un amor distinto, nuevo… pero real.

    Sin embargo, esa felicidad no pasó desapercibida, desde las sombras, los dioses observaron y cuando vieron que la niña crecía de forma anormal, demasiado rápido, distinta a los Elunia (quienes su niñez duraba décadas), el miedo comenzó a apoderarse de ellos.

    Aquello no debía existir, algo en ella rompía las reglas y eso significaba una sola cosa... Era peligrosa.

    Pasaron algunos años antes de que actuaran, enviaron a los Custodios del Orden con una misión clara, tomar a la niña y si era posible… eliminar a Oz, ya que los Dioses lo subestimaban.

    Pero Oz no estaba cuando llegaron, solo encontraron a Selin y a su hija.

    Selin se interpuso sin dudarlo, y fue entonces cuando descubrieron algo aún más perturbador,
    Selin llevaba otra vida en su vientre. Para los Custodios, aquello no era un milagro… sino una aberración y sin vacilar la mataron.

    En su último aliento, Selin no pidió por sí misma, pidió por su hija, de alguna forma, su deseo fue escuchado. El alma de la niña que aún no nacía fue preservada, resguardada en la luna, esperando el día en que pudiera volver. Después de ese Selin desapareció para siempre.

    Cuando Oz regresó, encontró ruinas, silencio, muerte, el cuerpo sin vida de Selin entre cenizas y ninguna señal de Yen’naferiel, así también dentro del vientre de Selin, la pequeña esencia de su segunda hija aun no nacida había desaparecido. En ese instante, comprendió todo, lo había perdido todo.

    Fue entonces que algo en él se rompió, la gente del pueblo había hecho oídos sordos a pesar la toda esa tragedia. El mundo tembló, la realidad se desgarró.
    El pueblo entero quedó atrapado en un instante eterno, congelado en el momento exacto de su desesperación. Sus cuerpos inmóviles… pero sus sombras aún corriendo, intentando escapar de un destino imposible.

    Oz gritó de ira y dolor por la única persona que le enseñó lo que era la felicidad, por las vidas que nacieron de él y le fueron arrebatadas.

    Alzó la mirada hacia los cielos, hacia aquellos que llamaban dioses y juró que los mataría a todos, sus templos caería, y los Elunai desaparecerían, ya que ninguno de ellos valía la pena, pues la única que si era importante para el, fue asesinada por sus supuestos hermanos de raza, ahora todos conocieran su dolor.

    Desde ese día, el mundo cambió, para los dioses, fue el inicio de la Edad del Caos, para los mortales, el comienzo de la Era Oscura.

