• El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.

    La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.

    El mercader avanzó con cuidado.

    No porque dudara de sí mismo.

    Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.

    El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.

    Gavlan se detuvo.

    Inclinó ligeramente la cabeza.

    —Hm...

    Esperó.

    Ahí estaba otra vez.

    Un sonido bajo, casi como un lamento.

    Miró a su alrededor.

    Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.

    Algunos de ellos tenían formas extrañas.

    Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.

    Y de aquellos árboles salían los sonidos.

    Quejidos débiles.

    Susurros antiguos.

    Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.

    Observó el rostro formado en el tronco.

    —Vaya...

    Su voz salió más baja de lo normal.

    —He visto mercancía extraña en mis viajes.

    Pasó una mano por la corteza.

    —Pero árboles que parecen querer contar una historia...

    Miró el rostro inmóvil.

    —Eso es nuevo.

    El árbol respondió con otro lamento.

    Gavlan retiró la mano.

    —Bien.

    Una pausa.

    —Supongo que no eres de los que negocian.

    Continuó su camino.

    Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.

    Entonces escuchó otro sonido.

    Esta vez no era un quejido.

    Era una respiración.

    Pesada.

    Profunda.

    Gavlan se detuvo de golpe.

    Entre la niebla, algo se movió.

    Primero vio la sombra.

    Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.

    Y finalmente la figura.

    Un gigante.

    Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.

    Gavlan permaneció quieto observándolo.

    No sacó su arma.

    No corrió.

    Simplemente lo evaluó.

    Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.

    —Bueno...

    Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.

    —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.

    La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.

    Gavlan miró sus flechas.

    Luego al gigante.

    Después a la enorme distancia que los separaba.

    —No creo que una venta vaya a ser sencilla.

    Una leve risa salió bajo su casco.

    —Aunque debo admitirlo...

    Observó al gigante una vez más.

    —Sería el cliente más grande que he tenido.

    El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.

    Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...

    Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.

    Buscar caminos nuevos.

    Encontrar mercancías nuevas.

    Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
    El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente. La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris. El mercader avanzó con cuidado. No porque dudara de sí mismo. Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos. El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque. Gavlan se detuvo. Inclinó ligeramente la cabeza. —Hm... Esperó. Ahí estaba otra vez. Un sonido bajo, casi como un lamento. Miró a su alrededor. Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles. Algunos de ellos tenían formas extrañas. Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor. Y de aquellos árboles salían los sonidos. Quejidos débiles. Susurros antiguos. Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos. Observó el rostro formado en el tronco. —Vaya... Su voz salió más baja de lo normal. —He visto mercancía extraña en mis viajes. Pasó una mano por la corteza. —Pero árboles que parecen querer contar una historia... Miró el rostro inmóvil. —Eso es nuevo. El árbol respondió con otro lamento. Gavlan retiró la mano. —Bien. Una pausa. —Supongo que no eres de los que negocian. Continuó su camino. Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás. Entonces escuchó otro sonido. Esta vez no era un quejido. Era una respiración. Pesada. Profunda. Gavlan se detuvo de golpe. Entre la niebla, algo se movió. Primero vio la sombra. Después una enorme mano apoyándose sobre una roca. Y finalmente la figura. Un gigante. Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo. Gavlan permaneció quieto observándolo. No sacó su arma. No corrió. Simplemente lo evaluó. Como si estuviera frente a un posible cliente difícil. —Bueno... Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón. —Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes. La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles. Gavlan miró sus flechas. Luego al gigante. Después a la enorme distancia que los separaba. —No creo que una venta vaya a ser sencilla. Una leve risa salió bajo su casco. —Aunque debo admitirlo... Observó al gigante una vez más. —Sería el cliente más grande que he tenido. El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla. Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla... Gavlan había salido de aquella taberna por una razón. Buscar caminos nuevos. Encontrar mercancías nuevas. Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
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  • {La lluvia golpeaba con fuerza los tejados de la aldea mientras el viento arrastraba el olor a humo y ceniza desde tierras lejanas. Tras semanas de viaje, Ivandore de Ebonhart había recorrido caminos olvidados, cruzado bosques oscuros y dejado atrás los ecos de una guerra que parecía no tener fin.}

    {Las puertas de la posada se abrieron lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Las conversaciones cesaron por un instante cuando la figura del caballero apareció bajo la tenue luz de las velas. Su armadura mostraba las marcas de incontables batallas, y sobre su capa desgastada aún podía distinguirse la cruz roja de su orden.}

    {Sin pronunciar palabra, avanzó hasta el mostrador. El tintineo metálico de sus espuelas resonó en toda la sala. Sacó una pequeña bolsa de cuero y la dejó caer frente a la tabernera. El sonido de las monedas de oro chocando entre sí fue suficiente para captar toda su atención.}

    —Busco una habitación, comida caliente y un establo para mi montura.

    {La mujer observó la pesada bolsa antes de alzar la vista hacia el misterioso viajero.}

    —Parece que habéis recorrido un largo camino, mi señor.

    {Ivandore permaneció inmóvil unos segundos tras el visor de su yelmo.}

    —Más largo de lo que hubiese deseado.

    {Por primera vez en muchas jornadas, el caballero se encontraba bajo un techo seguro. Sin embargo, incluso allí, entre el calor de la chimenea y el aroma de la cerveza recién servida, las sombras del pasado seguían caminando a su lado.}
    {La lluvia golpeaba con fuerza los tejados de la aldea mientras el viento arrastraba el olor a humo y ceniza desde tierras lejanas. Tras semanas de viaje, Ivandore de Ebonhart había recorrido caminos olvidados, cruzado bosques oscuros y dejado atrás los ecos de una guerra que parecía no tener fin.} {Las puertas de la posada se abrieron lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire frío. Las conversaciones cesaron por un instante cuando la figura del caballero apareció bajo la tenue luz de las velas. Su armadura mostraba las marcas de incontables batallas, y sobre su capa desgastada aún podía distinguirse la cruz roja de su orden.} {Sin pronunciar palabra, avanzó hasta el mostrador. El tintineo metálico de sus espuelas resonó en toda la sala. Sacó una pequeña bolsa de cuero y la dejó caer frente a la tabernera. El sonido de las monedas de oro chocando entre sí fue suficiente para captar toda su atención.} —Busco una habitación, comida caliente y un establo para mi montura. {La mujer observó la pesada bolsa antes de alzar la vista hacia el misterioso viajero.} —Parece que habéis recorrido un largo camino, mi señor. {Ivandore permaneció inmóvil unos segundos tras el visor de su yelmo.} —Más largo de lo que hubiese deseado. {Por primera vez en muchas jornadas, el caballero se encontraba bajo un techo seguro. Sin embargo, incluso allí, entre el calor de la chimenea y el aroma de la cerveza recién servida, las sombras del pasado seguían caminando a su lado.}
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  • Nos pasamos la existencia persiguiendo sombras en la oscuridad, codiciando quimeras y destinos que ni siquiera nos pertenecen. Qué soberana pérdida de tiempo. La verdadera sabiduría no está en mirar un horizonte vacío, sino en aprender a cerrar el puño y resguardar lo que ya sostiene nuestra mano. Este instante, este fragmento de luz en medio de la penumbra, es lo único real. C'est une folie despreciar el presente por orgullo; al final del día, el fuego que ya arde en nuestro interior es lo único que nos salva del frío.
    Nos pasamos la existencia persiguiendo sombras en la oscuridad, codiciando quimeras y destinos que ni siquiera nos pertenecen. Qué soberana pérdida de tiempo. La verdadera sabiduría no está en mirar un horizonte vacío, sino en aprender a cerrar el puño y resguardar lo que ya sostiene nuestra mano. Este instante, este fragmento de luz en medio de la penumbra, es lo único real. C'est une folie despreciar el presente por orgullo; al final del día, el fuego que ya arde en nuestro interior es lo único que nos salva del frío.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    — ¿De verdad pensaste que me estaba escondiendo? Qué criatura tan predecible eres —

    Ella guardo silencio por un momento, sacando su arma.

