• Academia de Magia
    Fandom Original
    Categoría Aventura
    *el muchacho de cabello café y ojos verdes se encontría en las afueras de la ciudad después de un vieje de dos horas a una cabaña abandonada donde tenía todo preparado para la invocación, una vez todo está listo el circulo de invocacion se encienden y empieza el ritual*

    POR LOS PODERES DEL INFIERNO, CONCEDEME AL DEMONIO QUE ME ACOMPAÑARÁ HASTA EL FIN DE MIS DÍAS.

    *corta un poco du muñeca y la sangre cae encendiendo el circulo mágico y trayendo a una demonio succubo desde el infierno, Kisuke tomó prestados algunas libros prohibidos fe nigromancia para poder realizar el ritual sin errores*

    (Espero que sea hermosa... Se como obtienen energía así que por lo menos debe a traerme un poco)
    *el muchacho de cabello café y ojos verdes se encontría en las afueras de la ciudad después de un vieje de dos horas a una cabaña abandonada donde tenía todo preparado para la invocación, una vez todo está listo el circulo de invocacion se encienden y empieza el ritual* POR LOS PODERES DEL INFIERNO, CONCEDEME AL DEMONIO QUE ME ACOMPAÑARÁ HASTA EL FIN DE MIS DÍAS. *corta un poco du muñeca y la sangre cae encendiendo el circulo mágico y trayendo a una demonio succubo desde el infierno, Kisuke tomó prestados algunas libros prohibidos fe nigromancia para poder realizar el ritual sin errores* (Espero que sea hermosa... Se como obtienen energía así que por lo menos debe a traerme un poco)
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  • *Si bien, Stelle vio unos videos sobre esa aplicación, ella más movida por la curiosidad, lo descargo paso a instalado en su celular.

    Para asi una vez listo, espero que en el planeta que estaba visitando llegue a funcionar, imagina que si ya que lo pudo descargar e instalar.

    Una vez que estuvo listo, abre la app y la usa, desea una anomalía, la aplicación al momento comenzó a buscar una buena zona para ir...

    Finalmente da una ubicación, antes de ir, se da cuenta que unas recomendaciones es "no ir sola"... Suspira con pezades, pues ella no tiene a nadie que la acompañe o desee ir con ella, todos los que conoce, están ocupados.

    Sin mas, sale de la habitación donde se estaba quedando, camino al lugar, antes estaba rodeada de casas pero conforme avanza, las casas iban disminuyendo su número hasta que pasa a un terreno solitario, al llegar vio algo que la dejo en shock. *

    Supongo que fue mala idea ir sola.

    *Al llegar a la zona, había una casa que mas qué casa abandonada parecía una sacada de las más terribles pesadillas. *

    Supongo que debo seguir.

    *Al punto final de la ubicación dada por la app, es estar dentro de aquel lugar.*
    *Si bien, Stelle vio unos videos sobre esa aplicación, ella más movida por la curiosidad, lo descargo paso a instalado en su celular. Para asi una vez listo, espero que en el planeta que estaba visitando llegue a funcionar, imagina que si ya que lo pudo descargar e instalar. Una vez que estuvo listo, abre la app y la usa, desea una anomalía, la aplicación al momento comenzó a buscar una buena zona para ir... Finalmente da una ubicación, antes de ir, se da cuenta que unas recomendaciones es "no ir sola"... Suspira con pezades, pues ella no tiene a nadie que la acompañe o desee ir con ella, todos los que conoce, están ocupados. Sin mas, sale de la habitación donde se estaba quedando, camino al lugar, antes estaba rodeada de casas pero conforme avanza, las casas iban disminuyendo su número hasta que pasa a un terreno solitario, al llegar vio algo que la dejo en shock. * Supongo que fue mala idea ir sola. *Al llegar a la zona, había una casa que mas qué casa abandonada parecía una sacada de las más terribles pesadillas. * Supongo que debo seguir. *Al punto final de la ubicación dada por la app, es estar dentro de aquel lugar.*
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
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    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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  • El viejo parque de atracciones yacía en silencio bajo el cielo grisáceo de la tarde. La hierba había invadido los caminos de cemento agrietado, y los carteles de colores apagados apenas conservaban rastros de la alegría que alguna vez representaron.

    -Cada vez quedan menos.

    Sentado en un banco húmedo y desgastado, estaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. El maletín descansaba a un lado de sus piernas, y entre sus dedos sostenía un cigarro consumiéndose lentamente, cuyo humo se elevaba en espirales perezosas hacia el aire frío. Sus ojos permanecían fijos en una pequeña calesita detenida a unos metros, observando cómo uno de los caballitos se balanceaba apenas por culpa del viento.

    -Cómo sería este lugar años atrás

    Por un momento cerró los ojos, como si estuviera escuchando ecos invisibles: risas de niños, pasos apresurados, una voz femenina llamándolo desde algún lugar perdido en sus recuerdos.

    -Realmente nos hubiera encantado tener hijos…

    El viento atravesó el parque, levantando polvo y haciendo rechinar los juegos oxidados. El cura soltó una pequeña sonrisa melancólica mientras bajaba la mirada al cigarro entre sus dedos.

    -Es una verdadera lástima… pero el tiempo que pasé contigo valió más que una vida.

    Tras decir aquello, dio una última calada lenta. Sus ojos, apagados por el cansancio y la enfermedad, permanecieron perdidos en aquella calesita abandonada, como si imaginara por un instante una vida que jamás pudo existir.
    El viejo parque de atracciones yacía en silencio bajo el cielo grisáceo de la tarde. La hierba había invadido los caminos de cemento agrietado, y los carteles de colores apagados apenas conservaban rastros de la alegría que alguna vez representaron. -Cada vez quedan menos. Sentado en un banco húmedo y desgastado, estaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. El maletín descansaba a un lado de sus piernas, y entre sus dedos sostenía un cigarro consumiéndose lentamente, cuyo humo se elevaba en espirales perezosas hacia el aire frío. Sus ojos permanecían fijos en una pequeña calesita detenida a unos metros, observando cómo uno de los caballitos se balanceaba apenas por culpa del viento. -Cómo sería este lugar años atrás Por un momento cerró los ojos, como si estuviera escuchando ecos invisibles: risas de niños, pasos apresurados, una voz femenina llamándolo desde algún lugar perdido en sus recuerdos. -Realmente nos hubiera encantado tener hijos… El viento atravesó el parque, levantando polvo y haciendo rechinar los juegos oxidados. El cura soltó una pequeña sonrisa melancólica mientras bajaba la mirada al cigarro entre sus dedos. -Es una verdadera lástima… pero el tiempo que pasé contigo valió más que una vida. Tras decir aquello, dio una última calada lenta. Sus ojos, apagados por el cansancio y la enfermedad, permanecieron perdidos en aquella calesita abandonada, como si imaginara por un instante una vida que jamás pudo existir.
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  • -El edificio abandonado se sentía frio, el desagradable olor a basura y el sonido de las ratas correteando al menos ahogaba el pesado silencio de la estructura abandonada. El joven mago estaba sentado sobre una silla metálica aparentemente en buen estado pero con 20 años de abandono. No había sido un buen día, un trabajo difícil con una paga no tan buena. Mientras se acomodaba en la silla, uso un balde viejo que puso de cabeza para usarlo como mesa, colocando un pequeño plato de porcelana donde tenía su comida. Un pequeño conejo que habia cazado poco tiempo atrás, acompañado de más comida desagradable.-

