• [Escena: Es un atardecer en una iglesia cuyo dios ha sido olvidado. Casi vacía, la gente llega usualmente a descansar y rezar por sus respectivos dioses.

    Elizabeth está sentada dentro de la cabina de confesiones. En el lado de escucharlas de las personas. Ella apenas y puede ver sus rostros por los patrones de la madera recién pulida. Esta ciudad le pidió un favor: atender las iglesias. Y más que nada, hacer algunas "labores" divinas de clériga Para el desdén de Elizabeth. Ella no sabe ni tres cuartos sobre ser clériga Pero la gente, al escuchar sobre ella siendo bendecida por los dioses, pensaron ella seria apta para esta labor.

    Ella espera y espera. Hasta escuchar a ~tu personaje~ entrar a la cabina por la puerta del otro lado. Ella se sorprende un poco. No esperaba que alguien viniera buscando confesarse. Aún más en una iglesia sin un dios. Aunque pensándolo bien, si no tienes un dios, no tienes a qué temerle. Confesarte en ese sentido es solo una limpieza de conciencia. Liberar fantasmas internos.

    "Bienvenido, adelante. Confiesa lo que gustes. No importa lo grande o pequeño que esto sea."

    Le invita ella a sacar sus males y dudas que sientan amenazar sus corazones... los pesos de la conciencia. La voz de Elizabeth es suave como seda, dulce y femenina como esferas de azúcar.
    [Escena: Es un atardecer en una iglesia cuyo dios ha sido olvidado. Casi vacía, la gente llega usualmente a descansar y rezar por sus respectivos dioses. Elizabeth está sentada dentro de la cabina de confesiones. En el lado de escucharlas de las personas. Ella apenas y puede ver sus rostros por los patrones de la madera recién pulida. Esta ciudad le pidió un favor: atender las iglesias. Y más que nada, hacer algunas "labores" divinas de clériga Para el desdén de Elizabeth. Ella no sabe ni tres cuartos sobre ser clériga Pero la gente, al escuchar sobre ella siendo bendecida por los dioses, pensaron ella seria apta para esta labor. Ella espera y espera. Hasta escuchar a ~tu personaje~ entrar a la cabina por la puerta del otro lado. Ella se sorprende un poco. No esperaba que alguien viniera buscando confesarse. Aún más en una iglesia sin un dios. Aunque pensándolo bien, si no tienes un dios, no tienes a qué temerle. Confesarte en ese sentido es solo una limpieza de conciencia. Liberar fantasmas internos. "Bienvenido, adelante. Confiesa lo que gustes. No importa lo grande o pequeño que esto sea." Le invita ella a sacar sus males y dudas que sientan amenazar sus corazones... los pesos de la conciencia. La voz de Elizabeth es suave como seda, dulce y femenina como esferas de azúcar.
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  • ❝Por suerte estamos aquí...❞
    Fandom The Walking Dead
    Categoría Slice of Life
    ㅤㅤㅤ
    ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑
    ㅤㅤㅤㅤ ˹ Daryl Dixon



    Puede que aquella fuera la época en la que realmente tocaran fondo como familia. Todo se volvió más duro y complicado desde que salieron de la Terminal. Gracias a Carol y un golpe de suerte escaparon de aquella trampa mortal de caníbales dispuestos a matarnos. Y con ello se reunieron con Tyresse, quien habia pasado todo aquel tiempo cuidando de Judith. Recuperar a Judith fue la mejor sensación que Liv pudo llevarse consigo.

    Después de aquello, tras salvarle la vida a Gabriel, un pastor que guardaba un terrible secreto, se acomodaron en su iglesia. Allí, el equipo de Abraham les propuso acompañarlos a Washington para que Eugene, quien al parecer podía resolver el problema de los caminantes, obrara un milagro. Y aunque aquello parecía esperanzador, la vida les pondría la zancadilla una y otra vez… Perdieron a Bob por culpa de los supervivientes de La Terminal, encontrarían a Beth en un hospital de Atlanta solo para volver a perderla. Esta vez para siempre. Un golpe muy duro para Maggie, quien habia perdido a su padre unas semanas atrás. Y, para colmo de desgracias, Eugene se reveló como un farsante. Porque, aunque resultaba imposible que un solo hombre pudiera resolver aquello, ellos aun guardaban las esperanzas…

    Incorporaron a Noah al equipo, un chico que habia conocido a Beth en el hospital y que queria regresar a la casa de su madre en Richmond. Solo Rick, Michonne, Glenn y Tyresse lo acompañaron. El resto del grupo se quedó resguardado en una casa a unos kilómetros. Daryl habia estado taciturno desde la muerte de Beth y Liv, sabiendo que a él le habia importado la joven no sabía bien como consolarle. Intentaba dejarle a solas el tiempo que él requería, pero tampoco era capaz de dejarlo pasar. Le dolía verle pasarlo mal…

    Carol habia hablado con Liv mientras esperaban por noticias de Rick o los demás:

    -Tiene que dejar ir el dolor. Daryl es… Bueno, ya le conoces -dijo Carol mientras reunían bayas para hacer algo de comer- Es introspectivo, callado y se guarda esas cosas para sí mismo… Acabará explotando…

    Asi que, con esas palabras en mente, Liv habia decidido salir a acompañar a Daryl a buscar algo de caza. No habia hecho falta proponérselo. Simplemente, se compenetraban asi de bien, a pesar de todo… Por lo que los dos recorrían el bosque aledaño a la casita donde se alojaban, en silencio intentando no hacer ruido. Solo cuando encontraron un par de conejos y regresaban, Liv se atrevió a hablar. Alargó una mano hacia la masculina y tiró de él levemente para llamar su atención.

    -Oye… -le dijo dando un paso adelante para colocarse delante de él- Sé que… quizás ahora no es el mejor momento, pero… no puedes guardártelo dentro…- le dijo solamente- Estoy aquí. Siempre. Y no volveré a irme -le aseguró antes de acortar la distancia entre los dos y dejar un beso cariñoso en su labio inferior.
    Por supuesto, aún era demasiado pronto para que Daryl se decidiera a hablar. Aun asi, Liv no se separaba de él. Lo buscaba para dormir, compartía con él la poca comida que tenían y cuando lo de Richmond resultó ser un fracaso, perdieron tambien a Tyresse y tuvieron que regresar a la carretera (aunque ahora con un destino ya que Michonne pensó que Eugene queria ir a DC por algo), respetó sus espacios y momentos de ausencia.

    Lo ocurrido en el granero, aquella tormenta que logró volver a aunar al grupo, ayudó a limpiar un poco la racha de mala suerte, pero más la limpió el momento en que un desconocido llamado Aaron apareció en escena con intenciones de llevarlos a su hogar. Aunque Rick fue reticente al principio, lo cierto era que Liv estaba en desacuerdo con él. Al igual que Maggie y Sasha, quienes lo habían encontrado primero. No se cortó un pelo en contarle sus impresiones a Daryl, con quien habia revisado la carretera siguiendo las ordenes de su padre.

    -Pues yo si creo que Aaron dice la verdad -dijo, y ante la mirada de Daryl, ella se encogió de hombros- No sé, llámame ingenua, pero creo que puede funcionar. Creo que hemos tenido bastante mala suerte en las ultimas semanas como para que algo se nos vuelva a ir a la mierda. Entiendo que papá esté a la defensiva, pero… Ha de ser algo bueno de verdad…

    Y lo fue. Fueron horas tensas pero tras encontrar al, a todas luces, novio de Aaron, el grupo entero consiguió llegar hasta las puertas enrejadas de Alejandria. Aaron no habia mentido. Habia muros, se escuchaban niños en el interior del enclave y estaba seguro… Liv alzó las cejas hacia Daryl en un mudo: “¿Lo ves?”

    Tras dejar sus armas en la armería, aunque no le hiciera demasiada gracia deshacerse de su arco de poleas (el que Daryl habia rescatado de Joe y su grupo de saqueadores y que Carol habia encontrado después en La Terminal), lo dejó sobre la mesa metálica al lado de la ballesta de Daryl. Después de aquello llegó la hora de las entrevistas con Deanna, la líder de Alejandria. Primero fue Rick, después Carl, y tras aquello llegó el turno de Liv.

    -¿A qué te dedicabas antes? -preguntó Deanna desde su sillón mirándola afablemente.

    Liv miró a su alrededor, sintiendo que era irreal estar sentada en medio de una sala de estar ordenada, limpia y segura. Como si el mundo no se hubiera ido a la mierda. ¿Qué? ¿Mientras ellos habían estado durmiendo en celdas o al raso esa gente habia estado allí todo el tiempo? ¿Sin problemas? ¿Sin enemigos? No sabían la suerte que tenían.

