• 𝐋𝐚 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨́𝐧.





    El hombre habla con la urgencia de quien teme que el silencio revele demasiado. Sus palabras llegan en ráfagas desordenadas: insomnio, ansiedad, una irritación constante que dice no comprender. Intenta hilar los hechos como si fuesen síntomas de algo externo, algo que pudiera señalarse, nombrarse, tratarse.

    Frente a él, el Dr. Lecter permanece inmóvil.

    Las manos descansan entrelazadas por encima de una de sus rodillas, las cuales están cruzadas una encima de la otra. La postura es impecable, la expresión serena, casi indulgente. A primera vista parece la imagen perfecta de la atención profesional. El paciente interpreta esa quietud como paciencia. Como compasión.

    Es un error garrafal como delicado, cabe mencionar. Hannibal escucha, sí, pero no las palabras.

    Observa.

    El ritmo irregular de la respiración. La forma en que los dedos del hombre se crispan cuando menciona a su hermano. La manera casi imperceptible en que su mirada se aparta cada vez que la conversación se aproxima a algo que preferiría no mirar directamente. Las confesiones humanas rara vez se encuentran en lo que dice.

    𝑆𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑒𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑒𝑣𝑎𝑠𝑖𝑜́𝑛.

    Qué criatura más transparente, piensa Hannibal con una calma que roza lo contemplativo.

    El paciente continúa hablando, ahora más rápido, como si el simple acto de hablar pudiera mantener a raya aquello que se agita en su interior. Habla de frustración. De rabia contenida, o de una incomodidad de impulso.

    La palabra no llega siquiera a pronunciarse. No todavía.

    Hannibal inclina apenas la cabeza, observándolo como un conservador de museo examinaría una pintura antigua bajo una luz más cuidadosa. Cada grieta en la superficie revela algo del artista.

    Cada silencio revela algo del alma.

    El paciente finalmente se queda sin palabras. El aire del consultorio se aquieta, cargado con esa tensión suave que aparece cuando alguien espera ser juzgado.

    El Dr. Lecter sostiene su mirada durante un instante. Luego una leve sonrisa, tan educada como inescrutable, aparece en sus labios.

    —Es curioso —dice finalmente, con una voz baja y perfectamente cálida—.

    Una pausa elegante, casi pensativa.

    —Las personas suelen venir aquí creyendo que desean respuestas.

    Sus ojos permanecen tranquilos, atentos.

    —Pero con frecuencia... lo que realmente buscan es permiso para reconocer aquello que ya saben.
    𝐋𝐚 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨́𝐧. El hombre habla con la urgencia de quien teme que el silencio revele demasiado. Sus palabras llegan en ráfagas desordenadas: insomnio, ansiedad, una irritación constante que dice no comprender. Intenta hilar los hechos como si fuesen síntomas de algo externo, algo que pudiera señalarse, nombrarse, tratarse. Frente a él, el Dr. Lecter permanece inmóvil. Las manos descansan entrelazadas por encima de una de sus rodillas, las cuales están cruzadas una encima de la otra. La postura es impecable, la expresión serena, casi indulgente. A primera vista parece la imagen perfecta de la atención profesional. El paciente interpreta esa quietud como paciencia. Como compasión. Es un error garrafal como delicado, cabe mencionar. Hannibal escucha, sí, pero no las palabras. Observa. El ritmo irregular de la respiración. La forma en que los dedos del hombre se crispan cuando menciona a su hermano. La manera casi imperceptible en que su mirada se aparta cada vez que la conversación se aproxima a algo que preferiría no mirar directamente. Las confesiones humanas rara vez se encuentran en lo que dice. 𝑆𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑒𝑛 𝑙𝑜𝑠 𝑝𝑒𝑞𝑢𝑒𝑛̃𝑜𝑠 𝑎𝑐𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑒𝑣𝑎𝑠𝑖𝑜́𝑛. Qué criatura más transparente, piensa Hannibal con una calma que roza lo contemplativo. El paciente continúa hablando, ahora más rápido, como si el simple acto de hablar pudiera mantener a raya aquello que se agita en su interior. Habla de frustración. De rabia contenida, o de una incomodidad de impulso. La palabra no llega siquiera a pronunciarse. No todavía. Hannibal inclina apenas la cabeza, observándolo como un conservador de museo examinaría una pintura antigua bajo una luz más cuidadosa. Cada grieta en la superficie revela algo del artista. Cada silencio revela algo del alma. El paciente finalmente se queda sin palabras. El aire del consultorio se aquieta, cargado con esa tensión suave que aparece cuando alguien espera ser juzgado. El Dr. Lecter sostiene su mirada durante un instante. Luego una leve sonrisa, tan educada como inescrutable, aparece en sus labios. —Es curioso —dice finalmente, con una voz baja y perfectamente cálida—. Una pausa elegante, casi pensativa. —Las personas suelen venir aquí creyendo que desean respuestas. Sus ojos permanecen tranquilos, atentos. —Pero con frecuencia... lo que realmente buscan es permiso para reconocer aquello que ya saben.
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    FICHA DE PERSONAJE: SEBASTIAN MALPHAS
    "LA SOMBRA CORTÉS"

    ⛨ Nombre Real: Sebastian Malphas Ishtar-Vane.

    ⛨ Rango: Mayordomo Real del Palacio Carmesí y Supervisor de la Servidumbre Etérea.

