• El espíritu del zorro puede ser travieso pero no por eso no puede ser letal, con trampas, con juegos, con vueltas siempre tratará de conseguir su victoria. ~
    El espíritu del zorro puede ser travieso pero no por eso no puede ser letal, con trampas, con juegos, con vueltas siempre tratará de conseguir su victoria. ~
    Me gusta
    Me encocora
    Me endiabla
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • —Las Crónicas De Fenrir Queen—

    •Capítulo 1: Las heridas que no sanan•

    El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.

    Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.

    Curandero: —Nunca había visto algo parecido.

    Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?

    El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.

    Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.

    Fenrir: —Entonces… puede curarlo?

    La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.

    Curandero: —Lo siento, muchacha.

    Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.

    Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.

    Fenrir: —Tan mal están?

    Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.

    Fenrir: —Puede ayudarme?

    La mujer apartó lentamente la mirada.

    Alquimista: —No.

    Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.

    Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.

    Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?

    Anciano: —No.

    Fenrir: —Y algún alquimista?

    Anciano: —Tampoco.

    Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.

    Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.

    Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.

    Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.

    Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.

    Fenrir: —Parecido?

    Anciano: —Un joven viajero.

    Fenrir: —También está herido?

    El hombre asintió.

    Anciano: —Eso parece.

    No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.

    Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.

    Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.

    Finalmente reuní valor y me acerqué.

    Fenrir: —Puedo sentarme?

    El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.

    Desconocido: —Haz lo que quieras.

    Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.

    Desconocido: —No pareces de aquí.

    Fenrir: —Porque no lo soy.

    Desconocido: —Viajas sola.

    Fenrir: —Sí.

    El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.

    Desconocido: —Qué pasa?

    Fenrir: —Tu brazo.

    Su expresión se endureció ligeramente.

    Desconocido: —Qué ocurre con él?

    Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.

    Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.

    Por primera vez pareció realmente sorprendido.

    Desconocido: —También estás herida?

    Solté una pequeña risa cansada.

    Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.

    El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.

    Desconocido: —Fue un chico?

    Fenrir: —Cómo lo sabes?

    Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.

    Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.

    Fenrir: —Yo no sé quién era.

    Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.

    Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.

    Desconocido: —A mí tampoco.

    La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.

    Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.

    Desconocido: —Porque se rompe.

    Fenrir: —Qué quieres decir?

    Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.

    Bajé la mirada hacia la mesa.

    Fenrir: —Casi me mata.

    El muchacho permaneció unos segundos en silencio.

    Desconocido: —A mí también.

    Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.