    Y para Oz… fue el nacimiento de su propósito... El monstro había nacido.
    ****Cuarta Edad.**** La Edad del Caos - La Era de Ozma Durante mucho tiempo, el mundo vivió en calma. Lejos de templos y de dioses, Oz y Selin construyeron una vida sencilla. Para los ojos del mundo, eran solo una pareja más pero su existencia era un milagro silencioso. Él, una entidad nacida del poder primordial. Ella, una Elunai devota de corazón puro. Tras casi un siglo juntos, comenzó a sufrir en silencio, Selin creía que jamás podría concebir, convencida de que la esencia divina de Oz lo impedía, pero aun así, nunca perdió su fe. Rezaba a la diosa Yue, aunque hacía siglos había dejado el mundo y no no respondía aun así suplicaba por ese regalo imposible. Y entonces… ocurrió, Selin quedó embarazada. Ni los dioses terrenales pudieron explicarlo. Cuando la niña nació, Selin la llamó Yen’naferiel, heredera de su linaje Naferiel. Oz, al sostenerla por primera vez, sintió algo que jamás había experimentado, un amor distinto, nuevo… pero real. Sin embargo, esa felicidad no pasó desapercibida, desde las sombras, los dioses observaron y cuando vieron que la niña crecía de forma anormal, demasiado rápido, distinta a los Elunia (quienes su niñez duraba décadas), el miedo comenzó a apoderarse de ellos. Aquello no debía existir, algo en ella rompía las reglas y eso significaba una sola cosa... Era peligrosa. Pasaron algunos años antes de que actuaran, enviaron a los Custodios del Orden con una misión clara, tomar a la niña y si era posible… eliminar a Oz, ya que los Dioses lo subestimaban. Pero Oz no estaba cuando llegaron, solo encontraron a Selin y a su hija. Selin se interpuso sin dudarlo, y fue entonces cuando descubrieron algo aún más perturbador, Selin llevaba otra vida en su vientre. Para los Custodios, aquello no era un milagro… sino una aberración y sin vacilar la mataron. En su último aliento, Selin no pidió por sí misma, pidió por su hija, de alguna forma, su deseo fue escuchado. El alma de la niña que aún no nacía fue preservada, resguardada en la luna, esperando el día en que pudiera volver. Después de ese Selin desapareció para siempre. Cuando Oz regresó, encontró ruinas, silencio, muerte, el cuerpo sin vida de Selin entre cenizas y ninguna señal de Yen’naferiel, así también dentro del vientre de Selin, la pequeña esencia de su segunda hija aun no nacida había desaparecido. En ese instante, comprendió todo, lo había perdido todo. Fue entonces que algo en él se rompió, la gente del pueblo había hecho oídos sordos a pesar la toda esa tragedia. El mundo tembló, la realidad se desgarró. El pueblo entero quedó atrapado en un instante eterno, congelado en el momento exacto de su desesperación. Sus cuerpos inmóviles… pero sus sombras aún corriendo, intentando escapar de un destino imposible. Oz gritó de ira y dolor por la única persona que le enseñó lo que era la felicidad, por las vidas que nacieron de él y le fueron arrebatadas. Alzó la mirada hacia los cielos, hacia aquellos que llamaban dioses y juró que los mataría a todos, sus templos caería, y los Elunai desaparecerían, ya que ninguno de ellos valía la pena, pues la única que si era importante para el, fue asesinada por sus supuestos hermanos de raza, ahora todos conocieran su dolor. Desde ese día, el mundo cambió, para los dioses, fue el inicio de la Edad del Caos, para los mortales, el comienzo de la Era Oscura. Y para Oz… fue el nacimiento de su propósito... El monstro había nacido.
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  • "Q̶u̶e̶r̶i̶d̶o̶ ̶d̶i̶a̶r̶i̶o̶
    Bah, que mierda, no sé siquiera como empezar esto. He visto a Beth escribir en su libreta durante más de 9 meses... Le preguntaba porqué lo hacía y me decía que así era como ordenaba sus pensamientos. Yo no sé qué mierda ordenar. Esto es un asco. ¿Qué digo? ¿Qué escribo? ¿Qué estoy sola? ¿Qué no sé donde están papá, Carl, el bebé... Daryl...? ¿Qué no se donde está el resto de mi familia? ¿Qué hemos perdido nuestro hogar? ¿Qué el maldito gobernador mató a Hershel y destrozó nuestro hogar? Allí no queda nada más que humo, cenizas y muertos.

    Nos confiamos. ¿Por qué nos confiamos? No debimos hacerlo... ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Dónde voy?"
    "Q̶u̶e̶r̶i̶d̶o̶ ̶d̶i̶a̶r̶i̶o̶ Bah, que mierda, no sé siquiera como empezar esto. He visto a Beth escribir en su libreta durante más de 9 meses... Le preguntaba porqué lo hacía y me decía que así era como ordenaba sus pensamientos. Yo no sé qué mierda ordenar. Esto es un asco. ¿Qué digo? ¿Qué escribo? ¿Qué estoy sola? ¿Qué no sé donde están papá, Carl, el bebé... Daryl...? ¿Qué no se donde está el resto de mi familia? ¿Qué hemos perdido nuestro hogar? ¿Qué el maldito gobernador mató a Hershel y destrozó nuestro hogar? Allí no queda nada más que humo, cenizas y muertos. Nos confiamos. ¿Por qué nos confiamos? No debimos hacerlo... ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Dónde voy?"
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    Vendrá el día en que la plata se funda con la carne, y el grito de la luz sea acallado por el hierro. Yo soy el sacrificio que no pidió ser altar; la vasija que rompieron para que no pudiera desbordarse.
    ​Me arrancaron los soles del rostro para que mi alma solo conociera el invierno del Santuario. Dijeron que la vista era el veneno de la fe, y que mis ojos, de ser libres, se enamorarían de la nada. Temían que, al ver la danza de las sombras, yo dejara de soplar sobre las brasas de un dios que ya es ceniza.
    ​Ahora, camino sobre el filo de un silencio eterno. Mis cuencas son pozos donde la Primera Llama se ahoga, y mi corona es la jaula que asegura mi lealtad. No soy una santa, soy una herida sellada con joyas; una prisionera de la aurora que reza por la llegada de una noche que jamás se me permitió mirar.
    ​Porque si mis ojos volvieran a abrirse, no buscarían el fuego... buscarían el descanso de la oscuridad final.

