—La bestia ha sido desatada nuevamente, el corazon del muchacho esta hecho cenizas y sus latidos aceleran mas rápido que sus motocierras, la muerte de su hermana menor fue el detonante perfecto para que Pochita tenga el control ahora—
—La bestia ha sido desatada nuevamente, el corazon del muchacho esta hecho cenizas y sus latidos aceleran mas rápido que sus motocierras, la muerte de su hermana menor fue el detonante perfecto para que Pochita tenga el control ahora—
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Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante.
Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso.
Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada.
Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli.
Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
Giros, existe el cielo y un estado de coma.
La jornada se había extendido hasta volverse asfixiante; una ironía molesta para el día de su cumpleaños. Sin embargo, la necesidad dictaba sus pasos: sus ahorros se habían desangrado, gota a gota, entre las estériles paredes del hospital. Ahora, se hallaba inmerso en el gélido abrazo del invierno citadino. Resultaba asombroso cómo la nieve persistía en su danza interminable; aunque el calendario sugería que el final de febrero o los albores de marzo marcarían el retiro del frío, el paisaje blanco parecía reclamar un dominio eterno. No es que detestara el invierno, pero anhelaba la caricia reconfortante del verano, ese calor que su cuerpo, delgado y quebradizo por una fragilidad congénita, rara vez lograba retener. Un onsen, pensó con un suspiro, sería el paraíso en ese instante.
Afortunadamente, su corazón le daba una tregua. Tras un largo periodo sin incidentes, el deseo de celebrar, aunque fuese de forma mínima, comenzaba a germinar en su pecho. Consideró la idea de beber con sus antiguos compañeros de orquesta, una noción que oscilaba entre lo agradable y lo agridulce. Sabía que la velada derivaría en esa insistente e incómoda pregunta: ¿por qué no volvía al violín? No podía culparlos por su curiosidad; después de todo, se había guardado para sí los motivos que lo obligaron a abandonar las cuerdas a mitad de su carrera, protegiendo su secreto con un celo casi religioso.
Había abandonado su puesto de trabajo al filo de la noche. Tras encadenar sesiones de canto y piano, el agotamiento pesaba en sus hombros; sentía las manos agarrotadas y la garganta como un desierto de ceniza. Definitivamente, necesitaba un trago. Nada pretencioso: un gurin sería el capricho perfecto para sellar la jornada.
Al cruzar el umbral hacia el exterior, observó cómo la última luz del sol agonizaba en el horizonte. El frío golpeó con saña, tiñendo de carmín sus mejillas y nariz, mientras sus dedos se entumecían pese al resguardo de sus preciados guantes de lana. Sin paraguas, inició una caminata pausada, permitiendo que el dolor sordo de sus articulaciones marcara el ritmo de sus pasos. De pronto, el cielo arreció en su nevada, obligándolo a apresurarse. Su abrigo, aunque generoso, dejaba su rostro a merced de los copos que, como fragmentos de cristal, se enredaban en sus cortas pestañas. Pese a la inclemencia, una chispa de júbilo le iluminó el rostro; caminaba con una sonrisa discreta, casi risueña, abriéndose paso entre la multitud anónima de la metrópoli.
Alcanzó el bar antes de lo previsto. Nunca había sido un devoto de la ciudad; prefería el susurro del campo o la salitre de la costa, la claridad del aire y el calor húmedo que abraza la piel. No obstante, empezaba a comprender que debía hacer las paces con su entorno. Se acomodó en una mesa retirada, lejos de la corriente de la puerta y del bullicio excesivo. Al despojarse de la chaqueta con un movimiento un tanto brusco, la tela se ciñó revelando la prominencia de su cadera, un vestigio de su delgadez. Finalmente se sentó, entregándose a la espera de ese primer sorbo del sake y ron japonés en el gurin, cuyo aroma azucarado prometía adormecer sus sentidos en una solitaria y necesaria celebración.
