• -La lluvia caía sin tregua, golpeando el suelo de piedra con un ritmo constante, casi ceremonial. Cada gota resbalaba por el filo de Yamato, siguiendo la línea perfecta del acero como si lo venerara. Vergil permanecía en silencio en medio del claro, el abrigo oscuro empapado, el cabello plateado pegado a su rostro sin que ello pareciera importarle.
    Un movimiento.La katana se desenvainó en un destello azul.
    Un corte limpio atravesó el aire, tan preciso que la lluvia misma pareció dividirse ante él. Vergil avanzó un paso, luego otro, ejecutando una secuencia impecable de ataques: rápidos, controlados, sin desperdiciar energía. Cada golpe era una afirmación de dominio, no de furia.Su respiración era calma, medida… muy distinta al conflicto que se agitaba en su interior.-

    El poder no se concede

    —murmuró finalmente, con voz baja pero firme, mientras Yamato regresaba a su funda—.

    Se forja.

    -Alzó la mirada, como si sintiera una presencia más allá de la cortina de lluvia. Sus ojos azules, fríos y atentos, se clavaron en la oscuridad.-

    Si has venido a observar…

    —dijo sin volverse—.

    No interfieras.

    -La lluvia continuó cayendo.
    Y Vergil volvió a adoptar su postura, listo para el siguiente movimiento… o para lo que sea que el destino decidiera poner frente a él.-
    -La lluvia caía sin tregua, golpeando el suelo de piedra con un ritmo constante, casi ceremonial. Cada gota resbalaba por el filo de Yamato, siguiendo la línea perfecta del acero como si lo venerara. Vergil permanecía en silencio en medio del claro, el abrigo oscuro empapado, el cabello plateado pegado a su rostro sin que ello pareciera importarle. Un movimiento.La katana se desenvainó en un destello azul. Un corte limpio atravesó el aire, tan preciso que la lluvia misma pareció dividirse ante él. Vergil avanzó un paso, luego otro, ejecutando una secuencia impecable de ataques: rápidos, controlados, sin desperdiciar energía. Cada golpe era una afirmación de dominio, no de furia.Su respiración era calma, medida… muy distinta al conflicto que se agitaba en su interior.- El poder no se concede —murmuró finalmente, con voz baja pero firme, mientras Yamato regresaba a su funda—. Se forja. -Alzó la mirada, como si sintiera una presencia más allá de la cortina de lluvia. Sus ojos azules, fríos y atentos, se clavaron en la oscuridad.- Si has venido a observar… —dijo sin volverse—. No interfieras. -La lluvia continuó cayendo. Y Vergil volvió a adoptar su postura, listo para el siguiente movimiento… o para lo que sea que el destino decidiera poner frente a él.-
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  • No fue mi idea.

    Adrián insistió desde temprano, dijo que no buscaba nada elaborado, que bastaba con “resaltar lo que ya está”. Detesto cuando habla así, eh sobrevivido siglos sin necesitar adornos, aun así, cedí, quizá por curiosidad, quizá por cansancio.

    Puso algo sutil apenas sombra para profundizar la mirada, siempre dice eso, un poco de color en los labios.

    Luego salimos sin más explicación, el aire era denso, nublado. Yo estaba distraída, siguiendo mis propios pensamientos, cuando escuché el clic, ni advertencia ni permiso, giré el rostro demasiado tarde. Mi hermano ya tenía la cámara baja y esa expresión satisfecha cuando consigue lo que quiere.

    No me enojé, solo fue lo extraño. Tal vez porque entendí que no buscaba una imagen perfecta.
    No fue mi idea. Adrián insistió desde temprano, dijo que no buscaba nada elaborado, que bastaba con “resaltar lo que ya está”. Detesto cuando habla así, eh sobrevivido siglos sin necesitar adornos, aun así, cedí, quizá por curiosidad, quizá por cansancio. Puso algo sutil apenas sombra para profundizar la mirada, siempre dice eso, un poco de color en los labios. Luego salimos sin más explicación, el aire era denso, nublado. Yo estaba distraída, siguiendo mis propios pensamientos, cuando escuché el clic, ni advertencia ni permiso, giré el rostro demasiado tarde. Mi hermano ya tenía la cámara baja y esa expresión satisfecha cuando consigue lo que quiere. No me enojé, solo fue lo extraño. Tal vez porque entendí que no buscaba una imagen perfecta.
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  • —Soy un lobo solitario porque cuando confie en los demas me hicieron entender que vivimos en una sociedad... AUUUUUU ai- no se si era así la frase.. carajo-