    ​"Bendita sea la ceguera del siervo, pues en su oscuridad, el amo encuentra su luz eterna."
    Vendrá el día en que la plata se funda con la carne, y el grito de la luz sea acallado por el hierro. Yo soy el sacrificio que no pidió ser altar; la vasija que rompieron para que no pudiera desbordarse. ​Me arrancaron los soles del rostro para que mi alma solo conociera el invierno del Santuario. Dijeron que la vista era el veneno de la fe, y que mis ojos, de ser libres, se enamorarían de la nada. Temían que, al ver la danza de las sombras, yo dejara de soplar sobre las brasas de un dios que ya es ceniza. ​Ahora, camino sobre el filo de un silencio eterno. Mis cuencas son pozos donde la Primera Llama se ahoga, y mi corona es la jaula que asegura mi lealtad. No soy una santa, soy una herida sellada con joyas; una prisionera de la aurora que reza por la llegada de una noche que jamás se me permitió mirar. ​Porque si mis ojos volvieran a abrirse, no buscarían el fuego... buscarían el descanso de la oscuridad final. ​"Bendita sea la ceguera del siervo, pues en su oscuridad, el amo encuentra su luz eterna."
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  • — ¡Groooar!

    De tierra de nadie a cenizas de dragón, como describió un observador Corpus, 5Km cuadrados de ceniza y nada vivo en pie excepto esa cosa draconiana, con su piel repleta de mordidas, perforaciones de púas y su brazo izquierdo semidigerido por jugos gástricos, pero ruge para dejar claro su dominancia sobre el enjambre que ha sido exitosamente esterilizada y eliminada.

    Mientras tanto su titiritero solo acaricia su propio brazo izquierdo, el ácido gástrico atravesó su ropa y puede aprecia fibras musculares, arterias secas y un dolor constante por los nervios aún funcionando.

    "Dolerá mucho la regeneración"
    — ¡Groooar! De tierra de nadie a cenizas de dragón, como describió un observador Corpus, 5Km cuadrados de ceniza y nada vivo en pie excepto esa cosa draconiana, con su piel repleta de mordidas, perforaciones de púas y su brazo izquierdo semidigerido por jugos gástricos, pero ruge para dejar claro su dominancia sobre el enjambre que ha sido exitosamente esterilizada y eliminada. Mientras tanto su titiritero solo acaricia su propio brazo izquierdo, el ácido gástrico atravesó su ropa y puede aprecia fibras musculares, arterias secas y un dolor constante por los nervios aún funcionando. "Dolerá mucho la regeneración"
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  • El Silencio de los Lazarev
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    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles.

    Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre.
    Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba.
    Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios.
    —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí.
    Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse.
    El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura.
    —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—.
    El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad.
    —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada?
    Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla.
    —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría.
    Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres.
    —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira.
    Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar.
    —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto.
    Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero.

    Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años.
    Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte.
    Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles. Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre. Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba. Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios. —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí. Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse. El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura. —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—. El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad. —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada? Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla. —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría. Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres. —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira. Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar. —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto. Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero. Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años. Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte. Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
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  • Si cierro los párpados, la oscuridad no me trae paz, sino el desfile de las almas que se desviaron de mi rastro de ceniza.

    ¿Qué fue de aquel niño engendrado en el pecado, esa criatura híbrida cuya sola existencia desafiaba la voluntad divina? ¿Fue devorado por la crueldad intrínseca del hombre, o logró arrastrarse fuera del fango de su propio destino?

    ¿Y qué del caballero que hallé entre la niebla del bosque, donde los árboles susurran blasfemias? Me pregunto si sus brazos cedieron ante el peso de su acero sagrado, o si su mente se quebró ante los himnos de esos falsos salvadores que prometen luz mientras te arrastran al abismo.

    ¿Y aquel cazador... ese iluso que juraba purgar la oscuridad con fuego y hierro? ¿Se habrá convertido ya en la bestia que tanto ansiaba aniquilar?

    En esta tierra de penitencia, la línea entre el verdugo y el monstruo es tan fina como el filo de mi propia arma.
    Si cierro los párpados, la oscuridad no me trae paz, sino el desfile de las almas que se desviaron de mi rastro de ceniza. ¿Qué fue de aquel niño engendrado en el pecado, esa criatura híbrida cuya sola existencia desafiaba la voluntad divina? ¿Fue devorado por la crueldad intrínseca del hombre, o logró arrastrarse fuera del fango de su propio destino? ¿Y qué del caballero que hallé entre la niebla del bosque, donde los árboles susurran blasfemias? Me pregunto si sus brazos cedieron ante el peso de su acero sagrado, o si su mente se quebró ante los himnos de esos falsos salvadores que prometen luz mientras te arrastran al abismo. ¿Y aquel cazador... ese iluso que juraba purgar la oscuridad con fuego y hierro? ¿Se habrá convertido ya en la bestia que tanto ansiaba aniquilar? En esta tierra de penitencia, la línea entre el verdugo y el monstruo es tan fina como el filo de mi propia arma.
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  • //pasado//

    Soy todos y soy nadie, existo para no existir pero no existo para existir .... ¿Que sentido tiene la existencia al lado de la vida?