    ⛨ Atributos Visuales: Viste un frac impecable que oculta tatuajes rúnicos de color naranja incandescente. Posee cabello blanco plateado, cuernos negros pulidos y ojos que cambian de azul gélido a un rojo carmesí cuando detecta una falta de etiqueta o una amenaza.

    ⛨ Habilidad Primaria: Omnipresencia de Sombra. Puede fundirse con cualquier superficie oscura del palacio, permitiéndole aparecer instantáneamente detrás del Emperador para ofrecerle una copa o para degollar a un infiltrado.

    EL ASCENSO DEL MAYORDOMO INFERNAL

    1. La Selección de la Sangre
    Sebastián no fue elegido por su linaje, sino por su eficiencia absoluta. Durante las purgas de los reinos periféricos, Metphies buscaba a alguien capaz de mantener el orden en el caos. Sebastian demostró su valía al aniquilar a un batallón rebelde completo sin derramar una sola gota de sangre sobre su uniforme blanco, impresionando al Emperador con su control quirúrgico del poder.

    2. El Pacto del Silencio Eterno
    Para ocupar su cargo, se sometió al Ritual de la Lengua de Hierro. Metphies vinculó la sombra de Sebastián al trono, asegurando que el mayordomo sea una extensión de su propia voluntad. Sus tatuajes solares no son solo decorativos; son sellos que contienen la furia de "La Bestia" para que Sebastián pueda interactuar con la nobleza sin desintegrarlos por accidente.

    3. La Noche de las Mil Copas Rotas
    Su posición quedó grabada en la historia durante la Gran Gala de Ishtar. Un grupo de asesinos camuflados como sirvientes intentó atacar durante el brindis principal.

    La Táctica: Sebastián, moviéndose a una velocidad que desafiaba la física, interceptó cada proyectil y veneno antes de que los invitados lo notaran, continuando su servicio como si nada hubiera pasado.

    El Reconocimiento: Al terminar la noche, con los traidores eliminados discretamente, Metphies le otorgó las llaves de las dimensiones del palacio. "Tu servicio es la armonía en mi imperio de guerra", declaró el soberano.

    4. El Guante de Terciopelo y Hierro
    Como Mayordomo, Sebastián es el filtro final del Emperador. Él coordina las agendas de la Sub-Comandante Eris y el Guardián Kaelum, asegurando que el engranaje del Imperio Carmesí nunca chirríe. Su cortesía es legendaria, pero su crueldad es el cimiento sobre el que descansa la paz del palacio.

    ESTADO ACTUAL
    Sebastián reside en una dimensión de bolsillo conectada a la sombra del Emperador. Siempre está a un paso de distancia, con una bandeja de plata en una mano y una daga rúnica oculta en la otra. Se dice que es el único ser que conoce los verdaderos pensamientos de Metphies, lo que lo convierte en el ser más peligroso y respetado de la corte.
    🌒 FICHA DE PERSONAJE: SEBASTIAN MALPHAS "LA SOMBRA CORTÉS" ⛨ Nombre Real: Sebastian Malphas Ishtar-Vane. ⛨ Rango: Mayordomo Real del Palacio Carmesí y Supervisor de la Servidumbre Etérea. ⛨ Atributos Visuales: Viste un frac impecable que oculta tatuajes rúnicos de color naranja incandescente. Posee cabello blanco plateado, cuernos negros pulidos y ojos que cambian de azul gélido a un rojo carmesí cuando detecta una falta de etiqueta o una amenaza. ⛨ Habilidad Primaria: Omnipresencia de Sombra. Puede fundirse con cualquier superficie oscura del palacio, permitiéndole aparecer instantáneamente detrás del Emperador para ofrecerle una copa o para degollar a un infiltrado. 🏛️ EL ASCENSO DEL MAYORDOMO INFERNAL 1. La Selección de la Sangre Sebastián no fue elegido por su linaje, sino por su eficiencia absoluta. Durante las purgas de los reinos periféricos, Metphies buscaba a alguien capaz de mantener el orden en el caos. Sebastian demostró su valía al aniquilar a un batallón rebelde completo sin derramar una sola gota de sangre sobre su uniforme blanco, impresionando al Emperador con su control quirúrgico del poder. 2. El Pacto del Silencio Eterno Para ocupar su cargo, se sometió al Ritual de la Lengua de Hierro. Metphies vinculó la sombra de Sebastián al trono, asegurando que el mayordomo sea una extensión de su propia voluntad. Sus tatuajes solares no son solo decorativos; son sellos que contienen la furia de "La Bestia" para que Sebastián pueda interactuar con la nobleza sin desintegrarlos por accidente. 3. La Noche de las Mil Copas Rotas Su posición quedó grabada en la historia durante la Gran Gala de Ishtar. Un grupo de asesinos camuflados como sirvientes intentó atacar durante el brindis principal. La Táctica: Sebastián, moviéndose a una velocidad que desafiaba la física, interceptó cada proyectil y veneno antes de que los invitados lo notaran, continuando su servicio como si nada hubiera pasado. El Reconocimiento: Al terminar la noche, con los traidores eliminados discretamente, Metphies le otorgó las llaves de las dimensiones del palacio. "Tu servicio es la armonía en mi imperio de guerra", declaró el soberano. 4. El Guante de Terciopelo y Hierro Como Mayordomo, Sebastián es el filtro final del Emperador. Él coordina las agendas de la Sub-Comandante Eris y el Guardián Kaelum, asegurando que el engranaje del Imperio Carmesí nunca chirríe. Su cortesía es legendaria, pero su crueldad es el cimiento sobre el que descansa la paz del palacio. 🪐 ESTADO ACTUAL Sebastián reside en una dimensión de bolsillo conectada a la sombra del Emperador. Siempre está a un paso de distancia, con una bandeja de plata en una mano y una daga rúnica oculta en la otra. Se dice que es el único ser que conoce los verdaderos pensamientos de Metphies, lo que lo convierte en el ser más peligroso y respetado de la corte.
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  • // OPEN ROL// Ok con respuesta en mensaje privado, nuevo tema o en comentarios.//