    Oh, Casi olvido la lata.

    -Al tomar y abrir su mochila, logro sacar una lata de maíz, la cual no dudo en abrir con un pequeño cuchillo. Al abrirlo, utilizo una cuchara que saco de su mochila de igual forma, al probar el alimento, termina escupiendolo al suelo con desagrado, después comenzó a revisar la lata, había pasado el tiempo suficiente para que el alimento tuviera un sabor metálico y una textura pastosa. De todas formas, decidió comerlo antes de dejar caer la lata vacía al suelo, mirando las baldosas y el recipiente que cayó a sus pies, pero con su mirada perdida hacia abajo, sintiendo una sensación punzante en la parte superior del abdomen pero aún con esa mirada de enojo mezclado con desagrado.-

    Extraño la comida de mamá..
    -El edificio abandonado se sentía frio, el desagradable olor a basura y el sonido de las ratas correteando al menos ahogaba el pesado silencio de la estructura abandonada. El joven mago estaba sentado sobre una silla metálica aparentemente en buen estado pero con 20 años de abandono. No había sido un buen día, un trabajo difícil con una paga no tan buena. Mientras se acomodaba en la silla, uso un balde viejo que puso de cabeza para usarlo como mesa, colocando un pequeño plato de porcelana donde tenía su comida. Un pequeño conejo que habia cazado poco tiempo atrás, acompañado de más comida desagradable.- Oh, Casi olvido la lata. -Al tomar y abrir su mochila, logro sacar una lata de maíz, la cual no dudo en abrir con un pequeño cuchillo. Al abrirlo, utilizo una cuchara que saco de su mochila de igual forma, al probar el alimento, termina escupiendolo al suelo con desagrado, después comenzó a revisar la lata, había pasado el tiempo suficiente para que el alimento tuviera un sabor metálico y una textura pastosa. De todas formas, decidió comerlo antes de dejar caer la lata vacía al suelo, mirando las baldosas y el recipiente que cayó a sus pies, pero con su mirada perdida hacia abajo, sintiendo una sensación punzante en la parte superior del abdomen pero aún con esa mirada de enojo mezclado con desagrado.- Extraño la comida de mamá..
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Hace ya mucho tiempo existieron una raza de seres con un poder inconmensurable, estos vivían sin dañar a nadie en lo basto del mundo de los dioses, pues estos pertenecían a los reinos de las divinidades por su majestuosidad y poder, el nombre de estos seres mitológicos es "Dragónes", aquellos únicos capaces de ser distinguidos de cualquier otra bestia en el mundo divino, estos vivieron durante cientos de años protegiendo aquel lugar donde vivían. Por otro lado, había una diosa que no estaba de acuerdo con que semejantes bestias salvajes "Según ella" vivieran allí, sus palabras fueron: — "¿Que harán cuando se revelen contra nosotros?, a medida que sigan aumentando en número se les será más fácil adueñarse de este lugar por su orgullo inamovible" — Por alguna razón desconocida aquella entidad odiaba a los dragones, los despreciaba en silencio, no soportaba su presencia cerca de ella, a sus ojos solo eran animales sin uso de razón que en algún momento se revelarían solo por ser territoriales como cualquier otra bestia cualquiera. Estas palabras no eran del agrado de los dioses del lugar causando con el tiempo que sus palabras fueran tomadas como blasfemias por hacia sus protectores, con el tiempo sus palabras eran cada vez más ignoradas hasta el punto de parecer más bien una diosa renegada, este desden y rechazo solo aumento el resentimiento hacia los dioses del lugar hasta el punto en que por su mente paso asesinar a uno de ellos, su idea era que al matar a un dragón los demás dragones perderían el control al sentir la traición y comenzarían un ataque en contra de los dioses provocando que los mismos dioses se vieran obligados a extingirlos por completo, la inmadurez de aquella diosa renegada no le dejó ver qué su plan tenía un enorme fallo en su contra, esto se debía a qué sus deseos de acabar con los dragones parecía más bien una obsesión...

    Pasaron algunos días pensando en "Quien debería ser el primer dragón muerto" Hasta que dio con aquel dragón que era de uno de los dioses más influyentes en ese lugar divino, fue aquel que se encargo de cada arquitectura del enorme palacio donde vivían, aquel que hace miles de años creo una conexión entre el mundo terrestre y su mundo divino para poder repartir bendiciones con la idea de ayudar, sin duda un gran apoyo para para la tierra y los cielos, este dios llamado Kairu tenía a dos dragones hermanos en su poder, eran parte de su familia desde que nacieron, eran figuras imponentes con pelaje rojo vinotinto con apariencia elegante pero poderosa, estos eran macho y hembra cada uno, el nombre del dragón que protegía las puertas de dónde se hospedaba Kairu era Rihona, más alto y formido que su hermanan Nidia que era más elegante y quién escoltaba a su dios en sus viajes, allá donde fuera este señor brillaba por su dragona y su hogar respetado por su dragón. Aquella diosa, Reika apunto a asesinar al dragón Rihona para cuándo Kairu saliera de viaje, paso el tiempo y efectivamente el viaje se dio, aquel señor salió con su dragonesa en un largo viaje.
    —Esta es la oportunidad perfecta, al regresar solo encontrará un gran baño de sangre sin remedio... — Pensó en voz baja Reika, con el pasar de dos dias de haberse ido Kairu, el asesinato de Rihona ocurrió en el anochecer, su rugido retumbó en todo el lugar y los dioses fueron a observar que estaba ocurriendo, pero ya era demasiado tarde, al acercarse y revisar el cuerpo este parecía tener una herida causada por una lanza o algo parecido que atravesó su cráneo causando su muerte al instante, este hecho era bastante extraño pues el dragón que protegía las puertas de los cielos nunca aviso de algún intruso, así que lo mas probable es que fuera alguien del lugar, además Rihona tenía un fuerte sentido del olfato, podría oler a kilómetros a cualquier intruso aún estando profundamente dormido este se levantaría a proteger su lugar, así que... ¿Porque no murió sin luchar?... No tardaron mucho en pensar lo obvio, efectivamente era alguien que ya era residente del lugar divino, además era alguien con quién Rihona estaba familiarizado y por eso jamás se espero tal traición, por lo tanto había tan solo un sospechoso, mejor dicho "Una" sospechosa.