    Fuera quien fuese aquel muchacho…
    Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
    —Las Crónicas De Fenrir Queen— •Capítulo 1: Las heridas que no sanan• El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme. Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro. Curandero: —Nunca había visto algo parecido. Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es? El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo. Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo. Fenrir: —Entonces… puede curarlo? La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca. Curandero: —Lo siento, muchacha. Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución. Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando. Fenrir: —Tan mal están? Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves. Fenrir: —Puede ayudarme? La mujer apartó lentamente la mirada. Alquimista: —No. Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo. Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal. Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo? Anciano: —No. Fenrir: —Y algún alquimista? Anciano: —Tampoco. Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar. Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente. Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar. Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido. Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo. Fenrir: —Parecido? Anciano: —Un joven viajero. Fenrir: —También está herido? El hombre asintió. Anciano: —Eso parece. No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo. Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías. Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar. Finalmente reuní valor y me acerqué. Fenrir: —Puedo sentarme? El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder. Desconocido: —Haz lo que quieras. Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo. Desconocido: —No pareces de aquí. Fenrir: —Porque no lo soy. Desconocido: —Viajas sola. Fenrir: —Sí. El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante. Desconocido: —Qué pasa? Fenrir: —Tu brazo. Su expresión se endureció ligeramente. Desconocido: —Qué ocurre con él? Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes. Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío. Por primera vez pareció realmente sorprendido. Desconocido: —También estás herida? Solté una pequeña risa cansada. Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir. El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista. Desconocido: —Fue un chico? Fenrir: —Cómo lo sabes? Desconocido: —Porque a mí me hizo esto. Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido. Fenrir: —Yo no sé quién era. Desconocido: —Yo tampoco sé mucho. Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó. Desconocido: —A mí tampoco. La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar. Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía. Desconocido: —Porque se rompe. Fenrir: —Qué quieres decir? Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor. Bajé la mirada hacia la mesa. Fenrir: —Casi me mata. El muchacho permaneció unos segundos en silencio. Desconocido: —A mí también. Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara. Fuera quien fuese aquel muchacho… Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
    Me gusta
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • *Luego de estar horas en el gimnasio, ahora tocaba seguir el entrenamiento en un lugar frío, dónde a ella generalmente le gusta para canalizar la temperatura de su cuerpo en un escenario complicado, además de fortalecer sus habilidades, esta vez decidió practicar con su katana, estando sola, practicó sus reflejos usando una máquina creada por su amado que lanzaba rayos de energía y ella estaba practicando bloqueos instantáneos usando eso.*
    *Luego de estar horas en el gimnasio, ahora tocaba seguir el entrenamiento en un lugar frío, dónde a ella generalmente le gusta para canalizar la temperatura de su cuerpo en un escenario complicado, además de fortalecer sus habilidades, esta vez decidió practicar con su katana, estando sola, practicó sus reflejos usando una máquina creada por su amado que lanzaba rayos de energía y ella estaba practicando bloqueos instantáneos usando eso.*
    Me encocora
    Me gusta
    18
    15 turnos 0 maullidos
  • — Un día más a perseguir coches, detener robos, evitar asesinatos, rescatar gatitos de los árboles y ayudar a turistas a encontrar su museo de turno. Ah y ayudar a señoras a cruzar la calle, la última me invitó a galletas. Muchas gracias, señora.
    — Un día más a perseguir coches, detener robos, evitar asesinatos, rescatar gatitos de los árboles y ayudar a turistas a encontrar su museo de turno. Ah y ayudar a señoras a cruzar la calle, la última me invitó a galletas. Muchas gracias, señora.
    Me encocora
    Me enjaja
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • Ultimatum en la catedral:
    La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras.

    Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado.

    En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral.

    El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas.

    □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra?

    Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo.

    ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda.

    El otro soltó una risa ronca y amarga.

    □No tienes redaños...

    La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario.

    □¡HAZLO!

    Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió.

    El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades.

    Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas.

    Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada:

    ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...?

    El agua siguió cayendo sobre su rostro.

    ●¿Por qué tuviste que traicionarme...?

    Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
    Ultimatum en la catedral: La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras. Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado. En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral. El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas. □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra? Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo. ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda. El otro soltó una risa ronca y amarga. □No tienes redaños... La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario. □¡HAZLO! Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió. El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades. Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas. Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada: ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...? El agua siguió cayendo sobre su rostro. ●¿Por qué tuviste que traicionarme...? Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
    Me shockea
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • ╔════════════❖[𝙰 𝚀𝚄𝙸𝙲𝙺-𝙵𝙸𝚇-]❖════════════╗

    <<El viaje inició después de completar las actividades que ya tenían programadas a mitad de la noche. ¿Por qué a esas horas? Simple… porque la oscuridad de la noche les protegería de los posibles testigos entorpeciendo su buena visión ante la escasez de la luz del astro rey. Impidiendo ser identificados a ojo de los curiosos, que seguramente se volverían testigos importantes de aquel suceso. O al menos que los hayasen encontrado por mera casualidad.

    Sólo así se reducían los riesgos.

    Tres tripulantes abordaron el auto negro y se dieron a la fuga a gran velocidad, logrando salir de aquella ciudad tras cumplir dos ciclos de aquella manecilla larga del reloj.

