El estudio estaba silencioso, el suelo de madera brillando tenuemente con la luz de la mañana. Scarlett se acercó al espejo, los dedos rozando suavemente su cabello oscuro. Antes de que las alumnas llegaran, había un ritual que no podía saltarse: el recogido.

Con movimientos precisos, empezó a separar mechón por mechón, alisando la textura con un cuidado casi obsesivo. Cada hebra debía estar en su lugar; cada línea de su cuello y nuca debía quedar visible, limpia, impecable.

Mientras tejía el moño bajo, se permitió recordar. En los tiempos antiguos, las bailarinas recogían el cabello no solo por estética, sino por disciplina y seguridad. Un cabello suelto podía distraer, enredarse con la barra, interferir con la alineación del cuerpo. El recogido era una declaración silenciosa: “Estoy lista, estoy concentrada, respeto mi arte”.

Scarlett ajustó un último pasador, comprobando el ángulo del moño en el espejo. La perfección no era vanidad; era necesaria. Cada giro, cada plié, cada salto exigía libertad de movimiento. Cada hebra fuera de lugar era una pequeña amenaza al equilibrio y a la armonía del cuerpo.

El recogido no solo mantenía el cabello en su sitio, sino que recordaba a quien lo llevaba que el ballet no es solo belleza: es disciplina, control y respeto por el propio cuerpo. Un arte que no perdona la negligencia.

Con el moño asegurado, Scarlett dio un paso atrás y estiró los brazos hacia arriba, dejando que la luz acariciara su silueta. Pronto las alumnas llegarían, pero por ahora, estaba sola con su reflejo y con el ritual que, generación tras generación, había definido a todas las bailarinas antes de comenzar.
El estudio estaba silencioso, el suelo de madera brillando tenuemente con la luz de la mañana. Scarlett se acercó al espejo, los dedos rozando suavemente su cabello oscuro. Antes de que las alumnas llegaran, había un ritual que no podía saltarse: el recogido. Con movimientos precisos, empezó a separar mechón por mechón, alisando la textura con un cuidado casi obsesivo. Cada hebra debía estar en su lugar; cada línea de su cuello y nuca debía quedar visible, limpia, impecable. Mientras tejía el moño bajo, se permitió recordar. En los tiempos antiguos, las bailarinas recogían el cabello no solo por estética, sino por disciplina y seguridad. Un cabello suelto podía distraer, enredarse con la barra, interferir con la alineación del cuerpo. El recogido era una declaración silenciosa: “Estoy lista, estoy concentrada, respeto mi arte”. Scarlett ajustó un último pasador, comprobando el ángulo del moño en el espejo. La perfección no era vanidad; era necesaria. Cada giro, cada plié, cada salto exigía libertad de movimiento. Cada hebra fuera de lugar era una pequeña amenaza al equilibrio y a la armonía del cuerpo. El recogido no solo mantenía el cabello en su sitio, sino que recordaba a quien lo llevaba que el ballet no es solo belleza: es disciplina, control y respeto por el propio cuerpo. Un arte que no perdona la negligencia. Con el moño asegurado, Scarlett dio un paso atrás y estiró los brazos hacia arriba, dejando que la luz acariciara su silueta. Pronto las alumnas llegarían, pero por ahora, estaba sola con su reflejo y con el ritual que, generación tras generación, había definido a todas las bailarinas antes de comenzar.
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