    Pasaron los días y Kairu regreso junto con Nidia, este se sintió extrañado por el silencio de las personas en el lugar y tantos dragones reunidos, —¿Que sucede aquí?— Pregunto Kairu para luego recibir la respuesta... —Señor... Lamentamos informarle que su dragón Rihona a sido asesinado... Pero al menos ya tenemos al culpable, estuvimos esperando su regreso para que usted mismo decida que es lo que debemos hacer con la diosa Reika—
    Al escuchar esta noticia el feroz rugido de la hermana del dragón asesinado se desencadenó junto con un acercamiento forzado por su irá hacia donde se encontraba la culpable en el centro del palacio destrozando parte del lugar, esta imagen causó un brillo en los ojos de la asesina
    —¿Lo ven?... ¡¡SON BESTIAS!!, ¡¡¿QUE HARAS?!!, ¡¡NOS MATARÁS A TODOS, ¿VERDAD?!!—
    Nidia escucho su voz y se centro solo en ella, Reika estaba indefensa, vigilada, atrapada, y la irá y dolor de la dragonesa estaban siendo soportados pero la impotencia estaba por quebrarse para volverse un baño de sangre pero de quien causó todo...
    —¡BASTA!— Dice Kairu alzando su mano... Veía las lágrimas recorrer el perfil de aquella dragón compartiendo su sentimiento, pero si acababa con su vida le estaría dando la razón... Y quebraria el voto con los dioses de no agredirlos sinó protegerlos... Así que por respeto a su maestro, Nidia se mantuvo en un solo lugar.

    Kairu se acercó a aquella obsesionada enfermiza y tomo una decisión muy piadosa para algo que se debía pagar con la misma moneda según la visión de Nidia. Este dios desterró a Reika a una ciudad en la tierra, una ciudad completamente muerta en donde no existían habitantes y ni siquiera la luz del sol se dignaba a iluminar, era un lugar muy amplio, pero devastado y solitario además de serle puesto en su espalda un sello sumamente doloroso para que no pudiera usar sus poderes divinos, sin embargo, aún con ese castigo Nidia sabía que nada hará que su hermano regrese a la vida, ese castigo solo se podía pagar con la muerte...


    — [Al pasar de unas semanas] —

    La dragonesa se sentía realmente sola, aún con el cariño de su maestro esta sentía que le faltaba su otra mitad, ese dolor no podía ser superado con tan solo pensar que aquella renegada sigue con vida, con la capacidad de viajar o encontrar a quien la apoye como si nunca hubiera pasado nada, ¿Y que pasaría si lograba deshacer el sello para luego hacer lo que quisiera?... Estos pensamientos invadían la mente de la dragón día tras día.
    En una noche tiempo después de aquel suceso, Nidia se acercó a la puerta del reino de los cielos, allí se comunicó con los dragones que resguardaban está misma puerta, sabían que al irse ella su señor quedaría sin dragones, pero entendían su pesar... Estos dragones decidieron darle paso a la salida del mundo divino y con el tiempo comenzarían su ausencia protegiendo a su señor y con el tiempo otorgándole otro protector, Kairu sufrirá su partida, pero sabrá entender...

    [Al bajar de los cielos...]

    Nidia no tardó mucho tiempo para captar la presencia sellada de la renegada, sin embargo desde el cielo veía la apariencia de los que en el plano terrenal vivían y está tomo su forma, una mujer pelirroja con una armadura que reflejaba su coraza con cuernos y cola draconica, con esta forma Nidia podía pasar desapercibida entre los humanos y demihumanos mientras se encaminaba a donde se encontraba su objetivo.

    A Nidia le tomo solo un día para llegar a aquella ciudad devastada puesto a que sus alas nunca perdieron su fuerza original, su velocidad era más rápida que el mismo sonido, Nidia en su forma demihumana veía la gran torre supuestamente abandonada en frente si con una mirada decisiva, sabía que allí se encontraba a quien vino a castigar, camino un largo trecho por lo extensa que era la ciudad devastada, fue paso a paso para ir recordando cada palabra, cada momento, cada recuerdo que no se repetirá jamás.

    Mientras, la Raika escuchaba pasos acercandose lentamente —¿Alguien vino aquí?— pensó con esperanzas de qué tal vez alguien la guíe a dónde haya población, comida, etc... Pero en tan solo un segundo la puerta de madera podrida que estaba enfrente de si fue destruida.
    —¡¿Que?...— Exclamo Raika del susto viendo a una mujer frente a ella — Me calma que aún sigas en buen estado después de aquel momento... Eres lo que necesito para que mi mente y la de mi hermano descansen — Dijo la pelirroja acercándose lentamente — ¡Hermano!... ¿Tu eres?... — Pregunto Reika asustada viendo como su muerte de acercaba paso a paso, el anterior de la habitación era oscuro y monocromático por la luz que entraba por lo que debió haber sido una ventana hace ya muchos años, el piso se quebraba ligeramente mientras más cerca estaba la dragonesa en con su apariencia humana pero intimidante como un dragón en su forma original. — ¡¡Espera...!!, ¡¡DETENTE ALLI...!!, ¡¡TAL VEZ YA NO SEA UNA DIOSA, PERO SI ME QUITAS ESTE SELLO PODRE DARTE LO QUE DESEES, LO QUE QUIERAS!! —
    Después de escuchar estas palabras, Nidia se detuvo en seco en frente, su rostro no mostraba ninguna expresión, está accedió a quitarle el sello, agradecida y aliviada, Reika se dio la vuelta para que aquel sello fuera removido, para que esto fuera exitoso, Nidia renuncio a su forma de dragón completa como pago para poder quitar el sello y efectivamente los poderes de Reika comenzaban a regresar — ¡¡JAJAJAJA, SI, POR FIN, PODRÉ DESHACERME DE ESTA MISERABLE VIDA!!.

