• — Hmm... Me pregunto si podré hacer como en la película de "Sin Límites" y escribir poder ser experta en un montón de campos. ¿Eso contará como alteración significativa? A todo esto, ¿el Gobierno sabrá que existe esta libreta? Espero que no me anden buscando... Creo que no puedo borrar la memoria a la gente, aunque aún no lo he probado.
    — Hmm... Me pregunto si podré hacer como en la película de "Sin Límites" y escribir poder ser experta en un montón de campos. ¿Eso contará como alteración significativa? A todo esto, ¿el Gobierno sabrá que existe esta libreta? Espero que no me anden buscando... Creo que no puedo borrar la memoria a la gente, aunque aún no lo he probado.
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    // Buenos días, lamento mucho mi ausencia, los viernes suelen ser días particularmente pesados para mí. En el transcurso de hoy sábado voy a estar respondiendo todos mis pendientes, agradezco mucho su paciencia y el cariño que le han dado a Cathie!
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  • La letra era clara aunque irregular en algunas líneas, casualmente, serían los párrafos que podrían llegar a doler más, como si la mano del escritor no se rindiera fácilmente en la resistencia de sus pensamientos.

    "Solo las personas que no saben lo que quieren buscan siempre señalar en los demás aquello que les resulta incorrecto.
    No nos atrevemos a volver a juzgar a quien vive dentro de su propio mundo, alienado del entorno, cuando es nuestro propio entorno el que nos abruma y nos hiciera desear también, vivir tranquilos en nuestra burbuja... "

    La nota seguía, pero una voz seca y firme, aunque no molesta, detuvo la lectura atenta de quien, contra todo sentido común, había comenzado a indagar en el contenido de aquel cuaderno que encontró en el suelo a la salida de un café.

    – disculpa, quizá querías devolverme eso... No es lo más normal ponerse a leer lo ajeno cuando encuentras un libro que en la tapa tiene nombre y un contacto. –

    El jóven había regresado enseguida al notar que su cuaderno no estaba en su bolso y ahora, miraba confundido a quien lo tenía en sus manos, aguardando respuesta.
    La letra era clara aunque irregular en algunas líneas, casualmente, serían los párrafos que podrían llegar a doler más, como si la mano del escritor no se rindiera fácilmente en la resistencia de sus pensamientos. "Solo las personas que no saben lo que quieren buscan siempre señalar en los demás aquello que les resulta incorrecto. No nos atrevemos a volver a juzgar a quien vive dentro de su propio mundo, alienado del entorno, cuando es nuestro propio entorno el que nos abruma y nos hiciera desear también, vivir tranquilos en nuestra burbuja... " La nota seguía, pero una voz seca y firme, aunque no molesta, detuvo la lectura atenta de quien, contra todo sentido común, había comenzado a indagar en el contenido de aquel cuaderno que encontró en el suelo a la salida de un café. – disculpa, quizá querías devolverme eso... No es lo más normal ponerse a leer lo ajeno cuando encuentras un libro que en la tapa tiene nombre y un contacto. – El jóven había regresado enseguida al notar que su cuaderno no estaba en su bolso y ahora, miraba confundido a quien lo tenía en sus manos, aguardando respuesta.
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    || Oficinalmente vuelvo a fin de este mes e intentaré hacerlo con todos los laureles.

    Los laureles no se fuman.
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  • Finalmente termine esta dichosa mudanza. El nuevo departamento es más espacioso y tranquilo, suficiente para dos personas.

    Aunque, claro, él no cuenta como una persona, pero es bueno que ahora pueda pasearse por la casa, ya que no hay más personas.

    La verdad, luego de que termine de acomodar su pecera, pense "quién diría que mi estabilidad mental cabe en una cosa tan pequeña"

    Y quizá debería comprar una pecera más grande para él la próxima vez que salga a comprar muebles, pero no demasiadas plantas.

    Él ya tiene muchas plantas.
    Finalmente termine esta dichosa mudanza. El nuevo departamento es más espacioso y tranquilo, suficiente para dos personas. Aunque, claro, él no cuenta como una persona, pero es bueno que ahora pueda pasearse por la casa, ya que no hay más personas. La verdad, luego de que termine de acomodar su pecera, pense "quién diría que mi estabilidad mental cabe en una cosa tan pequeña" Y quizá debería comprar una pecera más grande para él la próxima vez que salga a comprar muebles, pero no demasiadas plantas. Él ya tiene muchas plantas.
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  • Un amor que debe florecer:
    Bajo el firmamento sereno, do la luna derramaba su argentado resplandor sobre las aguas del puerto, corría el mozo Zelkova, cubierto con su gorrilla de caza bermeja, abrigo largo y corbata oscura. El rumor de los navíos anclados se mezclaba con el jadeo afanoso de la pareja que seguía sus pasos.

    ◇¡Amor, no lo lograremos! ¡Nos hallarán!

    Exclamó la doncella con la voz quebrada.

    ●No dejéis que vuestra voluntad claudique

    Replicó Zelkova sin aminorar el paso.

    ●Ya estamos cerca.

    Con discretos ademanes los guiaba entre las sombras de las naves, señalándoles cuándo detenerse y cuándo escurrirse entre los cascos y aparejos. Así llegaron finalmente a una pequeña lancha que los aguardaba junto al muelle.

    Los tres quedaron rendidos por la fatiga.

    ♤No sabes cuánto te agradecemos

    Dijo el varón

    ♤Habéis hecho tanto por nosotros...

    ●No fue nada

    Respondió el cura, ocultando el rostro bajo la visera de su gorra.

    Mas el hombre entrecerró los ojos.

    ♤¿Qué escondéis ahí?

    ●Nada... nada. Daos priesa.

    ◇¡Por Dios!

    Gritó la mujer

    ◇¡Deja de hacerte el duro!.

    Con un suspiro resignado, Zelkova apartó la visera. Entonces quedó expuesto el morado que ennegrecía uno de sus ojos, memoria de las contiendas libradas para protegerles.

    La mujer rompió en llanto.

    ♤¿Por qué lo hiciste?

    Preguntó el hombre.

    ●Porque vuestro amor debe florecer en paz. Por vuestro bien... y por el de vuestro hijo.

    El hombre quedó anonadado y volvió la vista hacia su amada. Ella, ruborizada, miró hacia otro lado.

    ●Oh...

    Murmuró Zelkova

    ●Creo que malogré vuestra sorpresa.

    El hombre abrazó a la mujer y luego se volvió hacia él.

    ♤venga con nosotros. Mi familia os persigue; es peligroso. Si continuáis así, acabarán por daros muerte.

    ◇Intentaron apartarnos.

    Sollozó la doncella

    ◇Encerrarnos en nuestra soledad y unirnos a matrimonios arreglados. Usted y Ciaso nos ayudaron a amarnos. Buscarán mataros...

    Zelkova agitó las manos con mansedumbre.

    ●Está bien, está bien. No acontece nada. Mas no puedo acompañaros.

    Ambos guardaron silencio, incrédulos.

    ●No seáis necios

    Prosiguió el cura con una tenue sonrisa

    ●Siembra tu semilla y puebla la tierra. Dios os bendecirá con una familia sana. En verdad, merecéis ser felices. Yo aún tengo menesteres que atender.

    Volvió apenas el rostro.

    ●Vamos. Partid.

    El hombre, antes de embarcar, formuló una última pregunta.

    ♤¿Por qué arriesgas tu vida por unos desconocidos? No podemos devolverte semejante favor.

    Entonces Zelkova respondió con voz serena, citando las Sagradas Escrituras:

    ●Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

    La pareja corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo.

    ♤Gracias, Padre Legasov◇

    Susurraron. Después subieron a la lancha, que pronto comenzó a alejarse de la ribera.

    Zelkova alzó una mano en despedida. Cuando la embarcación se perdió entre los reflejos argénteos del mar, tomó asiento junto al muelle. No contempló las aguas ni la luna que danzaba sobre ellas. Permaneció inmóvil, aquietando su espíritu y templando su mente para la labor que aún le aguardaba en la grisácea senda que había escogido recorrer.
    Un amor que debe florecer: Bajo el firmamento sereno, do la luna derramaba su argentado resplandor sobre las aguas del puerto, corría el mozo Zelkova, cubierto con su gorrilla de caza bermeja, abrigo largo y corbata oscura. El rumor de los navíos anclados se mezclaba con el jadeo afanoso de la pareja que seguía sus pasos. ◇¡Amor, no lo lograremos! ¡Nos hallarán! Exclamó la doncella con la voz quebrada. ●No dejéis que vuestra voluntad claudique Replicó Zelkova sin aminorar el paso. ●Ya estamos cerca. Con discretos ademanes los guiaba entre las sombras de las naves, señalándoles cuándo detenerse y cuándo escurrirse entre los cascos y aparejos. Así llegaron finalmente a una pequeña lancha que los aguardaba junto al muelle. Los tres quedaron rendidos por la fatiga. ♤No sabes cuánto te agradecemos Dijo el varón ♤Habéis hecho tanto por nosotros... ●No fue nada Respondió el cura, ocultando el rostro bajo la visera de su gorra. Mas el hombre entrecerró los ojos. ♤¿Qué escondéis ahí? ●Nada... nada. Daos priesa. ◇¡Por Dios! Gritó la mujer ◇¡Deja de hacerte el duro!. Con un suspiro resignado, Zelkova apartó la visera. Entonces quedó expuesto el morado que ennegrecía uno de sus ojos, memoria de las contiendas libradas para protegerles. La mujer rompió en llanto. ♤¿Por qué lo hiciste? Preguntó el hombre. ●Porque vuestro amor debe florecer en paz. Por vuestro bien... y por el de vuestro hijo. El hombre quedó anonadado y volvió la vista hacia su amada. Ella, ruborizada, miró hacia otro lado. ●Oh... Murmuró Zelkova ●Creo que malogré vuestra sorpresa. El hombre abrazó a la mujer y luego se volvió hacia él. ♤venga con nosotros. Mi familia os persigue; es peligroso. Si continuáis así, acabarán por daros muerte. ◇Intentaron apartarnos. Sollozó la doncella ◇Encerrarnos en nuestra soledad y unirnos a matrimonios arreglados. Usted y Ciaso nos ayudaron a amarnos. Buscarán mataros... Zelkova agitó las manos con mansedumbre. ●Está bien, está bien. No acontece nada. Mas no puedo acompañaros. Ambos guardaron silencio, incrédulos. ●No seáis necios Prosiguió el cura con una tenue sonrisa ●Siembra tu semilla y puebla la tierra. Dios os bendecirá con una familia sana. En verdad, merecéis ser felices. Yo aún tengo menesteres que atender. Volvió apenas el rostro. ●Vamos. Partid. El hombre, antes de embarcar, formuló una última pregunta. ♤¿Por qué arriesgas tu vida por unos desconocidos? No podemos devolverte semejante favor. Entonces Zelkova respondió con voz serena, citando las Sagradas Escrituras: ●Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. La pareja corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo. ♤Gracias, Padre Legasov◇ Susurraron. Después subieron a la lancha, que pronto comenzó a alejarse de la ribera. Zelkova alzó una mano en despedida. Cuando la embarcación se perdió entre los reflejos argénteos del mar, tomó asiento junto al muelle. No contempló las aguas ni la luna que danzaba sobre ellas. Permaneció inmóvil, aquietando su espíritu y templando su mente para la labor que aún le aguardaba en la grisácea senda que había escogido recorrer.
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  • And just remember what I once was, because what I am now is not the same as what you saw the first time ♥
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    FICHA OFICIAL DE REVISTA

    ╔══════════════════════════════════════╗
    ISHTAR´S DEMONIC DÉESSE INFERNAL GLAMOUR
    Revista de Colección: "ISHTAR´S QUEENS"
    ╚══════════════════════════════════════╝

    PORTADA ESTELAR
    Rias Gremory
    La Reina del Purgatorio
    Símbolo de liderazgo, pasión y nobleza demoníaca.
    Reconocida por su determinación, belleza imponente y capacidad para inspirar a quienes la rodean.

    Akeno Himejima
    El Ángel Caído
    Figura de elegancia, misterio y poder oculto.
    Destaca por su presencia cautivadora y su inteligencia estratégica.
    👑🔥 FICHA OFICIAL DE REVISTA 🔥👑 ╔══════════════════════════════════════╗ 🌹 ISHTAR´S DEMONIC DÉESSE INFERNAL GLAMOUR 🌹 📖 Revista de Colección: "ISHTAR´S QUEENS" ╚══════════════════════════════════════╝ 🌹 PORTADA ESTELAR 🌹 ❤️ Rias Gremory 👑 La Reina del Purgatorio 🔥 Símbolo de liderazgo, pasión y nobleza demoníaca. 🩸 Reconocida por su determinación, belleza imponente y capacidad para inspirar a quienes la rodean. 💜 Akeno Himejima 👑 El Ángel Caído ⚡ Figura de elegancia, misterio y poder oculto. 🌙 Destaca por su presencia cautivadora y su inteligencia estratégica.
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  • "Padre, mantener el equilibrio ha sido tortuoso. Devorar las almas de los malditos, me corrompe cada vez más. Espero que lo consideres la próxima vez que te ausentes..."
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  • —Las Crónicas De Fenrir Queen—

    •Capítulo 1: Las heridas que no sanan•

    El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.

    Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.

    Curandero: —Nunca había visto algo parecido.

    Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?

    El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.

    Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.

    Fenrir: —Entonces… puede curarlo?

    La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.

    Curandero: —Lo siento, muchacha.

    Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.

    Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.

    Fenrir: —Tan mal están?

    Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.

    Fenrir: —Puede ayudarme?

    La mujer apartó lentamente la mirada.

    Alquimista: —No.

    Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.

    Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.

    Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?

    Anciano: —No.

    Fenrir: —Y algún alquimista?

    Anciano: —Tampoco.

    Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.

    Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.

    Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.

    Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.

    Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.

    Fenrir: —Parecido?

    Anciano: —Un joven viajero.

    Fenrir: —También está herido?

    El hombre asintió.

    Anciano: —Eso parece.

    No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.

    Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.

    Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.

    Finalmente reuní valor y me acerqué.

    Fenrir: —Puedo sentarme?

    El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.

    Desconocido: —Haz lo que quieras.

    Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.

    Desconocido: —No pareces de aquí.

    Fenrir: —Porque no lo soy.

    Desconocido: —Viajas sola.

    Fenrir: —Sí.

    El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.

    Desconocido: —Qué pasa?

    Fenrir: —Tu brazo.

    Su expresión se endureció ligeramente.

    Desconocido: —Qué ocurre con él?

    Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.

    Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.

    Por primera vez pareció realmente sorprendido.

    Desconocido: —También estás herida?

    Solté una pequeña risa cansada.

    Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.

    El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.

    Desconocido: —Fue un chico?

    Fenrir: —Cómo lo sabes?

    Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.

    Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.

    Fenrir: —Yo no sé quién era.

    Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.

    Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.

    Desconocido: —A mí tampoco.

    La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.

    Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.

    Desconocido: —Porque se rompe.

    Fenrir: —Qué quieres decir?

    Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.

    Bajé la mirada hacia la mesa.

    Fenrir: —Casi me mata.

    El muchacho permaneció unos segundos en silencio.

    Desconocido: —A mí también.

    Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.

    Fuera quien fuese aquel muchacho…
    Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
    —Las Crónicas De Fenrir Queen— •Capítulo 1: Las heridas que no sanan• El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme. Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro. Curandero: —Nunca había visto algo parecido. Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es? El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo. Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo. Fenrir: —Entonces… puede curarlo? La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca. Curandero: —Lo siento, muchacha. Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución. Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando. Fenrir: —Tan mal están? Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves. Fenrir: —Puede ayudarme? La mujer apartó lentamente la mirada. Alquimista: —No. Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo. Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal. Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo? Anciano: —No. Fenrir: —Y algún alquimista? Anciano: —Tampoco. Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar. Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente. Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar. Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido. Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo. Fenrir: —Parecido? Anciano: —Un joven viajero. Fenrir: —También está herido? El hombre asintió. Anciano: —Eso parece. No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo. Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías. Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar. Finalmente reuní valor y me acerqué. Fenrir: —Puedo sentarme? El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder. Desconocido: —Haz lo que quieras. Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo. Desconocido: —No pareces de aquí. Fenrir: —Porque no lo soy. Desconocido: —Viajas sola. Fenrir: —Sí. El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante. Desconocido: —Qué pasa? Fenrir: —Tu brazo. Su expresión se endureció ligeramente. Desconocido: —Qué ocurre con él? Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes. Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío. Por primera vez pareció realmente sorprendido. Desconocido: —También estás herida? Solté una pequeña risa cansada. Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir. El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista. Desconocido: —Fue un chico? Fenrir: —Cómo lo sabes? Desconocido: —Porque a mí me hizo esto. Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido. Fenrir: —Yo no sé quién era. Desconocido: —Yo tampoco sé mucho. Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó. Desconocido: —A mí tampoco. La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar. Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía. Desconocido: —Porque se rompe. Fenrir: —Qué quieres decir? Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor. Bajé la mirada hacia la mesa. Fenrir: —Casi me mata. El muchacho permaneció unos segundos en silencio. Desconocido: —A mí también. Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara. Fuera quien fuese aquel muchacho… Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
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