"El día de hoy marcaba un punto de inflexión tanto para el plano terrenal como para el espiritual. Yo, Alastor, el heraldo de la tortura y guardián de los secretos de lo desconocido, me encontraba en el centro de mi ritual anual. Mi poder no solo emana de mi propia esencia, sino de las innumerables almas que poseo; seres que sufrieron el infortunio de pertenecer a familias tan viles y mezquinas que no dudaron en sacrificarlos para saciar su propia avaricia.
Cada año, bajo el velo de esta liturgia sombría, tomo posesión de una abadía abandonada. Allí, convoco a las almas de padres, madres, hijos y hermanos que fueron entregados al abismo. El escenario es desolador: cada espíritu sostiene una vela con una desesperación casi física, aferrándose a la tenue llama como si fuera el último rastro de esperanza en un océano de oscuridad.
—No soy un ser de luz, ni pretendo ser un salvador celestial. Soy un Overlord con una reputación que mantener y una sed de poder inagotable. Sin embargo, incluso dentro de mi naturaleza, existe el capricho de otorgar una salida.—
"Una vez que la congregación de espectros se reúne en el corazón del monasterio, el aire se satura con mi presencia. Mi voz comienza a resonar, distorsionada por la estática, creando un efecto paradójico: parece provenir de las paredes mismas y, al mismo tiempo, susurrar directamente al oído de cada alma presente.
Bajo mi atuendo sacrílego de monja, que sirve como una burla constante a lo divino, comienzo el cántico. Las almas, en respuesta, elevan sus velas al unísono, mezclando sus rezos desesperados con la frecuencia de mi voz. La fe es el combustible de este juego; si es lo suficientemente pura, una sola alma —solo una entre miles— logrará cruzar el umbral hacia la libertad definitiva."
https://youtu.be/kUFiIWDOaAQ?si=NCUPhW9O-2TP3xtC
Cada año, bajo el velo de esta liturgia sombría, tomo posesión de una abadía abandonada. Allí, convoco a las almas de padres, madres, hijos y hermanos que fueron entregados al abismo. El escenario es desolador: cada espíritu sostiene una vela con una desesperación casi física, aferrándose a la tenue llama como si fuera el último rastro de esperanza en un océano de oscuridad.
—No soy un ser de luz, ni pretendo ser un salvador celestial. Soy un Overlord con una reputación que mantener y una sed de poder inagotable. Sin embargo, incluso dentro de mi naturaleza, existe el capricho de otorgar una salida.—
"Una vez que la congregación de espectros se reúne en el corazón del monasterio, el aire se satura con mi presencia. Mi voz comienza a resonar, distorsionada por la estática, creando un efecto paradójico: parece provenir de las paredes mismas y, al mismo tiempo, susurrar directamente al oído de cada alma presente.
Bajo mi atuendo sacrílego de monja, que sirve como una burla constante a lo divino, comienzo el cántico. Las almas, en respuesta, elevan sus velas al unísono, mezclando sus rezos desesperados con la frecuencia de mi voz. La fe es el combustible de este juego; si es lo suficientemente pura, una sola alma —solo una entre miles— logrará cruzar el umbral hacia la libertad definitiva."
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"El día de hoy marcaba un punto de inflexión tanto para el plano terrenal como para el espiritual. Yo, Alastor, el heraldo de la tortura y guardián de los secretos de lo desconocido, me encontraba en el centro de mi ritual anual. Mi poder no solo emana de mi propia esencia, sino de las innumerables almas que poseo; seres que sufrieron el infortunio de pertenecer a familias tan viles y mezquinas que no dudaron en sacrificarlos para saciar su propia avaricia.
Cada año, bajo el velo de esta liturgia sombría, tomo posesión de una abadía abandonada. Allí, convoco a las almas de padres, madres, hijos y hermanos que fueron entregados al abismo. El escenario es desolador: cada espíritu sostiene una vela con una desesperación casi física, aferrándose a la tenue llama como si fuera el último rastro de esperanza en un océano de oscuridad.
—No soy un ser de luz, ni pretendo ser un salvador celestial. Soy un Overlord con una reputación que mantener y una sed de poder inagotable. Sin embargo, incluso dentro de mi naturaleza, existe el capricho de otorgar una salida.—
"Una vez que la congregación de espectros se reúne en el corazón del monasterio, el aire se satura con mi presencia. Mi voz comienza a resonar, distorsionada por la estática, creando un efecto paradójico: parece provenir de las paredes mismas y, al mismo tiempo, susurrar directamente al oído de cada alma presente.
Bajo mi atuendo sacrílego de monja, que sirve como una burla constante a lo divino, comienzo el cántico. Las almas, en respuesta, elevan sus velas al unísono, mezclando sus rezos desesperados con la frecuencia de mi voz. La fe es el combustible de este juego; si es lo suficientemente pura, una sola alma —solo una entre miles— logrará cruzar el umbral hacia la libertad definitiva."
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