    Nidia coloco su mano en el hombro de Reika ya recuperada de sus poderes y solo dijo una cosa
    — Bien, con esto será justo lo que pasara, mi orgullo tal y como le llamas no me dejaría sentirme satisfecha con esto —

    La dragón sabía que la diosa no cumpliría con su palabra —Bien, imagino que lo que deseas es estar al lado de tu hermano, tranquila, será rápido ese deseo —

    En ese preciso momento el combate ya había empezado, Reina dejo salir gran parte de su energía como una onda de choque que destruiría la habitación en la torre donde estaban estando ahora las dos en el aire viendo quien atacara primero, Reika creo una enorme espada de su propia energía divina para luego arremeter contra la dragón, sin embargo, Nidia esquiva con facilidad, aún sin tener arma la dragonesa no mostraba ninguna expresión de desventaja o miedo, desde el aire se aproxima el ataque de Nidia ahora, una enorme bola de fuego carmesi que es disparada a gran velocidad, el campo estaba hecho para esta batalla, pues ya estaba completamente destruido como si llamara al mismo caos, aunque esté era más bien un asunto de venganza y respeto, dos ideales opuestos en un mismo lugar con motivos diferentes de enfrentarse pero con un mismo desenlace, arrebatar la vida de su oponente o morir, está misma mentalidad de todo o nada es lo que implica a usar un 100% de sus habilidades por lo que Reika corta aquella esfera de fuego de dragón, pero justo detrás venía a gran velocidad cortante incluso para el viento la dragona que solo necesitaba un ataque certero...

    — ¡¡MALDI...!! —

    Las palabras de la diosa fueron interrumpidas al sentir como su respiración se cortaba por el fuerte apretón de mano de Nidia quien la tenía en el aire sujetada, sus garras se clavaron en el cuello de Reika para inutilizar cualquier intento de escape, al menor intento de huir su cuello quedaría desgarrado con tan solo una mano.

    — No podías soportar que una "Bestia" tuviera más poder que tú, una diosa, tu envidia marco tu destino — Dijo la dragonesa con una última pregunta y está fue: "¿Cuáles serán tus últimas palabras?", a lo que Reika respondió: — Vamos... En ti... Debe haber también algo de ambición... ¿No hay algo que... Quieras...? —

    Nidia apretó su mano con un cierre respondiendo su pregunta pero está vez con un tono de irá que llevaba mucho tiempo acumulado: — ¡¡QUIERO QUE MUERAS!! —Fueron sus palabras al apretar el cuello de su oponente con una fuerza brutal dejando escapar aquel recentimiento y dolor en un solo movimiento separando la cabeza del cuerpo de Reika... En el aire se veía como un cadáver caía en dos partes mientras la espesa sangre caía marcando en campo de batalla, en la mano de la dragón yacía la sangre de aquella que mato a su hermano y con eso por fin descansaría en paz Rihona y sentiría que habría cumplido Nidia.

    Aún después de un momento, Nidia seguía en el aire cabizbaja, casi como si no estuviera allí, por su mente sabía lo que había pasado, no solo había matado a una diosa para que su hermano fuera vengado, algo más se encontraba en ese desenlace...

    "He renunciado a mi forma de dragón porque fue manchada por romper el juramento que le hice a mi maestro... Jure jamás agredir a un dios... Así que mi penitencia será vivir en este destierro, tomaré el castigo de la renegada, lo que sea con tal de que mi hermano... Mi otra mitad... Descanse en paz..."

    Estás fueron sus últimas palabras en este combate, ahora había quedado sin norte, pero con su mente libre, también sin poder retornar, pero con el poder de sobrevivir, y sin poder transformarse en su forma bestia, pero con la misma fuera y poder como si lo estuviera con sus rasgos que la caracterizan como uno, sus alas para volar más allá del destino, su cola serpeteante y sus cuernos que son más una corona de fortaleza.