    — Confundiste mi silencio con cobardía y mi ausencia con una rendición. Pero una Romanov no se esconde por miedo; se esconde por estrategia. Mientras tú celebrabas una victoria vacía, creyendo que me habías hecho huir, yo estaba moviendo cada hilo en las sombras. Cada pista que seguiste, cada "descubrimiento" que hiciste... todo fue fríamente calculado. Te hice morder el anzuelo, y entraste directo a mi trampa con la arrogancia de los idiotas —

    Ella dejo ir un suspiro que reflejaba su molestia. Su odio se refleja en su mirada.

    — Puse a mis padres a salvo, lejos de tus garras y de tus amenazas baratas. Ya cometí un error de subestimar la bajeza una vez, y me costó la vida de mi hermano Vladimir. Ese dolor no se olvida, y esa lección quedó grabada a fuego en mi memoria. No voy a perder a nadie más —

    Maral sonrie, su cabello ahora mas largo, se mece con suavidad. Lista para jalar del gatillo.

    — Disfruta de tu último respiro de falsa confianza, porque el juego que tú empezaste ya lo he terminado yo. Mírame bien, porque soy lo último que vas a ver. En mi mundo, las deudas de sangre solo se pagan con sangre. Y tú estás en bancarrota —

    El disparo se escucho en aquella habitación, la líder de la Bratva había vuelto, y mas letal que nunca.
    — ¿De verdad pensaste que me estaba escondiendo? Qué criatura tan predecible eres — Ella guardo silencio por un momento, sacando su arma. — Confundiste mi silencio con cobardía y mi ausencia con una rendición. Pero una Romanov no se esconde por miedo; se esconde por estrategia. Mientras tú celebrabas una victoria vacía, creyendo que me habías hecho huir, yo estaba moviendo cada hilo en las sombras. Cada pista que seguiste, cada "descubrimiento" que hiciste... todo fue fríamente calculado. Te hice morder el anzuelo, y entraste directo a mi trampa con la arrogancia de los idiotas — Ella dejo ir un suspiro que reflejaba su molestia. Su odio se refleja en su mirada. — Puse a mis padres a salvo, lejos de tus garras y de tus amenazas baratas. Ya cometí un error de subestimar la bajeza una vez, y me costó la vida de mi hermano Vladimir. Ese dolor no se olvida, y esa lección quedó grabada a fuego en mi memoria. No voy a perder a nadie más — Maral sonrie, su cabello ahora mas largo, se mece con suavidad. Lista para jalar del gatillo. — Disfruta de tu último respiro de falsa confianza, porque el juego que tú empezaste ya lo he terminado yo. Mírame bien, porque soy lo último que vas a ver. En mi mundo, las deudas de sangre solo se pagan con sangre. Y tú estás en bancarrota — El disparo se escucho en aquella habitación, la líder de la Bratva había vuelto, y mas letal que nunca.
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  • alguna vez fui un hombre fingiendo tener dominio de las sombras pero desde el dia que logre modificar mis genes todo fue diferente, aquellos todo ellos se creen superiores, ven hacia abajo y ven a un pobre humano

    ridículo , llevo días esperando las sombras en mi mano quieren actuar, dioses, demonios, ángeles todos ellos gozan de su poder pero yo, yo quiero bajarlos de su nube que sepan cuán insignificantes son sin poderes, pero ellos pueden estar tranquilos aún no busco una guerra por ahora solo quiero una presa a la cual cazar

