El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.
La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.
El mercader avanzó con cuidado.
No porque dudara de sí mismo.
Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.
El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.
Gavlan se detuvo.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—Hm...
Esperó.
Ahí estaba otra vez.
Un sonido bajo, casi como un lamento.
Miró a su alrededor.
Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.
Algunos de ellos tenían formas extrañas.
Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.
Y de aquellos árboles salían los sonidos.
Quejidos débiles.
Susurros antiguos.
Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.
Observó el rostro formado en el tronco.
—Vaya...
Su voz salió más baja de lo normal.
—He visto mercancía extraña en mis viajes.
Pasó una mano por la corteza.
—Pero árboles que parecen querer contar una historia...
Miró el rostro inmóvil.
—Eso es nuevo.
El árbol respondió con otro lamento.
Gavlan retiró la mano.
—Bien.
Una pausa.
—Supongo que no eres de los que negocian.
Continuó su camino.
Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.
Entonces escuchó otro sonido.
Esta vez no era un quejido.
Era una respiración.
Pesada.
Profunda.
Gavlan se detuvo de golpe.
Entre la niebla, algo se movió.
Primero vio la sombra.
Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.
Y finalmente la figura.
Un gigante.
Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.
Gavlan permaneció quieto observándolo.
No sacó su arma.
No corrió.
Simplemente lo evaluó.
Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.
—Bueno...
Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.
—Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.
La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.
Gavlan miró sus flechas.
Luego al gigante.
Después a la enorme distancia que los separaba.
—No creo que una venta vaya a ser sencilla.
Una leve risa salió bajo su casco.
—Aunque debo admitirlo...
Observó al gigante una vez más.
—Sería el cliente más grande que he tenido.
El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.
Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...
Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.
Buscar caminos nuevos.
Encontrar mercancías nuevas.
Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.
El mercader avanzó con cuidado.
No porque dudara de sí mismo.
Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.
El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.
Gavlan se detuvo.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—Hm...
Esperó.
Ahí estaba otra vez.
Un sonido bajo, casi como un lamento.
Miró a su alrededor.
Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.
Algunos de ellos tenían formas extrañas.
Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.
Y de aquellos árboles salían los sonidos.
Quejidos débiles.
Susurros antiguos.
Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.
Observó el rostro formado en el tronco.
—Vaya...
Su voz salió más baja de lo normal.
—He visto mercancía extraña en mis viajes.
Pasó una mano por la corteza.
—Pero árboles que parecen querer contar una historia...
Miró el rostro inmóvil.
—Eso es nuevo.
El árbol respondió con otro lamento.
Gavlan retiró la mano.
—Bien.
Una pausa.
—Supongo que no eres de los que negocian.
Continuó su camino.
Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.
Entonces escuchó otro sonido.
Esta vez no era un quejido.
Era una respiración.
Pesada.
Profunda.
Gavlan se detuvo de golpe.
Entre la niebla, algo se movió.
Primero vio la sombra.
Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.
Y finalmente la figura.
Un gigante.
Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.
Gavlan permaneció quieto observándolo.
No sacó su arma.
No corrió.
Simplemente lo evaluó.
Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.
—Bueno...
Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.
—Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.
La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.
Gavlan miró sus flechas.
Luego al gigante.
Después a la enorme distancia que los separaba.
—No creo que una venta vaya a ser sencilla.
Una leve risa salió bajo su casco.
—Aunque debo admitirlo...
Observó al gigante una vez más.
—Sería el cliente más grande que he tenido.
El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.
Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...
Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.
Buscar caminos nuevos.
Encontrar mercancías nuevas.
Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.
El primer paso dentro del Bosque de los Gigantes fue suficiente para que Gavlan notara que aquel lugar era diferente.
La niebla cubría el suelo hasta las rodillas, moviéndose lentamente entre las raíces retorcidas de los árboles. Apenas podía distinguir unos metros frente a él, y cada sonido parecía perderse en aquella inmensidad gris.
El mercader avanzó con cuidado.
No porque dudara de sí mismo.
Sino porque había aprendido que los lugares donde reina el silencio rara vez estaban realmente vacíos.
El metal de su armadura resonaba suavemente mientras caminaba, mezclándose con los débiles quejidos que venían desde algún punto del bosque.
Gavlan se detuvo.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—Hm...
Esperó.
Ahí estaba otra vez.
Un sonido bajo, casi como un lamento.
Miró a su alrededor.
Al principio pensó que venía de alguna criatura escondida entre la niebla, pero entonces vio los árboles.
Algunos de ellos tenían formas extrañas.
Sus troncos estaban deformados, como si algo hubiera intentado tallar rostros en la madera durante años. Rasgos apenas visibles entre la corteza: ojos cerrados, bocas abiertas en expresiones de dolor.
Y de aquellos árboles salían los sonidos.
Quejidos débiles.
Susurros antiguos.
Gavlan se acercó lentamente a uno de ellos.
Observó el rostro formado en el tronco.
—Vaya...
Su voz salió más baja de lo normal.
—He visto mercancía extraña en mis viajes.
Pasó una mano por la corteza.
—Pero árboles que parecen querer contar una historia...
Miró el rostro inmóvil.
—Eso es nuevo.
El árbol respondió con otro lamento.
Gavlan retiró la mano.
—Bien.
Una pausa.
—Supongo que no eres de los que negocian.
Continuó su camino.
Más adelante, las siluetas de enormes ruinas comenzaron a aparecer entre la niebla. Piedras gigantescas cubiertas por musgo, restos de un lugar donde algo enorme había ocurrido mucho tiempo atrás.
Entonces escuchó otro sonido.
Esta vez no era un quejido.
Era una respiración.
Pesada.
Profunda.
Gavlan se detuvo de golpe.
Entre la niebla, algo se movió.
Primero vio la sombra.
Después una enorme mano apoyándose sobre una roca.
Y finalmente la figura.
Un gigante.
Su cuerpo era colosal, incluso entre aquellos árboles enormes parecía una montaña caminando. Cada movimiento hacía vibrar ligeramente el suelo.
Gavlan permaneció quieto observándolo.
No sacó su arma.
No corrió.
Simplemente lo evaluó.
Como si estuviera frente a un posible cliente difícil.
—Bueno...
Acomodó lentamente una de las bolsas de su cinturón.
—Ahora entiendo por qué llaman a esto el Bosque de los Gigantes.
La criatura emitió un sonido grave que hizo eco entre los árboles.
Gavlan miró sus flechas.
Luego al gigante.
Después a la enorme distancia que los separaba.
—No creo que una venta vaya a ser sencilla.
Una leve risa salió bajo su casco.
—Aunque debo admitirlo...
Observó al gigante una vez más.
—Sería el cliente más grande que he tenido.
El mercader dio un paso hacia adelante, adentrándose más en la niebla.
Porque aunque el bosque estaba lleno de peligros, ruinas y cosas que parecían sacadas de una pesadilla...
Gavlan había salido de aquella taberna por una razón.
Buscar caminos nuevos.
Encontrar mercancías nuevas.
Y, con un poco de suerte... volver con una historia que valiera otra cerveza.