    Giovanni se había sentado a la derecha del conductor que era el mismo Boris, un hombre corpulento al que conoció al poco tiempo de salir del servicio militar. Giovanni giró su cabeza para mirar hacia el asiento trasero de dicho auto. Un Mercedes Sedán negro, sin placas.

    Al mirar al tercer hombre en la zona de pasajeros, un semblante lleno de disgusto apareció en su rostro. Orillándolo a fruncir el entrecejo.

    — ¿Qué es lo que haces? Te dije que te sentaras en el asiento de en medio. — llevó su mano izquierda hasta el puente de su entrecejo y apretó, era una clara señal de estrés y hartazgo. — ¿Por qué tenemos que andar haciendo esto repetidamente? — cuestiona, la molestia era clara.

    — ¿Es mucho pedir un poco de cortesía cuando prácticamente nosotros te estamos llevando en auto? — Siguió moviendo la misma mano en un acto de sincronización con lo que decía, tratando de evocar algo de empatía por lo que ellos hacían con aquel pasajero. Giovanni cambió su expresión a consternación. — ¿Acaso no establecimos que nuestro límite de simetría está por aquí? — Señaló el punto medio entre asientos.

    Ahora se tornaba un reclamo.
    — Claramente no te das cuenta de que tu desprecio por la armonía geométrica espacial se está yendo a la mierda con tu muy molesta necedad. — Alzó una ceja sin dejar de mirarlo. Quería hacerle entender que a veces habían que seguir ciertos protocolos y, éste, era el suyo. — En serio, dime… ¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que quieres lograr? — Le miró inquisitivo, pareciera que la necedad de aquel pasajero desafiaba al mismo Giovanni Di Vincenzo. — ¡¿Es eso?! ¡¿Asimetría?! — Exclamó al sujeto atrás.

    Y era en la parte de atrás, un hombre atado de manos y pies, amordazado con un pedazo de tela, querían evitar que hablara o gritara para pedir ayuda. Aquel sujeto miró a Giovanni igual que un perrito regañado, confundido por lo que sucedía y lo que estaba por ocurrir con él.

    Pasaron unos segundos.
    Giovanni le miró molesto y en reacción, aquel sujeto se acomodó como pudo pues estaba recostado en el asiento a base de saltitos hasta sentarse nuevamente en donde le indicó. Mientras tanto, Boris miró por el retrovisor para cerciorarse de que nadie les estuviese siguiendo.

    ???: — ¿Mn-mmf? (¿Así?) — cuestionó el sujeto con cara de arrepentimiento, alzando sus cejas y descenso que no sacaran su arma y terminasen el trabajo ahí.

    — Sí… es una mejora, muchas gracias por comprender. — Respondió Giovanni con su calma habitual, complacido por que aquel sujeto entendió su punto. Pero eso no quedó ahí, pues no tardó aquel sujeto en comenzar a sollozar con el sonido ahogado por la mordaza. No se dió cuenta aquel sujeto que lloraba cerca de Boris, eso sin duda le molestó. Tanto, que giró su rostro para gruñirle e intimidar al chico cautivo.

    Boris: — ¡Aaaaagh! ¡Basta! — Exclamó hasta asustar a su rehén, ocasionando que éste se recorriera al asiento atrás de Giovanni, a lo que éste último no tardó en expresar su disgusto y protesta.

    — Ví eso y lo hiciste a propósito… — apuntó con su índice a Boris.

    Boris: — ¡Agh! Ya vamos a empezar… ¡Siempre estan llorando al oído, y eso me desconcentra de conducir! ¡Son molestos! — replicó sin mostrar miedo hacia su jefe, más que nada era una plática entre dos personas, antes de la relación jefe-subordinado.

    — ¿Por qué no mejor admites que odias la simetría? ¡Nunca te gustó! — contradijo Giovanni.
    Boris: — ¡Y también tu ruido! — volvió a decir.
    — Dime una cosa… ¿También me mentiste cuando dijiste que te gustaba la gramática? — volvió a argumentar. Esto ya se estaba saliendo de proporción.
    Boris: — ¡Nada de lo que dices tiene sentido! — ya se estaba molestando, no tardaba en soltar sus puños contra Gio.

