• -Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Un violento temblor recorrió el suelo y un profundo rugido resonó bajo las raíces del árbol. Los ojos rojizos de Vaelith se abrieron lentamente al percibir la presencia de una de las Bestias intentando escapar. Incorporándose sin mostrar la menor expresión, observó cómo una gigantesca criatura de seis patas, cubierta por una armadura negra llena de grietas incandescentes, comenzaba a abrir un enorme túnel con sus garras para huir hacia las profundidades del reino. Sin perder un solo segundo, las cadenas vivientes respondieron a la voluntad de su guardián, marcando el inicio de una nueva cacería.-

    -La persecución apenas duró unos instantes. Las cadenas descendieron por el túnel con una velocidad imposible, esquivando la tierra y las rocas hasta rodear las patas traseras de la Bestia. La criatura rugió con furia e intentó seguir excavando, pero la fuerza de Vaelith era inquebrantable. Con un firme movimiento de su brazo, las cadenas se tensaron y arrastraron al monstruo fuera del túnel, inmovilizándolo por completo. Una vez que dejó de resistirse, Vaelith volvió a sellarla en su prisión sin pronunciar una sola palabra. Después, el silencio regresó al Reino del Eclipse, como si nada hubiera ocurrido.-
    -Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Un violento temblor recorrió el suelo y un profundo rugido resonó bajo las raíces del árbol. Los ojos rojizos de Vaelith se abrieron lentamente al percibir la presencia de una de las Bestias intentando escapar. Incorporándose sin mostrar la menor expresión, observó cómo una gigantesca criatura de seis patas, cubierta por una armadura negra llena de grietas incandescentes, comenzaba a abrir un enorme túnel con sus garras para huir hacia las profundidades del reino. Sin perder un solo segundo, las cadenas vivientes respondieron a la voluntad de su guardián, marcando el inicio de una nueva cacería.- -La persecución apenas duró unos instantes. Las cadenas descendieron por el túnel con una velocidad imposible, esquivando la tierra y las rocas hasta rodear las patas traseras de la Bestia. La criatura rugió con furia e intentó seguir excavando, pero la fuerza de Vaelith era inquebrantable. Con un firme movimiento de su brazo, las cadenas se tensaron y arrastraron al monstruo fuera del túnel, inmovilizándolo por completo. Una vez que dejó de resistirse, Vaelith volvió a sellarla en su prisión sin pronunciar una sola palabra. Después, el silencio regresó al Reino del Eclipse, como si nada hubiera ocurrido.-
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  • Otra vez mirando al cielo a punto de morir.
    El agua helada del río se cerraba sobre mí como un puño de hierro líquido, tiñéndose de un rojo oscuro que se diluía en remolinos perezosos. El cielo era un borrón sucio de nubes bajas, sin estrellas que valieran la pena, solo ese turquesa enfermizo que reflejaba mi propia ruina. La sangre brotaba caliente desde el flanco destrozado, donde las garras de la bestia habían rasgado la armadura como si fuera pergamino viejo.

    Una bestia salida de las profundidades, un engendro de escamas negras y ojos como brasas, mitad dragón fallido, mitad pesadilla olvidada. Me había emboscado en el vado, rugiendo con un hambre antigua, y yo había sido lo suficientemente estúpido como para plantarle cara solo. La espada yacía a un palmo de mi mano, la hoja mellada y manchada de icor negro que aún humeaba en el agua fría. Recordaba el impacto, el crujido de las placas al ceder, el aliento fétido que olía a carne podrida. Había clavado el acero en su cuello, sí. Pero la bestia se había llevado un trozo de mí antes de huir, aullando, hacia las sombras del bosque.
    El frío subía por mi cuello. El mundo se volvía más lento, más pesado.

    ¿𝐶𝑢𝑎́𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑣𝑎𝑠 𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑝𝑖𝑟𝑚𝑒 𝑑𝑒 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎.ᐣ

    Cerré los ojos un segundo y vi flashes, las caras de las personas que vi morir a lo largo de esta existencia sin sentido. Mis dedos intentaron rozar la empuñadura, el dolor era un viejo compañero, casi reconfortante. Tosí, y el agua se tiñó más de rojo.