Llegué al lugar acordado cuando el cielo empezaba a apagarse, teñido de naranjas cansados y violetas profundos. El claro estaba rodeado de piedras antiguas, ennegrecidas por fuegos que no recordaban a ningún mundo conocido. El aire olía a ceniza dulce y a algo más viejo… primordial.
Y ahí estás tú.
Te mueves despacio, casi con timidez, intentando recordar los pasos de la danza del fuego primordial. Tu cuerpo los conoce mejor que tu mente. La piel blanca refleja la luz moribunda del atardecer; tu cabello medio negro, medio rojo y corto enmarca un rostro concentrado, serio, hermoso a su manera rota.
Desde tu espalda, los tentáculos —esas mutaciones nacidas donde antes hubo voz— se agitan con vida propia, reaccionando al calor latente del lugar, como si el fuego también quisiera escucharte… aunque no puedas hablarle.
Me detengo a unos pasos, observándote sin interrumpir, con una sonrisa suave.
—Cuánto tiempo, amiguita… Te he echado de menos.
Levanto la mano lentamente para no romper el momento. Entre mis dedos nace una llama pequeña, viva, que no quema. El fuego se pliega sobre sí mismo, florece, y adopta la forma de una flor incandescente. En su núcleo late una llama primordial, antigua como el primer latido del caos.
La acerco a mis labios, muerdo el núcleo sin dolor, y la flor se apaga un instante… solo para renacer más intensa.
Te la entrego con cuidado, abierta sobre mi palma.
—Ten.
—Una flor de mi alma.
Mis ojos buscan los tuyos, paciente, invitándote a tomarla… y a comenzar, juntas, la danza.
Rol con [soviet_experiment]
Llegué al lugar acordado cuando el cielo empezaba a apagarse, teñido de naranjas cansados y violetas profundos. El claro estaba rodeado de piedras antiguas, ennegrecidas por fuegos que no recordaban a ningún mundo conocido. El aire olía a ceniza dulce y a algo más viejo… primordial.
Y ahí estás tú.
Te mueves despacio, casi con timidez, intentando recordar los pasos de la danza del fuego primordial. Tu cuerpo los conoce mejor que tu mente. La piel blanca refleja la luz moribunda del atardecer; tu cabello medio negro, medio rojo y corto enmarca un rostro concentrado, serio, hermoso a su manera rota.
Desde tu espalda, los tentáculos —esas mutaciones nacidas donde antes hubo voz— se agitan con vida propia, reaccionando al calor latente del lugar, como si el fuego también quisiera escucharte… aunque no puedas hablarle.
Me detengo a unos pasos, observándote sin interrumpir, con una sonrisa suave.
—Cuánto tiempo, amiguita… Te he echado de menos.
Levanto la mano lentamente para no romper el momento. Entre mis dedos nace una llama pequeña, viva, que no quema. El fuego se pliega sobre sí mismo, florece, y adopta la forma de una flor incandescente. En su núcleo late una llama primordial, antigua como el primer latido del caos.
La acerco a mis labios, muerdo el núcleo sin dolor, y la flor se apaga un instante… solo para renacer más intensa.
Te la entrego con cuidado, abierta sobre mi palma.
—Ten.
—Una flor de mi alma.
Mis ojos buscan los tuyos, paciente, invitándote a tomarla… y a comenzar, juntas, la danza.
La nieve logró atrapar al demonio, cuyos pasos siempre derretían la escarcha y la grama se volvía cenizas debido a la intensidad de su maldad. ¿Acaso siendo del mundo inferior podría visitar con tranquilidad el exterior?
Siempre lo había pensado. Pero cuando sostenía su paraguas negro, mientras los copos de nieve caían en una danza sutil sobre su hombro y desaparecían al instante y el frío se intensificaba aún más en su ser, casi congelando todos sus huesos y su aliento, podía decirlo con facilidad: no podría anhelar lo corriente cuando no era nada más que un alma vagabunda sin rumbo eterno, sin hogar ni deseos propios.