    ────────────────────────────────────────

    Todos podemos caer, todos podemos fallar. Pero existe un momento aún más peligroso que la caída misma: ese instante silencioso en el que la mente se abre apenas lo suficiente para que los viejos horrores respiren desde dentro.

    Las pesadillas no siempre nacen afuera; muchas veces viven agazapadas en lo profundo, esperando pacientemente el momento de debilidad que les permita filtrarse. Incluso los monstruos que dominan la noche conocen esa sensación. Incluso los depredadores que han sobrevivido siglos entienden lo que es la vulnerabilidad.


    La noche llegó con su elegancia habitual, como un telón de terciopelo cayendo sobre la ciudad, y con ella la necesidad natural de alimentarse de Zenith.

    Para la mujer aquello no era una urgencia salvaje, sino un ritual casi íntimo: el mismo camino discreto, el mismo bar de luces cálidas donde el humo de cigarro y el olor a alcohol barato se mezclaban con la música suave y las conversaciones sin importancia.


    Un lugar perfecto para que un depredador civilizado pasara desapercibido entre humanos que jamás sospecharían lo que caminaba entre ellos.


    Pero apenas cruzó la puerta supo que algo estaba mal...muuuy mal.


    No fue un ruido. Fue la ausencia de todos ellos.
    En lugar del aroma rancio del tabaco y el whisky, su olfato captó algo distinto: cloro, pero debajo de este, escondido como una firma imposible de ocultar… pólvora.


    Caminó hacia la barra con pasos tranquilos, elegantes, como si nada en el mundo pudiera perturbar su calma. El lugar estaba impecable; las mesas alineadas, el suelo húmedo como si alguien hubiese intentado borrar todo rastro de vida.
    Se sentó lentamente en uno de los taburetes y apoyó los codos sobre la madera pulida mientras su mirada se levantaba hacia el espejo que colgaba detrás de la barra, aquel espejo donde ella no se reflejaba.
    Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, una mezcla de diversión y desprecio que apenas curvó la comisura de su boca.


    ─── ¿Todo esto para cazarme solo a mí?

    Preguntó con una calma casi insultante mientras se levantaba apoyando su torso en la barra buscando alguna botella y darles a aquellos tipos la vista de su ropa interior de encaje que se alcanzaba a ver en el bode de su vestido corto.

    Cuando tomó una botella de whisky regreso a sentarse bebiendo directamente de la botella.

    ─── Debe ser triste creer que mi tranquilidad significa debilidad.

    El sonido de varios seguros de armas deslizándose al mismo tiempo rompió el silencio. Un instante después, las luces se apagaron de golpe y la oscuridad se apoderó del lugar.

    El primer disparo llegó acompañado por el estallido de los cristales cuando focos ultravioletas inundaron el bar con una luz brutal, seguida por una lluvia de balas trazadoras que cortaron el aire con precisión militar.

    Pero para cuando los cazadores comenzaron a disparar, la silla en la que ella estaba sentada ya estaba vacía.

    El primer hombre apenas alcanzó a girar la cabeza antes de sentir cómo algo se movía detrás de él con una velocidad imposible. Su garganta se abrió en un instante y su cuerpo cayó al suelo mientras el segundo disparaba una escopeta cargada con estacas comprimidas que atravesaron la barra de madera.

    Ella apareció a su lado como una sombra sólida, torció el arma con una fuerza sobrehumana y lo arrojó contra una mesa que se partió en dos con el impacto.

    Los atacantes descendieron desde las vigas y las escaleras laterales con disciplina perfecta: trajes tácticos, máscaras filtradas, armas modificadas para enfrentar criaturas como ella. Granadas de plata rodaron por el suelo antes de detonar con destellos blancos; redes metálicas electrificadas se dispararon desde dispositivos montados en los brazos; rifles automáticos vomitaron munición especializada diseñada para penetrar carne inmortal.

    Claramente habían estudiado cada mito, cada debilidad, cada historia transmitida entre generaciones de cazadores.

    --Pero cometieron un error.--

    Pensaron que estaban cazando a una simple vampiresa. Y en realidad estaban atacando a una criatura que llevaba siglos perfeccionando la guerra.

    Ella se movió entre los disparos con la fluidez de una danza mortal las balas no rozaban ni su cabello mientras saltaba sobre la barra destruida y arrebataba un arma de las manos de uno de los cazadores para vaciar el cargador a quemarropa contra sus propios compañeros.

    Otro intentó atraparla con una cadena electrificada, pero ella la sujetó en el aire, tiró de ella con violencia y lo arrastró hasta estrellarlo contra el suelo con tal fuerza que el impacto resonó en todo el bar.

    Un flash más reveló aquel rostro de bestia, fauces enormes, colmillos bañados en sangre.

    En menos de cinco muntos, el silencio regresó.