    — ¡Eres un fraude! ¡Incluso tu fachada es toda una mentira asimetrica! — reclamó a su amigo, pues era cierto que Boris tenía algunas cicatrices que dejaban su rostro disparejo, en especial las quemaduras de su lado izquierdo. — ¡Pero ahorita voy a arreglar eso! — Amenazó Giovanni.

    Ambos comenzaron a pelear, se tomaron de los cuellos de sus camisas y comenzaron a forcejear, dejando que el auto se sacudiera por la falta de control en su dirección. Se salieron de camino y se internaron a un campo de maíz mientras que el chico maniatado atrás se sacudió a lo ancho del vehículo, golpeándose en ambos lados del mismo.

    Tan pronto como la marcha se detuvo, una gallina voló golpeando el parabrisas hasta que los hombres al frente detuvieron su pelea para mirar a su alrededor. Se quedaron inmóviles ante el momento. No sabían exactamente qué lugar era ese, pero unos segundos después se encargaron de su pasajero, lo sacaron del auto y terminaron su trabajo…

    Minutos más tarde Boris y Giovanni entraron al auto, excepto su peculiar pasajero. Ambos condujeron de vuelta a la ciudad.>>
    ╚═══════════❖═════════════❖═══════════╝
    ╔════════════❖[𝙰 𝚀𝚄𝙸𝙲𝙺-𝙵𝙸𝚇-]❖════════════╗ <<El viaje inició después de completar las actividades que ya tenían programadas a mitad de la noche. ¿Por qué a esas horas? Simple… porque la oscuridad de la noche les protegería de los posibles testigos entorpeciendo su buena visión ante la escasez de la luz del astro rey. Impidiendo ser identificados a ojo de los curiosos, que seguramente se volverían testigos importantes de aquel suceso. O al menos que los hayasen encontrado por mera casualidad. Sólo así se reducían los riesgos. Tres tripulantes abordaron el auto negro y se dieron a la fuga a gran velocidad, logrando salir de aquella ciudad tras cumplir dos ciclos de aquella manecilla larga del reloj. Giovanni se había sentado a la derecha del conductor que era el mismo Boris, un hombre corpulento al que conoció al poco tiempo de salir del servicio militar. Giovanni giró su cabeza para mirar hacia el asiento trasero de dicho auto. Un Mercedes Sedán negro, sin placas. Al mirar al tercer hombre en la zona de pasajeros, un semblante lleno de disgusto apareció en su rostro. Orillándolo a fruncir el entrecejo. — ¿Qué es lo que haces? Te dije que te sentaras en el asiento de en medio. — llevó su mano izquierda hasta el puente de su entrecejo y apretó, era una clara señal de estrés y hartazgo. — ¿Por qué tenemos que andar haciendo esto repetidamente? — cuestiona, la molestia era clara. — ¿Es mucho pedir un poco de cortesía cuando prácticamente nosotros te estamos llevando en auto? — Siguió moviendo la misma mano en un acto de sincronización con lo que decía, tratando de evocar algo de empatía por lo que ellos hacían con aquel pasajero. Giovanni cambió su expresión a consternación. — ¿Acaso no establecimos que nuestro límite de simetría está por aquí? — Señaló el punto medio entre asientos. Ahora se tornaba un reclamo. — Claramente no te das cuenta de que tu desprecio por la armonía geométrica espacial se está yendo a la mierda con tu muy molesta necedad. — Alzó una ceja sin dejar de mirarlo. Quería hacerle entender que a veces habían que seguir ciertos protocolos y, éste, era el suyo. — En serio, dime… ¿Es eso lo que quieres? ¿Es eso lo que quieres lograr? — Le miró inquisitivo, pareciera que la necedad de aquel pasajero desafiaba al mismo Giovanni Di Vincenzo. — ¡¿Es eso?! ¡¿Asimetría?! — Exclamó al sujeto atrás. Y era en la parte de atrás, un hombre atado de manos y pies, amordazado con un pedazo de tela, querían evitar que hablara o gritara para pedir ayuda. Aquel sujeto miró a Giovanni igual que un perrito regañado, confundido por lo que sucedía y lo que estaba por ocurrir con él. Pasaron unos segundos. Giovanni le miró molesto y en reacción, aquel sujeto se acomodó como pudo pues estaba recostado en el asiento a base de saltitos hasta sentarse nuevamente en donde le indicó. Mientras tanto, Boris miró por el retrovisor para cerciorarse de que nadie les estuviese