    CAP 1: FIN
    Hace ya mucho tiempo existieron una raza de seres con un poder inconmensurable, estos vivían sin dañar a nadie en lo basto del mundo de los dioses, pues estos pertenecían a los reinos de las divinidades por su majestuosidad y poder, el nombre de estos seres mitológicos es "Dragónes", aquellos únicos capaces de ser distinguidos de cualquier otra bestia en el mundo divino, estos vivieron durante cientos de años protegiendo aquel lugar donde vivían. Por otro lado, había una diosa que no estaba de acuerdo con que semejantes bestias salvajes "Según ella" vivieran allí, sus palabras fueron: — "¿Que harán cuando se revelen contra nosotros?, a medida que sigan aumentando en número se les será más fácil adueñarse de este lugar por su orgullo inamovible" — Por alguna razón desconocida aquella entidad odiaba a los dragones, los despreciaba en silencio, no soportaba su presencia cerca de ella, a sus ojos solo eran animales sin uso de razón que en algún momento se revelarían solo por ser territoriales como cualquier otra bestia cualquiera. Estas palabras no eran del agrado de los dioses del lugar causando con el tiempo que sus palabras fueran tomadas como blasfemias por hacia sus protectores, con el tiempo sus palabras eran cada vez más ignoradas hasta el punto de parecer más bien una diosa renegada, este desden y rechazo solo aumento el resentimiento hacia los dioses del lugar hasta el punto en que por su mente paso asesinar a uno de ellos, su idea era que al matar a un dragón los demás dragones perderían el control al sentir la traición y comenzarían un ataque en contra de los dioses provocando que los mismos dioses se vieran obligados a extingirlos por completo, la inmadurez de aquella diosa renegada no le dejó ver qué su plan tenía un enorme fallo en su contra, esto se debía a qué sus deseos de acabar con los dragones parecía más bien una obsesión... Pasaron algunos días pensando en "Quien debería ser el primer dragón muerto" Hasta que dio con aquel dragón que era de uno de los dioses más influyentes en ese lugar divino, fue aquel que se encargo de cada arquitectura del enorme palacio donde vivían, aquel que hace miles de años creo una conexión entre el mundo terrestre y su mundo divino para poder repartir bendiciones con la idea de ayudar, sin duda un gran apoyo para para la tierra y los cielos, este dios llamado Kairu tenía a dos dragones hermanos en su poder, eran parte de su familia desde que nacieron, eran figuras imponentes con pelaje rojo vinotinto con apariencia elegante pero poderosa, estos eran macho y hembra cada uno, el nombre del dragón que protegía las puertas de dónde se hospedaba Kairu era Rihona, más alto y formido que su hermanan Nidia que era más elegante y quién escoltaba a su dios en sus viajes, allá donde fuera este señor brillaba por su dragona y su hogar respetado por su dragón. Aquella diosa, Reika apunto a asesinar al dragón Rihona para cuándo Kairu saliera de viaje, paso el tiempo y efectivamente el viaje se dio, aquel señor salió con su dragonesa en un largo viaje. —Esta es la oportunidad perfecta, al regresar solo encontrará un gran baño de sangre sin remedio... — Pensó en voz baja Reika, con el pasar de dos dias de haberse ido Kairu, el asesinato de Rihona ocurrió en el anochecer, su rugido retumbó en todo el lugar y los dioses fueron a observar que estaba ocurriendo, pero ya era demasiado tarde, al acercarse y revisar el cuerpo este parecía tener una herida causada por una lanza o algo parecido que atravesó su cráneo causando su muerte al instante, este hecho era bastante extraño pues el dragón que protegía las puertas de los cielos nunca aviso de algún intruso, así que lo mas probable es que fuera alguien del lugar, además Rihona tenía un fuerte sentido del olfato, podría oler a kilómetros a cualquier intruso aún estando profundamente dormido este se levantaría a proteger su lugar, así que... ¿Porque no murió sin luchar?... No tardaron mucho en pensar lo obvio, efectivamente era alguien que ya era residente del lugar divino, además era alguien con quién Rihona estaba familiarizado y por eso jamás se espero tal traición, por lo tanto había tan solo un sospechoso, mejor dicho "Una" sospechosa. Pasaron los días y Kairu regreso junto con Nidia, este se sintió extrañado por el silencio de las personas en el lugar y tantos dragones reunidos, —¿Que sucede aquí?— Pregunto Kairu para luego recibir la respuesta... —Señor... Lamentamos informarle que su dragón Rihona a sido asesinado... Pero al menos ya tenemos al culpable, estuvimos esperando su regreso para que usted mismo decida que es lo que debemos hacer con la diosa Reika— Al escuchar esta noticia el feroz rugido de la hermana del dragón asesinado se desencadenó junto con un acercamiento forzado por su irá hacia donde se encontraba la culpable en el centro del palacio destrozando parte del lugar, esta imagen causó un brillo en los ojos de la asesina —¿Lo ven?... ¡¡SON BESTIAS!!, ¡¡¿QUE HARAS?!!, ¡¡NOS MATARÁS A TODOS, ¿VERDAD?!!— Nidia escucho su voz y se centro solo en ella, Reika estaba indefensa, vigilada, atrapada, y la irá y dolor de la dragonesa estaban siendo soportados pero la impotencia estaba por quebrarse para volverse un baño de sangre pero de quien causó todo... —¡BASTA!— Dice Kairu alzando su mano... Veía las lágrimas recorrer el perfil de aquella dragón compartiendo su sentimiento, pero si acababa con su vida le estaría dando la razón... Y quebraria el voto con los dioses de no agredirlos sinó protegerlos... Así que por respeto a su maestro, Nidia se mantuvo en un solo lugar. Kairu se acercó a aquella obsesionada enfermiza y tomo una decisión muy piadosa para algo que se debía pagar con la misma moneda según la visión de Nidia. Este dios desterró a Reika a una ciudad en la tierra, una ciudad completamente muerta en donde no existían habitantes y ni siquiera la luz del sol se dignaba a iluminar, era un lugar muy amplio, pero devastado y solitario además de serle puesto en su espalda un sello sumamente doloroso para que no pudiera usar sus poderes divinos, sin embargo, aún con ese castigo Nidia sabía que nada hará que su hermano regrese a la vida, ese castigo solo se podía pagar con la muerte... — [Al pasar de unas semanas] — La dragonesa se sentía realmente sola, aún con el cariño de su maestro esta sentía que le faltaba su otra mitad, ese dolor no podía ser superado con tan solo pensar que aquella renegada sigue con vida, con la capacidad de viajar o encontrar a quien la apoye como si nunca hubiera pasado nada, ¿Y que pasaría si lograba deshacer el sello para luego hacer lo que quisiera?... Estos pensamientos invadían la mente de la dragón día tras día. En una noche tiempo después de aquel suceso, Nidia se acercó a la puerta del reino de los cielos, allí se comunicó con los dragones que resguardaban está misma puerta, sabían que al irse ella su señor quedaría sin dragones, pero entendían su pesar... Estos dragones decidieron darle paso a la salida del mundo divino y con el tiempo comenzarían su ausencia protegiendo a su señor y con el tiempo otorgándole otro protector, Kairu sufrirá su partida, pero sabrá entender... [Al bajar de los cielos...] Nidia no tardó mucho tiempo para captar la presencia sellada de la renegada, sin embargo desde el cielo veía la apariencia de los que en el plano terrenal vivían y está tomo su forma, una mujer pelirroja con una armadura que reflejaba su coraza con cuernos y cola draconica, con esta forma Nidia podía pasar desapercibida entre los humanos y demihumanos mientras se encaminaba a donde se encontraba su objetivo. A Nidia le tomo solo un día para llegar a aquella ciudad devastada puesto a que sus alas nunca perdieron su fuerza original, su velocidad era más rápida que el mismo sonido, Nidia en su forma demihumana veía la gran torre supuestamente abandonada en frente si con una mirada decisiva, sabía que allí se encontraba a quien vino a castigar, camino un largo trecho por lo extensa que era la ciudad devastada, fue paso a paso para ir recordando cada palabra, cada momento, cada recuerdo que no se repetirá jamás. Mientras, la Raika escuchaba pasos acercandose lentamente —¿Alguien vino aquí?— pensó con esperanzas de qué tal vez alguien la guíe a dónde haya población, comida, etc... Pero en tan solo un segundo la puerta de madera podrida que estaba enfrente de si fue destruida. —¡¿Que?...— Exclamo Raika del susto viendo a una mujer frente a ella — Me calma que aún sigas en buen estado después de aquel momento... Eres lo que necesito para que mi mente y la de mi hermano descansen — Dijo la pelirroja acercándose lentamente — ¡Hermano!... ¿Tu eres?... — Pregunto Reika asustada viendo como su muerte de acercaba paso a paso, el anterior de la habitación era oscuro y monocromático por la luz que entraba por lo que debió haber sido una ventana hace ya muchos años, el piso se quebraba ligeramente mientras más cerca estaba la dragonesa en con su apariencia humana pero intimidante como un dragón en su forma original. — ¡¡Espera...!!, ¡¡DETENTE ALLI...!!, ¡¡TAL VEZ YA NO SEA UNA DIOSA, PERO SI ME QUITAS ESTE SELLO PODRE DARTE LO QUE DESEES, LO QUE QUIERAS!! — Después de escuchar estas palabras, Nidia se detuvo en seco en frente, su rostro no mostraba ninguna expresión, está accedió a quitarle el sello, agradecida y aliviada, Reika se dio la vuelta para que aquel sello fuera removido, para que esto fuera exitoso, Nidia renuncio a su forma de dragón completa como pago para poder quitar el sello y efectivamente los poderes de Reika comenzaban a regresar — ¡¡JAJAJAJA, SI, POR FIN, PODRÉ DESHACERME DE ESTA MISERABLE VIDA!!. Nidia coloco su mano en el hombro de Reika ya recuperada de sus poderes y solo dijo una cosa — Bien, con esto será justo lo que pasara, mi orgullo tal y como le llamas no me dejaría sentirme satisfecha con esto — La dragón sabía que la diosa no cumpliría con su palabra —Bien, imagino que lo que deseas es estar al lado de tu hermano, tranquila, será rápido ese deseo — En ese preciso momento el combate ya había empezado, Reina dejo salir gran parte de su energía como una onda de choque que destruiría la habitación en la torre donde estaban estando ahora las dos en el aire viendo quien atacara primero, Reika creo una enorme espada de su propia energía divina para luego arremeter contra la dragón, sin embargo, Nidia esquiva con facilidad, aún sin tener arma la dragonesa no mostraba ninguna expresión de desventaja o miedo, desde el aire se aproxima el ataque de Nidia ahora, una enorme bola de fuego carmesi que es disparada a gran velocidad, el campo estaba hecho para esta batalla, pues ya estaba completamente destruido como si llamara al mismo caos, aunque esté era más bien un asunto de venganza y respeto, dos ideales opuestos en un mismo lugar con motivos diferentes de enfrentarse pero con un mismo desenlace, arrebatar la vida de su oponente o morir, está misma mentalidad de todo o nada es lo que implica a usar un 100% de sus habilidades por lo que Reika corta aquella esfera de fuego de dragón, pero justo detrás venía a gran velocidad cortante incluso para el viento la dragona que solo necesitaba un ataque certero... — ¡¡MALDI...!! — Las palabras de la diosa fueron interrumpidas al sentir como su respiración se cortaba por el fuerte apretón de mano de Nidia quien la tenía en el aire sujetada, sus garras se clavaron en el cuello de Reika para inutilizar cualquier intento de escape, al menor intento de huir su cuello quedaría desgarrado con tan solo una mano. — No podías soportar que una "Bestia" tuviera más poder que tú, una diosa, tu envidia marco tu destino — Dijo la dragonesa con una última pregunta y está fue: "¿Cuáles serán tus últimas palabras?", a lo que Reika respondió: — Vamos... En ti... Debe haber también algo de ambición... ¿No hay algo que... Quieras...? — Nidia apretó su mano con un cierre respondiendo su pregunta pero está vez con un tono de irá que llevaba mucho tiempo acumulado: — ¡¡QUIERO QUE MUERAS!! —Fueron sus palabras al apretar el cuello de su oponente con una fuerza brutal dejando escapar aquel recentimiento y dolor en un solo movimiento separando la cabeza del cuerpo de Reika... En el aire se veía como un cadáver caía en dos partes mientras la espesa sangre caía marcando en campo de batalla, en la mano de la dragón yacía la sangre de aquella que mato a su hermano y con eso por fin descansaría en paz Rihona y sentiría que habría cumplido Nidia. Aún después de un momento, Nidia seguía en el aire cabizbaja, casi como si no estuviera allí, por su mente sabía lo que había pasado, no solo había matado a una diosa para que su hermano fuera vengado, algo más se encontraba en ese desenlace... "He renunciado a mi forma de dragón porque fue manchada por romper el juramento que le hice a mi maestro... Jure jamás agredir a un dios... Así que mi penitencia será vivir en este destierro, tomaré el castigo de la renegada, lo que sea con tal de que mi hermano... Mi otra mitad... Descanse en paz..." Estás fueron sus últimas palabras en este combate, ahora había quedado sin norte, pero con su mente libre, también sin poder retornar, pero con el poder de sobrevivir, y sin poder transformarse en su forma bestia, pero con la misma fuera y poder como si lo estuviera con sus rasgos que la caracterizan como uno, sus alas para volar más allá del destino, su cola serpeteante y sus cuernos que son más una corona de fortaleza. CAP 1: FIN
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  • Mi mente nunca ha sido del todo mía. Me han invadido tantas veces que ya perdí la cuenta. Brujos, magos oscuros, y esas cosas peores entidades sin nombre, seres de más allá de la realidad que se arrastran entre las grietas del mundo. Entraban en mí como si mi cabeza fuera una casa abandonada y ellos los nuevos dueños.

    Y qué mejor que un verdugo que no puede morir, ¿verdad? Eso era yo para ellos. Un arma eterna, un cuerpo que seguía caminando sin importar cuántas heridas le abrieran. Sin duda una de las magias más letales y asquerosas que existe, robarle la voluntad a un hombre, convertirlo en marioneta mientras él sigue consciente, atrapado dentro de su propio cráneo, viendo cómo sus manos cometen horrores.

    Bajo su control he hecho cosas que me revuelven el estómago solo de recordarlas. He masacrado aldeas enteras, gente que no me había hecho nada. He caminado entre las llamas mientras quemaba vivos a inocentes, escuchando sus gritos y sin poder detener mis propias manos. He matado a compañeros de armas, a mujeres que suplicaban por sus hijos, a niños que corrían aterrorizados. A veces lo hacía con rabia descontrolada, otras con una frialdad inhumana. Mataba, desmembraba, torturaba y dentro de mí, atrapado, solo podía gritar.

    Afortunadamente ya no pasara de nuevo, he sido poseído tantas veces que mi mente se ha endurecido como el acero templado en sangre. Ahora puedo empujarlos hacia atrás, sin que me consuman por completo. Sigo siendo un asesino y debo cargar con todas esas muertes. Pero ya no soy una marioneta.
    Mi mente nunca ha sido del todo mía. Me han invadido tantas veces que ya perdí la cuenta. Brujos, magos oscuros, y esas cosas peores entidades sin nombre, seres de más allá de la realidad que se arrastran entre las grietas del mundo. Entraban en mí como si mi cabeza fuera una casa abandonada y ellos los nuevos dueños. Y qué mejor que un verdugo que no puede morir, ¿verdad? Eso era yo para ellos. Un arma eterna, un cuerpo que seguía caminando sin importar cuántas heridas le abrieran. Sin duda una de las magias más letales y asquerosas que existe, robarle la voluntad a un hombre, convertirlo en marioneta mientras él sigue consciente, atrapado dentro de su propio cráneo, viendo cómo sus manos cometen horrores. Bajo su control he hecho cosas que me revuelven el estómago solo de recordarlas. He masacrado aldeas enteras, gente que no me había hecho nada. He caminado entre las llamas mientras quemaba vivos a inocentes, escuchando sus gritos y sin poder detener mis propias manos. He matado a compañeros de armas, a mujeres que suplicaban por sus hijos, a niños que corrían aterrorizados. A veces lo hacía con rabia descontrolada, otras con una frialdad inhumana. Mataba, desmembraba, torturaba y dentro de mí, atrapado, solo podía gritar. Afortunadamente ya no pasara de nuevo, he sido poseído tantas veces que mi mente se ha endurecido como el acero templado en sangre. Ahora puedo empujarlos hacia atrás, sin que me consuman por completo. Sigo siendo un asesino y debo cargar con todas esas muertes. Pero ya no soy una marioneta.
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  • Los interiores del barco parecían el cadáver de una vieja reliquia abandonada al mar. Las paredes de metal estaban cubiertas de óxido y humedad; algunas placas habían cedido al paso del tiempo, dejando pequeñas aberturas por donde el viento silbaba como un lamento lejano. Cadenas colgaban del techo balanceándose lentamente con el vaivén de las olas, produciendo un tintineo inquietante que se mezclaba con el rumor del océano golpeando el casco.

    En medio de aquella penumbra decadente, una única farola colgaba del centro de la habitación. Su luz amarillenta temblaba constantemente, iluminando apenas un círculo reducido donde un pequeño grupo de personas se refugiaba en silencio. Los rostros estaban tensos, consumidos por el miedo y el cansancio. Algunos abrazaban sus propias rodillas, otros evitaban mirar hacia la oscuridad que rodeaba la estancia, como si temieran que algo pudiera emerger de ella en cualquier instante.

    El joven cura permanecía sentado junto a la luz. Su sotana estaba húmeda y desgastada por el viaje, pero aun así conservaba cierta dignidad serena. Entre sus manos sostenía una pequeña vasija metálica, acariciando su superficie con los dedos.

    Un niño, incapaz de contener la duda que lo atormentaba, levantó la mirada hacia él. Su voz salió temblorosa entre el silencio del barco: "¿No le parece ridículo… que alguien sacrifique su vida por otros?"

    Las palabras dejaron un peso incómodo entre los presentes. Algunos desviaron la mirada; otros esperaron la respuesta con ansiedad.

    Entonces habló con una calma profunda, casi cálida, impropia de un lugar tan lúgubre.

    -No hay nada más noble que dar tu vida por el otro.

    Los interiores del barco parecían el cadáver de una vieja reliquia abandonada al mar. Las paredes de metal estaban cubiertas de óxido y humedad; algunas placas habían cedido al paso del tiempo, dejando pequeñas aberturas por donde el viento silbaba como un lamento lejano. Cadenas colgaban del techo balanceándose lentamente con el vaivén de las olas, produciendo un tintineo inquietante que se mezclaba con el rumor del océano golpeando el casco. En medio de aquella penumbra decadente, una única farola colgaba del centro de la habitación. Su luz amarillenta temblaba constantemente, iluminando apenas un círculo reducido donde un pequeño grupo de personas se refugiaba en silencio. Los rostros estaban tensos, consumidos por el miedo y el cansancio. Algunos abrazaban sus propias rodillas, otros evitaban mirar hacia la oscuridad que rodeaba la estancia, como si temieran que algo pudiera emerger de ella en cualquier instante. El joven cura permanecía sentado junto a la luz. Su sotana estaba húmeda y desgastada por el viaje, pero aun así conservaba cierta dignidad serena. Entre sus manos sostenía una pequeña vasija metálica, acariciando su superficie con los dedos. Un niño, incapaz de contener la duda que lo atormentaba, levantó la mirada hacia él. Su voz salió temblorosa entre el silencio del barco: "¿No le parece ridículo… que alguien sacrifique su vida por otros?" Las palabras dejaron un peso incómodo entre los presentes. Algunos desviaron la mirada; otros esperaron la respuesta con ansiedad. Entonces habló con una calma profunda, casi cálida, impropia de un lugar tan lúgubre. -No hay nada más noble que dar tu vida por el otro.
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  • La catedral estaba vacía, ni siquiera un alma vagaba por allí. Sin embargo, a pesar de haber sido abandonada todavía habían remanentes de quienes estuvieron bajo su techo. Velas aún encendidas, pasillos que todavía no juntaban el suficiente polvo, ventanas aún limpias.

    Pero las velas no se consumían, el aire no corría por ningún lado, ni siquiera en partes rotas de la estructura. Era como si se hubiera detenido en el tiempo.

    Lo que llamaba más la atención era que, al poner un pie en el terreno de la catedral, la noche también se detenía. La luna quedaba en lo alto, llena, alumbrando a través de las grietas. El sol nunca salía estando allí.

    Una anomalía, claramente. Evangeline estaba acostumbrada a ello. O casi, pues había visto muchas cosas durante sus misiones, pero esto era nuevo.

    Entrar ahí era más extraño, sentía su cuerpo un poco más pesado y como si este se rehusara a continuar, pero ella se obligó a seguir hasta el final, allí donde una estatua de un ángel descansaba entre pequeñas velas.

    Se detuvo al estar frente al ángel. Todo e el área irradiaba un aura demasiado extraña, no podía discernir exactamente de qué o quién, estaba esparcida por todos lados, como quien no desea ser encontrado o como si un huracán de percepción haya hecho estragos.

    Pasó las manos con ligereza por los bancos, confirmando que no había tierra en ellos. Justo entonces, hubo algo más. Por una de las ventanas vio un destello, algo como imágenes pasando demasiado rápido, pero habían personas, objetos e incluso ropas que no coincidían en nada con lo que vivía. Ni siquiera los rastros de alma que emanaban, se veían completamente nuevos.

    Quiso acercarse y ese fue su error. La estructura tembló antes que las ventanas estallaran con gran fuerza, haciendo volar los pedazos de vidrio hacia el interior. La albina se cubrió con ambos brazos, siendo abrumada de repente por algo que alguna vez notó de forma leve: el pasar del tiempo, adelante y atrás, pero todo en conjunto.

    Aikaterine Ouro
    La catedral estaba vacía, ni siquiera un alma vagaba por allí. Sin embargo, a pesar de haber sido abandonada todavía habían remanentes de quienes estuvieron bajo su techo. Velas aún encendidas, pasillos que todavía no juntaban el suficiente polvo, ventanas aún limpias. Pero las velas no se consumían, el aire no corría por ningún lado, ni siquiera en partes rotas de la estructura. Era como si se hubiera detenido en el tiempo. Lo que llamaba más la atención era que, al poner un pie en el terreno de la catedral, la noche también se detenía. La luna quedaba en lo alto, llena, alumbrando a través de las grietas. El sol nunca salía estando allí. Una anomalía, claramente. Evangeline estaba acostumbrada a ello. O casi, pues había visto muchas cosas durante sus misiones, pero esto era nuevo. Entrar ahí era más extraño, sentía su cuerpo un poco más pesado y como si este se rehusara a continuar, pero ella se obligó a seguir hasta el final, allí donde una estatua de un ángel descansaba entre pequeñas velas. Se detuvo al estar frente al ángel. Todo e el área irradiaba un aura demasiado extraña, no podía discernir exactamente de qué o quién, estaba esparcida por todos lados, como quien no desea ser encontrado o como si un huracán de percepción haya hecho estragos. Pasó las manos con ligereza por los bancos, confirmando que no había tierra en ellos. Justo entonces, hubo algo más. Por una de las ventanas vio un destello, algo como imágenes pasando demasiado rápido, pero habían personas, objetos e incluso ropas que no coincidían en nada con lo que vivía. Ni siquiera los rastros de alma que emanaban, se veían completamente nuevos. Quiso acercarse y ese fue su error. La estructura tembló antes que las ventanas estallaran con gran fuerza, haciendo volar los pedazos de vidrio hacia el interior. La albina se cubrió con ambos brazos, siendo abrumada de repente por algo que alguna vez notó de forma leve: el pasar del tiempo, adelante y atrás, pero todo en conjunto. [Mercenary1x]
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  • A veces las misiones eran fáciles, rápidas. Otras, llevaban más tiempo o presentaban más obstáculos que le hacían tomar un camino diferente al planeado. No obstante, en ciertas ocasiones, los obstáculos eran más internos que externos, pequeñas dudas colándose en su mente que dejaban raíz.

    Había tenido una de esas. Y es que tuvo que purificar el centro de una maldición. Tan solo era un niño, pero le ordenaron poner un fin completo. Si el niño vivía, la maldición volvería sin cesar. Se deshizo del pequeño con tanta rapidez y limpieza posible, pero antes de ello se preguntó si en verdad era necesario. Aunque quiso proponer más la iglesia ya había dado sentencia.

    Todavía sentía el olor a humo y quemado en sus ropas. Pequeñas manchas de cenizas en sus manos, mezcladas con algunas salpicaduras de sangre ya seca.

    Y ahí, en la pequeña capilla que parecía más abandonada que habitada, con apenas algunas velas iluminando el área, se arrodilló y juntó sus manos, entrelazando los dedos. Agachó su cabeza, mas no rezó, no de la forma que se esperaba.

    Aún sin vista escuchaba los gritos del niño, de cómo le imploró que se detuviera. Dolía. No en su pecho, como antes ocurría, ahora dolía en las yemas de sus dedos, en la cabeza, en sus ojos, incluso sus pies. Era un dolor que adormecía el tacto.

    Quería centrarse, volver al presente. Tener la certeza que lo hizo por bien mayor, porque la iglesia siempre buscaba eso, porque siempre sabía cómo...

    —¿De verdad? —soltó en un susurro apagado— ¿De verdad fue esta la solución?

    Había pedido perdón incontables, pero ya no era suficiente. Todavía pesaba, todavía se sentía incorrecto. Un pecado.

    —Perdóname...
    A veces las misiones eran fáciles, rápidas. Otras, llevaban más tiempo o presentaban más obstáculos que le hacían tomar un camino diferente al planeado. No obstante, en ciertas ocasiones, los obstáculos eran más internos que externos, pequeñas dudas colándose en su mente que dejaban raíz. Había tenido una de esas. Y es que tuvo que purificar el centro de una maldición. Tan solo era un niño, pero le ordenaron poner un fin completo. Si el niño vivía, la maldición volvería sin cesar. Se deshizo del pequeño con tanta rapidez y limpieza posible, pero antes de ello se preguntó si en verdad era necesario. Aunque quiso proponer más la iglesia ya había dado sentencia. Todavía sentía el olor a humo y quemado en sus ropas. Pequeñas manchas de cenizas en sus manos, mezcladas con algunas salpicaduras de sangre ya seca. Y ahí, en la pequeña capilla que parecía más abandonada que habitada, con apenas algunas velas iluminando el área, se arrodilló y juntó sus manos, entrelazando los dedos. Agachó su cabeza, mas no rezó, no de la forma que se esperaba. Aún sin vista escuchaba los gritos del niño, de cómo le imploró que se detuviera. Dolía. No en su pecho, como antes ocurría, ahora dolía en las yemas de sus dedos, en la cabeza, en sus ojos, incluso sus pies. Era un dolor que adormecía el tacto. Quería centrarse, volver al presente. Tener la certeza que lo hizo por bien mayor, porque la iglesia siempre buscaba eso, porque siempre sabía cómo... —¿De verdad? —soltó en un susurro apagado— ¿De verdad fue esta la solución? Había pedido perdón incontables, pero ya no era suficiente. Todavía pesaba, todavía se sentía incorrecto. Un pecado. —Perdóname...
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