    pero mejor duerman con un ojo abierto no valla ser que alguien les jale un pie desde las sombras
    alguna vez fui un hombre fingiendo tener dominio de las sombras pero desde el dia que logre modificar mis genes todo fue diferente, aquellos todo ellos se creen superiores, ven hacia abajo y ven a un pobre humano ridículo , llevo días esperando las sombras en mi mano quieren actuar, dioses, demonios, ángeles todos ellos gozan de su poder pero yo, yo quiero bajarlos de su nube que sepan cuán insignificantes son sin poderes, pero ellos pueden estar tranquilos aún no busco una guerra por ahora solo quiero una presa a la cual cazar pero mejor duerman con un ojo abierto no valla ser que alguien les jale un pie desde las sombras
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  • Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte.
    A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen.
    Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror".
    En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan.

    Capítulo 1:
    Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente.
    Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano.
    Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío.
    —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal.
    Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad.
    Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid.
    Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa.
    A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto.
    Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás.
    —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes.
    Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47.
    El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje.
    Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones.
    Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra.
    —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono.
    —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta.
    —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores.
    —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita.
    Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas.
    —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo.
    —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano.
    Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla.
    —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto.
    Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
    Leila Ferrari, la indomable líder de la mafia siciliana en Neo-Madrid, se enfrenta a un torbellino de desafíos que ponen a prueba su fuerza y determinación. Desde emboscadas sangrientas por parte de la mafia rusa hasta traiciones internas que amenazan su imperio, Leila debe navegar un mundo brutal donde cada decisión es cuestión de vida o muerte. A pesar de su fría exterioridad y su educación en la crueldad, los reproches de su padre, Matteo Ferrari, y la ausencia de Gianluca, el hombre del que se ha enamorado y que está en prisión, la persiguen. Mientras Leila lucha por mantener el control de sus negocios y la lealtad de su gente, la presión de su linaje y las dolorosas memorias de su infancia la empujan al límite. Con su cumpleaños número veinte marcado por la búsqueda de contactos y la consolidación de su poder, Leila se debate entre el deseo de dominar y la vulnerabilidad que intenta ocultar. Massimo Marttini, un aliado enigmático, observa de cerca sus luchas internas, decidido a romper las barreras emocionales de la "principessa del terror". En este trepidante relato de lealtad, amor y poder, Leila Ferrari descubrirá si puede forjar su propio destino en un mundo que siempre ha intentado quebrarla, o si sucumbirá a las sombras que la acechan. Capítulo 1: Leila se miró al espejo, ultimando los detalles de su atuendo antes de partir hacia el CADS. A pesar de su juventud, su sola presencia imponía una autoridad y una experiencia que parecían trascender sus años. Su tez de un tono oliva dorado, testamento de su herencia siciliana, resplandecía bajo la luz. Su rostro de simetría perfecta, con pómulos altos y definidos, le otorgaba un aire de elegancia innata, pero eran sus ojos verde esmeralda los que delataban su verdadera naturaleza. Ocultos parcialmente tras unas gafas polarizadas estilo Cat-Eye de Lens Luxe, escrutaban el reflejo con una intensidad calculadora. Sus labios carnosos formaban una ligera sonrisa, una fina línea que separaba la sensualidad del peligro inminente. Vestida con un diseño corto de encaje y chifón de la firma Lilith Supreme que abrazaba sus curvas, irradiaba poder. Cada detalle había sido meticulosamente seleccionado: desde las uñas cuadradas en tono azul cobalto, pasando por los pendientes Orion y la pulsera led que brillaban con un pulso eléctrico, hasta el anillo de oro amarillo y zafiros que coronaba su mano. Exhaló un suspiro profundo, cargado de hastío. —Con el mal ánimo que me ha dejado la visita a Gian —murmuró para sí misma, arrastrando las vocales con el inconfundible deje de su tierra natal. Salió del cuarto y recorrió el pasillo de la segunda planta. La majestuosa casa colonial de la mafia