Era un buen soldado. Un profesional de élite. Su forma de moverse, de sujetar el cuchillo, lo delataban. Dejé que se moviera primero. No fue vanidad. Fue una constatación.

La adrenalina provocaba que las pulsaciones me golpearan las sienes como un tambor.

Hizo un amago. Luego un intento. No llegó.

Lo maté mirándole a los ojos. No sentí nada. Quizá eso fue lo que más me dolió al volver a la base a entregar el informe.

Siete bajas. Ninguna nuestra. Seis mías. Una de Nyx. El V.I.P. a salvo y en camino.

El dolor llegó después. A solas conmigo mismo cuando repasaba la misión, sentado en el sillón, a oscuras y fumando.

Esa manía me la inculcó el viejo. Siempre me decía que cuando limpiamos el cañón del arma, debemos entender por qué disparamos. Repasar el plan, su ejecución y obtener la certeza de si fue un éxito o un fracaso independientemente de los resultados.

No antes.

No durante.

Sólo después.
Era un buen soldado. Un profesional de élite. Su forma de moverse, de sujetar el cuchillo, lo delataban. Dejé que se moviera primero. No fue vanidad. Fue una constatación. La adrenalina provocaba que las pulsaciones me golpearan las sienes como un tambor. Hizo un amago. Luego un intento. No llegó. Lo maté mirándole a los ojos. No sentí nada. Quizá eso fue lo que más me dolió al volver a la base a entregar el informe. Siete bajas. Ninguna nuestra. Seis mías. Una de Nyx. El V.I.P. a salvo y en camino. El dolor llegó después. A solas conmigo mismo cuando repasaba la misión, sentado en el sillón, a oscuras y fumando. Esa manía me la inculcó el viejo. Siempre me decía que cuando limpiamos el cañón del arma, debemos entender por qué disparamos. Repasar el plan, su ejecución y obtener la certeza de si fue un éxito o un fracaso independientemente de los resultados. No antes. No durante. Sólo después.
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