siguiendo. ???: — ¿Mn-mmf? (¿Así?) — cuestionó el sujeto con cara de arrepentimiento, alzando sus cejas y descenso que no sacaran su arma y terminasen el trabajo ahí. — Sí… es una mejora, muchas gracias por comprender. — Respondió Giovanni con su calma habitual, complacido por que aquel sujeto entendió su punto. Pero eso no quedó ahí, pues no tardó aquel sujeto en comenzar a sollozar con el sonido ahogado por la mordaza. No se dió cuenta aquel sujeto que lloraba cerca de Boris, eso sin duda le molestó. Tanto, que giró su rostro para gruñirle e intimidar al chico cautivo. Boris: — ¡Aaaaagh! ¡Basta! — Exclamó hasta asustar a su rehén, ocasionando que éste se recorriera al asiento atrás de Giovanni, a lo que éste último no tardó en expresar su disgusto y protesta. — Ví eso y lo hiciste a propósito… — apuntó con su índice a Boris. Boris: — ¡Agh! Ya vamos a empezar… ¡Siempre estan llorando al oído, y eso me desconcentra de conducir! ¡Son molestos! — replicó sin mostrar miedo hacia su jefe, más que nada era una plática entre dos personas, antes de la relación jefe-subordinado. — ¿Por qué no mejor admites que odias la simetría? ¡Nunca te gustó! — contradijo Giovanni. Boris: — ¡Y también tu ruido! — volvió a decir. — Dime una cosa… ¿También me mentiste cuando dijiste que te gustaba la gramática? — volvió a argumentar. Esto ya se estaba saliendo de proporción. Boris: — ¡Nada de lo que dices tiene sentido! — ya se estaba molestando, no tardaba en soltar sus puños contra Gio. — ¡Eres un fraude! ¡Incluso tu fachada es toda una mentira asimetrica! — reclamó a su amigo, pues era cierto que Boris tenía algunas cicatrices que dejaban su rostro disparejo, en especial las quemaduras de su lado izquierdo. — ¡Pero ahorita voy a arreglar eso! — Amenazó Giovanni. Ambos comenzaron a pelear, se tomaron de los cuellos de sus camisas y comenzaron a forcejear, dejando que el auto se sacudiera por la falta de control en su dirección. Se salieron de camino y se internaron a un campo de maíz mientras que el chico maniatado atrás se sacudió a lo ancho del vehículo, golpeándose en ambos lados del mismo. Tan pronto como la marcha se detuvo, una gallina voló golpeando el parabrisas hasta que los hombres al frente detuvieron su pelea para mirar a su alrededor. Se quedaron inmóviles ante el momento. No sabían exactamente qué lugar era ese, pero unos segundos después se encargaron de su pasajero, lo sacaron del auto y terminaron su trabajo… Minutos más tarde Boris y Giovanni entraron al auto, excepto su peculiar pasajero. Ambos condujeron de vuelta a la ciudad.>> ╚═══════════❖═════════════❖═══════════╝
    Me gusta
    Me enjaja
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • -Ya les dije. No es necesario que me sigan. Simplemente haré una llamada al director general de la división Q. *Exclamo a los guardias. ¿En qué rayos pensabas padre cuándo decidiste seguir trabajando para la división Q?. Digo para mi misma*
    -Ya les dije. No es necesario que me sigan. Simplemente haré una llamada al director general de la división Q. *Exclamo a los guardias. ¿En qué rayos pensabas padre cuándo decidiste seguir trabajando para la división Q?. Digo para mi misma*
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • — En servicio se me autoriza usar la fuerza, sea cuál sea el costo no te preocupes por la decadencia, enfócate en conseguir nuestros objetivos. —
    — En servicio se me autoriza usar la fuerza, sea cuál sea el costo no te preocupes por la decadencia, enfócate en conseguir nuestros objetivos. —
    Me gusta
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • [Gracias a la información que obtuvo de forma poco amigable, Alexander ahora sabía que necesitaba tener una reunión con un hombre al que conocían como el Sr.Guroshi. lamentablemente no era fácil reunirse con el debido a que era muy misterioso y pocas veces se dejaba ver en público, esto llevo a Alex a investigar un poco sobre su única hija llamada Amber con la cual pudo conseguir una cita en la cafetería después de unos días conociéndola por internet]

