• Intervención Divina.
    Fandom OC/Hololive
    Categoría Original
    Aikaterine Ouro

    Nada escapa al ojo divino de aquellos cuya labor es observar a todos sin excepción y es que el juicio cae a todos por igual, sin importar la jerarquía en la que se encuentren. En el caso de Shamriel es... Peculiar, el conflicto es una manera de potenciar al evolución y a ella le encanta provocar conflicto, es por eso que en el momento que vio a la que se proclamaba como "reina del inframundo" en una aparente trifulca con cierto consejo, no pudo evitar darse un deleite a la vista...

    Hasta que pensaron en la paz.

    El equilibrio, la diplomacia, alianzas... Menudas idioteces, un demonio siempre será malvado, nadie se puede fiar de ellos, el arrepentimiento y la piedad son cosas reservadas para los fieles.

    Entre todo esto, destacaba una persona, la supuesta líder del consejo... Representando el concepto del tiempo; Aikaterine Ouro. Shamriel posó su ojo en ella desde hace tiempo, pero ahora habría que tomar cartas en el asunto.

    ¿El lugar? De poco importaba, los cercanos a Dios no conocen límites cuando se trata de cumplir su labor. Muchos la considerarían una intrusa, pero para alguien que ayudó a toda la creación, no era más que otro de los lugares pertenecientes a su padre.

    El lugar era... Majestuoso, si, pero irónico; observaban a la humanidad bajo sus pies como si fueran ellas mismas quienes la concibieron, algo que para Shamriel, fue como una burla directa hacia su Padre, pero hoy era meramente un día de diplomacia, no de conflicto.

    Sobre la figura de Aikaterine se hallaba ella, una figura cubiera en túnicas blancas y doradas, con alas extendidas, no pretendía ocultar su naturaleza angelical. ⸻ Aikaterine Ouro. ⸻ Su voz se hizo presente; a través de su velo se percibían sus ojos, dos orbes amarillos que se iluminaban cual faro. ⸻ Como emisaria, vengo con intención de hablar, no de atraer conflicto. ⸻ Supuso sería necesario aclararlo, después de todo, era una "intrusa", aunque no se percibiera como tal.

    Su figura bajó, finalmente posándose frente a la mujer. ⸻ ¿Sería posible tener una charla... Amistosa con vos? ⸻ A pesar de su naturaleza, la trataba con respeto.
    [Mercenary1x] Nada escapa al ojo divino de aquellos cuya labor es observar a todos sin excepción y es que el juicio cae a todos por igual, sin importar la jerarquía en la que se encuentren. En el caso de Shamriel es... Peculiar, el conflicto es una manera de potenciar al evolución y a ella le encanta provocar conflicto, es por eso que en el momento que vio a la que se proclamaba como "reina del inframundo" en una aparente trifulca con cierto consejo, no pudo evitar darse un deleite a la vista... Hasta que pensaron en la paz. El equilibrio, la diplomacia, alianzas... Menudas idioteces, un demonio siempre será malvado, nadie se puede fiar de ellos, el arrepentimiento y la piedad son cosas reservadas para los fieles. Entre todo esto, destacaba una persona, la supuesta líder del consejo... Representando el concepto del tiempo; Aikaterine Ouro. Shamriel posó su ojo en ella desde hace tiempo, pero ahora habría que tomar cartas en el asunto. ¿El lugar? De poco importaba, los cercanos a Dios no conocen límites cuando se trata de cumplir su labor. Muchos la considerarían una intrusa, pero para alguien que ayudó a toda la creación, no era más que otro de los lugares pertenecientes a su padre. El lugar era... Majestuoso, si, pero irónico; observaban a la humanidad bajo sus pies como si fueran ellas mismas quienes la concibieron, algo que para Shamriel, fue como una burla directa hacia su Padre, pero hoy era meramente un día de diplomacia, no de conflicto. Sobre la figura de Aikaterine se hallaba ella, una figura cubiera en túnicas blancas y doradas, con alas extendidas, no pretendía ocultar su naturaleza angelical. ⸻ Aikaterine Ouro. ⸻ Su voz se hizo presente; a través de su velo se percibían sus ojos, dos orbes amarillos que se iluminaban cual faro. ⸻ Como emisaria, vengo con intención de hablar, no de atraer conflicto. ⸻ Supuso sería necesario aclararlo, después de todo, era una "intrusa", aunque no se percibiera como tal. Su figura bajó, finalmente posándose frente a la mujer. ⸻ ¿Sería posible tener una charla... Amistosa con vos? ⸻ A pesar de su naturaleza, la trataba con respeto.
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  • ⸻ Alguien como yo no necesita presentación... Solo... Observo ¿No? ⸻

    Cuando las aguas del diluvio arrastraron consigo todas las vidas mortales. ⸻ Un deleite a la vista... ⸻
    Cuando las llamas devoraron Sodoma y Gomorra. ⸻ Un espectáculo de luces y gritos. ⸻
    Cuando las plagas azotaron Egipto. ⸻ Lento y doloroso, para saborearlo mejor. ⸻

    ⸻ Oh ¿Cuántas muertes habrá provocado nuestro querido padre y su amor a los humanos? ⸻ Demasiadas para ser documentadas.
    ⸻ ¿Quién moverá ahora los hilos? ¿Quién ocupará el trono vacío en el cielo? ⸻ Cuando el rey de los cielos desaparece, el arma que apunte más alto ocupará su trono.
    ⸻ Ansío verlo, que las nubes se tiñan de rojo, que la sangre de mis hermanos llueva en tierra mortal, que sean sus vidas las que alimenten la vida bajo nosotros... ⸻

    ⸻ ¡Una guerra santa! ¡Como cuando causé el choque entre Miguel y Lucifer! ¡Como cuando guie a los ejércitos para que los caminos de Jerusalén se tiñeran de rojo con la sangre de los fieles! ¡¿Cuán afortunada puedo ser de vivir para ver semejante conflicto?! ⸻

    ⸻ Tomen asientos en primera fila, porque este episodio no nos lo podemos perder... ⸻
    ⸻ Alguien como yo no necesita presentación... Solo... Observo ¿No? ⸻ Cuando las aguas del diluvio arrastraron consigo todas las vidas mortales. ⸻ Un deleite a la vista... ⸻ Cuando las llamas devoraron Sodoma y Gomorra. ⸻ Un espectáculo de luces y gritos. ⸻ Cuando las plagas azotaron Egipto. ⸻ Lento y doloroso, para saborearlo mejor. ⸻ ⸻ Oh ¿Cuántas muertes habrá provocado nuestro querido padre y su amor a los humanos? ⸻ Demasiadas para ser documentadas. ⸻ ¿Quién moverá ahora los hilos? ¿Quién ocupará el trono vacío en el cielo? ⸻ Cuando el rey de los cielos desaparece, el arma que apunte más alto ocupará su trono. ⸻ Ansío verlo, que las nubes se tiñan de rojo, que la sangre de mis hermanos llueva en tierra mortal, que sean sus vidas las que alimenten la vida bajo nosotros... ⸻ ⸻ ¡Una guerra santa! ¡Como cuando causé el choque entre Miguel y Lucifer! ¡Como cuando guie a los ejércitos para que los caminos de Jerusalén se tiñeran de rojo con la sangre de los fieles! ¡¿Cuán afortunada puedo ser de vivir para ver semejante conflicto?! ⸻ ⸻ Tomen asientos en primera fila, porque este episodio no nos lo podemos perder... ⸻
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    El corazón de una mujer es un misterioso mar sin dudas...
    El agua que corre y se detiene por breves instantes.
    Lo curioso es que me gusta la subida, las partes dulces de una montaña rusa, donde desde arriba lo veo todo perfecto.. El problema es que no estoy dispuesta a la caída que le sigue.. Yo prefiero seguir admirando esa maravillosa vista..
    El corazón de una mujer es un misterioso mar sin dudas... El agua que corre y se detiene por breves instantes. Lo curioso es que me gusta la subida, las partes dulces de una montaña rusa, donde desde arriba lo veo todo perfecto.. El problema es que no estoy dispuesta a la caída que le sigue.. Yo prefiero seguir admirando esa maravillosa vista..
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  • La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes.
    Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando.
    Habían pasado semanas.
    Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar.
    Y Alastor odiaba esperar.
    De pronto, la radio chirrió.
    Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión.
    Alastor sonrió lento.

