El corazón de una mujer es un misterioso mar sin dudas...
El agua que corre y se detiene por breves instantes.
Lo curioso es que me gusta la subida, las partes dulces de una montaña rusa, donde desde arriba lo veo todo perfecto.. El problema es que no estoy dispuesta a la caída que le sigue.. Yo prefiero seguir admirando esa maravillosa vista..
El corazón de una mujer es un misterioso mar sin dudas...
El agua que corre y se detiene por breves instantes.
Lo curioso es que me gusta la subida, las partes dulces de una montaña rusa, donde desde arriba lo veo todo perfecto.. El problema es que no estoy dispuesta a la caída que le sigue.. Yo prefiero seguir admirando esa maravillosa vista..
La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes.
Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando.
Habían pasado semanas.
Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar.
Y Alastor odiaba esperar.
De pronto, la radio chirrió.
Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión.
Alastor sonrió lento.
— Ah… ya estás en casa, querido~
La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara.
El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal.
Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor.
Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado.
— La organización rusa ha sido eliminada
dijo con voz grave
—.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros.
Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco.
— Pero… lo que más quería… era volver contigo.
El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante.
Sparda avanzó unos pasos.
— ¿Me esperaste?
La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes.
Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando.
Habían pasado semanas.
Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar.
Y Alastor odiaba esperar.
De pronto, la radio chirrió.
Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión.
Alastor sonrió lento.
— Ah… ya estás en casa, querido~
La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara.
El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal.
Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor.
Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado.
— La organización rusa ha sido eliminada
dijo con voz grave
—.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros.
Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco.
— Pero… lo que más quería… era volver contigo.
El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante.
Sparda avanzó unos pasos.
— ¿Me esperaste?
—Luego de haber asesinado a los lideres de la mafia rusa en la ciudad de Miami, Jacket se vio obligado a huir, no le quedaba nada alli mas que sangre y una identidad que no le correspondia—
Diciembre 1, 1989
—Luego de haber asesinado a los lideres de la mafia rusa en la ciudad de Miami, Jacket se vio obligado a huir, no le quedaba nada alli mas que sangre y una identidad que no le correspondia—
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Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.
Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.
Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.
El hogar me habla.
Y me acepta.
Sasha lo siente.
No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.
A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.
Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.
Ryu.
Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.
Al verla, algo profundo se activa.
Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.
—Ishtarin.
El aire cambia.
Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
Tharésh’Kael
y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.
Pero no necesito entenderla para entender su ira.
Así que obedezco a mi manera.
Inco una rodilla.
El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.
—Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.
Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.
—Magia Ishtar.
La luz del castillo responde otra vez.
No más fuerte.
Más cercana.
Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
Relato en Post y comentario de la imagen 🩷
Cruzo el patio sin prisa.
El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.
Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.
Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.
El hogar me habla.
Y me acepta.
Sasha lo siente.
No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.
A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.
Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.
Ryu.
Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.
Al verla, algo profundo se activa.
Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.
—Ishtarin.
El aire cambia.
Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
Tharésh’Kael
y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.
Pero no necesito entenderla para entender su ira.
Así que obedezco a mi manera.
Inco una rodilla.
El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.
—Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.
Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.
—Magia Ishtar.
La luz del castillo responde otra vez.
No más fuerte.
Más cercana.
Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.
Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.
Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.
El hogar me habla.
Y me acepta.
Sasha lo siente.
No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.
A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.
Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.
Ryu.
Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.
Al verla, algo profundo se activa.
Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.
—Ishtarin.
El aire cambia.
Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
Tharésh’Kael
y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.
Pero no necesito entenderla para entender su ira.
Así que obedezco a mi manera.
Inco una rodilla.
El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.
—Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.
Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.
—Magia Ishtar.
La luz del castillo responde otra vez.
No más fuerte.
Más cercana.
Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
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El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.
Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.
Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.
El hogar me habla.
Y me acepta.
Sasha lo siente.
No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.
A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.
Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.
Ryu.
Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.
Al verla, algo profundo se activa.
Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.
—Ishtarin.
El aire cambia.
Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
Tharésh’Kael
y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.
Pero no necesito entenderla para entender su ira.
Así que obedezco a mi manera.
Inco una rodilla.
El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.
—Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.
Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.
—Magia Ishtar.
La luz del castillo responde otra vez.
No más fuerte.
Más cercana.
Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
Cruzo el patio sin prisa.
El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.
Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.
Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.
El hogar me habla.
Y me acepta.
Sasha lo siente.
No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.
A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.
Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.
Ryu.
Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.
Al verla, algo profundo se activa.
Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.
—Ishtarin.
El aire cambia.
Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
Tharésh’Kael
y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.
Pero no necesito entenderla para entender su ira.
Así que obedezco a mi manera.
Inco una rodilla.
El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.
—Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.
Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.
—Magia Ishtar.
La luz del castillo responde otra vez.
No más fuerte.
Más cercana.
Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
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Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.
Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.
Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
El general palidece.
—¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.
Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
—¡Matad a las intrusas!
Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
No llego a moverme.
Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
Silencio.
Miro a la elfa.
Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.
Cuando entramos, la atmósfera cambia.
Allí nos espera un clon de Jennifer.
No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.
La elfa se gira hacia mí.
—Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.
La miro.
—No sigo órdenes —respondo—.
Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.
El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
La elfa no duda más.
Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.
Una presencia.
No tiene forma definida, pero habla.
—Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.
La elfa se endereza.
Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.
Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.
—Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
Este ente aceptó.
Pero no por mí.
Clava su mirada en la mía.
—Lo hizo para estar cerca de ti.