#Demon
• 𝓗𝓪𝓲𝓨𝓾𝓮 • 𝓛𝓸𝓻𝓭 𝓓𝓮𝓶𝓸𝓷
La nieve logró atrapar al demonio, cuyos pasos siempre derretían la escarcha y la grama se volvía cenizas debido a la intensidad de su maldad. ¿Acaso siendo del mundo inferior podría visitar con tranquilidad el exterior?
Siempre lo había pensado. Pero cuando sostenía su paraguas negro, mientras los copos de nieve caían en una danza sutil sobre su hombro y desaparecían al instante y el frío se intensificaba aún más en su ser, casi congelando todos sus huesos y su aliento, podía decirlo con facilidad: no podría anhelar lo corriente cuando no era nada más que un alma vagabunda sin rumbo eterno, sin hogar ni deseos propios.
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Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
Akane lo sabía, el aire cambió antes de que él apareciera, el silencio se volvió pesado, como si el mundo mismo contuviera la respiración.
Ella estaba lista, había entrenado cada día, cada noche, con el recuerdo de la espada en su estómago y el fuego de la aldea ardiendo en su memoria. Ahora podía acceder a su forma oni lunar, y a un fragmento del poder de su forma licántropa aunque no todo pero lo suficiente.
El hombre llegó solo, sin soldados, sin escoltas,
solo él y su aura oscura. Akane lo miró desde la entrada de su casa.
—¿Y tus hombres? — Preguntó con ironía.
Él sonrió, era una sonrisa rota.
—Ya tomé lo que necesitaba de ellos.
Akane sintió el grito de las almas atrapadas en su aura, era un coro de dolor, un eco de muerte.
—Así que, tanto miedo me tienes?— Dijo, con sarcasmo. —Tuviste que consumirlos para enfrentarte a mí.
—Sacrificios necesarios — Respondió él, con voz grave. —Ahora sí tengo el poder para matarte de verdad.
Parte 10 - La batalla de las almas
El choque fue inmediato, oscuridad contra fuego.
Odio contra voluntad.
La pelea era pareja, cada golpe, cada hechizo, cada movimiento resonaba con la fuerza de dos destinos que se negaban a ceder.
Pero poco a poco, las almas atrapadas en el hombre comenzaron a moverse, a buscar, a intentar arrancar el alma de Akane.
Ella sintió las garras invisibles en su pecho, el frío en su sangre, el vacío en su mente, no tenía otra alternativa. Akane invocó el poder de su forma licántropa pero no se transformó, aunque su cuerpo adquirió velocidad, agilidad e instinto.
Esquivó los ataques oscuros, moviéndose como un relámpago entre las sombras y entonces, con un rugido que no era humano, activó las llamas de la loba. El fuego brotó de sus manos, ardiente, indomable, golpeando el núcleo del hombre, un cristal oscuro incrustado en su pecho.
Las almas fueron liberadas, el grito colectivo se convirtió en un canto de libertad pero las llamas se salieron de control. Akane no pudo contenerlas, su cuerpo se quebró bajo el peso de su propio poder.
El hombre cayó al suelo, su cuerpo comenzó a desintegrarse, consumido por las llamas que lo habían sostenido, eso fue lo ultimo que vio Akane antes que su propio fuego la envolvió también. Y cuando ya no pudo resistir, cayó al río cercano. Las aguas la arrastraron, apagando las llamas, llevándola lejos de la aldea, lejos del combate, lejos de todo.
Su última visión fue el cuerpo del hombre destruyéndose, convertido en polvo y ceniza.
Y luego, nada, solo el río, solo el silencio.
Parte 9 - El regreso del cazador.
Akane lo sabía, el aire cambió antes de que él apareciera, el silencio se volvió pesado, como si el mundo mismo contuviera la respiración.