    -Olivia…- la llamó Deanna con suavidad. Liv la miró, sorprendida. Deanna sonrió- ¿A qué te dedicabas antes?

    Liv esbozó una tímida sonrisa de disculpa.

    -Perdone… -pronunció echando una ultima mirada alrededor de forma rápida. Sus dedos tironeaban de un hilo suelto de uno de sus guantes- Pues… Estudiaba medicina -rodó los ojos- Queria… ser cirujana.

    Deanna pareció conforme con su respuesta.

    -Tenemos un médico. Uno muy bueno, quizás te gustaría aprender de él…- propuso Deanna.

    Y Liv, que llevaba mas de un año sin tocar siquiera una aguja, se sintió abrumada.

    -Seria… No quiero ser un estorbo -dijo la muchacha.

    -No digas tonterías. Pete te enseñará todo lo que necesitas -decía Deanna- ¿No te ves siendo médico, Olivia?

    Y Liv, cuyo sueño, desde niña, habia sido ser médico de pronto pensó que quizás tendría oportunidad de realizar su sueño.

    -Me veo… Cuidando de mi familia. De mi padre, de mis hermanos, de Daryl y los demás. Es lo que he hecho desde que todo esto empezó. Aprender a valerme sola. Aprender a sobrevivir… Vivir un día más… -decía la muchacha- No sé -rio algo conmocionada con aquel cambio- Perdóneme… Es que… No me creo esto… Llevamos tanto tiempo fuera que…

    Deanna asintió.

    -Tu padre dice que habéis estado fuera desde el principio. ¿Cómo fue?

    Liv hinchó los mofletes y resopló.

    -Cuando dispararon a mi padre pareció que el mundo se fue a la mierda. Mi madre, Carl y yo salimos de nuestro pueblo con… un amigo de la familia… Y fuimos a Atlanta. Acampamos en el exterior. Después de un mes, o dos… mi padre volvió. Nos encontró. Y después… El Centro de Control de Enfermedades, una granja en medio de Georgia, la carretera, una prisión, la carretera otra vez…

    Deanna asintió.

    -Parece que habéis hecho un largo recorrido…

    Liv asintió.

    -No se lo imagina…



    #Personajes3D #3D #Comunidad3D #Starter #TheWalkingDead
    ㅤㅤㅤ ㅤㅤㅤㅤ ⧽ 𝐒𝐓𝐀𝐑𝐓𝐄𝐑 ㅤㅤㅤㅤ ˹ [DarylDixon] Puede que aquella fuera la época en la que realmente tocaran fondo como familia. Todo se volvió más duro y complicado desde que salieron de la Terminal. Gracias a Carol y un golpe de suerte escaparon de aquella trampa mortal de caníbales dispuestos a matarnos. Y con ello se reunieron con Tyresse, quien habia pasado todo aquel tiempo cuidando de Judith. Recuperar a Judith fue la mejor sensación que Liv pudo llevarse consigo. Después de aquello, tras salvarle la vida a Gabriel, un pastor que guardaba un terrible secreto, se acomodaron en su iglesia. Allí, el equipo de Abraham les propuso acompañarlos a Washington para que Eugene, quien al parecer podía resolver el problema de los caminantes, obrara un milagro. Y aunque aquello parecía esperanzador, la vida les pondría la zancadilla una y otra vez… Perdieron a Bob por culpa de los supervivientes de La Terminal, encontrarían a Beth en un hospital de Atlanta solo para volver a perderla. Esta vez para siempre. Un golpe muy duro para Maggie, quien habia perdido a su padre unas semanas atrás. Y, para colmo de desgracias, Eugene se reveló como un farsante. Porque, aunque resultaba imposible que un solo hombre pudiera resolver aquello, ellos aun guardaban las esperanzas… Incorporaron a Noah al equipo, un chico que habia conocido a Beth en el hospital y que queria regresar a la casa de su madre en Richmond. Solo Rick, Michonne, Glenn y Tyresse lo acompañaron. El resto del grupo se quedó resguardado en una casa a unos kilómetros. Daryl habia estado taciturno desde la muerte de Beth y Liv, sabiendo que a él le habia importado la joven no sabía bien como consolarle. Intentaba dejarle a solas el tiempo que él requería, pero tampoco era capaz de dejarlo pasar. Le dolía verle pasarlo mal… Carol habia hablado con Liv mientras esperaban por noticias de Rick o los demás: -Tiene que dejar ir el dolor. Daryl es… Bueno, ya le conoces -dijo Carol mientras reunían bayas para hacer algo de comer- Es introspectivo, callado y se guarda esas cosas para sí mismo… Acabará explotando… Asi que, con esas palabras en mente, Liv habia decidido salir a acompañar a Daryl a buscar algo de caza. No habia hecho falta proponérselo. Simplemente, se compenetraban asi de bien, a pesar de todo… Por lo que los dos recorrían el bosque aledaño a la casita donde se alojaban, en silencio intentando no hacer ruido. Solo cuando encontraron un par de conejos y regresaban, Liv se atrevió a hablar. Alargó una mano hacia la masculina y tiró de él levemente para llamar su atención. -Oye… -le dijo dando un paso adelante para colocarse delante de él- Sé que… quizás ahora no es el mejor momento, pero… no puedes guardártelo dentro…- le dijo solamente- Estoy aquí. Siempre. Y no volveré a irme -le aseguró antes de acortar la distancia entre los dos y dejar un beso cariñoso en su labio inferior. Por supuesto, aún era demasiado pronto para que Daryl se decidiera a hablar. Aun asi, Liv no se separaba de él. Lo buscaba para dormir, compartía con él la poca comida que tenían y cuando lo de Richmond resultó ser un fracaso, perdieron tambien a Tyresse y tuvieron que regresar a la carretera (aunque ahora con un destino ya que Michonne pensó que Eugene queria ir a DC por algo), respetó sus espacios y momentos de ausencia. Lo ocurrido en el granero, aquella tormenta que logró volver a aunar al grupo, ayudó a limpiar un poco la racha de mala suerte, pero más la limpió el momento en que un desconocido llamado Aaron apareció en escena con intenciones de llevarlos a su hogar. Aunque Rick fue reticente al principio, lo cierto era que Liv estaba en desacuerdo con él. Al igual que Maggie y Sasha, quienes lo habían encontrado primero. No se cortó un pelo en contarle sus impresiones a Daryl, con quien habia revisado la carretera siguiendo las ordenes de su padre. -Pues yo si creo que Aaron dice la verdad -dijo, y ante la mirada de Daryl, ella se encogió de hombros- No sé, llámame ingenua, pero creo que puede funcionar. Creo que hemos tenido bastante mala suerte en las ultimas semanas como para que algo se nos vuelva a ir a la mierda. Entiendo que papá esté a la defensiva, pero… Ha de ser algo bueno de verdad… Y lo fue. Fueron horas tensas pero tras encontrar al, a todas luces, novio de Aaron, el grupo entero consiguió llegar hasta las puertas enrejadas de Alejandria. Aaron no habia mentido. Habia muros, se escuchaban niños en el interior del enclave y estaba seguro… Liv alzó las cejas hacia Daryl en un mudo: “¿Lo ves?” Tras dejar sus armas en la armería, aunque no le hiciera demasiada gracia deshacerse de su arco de poleas (el que Daryl habia rescatado de Joe y su grupo de saqueadores y que Carol habia encontrado después en La Terminal), lo dejó sobre la mesa metálica al lado de la ballesta de Daryl. Después de aquello llegó la hora de las entrevistas con Deanna, la líder de Alejandria. Primero fue Rick, después Carl, y tras aquello llegó el turno de Liv. -¿A qué te dedicabas antes? -preguntó Deanna desde su sillón mirándola afablemente. Liv miró a su alrededor, sintiendo que era irreal estar sentada en medio de una sala de estar ordenada, limpia y segura. Como si el mundo no se hubiera ido a la mierda. ¿Qué? ¿Mientras ellos habían estado durmiendo en celdas o al raso esa gente habia estado allí todo el tiempo? ¿Sin problemas? ¿Sin enemigos? No sabían la suerte que tenían. -Olivia…- la llamó Deanna con suavidad. Liv la miró, sorprendida. Deanna sonrió- ¿A qué te dedicabas antes? Liv esbozó una tímida sonrisa de disculpa. -Perdone… -pronunció echando una ultima mirada alrededor de forma rápida. Sus dedos tironeaban de un hilo suelto de uno de sus guantes- Pues… Estudiaba medicina -rodó los ojos- Queria… ser cirujana. Deanna pareció conforme con su respuesta. -Tenemos un médico. Uno muy bueno, quizás te gustaría aprender de él…- propuso Deanna. Y Liv, que llevaba mas de un año sin tocar siquiera una aguja, se sintió abrumada. -Seria… No quiero ser un estorbo -dijo la muchacha. -No digas tonterías. Pete te enseñará todo lo que necesitas -decía Deanna- ¿No te ves siendo médico, Olivia? Y Liv, cuyo sueño, desde niña, habia sido ser médico de pronto pensó que quizás tendría oportunidad de realizar su sueño. -Me veo… Cuidando de mi familia. De mi padre, de mis hermanos, de Daryl y los demás. Es lo que he hecho desde que todo esto empezó. Aprender a valerme sola. Aprender a sobrevivir… Vivir un día más… -decía la muchacha- No sé -rio algo conmocionada con aquel cambio- Perdóneme… Es que… No me creo esto… Llevamos tanto tiempo fuera que… Deanna asintió. -Tu padre dice que habéis estado fuera desde el principio. ¿Cómo fue? Liv hinchó los mofletes y resopló. -Cuando dispararon a mi padre pareció que el mundo se fue a la mierda. Mi madre, Carl y yo salimos de nuestro pueblo con… un amigo de la familia… Y fuimos a Atlanta. Acampamos en el exterior. Después de un mes, o dos… mi padre volvió. Nos encontró. Y después… El Centro de Control de Enfermedades, una granja en medio de Georgia, la carretera, una prisión, la carretera otra vez… Deanna asintió. -Parece que habéis hecho un largo recorrido… Liv asintió. -No se lo imagina… #Personajes3D #3D #Comunidad3D #Starter #TheWalkingDead
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  • Creo que tengo todo..

    *Comentó la trazacaminos mientras arregla sus cosas, los recuerdos y amistades que hizo en ese planeta, son cosas que se llevará consigo, vivo una que otra aventura, guardo entre sus cosas un recuedo qué su amiga Maomao le regaló, ya no tenía nada que la ligue a ese lugar, después de ese descanso, hizo saber a sus amigos del Expreso Astral para que vinieran por ella. *

    Creo que tengo los regalos que compre para cada uno.

    *Sonríe un poco al recordar a 7 de marzo, Dan Heng, Sr Welt, Himeko, Pompom, Sunday y los demás amigos que lleguen a visitar el expreso. *

    Si esta, Sparkle, espero se comporte.

    *Suspira pesadamente pues la bufona enmascarada, es bastate alocada, tanto que aveces vuelve locos a todos con sus bromas. *

    Bien... Ahora solo esperar a que... Ellos vengan.

    *Dijo mientras sigue revisando sus cosas luego de viajar en cada rincón de sus recuerdos, de las aventuras vividas y lo que les depara el destino de trazacaminos. *
    Creo que tengo todo.. *Comentó la trazacaminos mientras arregla sus cosas, los recuerdos y amistades que hizo en ese planeta, son cosas que se llevará consigo, vivo una que otra aventura, guardo entre sus cosas un recuedo qué su amiga Maomao le regaló, ya no tenía nada que la ligue a ese lugar, después de ese descanso, hizo saber a sus amigos del Expreso Astral para que vinieran por ella. * Creo que tengo los regalos que compre para cada uno. *Sonríe un poco al recordar a 7 de marzo, Dan Heng, Sr Welt, Himeko, Pompom, Sunday y los demás amigos que lleguen a visitar el expreso. * Si esta, Sparkle, espero se comporte. *Suspira pesadamente pues la bufona enmascarada, es bastate alocada, tanto que aveces vuelve locos a todos con sus bromas. * Bien... Ahora solo esperar a que... Ellos vengan. *Dijo mientras sigue revisando sus cosas luego de viajar en cada rincón de sus recuerdos, de las aventuras vividas y lo que les depara el destino de trazacaminos. *
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  • ❝Un villano a mi altura❞
    Fandom The Originals
    Categoría Drama
    𝑨𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒆𝒆𝒓:

    Esta trama contiene alusiones y referencias a la última temporada de "Los Originales"

    𝑷𝒆𝒓𝒔𝒐𝒏𝒂𝒋𝒆𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒊𝒄𝒊𝒑𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔:

    𝕮𝖆𝖗𝖔𝖑𝖎𝖓𝖊 𝕱𝖔𝖗𝖇𝖊𝖘
    Elijah Mikaelson
    Hayley Marshall
    Freya Mikaelson
    Keelan Malraux
    Hope Mikaelson
    𝑬𝒗𝒂
    Pierre LeRoi


    𝑬𝒏𝒍𝒂𝒄𝒆𝒔 𝒓𝒆𝒇𝒆𝒓𝒊𝒅𝒐𝒔 𝒑𝒐𝒓 𝒂𝒍𝒖𝒔𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔:

    Esta trama contiene alusiones a aspectos roleados en otros starter:
    https://ficrol.com/posts/151270
    https://ficrol.com/posts/235248
    https://ficrol.com/posts/151277
    https://ficrol.com/posts/300895
    https://ficrol.com/posts/151274
    https://ficrol.com/posts/337154



    Convencer a Alaric Saltzman de ayudar a la familia Mikaelson, y más específicamente al propio Klaus como representante de toda la familia Mikaelson presente en Mystic Falls, no fue facil. Para nada facil. Las heridas del pasado no habían llegado a cerrarse del todo y, aunque Alaric habia sido una excelente figura paterna para Hope y aparentemente Saltzman tambien habia desarrollado cariño por la tríbrida, lo cierto era que esa relacion no habia ayudado a sanar los horrores del pasado ni el daño entre Alaric y Klaus.

    Pero, gracias a la intervención de Caroline, alguien cuya parcialidad por fin jugaba en favor de Klaus, Alaric terminó por consentir ayudar a los Mikaelson con la búsqueda del misterio de su extraña marca. Asi que Klaus y Alaric pasaron bastantes horas en la biblioteca. Uno no dejaba de traer libros seguro de haber visto antes ese símbolo en alguna parte. Y el otro, leía ávidamente agradeciendo los litros de café que Caroline traía para ellos de tanto en tanto. Llegado cierto punto de la noche incluso Caroline se habia unido al equipo de búsqueda de aquel extraño símbolo. Hasta que…

    -¡Lo sabía! -exclamó Alaric cuando las únicas luces de las que podían valerse eran las de las lámparas de la biblioteca. Hacia bastante rato que el sol se habia ocultado y que el silencio habia caído sobre la Escuela Salvatore.

    Klaus y Caroline lo miraron inmediatamente.

    -¿Qué? -preguntó Klaus poniéndose en pie a la vez que Caroline, rodeando los dos la mesa por extremos opuestos para llegar hasta Alaric quien dejó un libro extendido sobre la mesa.

    -Esa marca que tienes…- Alaric señaló el antebrazo de Klaus- Es antigua. Muy antigua. Tanto que he tenido que remontarme a mitos y leyendas. Nunca nadie habia visto esa marca antes, al menos no hay constancia de ello, por eso no está archivada en símbolos celta…

    -Al grano, amigo. ¿Qué es? -preguntó Klaus rodando los ojos.

    -Es la marca de una nigromante poderosa. La más antigua y poderosa del mundo. Su magia es tan antigua que no hay registros… Apenas leyendas en Inglaterra… Hablan de una bruja capaz de dominar la vida y la muerte… y de un hechicero cuyo poder rivalizaba con el suyo.

    Caroline cruzó los brazos.

    -De acuerdo, pero… ¿Qué tiene eso que ver con Klaus o con los resucitados?

    Alaric bajó la mirada hacia las páginas envejecidas.

    -Se amaban. Al menos eso dicen las historias. Durante años fueron inseparables. Pero algo ocurrió entre ellos… algo tan terrible que acabó convirtiendo su amor en una guerra. Él empezó a temer en quién podía convertirse ella. Y ella vio esa traición como el peor de los ataques.

    Klaus permaneció inmóvil, desviando la mirada hacia la marca de su brazo.

    -El problema -continuó Alaric- es que ninguno podía matar al otro. Habían sellado un pacto de sangre siglos atrás. Sus vidas quedaron unidas. Si uno moría… el otro también.

    Caroline frunció el ceño.

    -Pero entonces la guerra nunca podía terminar.

    -En efecto. Así que el hechicero hizo lo único que se le ocurrió, lo único que estaba en su mano. Creó un arma capaz de romper las leyes de ese pacto. Una espada forjada con magia antigua… entregada después a un rey que, según la profecía, sería el único capaz de detener a la bruja si algún día ella cruzaba el límite.

    Klaus alzó lentamente la mirada.

    -¿Excalibur…? -preguntó de forma irónica, pues era el único nombre de una espada que le vino a la mente. Y, no podía imaginarse lo acertado que estaba.

    Alaric asintió despacio. Klaus frunció las cejas y miró al primero esperando que aquello fuera una broma.

    -¿Qué tiene que ver la marca con esto…?

    Alaric tragó saliva de forma pesada antes de volver la página del libro. Las ilustraciones de los grabados estaban desgastadas por el tiempo, pero el símbolo dibujado sobre el papel era exactamente el mismo que ardía sobre la piel de Klaus. La medialuna entrelazada con una triqueta simple.

    -Porque esta marca no representa una maldición… No al uso, al menos… Representa pertenencia.

    Caroline dirigió tambien la mirada hacia el brazo de Klaus inmediatamente.

    -La leyenda dice -prosiguió Alaric- que, cuando comenzó la guerra, la bruja entendió algo: jamás podría derrotar al hechicero sola. No mientras él siguiera teniendo a reyes, ejércitos y magos luchando de su lado. Así que empezó a buscar una forma de crear su propio ejército.

    Klaus apretó la mandíbula, comprendiéndolo al instante. Después de haberse criado con una madre como la suya, comprendía que habia personas que no conocían el límite. Tampoco él, puede que le viniera por rama materna. Irónicamente.

    -Nigromancia… -dijo. No era una pregunta.

    -Al principio resucitaba soldados caídos -asintió Alaric- Guerreros. Brujos. Pero su magia evolucionó. Se volvió más oscura y mucho más poderosa. La marca era el vínculo que utilizaba para atar las almas resucitadas a su voluntad. Una llamada. Una invocación permanente.

    El silencio cayó entre los tres.

    -Según las leyendas -continuó Alaric en voz más baja-, aquellos que estaban marcados dejaban de pertenecer al mundo de los muertos. La bruja podía sentirlos, encontrarlos… incluso reclamar sus vidas otra vez si la traicionaban.

    Caroline negó con la cabeza lentamente.

    -No…

    -Y lo peor es que... -Alaric levantó la vista del libro-. Cuanto más poderoso era el resucitado, más valiosa resultaba la marca para ella. Porque no estaba creando simples soldados… estaba formando un ejército capaz de enfrentarse al único hombre al que jamás pudo destruir.

    Klaus sostuvo la mirada de Alaric unos segundos.

    -¿Y ese hombre era…?

    Alaric cerró el libro despacio.

    -Merlín. Y la mujer que te marcó… Morgana.

    Klaus dejó ir el aire de sus pulmones e intercambió una mirada con Caroline.

    -¿Hay algún modo de deshacernos de la marca? -preguntó Klaus- Como comprenderás, es una duda bastante acuciante para nosotros ahora mismo… Si esa bruja sigue resucitando gente, pronto Mystic Falls se encontrará ante una plaga de vampiros, brujos y lobos muertos hace siglos. ¿Qué tal os fue con el brujo Silas?

    Alaric tensó la mandíbula mirando el rostro de Klaus de abajo arriba.

    -Oye, que yo no tengo la culpa… Pero no… No hay registros que hablen de como deshacerse de la marca… -negó con la cabeza- Pero hay un hechizo de invocación. Podeis llamar a Morgana… Puede que tengas una oportunidad contra ella…

    Sin apartar la mirada de Klaus cerró el libro y se lo entregó.

    -Asegúrate de que nos devuelves el libro cuando termináis.

    Klaus tomó el libro sin apartar sus acerados orbes azules de los parejos de Alaric.

    -Solo una pregunta… en tu experiencia… Si matamos a Morgana… ¿moriremos tambien?

    Alaric no respondió. No al principio.

    -No lo sé.

    >> Regresar a Nueva Orleans fue más dulce que la marcha. Al menos ahora tenían un libro y le habían dado un nombre a su enemigo. Además, Klaus no regresó solo. Si bien Caroline sabia que Alaric sabría ocupar su puesto como director en funciones ninguno de los dos ocupantes del Audi de Klaus podían saber que les depararía aquella aventura. Pero saber que contaba con la presencia alentadora de Caroline era ya más que una ayuda para Klaus. No pretendía recuperar el tiempo perdido con ella, mucho menos sin saber si habría más tiempo después de aquella aventura. Pero Caroline no le habia abandonado la primera vez que su final se avecinaba y no quiso hacerlo aquella segunda vez.

    -Gracias, Caroline -le dijo el hibrido una vez que llegaron a Nueva Orleans- Es importante para mi que… quieras quedarte con nosotros. Y tu pericia nos será más útil en persona que por teléfono

    Salió del coche y recorrió a velocidad vampírica la distancia hasta la puerta de Caroline una vez que entraron en el complejo Mikaelson.

    -Estás a punto de entrar en la boca del lobo. ¿Lista, amor? -preguntó ofreciendo su mano para salir del coche.

    No dieron ni dos pasos dentro del Atrio del complejo cuando Freya y Keelan aparecieron por la puerta del salón de baile.
    𝑨𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒆𝒆𝒓: Esta trama contiene alusiones y referencias a la última temporada de "Los Originales" 𝑷𝒆𝒓𝒔𝒐𝒏𝒂𝒋𝒆𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒊𝒄𝒊𝒑𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔: [BarbieBxtch] [Nbl3Stag] [LittleWxlfie] [THE0LDERSISTER] [las7malraux] [thetribrid] [JUST.EVA] [ALS0NAMEDARTHUR] 𝑬𝒏𝒍𝒂𝒄𝒆𝒔 𝒓𝒆𝒇𝒆𝒓𝒊𝒅𝒐𝒔 𝒑𝒐𝒓 𝒂𝒍𝒖𝒔𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔: Esta trama contiene alusiones a aspectos roleados en otros starter: — https://ficrol.com/posts/151270 — https://ficrol.com/posts/235248 — https://ficrol.com/posts/151277 — https://ficrol.com/posts/300895 — https://ficrol.com/posts/151274 — https://ficrol.com/posts/337154 Convencer a Alaric Saltzman de ayudar a la familia Mikaelson, y más específicamente al propio Klaus como representante de toda la familia Mikaelson presente en Mystic Falls, no fue facil. Para nada facil. Las heridas del pasado no habían llegado a cerrarse del todo y, aunque Alaric habia sido una excelente figura paterna para Hope y aparentemente Saltzman tambien habia desarrollado cariño por la tríbrida, lo cierto era que esa relacion no habia ayudado a sanar los horrores del pasado ni el daño entre Alaric y Klaus. Pero, gracias a la intervención de Caroline, alguien cuya parcialidad por fin jugaba en favor de Klaus, Alaric terminó por consentir ayudar a los Mikaelson con la búsqueda del misterio de su extraña marca. Asi que Klaus y Alaric pasaron bastantes horas en la biblioteca. Uno no dejaba de traer libros seguro de haber visto antes ese símbolo en alguna parte. Y el otro, leía ávidamente agradeciendo los litros de café que Caroline traía para ellos de tanto en tanto. Llegado cierto punto de la noche incluso Caroline se habia unido al equipo de búsqueda de aquel extraño símbolo. Hasta que… -¡Lo sabía! -exclamó Alaric cuando las únicas luces de las que podían valerse eran las de las lámparas de la biblioteca. Hacia bastante rato que el sol se habia ocultado y que el silencio habia caído sobre la Escuela Salvatore. Klaus y Caroline lo miraron inmediatamente. -¿Qué? -preguntó Klaus poniéndose en pie a la vez que Caroline, rodeando los dos la mesa por extremos opuestos para llegar hasta Alaric quien dejó un libro extendido sobre la mesa. -Esa marca que tienes…- Alaric señaló el antebrazo de Klaus- Es antigua. Muy antigua. Tanto que he tenido que remontarme a mitos y leyendas. Nunca nadie habia visto esa marca antes, al menos no hay constancia de ello, por eso no está archivada en símbolos celta… -Al grano, amigo. ¿Qué es? -preguntó Klaus rodando los ojos. -Es la marca de una nigromante poderosa. La más antigua y poderosa del mundo. Su magia es tan antigua que no hay registros… Apenas leyendas en Inglaterra… Hablan de una bruja capaz de dominar la vida y la muerte… y de un hechicero cuyo poder rivalizaba con el suyo. Caroline cruzó los brazos. -De acuerdo, pero… ¿Qué tiene eso que ver con Klaus o con los resucitados? Alaric bajó la mirada hacia las páginas envejecidas. -Se amaban. Al menos eso dicen las historias. Durante años fueron inseparables. Pero algo ocurrió entre ellos… algo tan terrible que acabó convirtiendo su amor en una guerra. Él empezó a temer en quién podía convertirse ella. Y ella vio esa traición como el peor de los ataques. Klaus permaneció inmóvil, desviando la mirada hacia la marca de su brazo. -El problema -continuó Alaric- es que ninguno podía matar al otro. Habían sellado un pacto de sangre siglos atrás. Sus vidas quedaron unidas. Si uno moría… el otro también. Caroline frunció el ceño. -Pero entonces la guerra nunca podía terminar. -En efecto. Así que el hechicero hizo lo único que se le ocurrió, lo único que estaba en su mano. Creó un arma capaz de romper las leyes de ese pacto. Una espada forjada con magia antigua… entregada después a un rey que, según la profecía, sería el único capaz de detener a la bruja si algún día ella cruzaba el límite. Klaus alzó lentamente la mirada. -¿Excalibur…? -preguntó de forma irónica, pues era el único nombre de una espada que le vino a la mente. Y, no podía imaginarse lo acertado que estaba. Alaric asintió despacio. Klaus frunció las cejas y miró al primero esperando que aquello fuera una broma. -¿Qué tiene que ver la marca con esto…? Alaric tragó saliva de forma pesada antes de volver la página del libro. Las ilustraciones de los grabados estaban desgastadas por el tiempo, pero el símbolo dibujado sobre el papel era exactamente el mismo que ardía sobre la piel de Klaus. La medialuna entrelazada con una triqueta simple. -Porque esta marca no representa una maldición… No al uso, al menos… Representa pertenencia. Caroline dirigió tambien la mirada hacia el brazo de Klaus inmediatamente. -La leyenda dice -prosiguió Alaric- que, cuando comenzó la guerra, la bruja entendió algo: jamás podría derrotar al hechicero sola. No mientras él siguiera teniendo a reyes, ejércitos y magos luchando de su lado. Así que empezó a buscar una forma de crear su propio ejército. Klaus apretó la mandíbula, comprendiéndolo al instante. Después de haberse criado con una madre como la suya, comprendía que habia personas que no conocían el límite. Tampoco él, puede que le viniera por rama materna. Irónicamente. -Nigromancia… -dijo. No era una pregunta. -Al principio resucitaba soldados caídos -asintió Alaric- Guerreros. Brujos. Pero su magia evolucionó. Se volvió más oscura y mucho más poderosa. La marca era el vínculo que utilizaba para atar las almas resucitadas a su voluntad. Una llamada. Una invocación permanente. El silencio cayó entre los tres. -Según las leyendas -continuó Alaric en voz más baja-, aquellos que estaban marcados dejaban de pertenecer al mundo de los muertos. La bruja podía sentirlos, encontrarlos… incluso reclamar sus vidas otra vez si la traicionaban. Caroline negó con la cabeza lentamente. -No… -Y lo peor es que... -Alaric levantó la vista del libro-. Cuanto más poderoso era el resucitado, más valiosa resultaba la marca para ella. Porque no estaba creando simples soldados… estaba formando un ejército capaz de enfrentarse al único hombre al que jamás pudo destruir. Klaus sostuvo la mirada de Alaric unos segundos. -¿Y ese hombre era…? Alaric cerró el libro despacio. -Merlín. Y la mujer que te marcó… Morgana. Klaus dejó ir el aire de sus pulmones e intercambió una mirada con Caroline. -¿Hay algún modo de deshacernos de la marca? -preguntó Klaus- Como comprenderás, es una duda bastante acuciante para nosotros ahora mismo… Si esa bruja sigue resucitando gente, pronto Mystic Falls se encontrará ante una plaga de vampiros, brujos y lobos muertos hace siglos. ¿Qué tal os fue con el brujo Silas? Alaric tensó la mandíbula mirando el rostro de Klaus de abajo arriba. -Oye, que yo no tengo la culpa… Pero no… No hay registros que hablen de como deshacerse de la marca… -negó con la cabeza- Pero hay un hechizo de invocación. Podeis llamar a Morgana… Puede que tengas una oportunidad contra ella… Sin apartar la mirada de Klaus cerró el libro y se lo entregó. -Asegúrate de que nos devuelves el libro cuando termináis. Klaus tomó el libro sin apartar sus acerados orbes azules de los parejos de Alaric. -Solo una pregunta… en tu experiencia… Si matamos a Morgana… ¿moriremos tambien? Alaric no respondió. No al principio. -No lo sé. >> Regresar a Nueva Orleans fue más dulce que la marcha. Al menos ahora tenían un libro y le habían dado un nombre a su enemigo. Además, Klaus no regresó solo. Si bien Caroline sabia que Alaric sabría ocupar su puesto como director en funciones ninguno de los dos ocupantes del Audi de Klaus podían saber que les depararía aquella aventura. Pero saber que contaba con la presencia alentadora de Caroline era ya más que una ayuda para Klaus. No pretendía recuperar el tiempo perdido con ella, mucho menos sin saber si habría más tiempo después de aquella aventura. Pero Caroline no le habia abandonado la primera vez que su final se avecinaba y no quiso hacerlo aquella segunda vez. -Gracias, Caroline -le dijo el hibrido una vez que llegaron a Nueva Orleans- Es importante para mi que… quieras quedarte con nosotros. Y tu pericia nos será más útil en persona que por teléfono Salió del coche y recorrió a velocidad vampírica la distancia hasta la puerta de Caroline una vez que entraron en el complejo Mikaelson. -Estás a punto de entrar en la boca del lobo. ¿Lista, amor? -preguntó ofreciendo su mano para salir del coche. No dieron ni dos pasos dentro del Atrio del complejo cuando Freya y Keelan aparecieron por la puerta del salón de baile.
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  • El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así.
    Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños.

    Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor.
    Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años.

    Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches.

    Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales.
    Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara.

    Faltaba    dinero.
    Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo.
    Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta.
    Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente.
    Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad.

    𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯.

    Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara.
    Eran   como   sus   hijitos.

    El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos.

    Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban.
    Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.

       ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos.
    Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.
       ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜ 
    No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años.
    Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro.
    Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta.

    El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo.
    Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.
     El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos.
    Mine   vio   la   mano   levantarse.

    Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera.
    Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire.

    Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.
       ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜ 

    El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.
       ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜ 

       ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜ 
    Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera.

    Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.
       ❛    Fuera   ❜ 
    Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜

       ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜ 

    Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso.

    Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo.
    La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco.

    Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse.
    Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.

          ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo.

    Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie.

    Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz.

    El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar.

    El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina.

    Y   se   paró.

    Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro.

    La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos.

    Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos.

    Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo.

    El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso.

    Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue.

    Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era.

    Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
    El   orfanato   olía   a   humedad,   desde   que   Yoshitaka   tiene   memoria   había   sido   así. Las   paredes   sudaban   agua,   la   ropa   nunca   terminaba   de   secarse   del   todo   y   por   toda   la   casa   estaba   ese   olor   dulzón   de   leche   en   polvo   mal   disuelta   que   solían   darle   a   los   mas   pequeños.   Las   goteras   sonaban   como   un   metrónomo   durante   las   noches   de   tormenta,   y   las   grietas   en   el   yeso   dibujaban   mapas   que   a   veces   Yoshitaka   fingía   que   era   un   mapa   del   tesoro   en   un   intento   por   alegrar   a   los   mas   pequeños. Más   niños   significaban   más   dinero.   Esa   era   la   ecuación   simple   que   regía   sus   vidas,   el   hombre   que   los   había   acogido   amontonaba   cuerpos   como...   cómo   si   fueran   simples   objetos   sin   valor. Para   ese   entonces,   Yoshitaka   es   el   mayor,   con   solo   dieciséis   años. Los   siguientes   tenían   doce,   once,   nueve.   Luego   los   pequeños,   los   que   aún   no   sabían   atarse   los   zapatos   ni   pedir   por   favor.   Y   detrás   de   todos,   los   bebés   que   llegaban   y   se   iban   como   estaciones,   algunos   durando   semanas,   otros   meses,   antes   de   ser   trasladados   a   algún   lugar   que   Yoshitaka   imaginaba   mejor   solo   para   poder   dormir   por   las   noches. Los   golpes   del   día   anterior   no   habían   sido   normales. Normal   era   un   puñetazo   mal   dirigido,   un   manotazo   en   la   nuca,   un   empujón   escaleras   abajo.   Normal   era   el   dolor   sordo   que   se   convertía   en   moratón   y   luego   en   recuerdo.    Pero   lo   de   ayer   había   sido   diferente.    La   mano   del   hombre   había   cerrado   el   puño   con   una   intención   que  Mine   conocía   bien,  la   intención   de   dañar   y   no   de   castigar,   y   había   caído   una   y   otra   vez   sobre   su   espalda,   sus   costillas,   sus   brazos   levantados   en   un   intento   inútil   de   proteger   su   cara. Faltaba    dinero. Esa   había   sido   la   excusa,   siempre   había   una   excusa.    A   veces   era   un   plato   roto,   a   veces   un   niño   que   lloraba   demasiado,   a   veces   la   mirada   de   Yoshitaka,   que   según   el   hombre   ❛    siempre   estaba   juzgando   ❜ .    Pero  la verdad  era   que  la   subvención  había   llegado   tarde,   que   las   facturas   se   acumulaban,   que   el   alcohol   que   el   hombre   bebía   cada   noche   no   se   pagaba   solo. Cuando   el   hombre   se   fue   maldiciendo   y   la   puerta   se   cerró   con   un   golpe   que   hizo   temblar   las   paredes,    Yoshitaka   caminó   hasta   la   litera   más   alejada,   la   suya,   la   que   compartía   con   dos   hermanos   pequeños   que   ya   estaban   dormidos,   y   se  dejó   caer   sobre  la   fina   colchoneta. Ahí,   en    la  oscuridad,   con   el  ronquido   de   los   niños  pequeños   y   el   olor   a   humedad,   Yoshitaka  sollozó. Apretó   la   almohada   contra   su   cara   para   que   nadie   lo   oyera,   y   deseó,   con   una   claridad   que   le   daba   miedo,   no  despertar   al   día   siguiente. Cuando   el   pensamiento   se   formó   en   su   cabeza,   Yoshitaka  abrió  los   ojos  de  par  en   par  en   la  oscuridad. 𝘘𝘶𝘦́  𝘢𝘴𝘤𝘰  𝘥𝘦  𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢  𝘴𝘰𝘺,   pensó,  con   las  mejillas   aún   mojadas.    𝘘𝘶𝘦́   𝘢𝘴𝘤𝘰   𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳  𝘦𝘴𝘰  𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰  𝘦𝘭𝘭𝘰𝘴  𝘮𝘦  𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯. Porque   esa   era   la   verdad.    Ellos  lo   necesitaban.    Los   pequeños   que   aún   mojaban   la   cama   y   a   los   que   Yoshitaka   cambiaba   las   sábanas   sin   hacer   comentarios.    La   niña   que   estaba   aprendiendo   a   hablar   y   que   solo   repetía   las   palabras  cuando   era   él   quien   se   las   decía.    El   chico   de   doce   años   que   ya   estaba   aprendiendo   a   mantener   la   cabeza   alta   aunque   le   temblara. Eran   como   sus   hijitos. El   adolescente   no   sabía   cómo   ponerlo  en   palabras,   porque  a   los   dieciséis  años   nadie   le  había   enseñado  ese    vocabulario.  Solo   sabía   que   cuando   el   hombre   se   acercaba  a   alguno   de  los  más   pequeños,   sus     piernas   se   movían   solas  para  ponerse  en   medio.    Solo  sabía   que   cuando  lloraban  por  la  noche,  era  su  mano  la   que   buscaba  las  suyas   bajo  las  mantas.    Solo   sabía  que   cuando  alguien  tenía   hambre,   él   distribuía  su  propia   ración  en   porciones  más  pequeñas  para  que   alcanzara  para  todos. Aquella  mañana,  cuando  finalmente  logró   levantarse,   sus   piernas  temblaban. Ya  había   tres  niños   despiertos,   sentados   en   el   suelo  como  pajaritos   en  una   rama,   esperando.    Sus  ojos   se   iluminaron   cuando  lo  vieron,   a   pesar  de  su   cara,   a   pesar   de  la  cojera,   a  pesar  de  todo.    ❛    Yoshi-kun,   hoy   tenemos   hambre   ❜   dijo   la   más   pequeña,   tirando   de   su   camiseta   con   dedos   diminutos. Yoshitaka   se   arrodilló   con   esfuerzo,   las   rodillas   le   dolían,   todo   le   dolía,   y   le   dio   un   beso   en   la   frente.    ❛    Vamos a comer como Dios manda hoy,   ❜   dijo, y su voz sonó más firme de lo que se sentía   ❛    ¡Tengo carne!   ❜  No   era  cierto.  No  tenía  nada  de  carne.   Pero  sabía   de  un  puesto  en  el  mercado   que  a  veces  tiraba   los  recortes   al   final  del  día,   y  si   corría  rápido  y   sonreía  con  su   labio   partido,  quizás  la   señora  se  apiadaría  de  él  otra  vez.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Faltaban   tres   meses  para   que  Yoshitaka   cumpliera   dieciocho   años. Noventa   días.    Después   podría  firmar   papeles,   alquilar   un   cuarto,  conseguir   trabajo   de   verdad,   no   de  esos  turnos   en   el   mercado   donde  le  pagaban  con   recortes   de   carne  y    miserias.   Noventa   días   y   podría  llevarse  a  los  pequeños  a   algún   sitio   seguro. Esa   noche,   el   hombre  había  bebido   más   de  la   cuenta. El   olor  a   licor   barato  lo   golpeó  antes  de  que   pudiera  ver   nada.    Los   niños   estaban   todos  apilados   en   un   rincón,   callados demostrando   que   estaban   aterrados,   y   en   el   centro   del   salón   el   hombre   sujetaba   a   Takeshi   por   el   brazo. Takeshi   tenía   once   años.   Era   el   más   silencioso   de   todos,   el   que   mojaba   la   cama   y   escondía   las   sábanas   antes   de   que   nadie   pudiera   verlas,   el   que   tenía   los   ojos   demasiado   grandes   para   su   cara   y   las   manos   que   no   dejaban   de   temblar,   como   si   su   cuerpo   hubiera   aprendido   solo,   sin   que   nadie   le   enseñara,   que   el   mundo   era   un   lugar   lleno   de   golpes   inesperados.  El   cinturón   ya   estaba   desabrochado,   el   cuero   doblado   en   dos   entre   sus   dedos. Mine   vio   la   mano   levantarse. Yoshitaka   era   un   chico   que   pesaba   cada   decisión   antes   de   tomarla,   que   sabía   perfectamente   lo   que   significaba   enfrentarse   al   hombre,   lo   que   costaba,   lo   que   se   perdía.   Pero   en   ese   momento   no   hubo   nada   de   eso.   Solo   estaba   el   cuerpo   pequeño   de   Takeshi   y   su   propia   mano   moviéndose   sola,   antes   de   que   su   cabeza   pudiera   decirle   que   se   detuviera. Agarró   la   muñeca   del   hombre   en   el   aire. Yoshitaka   sintió   el   brazo   del   hombre   tensarse   bajo   sus   dedos.   La   carne   caliente,   el   músculo   apretado.   La   suya   propia   era   piel   sobre   hueso,   pero   no   soltó.    ❛    No,   ❜   dijo,   y   su   propia   voz   le   sonó   extraña,   como   si   viniera   de   más   lejos   de   lo   que   era.   ❛    No vas a golpearlo, ya no más.    ❜  El   hombre   lo   miró   de   verdad   por   primera   vez   en   años,   con   esos   ojos   inyectados   en   sangre   que   lo   recorrieron   de   arriba   a   abajo,   el   rostro   golpeado,   el   cuerpo   flaco,   las   manos   huesudas   aferradas   a   su   muñeca.    ❛    ¿Qué   has   dicho?   ❜     ❛    Que   no.   ❜   Yoshitaka   apretó   los   dientes.   Las   costillas   le   protestaban,   los   moratones   del   día   anterior   ardían   debajo   de   la   camiseta.   ❛    Si   quieres  golpear   a   alguien  aquí   estoy   yo.   Pero  a  él   no.    A   ninguno    de  ellos.   ❜  Esta   vez   no   terminó   de   la   misma   manera. Cuando   el   hombre   se   detuvo,   jadeando,   con   la   cara   enrojecida   por   el   esfuerzo   y   el   alcohol,   señaló   la   puerta   con   un   dedo   que   le   temblaba.    ❛    Fuera   ❜  Yoshitaka   parpadeó.   ❛    ¿Qué?   ❜    ❛    Que   te   largues   de   mi   casa.   No   quiero   verte   más.   ❜   Escupió   en   el   suelo.    ❛    Les   llenas   la   cabeza   de   ideas.   Te   crees   mejor   que   yo,   ¿verdad?   A   ver   cómo   te   va   en   la   calle.   ❜  Yoshitaka   miró   a   los   niños.   Algunos   lloraban   sin   ruido,   otros   tenían   los   ojos   vidriosos.   La   niña   pequeña,   la   del   cabello   oscuro   que   siempre   le   tiraba   de   la   camiseta   por   las   mañanas,   abrió   la   boca   para   decir   algo,   pero   uno   de   los   mayores   le   tapó   la   boca   con   la   mano.   Porque   sabían.   Sabían   que   despedirse   lo   empeoraría   todo,   que   Yoshitaka   se   iba   y   que   ninguno   de   ellos   podía   cambiar   eso. Sus   piernas   se   movieron   solas,   igual   que   antes   su   mano.   Cruzó   la   habitación,   cruzó   el   umbral,   sin   mirar   atrás,   porque   si   miraba   se   rompía,   y   romperse   era   un   lujo   que   no   existía   cuando   no   tenía   nada   más   que   a   sí   mismo. La   puerta   se   cerró   con   un   golpe   seco. Mine   se   quedó   en   la   calle   con   la   camiseta   rota   y   la   sangre   seca   en   los   labios   y   el   eco   de   los   niños   resonándole   dentro.   Caminó   hasta   que   las   piernas   le   fallaron   y   se   sentó   contra   la   pared   exterior   del   edificio,   abrazándose   las   rodillas,   y   lloró   sin   hacer   ruido,   porque   eso   también   lo   había   aprendido   ahí   dentro,   que   llorar   en   voz   alta   era   algo   que   no   podía   permitirse. Se   prometió   que   volvería.   Que   sería   alguien.   Que   los   sacaría   de   ahí   a   todos.       ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ Cuatro   años,   Yoshitaka   contó   cada   día   con   paciencia,   examen   por   examen,   semana   por   semana,   cada   hora   extra   que   realizó   el   primer   mes   apenas   tuvo   trabajo. Cuando   recibió   el   primer   sueldo   de   verdad,  no   compró   nada   para   él.   Llenó   una   caja   con   libros   para   los   mayores,   cuadernos   para   colorear   para   los   pequeños,   caramelos   envueltos   en   papel   brillante,   y   unos   zapatos   que   le   parecieron   del   número   correcto   para   Haruka,   aunque   cuatro   años   eran   muchos   años   y   los   pies   de   los   niños   no   esperan   a   nadie. Se   vistió   con   lo   más   casual   que   tenía.   No   quería   llegar   como   un   adulto   de   visita   oficial,   con   ese   porte   de   traje   y   corbata   que   hacía   que   los   niños   se   asustaran.   Quería   que   lo   reconocieran...   necesitaba   que   lo   reconocieran,   aunque   fuera   por   la   forma   de   caminar,   aunque   fuera   por   la   voz. El   tren   tardó   cuatro   horas   en   llegar   a   su   destino.   Pensó   en   Takeshi,   que   ahora   tendría   quince   años   y   probablemente   ya   no   mojaba   la   cama   pero   seguiría   teniendo   esas   manos   que   no   sabían   dónde   ponerse.   Pensó   en   Haruko,   seis   años   cuando   él   se   fue,   diez   ahora,   y   esperó   que   todavía   tirara   de   las   mangas   de   la   gente   para   hacerse   notar. El   barrio   seguía   siendo   el   mismo   barrio.   Los   postes   de   electricidad   inclinados   hacia   la   derecha,   la   tienda   de   la   esquina   con   el   letrero   descolorido,   las   mismas   calles   estrechas   donde   los   coches   tenían   que   subir   a   la   acera   para   cruzarse.   Mine   caminó   con   las   manos   en   los   bolsillos   y   la   caja   bajo   el   brazo   y   el   corazón   latíéndole   demasiado   arriba,   casi   en   la   garganta.   ❛    Todo   va   a   estar   bien,   ❜   se   dijo.   Dobló   la   esquina. Y   se   paró. Donde   había   estado   el   orfanato   había   un   solar   vacío.   Tierra   removida,   cascotes,   un   cartel   de   SE   VENDE   oxidado   que   se   movía   con   el   viento.   Nada   más.   Mine   parpadeó   como   si   el   problema   fuera   de   sus   ojos,   como   si   bastara   con   enfocar   mejor   para   que   los   ladrillos   volvieran   a   su   sitio   y   la   puerta   azul   apareciera   y   alguien   abriera   desde   dentro. La   caja   se   le   cayó   de   los   brazos. Se   sentó   en   el   bordillo   de   la   acera   y   se   dejó   caer,   con   la   espalda   doblada   y   los   codos   sobre   las   rodillas,   incapaz   de   sostener   el   peso   del   cuerpo   solo   con   las   piernas.   La   mochila   quedó   en   el   suelo   y   los   caramelos   seguían   dispersos. Mine   se   abrazó.   Los   brazos   rodeando   su   propio   torso,   los   dedos   apretando   la   tela   de   la   sudadera   gris   hasta   que   los   nudillos   se   pusieron   blancos.   Era   el   abrazo   de   alguien   que   no   tiene   a   nadie   que   lo   abraza   y   lleva   demasiado   tiempo   sabiéndolo. El   llanto   cuando   llegó   no   fue   silencioso;   No   fue   ese   llanto   apretado   contra   la   almohada   que   había   perfeccionado   de   niño .   Fue   un   llanto   desorganizado,   de   garganta,   que   dolía   al   salir   y   dejaba   un   sabor   metálico   en   los   labios.   Los   hombros   le   temblaron,   la   respiración   se   le   fue   en   pedazos.   Las   lágrimas   le   mojaron   la   mejilla   y   la   manga   de   la   sudadera   y   no   hizo   nada   por   detenerlas   porque   ya   no   le   quedaban   fuerzas   para   eso. Lloró   por   los   que   pasaron   por   ese   sitio   antes   de   que   él   llegara   y   después   de   que   él   se   fuera,   los   que   encontraron   algo   y   los   que   no   encontraron   nada   y   los   que   nunca   sabrá   cómo   les   fue. Lloró   por   él   mismo,   por   el   chico   de   diecisiete   que   se   fue   con   el   cuerpo   lleno   de   moretones   prometiéndose   volver,   que   construyó   algo   desde   la   nada   durante   cuatro   años   pensando   que   eso   era   suficiente,   que   llegar   con   los   brazos   llenos   de   cosas   simples   y   buenas   intenciones   era   suficiente.   No   lo   era. Un   mes.   Le   dijeron   después,   un   vecino   que   lo   reconoció   y   tuvo   la   compasión   suficiente   para   contarle.   El   orfanato   había   cerrado   un   mes   después   de   que   lo   echaran.   Un   mes.   Si   hubiera   esperado.   Si   no   hubiera   levantado   la   mano   aquella   noche.   Si   hubiera   aguantado   treinta   días   más.
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  • 𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝑆𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒 𝑉𝑖𝑒𝑗𝑎 𝑦 𝑁𝑢𝑒𝑣𝑎.

    Ya habían pasado casi cincuenta años desde aquella mañana en que tenía catorce y vi morir a toda mi familia. Cincuenta años de batallas, de heridas que cerraban solas, de despertar entre cadáveres mientras otros se pudrían a mi lado. Para entonces todos los que alguna vez me conocieron ya sabían lo que era, el inmortal, el maldito. El que la muerte escupía una y otra vez.

    Esa noche lo intentaron de verdad. Habíamos tomado la catedral dos días antes. Mis hombres, en ese entonces, un ejército harapiento de doscientos veteranos que me habían seguido durante la última guerra civil, acamparon entre los escombros. Yo entré solo a las criptas, como siempre. Salí cubierto de más sangre. Cuando me vieron, ya no había disimulo en sus ojos.

    El capitán Draven, que había luchado a mi lado durante quince años, fue el primero en hablar claro alrededor de la hoguera.

    "Mientras tú sigas vivo, nosotros nunca tendremos paz. Los sacerdotes dicen que eres una aberración. Que mientras camines, la maldición cae sobre todos los que te seguimos. Tenemos que acabar con esto."

    No discutí. Solo me quedé mirando las llamas. Esa misma noche vinieron por mí, cien hombres, todo un pelotón. Los que más me debían la vida fueron los que más afilaron sus cuchillos. Me despertaron con acero, una espada en la garganta, tres lanzas en el pecho, antorchas prendiendo mi capa. Sentí cómo me cortaban, me atravesaban, me quemaban. El dolor era el de siempre, profundo, interminable, caí y morí otra vez.

    Y desperté, Estaba en medio del patio principal de la catedral, rodeado de ruinas blancas ahora teñidas de rojo. Mi armadura negra estaba abollada y rota en mil lugares, pero mi cuerpo ya se había recompuesto. La capa roja y chamuscada, colgaba pesada, empapada, chorreando. Mi espada, simple y mellada por décadas de uso, yacía a unos metros, ma recogí. Ellos me miraron horrorizados, cien hombres armados, con lanzas, espadas y ballestas, retrocediendo como si yo fuera el demonio que creían.

    Draven gritó, "¡Matadlo otra vez! ¡Tiene que morir de verdad!"

    Cargaron. Fue una carnicería que duró toda la noche. Yo solo contra cien, no pedí piedad, ni di tregua. Cada vez que me derribaban, me levantaba minutos después. Cada vez que me abrían el vientre o me partían el cráneo, volvía a ponerme de pie. Corté gargantas, atravesé corazones, rompí rodillas. La sangre de mis antiguos hermanos salpicaba las paredes blancas de la catedral y se mezclaba con la mía.

    Al amanecer solo quedaban unos pocos vivos, retrocediendo entre los escombros. Draven estaba de rodillas frente a mí, con el brazo izquierdo colgando de un hilo y los ojos llenos de terror.

    "Perdónanos..." susurró.

    No respondí. Solo limpié mi espada en su capa y lo dejé allí, vivo, para que cargara con lo que había hecho.
    𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝑆𝑎𝑛𝑔𝑟𝑒 𝑉𝑖𝑒𝑗𝑎 𝑦 𝑁𝑢𝑒𝑣𝑎. Ya habían pasado casi cincuenta años desde aquella mañana en que tenía catorce y vi morir a toda mi familia. Cincuenta años de batallas, de heridas que cerraban solas, de despertar entre cadáveres mientras otros se pudrían a mi lado. Para entonces todos los que alguna vez me conocieron ya sabían lo que era, el inmortal, el maldito. El que la muerte escupía una y otra vez. Esa noche lo intentaron de verdad. Habíamos tomado la catedral dos días antes. Mis hombres, en ese entonces, un ejército harapiento de doscientos veteranos que me habían seguido durante la última guerra civil, acamparon entre los escombros. Yo entré solo a las criptas, como siempre. Salí cubierto de más sangre. Cuando me vieron, ya no había disimulo en sus ojos. El capitán Draven, que había luchado a mi lado durante quince años, fue el primero en hablar claro alrededor de la hoguera. "Mientras tú sigas vivo, nosotros nunca tendremos paz. Los sacerdotes dicen que eres una aberración. Que mientras camines, la maldición cae sobre todos los que te seguimos. Tenemos que acabar con esto." No discutí. Solo me quedé mirando las llamas. Esa misma noche vinieron por mí, cien hombres, todo un pelotón. Los que más me debían la vida fueron los que más afilaron sus cuchillos. Me despertaron con acero, una espada en la garganta, tres lanzas en el pecho, antorchas prendiendo mi capa. Sentí cómo me cortaban, me atravesaban, me quemaban. El dolor era el de siempre, profundo, interminable, caí y morí otra vez. Y desperté, Estaba en medio del patio principal de la catedral, rodeado de ruinas blancas ahora teñidas de rojo. Mi armadura negra estaba abollada y rota en mil lugares, pero mi cuerpo ya se había recompuesto. La capa roja y chamuscada, colgaba pesada, empapada, chorreando. Mi espada, simple y mellada por décadas de uso, yacía a unos metros, ma recogí. Ellos me miraron horrorizados, cien hombres armados, con lanzas, espadas y ballestas, retrocediendo como si yo fuera el demonio que creían. Draven gritó, "¡Matadlo otra vez! ¡Tiene que morir de verdad!" Cargaron. Fue una carnicería que duró toda la noche. Yo solo contra cien, no pedí piedad, ni di tregua. Cada vez que me derribaban, me levantaba minutos después. Cada vez que me abrían el vientre o me partían el cráneo, volvía a ponerme de pie. Corté gargantas, atravesé corazones, rompí rodillas. La sangre de mis antiguos hermanos salpicaba las paredes blancas de la catedral y se mezclaba con la mía. Al amanecer solo quedaban unos pocos vivos, retrocediendo entre los escombros. Draven estaba de rodillas frente a mí, con el brazo izquierdo colgando de un hilo y los ojos llenos de terror. "Perdónanos..." susurró. No respondí. Solo limpié mi espada en su capa y lo dejé allí, vivo, para que cargara con lo que había hecho.
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • - mirando las estrellas en su pequeño mundo pensado y diviendo para ella misma -

    (Me gustaria que lancelot viniera , a mi asi como si nada dijiera algo lindo y romatico)

    - da un supiro ya que solo era una idea tonta -

    Que engaño , lancelot no es igual que cabeza gueca de mi primo tristan .
    - mirando las estrellas en su pequeño mundo pensado y diviendo para ella misma - (Me gustaria que lancelot viniera , a mi asi como si nada dijiera algo lindo y romatico) - da un supiro ya que solo era una idea tonta - Que engaño , lancelot no es igual que cabeza gueca de mi primo tristan .
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  • THE FIGHT
    Categoría Acción
    * Cuando Bowen había planeado la reunión con su agente en aquel bar para charlar sobre su retiro no había previsto que la noche acabara así. Bowen había dejado de beber hacía rato, y lo llevaba de lo más bien, al punto que su agente Craig, iba por su segundo martini seco cuando escuchó la voz de Brandon. Randall que parecía no haber dejado una sola gota de alcohol fuera de su sistema, aquel cretino que por desgracia era el ex marido de su novia, se acercó a Huntley con demasiada hostilidad que no se apresuró a contener [ . . . ]


    Bowe se bajó de su coche sintiendo que le estallaba la cabeza y el labio que se había partido en la pelea con Brandon en el bar del cual habían sido echados a patadas prácticamente, y por suerte sin que la policía interviniera. Tenía el juego de llaves que Nina le había dado de regalo en uno de sus cumpleaños, quería explicarle el mismo lo que había pasado antes de que los titulares se pusieran alarmistas.

    Giró la llave sin querer hacer mucho ruido.

    𝗡𝗜𝗡𝗔 𝗥𝗜𝗩𝗔
    * Cuando Bowen había planeado la reunión con su agente en aquel bar para charlar sobre su retiro no había previsto que la noche acabara así. Bowen había dejado de beber hacía rato, y lo llevaba de lo más bien, al punto que su agente Craig, iba por su segundo martini seco cuando escuchó la voz de Brandon. Randall que parecía no haber dejado una sola gota de alcohol fuera de su sistema, aquel cretino que por desgracia era el ex marido de su novia, se acercó a Huntley con demasiada hostilidad que no se apresuró a contener [ . . . ] Bowe se bajó de su coche sintiendo que le estallaba la cabeza y el labio que se había partido en la pelea con Brandon en el bar del cual habían sido echados a patadas prácticamente, y por suerte sin que la policía interviniera. Tenía el juego de llaves que Nina le había dado de regalo en uno de sus cumpleaños, quería explicarle el mismo lo que había pasado antes de que los titulares se pusieran alarmistas. Giró la llave sin querer hacer mucho ruido. [HOUSE0FASHES]
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    20
    Estado
    Disponible
    5 turnos 0 maullidos
  • "Es hora de revivir entonces el proyecto banda de Ficrol. Primero que todo agradecer a los que estuvieron en la primera encarnación del proyecto, y que por diversos motivos tuvieron que dejarlo. Un enorme abrazo para ellos."

    "Bien, quiero presentarles a quienes encarnan este segundo intento uno por uno."

    "Primero, en voces, la Angelical, la luz guardiana Lady Céleste

    "Una voz intrigante como si viniera de otro planeta y un tono simplemente Paranormal¡Bianca Auditore !

    "Una nueva incursión en nuestras filas. La voz de una Deidad preciosa y poderosa ¡La entrega prodigiosa de Shane Miller!"

    "Nuestro primer vocalista Masculino. Una voz Fantasmal y helada que congela hasta el alma ¡Owen Weekes!

    "La precisión mágica por excelencia en las percusiones y batería. ¡Drizz Whirlpool! (Drizz Whirlpool)

    "¡La velocidad y técnica del rayo en las seis cuerdas, ¡La inigualable Nagi "

    "Y quien les Habla, en las seis cuerdas y voces ocasionales. Su Humilde servidor Jero."

    "SE NECESITA URGENTE ALGUIEN QUE PUEDA HACER EL ROL DE BAJISTA. SI ALGUIEN QUIERE TOCAR EL BAJO COMUNIQUESE CONMIGO."
    "Es hora de revivir entonces el proyecto banda de Ficrol. Primero que todo agradecer a los que estuvieron en la primera encarnación del proyecto, y que por diversos motivos tuvieron que dejarlo. Un enorme abrazo para ellos." "Bien, quiero presentarles a quienes encarnan este segundo intento uno por uno." "Primero, en voces, la Angelical, la luz guardiana [LadyCeleste2008] "Una voz intrigante como si viniera de otro planeta y un tono simplemente Paranormal¡[Freaky_Ghost_Ovni_531] ! "Una nueva incursión en nuestras filas. La voz de una Deidad preciosa y poderosa ¡La entrega prodigiosa de [ShaneMiller2000]!" "Nuestro primer vocalista Masculino. Una voz Fantasmal y helada que congela hasta el alma ¡[Ghostly_Singer_Spectrum]! "La precisión mágica por excelencia en las percusiones y batería. ¡Drizz Whirlpool! ([specter_gold_magician_349]) "¡La velocidad y técnica del rayo en las seis cuerdas, ¡La inigualable [Lighting_swordsman]" "Y quien les Habla, en las seis cuerdas y voces ocasionales. Su Humilde servidor Jero." "SE NECESITA URGENTE ALGUIEN QUE PUEDA HACER EL ROL DE BAJISTA. SI ALGUIEN QUIERE TOCAR EL BAJO COMUNIQUESE CONMIGO."
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