Y de Jennifer.
El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.
El ente ya no está.
Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
Exhalo despacio.
—Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.
Mi tiempo.
Tan preciado.
Tan escaso.
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Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.
Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.
Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
El general palidece.
—¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.
Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
—¡Matad a las intrusas!
Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
No llego a moverme.
Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
Silencio.
Miro a la elfa.
Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.
Cuando entramos, la atmósfera cambia.
Allí nos espera un clon de Jennifer.
No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.
La elfa se gira hacia mí.
—Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.
La miro.
—No sigo órdenes —respondo—.
Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.
El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
La elfa no duda más.
Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.
Una presencia.
No tiene forma definida, pero habla.
—Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.
La elfa se endereza.
Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.
Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.
—Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
Este ente aceptó.
Pero no por mí.
Clava su mirada en la mía.
—Lo hizo para estar cerca de ti.
Y de Jennifer.
El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.
El ente ya no está.
Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
Exhalo despacio.
—Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.
Mi tiempo.
Tan preciado.
Tan escaso.
Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.
Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.
Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
El general palidece.
—¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.
Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
—¡Matad a las intrusas!
Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
No llego a moverme.
Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
Silencio.
Miro a la elfa.
Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.
Cuando entramos, la atmósfera cambia.
Allí nos espera un clon de Jennifer.
No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.
La elfa se gira hacia mí.
—Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.
La miro.
—No sigo órdenes —respondo—.
Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.
El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
La elfa no duda más.
Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.
Una presencia.
No tiene forma definida, pero habla.
—Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.
La elfa se endereza.
Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.
Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.
—Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
Este ente aceptó.
Pero no por mí.
Clava su mirada en la mía.
—Lo hizo para estar cerca de ti.
Y de Jennifer.
El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.
El ente ya no está.
Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
Exhalo despacio.
—Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.
Mi tiempo.
Tan preciado.
Tan escaso.
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Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.
Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.
Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
El general palidece.
—¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.
Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
—¡Matad a las intrusas!
Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
No llego a moverme.
Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
Silencio.
Miro a la elfa.
Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.
Cuando entramos, la atmósfera cambia.
Allí nos espera un clon de Jennifer.
No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.
La elfa se gira hacia mí.
—Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.
La miro.
—No sigo órdenes —respondo—.
Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.
El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
La elfa no duda más.
Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.
Una presencia.
No tiene forma definida, pero habla.
—Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.
La elfa se endereza.
Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.
Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.
—Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
Este ente aceptó.
Pero no por mí.
Clava su mirada en la mía.
—Lo hizo para estar cerca de ti.
Y de Jennifer.
El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.
El ente ya no está.
Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
Exhalo despacio.
—Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.
Mi tiempo.
Tan preciado.
Tan escaso.
Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.
Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.
Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
El general palidece.
—¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.
Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
—¡Matad a las intrusas!
Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
No llego a moverme.
Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
Silencio.
Miro a la elfa.
Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.
Cuando entramos, la atmósfera cambia.
Allí nos espera un clon de Jennifer.
No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.
La elfa se gira hacia mí.
—Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.
La miro.
—No sigo órdenes —respondo—.
Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.
El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
La elfa no duda más.
Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.
Una presencia.
No tiene forma definida, pero habla.
—Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.
La elfa se endereza.
Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.
Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.
—Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
Este ente aceptó.
Pero no por mí.
Clava su mirada en la mía.
—Lo hizo para estar cerca de ti.
Y de Jennifer.
El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.
El ente ya no está.
Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
Exhalo despacio.
—Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.
Mi tiempo.
Tan preciado.
Tan escaso.
Fauna se ha alejado de su hogar, que normalmente es el bosque, y se ha ido con Shiori Novella a la ciudad, y a quedarse en uno de sus apartamentos, fuera del radar de sus compañeras del Consejo por un tiempo, debido a que Fauna venía sintiéndose mal, por muchos problemas que la sobrepasaron, su amada Shub que se ha ido y no ha vuelto, una amenaza de un ser llamado Mephisto proveniente del Inframundo, y luego una pelea fuerte con su compañera Baelz.
Fauna decidió alejarse yéndose con Shiori a uno de sus lugares secretos, sin embargo, no estarían solas, una chica rusa de nombre Ekaterina Smirnova llamada cariñosamente como "Kate" por parte Shiori, estaría en el mismo lugar que ellas, al parecer son amigas.
DISTANCIA
Fauna se ha alejado de su hogar, que normalmente es el bosque, y se ha ido con [specter_copper_horse_768] a la ciudad, y a quedarse en uno de sus apartamentos, fuera del radar de sus compañeras del Consejo por un tiempo, debido a que Fauna venía sintiéndose mal, por muchos problemas que la sobrepasaron, su amada Shub que se ha ido y no ha vuelto, una amenaza de un ser llamado Mephisto proveniente del Inframundo, y luego una pelea fuerte con su compañera Baelz.
Fauna decidió alejarse yéndose con Shiori a uno de sus lugares secretos, sin embargo, no estarían solas, una chica rusa de nombre [soviet_experiment] llamada cariñosamente como "Kate" por parte Shiori, estaría en el mismo lugar que ellas, al parecer son amigas.
"— Juguemos a la ruleta rusa, el primero en morir es puto!. Yo empiezo."
*- Zack te apunta muy amistosamente con su revolver, poniendo la boquilla justo en tu entrepierna. -*
"— Juguemos a la ruleta rusa, el primero en morir es puto!. Yo empiezo."
*- Zack te apunta muy amistosamente con su revolver, poniendo la boquilla justo en tu entrepierna. -* :STK-73: