• # Expediente de Miembro del Culto

    ### Nombre

    Humphrey Moriarty

    ### Estado

    Fallecido

    ### Edad

    40 años

    ### Altura

    180 cm

    ### Complexión

    Robusta y corpulenta.

    ---

    ## Antecedentes

    Humphrey Moriarty ingresó en el culto a la edad de veinticinco años. Antes de su reclutamiento ejercía como instructor de combate, profesión en la que acumuló una reputación controvertida. Diversos rumores sostienen que se aprovechaba de su posición de autoridad para obtener favores de alumnas e incluso de algunos alumnos masculinos, prometiendo oportunidades dentro de competiciones profesionales a cambio de su obediencia.

    Por azares del destino conoció a un miembro del culto que lo introdujo en la doctrina de la organización. Considerado un sujeto idóneo para pruebas experimentales, fue expuesto al Drive mediante inyección directa. Contra todo pronóstico sobrevivió al procedimiento y despertó habilidades anómalas vinculadas al fenómeno.

    Durante los años siguientes perfeccionó sus capacidades y, en un lapso aproximado de cinco años, logró convertirse en un miembro funcional dentro de los estratos inferiores de la jerarquía. Aunque jamás destacó por su liderazgo ni por su intelecto, su utilidad operativa resultó innegable.

    ---

    ## Evaluación Interna

    A pesar de su lealtad y eficiencia, sus excesos y perversiones eran considerados desagradables incluso por los propios fundadores del culto. Numerosos informes internos lo describen como un individuo impulsivo, depravado y proclive a cruzar límites que otros miembros consideraban inaceptables.

    ---

    ## Fallecimiento

    Fecha de defunción: 13 de junio.

    Causa: Eliminado por los ladrones del pendrive durante una operación de recuperación.

    Si bien Moriarty perdió la vida en el cumplimiento de su misión, los resultados obtenidos fueron considerados satisfactorios. Gracias a la información proporcionada por Boris Madai y a las acciones coordinadas de otros agentes, el pendrive fue recuperado exitosamente.

    La investigación posterior permitió identificar a casi todos los enemigos involucrados en el incidente.

    Las pesquisas prosiguen.

    ---

    ## Resultado Operacional

    Objetivo principal: Recuperación del pendrive.

    Resultado: Cumplido.

    Estado de la investigación: En curso.

    Nivel de amenaza actual: Mínima.

    ---

    "Humphrey Moriarty fue muchas cosas: útil, brutal y profundamente desagradable. Su muerte no representa una pérdida significativa para la organización, pero su último servicio resultó provechoso para nuestros intereses."
    # Expediente de Miembro del Culto ### Nombre Humphrey Moriarty ### Estado Fallecido ### Edad 40 años ### Altura 180 cm ### Complexión Robusta y corpulenta. --- ## Antecedentes Humphrey Moriarty ingresó en el culto a la edad de veinticinco años. Antes de su reclutamiento ejercía como instructor de combate, profesión en la que acumuló una reputación controvertida. Diversos rumores sostienen que se aprovechaba de su posición de autoridad para obtener favores de alumnas e incluso de algunos alumnos masculinos, prometiendo oportunidades dentro de competiciones profesionales a cambio de su obediencia. Por azares del destino conoció a un miembro del culto que lo introdujo en la doctrina de la organización. Considerado un sujeto idóneo para pruebas experimentales, fue expuesto al Drive mediante inyección directa. Contra todo pronóstico sobrevivió al procedimiento y despertó habilidades anómalas vinculadas al fenómeno. Durante los años siguientes perfeccionó sus capacidades y, en un lapso aproximado de cinco años, logró convertirse en un miembro funcional dentro de los estratos inferiores de la jerarquía. Aunque jamás destacó por su liderazgo ni por su intelecto, su utilidad operativa resultó innegable. --- ## Evaluación Interna A pesar de su lealtad y eficiencia, sus excesos y perversiones eran considerados desagradables incluso por los propios fundadores del culto. Numerosos informes internos lo describen como un individuo impulsivo, depravado y proclive a cruzar límites que otros miembros consideraban inaceptables. --- ## Fallecimiento Fecha de defunción: 13 de junio. Causa: Eliminado por los ladrones del pendrive durante una operación de recuperación. Si bien Moriarty perdió la vida en el cumplimiento de su misión, los resultados obtenidos fueron considerados satisfactorios. Gracias a la información proporcionada por Boris Madai y a las acciones coordinadas de otros agentes, el pendrive fue recuperado exitosamente. La investigación posterior permitió identificar a casi todos los enemigos involucrados en el incidente. Las pesquisas prosiguen. --- ## Resultado Operacional Objetivo principal: Recuperación del pendrive. Resultado: Cumplido. Estado de la investigación: En curso. Nivel de amenaza actual: Mínima. --- "Humphrey Moriarty fue muchas cosas: útil, brutal y profundamente desagradable. Su muerte no representa una pérdida significativa para la organización, pero su último servicio resultó provechoso para nuestros intereses."
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  • # Expediente de Miembro Honorario

    ## Nombre

    Boris Madai

    ## Estado Actual

    Prisionero en la Cárcel del Fin del Mundo

    ## Edad

    33 años

    ## Altura

    175 cm

    ## Complexión

    Delgada.

    ## Habilidad Anómala

    ### Ruleta del Destino

    Un poder extraordinariamente impredecible capaz de alterar las probabilidades y someter a terceros a desafíos gobernados por el azar. Los detalles exactos de su funcionamiento continúan siendo materia de estudio, aunque existen numerosos registros que confirman su efectividad en operaciones de interrogatorio y obtención de información.

    ---

    # Antecedentes

    Boris Madai es considerado una figura histórica dentro del Culto de Saturno. Su nombre es conocido entre múltiples facciones y goza del respeto de numerosos altos cargos de la organización.

    Sus inicios fueron humildes. Durante años trabajó como chófer y pasaba el tiempo jugando a las cartas con guardias y mercenarios destinados a distintas instalaciones del culto. En aquella época nadie imaginaba que terminaría convirtiéndose en una de las figuras más reconocidas de la organización.

    Su ascenso comenzó durante una operación particularmente delicada.

    Un importante empresario, perteneciente a una élite política de gran influencia, poseía información financiera que el culto necesitaba obtener. La tortura estaba descartada debido a las repercusiones políticas que podría generar.

    La situación parecía estancada.

    Fue entonces cuando Boris manifestó por primera vez su habilidad.

    Ante numerosos testigos activó la Ruleta del Destino y sometió al objetivo a una experiencia que los informes describen como "psicológicamente devastadora". El empresario sobrevivió, pero desarrolló un severo cuadro de estrés postraumático.

    La información fue obtenida en su totalidad.

    Aquel día Boris fue aceptado formalmente en el culto.

    ---

    # Intentos de Ascenso

    A pesar de sus éxitos operativos, muchos miembros nunca llegaron a tomarlo completamente en serio. Algunos consideraban que sus victorias dependían demasiado de la suerte y no de su propia capacidad.

    Cansado de las burlas y la condescendencia, Boris desafió al Recaudador de Impuestos, uno de los miembros más temidos de la organización.

    El resultado fue humillante. Tres rondas consecutivas. Tres derrotas.

    El Recaudador abandonó el enfrentamiento prácticamente ileso y sin mostrar el menor signo de preocupación.

    Meses después, durante una cena privada con el Fundador del Culto, Boris volvió a intentarlo.

    El resultado fue similar. Derrotado nuevamente. Esta vez decidió rendirse tras la segunda ronda, temiendo repetir la experiencia anterior.

    A partir de aquel momento abandonó cualquier ambición de integrarse en los Guardianes del Séptimo Sello y se concentró en labores menores, acumulando desde entonces una impresionante racha de éxitos operativos.

    ---

    # Incidente del Pendrive

    El robo del pendrive marcó el punto de inflexión de su carrera.

    Debido a su proximidad geográfica fue asignado inmediatamente a la operación de recuperación.

    La misión inicial fue un éxito.

    Boris consiguió localizar el objeto robado e identificar a los responsables.

    Sin embargo, los acontecimientos posteriores desafían toda explicación racional.

    Los agentes bajo su mando fueron encontrados muertos.

    Los análisis forenses determinaron una causa de muerte inusual: asfixia provocada por la presencia masiva de cenizas en los pulmones.

    Ninguna teoría oficial ha logrado explicar satisfactoriamente lo ocurrido.

    Las hipótesis actualmente consideradas son las siguientes:

    ●Boris Madai fue derrotado durante una partida relacionada con su propia habilidad.

    ●Existió un tercer participante desconocido involucrado en el enfrentamiento.

    ●Una entidad o fenómeno aún no identificado intervino en el incidente.

    La investigación permanece abierta.

    ---

    # Evaluación Actual

    Aunque su fracaso culminó con su captura y posterior encarcelamiento en la Cárcel del Fin del Mundo, el Consejo reconoce que Boris cumplió adecuadamente con los objetivos asignados hasta el momento de su derrota.

    Su contribución permitió identificar a casi todos los enemigos del culto y recuperar información crítica para futuras operaciones.

    ---

    # Valoración Oficial

    Nivel de Amenaza: Moderado.

    Lealtad: Incuestionable.

    Competencia Operativa: Elevada.

    Potencial de Ascenso: Cancelado.

    Estado Honorífico: Aprobado.

    ---

    "Pocos agentes han servido con tanta constancia durante tantos años. Boris Madai jamás alcanzó las cimas que ambicionaba, pero donde otros habrían abandonado, él continuó trabajando. Un profesional de los que ya no quedan."
    # Expediente de Miembro Honorario ## Nombre Boris Madai ## Estado Actual Prisionero en la Cárcel del Fin del Mundo ## Edad 33 años ## Altura 175 cm ## Complexión Delgada. ## Habilidad Anómala ### Ruleta del Destino Un poder extraordinariamente impredecible capaz de alterar las probabilidades y someter a terceros a desafíos gobernados por el azar. Los detalles exactos de su funcionamiento continúan siendo materia de estudio, aunque existen numerosos registros que confirman su efectividad en operaciones de interrogatorio y obtención de información. --- # Antecedentes Boris Madai es considerado una figura histórica dentro del Culto de Saturno. Su nombre es conocido entre múltiples facciones y goza del respeto de numerosos altos cargos de la organización. Sus inicios fueron humildes. Durante años trabajó como chófer y pasaba el tiempo jugando a las cartas con guardias y mercenarios destinados a distintas instalaciones del culto. En aquella época nadie imaginaba que terminaría convirtiéndose en una de las figuras más reconocidas de la organización. Su ascenso comenzó durante una operación particularmente delicada. Un importante empresario, perteneciente a una élite política de gran influencia, poseía información financiera que el culto necesitaba obtener. La tortura estaba descartada debido a las repercusiones políticas que podría generar. La situación parecía estancada. Fue entonces cuando Boris manifestó por primera vez su habilidad. Ante numerosos testigos activó la Ruleta del Destino y sometió al objetivo a una experiencia que los informes describen como "psicológicamente devastadora". El empresario sobrevivió, pero desarrolló un severo cuadro de estrés postraumático. La información fue obtenida en su totalidad. Aquel día Boris fue aceptado formalmente en el culto. --- # Intentos de Ascenso A pesar de sus éxitos operativos, muchos miembros nunca llegaron a tomarlo completamente en serio. Algunos consideraban que sus victorias dependían demasiado de la suerte y no de su propia capacidad. Cansado de las burlas y la condescendencia, Boris desafió al Recaudador de Impuestos, uno de los miembros más temidos de la organización. El resultado fue humillante. Tres rondas consecutivas. Tres derrotas. El Recaudador abandonó el enfrentamiento prácticamente ileso y sin mostrar el menor signo de preocupación. Meses después, durante una cena privada con el Fundador del Culto, Boris volvió a intentarlo. El resultado fue similar. Derrotado nuevamente. Esta vez decidió rendirse tras la segunda ronda, temiendo repetir la experiencia anterior. A partir de aquel momento abandonó cualquier ambición de integrarse en los Guardianes del Séptimo Sello y se concentró en labores menores, acumulando desde entonces una impresionante racha de éxitos operativos. --- # Incidente del Pendrive El robo del pendrive marcó el punto de inflexión de su carrera. Debido a su proximidad geográfica fue asignado inmediatamente a la operación de recuperación. La misión inicial fue un éxito. Boris consiguió localizar el objeto robado e identificar a los responsables. Sin embargo, los acontecimientos posteriores desafían toda explicación racional. Los agentes bajo su mando fueron encontrados muertos. Los análisis forenses determinaron una causa de muerte inusual: asfixia provocada por la presencia masiva de cenizas en los pulmones. Ninguna teoría oficial ha logrado explicar satisfactoriamente lo ocurrido. Las hipótesis actualmente consideradas son las siguientes: ●Boris Madai fue derrotado durante una partida relacionada con su propia habilidad. ●Existió un tercer participante desconocido involucrado en el enfrentamiento. ●Una entidad o fenómeno aún no identificado intervino en el incidente. La investigación permanece abierta. --- # Evaluación Actual Aunque su fracaso culminó con su captura y posterior encarcelamiento en la Cárcel del Fin del Mundo, el Consejo reconoce que Boris cumplió adecuadamente con los objetivos asignados hasta el momento de su derrota. Su contribución permitió identificar a casi todos los enemigos del culto y recuperar información crítica para futuras operaciones. --- # Valoración Oficial Nivel de Amenaza: Moderado. Lealtad: Incuestionable. Competencia Operativa: Elevada. Potencial de Ascenso: Cancelado. Estado Honorífico: Aprobado. --- "Pocos agentes han servido con tanta constancia durante tantos años. Boris Madai jamás alcanzó las cimas que ambicionaba, pero donde otros habrían abandonado, él continuó trabajando. Un profesional de los que ya no quedan."
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    –𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: Striker
    —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Mansión principal de la familia Greco, anillo del orgullo.
    —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙧𝙚𝙨𝙚𝙣𝙩𝙚.

    Acababa de llegar hacía poco. Y era una fecha.. ¿Triste?¿Desafortunada? No sabría definirlo, pues la mayor parte de veces Arackniss no distinguía como se sentía. Pero, le gustaba ver aquello como una fecha que enseñaba una importante lección: “No seas imbecil y no pienses con la polla”. Ya que de nuevo, la fecha en la que su hermano menor había pasado de ser el overlord de la mafia a un… En fin… sucio juguete que pertenecía a un bicho con ínfulas de grandeza, todo por perder el culo por un gato viejo… Mira que se lo advirtió, una y otra vez… Que debía de ser más listo perdería todo… y así fue. Pero claro, nadie escucha nunca lâ bueno de Alessio… no..

    Pero en fin, ya llevaba más de treinta años así, en los cuales lo poco que había sabido de él era por los carteles obscenos que había por la calle, y que se esforzaba en no ver. Vomitivo.

    Suspiró…Habia regresado de una reunión complicada y para colmo, su padre ha lo estaba obligando a otra pero, con él. Seguramente para saber por las negociaciones, poco sospechaba que eñ verdad iban a presentarle a un compañero indeseado y que desde luego ocultaría sus auténticas intenciones.

    Al llegar a la puerta del despacho de su padre, quien ahora de nuevo era el jefe de la mafia pese a no querer convertirse en overlord, puesto que overlord implicaba tener una fama y la fama era dar informacion y por ello, prefería ser un pecador anónimo. Arackniss no sabía si la decisión de Henroin era más inteligente que la de Ángel o no, nunca se paró a pensarlo y lo cierto es que, como muchas cosas: le daba igual.
    Esperó, hasta que escuchó la voz ronca de su padre dándole permiso para entrar a la sala, como siempre, semi oscura y siniestra para causar aquel efecto amedrentante en enemigos y en aliados.

    Entró y por unos instantes se detuvo, a penas unos Segundos eñ los que de ser más expresivo, probablemente habria alzado una ceja al ver a un imp de pie, al lado de su padre como siempre fuera un socio más, cuando era sabido que precisamente los Greco eran quienes eran por su hermetismo. Nada de dejar entrar a absolutamente nadie que no fuera familia y desde luego un imp jamás lo sería. Aún así, se sentó en el asiento de cuero eñ frente del escritorio de su padre, como era habitual. Siendo tan bajito que el asiento parecia enorme y además le colgaban las piernas. A punto estuvo de comenzar su informe cuando su padre empezó a dar explicaciones a las que no prestó demasiada atención hasta la parte en la que señaló al imp y las palabras: “Sera tu compañero” fueron pronunciadas. Momento en que giró lentamente la cabeza hacia el mencionado, afilando la mirada de forma casi imperceptible, parpadear lentamente un par de veces y pronunciar un casi susurrado:

    —¿Que?—
    –𝙍𝙤𝙡 𝙘𝙤𝙣: [shimmer_teal_kangaroo_688] —𝙡𝙪𝙜𝙖𝙧: Mansión principal de la familia Greco, anillo del orgullo. —𝙋𝙚𝙧𝙩𝙚𝙣𝙚𝙘𝙚 𝙖𝙡 𝙥𝙧𝙚𝙨𝙚𝙣𝙩𝙚. Acababa de llegar hacía poco. Y era una fecha.. ¿Triste?¿Desafortunada? No sabría definirlo, pues la mayor parte de veces Arackniss no distinguía como se sentía. Pero, le gustaba ver aquello como una fecha que enseñaba una importante lección: “No seas imbecil y no pienses con la polla”. Ya que de nuevo, la fecha en la que su hermano menor había pasado de ser el overlord de la mafia a un… En fin… sucio juguete que pertenecía a un bicho con ínfulas de grandeza, todo por perder el culo por un gato viejo… Mira que se lo advirtió, una y otra vez… Que debía de ser más listo perdería todo… y así fue. Pero claro, nadie escucha nunca lâ bueno de Alessio… no.. Pero en fin, ya llevaba más de treinta años así, en los cuales lo poco que había sabido de él era por los carteles obscenos que había por la calle, y que se esforzaba en no ver. Vomitivo. Suspiró…Habia regresado de una reunión complicada y para colmo, su padre ha lo estaba obligando a otra pero, con él. Seguramente para saber por las negociaciones, poco sospechaba que eñ verdad iban a presentarle a un compañero indeseado y que desde luego ocultaría sus auténticas intenciones. Al llegar a la puerta del despacho de su padre, quien ahora de nuevo era el jefe de la mafia pese a no querer convertirse en overlord, puesto que overlord implicaba tener una fama y la fama era dar informacion y por ello, prefería ser un pecador anónimo. Arackniss no sabía si la decisión de Henroin era más inteligente que la de Ángel o no, nunca se paró a pensarlo y lo cierto es que, como muchas cosas: le daba igual. Esperó, hasta que escuchó la voz ronca de su padre dándole permiso para entrar a la sala, como siempre, semi oscura y siniestra para causar aquel efecto amedrentante en enemigos y en aliados. Entró y por unos instantes se detuvo, a penas unos Segundos eñ los que de ser más expresivo, probablemente habria alzado una ceja al ver a un imp de pie, al lado de su padre como siempre fuera un socio más, cuando era sabido que precisamente los Greco eran quienes eran por su hermetismo. Nada de dejar entrar a absolutamente nadie que no fuera familia y desde luego un imp jamás lo sería. Aún así, se sentó en el asiento de cuero eñ frente del escritorio de su padre, como era habitual. Siendo tan bajito que el asiento parecia enorme y además le colgaban las piernas. A punto estuvo de comenzar su informe cuando su padre empezó a dar explicaciones a las que no prestó demasiada atención hasta la parte en la que señaló al imp y las palabras: “Sera tu compañero” fueron pronunciadas. Momento en que giró lentamente la cabeza hacia el mencionado, afilando la mirada de forma casi imperceptible, parpadear lentamente un par de veces y pronunciar un casi susurrado: —¿Que?—
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  • Contempló a Daozhang Xiao Xingchen con la serenidad implacable de las divinidades antiguas. El taotista, aunque advertía la naturaleza del ser que se erguía ante él, permaneció inmóvil, pues había aprendido que el temor concede poder a aquello que lo inspira. Sin embargo, el dios de las pesadillas no había acudido para disputar con un mortal, sino para servirse de él como de un instrumento. La tenue claridad del sueño se extinguió paulatinamente, y el mundo quedó reducido a un espacio informe donde sólo subsistían el dios y el hombre.

    —Conozco el vínculo que te une a Morfeo —dijo, cuya voz parecía surgir de todas las direcciones a un tiempo. —Sé que Morfeo ha depositado en ti una confianza que no prodiga a los hombres.

    Avanzó un paso. A su alrededor comenzaron a surgir las formas de innumerables bestias, criaturas nacidas del espanto y alimentadas por las sombras del corazón humano.

    —No he venido a doblegar tu espíritu. He venido a quebrantar tu reposo. Dormirás, y en tus sueños levantaré tales horrores que el nombre de Morfeo escapará de tus labios antes de que tu razón pueda contenerlo.

    Entonces alzó la diestra y, sin necesidad de conjuro ni ademán solemne, pronunció su sentencia con la altivez de quien sabe que sus decretos son irrevocables.

    — Puesto que te ufanas de gobernar tu espíritu, conocerás el peso de mi voluntad. Te despojo del privilegio de la vigilia y te condeno a una somnolencia insaciable. El sueño descenderá sobre tus párpados con la gravedad de una montaña, tus miembros se tornarán débiles y tu mente, por más que se resista, será arrastrada hacia mi reino. No hallarás refugio en la meditación, ni fortaleza en tu disciplina, ni auxilio en las doctrinas que profesas; pues allí donde cierres los ojos, mis sombras te aguardarán. Y en el fondo de cada pesadilla sembraré un terror tan profundo que tus propios sueños clamarán por Morfeo, quien, ignorante de mi designio, acudirá a tu socorro sólo para descubrir que ha cruzado el umbral de la trampa que he dispuesto para él. — Dichas estas palabras, una pesadez antinatural se apoderó de Daozhang Xiao Xingchen
    Contempló a [Daozhang_XiaoXingchen] con la serenidad implacable de las divinidades antiguas. El taotista, aunque advertía la naturaleza del ser que se erguía ante él, permaneció inmóvil, pues había aprendido que el temor concede poder a aquello que lo inspira. Sin embargo, el dios de las pesadillas no había acudido para disputar con un mortal, sino para servirse de él como de un instrumento. La tenue claridad del sueño se extinguió paulatinamente, y el mundo quedó reducido a un espacio informe donde sólo subsistían el dios y el hombre. —Conozco el vínculo que te une a Morfeo —dijo, cuya voz parecía surgir de todas las direcciones a un tiempo. —Sé que Morfeo ha depositado en ti una confianza que no prodiga a los hombres. Avanzó un paso. A su alrededor comenzaron a surgir las formas de innumerables bestias, criaturas nacidas del espanto y alimentadas por las sombras del corazón humano. —No he venido a doblegar tu espíritu. He venido a quebrantar tu reposo. Dormirás, y en tus sueños levantaré tales horrores que el nombre de Morfeo escapará de tus labios antes de que tu razón pueda contenerlo. Entonces alzó la diestra y, sin necesidad de conjuro ni ademán solemne, pronunció su sentencia con la altivez de quien sabe que sus decretos son irrevocables. — Puesto que te ufanas de gobernar tu espíritu, conocerás el peso de mi voluntad. Te despojo del privilegio de la vigilia y te condeno a una somnolencia insaciable. El sueño descenderá sobre tus párpados con la gravedad de una montaña, tus miembros se tornarán débiles y tu mente, por más que se resista, será arrastrada hacia mi reino. No hallarás refugio en la meditación, ni fortaleza en tu disciplina, ni auxilio en las doctrinas que profesas; pues allí donde cierres los ojos, mis sombras te aguardarán. Y en el fondo de cada pesadilla sembraré un terror tan profundo que tus propios sueños clamarán por Morfeo, quien, ignorante de mi designio, acudirá a tu socorro sólo para descubrir que ha cruzado el umbral de la trampa que he dispuesto para él. — Dichas estas palabras, una pesadez antinatural se apoderó de [Daozhang_XiaoXingchen]
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    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」



    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」 Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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  • Era un buen soldado. Un profesional de élite. Su forma de moverse, de sujetar el cuchillo, lo delataban. Dejé que se moviera primero. No fue vanidad. Fue una constatación.

    La adrenalina provocaba que las pulsaciones me golpearan las sienes como un tambor.

    Hizo un amago. Luego un intento. No llegó.

    El resultado habría sido distinto si yo fuese como él.

    Normal.

    Lo maté mirándole a los ojos. No sentí nada. Quizá eso fue lo que más me dolió al volver a la base a entregar el informe.

    Siete bajas. Ninguna nuestra. Seis mías. Una de Nyx. El V.I.P. a salvo y en camino.

    El dolor llegó después. A solas conmigo mismo cuando repasaba la misión, sentado en el sillón, a oscuras y fumando.

    Esa manía me la inculcó el viejo. Siempre me decía que cuando limpiamos el cañón del arma, debemos entender por qué disparamos. Repasar el plan, su ejecución y obtener la certeza de si fue un éxito o un fracaso independientemente de los resultados.

    No antes.

    No durante.

    Sólo después.
    Era un buen soldado. Un profesional de élite. Su forma de moverse, de sujetar el cuchillo, lo delataban. Dejé que se moviera primero. No fue vanidad. Fue una constatación. La adrenalina provocaba que las pulsaciones me golpearan las sienes como un tambor. Hizo un amago. Luego un intento. No llegó. El resultado habría sido distinto si yo fuese como él. Normal. Lo maté mirándole a los ojos. No sentí nada. Quizá eso fue lo que más me dolió al volver a la base a entregar el informe. Siete bajas. Ninguna nuestra. Seis mías. Una de Nyx. El V.I.P. a salvo y en camino. El dolor llegó después. A solas conmigo mismo cuando repasaba la misión, sentado en el sillón, a oscuras y fumando. Esa manía me la inculcó el viejo. Siempre me decía que cuando limpiamos el cañón del arma, debemos entender por qué disparamos. Repasar el plan, su ejecución y obtener la certeza de si fue un éxito o un fracaso independientemente de los resultados. No antes. No durante. Sólo después.
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    ACTA DE INSPECCIÓN Y LEVANTAMIENTO DE INDICIOS N.º 47

    Fecha: Registrada en horas postreras de la noche.

    Lugar: Marisma boscosa situada en la periferia septentrional del distrito.

    Intervinientes: Agente de la guardia local y el presbítero investigador Zelkova Legasov.

    Relación de los hechos: Conforme a diversos rumores concernientes a una corrupción de origen incierto que afligía los contornos de la comarca, el joven clérigo Zelkova Legasov emprendió pesquisas junto a un oficial veterano, sujeto conocido por su manifiesto hastío respecto a las torpezas y negligencias de la administración civil.

    Mientras ambos transitaban por un soto cenagoso, cubierto de neblina y lodos pestilentes, sostuvo el reverendo la siguiente observación:

    ●Espero que no estés en lo cierto o, si no...

    A lo cual respondió el agente:

    ☆Créeme, muchacho. Es peor de lo que imaginas, y puede estar relacionado con tu pasado eclesiástico.

    Prosiguieron la marcha bajo la escasa luminaria lunar, internándose entre juncales, cipreses anegados y espesuras infestadas de insectos. Aproximadamente pasada la medianoche, los comparecientes descubrieron un cadáver femenino dispuesto en una escena de singular atrocidad.

    La occisa, de edad juvenil, yacía inmóvil sobre el fango. Presentaba una extraña sigila grabada en la región dorsal. Asimismo, unos cuernos de venado habían sido fijados a su cabeza de manera deliberada, otorgándole una apariencia grotesca y ceremonial. Las manos se hallaban cosidas entre sí, colocadas en posición semejante a una plegaria, aunque desprovista de toda sacralidad y revestida, en cambio, de una impronta ominosa y sacrílega.

    El hedor desprendido por el cuerpo era particularmente nauseabundo. El agente manifestó visible consternación y declaró:

    ☆Esto es horrible... Tiene la edad de mi hija.

    No obstante, el sacerdote Legasov conservó notable compostura. Sin apartar la vista de la escena, procedió a registrar observaciones en una bitácora de cuero, consignando minuciosamente cada detalle del hallazgo.

    Durante el examen de la marca inscrita en la espalda de la víctima, se advirtió un repentino cambio en el semblante del presbítero. El color abandonó su rostro y sus facciones adquirieron una rigidez impropia de quien hasta entonces se había mostrado impasible.

    El oficial, percibiendo tal alteración, inquirió:

    ☆¿Qué sucede?

    Tras una breve pausa, añadió:

    ☆Si me lo preguntas, parece una suerte de mensaje o señal de lindero, como las que dejan las bestias para marcar territorio.

    El reverendo respondió con tono acerbo:

    ●No... Es el Culto de Saturno.

    La respuesta fue seguida por un prolongado silencio. El agente no mostró reconocimiento alguno ante dicha denominación, como si jamás hubiese escuchado referencia semejante.

    Según consta en las anotaciones recogidas posteriormente, el sacerdote permaneció varios instantes contemplando la marca. Finalmente, en voz apenas perceptible, pronunció las siguientes palabras:

    ●Sé que estás metido en esto, Mr. M... Y juro, que Dios me escuche, voy a por ti.

    Observaciones finales:

    Se deja constancia de que el presbítero Zelkova Legasov exhibió una reacción impropia de un investigador ajeno al caso, sugiriendo conocimiento previo respecto de la simbología encontrada y de posibles implicados. La naturaleza ritual del crimen, la disposición mortuoria de la víctima y la referencia al denominado Culto de "Saturno" indican la probable existencia de una organización clandestina vinculada a prácticas heréticas, sacrificios ceremoniales y otros actos de extrema perversidad.

    Fin del informe.
    ACTA DE INSPECCIÓN Y LEVANTAMIENTO DE INDICIOS N.º 47 Fecha: Registrada en horas postreras de la noche. Lugar: Marisma boscosa situada en la periferia septentrional del distrito. Intervinientes: Agente de la guardia local y el presbítero investigador Zelkova Legasov. Relación de los hechos: Conforme a diversos rumores concernientes a una corrupción de origen incierto que afligía los contornos de la comarca, el joven clérigo Zelkova Legasov emprendió pesquisas junto a un oficial veterano, sujeto conocido por su manifiesto hastío respecto a las torpezas y negligencias de la administración civil. Mientras ambos transitaban por un soto cenagoso, cubierto de neblina y lodos pestilentes, sostuvo el reverendo la siguiente observación: ●Espero que no estés en lo cierto o, si no... A lo cual respondió el agente: ☆Créeme, muchacho. Es peor de lo que imaginas, y puede estar relacionado con tu pasado eclesiástico. Prosiguieron la marcha bajo la escasa luminaria lunar, internándose entre juncales, cipreses anegados y espesuras infestadas de insectos. Aproximadamente pasada la medianoche, los comparecientes descubrieron un cadáver femenino dispuesto en una escena de singular atrocidad. La occisa, de edad juvenil, yacía inmóvil sobre el fango. Presentaba una extraña sigila grabada en la región dorsal. Asimismo, unos cuernos de venado habían sido fijados a su cabeza de manera deliberada, otorgándole una apariencia grotesca y ceremonial. Las manos se hallaban cosidas entre sí, colocadas en posición semejante a una plegaria, aunque desprovista de toda sacralidad y revestida, en cambio, de una impronta ominosa y sacrílega. El hedor desprendido por el cuerpo era particularmente nauseabundo. El agente manifestó visible consternación y declaró: ☆Esto es horrible... Tiene la edad de mi hija. No obstante, el sacerdote Legasov conservó notable compostura. Sin apartar la vista de la escena, procedió a registrar observaciones en una bitácora de cuero, consignando minuciosamente cada detalle del hallazgo. Durante el examen de la marca inscrita en la espalda de la víctima, se advirtió un repentino cambio en el semblante del presbítero. El color abandonó su rostro y sus facciones adquirieron una rigidez impropia de quien hasta entonces se había mostrado impasible. El oficial, percibiendo tal alteración, inquirió: ☆¿Qué sucede? Tras una breve pausa, añadió: ☆Si me lo preguntas, parece una suerte de mensaje o señal de lindero, como las que dejan las bestias para marcar territorio. El reverendo respondió con tono acerbo: ●No... Es el Culto de Saturno. La respuesta fue seguida por un prolongado silencio. El agente no mostró reconocimiento alguno ante dicha denominación, como si jamás hubiese escuchado referencia semejante. Según consta en las anotaciones recogidas posteriormente, el sacerdote permaneció varios instantes contemplando la marca. Finalmente, en voz apenas perceptible, pronunció las siguientes palabras: ●Sé que estás metido en esto, Mr. M... Y juro, que Dios me escuche, voy a por ti. Observaciones finales: Se deja constancia de que el presbítero Zelkova Legasov exhibió una reacción impropia de un investigador ajeno al caso, sugiriendo conocimiento previo respecto de la simbología encontrada y de posibles implicados. La naturaleza ritual del crimen, la disposición mortuoria de la víctima y la referencia al denominado Culto de "Saturno" indican la probable existencia de una organización clandestina vinculada a prácticas heréticas, sacrificios ceremoniales y otros actos de extrema perversidad. Fin del informe.
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  • *Observo el libro de cuentos con atención. Aunque nadie me ha enseñado. Aprendo. Leo. En mi mente es cada vez más claro. Letras. Letras que luego pienso. Pienso en letras que luego son imagenes, objetos, personas. Leo los informes de los computadores cercanos. Leo las hojas que los de blanco llevan consigo. Pero cuándo intento hablar me castigan... ¿Debería seguir fingiendo?*

    -El... mons... monstruo... sin... sin nombre... El monstruo sin nombre. *Susurro* -El monstruo sin nombre. ¿Porqué?... Título... ¿Porqué título me... ? *Al interiorizar e interpretar el título siento como mis ojos se humedecen y siento una opresión en el pecho. No entiendo que significa. Un guardia me mira con desprecio. Vuelvo a callarme y leo en silencio*
    *Observo el libro de cuentos con atención. Aunque nadie me ha enseñado. Aprendo. Leo. En mi mente es cada vez más claro. Letras. Letras que luego pienso. Pienso en letras que luego son imagenes, objetos, personas. Leo los informes de los computadores cercanos. Leo las hojas que los de blanco llevan consigo. Pero cuándo intento hablar me castigan... ¿Debería seguir fingiendo?* -El... mons... monstruo... sin... sin nombre... El monstruo sin nombre. *Susurro* -El monstruo sin nombre. ¿Porqué?... Título... ¿Porqué título me... ? *Al interiorizar e interpretar el título siento como mis ojos se humedecen y siento una opresión en el pecho. No entiendo que significa. Un guardia me mira con desprecio. Vuelvo a callarme y leo en silencio*
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  • El aire vespertino era frío y las luces cálidas de la tienda iluminaban la calle inglesa. Pamela Hatzís, estudiante de intercambio en Japón, observó el viejo local frente a ella mientras sujetaba con fuerza el pequeño papel arrugado que había encontrado días atrás entre libros antiguos de una biblioteca universitaria.

    "El Corazón de Violeta... última ubicación conocida."

    Pamela levantó la mirada hacia el letrero vacío y frunció ligeramente el ceño.

    —Después de cruzar medio mundo... espero que no sea una pista falsa... —murmuró mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja.

    La puerta de la tienda se abrió sola con un suave criiic...

    En desde el interior, entre las sombras el sonido de un viejo reloj marcando la hora sonaba constante.

    — ¡Buenas tardes!... Estoy buscando está antigüedad, según el último informe sobre él está en esta tienda.

    Le muestra las foto del collar.

    Charlie Roussel
    El aire vespertino era frío y las luces cálidas de la tienda iluminaban la calle inglesa. Pamela Hatzís, estudiante de intercambio en Japón, observó el viejo local frente a ella mientras sujetaba con fuerza el pequeño papel arrugado que había encontrado días atrás entre libros antiguos de una biblioteca universitaria. "El Corazón de Violeta... última ubicación conocida." Pamela levantó la mirada hacia el letrero vacío y frunció ligeramente el ceño. —Después de cruzar medio mundo... espero que no sea una pista falsa... —murmuró mientras acomodaba un mechón de cabello detrás de su oreja. La puerta de la tienda se abrió sola con un suave criiic... En desde el interior, entre las sombras el sonido de un viejo reloj marcando la hora sonaba constante. — ¡Buenas tardes!... Estoy buscando está antigüedad, según el último informe sobre él está en esta tienda. Le muestra las foto del collar. [haze_pink_horse_186]
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  • El hombre al que llaman "El Ruso"
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    ●Rol abierto por aquí o por MD. OJO A LOS DISGUSTOS DE MI PERSONAJE EN LA FICHA●

    -Te dirigías con prisa a una reunión importante en un bar de confianza. La situación era crítica y el invitado… peculiar. Para las personas comunes era un héroe. Para empresarios y políticos vinculados al bajo mundo, un terrorista. Solo habías encontrado rumores, videos borrosos, informes policíacos y testimonios de criminales que sobrevivieron al cruzarse con él. Todos coincidían en algo: le llamaban “El Ruso”. Según decían estos últimos, era un puto loco. Nadie parecía comprender del todo sus habilidades, y aun así, seguía vivo pese a años de persecución. Bajo su mando, redes criminales caían, corruptos eran expuestos y tenía demasiados enemigos poderosos como para seguir siendo solo un rumor.-

    -El recepcionista apenas tuvo tiempo de mirarte antes de que cruzaras la puerta hacia la zona exclusiva del lugar. Y ahí estaba él. Más joven de lo que imaginabas. Relajado. Sonriendo como si fueran viejos conocidos. Se encontraba sentado en el sofa, y te habló como si te conociera de toda la vida. Era evidente que el hombre era muy carismático.-

    "¡Vaya! Quien diría que me invitasen a un lugar tan brilloso. -rio suavemente mientras se acomodaba- Ya me he acostumbrado a estar en bares de mala muerte o sitios abandonados para las reuniones. Ya sabes discreción y eso."

    -El hombre, permanecía sentado en el sofá mientras hacía una mueca como de estar pensando mientras cierra los ojos, dejando espacio para que tomaras asiento… o no.


    "Aunque...ahora que lo pienso...Sí, he pasado por lugares así, pero no para hacer negocios, si no más bien, cumplirlos. Mis enemigos son de estos que quieren alardear sus riquezas y esas cosas, que te puedo decir."

    -Tras una breve risa, el hombre abrió los ojos de golpe, tomando su usual sonrisa engreida. Sus ojos grises te observaron directamente antes de hablar nuevamente-


    "Pero bueno, basta de la charla. -Apoyo un brazo sobre el sofá cercano- ¿Para que necesitas la ayuda de alguien como yo?"


    -El hombre mantenía su sonrisa en ti, como si examinase cada detalle. Ello marcaba algo evidente, a pesar de esa actitud elocuente y hasta aparentemente inmadura, los rumores y los datos corroborados de su organización, son ciertos. Si los rumores eran ciertos, quizá era el aliado que necesitabas. O quizá estabas a punto de cometer un enorme error.-
    ●Rol abierto por aquí o por MD. OJO A LOS DISGUSTOS DE MI PERSONAJE EN LA FICHA● -Te dirigías con prisa a una reunión importante en un bar de confianza. La situación era crítica y el invitado… peculiar. Para las personas comunes era un héroe. Para empresarios y políticos vinculados al bajo mundo, un terrorista. Solo habías encontrado rumores, videos borrosos, informes policíacos y testimonios de criminales que sobrevivieron al cruzarse con él. Todos coincidían en algo: le llamaban “El Ruso”. Según decían estos últimos, era un puto loco. Nadie parecía comprender del todo sus habilidades, y aun así, seguía vivo pese a años de persecución. Bajo su mando, redes criminales caían, corruptos eran expuestos y tenía demasiados enemigos poderosos como para seguir siendo solo un rumor.- -El recepcionista apenas tuvo tiempo de mirarte antes de que cruzaras la puerta hacia la zona exclusiva del lugar. Y ahí estaba él. Más joven de lo que imaginabas. Relajado. Sonriendo como si fueran viejos conocidos. Se encontraba sentado en el sofa, y te habló como si te conociera de toda la vida. Era evidente que el hombre era muy carismático.- "¡Vaya! Quien diría que me invitasen a un lugar tan brilloso. -rio suavemente mientras se acomodaba- Ya me he acostumbrado a estar en bares de mala muerte o sitios abandonados para las reuniones. Ya sabes discreción y eso." -El hombre, permanecía sentado en el sofá mientras hacía una mueca como de estar pensando mientras cierra los ojos, dejando espacio para que tomaras asiento… o no. "Aunque...ahora que lo pienso...Sí, he pasado por lugares así, pero no para hacer negocios, si no más bien, cumplirlos. Mis enemigos son de estos que quieren alardear sus riquezas y esas cosas, que te puedo decir." -Tras una breve risa, el hombre abrió los ojos de golpe, tomando su usual sonrisa engreida. Sus ojos grises te observaron directamente antes de hablar nuevamente- "Pero bueno, basta de la charla. -Apoyo un brazo sobre el sofá cercano- ¿Para que necesitas la ayuda de alguien como yo?" -El hombre mantenía su sonrisa en ti, como si examinase cada detalle. Ello marcaba algo evidente, a pesar de esa actitud elocuente y hasta aparentemente inmadura, los rumores y los datos corroborados de su organización, son ciertos. Si los rumores eran ciertos, quizá era el aliado que necesitabas. O quizá estabas a punto de cometer un enorme error.-
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