    𝐵𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑒𝑟𝑑𝑎...

    Murmuré al cielo vacío, con una risa que se ahogó en burbujas.

    𝐴𝑙 𝑚𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑛𝑜 𝑓𝑢𝑒 𝑢𝑛 𝘩𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑚𝑒. 𝐶𝑎𝑠𝑖 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝘩𝑜𝑛𝑜𝑟.

    El río seguía tirando de mí hacia abajo. Pero mis ojos seguían abiertos, clavados en esa nada turquesa, desafiando al destino una vez más.
    Otra vez mirando al cielo a punto de morir. El agua helada del río se cerraba sobre mí como un puño de hierro líquido, tiñéndose de un rojo oscuro que se diluía en remolinos perezosos. El cielo era un borrón sucio de nubes bajas, sin estrellas que valieran la pena, solo ese turquesa enfermizo que reflejaba mi propia ruina. La sangre brotaba caliente desde el flanco destrozado, donde las garras de la bestia habían rasgado la armadura como si fuera pergamino viejo. Una bestia salida de las profundidades, un engendro de escamas negras y ojos como brasas, mitad dragón fallido, mitad pesadilla olvidada. Me había emboscado en el vado, rugiendo con un hambre antigua, y yo había sido lo suficientemente estúpido como para plantarle cara solo. La espada yacía a un palmo de mi mano, la hoja mellada y manchada de icor negro que aún humeaba en el agua fría. Recordaba el impacto, el crujido de las placas al ceder, el aliento fétido que olía a carne podrida. Había clavado el acero en su cuello, sí. Pero la bestia se había llevado un trozo de mí antes de huir, aullando, hacia las sombras del bosque. El frío subía por mi cuello. El mundo se volvía más lento, más pesado. ¿𝐶𝑢𝑎́𝑛𝑡𝑎𝑠 𝑣𝑒𝑐𝑒𝑠 𝑚𝑎́𝑠 𝑣𝑎𝑠 𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑝𝑖𝑟𝑚𝑒 𝑑𝑒 𝑣𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎.ᐣ Cerré los ojos un segundo y vi flashes, las caras de las personas que vi morir a lo largo de esta existencia sin sentido. Mis dedos intentaron rozar la empuñadura, el dolor era un viejo compañero, casi reconfortante. Tosí, y el agua se tiñó más de rojo. 𝐵𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑒𝑟𝑑𝑎... Murmuré al cielo vacío, con una risa que se ahogó en burbujas. 𝐴𝑙 𝑚𝑒𝑛𝑜𝑠 𝑒𝑠𝑡𝑎 𝑣𝑒𝑧 𝑛𝑜 𝑓𝑢𝑒 𝑢𝑛 𝘩𝑢𝑚𝑎𝑛𝑜 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑐𝑖𝑜𝑛𝑎́𝑛𝑑𝑜𝑚𝑒. 𝐶𝑎𝑠𝑖 𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝘩𝑜𝑛𝑜𝑟. El río seguía tirando de mí hacia abajo. Pero mis ojos seguían abiertos, clavados en esa nada turquesa, desafiando al destino una vez más.
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  • -Dos días atrás, Vaelith abandonó el Reino del Eclipse sin anunciarlo. No hubo despedidas ni explicaciones. Simplemente desapareció entre las sombras como si hubiera sido tragado por la propia oscuridad. Incluso Lilithia Feu 🪷🌸 fue incapaz de seguir su rastro. El reino permaneció igual que siempre: silencioso, vacío y eterno. Sin embargo, durante su ausencia, las sombras parecían inquietas, moviéndose sin órdenes y observando constantemente hacia un mismo punto en el horizonte.-

    -La razon de su partida era un Arbol. No un árbol común, sino una entidad antigua cuya existencia precedía a imperios, dioses y estrellas. Oculto en un rincón olvidado del mundo, el Árbol Negro permanecía inmóvil desde tiempos imposibles de medir. Sus raíces atravesaban la realidad como venas gigantescas, extendiéndose por lugares que ninguna criatura había cartografiado jamás. Hacía siglos que Vaelith conocía su existencia, pero algo había cambiado. Había sentido una perturbación en aquellas raíces, una vibración extraña que recorrió el mundo entero como el eco de una campana silenciosa.-