italiana irradiaba un lujo asfixiante. Los suelos de majólicas en tonos terracota, los candelabros de cristal veneciano y los pesados cortinajes de terciopelo burdeos quedaron atrás mientras descendía por la escalera hacia el sótano. El ambiente en el garaje era radicalmente distinto; frío, con un eco resonante y bañado en luces tenues que sugerían un refugio diseñado para huidas en la oscuridad. Se acercó a su Ferrozzi Siracusa, una máquina imponente de color vino tinto metalizado. Abrió la puerta, se acomodó en los asientos de cuero y se ajustó el cinturón. Con un ronroneo profundo, el motor cobró vida, y el vehículo abandonó el encierro para devorar las calles de Neo-Madrid. Era una mañana fresca. El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de la urbe, pero las sombras de la ciudad ya albergaban sus propios monstruos. En la esquina de la calle Embajadores, Raiza Romanova, líder de una de las facciones más temidas de la mafia rusa, aguardaba en completo silencio. Sus sicarios la rodeaban como espectros, tensos, con la mirada clavada en la intersección, esperando la señal de su jefa. A lo lejos, el Ferrozzi de Leila se deslizaba por el asfalto con la arrogancia de quien se sabe dueña del territorio. Conducía sola, una temeraria demostración de su poder que, aquella mañana, le costaría un precio muy alto. Cuando el deportivo se acercó a la intersección de la Plaza de Cascorro, frente a la imponente estatua de Eloy Gonzalo, Raiza alzó una mano. En fracción de segundos, la trampa se cerró. Uno de los vehículos de los rusos salió disparado de una bocacalle, frenando en seco frente a Leila y bloqueando por completo su avance. Ella hundió el pedal del freno; las manos se le agarrotaron en el volante mientras el instinto de supervivencia afilaba sus sentidos. Antes de que pudiera meter la reversa, un segundo coche le cortó la huida por detrás. —No seré yo quien muera, maldita... —siseó entre dientes, con la sangre latiéndole en las sienes. Lejos de paralizarse, abrió la puerta de una patada, se parapetó tras el metal del coche y desenfundó su pistola M9. Dos automóviles más se aproximaron por los flancos. La orden de Romanova era clara, y fue ella misma quien rompió la quietud matutina abriendo fuego con su rifle de asalto AK-47. El estruendo de los disparos destrozó la tranquilidad del barrio. Leila devolvió el fuego con una precisión feroz, el rostro desencajado por la concentración mientras defendía su vida a capa y espada. Pero la inferioridad numérica era abrumadora. Un proyectil enemigo encontró su blanco, perforándole el brazo. El impacto le arrancó un grito sordo de dolor, pero no se rindió. Aún herida y sangrando profusamente, mantuvo la posición, disparando con una determinación salvaje. Satisfecha con el daño infligido y consciente de que el estruendo pronto atraería miradas indeseadas, Raiza gritó la orden de retirada. La emboscada había cumplido su propósito: quebrar la coraza de invulnerabilidad de la reina siciliana. Los motores rugieron, y los vehículos rusos se esfumaron entre las sombras de los callejones. Leila se quedó sola. Apoyó la espalda contra el chasis magullado de su Ferrozzi, respirando por la boca mientras el dolor punzante le subía por el hombro. Rebuscó torpemente en su bolso con la mano ilesa hasta dar con el teléfono. Marcó a emergencias, sabiendo que el tiempo corría en su contra. —¿Ciao? ¿Hablo a la policía? —preguntó en cuanto la línea dio tono. —¿Policía Nacional? Así es —respondió una voz masculina, sobria y atenta. —Necesito ayuda. Estoy herida, me dispararon. Estoy en la Plaza de Cascorro, esquina con Embajadores. —Entendido. Van una unidad y una ambulancia para allá, señorita. Cortó la comunicación y se dejó caer un poco más contra el coche, apretando los dientes. Minutos después, el chirrido de unos neumáticos anunció la llegada de una patrulla. El oficial apagó el motor y salió rápidamente del vehículo, acercándose a ella con paso firme. Leila alzó la vista, evaluándolo tras los cristales rotos de sus gafas. —Ciao... —murmuró, la voz tensa por el esfuerzo. —Agente Emilio Cruz, señorita. ¿Dónde fue la herida? —inquirió él, con un tono de urgencia matizado por su deje mexicano. Leila señaló su brazo ensangrentado con un leve cabeceo. Emilio soltó un suspiro pesado al comprobar la gravedad de la lesión. Sin perder un segundo, se despojó de su gruesa camiseta negra de cuero y la apretó con fuerza alrededor de la herida para contener la hemorragia. Leila tensó cada músculo de su escultural cuerpo, luchando por disimular la agonía y la rabia hirviente que amenazaba con desbordarla. —¿Vamos? —preguntó ella, irguiendo el mentón con orgullo herido pero intacto. Con sumo cuidado, Emilio la sostuvo por el lado sano, escoltándola hasta el asiento trasero de la patrulla. Cerró la puerta tras ella, rodeó el coche y se puso al volante, acelerando de inmediato para alejarla del eco metálico y la sangre que manchaba la plaza.
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  • Cassius, director del hospital, sostenía el teléfono con una rigidez impropia de él. Frente a su escritorio permanecía una figura gigantesca cuya mera presencia parecía comprimir el aire de la habitación.