    — Ah… ya estás en casa, querido~

    La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara.
    El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal.
    Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor.
    Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado.

    — La organización rusa ha sido eliminada

    dijo con voz grave

    —.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros.

    Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco.

    — Pero… lo que más quería… era volver contigo.

    El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante.
    Sparda avanzó unos pasos.

    — ¿Me esperaste?
    La lluvia golpeaba los vitrales de la mansión como dedos impacientes. Dentro, el aire olía a incienso, electricidad estática y algo más… algo antiguo. Alastor estaba sentado en uno de los sillones del salón principal, la radio encendida en un murmullo de jazz distorsionado. Las sombras se movían a su alrededor como si también estuvieran esperando. Habían pasado semanas. Semanas desde que Sparda partió hacia el este, tras la pista de una organización humana —rusos— que jugaba con reliquias demoníacas que jamás debieron tocar. Y Alastor odiaba esperar. De pronto, la radio chirrió. Un ruido extraño, interferencia… y luego un pulso demoníaco recorrió toda la mansión. Alastor sonrió lento. — Ah… ya estás en casa, querido~ La puerta principal se abrió sin que nadie la tocara. El viento y la lluvia entraron como una ola, apagando varias velas. En el umbral apareció la enorme figura de Sparda, cubierto de heridas, su armadura marcada por balas rúnicas y sangre oscura. Su espada estaba envuelta en sellos rotos, prueba de un combate brutal. Pero sus ojos… solo buscaban una cosa.A Alastor. Cerró la puerta detrás de sí con un golpe pesado. — La organización rusa ha sido eliminada dijo con voz grave —.No volverán a usar artefactos infernales contra nosotros. Dejó la espada apoyada en la pared. Sus hombros, por primera vez en días, cedieron un poco. — Pero… lo que más quería… era volver contigo. El ambiente se volvió más cálido, casi vibrante. Sparda avanzó unos pasos. — ¿Me esperaste?
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  • Diciembre 1, 1989

    —Luego de haber asesinado a los lideres de la mafia rusa en la ciudad de Miami, Jacket se vio obligado a huir, no le quedaba nada alli mas que sangre y una identidad que no le correspondia—
    Diciembre 1, 1989 —Luego de haber asesinado a los lideres de la mafia rusa en la ciudad de Miami, Jacket se vio obligado a huir, no le quedaba nada alli mas que sangre y una identidad que no le correspondia—
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    Cruzo el patio sin prisa.

    El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.

    Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.

    Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.

    El hogar me habla.
    Y me acepta.
    Sasha lo siente.

    No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
    Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.

    A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.

    Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.

    Ryu.

    Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.

    Al verla, algo profundo se activa.
    Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
    Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.

    —Ishtarin.

    El aire cambia.
    Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
    Tharésh’Kael
    y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.

    Pero no necesito entenderla para entender su ira.
    Así que obedezco a mi manera.
    Inco una rodilla.
    El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.

    —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.

    Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
    Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.

    —Magia Ishtar.
    La luz del castillo responde otra vez.
    No más fuerte.
    Más cercana.

    Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 Cruzo el patio sin prisa. El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia. Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre. Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre. El hogar me habla. Y me acepta. Sasha lo siente. No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca. Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio. A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo. Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba. Ryu. Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo. Al verla, algo profundo se activa. Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia. Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla. —Ishtarin. El aire cambia. Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí: Tharésh’Kael y los fragmentos emocionales del idioma de Lili. Pero no necesito entenderla para entender su ira. Así que obedezco a mi manera. Inco una rodilla. El gesto no es sumisión. Es reconocimiento. —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome. Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma. Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia. —Magia Ishtar. La luz del castillo responde otra vez. No más fuerte. Más cercana. Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
    Cruzo el patio sin prisa.

    El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.

    Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.

    Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.

    El hogar me habla.
    Y me acepta.
    Sasha lo siente.

    No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
    Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.

    A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.

    Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.

    Ryu.

    Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.

    Al verla, algo profundo se activa.
    Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
    Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.

    —Ishtarin.

    El aire cambia.
    Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
    Tharésh’Kael
    y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.

    Pero no necesito entenderla para entender su ira.
    Así que obedezco a mi manera.
    Inco una rodilla.
    El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.

    —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.

    Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
    Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.

    —Magia Ishtar.
    La luz del castillo responde otra vez.
    No más fuerte.
    Más cercana.

    Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
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    Cruzo el patio sin prisa.

    El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia.

    Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre.

    Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre.

    El hogar me habla.
    Y me acepta.
    Sasha lo siente.

    No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca.
    Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio.

    A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo.

    Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba.

    Ryu.

    Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo.

    Al verla, algo profundo se activa.
    Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia.
    Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla.

    —Ishtarin.

    El aire cambia.
    Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí:
    Tharésh’Kael
    y los fragmentos emocionales del idioma de Lili.

    Pero no necesito entenderla para entender su ira.
    Así que obedezco a mi manera.
    Inco una rodilla.
    El gesto no es sumisión. Es reconocimiento.

    —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome.

    Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma.
    Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia.

    —Magia Ishtar.
    La luz del castillo responde otra vez.
    No más fuerte.
    Más cercana.

    Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
    Cruzo el patio sin prisa. El portón principal se abre ante mí como si respirara al reconocerme. No hay fricción, no hay resistencia. Los sellos de protección no se activan: me reciben. No como intrusa. Como sangre. Deslizo los dedos por la pared del pasillo y, allí donde mi piel toca la piedra, una luz despierta. Antigua. Doméstica. El castillo responde como un cuerpo que recuerda su nombre. El hogar me habla. Y me acepta. Sasha lo siente. No como certeza, sino como una inquietud que le eriza la nuca. Al entrar en la sala del trono, la escena se fija en mí con la claridad de un presagio. A cada lado de la emperatriz Sasha, firmes como columnas vivas, están Katrin y Lisesharte. No se mueven, pero todo en ellas está preparado para hacerlo. Y en la entrada, casi fundida con la sombra, la loba. Ryu. Juega distraídamente con su cuchillo de obsidiana. El gesto es lento, medido. No hay sonrisa. No hay duda. Solo una atención absoluta, peligrosa, clavada en mí desde el primer segundo. Al verla, algo profundo se activa. Una palabra nace en mi mente. No es pensamiento. Es herencia. Mis labios la pronuncian antes de que pueda detenerla. —Ishtarin. El aire cambia. Sasha da un paso al frente y me ordena detenerme. No comprendo del todo su idioma; las palabras me llegan rotas, envueltas en ecos ajenos. Solo hay dos lenguajes claros en mí: Tharésh’Kael y los fragmentos emocionales del idioma de Lili. Pero no necesito entenderla para entender su ira. Así que obedezco a mi manera. Inco una rodilla. El gesto no es sumisión. Es reconocimiento. —Ishtar… cuerpo —digo, señalándome. Mi piel parpadea levemente, como si la realidad dudara de mi forma. Luego extiendo la mano, dejando que la energía fluya sin violencia. —Magia Ishtar. La luz del castillo responde otra vez. No más fuerte. Más cercana. Y en la sombra, Ryu deja de jugar con el cuchillo.
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    Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.

    Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.

    Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
    El general palidece.

    —¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.

    Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
    —¡Matad a las intrusas!

    Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
    No llego a moverme.

    Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
    Silencio.

    Miro a la elfa.
    Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.

    Cuando entramos, la atmósfera cambia.
    Allí nos espera un clon de Jennifer.
    No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.

    La elfa se gira hacia mí.

    —Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.

    La miro.

    —No sigo órdenes —respondo—.
    Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.

    El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
    La elfa no duda más.
    Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.

    Una presencia.
    No tiene forma definida, pero habla.
    —Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.

    La elfa se endereza.
    Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.

    Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.

    —Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
    Este ente aceptó.
    Pero no por mí.

    Clava su mirada en la mía.

    —Lo hizo para estar cerca de ti.
    Y de Jennifer.

    El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
    Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
    La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.

    El ente ya no está.
    Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
    Exhalo despacio.

    —Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
    Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.

    Mi tiempo.
    Tan preciado.
    Tan escaso.
    Relato en Post y comentario de la imagen 🩷 Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento. Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada. Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca. El general palidece. —¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido. Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden: —¡Matad a las intrusas! Ladeo la cabeza, genuinamente confundida. No llego a moverme. Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad. Silencio. Miro a la elfa. Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue. Cuando entramos, la atmósfera cambia. Allí nos espera un clon de Jennifer. No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer. La elfa se gira hacia mí. —Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso. La miro. —No sigo órdenes —respondo—. Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder. El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad. La elfa no duda más. Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella. Una presencia. No tiene forma definida, pero habla. —Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte. La elfa se endereza. Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía. Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo. —Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo. Este ente aceptó. Pero no por mí. Clava su mirada en la mía. —Lo hizo para estar cerca de ti. Y de Jennifer. El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio. Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota. La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe. El ente ya no está. Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles. Exhalo despacio. —Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo. Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención. Mi tiempo. Tan preciado. Tan escaso.
    Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.

    Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.

    Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
    El general palidece.

    —¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.

    Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
    —¡Matad a las intrusas!

    Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
    No llego a moverme.

    Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
    Silencio.

    Miro a la elfa.
    Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.

    Cuando entramos, la atmósfera cambia.
    Allí nos espera un clon de Jennifer.
    No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.

    La elfa se gira hacia mí.

    —Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.

    La miro.

    —No sigo órdenes —respondo—.
    Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.

    El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
    La elfa no duda más.
    Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.

    Una presencia.
    No tiene forma definida, pero habla.
    —Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.

    La elfa se endereza.
    Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.

    Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.

    —Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
    Este ente aceptó.
    Pero no por mí.

    Clava su mirada en la mía.

    —Lo hizo para estar cerca de ti.
    Y de Jennifer.

    El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
    Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
    La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.

    El ente ya no está.
    Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
    Exhalo despacio.

    —Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
    Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.

    Mi tiempo.
    Tan preciado.
    Tan escaso.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento.

    Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada.

    Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca.
    El general palidece.

    —¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido.

    Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden:
    —¡Matad a las intrusas!

    Ladeo la cabeza, genuinamente confundida.
    No llego a moverme.

    Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad.
    Silencio.

    Miro a la elfa.
    Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue.

    Cuando entramos, la atmósfera cambia.
    Allí nos espera un clon de Jennifer.
    No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer.

    La elfa se gira hacia mí.

    —Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso.

    La miro.

    —No sigo órdenes —respondo—.
    Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder.

    El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad.
    La elfa no duda más.
    Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella.

    Una presencia.
    No tiene forma definida, pero habla.
    —Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte.

    La elfa se endereza.
    Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía.

    Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo.

    —Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo.
    Este ente aceptó.
    Pero no por mí.

    Clava su mirada en la mía.

    —Lo hizo para estar cerca de ti.
    Y de Jennifer.

    El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio.
    Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota.
    La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe.

    El ente ya no está.
    Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles.
    Exhalo despacio.

    —Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo.
    Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención.

    Mi tiempo.
    Tan preciado.
    Tan escaso.
    Inclino apenas la mano… y la magia responde antes que el pensamiento. Mi aura se expande como una grieta invisible y, de pronto, la espía es revelada. Una elfa. Alta, delgada, con rasgos que no encajan del todo en este tiempo. Su piel parece haber sido tocada por algo que no debería haberla rozado nunca. El general palidece. —¡Una espía de Jennifer! —grita, con un miedo demasiado inmediato para ser fingido. Golpea un mecanismo oculto en la pared. La piedra se abre con un gemido antiguo y, sin mirar atrás, huye por el pasadizo secreto mientras ruge la orden: —¡Matad a las intrusas! Ladeo la cabeza, genuinamente confundida. No llego a moverme. Las sombras de los soldados se alargan, se despegan de sus pies como animales obedientes y, en un único gesto mío, se levantan y los atraviesan. No hay gritos largos. No hay lucha. Solo cuerpos cayendo, ensartados por su propia oscuridad. Silencio. Miro a la elfa. Hay algo en ella que no encaja. Algo que tira de mí como una astilla en la mente. Le hago un gesto mínimo con la cabeza y avanzo hacia la sala interior. Ella me sigue. Cuando entramos, la atmósfera cambia. Allí nos espera un clon de Jennifer. No perfecto. No completo. Una existencia forzada, sostenida por hechicería torpe y miedo. Al verla, algo en mi pecho se tensa. En ese reflejo deformado veo… mi propio cuerpo. Mi propia lucha. Dos errores del tiempo intentando no desaparecer. La elfa se gira hacia mí. —Puedes matarla —dice, con una calma que no le pertenece—. Te doy permiso. La miro. —No sigo órdenes —respondo—. Y no mato aquello cuya existencia nunca debió suceder. El clon me observa. No con odio. Con hambre de realidad. La elfa no duda más. Cruza la distancia y le degüella la garganta con un movimiento limpio. El cuerpo cae, deshaciéndose como una marioneta sin hilos… y entonces algo sale de ella. Una presencia. No tiene forma definida, pero habla. —Te devuelvo tu tiempo —susurra hacia la elfa—. Lo justo para vengarte. La elfa se endereza. Y por primera vez… es ella. No la máscara. No la espía. Me mira mientras camina hacia el general, que ha regresado demasiado tarde, creyéndose a salvo. —Pedí ayuda —dice—. Para vengar mi muerte… y la de mi grupo. Este ente aceptó. Pero no por mí. Clava su mirada en la mía. —Lo hizo para estar cerca de ti. Y de Jennifer. El general apenas tiene tiempo de suplicar. La elfa lo mata sin ceremonia. Sin gloria. Sin alivio. Cuando el cuerpo cae, el tiempo prestado se agota. La elfa verdadera se desploma también. Sin vida. Sin historia que continúe. El ente ya no está. Me quedo sola en la sala, rodeada de cadáveres, ecos rotos y decisiones inútiles. Exhalo despacio. —Al final… —murmuro— todo esto ha sido una pérdida de tiempo. Miro mis manos. Siento el cuerpo vibrar, inestable, reclamando atención. Mi tiempo. Tan preciado. Tan escaso.
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  • — Pasar navidad conmigo es como jugar a la Ruleta Rusa, nunca sabes si voy a intentar
    besarte, matarte o tratar de pelear con un policía.
    — Pasar navidad conmigo es como jugar a la Ruleta Rusa, nunca sabes si voy a intentar besarte, matarte o tratar de pelear con un policía.
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