    -Durante dos días permaneció junto a aquella colosal presencia. No luchó contra nada ni buscó tesoros ocultos. Observó. Escuchó. Descendió por túneles abiertos entre las raíces y exploró cavidades tan antiguas que ni siquiera el tiempo parecía haberlas alcanzado. Cuanto más se adentraba, más comprendía que el Árbol Negro no era simplemente una forma de vida. Era una prisión. Una gigantesca estructura viva destinada a contener algo enterrado bajo el mundo desde antes del nacimiento de la luna y el sol.-

    -Cuando regresó al Reino del Eclipse, lo hizo cubierto por el polvo oscuro de aquellas profundidades. No pronunció palabra alguna sobre lo que había descubierto. Sin embargo, desde entonces, cada vez que permanece solo en sus aposentos, sus ojos se dirigen involuntariamente hacia el suelo, como si pudiera sentir algo moviéndose en las profundidades del mundo. Algo que sigue encerrado bajo las raíces del Árbol Negro. Algo que, por primera vez en incontables eras, parece haber comenzado a despertar.-
    -Dos días atrás, Vaelith abandonó el Reino del Eclipse sin anunciarlo. No hubo despedidas ni explicaciones. Simplemente desapareció entre las sombras como si hubiera sido tragado por la propia oscuridad. Incluso [Lili_Feu80] fue incapaz de seguir su rastro. El reino permaneció igual que siempre: silencioso, vacío y eterno. Sin embargo, durante su ausencia, las sombras parecían inquietas, moviéndose sin órdenes y observando constantemente hacia un mismo punto en el horizonte.- -La razon de su partida era un Arbol. No un árbol común, sino una entidad antigua cuya existencia precedía a imperios, dioses y estrellas. Oculto en un rincón olvidado del mundo, el Árbol Negro permanecía inmóvil desde tiempos imposibles de medir. Sus raíces atravesaban la realidad como venas gigantescas, extendiéndose por lugares que ninguna criatura había cartografiado jamás. Hacía siglos que Vaelith conocía su existencia, pero algo había cambiado. Había sentido una perturbación en aquellas raíces, una vibración extraña que recorrió el mundo entero como el eco de una campana silenciosa.- -Durante dos días permaneció junto a aquella colosal presencia. No luchó contra nada ni buscó tesoros ocultos. Observó. Escuchó. Descendió por túneles abiertos entre las raíces y exploró cavidades tan antiguas que ni siquiera el tiempo parecía haberlas alcanzado. Cuanto más se adentraba, más comprendía que el Árbol Negro no era simplemente una forma de vida. Era una prisión. Una gigantesca estructura viva destinada a contener algo enterrado bajo el mundo desde antes del nacimiento de la luna y el sol.- -Cuando regresó al Reino del Eclipse, lo hizo cubierto por el polvo oscuro de aquellas profundidades. No pronunció palabra alguna sobre lo que había descubierto. Sin embargo, desde entonces, cada vez que permanece solo en sus aposentos, sus ojos se dirigen involuntariamente hacia el suelo, como si pudiera sentir algo moviéndose en las profundidades del mundo. Algo que sigue encerrado bajo las raíces del Árbol Negro. Algo que, por primera vez en incontables eras, parece haber comenzado a despertar.-
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  • Transformación
    Fandom Free rol
    Categoría Fantasía
    Aprovechando que Amanda tiene un par de días libres en el laboratorio y yo hace una semana pedí en el parque de bomberos tomarme una excedencia.
    Lo necesito, ya que tengo varias cosas que aclarar y trabajando me habría costado.

    Para el día de hoy decidimos aprovecharlo en adentrarnos en las profundidades del bosque, donde disfrutar de la naturaleza y un picnic con comida deliciosa.
    Y sobre todo y más importante la compañía de mi novia.
    No se lo reconoceré pero hoy estoy bastante nervioso, aunque por fuera me encuentro muy relajado.
    Si lo estoy es por qué a la noche, tras convertirme en hombre lobo la morderé.
    La decisión de convertirla nos llevó ciertas conversaciones pasadas que mantuvimos en estos últimos meses, no ha sido una decisión que los dos hayamos tomado a la ligera.

    𝙰𝚖𝚊𝚗𝚍𝚊 𝚂𝚠𝚊𝚗
    Aprovechando que Amanda tiene un par de días libres en el laboratorio y yo hace una semana pedí en el parque de bomberos tomarme una excedencia. Lo necesito, ya que tengo varias cosas que aclarar y trabajando me habría costado. Para el día de hoy decidimos aprovecharlo en adentrarnos en las profundidades del bosque, donde disfrutar de la naturaleza y un picnic con comida deliciosa. Y sobre todo y más importante la compañía de mi novia. No se lo reconoceré pero hoy estoy bastante nervioso, aunque por fuera me encuentro muy relajado. Si lo estoy es por qué a la noche, tras convertirme en hombre lobo la morderé. La decisión de convertirla nos llevó ciertas conversaciones pasadas que mantuvimos en estos últimos meses, no ha sido una decisión que los dos hayamos tomado a la ligera. [ThxSwanMoon]
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    Individual
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  • -La biblioteca prohibida se encontraba bajo el Reino del Eclipse, oculta en las profundidades de la montaña negra sobre la que se alzaba el castillo. No había guardianes. No hacian falta. Pocos seres poseian el valor suficiente para descender hasta aquel lugar donde se almacenaban conocimientos olvidados por los dioses.-

    -Vaelith caminaba entre los interminables pasillos de piedra oscura con una lampara antigua en una mano. No buscaba armas, tesoros ni secretos para aumentar su poder. Buscaba historias. Miles de libros cubrian las estanterias, algunos escritos por imperios desaparecidos, otros por pueblos cuyos nombres ya no existian en ningun mapa. Alli, entre el polvo y el silencio, el Rey del Eclipse Carmesi parecia mas un estudioso solitario que un monarca inmortal.-

    -Finalmente encontro un volumen pequeño, gastado por el tiempo. Al abrirlo, una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro. No contenía magia ni profecías. Era el diario de un campesino que había vivido hacía más de mil años. Sus páginas hablaban de cosechas, lluvias, amores sencillos y preocupaciones mundanas. Vaelith tomó asiento sobre una vieja escalera de madera y comenzó a leer.-

    -Las horas transcurrieron sin que él lo notara. Mientras el reino dormía y las estrellas giraban sobre las torres del Eclipse, el soberano permaneció allí, pasando páginas con cuidado. Había contemplado guerras capaces de destruir continentes y observado el nacimiento de civilizaciones enteras. Sin embargo, eran aquellas pequeñas vidas olvidadas las que más captaban su atencion. Porque para alguien que había vivido demasiado tiempo, los verdaderos tesoros no eran las coronas ni los imperios. Eran los recuerdos de quienes el mundo había olvidado.-
    -La biblioteca prohibida se encontraba bajo el Reino del Eclipse, oculta en las profundidades de la montaña negra sobre la que se alzaba el castillo. No había guardianes. No hacian falta. Pocos seres poseian el valor suficiente para descender hasta aquel lugar donde se almacenaban conocimientos olvidados por los dioses.- -Vaelith caminaba entre los interminables pasillos de piedra oscura con una lampara antigua en una mano. No buscaba armas, tesoros ni secretos para aumentar su poder. Buscaba historias. Miles de libros cubrian las estanterias, algunos escritos por imperios desaparecidos, otros por pueblos cuyos nombres ya no existian en ningun mapa. Alli, entre el polvo y el silencio, el Rey del Eclipse Carmesi parecia mas un estudioso solitario que un monarca inmortal.- -Finalmente encontro un volumen pequeño, gastado por el tiempo. Al abrirlo, una sonrisa casi imperceptible apareció en su rostro. No contenía magia ni profecías. Era el diario de un campesino que había vivido hacía más de mil años. Sus páginas hablaban de cosechas, lluvias, amores sencillos y preocupaciones mundanas. Vaelith tomó asiento sobre una vieja escalera de madera y comenzó a leer.- -Las horas transcurrieron sin que él lo notara. Mientras el reino dormía y las estrellas giraban sobre las torres del Eclipse, el soberano permaneció allí, pasando páginas con cuidado. Había contemplado guerras capaces de destruir continentes y observado el nacimiento de civilizaciones enteras. Sin embargo, eran aquellas pequeñas vidas olvidadas las que más captaban su atencion. Porque para alguien que había vivido demasiado tiempo, los verdaderos tesoros no eran las coronas ni los imperios. Eran los recuerdos de quienes el mundo había olvidado.-
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Lo de siempre;
    Ven a alguien rogando por un personaje que les apoye con el suyo.
    Los observan y sienten motivación o lástima por esa persona, asi que se unen a su trama/ship.
    ¿Y que pasa después?
    2~3 semanas después, se dan cuenta que no hay trama, que son roles repetitivos.
    Que las cosas tienen la profundidad de un charco en la calle.
    Que lo que parecia ser algo prometedor, es aburrido, porque no tienes ni control del personaje o las acciones.
    ¿Y que terminaste haciendo?
    Abandonas la cuenta, te haces nuevos proyectos, originales, interesantes, pero sobre todo... tuyos.
    Encuentras personas con las que rolead tus personajes libremente y creas tramas.

    Sí, eso es un arco de redención.
    Lo de siempre; Ven a alguien rogando por un personaje que les apoye con el suyo. Los observan y sienten motivación o lástima por esa persona, asi que se unen a su trama/ship. ¿Y que pasa después? 2~3 semanas después, se dan cuenta que no hay trama, que son roles repetitivos. Que las cosas tienen la profundidad de un charco en la calle. Que lo que parecia ser algo prometedor, es aburrido, porque no tienes ni control del personaje o las acciones. ¿Y que terminaste haciendo? Abandonas la cuenta, te haces nuevos proyectos, originales, interesantes, pero sobre todo... tuyos. Encuentras personas con las que rolead tus personajes libremente y creas tramas. Sí, eso es un arco de redención.
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  • -La lluvia negra caia sobre las torres infinitas del reino del Eclipse Carmesi, resbalando por los muros de obsidiana y perdiendose en abismos de luz roja. Vaelith avanzaba entre las ruinas silenciosas de aquella prision cosmica, su capa oscura arrastrandose sobre la piedra mientras sus ojos rojizos seguian el rastro de una presencia molesta. No gobernaba un reino de subditos ni ciudadanos. Gobernaba una Jaula y aquella noche, una de sus peores criaturas habia roto sus cadenas, La entidad se movia entre dimensiones desgarradas como una sombra viva. Su mera existencia devoraba leyes naturales, dejando tras de si fragmentos de universos muertos. Si lograba escapar, incontables realidades desaparecerian antes de que sus habitantes comprendieran lo que ocurria-

    -Vaelith observo como el monstruo rasgaba el cielo del Eclipse, intentando abrir una grieta hacia mundos desconocidos. Su expresion permanecio serena, aunque la oscuridad alrededor comenzo a agitarse como un oceano enfurecido, El combate fue brutal y silencioso. Cada golpe de la criatura partia montañas enteras, mientras Vaelith respondia con corrientes de Eclipse Liquido y cadenas de vacio capaces de aprisionar estrellas moribundas. El choque de ambos distorsiono el horizonte, doblando la realidad sobre si misma. Durante un Instante, el monstruo logro alcanzar el portal que habia creado, extendiendo sus innumerables extremidades hacia la libertad-

    -Pero Vaelith aparecio frente a el antes de que pudiera cruzarlo. Con una sola mirada, sello la grieta dimensional y atraveso el corazon de la criatura con una lanza nacida de la oscuridad Carmesi. El rugido de la entidad se perdio en la eternidad mientras era arrastrada nuevamente a las profundidades de su prision. Cuando todo termino, El Rey del Eclipse Carmesi permanecio inmovil bajo la tormenta, observando el vacio en silencio. Nadie celebraria aquella victoria. Nadie conoceria su nombre. Y, sin embargo, otro universo habia sobrevivido una noche mas gracias a la soledad de su vigilancia-
    -La lluvia negra caia sobre las torres infinitas del reino del Eclipse Carmesi, resbalando por los muros de obsidiana y perdiendose en abismos de luz roja. Vaelith avanzaba entre las ruinas silenciosas de aquella prision cosmica, su capa oscura arrastrandose sobre la piedra mientras sus ojos rojizos seguian el rastro de una presencia molesta. No gobernaba un reino de subditos ni ciudadanos. Gobernaba una Jaula y aquella noche, una de sus peores criaturas habia roto sus cadenas, La entidad se movia entre dimensiones desgarradas como una sombra viva. Su mera existencia devoraba leyes naturales, dejando tras de si fragmentos de universos muertos. Si lograba escapar, incontables realidades desaparecerian antes de que sus habitantes comprendieran lo que ocurria- -Vaelith observo como el monstruo rasgaba el cielo del Eclipse, intentando abrir una grieta hacia mundos desconocidos. Su expresion permanecio serena, aunque la oscuridad alrededor comenzo a agitarse como un oceano enfurecido, El combate fue brutal y silencioso. Cada golpe de la criatura partia montañas enteras, mientras Vaelith respondia con corrientes de Eclipse Liquido y cadenas de vacio capaces de aprisionar estrellas moribundas. El choque de ambos distorsiono el horizonte, doblando la realidad sobre si misma. Durante un Instante, el monstruo logro alcanzar el portal que habia creado, extendiendo sus innumerables extremidades hacia la libertad- -Pero Vaelith aparecio frente a el antes de que pudiera cruzarlo. Con una sola mirada, sello la grieta dimensional y atraveso el corazon de la criatura con una lanza nacida de la oscuridad Carmesi. El rugido de la entidad se perdio en la eternidad mientras era arrastrada nuevamente a las profundidades de su prision. Cuando todo termino, El Rey del Eclipse Carmesi permanecio inmovil bajo la tormenta, observando el vacio en silencio. Nadie celebraria aquella victoria. Nadie conoceria su nombre. Y, sin embargo, otro universo habia sobrevivido una noche mas gracias a la soledad de su vigilancia-
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  • 𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛
    𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1
    𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛

    «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren.

    De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies.

    Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor.

    Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta.

    El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano.

    Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso.

    El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones.

    El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida.

    Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse.

    Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable.

    Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera.

    La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable...

    « Continuará en las próximas crónicas... »
    𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 𝕋𝕙𝕖 𝕣𝕖𝕧𝕖𝕣𝕤𝕖 𝕠𝕗 𝕥𝕙𝕖 𝕥𝕠𝕣𝕟 𝕡𝕒𝕘𝕖 - - - - - - - - - - - - - Part: 1 𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛𝄛 «Hay fragmentos que no se escriben con tinta, sino con el dolor sordo de lo que nace condenado a la distancia. En este rincón del nexo, la belleza es una trampa de cristal». — Ren. De una crisálida tejida con el polvo de estrellas muertas y silencios antiguos, brotó la primera pulsación de vida. Era una criatura pequeña, una delicada arquitectura cuadrúpeda de cuerpo esbelto y pelaje tan suave que parecía humo suspendido en el aire. Sus orejas, traslúcidas y rosadas como el primer rubor de un amanecer inexistente, temblaban ante el peso del vacío. Nació muda, desprovista de palabras para nombrar su propio asombro, pero en su pecho latía una curiosidad voraz por los retazos de aquel mundo etéreo que se desplegaba, como un lienzo herido, ante sus pies. Yo la llamé Anunaki, bautizándola en el secreto de mi mente, pues ella ignoraba mi existencia tanto como el papel ignora la mano del escritor. Vagaba maldita y solitaria, cargando en su rostro el peso de dos grandes ojos amarillentos; faros de un oro viejo capaces de desnudarlo todo, de verlo todo, pero sentenciados a parpadear bajo el negro azabache de una noche perpetua. Un cielo opresivo que se cernía sobre ella como un manto de terciopelo sin fin. Y abajo, justo debajo de sus garras temblorosas, se extendía un lago infinito de agua dulce. Un espejo líquido, cristalino y cruel, en el cual su cuerpo jamás pudo sumergirse, rechazado por una barrera invisible que convertía la superficie en una línea inflexible de dolor. Atrapada en esa soledad que se muerde la cola, Anunaki vio pasar los eones contando los inviernos en su propia piel. Se sentaba a la orilla del abismo líquido, cautivada y horrorizada por los cambios fisiológicos que la madurez empezaba a trazar en su silueta. Su cuerpo se estiraba, sus formas se volvían más afiladas, y el reflejo en el agua le devolvía la imagen de una criatura hermosa, pero trágicamente incompleta. El melodrama del cosmos, sin embargo, aborrece los escenarios vacíos. Y fue durante una noche donde la tinta del cielo pareció volverse más espesa cuando la superficie del lago devolvió un reflejo extraño. No era el rostro de Anunaki, sino otra cosa, algo deforme y visiblemente lejano. Desde las profundidades inalcanzables del agua dulce, allí donde ella solo podía mirar pero nunca descender, emergió otra silueta. Un ser de la misma estirpe, pero moldeado por la geografía del abismo subacuático. Su pelaje no era humo, sino hilos de plata que flotaban como algas en la corriente; sus ojos, en lugar del oro cálido de Anunaki, eran de un azul helado, como estrellas atrapadas en el fondo de un pozo sin fondo. Yo lo llamé Apzu, el habitante del reverso. El encuentro fue un choque silencioso de texturas imposibles. Anunaki pegó su hocico rosado a la superficie lisa del lago; desde el otro lado, a milímetros de distancia pero separados por lo intangible de dos dimensiones incompatibles, Apzu imitó su gesto. Sus miradas se encadenaron en un lazo de hierro forjado. Por primera vez, el dolor de la madurez encontró un eco. Aprendieron a tocarse a través del reflejo: cuando ella corría por la orilla, él nadaba pegado al cristal de agua, calcando sus pasos, compartiendo un baile coreografiado por la más pura de las frustraciones. El tiempo se volvió un verdugo poético. Crecieron juntos, viéndose cambiar, florecer y desearse a través de la ventana insalvable que los dividía. El melodrama alcanzó su punto más álgido cuando el instinto de la madurez los empujó a buscar algo más que sombras simétricas. Anunaki rascaba el agua hasta hacerse sangrar las garras, dejando hilos escarlatas que flotaban sobre la superficie invisible, mientras Apzu golpeaba el cristal desde abajo, abriendo sus fauces en un grito sordo que solo provocaba burbujas de desesperación en su prisión líquida. Eran dos amantes destinados a compartir el mismo espacio, pero jamás el mismo plano. Se amaban con la violencia de los náufragos que ven la tierra firme a través de un muro de hielo. Se pertenecían, pero no podían reclamarse. Una tarde olvidada en el tiempo, la desesperación cambió de ritmo. Anunaki, con los ojos nublados por las lágrimas de oro que resbalaban por su hocico, se puso de pie sobre sus patas traserass y lanzó un lamento que hizo vibrar el manto azabache del cielo. Apzu, desde abajo, pareció entender el mensaje de esa música trágica. Juntaron sus frentes una vez más, separados apenas por la película molecular del lago, y entonces sucedió lo impensable. Una línea. Una fisura roja y brillante, como una vena abierta en el espacio, comenzó a extenderse justo en el punto de contacto de sus nexos. El agua dulce empezó a emitir un zumbido sónico que amenazaba con romper la cordura de la creación entera. La barrera se estaba agrietando, pero al mismo tiempo el agua se revolcaba dentro de sí con fuertes corrientes que ataban al segundo como hilos de plata. Por supuesto, hizo hasta lo imposible para resistir la fricción de las fuerzas y en consecuencia de sus puras intenciones sucedió lo inimaginable... « Continuará en las próximas crónicas... »
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  • -¡Groooar!

