— No entiendo por qué me miras así… si lo único que sé hacer es abrazar tristezas hasta que se duerman — Había conseguido trabajo en un club que, desde fuera, parecía como cualquier otro: luces tenues, música que vibraba en el suelo, risas demasiado fuertes y copas que nunca permanecían vacías. Pero para la pelirroja todo era… extraño. No entendía por qué algunos clientes hablaban tan cerca de su oído, ni por qué sus miradas se quedaban más tiempo del necesario sobre ella. Tampoco comprendía por qué el silencio se volvía tan denso cuando caminaba entre las mesas.

Ella solo hacía lo que sabía hacer.

Escuchaba.

A veces se sentaba frente a alguien que parecía haber olvidado cómo respirar con calma. Les ofrecía una sonrisa suave, un gesto torpe, una palabra que no buscaba seducir, sino sostener. Y era raro… porque después de unos minutos, las manos tensas se relajaban, las miradas se volvían más claras, y los corazones, aunque fuera por un instante...parecían menos rotos.

Pero el club tenía otro pulso bajo la música.

En las esquinas más oscuras se susurraban acuerdos que no sonaban a nada bueno. Había hombres que observaban demasiado, mujeres que sabían demasiado, y sombras que se movían cuando nadie debía moverse. Más de una vez la pelirroja sintió esa sensación en la nuca… como si algo peligroso la estuviera estudiando.

Y aun así, ella seguía ahí, caminando entre mesas con el atuendo que le habían dado en aquel lugar y sus ojos grandes, completamente ajena a las reglas invisibles de ese lugar.

No entendía el juego.
No entendía las miradas.
No entendía el peligro.
— No entiendo por qué me miras así… si lo único que sé hacer es abrazar tristezas hasta que se duerman — Había conseguido trabajo en un club que, desde fuera, parecía como cualquier otro: luces tenues, música que vibraba en el suelo, risas demasiado fuertes y copas que nunca permanecían vacías. Pero para la pelirroja todo era… extraño. No entendía por qué algunos clientes hablaban tan cerca de su oído, ni por qué sus miradas se quedaban más tiempo del necesario sobre ella. Tampoco comprendía por qué el silencio se volvía tan denso cuando caminaba entre las mesas. Ella solo hacía lo que sabía hacer. Escuchaba. A veces se sentaba frente a alguien que parecía haber olvidado cómo respirar con calma. Les ofrecía una sonrisa suave, un gesto torpe, una palabra que no buscaba seducir, sino sostener. Y era raro… porque después de unos minutos, las manos tensas se relajaban, las miradas se volvían más claras, y los corazones, aunque fuera por un instante...parecían menos rotos. Pero el club tenía otro pulso bajo la música. En las esquinas más oscuras se susurraban acuerdos que no sonaban a nada bueno. Había hombres que observaban demasiado, mujeres que sabían demasiado, y sombras que se movían cuando nadie debía moverse. Más de una vez la pelirroja sintió esa sensación en la nuca… como si algo peligroso la estuviera estudiando. Y aun así, ella seguía ahí, caminando entre mesas con el atuendo que le habían dado en aquel lugar y sus ojos grandes, completamente ajena a las reglas invisibles de ese lugar. No entendía el juego. No entendía las miradas. No entendía el peligro.
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