    ○Yo puedo ocuparme del asunto. No tenéis necesidad de involucraros.

    Su voz delataba una inquietud que rara vez mostraba.

    El hombre de más de dos metros de altura no respondió de inmediato. Se hallaba examinando una serie de fotografías esparcidas sobre la mesa.

    Zelkova. Unknown . Nami .

    Sus enormes dedos tomaron la primera imagen.

    ☆Como continúen progresando a este ritmo, tendré que intervenir.

    Su tono era monocorde, casi aburrido.

    ☆Debo admitir que empiezo a hastiarme.

    Sus ojos se posaron sobre la fotografía de Unknow. Una sonrisa tenue afloró en su rostro.

    ☆¿Qué dirían los de Umbra Corp si me apropiara de su juguete?

    Dejó la fotografía a un lado y tomó la siguiente. Nami. Observó la imagen durante varios segundos.

    ☆Mmm...

    Un sonido grave escapó de su garganta.

    ☆Sobrevivió al Drive igual que su hermano. Interesante. Creo que haré una visita a ese autoproclamado vengador.

    Entonces tomó la última. Zelkova. La observó durante unos instantes antes de girarse hacia Cassius.

    ☆Cassius.

    ○¿Sí?

    ☆¿Quién es este?

    El director ni siquiera miró la imagen.

    ☆El sacerdote de la Iglesia de Melquisedec. Usted ordenó en el ataque.

    El hombre al que muchos conocían como el Recaudador de Impuestos estudió el retrato con atención.

    ☆Oh.

    Silencio.

    ☆No me suena de nada.

    No pestañeó. Ni una sola vez. Su mirada permaneció inmóvil sobre la fotografía, semejante a la de una estatua contemplando una insignificancia. Finalmente dejó la imagen sobre la mesa y cruzó los brazos.

    ☆Esperaré.

    Cassius tragó saliva.

    ○¿Esperaréis?

    ☆Sí.

    Una sombra de satisfacción asomó en su semblante.

    ☆Quiero que se vuelvan más fuertes.

    Su sonrisa se ensanchó apenas un ápice.

    ☆Quiero contemplar cómo sus anhelos alcanzan el cenit.

    La habitación pareció enfriarse varios grados.

    ☆Y después...

    Sus ojos adquirieron un brillo extraño.