    *Giko tratando de ser edgy y emo pero solo consiguiendo dar pena agena como estuvo haciendo estos días, ojala se le pase pronto está etapa cringe*
    —Soy un lobo solitario porque cuando confie en los demas me hicieron entender que vivimos en una sociedad... AUUUUUU 🦇 ai- no se si era así la frase.. carajo- *Giko tratando de ser edgy y emo pero solo consiguiendo dar pena agena como estuvo haciendo estos días, ojala se le pase pronto está etapa cringe*
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  • *chibi salía corriendo de un arbusto con un huevo en sus manitas, mientras corre gritaba y lloraba ya que un ganso lo estaba persiguiendo * ToT
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  • Vaya...vaya...así que me estás siguiendo ?que pretendes ?..

    *Cuestionó mirándole curiosa*
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈
    𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬

    Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo.

    Así fue como comenzó todo.

    Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo.

    ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia.

    Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez.

    ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño.

    Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle.

    Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros.

    ────¿Qué… estás haciendo?

    No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly».

    Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo:

    ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue.

    Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles.

    Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé.

    ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta.

    Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina.

    ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación.

    Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida.

    ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres.

    Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios.

    Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo.

    Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma.

    ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo?

    Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo.

    ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro.

    ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos.

    Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia.

    ────Hola, hola…

    La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día.

    Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre.

    Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella.

    A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación.

    Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo.

    ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste.

    ────Por supuesto.

    La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro.

    Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado?

    Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra.

    Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros.

    Pero ante ella, había una certeza clara.

    Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas.

    En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno.

    Esa era su promesa. Y la cumpliría.

    Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría.

    Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈 𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬 Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo. Así fue como comenzó todo. Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo. ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia. Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez. ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle. Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros. ────¿Qué… estás haciendo? No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly». Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo: ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue. Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles. Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé. ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta. Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina. ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación. Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida. ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres. Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios. Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo. Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma. ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo? Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo. ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro. ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos. Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia. ────Hola, hola… La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día. Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre. Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella. A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación. Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo. ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste. ────Por supuesto. La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro. Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado? Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra. Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros. Pero ante ella, había una certeza clara. Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas. En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno. Esa era su promesa. Y la cumpliría. Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría. Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
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  • — ¡¡Bienvenidos al Hazbin Hotel!! —

    Tan solo abrir las puertas del establecimiento, una radiante sonrisa alegre aparecía del otro lado recibiendolos. Pues con su hotel demasiado tiempo abandonado, no podía ser sino una dicha el recibir nuevas almas para su programa de redención. Por lo que cuando vio entrar a dos nuevas y desconocidas almas corrió a recibirlas.
    Tomando la mano de uno y luego la de otro agitandola en un saludo cargado con demasiada intensidad alegre para el denso ambiente infernal.

    — Ooowwww ¡Es tan bueno recibir nuevos huéspedes! ¡Estoy tan feliz! ¿Vienen a hospedarse no es así? —

    Aunque realmente poco tiempo les daría a responder antes de tomar por un brazo a cada uno, poniéndose ella en medio y comenzando a llevárselos para recorrer el inmenso establecimiento.

    — ¡Déjenme presentarles al resto de huéspedes! ¡Seguro van a amar quedarse aquí! —

    Por suerte en aquel momento todos parecían estar, milagrosamente, en un mismo lugar cerca del bar.
    Soltándolo, corrió a brazos de su novia [Cutie_monster] , abrazándola y dejando un beso en su mejilla.

    — Ella es mi novia Vaggi, y también es la gerente del hotel. ¡Oh! ¡Y él es mi papá! Lucifer, si, el rey del infierno —

    Exclamó soltando a su novia para ir a abrazar a su padre, S𝖆𝖒𝖆𝖊𝖑 𝕸𝖔𝖗𝖓𝖎𝖓𝖌𝖘𝖙𝖆𝖗, incluso pegando su mejilla a la ajena antes de soltarle.
    Siguiendo su presentación animada y casi sin respiro, siguió, aunque sin tocar, yendo donde Alastor . Señalandolo de pie a su lado.