    El humo flotaba en el aire mezclado con el olor metálico de la sangre. Cuerpos yacían esparcidos entre las mesas rotas, las luces de emergencia parpadeaban en rojo.

    Ella permanecía de pie en el centro del bar, completamente inmóvil, observando la escena como si simplemente evaluara una obra mal ejecutada.


    Uno de los hombres aún respiraba.
    Se arrastraba hacia la puerta dejando un rastro oscuro detrás de él.

    Zenith caminó hacia él con pasos tranquilos, el sonido de sus tacones resonando sobre el suelo húmedo mientras se agachaba frente a su rostro. Sus ojos brillaban en la penumbra con un fulgor antiguo, algo que no pertenecía del todo a este mundo.
    ─── La próxima vez…
    Murmuró mientras su brazo cambia a una ala de murciélago.
    ─── entiendan que cantidad no es igual a calidad.

    Detrás de ella, el espejo del bar volvió a temblar con el parpadeo de las luces de emergencia, y por un instante su reflejo de bestia hibrida apareció brevemente en el cristal como si algo en la oscuridad hubiera decidido reconocer su presencia.

    Ella lo notó, aunque no dijo nada, porque en ese preciso momento comprendió que aquella emboscada no fue casualidad, alguien ya estaba detrás de ella....otra vez.

    Era hora de irse, no solo del bar, si no de esa zona por completo.
    // OPEN ROL// Ok con respuesta en mensaje privado, nuevo tema o en comentarios.// ──────────────────────────────────────── Todos podemos caer, todos podemos fallar. Pero existe un momento aún más peligroso que la caída misma: ese instante silencioso en el que la mente se abre apenas lo suficiente para que los viejos horrores respiren desde dentro. Las pesadillas no siempre nacen afuera; muchas veces viven agazapadas en lo profundo, esperando pacientemente el momento de debilidad que les permita filtrarse. Incluso los monstruos que dominan la noche conocen esa sensación. Incluso los depredadores que han sobrevivido siglos entienden lo que es la vulnerabilidad. La noche llegó con su elegancia habitual, como un telón de terciopelo cayendo sobre la ciudad, y con ella la necesidad natural de alimentarse de Zenith. Para la mujer aquello no era una urgencia salvaje, sino un ritual casi íntimo: el mismo camino discreto, el mismo bar de luces cálidas donde el humo de cigarro y el olor a alcohol barato se mezclaban con la música suave y las conversaciones sin importancia. Un lugar perfecto para que un depredador civilizado pasara desapercibido entre humanos que jamás sospecharían lo que caminaba entre ellos. Pero apenas cruzó la puerta supo que algo estaba mal...muuuy mal. No fue un ruido. Fue la ausencia de todos ellos. En lugar del aroma rancio del tabaco y el whisky, su olfato captó algo distinto: cloro, pero debajo de este, escondido como una firma imposible de ocultar… pólvora. Caminó hacia la barra con pasos tranquilos, elegantes, como si nada en el mundo pudiera perturbar su calma. El lugar estaba impecable; las mesas alineadas, el suelo húmedo como si alguien hubiese intentado borrar todo rastro de vida. Se sentó lentamente en uno de los taburetes y apoyó los codos sobre la madera pulida mientras su mirada se levantaba hacia el espejo que colgaba detrás de la barra, aquel espejo donde ella no se reflejaba. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios, una mezcla de diversión y desprecio que apenas curvó la comisura de su boca. ─── ¿Todo esto para cazarme solo a mí? Preguntó con una calma casi insultante mientras se levantaba apoyando su torso en la barra buscando alguna botella y darles a aquellos tipos la vista de su ropa interior de encaje que se alcanzaba a ver en el bode de su vestido corto. Cuando tomó una botella de whisky regreso a sentarse bebiendo directamente de la botella. ─── Debe ser triste creer que mi tranquilidad significa debilidad. El sonido de varios seguros de armas deslizándose al mismo tiempo rompió el silencio. Un instante después, las luces se apagaron de golpe y la oscuridad se apoderó del lugar. El primer disparo llegó acompañado por el estallido de los cristales cuando focos ultravioletas inundaron el bar con una luz brutal, seguida por una lluvia de balas trazadoras que cortaron el aire con precisión militar. Pero para cuando los cazadores comenzaron a disparar, la silla en la que ella estaba sentada ya estaba vacía. El primer hombre apenas alcanzó a girar la cabeza antes de sentir cómo algo se movía detrás de él con una velocidad imposible. Su garganta se abrió en un instante y su cuerpo cayó al suelo mientras el segundo disparaba una escopeta cargada con estacas comprimidas que atravesaron la barra de madera. Ella apareció a su lado como una sombra sólida, torció el arma con una fuerza sobrehumana y lo arrojó contra una mesa que se partió en dos con el impacto. Los atacantes descendieron desde las vigas y las escaleras laterales con disciplina perfecta: trajes tácticos, máscaras filtradas, armas modificadas para enfrentar criaturas como ella. Granadas de plata rodaron por el suelo antes de detonar con destellos blancos; redes metálicas electrificadas se dispararon desde dispositivos montados en los brazos; rifles automáticos vomitaron munición especializada diseñada para penetrar carne inmortal. Claramente habían estudiado cada mito, cada debilidad, cada historia transmitida entre generaciones de cazadores. --Pero cometieron un error.-- Pensaron que estaban cazando a una simple vampiresa. Y en realidad estaban atacando a una criatura que llevaba siglos perfeccionando la guerra. Ella se movió entre los disparos con la fluidez de una danza mortal las balas no rozaban ni su cabello mientras saltaba sobre la barra destruida y arrebataba un arma de las manos de uno de los cazadores para vaciar el cargador a quemarropa contra sus propios compañeros. Otro intentó atraparla con una cadena electrificada, pero ella la sujetó en el aire, tiró de ella con violencia y lo arrastró hasta estrellarlo contra el suelo con tal fuerza que el impacto resonó en todo el bar. Un flash más reveló aquel rostro de bestia, fauces enormes, colmillos bañados en sangre. En menos de cinco muntos, el silencio regresó. El humo flotaba en el aire mezclado con el olor metálico de la sangre. Cuerpos yacían esparcidos entre las mesas rotas, las luces de emergencia parpadeaban en rojo. Ella permanecía de pie en el centro del bar, completamente inmóvil, observando la escena como si simplemente evaluara una obra mal ejecutada. Uno de los hombres aún respiraba. Se arrastraba hacia la puerta dejando un rastro oscuro detrás de él. Zenith caminó hacia él con pasos tranquilos, el sonido de sus tacones resonando sobre el suelo húmedo mientras se agachaba frente a su rostro. Sus ojos brillaban en la penumbra con un fulgor antiguo, algo que no pertenecía del todo a este mundo. ─── La próxima vez… Murmuró mientras su brazo cambia a una ala de murciélago. ─── entiendan que cantidad no es igual a calidad. Detrás de ella, el espejo del bar volvió a temblar con el parpadeo de las luces de emergencia, y por un instante su reflejo de bestia hibrida apareció brevemente en el cristal como si algo en la oscuridad hubiera decidido reconocer su presencia. Ella lo notó, aunque no dijo nada, porque en ese preciso momento comprendió que aquella emboscada no fue casualidad, alguien ya estaba detrás de ella....otra vez. Era hora de irse, no solo del bar, si no de esa zona por completo.
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  • Sin duda, la mansión Mortefleur no había cambiado en absoluto durante mi ausencia. Las paredes, los pasillos, el silencio solemne que la envolvía, todo permanecía exactamente igual. Sin embargo, mi regreso siempre lograba que mi presencia se sintiera en cada rincón del lugar.

    Abrí las puertas del gran salón. Tal como lo había dejado.

    Avancé con paso tranquilo hasta el escritorio. Al alzar la vista, noté la mirada de la ama de llaves posarse sobre mí con esa discreción impecable que la caracterizaba. No necesitaba palabras para entenderlo alguien aguardaba mi llegada.

    Con un leve gesto de la mano, le indiqué que lo hiciera pasar.

    –que curioso… le estaba esperando...– reí suave.

    Tomé asiento en el sillón, apoyando mi codo sobre el escritorio, brillante e interesada....

    //Finalmente eh regresado, para poder ponerme al tanto con los roles pendientes y seguir con las aventuras a mil ♥️ gracias a cada uno por su paciencia, estaré respondiendo a los mensajitos y rol por orden//
    Sin duda, la mansión Mortefleur no había cambiado en absoluto durante mi ausencia. Las paredes, los pasillos, el silencio solemne que la envolvía, todo permanecía exactamente igual. Sin embargo, mi regreso siempre lograba que mi presencia se sintiera en cada rincón del lugar. Abrí las puertas del gran salón. Tal como lo había dejado. Avancé con paso tranquilo hasta el escritorio. Al alzar la vista, noté la mirada de la ama de llaves posarse sobre mí con esa discreción impecable que la caracterizaba. No necesitaba palabras para entenderlo alguien aguardaba mi llegada. Con un leve gesto de la mano, le indiqué que lo hiciera pasar. –que curioso… le estaba esperando...– reí suave. Tomé asiento en el sillón, apoyando mi codo sobre el escritorio, brillante e interesada.... //Finalmente eh regresado, para poder ponerme al tanto con los roles pendientes y seguir con las aventuras a mil ♥️ gracias a cada uno por su paciencia, estaré respondiendo a los mensajitos y rol por orden//
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois.

    El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces.

    La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad.

    Primera posición.

    Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado.

    Plié.

    Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba.

    Tendu.

    El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias.

    Giró hacia el espejo.

    Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé.

    Subió a demi-pointe.

    El equilibrio fue perfecto.

    Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad.

    La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio.

    Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable.

    —A la barra —indicó sin elevar la voz.

    Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos.

    —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae.

    Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso.

    Scarlett colocó su mano en su espalda baja.

    —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro.

    La niña se estabilizó.

    Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil.

    Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo.

    El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma.

    Y ella también.
    #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois. El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces. La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad. Primera posición. Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado. Plié. Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba. Tendu. El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias. Giró hacia el espejo. Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé. Subió a demi-pointe. El equilibrio fue perfecto. Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad. La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio. Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable. —A la barra —indicó sin elevar la voz. Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos. —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae. Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso. Scarlett colocó su mano en su espalda baja. —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro. La niña se estabilizó. Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil. Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo. El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma. Y ella también.
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  • —¿Podría ser posible...? ¿Acaso he ganado peso?—

    Observé mi reflejo en el cristal con un disgusto que ni siquiera mi sonrisa habitual lograba disipar.

    —Qué visión tan... deplorable. Me pregunto a qué se deberá este humor tan irritante que me carcome los nervios. Quizás sea esta persistente falta de sueño, una debilidad biológica que detesto admitir.—

    Giré la vista hacia el rincón, donde mis pequeñas crías descansaban tras el festín. Parecían auténticos angelitos, sumidos en un silencio sepulcral después de haber sido alimentados. Una imagen casi pintoresca, si no fuera porque el caos que me espera cuendo esos diablillos despierten.
    Sacudí la cabeza, intentando sintonizar otra frecuencia.

    —Debo ignorar estas inseguridades mundanas; después de todo, uno debe mantener la estampa impecable para sus queridos esposos. No permitiré que el descuido sea parte de mi sintonía.
    Mmm... sí. Esta camisa es mucho más adecuada. La elegancia, después de todo, es la mejor máscara para el cansancio.—
    —¿Podría ser posible...? ¿Acaso he ganado peso?— Observé mi reflejo en el cristal con un disgusto que ni siquiera mi sonrisa habitual lograba disipar. —Qué visión tan... deplorable. Me pregunto a qué se deberá este humor tan irritante que me carcome los nervios. Quizás sea esta persistente falta de sueño, una debilidad biológica que detesto admitir.— Giré la vista hacia el rincón, donde mis pequeñas crías descansaban tras el festín. Parecían auténticos angelitos, sumidos en un silencio sepulcral después de haber sido alimentados. Una imagen casi pintoresca, si no fuera porque el caos que me espera cuendo esos diablillos despierten. Sacudí la cabeza, intentando sintonizar otra frecuencia. —Debo ignorar estas inseguridades mundanas; después de todo, uno debe mantener la estampa impecable para sus queridos esposos. No permitiré que el descuido sea parte de mi sintonía. Mmm... sí. Esta camisa es mucho más adecuada. La elegancia, después de todo, es la mejor máscara para el cansancio.—
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  • Parte 2...
    La luz pasaba por la ventana, tocando los párpados de "B", causando que los abriera, un largo estirar acompañado de un bostezo relajante; frotó sus ojos con ambas manos, de un brinco se paró de la cama, tendiéndola como en la milicia, impecable, sin alguna arruga, chanclas, toalla en el hombro, directo a la ducha.  — ¡Rayos!.- Exclamó, el agua congelaba su piel; el estar en lo alto del pueblo tenía sus pros y contras y eso era uno de ellos. 

    El trabajo lo esperaba, pero antes tendría que pasar a pagar la cuenta pendiente con don Fermín, el tendero del poblado; pantalones de mezclilla, sus botas de siempre, una básica oscura y esa chamarra de piel vieja y desgastada que tenía un valor sumamente sentimental.

    — Carajo, voy tarde otra vez. - Una echada de ojo al reloj que poseía en la muñeca, un mordisco a una fruta que tomó de la mesa; salió corriendo de su pequeño hogar, cerrando fuerte la puerta tras él.  — ¡Max, cuida la casa, no dejes que nadie se acerque!.- Dijo rápidamente al canino viejo que se había adoptado solo, montándose en la moto que había adquirido con el mecánico. A 5 minutos estaba el primer destino, la tienda de víveres.

    Al abrir la puerta, el sonido de la clásica campanita que avisaba a don Fermín de los clientes.  — ¡Coff!, ¡Coff!, adelante. - Saludando con cordialidad el señor mayor, que sonrió cuando vio de quién se trataba. —¡Muchacho, tú sí que madrugas!.

    —Si madrugas, Dios te ayuda. - Respondió Abel, aprendiendo muchos dichos de Panamá. - causando gracia entre el mayor y él. —Sí, sí, así es, muchacho, déjame ver dónde estás. - Del estante sustrajo una libreta vieja donde don Fermín tenía a sus clientes a los que les fiaba el mandado.  — A.… a...Abel, aquí estás, $1,500.00, muchacho. - Inmediatamente, "B", tomó de su bolsillo la cartera, sacando el dinero de la despensa. - Aquí tiene, don Fermín, le agradezco y nos vemos la próxima semana. 

    —Abel, Abel... - La voz de una pequeña niña de no más de 5 años estirando los brazos salió de la trastienda; era Lupita, hija de María, tomándola en brazos, la saludó. — Lupita, veo que estás mucho mejor; la fiebre y la tos se fueron; me da mucho gusto verte, ahora a reposar, es muy temprano y el sereno puede hacerte recaer.
    — Está bien Abel, por cierto, ella es muy bonita, parece un ángel, y dijo que estaba bien...
    Parte 2... La luz pasaba por la ventana, tocando los párpados de "B", causando que los abriera, un largo estirar acompañado de un bostezo relajante; frotó sus ojos con ambas manos, de un brinco se paró de la cama, tendiéndola como en la milicia, impecable, sin alguna arruga, chanclas, toalla en el hombro, directo a la ducha.  — ¡Rayos!.- Exclamó, el agua congelaba su piel; el estar en lo alto del pueblo tenía sus pros y contras y eso era uno de ellos.  El trabajo lo esperaba, pero antes tendría que pasar a pagar la cuenta pendiente con don Fermín, el tendero del poblado; pantalones de mezclilla, sus botas de siempre, una básica oscura y esa chamarra de piel vieja y desgastada que tenía un valor sumamente sentimental. — Carajo, voy tarde otra vez. - Una echada de ojo al reloj que poseía en la muñeca, un mordisco a una fruta que tomó de la mesa; salió corriendo de su pequeño hogar, cerrando fuerte la puerta tras él.  — ¡Max, cuida la casa, no dejes que nadie se acerque!.- Dijo rápidamente al canino viejo que se había adoptado solo, montándose en la moto que había adquirido con el mecánico. A 5 minutos estaba el primer destino, la tienda de víveres. Al abrir la puerta, el sonido de la clásica campanita que avisaba a don Fermín de los clientes.  — ¡Coff!, ¡Coff!, adelante. - Saludando con cordialidad el señor mayor, que sonrió cuando vio de quién se trataba. —¡Muchacho, tú sí que madrugas!. —Si madrugas, Dios te ayuda. - Respondió Abel, aprendiendo muchos dichos de Panamá. - causando gracia entre el mayor y él. —Sí, sí, así es, muchacho, déjame ver dónde estás. - Del estante sustrajo una libreta vieja donde don Fermín tenía a sus clientes a los que les fiaba el mandado.  — A.… a...Abel, aquí estás, $1,500.00, muchacho. - Inmediatamente, "B", tomó de su bolsillo la cartera, sacando el dinero de la despensa. - Aquí tiene, don Fermín, le agradezco y nos vemos la próxima semana.  —Abel, Abel... - La voz de una pequeña niña de no más de 5 años estirando los brazos salió de la trastienda; era Lupita, hija de María, tomándola en brazos, la saludó. — Lupita, veo que estás mucho mejor; la fiebre y la tos se fueron; me da mucho gusto verte, ahora a reposar, es muy temprano y el sereno puede hacerte recaer. — Está bien Abel, por cierto, ella es muy bonita, parece un ángel, y dijo que estaba bien...
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  • El estudio estaba silencioso, el suelo de madera brillando tenuemente con la luz de la mañana. Scarlett se acercó al espejo, los dedos rozando suavemente su cabello oscuro. Antes de que las alumnas llegaran, había un ritual que no podía saltarse: el recogido.

    Con movimientos precisos, empezó a separar mechón por mechón, alisando la textura con un cuidado casi obsesivo. Cada hebra debía estar en su lugar; cada línea de su cuello y nuca debía quedar visible, limpia, impecable.

    Mientras tejía el moño bajo, se permitió recordar. En los tiempos antiguos, las bailarinas recogían el cabello no solo por estética, sino por disciplina y seguridad. Un cabello suelto podía distraer, enredarse con la barra, interferir con la alineación del cuerpo. El recogido era una declaración silenciosa: “Estoy lista, estoy concentrada, respeto mi arte”.

    Scarlett ajustó un último pasador, comprobando el ángulo del moño en el espejo. La perfección no era vanidad; era necesaria. Cada giro, cada plié, cada salto exigía libertad de movimiento. Cada hebra fuera de lugar era una pequeña amenaza al equilibrio y a la armonía del cuerpo.

    El recogido no solo mantenía el cabello en su sitio, sino que recordaba a quien lo llevaba que el ballet no es solo belleza: es disciplina, control y respeto por el propio cuerpo. Un arte que no perdona la negligencia.

    Con el moño asegurado, Scarlett dio un paso atrás y estiró los brazos hacia arriba, dejando que la luz acariciara su silueta. Pronto las alumnas llegarían, pero por ahora, estaba sola con su reflejo y con el ritual que, generación tras generación, había definido a todas las bailarinas antes de comenzar.
    El estudio estaba silencioso, el suelo de madera brillando tenuemente con la luz de la mañana. Scarlett se acercó al espejo, los dedos rozando suavemente su cabello oscuro. Antes de que las alumnas llegaran, había un ritual que no podía saltarse: el recogido. Con movimientos precisos, empezó a separar mechón por mechón, alisando la textura con un cuidado casi obsesivo. Cada hebra debía estar en su lugar; cada línea de su cuello y nuca debía quedar visible, limpia, impecable. Mientras tejía el moño bajo, se permitió recordar. En los tiempos antiguos, las bailarinas recogían el cabello no solo por estética, sino por disciplina y seguridad. Un cabello suelto podía distraer, enredarse con la barra, interferir con la alineación del cuerpo. El recogido era una declaración silenciosa: “Estoy lista, estoy concentrada, respeto mi arte”. Scarlett ajustó un último pasador, comprobando el ángulo del moño en el espejo. La perfección no era vanidad; era necesaria. Cada giro, cada plié, cada salto exigía libertad de movimiento. Cada hebra fuera de lugar era una pequeña amenaza al equilibrio y a la armonía del cuerpo. El recogido no solo mantenía el cabello en su sitio, sino que recordaba a quien lo llevaba que el ballet no es solo belleza: es disciplina, control y respeto por el propio cuerpo. Un arte que no perdona la negligencia. Con el moño asegurado, Scarlett dio un paso atrás y estiró los brazos hacia arriba, dejando que la luz acariciara su silueta. Pronto las alumnas llegarían, pero por ahora, estaba sola con su reflejo y con el ritual que, generación tras generación, había definido a todas las bailarinas antes de comenzar.
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  • *Eché un vistazo al reloj y no pude evitar que una sonrisa burlona se dibujara en mi rostro; el tiempo de jugar a los humanos se había terminado. Salí de aquel túnel oscuro silbando una melodía despreocupada mientras sentía cómo mi piel recuperaba su tono grisáceo y cenizo. Mis harapos desaparecieron, fundiéndose en la seda de un traje impecable. Con un sutil y aristocrático juego de dedos, hice aparecer mi sombrero de copa del vacío.*

    —Ah, mucho mejor... es hora de que comience la verdadera función.—
    *Eché un vistazo al reloj y no pude evitar que una sonrisa burlona se dibujara en mi rostro; el tiempo de jugar a los humanos se había terminado. Salí de aquel túnel oscuro silbando una melodía despreocupada mientras sentía cómo mi piel recuperaba su tono grisáceo y cenizo. Mis harapos desaparecieron, fundiéndose en la seda de un traje impecable. Con un sutil y aristocrático juego de dedos, hice aparecer mi sombrero de copa del vacío.* —Ah, mucho mejor... es hora de que comience la verdadera función.—
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  • La obsesión del mafioso
    Fandom Devil May Cry y hazbin hotel
    Categoría Romance
    //ROL NO CANON //

    ༒𓂀 𝔸𝕝𝕒𝕤𝕥𝕠𝕣 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖆𝖉𝖎𝖔 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓𓂀༒

    -La puerta de la cafetería se abrió con un tintineo suave, casi delicado… en marcado contraste con la figura que cruzó el umbral.
    El abrigo oscuro de Vergil Sparda estaba rasgado en uno de los costados; la tela húmeda por la sangre apenas visible bajo la luz cálida del lugar. Su expresión, sin embargo, permanecía intacta: impasible, afilada, tan serena como si no acabara de salir de un enfrentamiento donde otros no habrían sobrevivido.
    El líder de aquella organización no se permitía mostrar debilidad. Jamás.
    Sus botas resonaron con firmeza sobre el suelo hasta llegar al mostrador. Sus ojos de un azul cortante se alzaron apenas… y entonces lo vio.Detrás de la barra, atendiendo con una sonrisa demasiado amplia para ser completamente humana, estaba Alguien que no encajaba con la monotonía del mundo mortal.
    Hubo una pausa casi imperceptible.
    Los ojos de Vergil se detuvieron en él más de lo necesario. No por distracción… sino por análisis. Elegancia anticuada. Presencia magnética. Una energía que vibraba distinta, como una frecuencia que solo alguien como él podía percibir.
    Un silencio breve.-

    Un whisky. Solo

    -pidió con voz baja y firme, grave como el eco de una sentencia.
    Ni una palabra más.
    Dejó el dinero exacto sobre el mostrador, billetes impecables a pesar de la sangre que marcaba su guante. No mencionó la herida. No pidió ayuda. No explicó nada.
    Cuando tomó el vaso, sus dedos rozaron apenas el cristal… y por una fracción de segundo, su mirada volvió a encontrarse con la del encargado.
    Interés.Contenido. Sellado. Oculto tras su disciplina férrea.
    Se apartó sin añadir comentario alguno y eligió una mesa en la esquina más sombría del lugar, sentándose con la espalda recta, cruzando una pierna sobre la otra como si estuviera en una reunión de negocios y no perdiendo sangre bajo el abrigo.Bebió un sorbo.Sus ojos no volvieron directamente hacia la barra… pero tampoco dejaron de estar conscientes de cada movimiento detrás de ella.
    Como un depredador reconociendo a otro.Y aunque su rostro no lo delatara… algo en él había cambiado.

    //ROL NO CANON // [Alastor_rabbit] -La puerta de la cafetería se abrió con un tintineo suave, casi delicado… en marcado contraste con la figura que cruzó el umbral. El abrigo oscuro de Vergil Sparda estaba rasgado en uno de los costados; la tela húmeda por la sangre apenas visible bajo la luz cálida del lugar. Su expresión, sin embargo, permanecía intacta: impasible, afilada, tan serena como si no acabara de salir de un enfrentamiento donde otros no habrían sobrevivido. El líder de aquella organización no se permitía mostrar debilidad. Jamás. Sus botas resonaron con firmeza sobre el suelo hasta llegar al mostrador. Sus ojos de un azul cortante se alzaron apenas… y entonces lo vio.Detrás de la barra, atendiendo con una sonrisa demasiado amplia para ser completamente humana, estaba Alguien que no encajaba con la monotonía del mundo mortal. Hubo una pausa casi imperceptible. Los ojos de Vergil se detuvieron en él más de lo necesario. No por distracción… sino por análisis. Elegancia anticuada. Presencia magnética. Una energía que vibraba distinta, como una frecuencia que solo alguien como él podía percibir. Un silencio breve.- Un whisky. Solo -pidió con voz baja y firme, grave como el eco de una sentencia. Ni una palabra más. Dejó el dinero exacto sobre el mostrador, billetes impecables a pesar de la sangre que marcaba su guante. No mencionó la herida. No pidió ayuda. No explicó nada. Cuando tomó el vaso, sus dedos rozaron apenas el cristal… y por una fracción de segundo, su mirada volvió a encontrarse con la del encargado. Interés.Contenido. Sellado. Oculto tras su disciplina férrea. Se apartó sin añadir comentario alguno y eligió una mesa en la esquina más sombría del lugar, sentándose con la espalda recta, cruzando una pierna sobre la otra como si estuviera en una reunión de negocios y no perdiendo sangre bajo el abrigo.Bebió un sorbo.Sus ojos no volvieron directamente hacia la barra… pero tampoco dejaron de estar conscientes de cada movimiento detrás de ella. Como un depredador reconociendo a otro.Y aunque su rostro no lo delatara… algo en él había cambiado.
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    Individual
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