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Kazuo acababa de llegar a su alcoba justo cuando los primeros rayos del sol comenzaban a abrirse paso en aquel nuevo amanecer sobre las tierras de Brattvåg.
El día prometía ser largo; estaba más que seguro de que pronto sería llamado para un extenso interrogatorio, pues habían encontrado una de sus prendas allí donde la soberana del reino y él habían compartido un encuentro clandestino, tan prohibido como exquisito.
Su piel aún ardía con el recuerdo de lo vivido junto a Elizabeth, además del rastro de quemaduras que se desvanecían con rapidez sobre su cuerpo. Nunca antes se había sentido tan pleno, tan satisfecho, tan deseado… tan vivo.
Un calor profundo y un estremecimiento constante recorrían su ser cada vez que los recuerdos de aquella noche irrumpían en su mente, intensos, indómitos, sin pedir permiso, haciendo casi imposible apaciguar la excitación y el deseo que aún reclamaba su cuerpo.
Aquello no era una simple atracción física; era algo primario, visceral… como si todo hubiese sido inevitable desde el principio.
Entre todas sus habilidades, habría deseado poseer el don de detener el tiempo, de convertir aquella noche en un instante eterno solo para ambos.
Sentado en su alcoba, sobre un banco de piedra en la esquina, sonreía con una satisfacción serena y, al mismo tiempo, casi peligrosa.
—No pienso renunciar a ti… jamás… —se hizo aquella promesa a sí mismo.
Un ser incapaz de mentir, atado por un mandato divino de sus propios dioses. Aquella era, por tanto, una promesa inquebrantable, incluso si ella decidía no volver a sentir o repetir lo ocurrido. Él sería capaz de conformarse con contemplarla desde la distancia.
Pero las palabras de ella, aquella noche, habían sido claras: “Si te vas... te esperaré”.
La soberana de cabellos carmesí se estaba convirtiendo en su obsesión… una tan intensa como difícil de saciar, dadas las circunstancias que envolvían a ambos.
Kazuo acababa de llegar a su alcoba justo cuando los primeros rayos del sol comenzaban a abrirse paso en aquel nuevo amanecer sobre las tierras de Brattvåg.
El día prometía ser largo; estaba más que seguro de que pronto sería llamado para un extenso interrogatorio, pues habían encontrado una de sus prendas allí donde la soberana del reino y él habían compartido un encuentro clandestino, tan prohibido como exquisito.
Su piel aún ardía con el recuerdo de lo vivido junto a Elizabeth, además del rastro de quemaduras que se desvanecían con rapidez sobre su cuerpo. Nunca antes se había sentido tan pleno, tan satisfecho, tan deseado… tan vivo.
Un calor profundo y un estremecimiento constante recorrían su ser cada vez que los recuerdos de aquella noche irrumpían en su mente, intensos, indómitos, sin pedir permiso, haciendo casi imposible apaciguar la excitación y el deseo que aún reclamaba su cuerpo.
Aquello no era una simple atracción física; era algo primario, visceral… como si todo hubiese sido inevitable desde el principio.
Entre todas sus habilidades, habría deseado poseer el don de detener el tiempo, de convertir aquella noche en un instante eterno solo para ambos.
Sentado en su alcoba, sobre un banco de piedra en la esquina, sonreía con una satisfacción serena y, al mismo tiempo, casi peligrosa.
—No pienso renunciar a ti… jamás… —se hizo aquella promesa a sí mismo.
Un ser incapaz de mentir, atado por un mandato divino de sus propios dioses. Aquella era, por tanto, una promesa inquebrantable, incluso si ella decidía no volver a sentir o repetir lo ocurrido. Él sería capaz de conformarse con contemplarla desde la distancia.
Pero las palabras de ella, aquella noche, habían sido claras: “Si te vas... te esperaré”.
La soberana de cabellos carmesí se estaba convirtiendo en su obsesión… una tan intensa como difícil de saciar, dadas las circunstancias que envolvían a ambos.
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Su piel aún ardía con el recuerdo de lo vivido junto a Elizabeth, además del rastro de quemaduras que se desvanecían con rapidez sobre su cuerpo. Nunca antes se había sentido tan pleno, tan satisfecho, tan deseado… tan vivo.
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Aquello no era una simple atracción física; era algo primario, visceral… como si todo hubiese sido inevitable desde el principio.
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Sentado en su alcoba, sobre un banco de piedra en la esquina, sonreía con una satisfacción serena y, al mismo tiempo, casi peligrosa.
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Pero las palabras de ella, aquella noche, habían sido claras: “Si te vas... te esperaré”.
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