    Luego desciende silenciosamente del techo de uno de los árboles de la ciudad de concreto y acero dominada por un enjambre de la infestación desde las profundidades de su sistema de acueductos y alcantarillado donde la cepa gestó tranquilamente en esta realidad y las ratas y cucarachas otorgaron una muestra generosa de adaptaciones provechosas.

    "Todos son objetivos a neutralizar."
    -¡Groooar! Luego desciende silenciosamente del techo de uno de los árboles de la ciudad de concreto y acero dominada por un enjambre de la infestación desde las profundidades de su sistema de acueductos y alcantarillado donde la cepa gestó tranquilamente en esta realidad y las ratas y cucarachas otorgaron una muestra generosa de adaptaciones provechosas. "Todos son objetivos a neutralizar."
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  • Ultimatum en la catedral:
    La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras.

    Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado.

    En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral.

    El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas.

    □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra?

    Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo.

    ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda.

    El otro soltó una risa ronca y amarga.

    □No tienes redaños...

    La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario.

    □¡HAZLO!

    Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió.

    El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades.

    Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas.

    Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada:

    ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...?

    El agua siguió cayendo sobre su rostro.

    ●¿Por qué tuviste que traicionarme...?

    Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
    Ultimatum en la catedral: La lid se trabó en lo más alto del campanario de la catedral. Bajo el cielo encapotado y el tañer lóbrego de las campanas, el joven clérigo Zelkova y un adepto del Culto de Saturno trocaron golpes con furia desatada. Puñadas, codazos y encontronazos resonaban entre los viejos sillares, mezclándose con el bramido del viento que se colaba por las troneras. Un recio puntapié alcanzó a Zelkova en el pecho y lo lanzó contra una ventana ojival. Los vidrios estallaron en una lluvia de fragmentos, y por un instante el sacerdote quedó suspendido sobre el abismo. Empero, al acudir otro sectario en auxilio de su camarada, el cura logró asirse al marco quebrado, evitó la caída y, con un certero gancho, abatió al recién llegado. En medio del forcejeo, una porción de la vetusta estructura cedió con un estrépito horrísono. Piedra, polvo y madera se desplomaron al vacío, y ambos contendientes rodaron hasta detenerse junto a una gárgola de roca ennegrecida por los siglos. Las campanas repicaban sobre sus cabezas, tornando la escena aún más sombría y funeral. El sectario procuró incorporarse, mas Zelkova fue más presto. Le ciñó el cuello con una llave férrea y se dejó caer de espaldas, arrastrándolo consigo. El hombre pataleó con desesperación, sintiendo cómo el aliento le abandonaba. Sus uñas arañaron los brazos del clérigo mientras escupía palabras entrecortadas. □¡Hazlo!... ¿O acaso te arredra? Zelkova, jadeante, habló con voz queda, casi como quien vela a un moribundo. ●Ríndete. Ya carece de sentido proseguir esta contienda. El otro soltó una risa ronca y amarga. □No tienes redaños... La respiración se le extinguía por momentos. A tientas, logró alcanzar una piedra desprendida y trató de hundirla en el brazo de su adversario. □¡HAZLO! Con una expresión afligida, semejante a la de quien dicta una sentencia que jamás deseó pronunciar, Zelkova torció con violencia. Un seco chasquido quebró el fragor de la tormenta. El cuello del hombre cedió. El cura soltó el cuerpo inerte y lo arrojó al vacío. Las campanas acompañaron la estrepitosa caída como si entonasen un réquiem. El cadáver se precipitó entre la lluvia y la penumbra hasta desaparecer en las profundidades. Zelkova permaneció inmóvil junto al borde. Su pecho se alzaba con dificultad; cada bocanada de aire era una pugna. La lluvia descendía por su semblante, llevándose la sangre que manchaba sus mejillas. Miró hacia abajo, hacia la oscuridad donde había desaparecido aquel hombre, y murmuró con voz quebrada: ●¿Por qué tuviste que forzarme a hacerlo...? El agua siguió cayendo sobre su rostro. ●¿Por qué tuviste que traicionarme...? Y sólo el lúgubre tañido de las campanas respondió a su lamento.
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