Ella estaba lista, había entrenado cada día, cada noche, con el recuerdo de la espada en su estómago y el fuego de la aldea ardiendo en su memoria. Ahora podía acceder a su forma oni lunar, y a un fragmento del poder de su forma licántropa aunque no todo pero lo suficiente.
El hombre llegó solo, sin soldados, sin escoltas,
solo él y su aura oscura. Akane lo miró desde la entrada de su casa.
—¿Y tus hombres? — Preguntó con ironía.
Él sonrió, era una sonrisa rota.
—Ya tomé lo que necesitaba de ellos.
Akane sintió el grito de las almas atrapadas en su aura, era un coro de dolor, un eco de muerte.
—Así que, tanto miedo me tienes?— Dijo, con sarcasmo. —Tuviste que consumirlos para enfrentarte a mí.
—Sacrificios necesarios — Respondió él, con voz grave. —Ahora sí tengo el poder para matarte de verdad.
Parte 10 - La batalla de las almas
El choque fue inmediato, oscuridad contra fuego.
Odio contra voluntad.
La pelea era pareja, cada golpe, cada hechizo, cada movimiento resonaba con la fuerza de dos destinos que se negaban a ceder.
Pero poco a poco, las almas atrapadas en el hombre comenzaron a moverse, a buscar, a intentar arrancar el alma de Akane.
Ella sintió las garras invisibles en su pecho, el frío en su sangre, el vacío en su mente, no tenía otra alternativa. Akane invocó el poder de su forma licántropa pero no se transformó, aunque su cuerpo adquirió velocidad, agilidad e instinto.
Esquivó los ataques oscuros, moviéndose como un relámpago entre las sombras y entonces, con un rugido que no era humano, activó las llamas de la loba. El fuego brotó de sus manos, ardiente, indomable, golpeando el núcleo del hombre, un cristal oscuro incrustado en su pecho.
Las almas fueron liberadas, el grito colectivo se convirtió en un canto de libertad pero las llamas se salieron de control. Akane no pudo contenerlas, su cuerpo se quebró bajo el peso de su propio poder.
El hombre cayó al suelo, su cuerpo comenzó a desintegrarse, consumido por las llamas que lo habían sostenido, eso fue lo ultimo que vio Akane antes que su propio fuego la envolvió también. Y cuando ya no pudo resistir, cayó al río cercano. Las aguas la arrastraron, apagando las llamas, llevándola lejos de la aldea, lejos del combate, lejos de todo.
Su última visión fue el cuerpo del hombre destruyéndose, convertido en polvo y ceniza.
Y luego, nada, solo el río, solo el silencio.
El resplandor anaranjado de la brasa se intensifica con cada calada, iluminando por un segundo sus facciones tensas y la mirada perdida en la pantalla completamente negra del televisor apagado. No es sólo el cansancio del día lo que le pesa; es la sensación de que las piezas del puzzle que es su vida han dejado de encajar.
Suelta el aire lentamente, viendo cómo el humo se dispersa contra la madera de la mesa fría. Se pregunta en qué momento la ambición se convirtió en rutina y el silencio en una barrera infranqueable. Pero ahí está: reducido a la ceniza que sacude mecánicamente sobre el cenicero.
Es una tortura silenciosa. Alberto odia no tener el control, pero le aterra aún más romper el equilibrio.
«Me mira distinto, estoy seguro», piensa, para luego sacudir la cabeza con una sonrisa amarga. «O quizás sólo veo lo que quiero ver porque me estoy volviendo loco».
Aprieta el filtro entre los dedos. El cigarrillo se acaba, pero la duda sigue ahí, ardiendo con la misma intensidad que al principio.
Apura el último tramo del cigarrillo, sintiendo ese ligero mareo que ya no le relaja como antes. La ciudad sigue su curso fuera, ajena a sus dilemas, y él se queda ahí un momento más, postergando el regreso al mundo real, donde el silencio es mucho más denso que el humo que acaba de exhalar.