    — Él es Alastor, no se preocupen es.... Agradable a su modo — Rió con cierto nerviosismo, alejándose antes de acercarse a la barra del bar con cierta inseguridad. Pues aún había un huésped con el que no se había podido encontrar a solas y sospechaba que la estaba evitando. — Y ellos son, Angel Dust, un huésped del hotel también y Husk, nuestro bartender —

    Señaló presentando, una vez más sin tocar a nadie a Angel Dust y Husk . Finalmente vio como, en ese momento, entraba también un antiguo huésped del hotel que no hacía tanto tiempo había decidido ir a visitarles por lo que, corriendo, fue a abrazar a Sir Pentious

    — ¡Y él es Pentius, Sir Pentius! Él fue un huésped del hotel una vez! —

    Un hecho que aún hacia brillar sus ojos de emoción aunque también quería llorar de orgullo por él.
    Solo entonces se percató de que ni siquiera había permitido hablar a los dos nuevos desconocidos, acercándose carraspeando algo apenada cuando fue a presentarlos a ellos frente a todos dándose cuenta que no sabía sus nombres

    — Oh, cierto. Lo siento. Ni siquiera pregunté sus nombres; ¿Cómo se llaman? —

    De nuevo su amplia sonrisa amigable mientras observaba a Kris Dreemurr y Susie
    — ¡¡Bienvenidos al Hazbin Hotel!! — Tan solo abrir las puertas del establecimiento, una radiante sonrisa alegre aparecía del otro lado recibiendolos. Pues con su hotel demasiado tiempo abandonado, no podía ser sino una dicha el recibir nuevas almas para su programa de redención. Por lo que cuando vio entrar a dos nuevas y desconocidas almas corrió a recibirlas. Tomando la mano de uno y luego la de otro agitandola en un saludo cargado con demasiada intensidad alegre para el denso ambiente infernal. — Ooowwww ¡Es tan bueno recibir nuevos huéspedes! ¡Estoy tan feliz! ¿Vienen a hospedarse no es así? — Aunque realmente poco tiempo les daría a responder antes de tomar por un brazo a cada uno, poniéndose ella en medio y comenzando a llevárselos para recorrer el inmenso establecimiento. — ¡Déjenme presentarles al resto de huéspedes! ¡Seguro van a amar quedarse aquí! — Por suerte en aquel momento todos parecían estar, milagrosamente, en un mismo lugar cerca del bar. Soltándolo, corrió a brazos de su novia [Cutie_monster] , abrazándola y dejando un beso en su mejilla. — Ella es mi novia Vaggi, y también es la gerente del hotel. ¡Oh! ¡Y él es mi papá! Lucifer, si, el rey del infierno — Exclamó soltando a su novia para ir a abrazar a su padre, [LuciHe11], incluso pegando su mejilla a la ajena antes de soltarle. Siguiendo su presentación animada y casi sin respiro, siguió, aunque sin tocar, yendo donde [4lastor]. Señalandolo de pie a su lado. — Él es Alastor, no se preocupen es.... Agradable a su modo — Rió con cierto nerviosismo, alejándose antes de acercarse a la barra del bar con cierta inseguridad. Pues aún había un huésped con el que no se había podido encontrar a solas y sospechaba que la estaba evitando. — Y ellos son, Angel Dust, un huésped del hotel también y Husk, nuestro bartender — Señaló presentando, una vez más sin tocar a nadie a [Ange1Dust] y [barcat75]. Finalmente vio como, en ese momento, entraba también un antiguo huésped del hotel que no hacía tanto tiempo había decidido ir a visitarles por lo que, corriendo, fue a abrazar a [S1r_P3nti0us] — ¡Y él es Pentius, Sir Pentius! Él fue un huésped del hotel una vez! — Un hecho que aún hacia brillar sus ojos de emoción aunque también quería llorar de orgullo por él. Solo entonces se percató de que ni siquiera había permitido hablar a los dos nuevos desconocidos, acercándose carraspeando algo apenada cuando fue a presentarlos a ellos frente a todos dándose cuenta que no sabía sus nombres — Oh, cierto. Lo siento. Ni siquiera pregunté sus nombres; ¿Cómo se llaman? — De nuevo su amplia sonrisa amigable mientras observaba a [Kr1s_Dr33murr] y [Susiezilla]
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  • —"Apunta, respira, dispara" —se repitió mentalmente, siguiendo el ritmo de su propio corazón. El viento soplaba sobre el campo abierto, agitando su cabello, pero ella permanecía inmóvil como una estatua de mármol. No había duda en sus ojos, solo la fría determinación de quien ha visto lo peor y ha decidido sobrevivir. Si el Upside Down quería una guerra, ella sería quien disparara la primera bala.—
    —"Apunta, respira, dispara" —se repitió mentalmente, siguiendo el ritmo de su propio corazón. El viento soplaba sobre el campo abierto, agitando su cabello, pero ella permanecía inmóvil como una estatua de mármol. No había duda en sus ojos, solo la fría determinación de quien ha visto lo peor y ha decidido sobrevivir. Si el Upside Down quería una guerra, ella sería quien disparara la primera bala.—
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  • Contrato rojo, alas negras
    Fandom Hellaverse/Marvel
    Categoría Acción

    Rol privado con: [Cutie_monster] y Deadpool
    Lugar: Anillo del orgullo

    Según había escuchado, había aparecido un extraño contrato firmado por ningún overlord conocido y que, atraía al infierno personas que no debían estar allí. No necesariamente humanos o seres celestiales, si no también criaturas de otros lugares. Y ¿Que decir? Henroin su padre se había tragado ese rumor y quería dicho contrato para usarlo. Por alguna razón, lo envió solo, sin Striker.

    Así que ahí estaba Arackniss, de incógnito siguiendo a un extraño pecador con forma de halcón que casi, casi parecía un Goetia. ¿por que a ese tipo? Pues por que el muy imbecil era el bocazas que decía tener dicho objeto, al parecer afirmaba ser él mismo de otro lugar y estar haciendo aparecer gente. Lo había seguido hasta jn bar cutre de alterne y lo estaba espiando desde una mesa al otro lado, a la forma más clásica de la mafia, usando una larga gabardina, gafas de sol y un periódico de escudo. Y no, no parecia ni cauteloso ni inteligente, pues ahi estaba el objetivo, fardando de sus “poderes” y de qje él mismo venía de otro lugar,por supuesto la gente q su alrededor se descojonaba de él ¿La opinion de Arackniss? No era más que un charlatán. Pero, su padre ya estaba de bastante mal humor con el desahogo de Striker eñ sinsmas como para seguir contradiciéndolo.
    Rol privado con: [Cutie_monster] y [D34dp001] Lugar: Anillo del orgullo Según había escuchado, había aparecido un extraño contrato firmado por ningún overlord conocido y que, atraía al infierno personas que no debían estar allí. No necesariamente humanos o seres celestiales, si no también criaturas de otros lugares. Y ¿Que decir? Henroin su padre se había tragado ese rumor y quería dicho contrato para usarlo. Por alguna razón, lo envió solo, sin Striker. Así que ahí estaba Arackniss, de incógnito siguiendo a un extraño pecador con forma de halcón que casi, casi parecía un Goetia. ¿por que a ese tipo? Pues por que el muy imbecil era el bocazas que decía tener dicho objeto, al parecer afirmaba ser él mismo de otro lugar y estar haciendo aparecer gente. Lo había seguido hasta jn bar cutre de alterne y lo estaba espiando desde una mesa al otro lado, a la forma más clásica de la mafia, usando una larga gabardina, gafas de sol y un periódico de escudo. Y no, no parecia ni cauteloso ni inteligente, pues ahi estaba el objetivo, fardando de sus “poderes” y de qje él mismo venía de otro lugar,por supuesto la gente q su alrededor se descojonaba de él ¿La opinion de Arackniss? No era más que un charlatán. Pero, su padre ya estaba de bastante mal humor con el desahogo de Striker eñ sinsmas como para seguir contradiciéndolo.
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    Grupal
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    Cualquier línea
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  • [Rol Libre] "Una buena Caza"

    -Era de noche, la lluvia era muy fina y el aire corría a su alrededor. En plena noche y en su forma canina él andaba por las calles olfateando y persiguiendo pequeños roedores , lo que viera moverse en la noche. Él lo hacia para entretenerse, disfrutaba cambiar de forma y "cazar" O asi le decía a perseguirlos a trote siendo esa su mayor diversión...--

    -Acercó la nariz al suelo siguiendo el siguiente rastro, entusiasmado empezó a acelerar el paso esperando encontrarse alguna liebre, algo más grande..
    [Rol Libre] "Una buena Caza" -Era de noche, la lluvia era muy fina y el aire corría a su alrededor. En plena noche y en su forma canina él andaba por las calles olfateando y persiguiendo pequeños roedores , lo que viera moverse en la noche. Él lo hacia para entretenerse, disfrutaba cambiar de forma y "cazar" O asi le decía a perseguirlos a trote siendo esa su mayor diversión...-- -Acercó la nariz al suelo siguiendo el siguiente rastro, entusiasmado empezó a acelerar el paso esperando encontrarse alguna liebre, algo más grande..
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