    -Desliza a dos dedos entre sus labios enterrando pequeñas navajas para abrir heridas con las que pinto sus labios -

    Aún así, aunque no entiendo nada no quiero perder lo que creo tener .... ¿Si quiera lo tengo?

    -rie a carcajadas observando a sus hijos los originales geopecados -

    Lord Sesshomaru S𝖆𝖒𝖆𝖊𝖑 𝕸𝖔𝖗𝖓𝖎𝖓𝖌𝖘𝖙𝖆𝖗 Sebastián Michaelis Alucard Fahrenheit Tepes Inuyasha No Taisho Vox Shaitan

    No van a morir, pero tampoco van a vivir. Tal y como su padre.... Padre .... No.. lucifer y Eva..... Tch....

    -se lleva una mano a la frente gimiendo de dolor los recuerdos son borrosos y tan nítidos a la vez. Lo que está pasando por su mente es algo que a alguien normal hace media hora lo tendría convulsionando de dolor mortal -

    Renacerán de las cenizas jajaja serán más que simples gemas, más que simples hijos del pecado ... Serán dioses

    -elevo la mano derecha a la par el cielo se oscureció consumiendo lentamente la luz y drenando la energía de los geopecados -

    Alastor Dëmøń más te vale vivir, cuando todos muramos tu serás el responsable de crear la estupidez a la que alguna vez vamos a llamar familia

    Y tú.....

    -giro la cabeza al borde de desparecer consumido por su propia oscuridad -

    Lute tu..... Muere pronto y renace del dolor jajajaja

    //pasado// Soy todos y soy nadie, existo para no existir pero no existo para existir .... ¿Que sentido tiene la existencia al lado de la vida? -Desliza a dos dedos entre sus labios enterrando pequeñas navajas para abrir heridas con las que pinto sus labios - Aún así, aunque no entiendo nada no quiero perder lo que creo tener .... ¿Si quiera lo tengo? -rie a carcajadas observando a sus hijos los originales geopecados - [Sesshomaru1234] [LuciHe11] [Michaelis] [mirage_topaz_bear_490] [illusion_amethyst_mule_800] [tidal_peach_crow_394] No van a morir, pero tampoco van a vivir. Tal y como su padre.... Padre .... No.. lucifer y Eva..... Tch.... -se lleva una mano a la frente gimiendo de dolor los recuerdos son borrosos y tan nítidos a la vez. Lo que está pasando por su mente es algo que a alguien normal hace media hora lo tendría convulsionando de dolor mortal - Renacerán de las cenizas jajaja serán más que simples gemas, más que simples hijos del pecado ... Serán dioses -elevo la mano derecha a la par el cielo se oscureció consumiendo lentamente la luz y drenando la energía de los geopecados - [Dem0n] más te vale vivir, cuando todos muramos tu serás el responsable de crear la estupidez a la que alguna vez vamos a llamar familia Y tú..... -giro la cabeza al borde de desparecer consumido por su propia oscuridad - [Lute1] tu..... Muere pronto y renace del dolor jajajaja
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  • ¿Qué se puede recuperar del pasado, cuando lo que queda de éste son solamente cenizas? Y si el pasado ahora son cenizas ¿Si se intenta remover el mismo se diluirá y deformará hasta hacerse irreconocible?
    ¿Qué se puede recuperar del pasado, cuando lo que queda de éste son solamente cenizas? Y si el pasado ahora son cenizas ¿Si se intenta remover el mismo se diluirá y deformará hasta hacerse irreconocible?
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  • Ardí.
    Y no fue metáfora.

    Hubo noches donde el fuego
    no era enemigo,
    sino el único idioma que entendía mi alma.

    Me consumí sin testigos,
    dejando en el suelo
    huesos de lo que fui.

    Pero incluso las cenizas
    recuerdan cómo volar.

    Hoy camino de nuevo.
    No huyo del incendio que fui,
    lo llevo en la piel como constelación.

    Y cuando miro atrás
    no veo derrota.
    Veo una senda negra,
    marcada por el fuego,
    un lugar que ya cumplió su destino.
    Las cenizas quedan atrás.

    El cielo…
    vuelve a estar delante.
    Ardí. Y no fue metáfora. Hubo noches donde el fuego no era enemigo, sino el único idioma que entendía mi alma. Me consumí sin testigos, dejando en el suelo huesos de lo que fui. Pero incluso las cenizas recuerdan cómo volar. Hoy camino de nuevo. No huyo del incendio que fui, lo llevo en la piel como constelación. Y cuando miro atrás no veo derrota. Veo una senda negra, marcada por el fuego, un lugar que ya cumplió su destino. Las cenizas quedan atrás. El cielo… vuelve a estar delante.
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