El resplandor anaranjado de la brasa se intensifica con cada calada, iluminando por un segundo sus facciones tensas y la mirada perdida en la pantalla completamente negra del televisor apagado. No es sólo el cansancio del día lo que le pesa; es la sensación de que las piezas del puzzle que es su vida han dejado de encajar.
Suelta el aire lentamente, viendo cómo el humo se dispersa contra la madera de la mesa fría. Se pregunta en qué momento la ambición se convirtió en rutina y el silencio en una barrera infranqueable. Pero ahí está: reducido a la ceniza que sacude mecánicamente sobre el cenicero.
Es una tortura silenciosa. Alberto odia no tener el control, pero le aterra aún más romper el equilibrio.
«Me mira distinto, estoy seguro», piensa, para luego sacudir la cabeza con una sonrisa amarga. «O quizás sólo veo lo que quiero ver porque me estoy volviendo loco».
Aprieta el filtro entre los dedos. El cigarrillo se acaba, pero la duda sigue ahí, ardiendo con la misma intensidad que al principio.
Apura el último tramo del cigarrillo, sintiendo ese ligero mareo que ya no le relaja como antes. La ciudad sigue su curso fuera, ajena a sus dilemas, y él se queda ahí un momento más, postergando el regreso al mundo real, donde el silencio es mucho más denso que el humo que acaba de exhalar.
Me dijeron que el destino de un soberano es observar cómo su mundo se desmorona para reconstruirlo sobre cenizas.
Mi abuelo reinó con miedo, mi tío con caos y mi padre con dolor. Pero yo no soy ellos. He visto morir a mi estirpe y he llorado por maestros convertidos en piedra. Cuando asuma plenamente mi lugar, no solo gobernaré los Nueve Mundos; crearé un orden donde la 'dignidad' no signifique morir en soledad, sino vivir para proteger lo que amamos.
El viejo Asgard murió con sus secretos. El nuevo nacerá de mi voluntad.
Me dijeron que el destino de un soberano es observar cómo su mundo se desmorona para reconstruirlo sobre cenizas.
Mi abuelo reinó con miedo, mi tío con caos y mi padre con dolor. Pero yo no soy ellos. He visto morir a mi estirpe y he llorado por maestros convertidos en piedra. Cuando asuma plenamente mi lugar, no solo gobernaré los Nueve Mundos; crearé un orden donde la 'dignidad' no signifique morir en soledad, sino vivir para proteger lo que amamos.
El viejo Asgard murió con sus secretos. El nuevo nacerá de mi voluntad.
— Soñé que moría y renacía como una pequeña bebé... —
Más tarde, después de una reunión con algunos miembros del sindicato.
— Oyabun, usted conoció a mi padre. Usted compartió la mesa con él. Fueron amigos.
Si aún queda algo de simpatía por él en su corazón, por ese resquício de amistad, permítame pedirle algo.
Si llegara a ser la próxima, lleven mis cenizas a Río. Sólo allí pude ser yo misma. —
— Soñé que moría y renacía como una pequeña bebé... —
Más tarde, después de una reunión con algunos miembros del sindicato.
— Oyabun, usted conoció a mi padre. Usted compartió la mesa con él. Fueron amigos.
Si aún queda algo de simpatía por él en su corazón, por ese resquício de amistad, permítame pedirle algo.
Si llegara a ser la próxima, lleven mis cenizas a Río. Sólo allí pude ser yo misma. —
No soy mas que las cenizas de lo que una vez fui, aquel fuego extinto aun vive en lo mas profundo de mi ser.
Algo que la oscuridad jamas tocara, una voluntad inquebrantable es lo que represento, mas si un día vuelvo a arrodillarme, que sea por una voluntad mas fuerte y digna.
No soy mas que las cenizas de lo que una vez fui, aquel fuego extinto aun vive en lo mas profundo de mi ser.
Algo que la oscuridad jamas tocara, una voluntad inquebrantable es lo que represento, mas si un día vuelvo a arrodillarme, que sea por una voluntad mas fuerte y digna.