    ☆Quiero ver cómo todas sus esperanzas son reducidas a escombros.
    Cassius, director del hospital, sostenía el teléfono con una rigidez impropia de él. Frente a su escritorio permanecía una figura gigantesca cuya mera presencia parecía comprimir el aire de la habitación. ○Yo puedo ocuparme del asunto. No tenéis necesidad de involucraros. Su voz delataba una inquietud que rara vez mostraba. El hombre de más de dos metros de altura no respondió de inmediato. Se hallaba examinando una serie de fotografías esparcidas sobre la mesa. Zelkova. [Uni_Darkness_Softspot]. [legend_opal_hare_231]. Sus enormes dedos tomaron la primera imagen. ☆Como continúen progresando a este ritmo, tendré que intervenir. Su tono era monocorde, casi aburrido. ☆Debo admitir que empiezo a hastiarme. Sus ojos se posaron sobre la fotografía de Unknow. Una sonrisa tenue afloró en su rostro. ☆¿Qué dirían los de Umbra Corp si me apropiara de su juguete? Dejó la fotografía a un lado y tomó la siguiente. Nami. Observó la imagen durante varios segundos. ☆Mmm... Un sonido grave escapó de su garganta. ☆Sobrevivió al Drive igual que su hermano. Interesante. Creo que haré una visita a ese autoproclamado vengador. Entonces tomó la última. Zelkova. La observó durante unos instantes antes de girarse hacia Cassius. ☆Cassius. ○¿Sí? ☆¿Quién es este? El director ni siquiera miró la imagen. ☆El sacerdote de la Iglesia de Melquisedec. Usted ordenó en el ataque. El hombre al que muchos conocían como el Recaudador de Impuestos estudió el retrato con atención. ☆Oh. Silencio. ☆No me suena de nada. No pestañeó. Ni una sola vez. Su mirada permaneció inmóvil sobre la fotografía, semejante a la de una estatua contemplando una insignificancia. Finalmente dejó la imagen sobre la mesa y cruzó los brazos. ☆Esperaré. Cassius tragó saliva. ○¿Esperaréis? ☆Sí. Una sombra de satisfacción asomó en su semblante. ☆Quiero que se vuelvan más fuertes. Su sonrisa se ensanchó apenas un ápice. ☆Quiero contemplar cómo sus anhelos alcanzan el cenit. La habitación pareció enfriarse varios grados. ☆Y después... Sus ojos adquirieron un brillo extraño. ☆Quiero ver cómo todas sus esperanzas son reducidas a escombros.
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    || Aventura terminada... Ay, ese final no me lo imagine. Golpe bajo DE, ponerme de Stalker a pelear contra una sombra de Jade.
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  • A veces, el silencio de los años nos obliga a mirar hacia adentro. Si me hubieran hecho esa pregunta en el pasado, probablemente habría respondido con una sonrisa evasiva. Sin embargo, aunque mi apariencia dicte una fría indiferencia, la verdad es que en la inmensidad de mis años de vida lo he pensado más de lo que admito. Sí, deseo una familia. Anhelo la calidez de un hogar verdadero; desde la complicidad y el respaldo incondicional de unos hermanos, hasta la bendición de guiar y proteger a mis propios hijos. Puede que camine entre sombras, pero incluso en la oscuridad más profunda, uno siempre busca un refugio al cual pertenecer. C'est le deseo más íntimo de mi alma.
    A veces, el silencio de los años nos obliga a mirar hacia adentro. Si me hubieran hecho esa pregunta en el pasado, probablemente habría respondido con una sonrisa evasiva. Sin embargo, aunque mi apariencia dicte una fría indiferencia, la verdad es que en la inmensidad de mis años de vida lo he pensado más de lo que admito. Sí, deseo una familia. Anhelo la calidez de un hogar verdadero; desde la complicidad y el respaldo incondicional de unos hermanos, hasta la bendición de guiar y proteger a mis propios hijos. Puede que camine entre sombras, pero incluso en la oscuridad más profunda, uno siempre busca un refugio al cual pertenecer. C'est le deseo más íntimo de mi alma.
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