    Amber: está es la primera vez que alguien se atreve a invitarme a una cita, normalmente todos le temen a mí padre y huyen.

    Bueno eso no me sorprende todos saben que tu padre es uno de los mejores fabricantes de armas militares, tiene una reputación inquebrantable.

    Amber: ay por favor no hables de mí padre mejor cuéntame más sobre ti para conocernos, ¿Tienes un trabajo estable?

    Emily: ¿¡Que pregunta es esa!? ¡Es una interesada!

    Trabajo para una de las mejores empresas financieras, no es por presumir pero tengo un gran puesto laboral ahí.

    Amber: eso es interesante yo no puedo trabajar debido a que mí padre me lo impide, siempre dice que el me dará todo lo que yo pida. (Así que una empresa financiera ¿Eh? Podría sacarle provecho a salir con este tonto)

    Jajaja
    bueno es normal que un padre quiera consentir a su única hija no lo culpo. (Si finjo tener una relación con esta mocosa podré acercarme a el, será sencillo)
    [Gracias a la información que obtuvo de forma poco amigable, Alexander ahora sabía que necesitaba tener una reunión con un hombre al que conocían como el Sr.Guroshi. lamentablemente no era fácil reunirse con el debido a que era muy misterioso y pocas veces se dejaba ver en público, esto llevo a Alex a investigar un poco sobre su única hija llamada Amber con la cual pudo conseguir una cita en la cafetería después de unos días conociéndola por internet] Amber: está es la primera vez que alguien se atreve a invitarme a una cita, normalmente todos le temen a mí padre y huyen. Bueno eso no me sorprende todos saben que tu padre es uno de los mejores fabricantes de armas militares, tiene una reputación inquebrantable. Amber: ay por favor no hables de mí padre mejor cuéntame más sobre ti para conocernos, ¿Tienes un trabajo estable? Emily: ¿¡Que pregunta es esa!? ¡Es una interesada! Trabajo para una de las mejores empresas financieras, no es por presumir pero tengo un gran puesto laboral ahí. Amber: eso es interesante yo no puedo trabajar debido a que mí padre me lo impide, siempre dice que el me dará todo lo que yo pida. (Así que una empresa financiera ¿Eh? Podría sacarle provecho a salir con este tonto) Jajaja bueno es normal que un padre quiera consentir a su única hija no lo culpo. (Si finjo tener una relación con esta mocosa podré acercarme a el, será sencillo)
    0 turnos 0 maullidos
  • Hoy por fin pude conseguir un trabajo... Es en una cafetería pero el uniforme es algo extraño
    Aunque unos chicos me dijeron que me veía bonita jeje...
    Hoy por fin pude conseguir un trabajo... Es en una cafetería pero el uniforme es algo extraño Aunque unos chicos me dijeron que me veía bonita jeje...
    Me encocora
    Me gusta
    Me endiabla
    6
    5 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados