• El coronel y el pianista
    Fandom Overwatch y hazbin hotel
    Categoría Crossover
    ༒𓂀 𝔸𝕝𝕒𝕤𝕥𝕠𝕣 𝕿𝖍𝖊 𝕽𝖆𝖉𝖎𝖔 𝕯𝖊𝖒𝖔𝖓𓂀༒

    Localización: Complejo Militar en Sajonia, Alemania

    ​Fecha: Febrero de 1945 | Cerca del colapso del frente.

    ​El viento gélido de las llanuras alemanas golpea las ventanas de tu oficina, haciendo vibrar los cristales. Desde tu escritorio, la vista es monótona: filas de barracones de madera rodeadas por perímetros de doble alambrada de espino y torres de vigilancia donde los focos barren incansablemente el suelo embarrado.
    ​Eres el Coronel Jack Morrison, el oficial al mando de este centro de detención de alta seguridad.Los suministros de comida escasean, el invierno no da tregua y los informes sugieren que el exterminio de judíos sea más rápido de lo habitual.
    ​En tu escritorio hay dos carpetas abiertas que requieren tu atención inmediata:

    ​Un informe de inteligencia: Se sospecha de un plan de fuga masiva organizado por un grupo de oficiales enemigos capturados que, según dicen, han logrado infiltrar herramientas desde el exterior.

    ​Una solicitud de traslado: El alto mando exige que envíes a la mitad de presos las cámaras de gas, antes de que esos judíos se revelen.

    ​Un golpe seco suena en tu puerta. Entra tu lugarteniente, con el rostro pálido y la respiración agitada.

    ​—"Señor Morrison, tenemos un problema en el patio del Sector 4. Los prisioneros se niegan a entrar a los barracones y necesitamos cavar más fosas "-
    [Alastor_rabbit] Localización: Complejo Militar en Sajonia, Alemania ​Fecha: Febrero de 1945 | Cerca del colapso del frente. ​El viento gélido de las llanuras alemanas golpea las ventanas de tu oficina, haciendo vibrar los cristales. Desde tu escritorio, la vista es monótona: filas de barracones de madera rodeadas por perímetros de doble alambrada de espino y torres de vigilancia donde los focos barren incansablemente el suelo embarrado. ​Eres el Coronel Jack Morrison, el oficial al mando de este centro de detención de alta seguridad.Los suministros de comida escasean, el invierno no da tregua y los informes sugieren que el exterminio de judíos sea más rápido de lo habitual. ​En tu escritorio hay dos carpetas abiertas que requieren tu atención inmediata: ​Un informe de inteligencia: Se sospecha de un plan de fuga masiva organizado por un grupo de oficiales enemigos capturados que, según dicen, han logrado infiltrar herramientas desde el exterior. ​Una solicitud de traslado: El alto mando exige que envíes a la mitad de presos las cámaras de gas, antes de que esos judíos se revelen. ​Un golpe seco suena en tu puerta. Entra tu lugarteniente, con el rostro pálido y la respiración agitada. ​—"Señor Morrison, tenemos un problema en el patio del Sector 4. Los prisioneros se niegan a entrar a los barracones y necesitamos cavar más fosas "-
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  • 𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧
    — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳

    「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」
    ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧*
    Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche.
    "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊".

    Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada.
    Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻.

    —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼?
    —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡

    ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹

    ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua.
    ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello.

    ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽.

    ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración.
    ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo?

    ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente.

    ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo.
    ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más.
    ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..."

    ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento.
    ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa?
    ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
    𝗥𝗲𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗧𝘂𝗿𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹. 𝗘𝗱𝗶𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗘𝘀𝗽𝗲𝗰𝗶𝗮𝗹: '𝗟𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗿𝗲𝘁𝗼𝘀 𝗺𝗲𝗷𝗼𝗿 𝗴𝘂𝗮𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲𝘁𝗲𝗻𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗷𝗮𝗽𝗼𝗻𝗲́𝘀' (๑•̀ㅂ•́)و✧ — 𝗣𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝟰𝟳 「¡𝐃𝐄𝐒𝐂𝐔𝐁𝐈𝐄𝐑𝐓𝐎ⵑ 𝐄𝐋 𝐇𝐎𝐒𝐓 𝐌𝐀́𝐒 𝐄𝐗𝐂𝐋𝐔𝐒𝐈𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐓𝐎𝐊𝐈𝐎」 ¿Cansado de los mismos clubs de siempre? Nuestro reportero se infiltró en un establecimiento tan privado que ni siquiera tiene nombre. Y allí, encontramos a la joya de la corona: 𝚈𝙾𝚂𝙷𝙸𝙼𝙸𝙽𝙴-𝚂𝙰𝙽 (ノ◕ヮ◕)ノ:・゚✧* Con 1.85cm de altura que parecen 2 metros cuando te sirve el té con esa mirada de "ojalá estuvieras en cualquier otro lado pero aquí me pagan por sonreír" (。♡‿♡。), este felino de aspecto adusto resultó ser el anfitrión más demandado de la noche. "𝙽𝚘 𝚎𝚜𝚙𝚎𝚛𝚊𝚋𝚊 𝚎𝚜𝚝𝚘 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚎𝚗𝚝𝚛𝚎́", confesó nuestro reportero entre risas nerviosas. "𝙻𝚕𝚎𝚐𝚞𝚎́ 𝚋𝚞𝚜𝚌𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚞𝚗 𝚠𝚑𝚒𝚜𝚔𝚢 𝚢 𝚜𝚊𝚕ɪ́ 𝚌𝚘𝚗 𝚕𝚊 𝚋𝚒𝚕𝚕𝚎𝚝𝚎𝚛𝚊 𝚟𝚊𝚌ɪ́𝚊, 𝚎𝚕 𝚌𝚘𝚛𝚊𝚣𝚘́𝚗 𝚙𝚎𝚜𝚊𝚍𝚘, 𝚢 𝚞𝚗 𝚏𝚎𝚕𝚒𝚗𝚘 𝚍𝚎 𝚌𝚊𝚜𝚒 𝚍𝚘𝚜 𝚖𝚎𝚝𝚛𝚘𝚜 𝚊𝚏𝚎𝚛𝚛𝚊́𝚗𝚍𝚘𝚜𝚎 𝚊 𝚖𝚒 𝚖𝚊𝚗𝚐𝚊 𝚌𝚞𝚊𝚗𝚍𝚘 𝚒𝚗𝚝𝚎𝚗𝚝𝚊𝚋𝚊 𝚒𝚛𝚖𝚎. 𝙽𝚘 𝚜𝚎́ 𝚜𝚒 𝚏𝚞𝚒 𝚊 𝚞𝚗 𝚑𝚘𝚜𝚝 𝚌𝚕𝚞𝚋 𝚘 𝚊 𝚊𝚍𝚘𝚙𝚝𝚊𝚛 𝚞𝚗 𝚐𝚊𝚝𝚘 𝚌𝚊𝚕𝚕𝚎𝚓𝚎𝚛𝚘 𝚌𝚘𝚗 𝚝𝚛𝚊𝚓𝚎 𝚍𝚎 𝚜𝚒𝚛𝚟𝚒𝚎𝚗𝚝𝚊". Las clientas (y clientes) habituales lo describen como "𝚞𝚗 𝚝𝚜𝚞𝚗𝚍𝚎𝚛𝚎 𝚍𝚎 𝚖𝚊𝚗𝚞𝚊𝚕" (⁄ ⁄>⁄ ▽⁄<⁄ ⁄): gruñe, pone cara de disgusto, dice que no le gusta atender... pero si te quedas callado lo suficiente, termina preguntándote si quieres más té con una voz que suena sospechosamente preocupada. Según fuentes confirmadas, atiende solo tres noches al mes, bajo reserva, y el precio por hora supera lo que la mayoría gana en una semana. ¿Vale la pena? Quienes han tenido el "privilegio" de ser atendidos por este hermoso gato de mal carácter juran que sí. Aunque advierten: no intentes tomarle la mano sin permiso, a menos que quieras recibir una clase gratuita de por qué no se debe molestar a un felino enojado (┛◉Д◉)┛彡┻━┻. —¿𝗩𝗼𝗹𝘃𝗲𝗿𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝘃𝗶𝘀𝗶𝘁𝗮𝗿𝗹𝗼? —𝗦𝗶 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲𝘃𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗻𝗼𝘁𝗮, 𝘀𝛊́ (◕‿◕)♡ ⊹  ︶︶  ୨୧  ︶︶  ⊹ ​—¿Host? —murmuró para sí mismo, saboreando la palabra como si fuera un veneno extranjero en su lengua. ​Frunció el ceño con tal intensidad que un pliegue profundo, casi una cicatriz de ansiedad, le partió la frente. Levantó la revista, la acercó al halo de luz de su escritorio de diseño y luego la alejó, entrecerrando los ojos. Observó la fotografía con la minuciosidad de un analista forense buscando una falla. Allí, en la esquina inferior derecha, creyó ver un píxel desalineado, una sombra que no terminaba de encajar con la inclinación altiva de su cuello. ​𝗣𝗵𝗼𝘁𝗼𝘀𝗵𝗼𝗽. ​La conclusión fue un alivio; sintió que podría estallar de pura euforia. Por supuesto. Él jamás… jamás se prestaría a semejante humillación. Ni como castigo, ni bajo tortura, ni en la más delirante de las misiones de infiltración. ​Sin embargo, el sudor frío no tardó en brotar. La revista era de turismo internacional. Eso significaba aeropuertos, hoteles de cinco estrellas, salas de espera de primera clase. Sus subordinados eran los más eficientes del clan, sí, pero seguían siendo hombres. ¿Leían revistas de tendencias? ¿Consumían catálogos de Maid Cafés por puro aburrimiento? ¿Eran lo suficientemente estúpidos como para reconocer sus facciones bajo aquel disfraz ridículo? ​—Con suerte, nadie se detendrá en esta página —se dijo, poniéndose en pie bruscamente. ​Asintió con firmeza, intentando sellar el asunto con lógica. Era una revista para turistas; gente que estaba de paso, sombras que miraban y se marchaban sin dejar rastro. No tenían conexiones con el Clan Tojo. ​Con esa falsa calma, Mine volvió a sentarse. Tomó la revista con desdén, dispuesto a destruirla… pero sus ojos traicioneros bajaron al texto una vez más. ​"Un gatito gruñón que se aferra a ti cuando tratas de irte..." ​Tragó saliva. La imagen de sí mismo con aquel lazo blanco y esponjoso parecía quemarle las pupilas. Sintió un calor abrasador subiéndole por el cuello hasta teñirle las orejas de un carmín violento. ​Miró a su alrededor, buscando el escondite perfecto. ¿Debajo del monitor? Demasiado expuesto. ¿En el cajón de los informes confidenciales del clan? Estaría a salvo, a menos que alguien necesitara auditar las cuentas. ¿En la papelera? Un error de novato; la limpieza pasaba a las siete. ¿Llevarla a casa? ​Con la torpeza impropia de un alto mando, pero con la urgencia de un adolescente ocultando una revista prohibida, Mine desabrochó el forro de su maletín de piel italiana y deslizó el papel satinado en la oscuridad del cuero.
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  • -un rayo de luz por suerte de una estrella no tan cercana se asoma cálidamente a través de la ventana iluminando el típico escritorio que a sido testigo de cada recuerdo escrito-

    "vaya" -con un poco de sorpresa seguido de un bostezo relajante casi contagioso-
    "no esperaba tener compañía tan tempranamente... si es que aun es temprano aquí?...

    -Tratando de mirar por la ventana la luz ciega a esta mirada recién consiente aun distraído por los sueños-
    -un rayo de luz por suerte de una estrella no tan cercana se asoma cálidamente a través de la ventana iluminando el típico escritorio que a sido testigo de cada recuerdo escrito- "vaya" -con un poco de sorpresa seguido de un bostezo relajante casi contagioso- "no esperaba tener compañía tan tempranamente... si es que aun es temprano aquí?... -Tratando de mirar por la ventana la luz ciega a esta mirada recién consiente aun distraído por los sueños-
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  • Vienna, Austria 06 53 am
    -La peliblanca estaba en la sala de descanso luego de 18 horas en una operación de un motociclista, fracturas múltiples y perforación de un pulmón.
    Estaba tranquilamente tomando un té de jazmín y comiendo unas galletas saladas cuando un enfermero entró a la sala “ El director nos llama a todos”.
    La mujer mira de reojo y continúa comiendo sus galletas, todos salieron en dirección a la oficina del director menos la peliblanca, el arsenalero la quedó mirando preguntándole “Marwolaeth ¿no irás?”, a lo que la mujer le respondió “ dile que me fui a Alaska y me pisó un pingüino”. Eso le dió risa al colega cerrando la puerta, la mujer cerró los ojos para descansar sus ojos, y contó “3, 2, 1” y la puerta se abrió de golpe. Era el director casi con un ataque al corazón, la mujer se levantó sacudiéndose las manos abriendo los ojos colocándose las manos en los bolsillos “ espero que sea importante Edgar”. Salió de la sala seguido por el director que parecía su custodio.

    Entraron a la oficina donde estaban todos los doctores, arsenaleros y enfermeros.-

    Director: Bueno ya que todos están acá, les comento una noticia importante.
    Nos han solicitado un equipo especial en un hospital amigo.
    Así que hemos decidido ayudarlos, elegiremos a los mejores para enviar.
    -Uno de los enfermeros levantó la mano y preguntó “¿Dónde está ese hospital”-

    Director: ese hospital está en Estados Unidos, específicamente en New York.
    -Los enfermeros comenzaron a emocionarse pero había un rostro que se oscureció cuando escucho esa ciudad y era nuestra protagonista, el director añadió -
    El equipo está conformado principalmente por la jefa de cirugía Angyar Marwolaeth.

    -La peliblanca desvío la mirada hacia la ventana con molestia y luego que todos se fueron quedándose sola con el director quien se acercó a su escritorio -

    De todas las ciudades del mundo, de todos los países por qué Estados Unidos..
    Detesto esa ciudad y lo sabes.
    -El director estaba leyendo los expedientes de los enfermeros como si no escuchará a la mujer -

    Director: Ya ha pasado más de dos años de lo que pasó, además no creo que Camelia se acuerde… además solo fue un malentendido

    Un mal…¿entendido..?
    -La mujer golpeó la mesa con una fuerza que la partió en dos, el director trago saliva y se vio el miedo en sus ojos, no había visto molesta a la peliblanca hace muchos años y era la primera vez-

    Director: si…si hablamos de lo que pasó ella te golpeó sin intención..
    Ahora tu te enterraste una pluma en la mano.

    -La mujer lo miró de reojo con un azul oscuro -

    Tu armaras el equipo, todos están preparados..
    Pero no te aseguro que las relaciones sean de lo mejor, debiste enviar a alguien más.
    -Mencionó la mujer caminando a la salida mientras el director se desplomaba en la silla-


    Continuará...
    Vienna, Austria 06 53 am -La peliblanca estaba en la sala de descanso luego de 18 horas en una operación de un motociclista, fracturas múltiples y perforación de un pulmón. Estaba tranquilamente tomando un té de jazmín y comiendo unas galletas saladas cuando un enfermero entró a la sala “ El director nos llama a todos”. La mujer mira de reojo y continúa comiendo sus galletas, todos salieron en dirección a la oficina del director menos la peliblanca, el arsenalero la quedó mirando preguntándole “Marwolaeth ¿no irás?”, a lo que la mujer le respondió “ dile que me fui a Alaska y me pisó un pingüino”. Eso le dió risa al colega cerrando la puerta, la mujer cerró los ojos para descansar sus ojos, y contó “3, 2, 1” y la puerta se abrió de golpe. Era el director casi con un ataque al corazón, la mujer se levantó sacudiéndose las manos abriendo los ojos colocándose las manos en los bolsillos “ espero que sea importante Edgar”. Salió de la sala seguido por el director que parecía su custodio. Entraron a la oficina donde estaban todos los doctores, arsenaleros y enfermeros.- Director: Bueno ya que todos están acá, les comento una noticia importante. Nos han solicitado un equipo especial en un hospital amigo. Así que hemos decidido ayudarlos, elegiremos a los mejores para enviar. -Uno de los enfermeros levantó la mano y preguntó “¿Dónde está ese hospital”- Director: ese hospital está en Estados Unidos, específicamente en New York. -Los enfermeros comenzaron a emocionarse pero había un rostro que se oscureció cuando escucho esa ciudad y era nuestra protagonista, el director añadió - El equipo está conformado principalmente por la jefa de cirugía Angyar Marwolaeth. -La peliblanca desvío la mirada hacia la ventana con molestia y luego que todos se fueron quedándose sola con el director quien se acercó a su escritorio - De todas las ciudades del mundo, de todos los países por qué Estados Unidos.. Detesto esa ciudad y lo sabes. -El director estaba leyendo los expedientes de los enfermeros como si no escuchará a la mujer - Director: Ya ha pasado más de dos años de lo que pasó, además no creo que Camelia se acuerde… además solo fue un malentendido Un mal…¿entendido..? -La mujer golpeó la mesa con una fuerza que la partió en dos, el director trago saliva y se vio el miedo en sus ojos, no había visto molesta a la peliblanca hace muchos años y era la primera vez- Director: si…si hablamos de lo que pasó ella te golpeó sin intención.. Ahora tu te enterraste una pluma en la mano. -La mujer lo miró de reojo con un azul oscuro - Tu armaras el equipo, todos están preparados.. Pero no te aseguro que las relaciones sean de lo mejor, debiste enviar a alguien más. -Mencionó la mujer caminando a la salida mientras el director se desplomaba en la silla- Continuará...
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  • Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error.

    Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼.

    La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda.

    Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼.

    Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos.

    Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló.
    Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron.

    —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲.

    La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido.

    Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente.

    La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻.
    La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo.

    No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀.

    El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro.
    Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲.

    Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite.

    Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó..
    Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor...

    —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE!

    Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮.
    El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido.

    Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼.

    La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría.
    Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀.

    Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones.
    Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales.

    —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́

    Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼.

    Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
    Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error. Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼. La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda. Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼. Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos. Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló. Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron. —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲. La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido. Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente. La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻. La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo. No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀. El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro. Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲. Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite. Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó.. Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor... —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE! Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮. El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido. Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼. La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría. Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀. Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones. Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales. —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́ Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼. Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
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  • La luz de su despacho en la UAC seguía encendida cuando casi todas las demás ya se habían apagado. Y digo "casi" porque al otro lado de la planta, la luz del despacho de Aaron Hotchner tambien parecía encendida. Parecia el sino de los jefes de ambos equipos de la UAC.

    Y es que Jack Tessaro estaba inclinado sobre su escritorio, una carpeta abierta entre sus manos, otra a medio revisar a su derecha... El tic - tac constante del reloj marcaba una hora en la que se supone que ya debería estar en casa, pero allí seguía.

    Los ojos de JT recorrían las mismas líneas por tercera vez.

    Algo no encajaba. Simplemente, lo sabía.

    JT apretó la mandíbula, dejando el bolígrafo caer sobre el papel con un leve golpe seco. Algo frustrado. Podía irse. Debería irse. Sabía perfectamente que Angie estaba en su apartamento esperándole, que había hecho un plan, que… importaba. Ella importaba. pero también lo hacían las victimas de aquel caso.


    Su mirada se desvió, inevitable, hacia el móvil. La pantalla seguía en negro.

    "Un par de minutos más. Y me voy"

    Volvió al informe. Porque si había una posibilidad, por mínima que fuera, de que se le estuviera escapando algo, no se lo perdonaría a si mismo. Ni esa noche. Ni ninguna.
    La luz de su despacho en la UAC seguía encendida cuando casi todas las demás ya se habían apagado. Y digo "casi" porque al otro lado de la planta, la luz del despacho de Aaron Hotchner tambien parecía encendida. Parecia el sino de los jefes de ambos equipos de la UAC. Y es que Jack Tessaro estaba inclinado sobre su escritorio, una carpeta abierta entre sus manos, otra a medio revisar a su derecha... El tic - tac constante del reloj marcaba una hora en la que se supone que ya debería estar en casa, pero allí seguía. Los ojos de JT recorrían las mismas líneas por tercera vez. Algo no encajaba. Simplemente, lo sabía. JT apretó la mandíbula, dejando el bolígrafo caer sobre el papel con un leve golpe seco. Algo frustrado. Podía irse. Debería irse. Sabía perfectamente que Angie estaba en su apartamento esperándole, que había hecho un plan, que… importaba. Ella importaba. pero también lo hacían las victimas de aquel caso. Su mirada se desvió, inevitable, hacia el móvil. La pantalla seguía en negro. "Un par de minutos más. Y me voy" Volvió al informe. Porque si había una posibilidad, por mínima que fuera, de que se le estuviera escapando algo, no se lo perdonaría a si mismo. Ni esa noche. Ni ninguna.
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  • 〔ᴹᴼᴺᴼᴿᴼᴸ〕
    ᴳᵒʳᵉ ˡᵉᵛᵉ, ˡᵉⁿᵍᵘᵃʲᵉ ᵛᵘˡᵍᵃʳ. ᴸᵉᵉʳ ᶜᵒⁿ ᵈⁱˢᶜʳᵉᶜⁱóⁿ.


    𝐒𝖾𝗌𝗂ó𐓣 #19


    Frío, mojado, empapado... dolor.

    Mucho dolor.

    Sus ojos se abrieron de golpe y la oscuridad de la habitación le dio la bienvenida. Pero no estaba sola. No hizo falta que mirara hacia sus pies para saberlo porque podía escucharlo.

    Sonido mojado y como si estuvieran masticando. El dolor se hacía más intenso a pesar que ella no se movía. Solo miraba el techo del cuarto.

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
    𝑺𝒑𝒆𝒏𝒅𝒊𝒏𝒈 𝒏𝒊𝒈𝒉𝒕𝒔 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒔𝒕𝒂𝒓𝒊𝒏𝒈 𝒂𝒕 𝒕𝒉𝒆 𝒘𝒂𝒍𝒍
    𝑷𝒂𝒚 𝒏𝒐 𝒎𝒊𝒏𝒅 𝒕𝒐 𝒕𝒉𝒆 𝒅𝒆𝒎𝒐𝒏𝒔 𝒊𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒉𝒂𝒍𝒍
    𝒀𝒆𝒂𝒉, 𝑰'𝒎 𝒏𝒖𝒎𝒃 𝑰 𝒅𝒐𝒏'𝒕 𝒇𝒆𝒆𝒍 𝒏𝒐𝒕𝒉𝒊𝒏𝒈 𝒂𝒕 𝒂𝒍𝒍
    𝑩𝒓𝒂𝒄𝒆𝒅 𝒇𝒐𝒓 𝒕𝒉𝒆 𝒇𝒂𝒍𝒍
    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    Pero el dolor se volvió tan intenso que no pudo aguantar más. Se sentó de golpe, viendo a esa cosa morder su pierna izquierda como si se tratara del más sabroso bocado.

    Extremidades anormalmente largas, como una sombra y con un aroma a azufre que causaba lágrimas en los ojos.

    Sintió náuseas cuando eso le devolvió la mirada, pero con una sonrisa tan larga que pudo ir de oreja a oreja si las hubiera tenido. Dientes afilados y manchados en sangre, sangre que ahora teñía su cama. Sus sábanas y su colchón absorbían cada gota que el monstruo no podía consumir.

    —V̘̪͆̂̅ư̡͕̭̇ẹ̿͋̒̕l̙͖̑̾ͣv͒̄ͭ̏̇ẹ̿͋̒̕ ā̤̓̍͘ ḑ̴̞͛̒o̯̱̊͊͢r̴̨̦͕̝ḿ̬̏ͤͅỉ͔͖̜͌r̴̨̦͕̝ A̷͙ͭͫ̕l̙͖̑̾ͣā̤̓̍͘s̠҉͍͊ͅḳ̯͍̑ͦā̤̓̍͘.

    —No... —ella negó repetidas veces con la cabeza mientras intentó alejarse de eso.

    —¡D̶͔̭̪̻U̠҉̷̙ͦÉR͉̜̎͡͠M͉̅ͮ͒ͤḚͭ̉̇͟T̨͈͗̌ͥḚͭ̉̇͟! —la orden fue acompañada con manos que torcieron la pierna de la chica con tal fuerza que quebraron ligamentos, tendones y huesos; desgarrando también músculos.

    El grito que salió por parte de ella fue desgarrador--



    —Ha sido una pesadilla, Alaska. Nada más. —la voz de la doctora sacó a la pelinegra de sus pensamientos, de su historia. Levantó la vista para observarla.

    —¿Solo... pesadilla? —estaba perpleja, ¿cómo iba a desestimar algo así tan fácil?—. Y... ¿qué hay de la herida en mi pierna? ¿Las... las mordidas?

    —Eso habrá sido algún perro con el que, quizá, te encontraste por la calle. Tu mente suprimió el recuerdo por demasiado estrés, pero el subconsciente lo llevó a una pesadilla. —la voz tan relajada y despectiva de la mujer le daban a Alaska dolores en el pecho. Un ardor que no podía calmar.

    Inhaló, entrecortado, mientras apretó los puños sobre sus propias piernas. Pero entonces... lo vio. A esa cosa. Detrás de la mujer. Riéndose.

    —N̺̻̔̆ͅā̤̓̍͘ḑ̴̞͛̒ỉ͔͖̜͌ẹ̿͋̒̕ t̲̂̓ͩ̑ẹ̿͋̒̕ c͕͗ͤ̕̕r̴̨̦͕̝ẹ̿͋̒̕ẹ̿͋̒̕... Ḛͭ̉̇͟s̠҉͍͊ͅt̲̂̓ͩ̑ás̠҉͍͊ͅ l̙͖̑̾ͣo̯̱̊͊͢c͕͗ͤ̕̕ā̤̓̍͘.

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
    𝑻𝒓𝒚 𝒕𝒐 𝒄𝒂𝒍𝒎 𝒎𝒚𝒔𝒆𝒍𝒇 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒃𝒖𝒕 𝑰 𝒇𝒆𝒆𝒍 𝒕𝒉𝒆 𝒑𝒂𝒏𝒊𝒄
    𝑰𝒔 𝒊𝒕 𝒂𝒍𝒍 𝒖𝒑 𝒊𝒏 𝒎𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒅, 𝒂𝒎 𝑰 𝒈𝒐𝒊𝒏𝒈 𝒎𝒂𝒏𝒊𝒄?
    𝑻𝒓𝒚 𝒕𝒐 𝒄𝒂𝒍𝒎 𝒎𝒚𝒔𝒆𝒍𝒇 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒃𝒖𝒕 𝑰 𝒇𝒆𝒆𝒍 𝒕𝒉𝒆 𝒑𝒂𝒏𝒊𝒄
    𝑰𝒔 𝒊𝒕 𝒂𝒍𝒍 𝒖𝒑 𝒊𝒏 𝒎𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒅?
    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    Sus labios tuvieron una rápida contracción nerviosa, apretándose de forma fugaz entre sí antes que en su mente escuchara el quebrarse de un vidrio.

    Estalló. Miles de cristales por doquier.

    —¡NO ESTOY LOCA! —se abalanzó al escritorio, subiéndolo sin esfuerzo mientras tomó una de las lapiceras que reposaban a un lado. De inmediato quiso utilizarla contra la doctora—. ¡NO ME CREEN, NO ME CREEN! ¡YO NO ESTOY LOCA! ¡USTEDES SON LOS QUE NO VEN!

    La lapicera se clavó en la carne cuando la mujer intentó cubrirse con los brazos, gritando del susto.

    —¡TODOS SON IGUALES, HIJOS DE PUTA! ¡NUNCA HACEN NADA! ¡SOLO ME DROGAN, DROGAN, DROGAN! —su frenesí fue tal que no oyó la puerta abrirse ni a los guardias entrar para sujetarla entre ambos. La obligaron a soltar la lapicera mientras la alejaron. Ella igualmente quiso defenderse y continuar... sobre todo porque el monstruo cada vez se reía más fuerte mientras la sacaban de la oficina.

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝐌𝐀𝐍𝐈𝐂
    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
    〔ᴹᴼᴺᴼᴿᴼᴸ〕 ᴳᵒʳᵉ ˡᵉᵛᵉ, ˡᵉⁿᵍᵘᵃʲᵉ ᵛᵘˡᵍᵃʳ. ᴸᵉᵉʳ ᶜᵒⁿ ᵈⁱˢᶜʳᵉᶜⁱóⁿ. 𝐒𝖾𝗌𝗂ó𐓣 #19 Frío, mojado, empapado... dolor. Mucho dolor. Sus ojos se abrieron de golpe y la oscuridad de la habitación le dio la bienvenida. Pero no estaba sola. No hizo falta que mirara hacia sus pies para saberlo porque podía escucharlo. Sonido mojado y como si estuvieran masticando. El dolor se hacía más intenso a pesar que ella no se movía. Solo miraba el techo del cuarto. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ 𝑺𝒑𝒆𝒏𝒅𝒊𝒏𝒈 𝒏𝒊𝒈𝒉𝒕𝒔 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒔𝒕𝒂𝒓𝒊𝒏𝒈 𝒂𝒕 𝒕𝒉𝒆 𝒘𝒂𝒍𝒍 𝑷𝒂𝒚 𝒏𝒐 𝒎𝒊𝒏𝒅 𝒕𝒐 𝒕𝒉𝒆 𝒅𝒆𝒎𝒐𝒏𝒔 𝒊𝒏 𝒕𝒉𝒆 𝒉𝒂𝒍𝒍 𝒀𝒆𝒂𝒉, 𝑰'𝒎 𝒏𝒖𝒎𝒃 𝑰 𝒅𝒐𝒏'𝒕 𝒇𝒆𝒆𝒍 𝒏𝒐𝒕𝒉𝒊𝒏𝒈 𝒂𝒕 𝒂𝒍𝒍 𝑩𝒓𝒂𝒄𝒆𝒅 𝒇𝒐𝒓 𝒕𝒉𝒆 𝒇𝒂𝒍𝒍 ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Pero el dolor se volvió tan intenso que no pudo aguantar más. Se sentó de golpe, viendo a esa cosa morder su pierna izquierda como si se tratara del más sabroso bocado. Extremidades anormalmente largas, como una sombra y con un aroma a azufre que causaba lágrimas en los ojos. Sintió náuseas cuando eso le devolvió la mirada, pero con una sonrisa tan larga que pudo ir de oreja a oreja si las hubiera tenido. Dientes afilados y manchados en sangre, sangre que ahora teñía su cama. Sus sábanas y su colchón absorbían cada gota que el monstruo no podía consumir. —V̘̪͆̂̅ư̡͕̭̇ẹ̿͋̒̕l̙͖̑̾ͣv͒̄ͭ̏̇ẹ̿͋̒̕ ā̤̓̍͘ ḑ̴̞͛̒o̯̱̊͊͢r̴̨̦͕̝ḿ̬̏ͤͅỉ͔͖̜͌r̴̨̦͕̝ A̷͙ͭͫ̕l̙͖̑̾ͣā̤̓̍͘s̠҉͍͊ͅḳ̯͍̑ͦā̤̓̍͘. —No... —ella negó repetidas veces con la cabeza mientras intentó alejarse de eso. —¡D̶͔̭̪̻U̠҉̷̙ͦÉR͉̜̎͡͠M͉̅ͮ͒ͤḚͭ̉̇͟T̨͈͗̌ͥḚͭ̉̇͟! —la orden fue acompañada con manos que torcieron la pierna de la chica con tal fuerza que quebraron ligamentos, tendones y huesos; desgarrando también músculos. El grito que salió por parte de ella fue desgarrador-- —Ha sido una pesadilla, Alaska. Nada más. —la voz de la doctora sacó a la pelinegra de sus pensamientos, de su historia. Levantó la vista para observarla. —¿Solo... pesadilla? —estaba perpleja, ¿cómo iba a desestimar algo así tan fácil?—. Y... ¿qué hay de la herida en mi pierna? ¿Las... las mordidas? —Eso habrá sido algún perro con el que, quizá, te encontraste por la calle. Tu mente suprimió el recuerdo por demasiado estrés, pero el subconsciente lo llevó a una pesadilla. —la voz tan relajada y despectiva de la mujer le daban a Alaska dolores en el pecho. Un ardor que no podía calmar. Inhaló, entrecortado, mientras apretó los puños sobre sus propias piernas. Pero entonces... lo vio. A esa cosa. Detrás de la mujer. Riéndose. —N̺̻̔̆ͅā̤̓̍͘ḑ̴̞͛̒ỉ͔͖̜͌ẹ̿͋̒̕ t̲̂̓ͩ̑ẹ̿͋̒̕ c͕͗ͤ̕̕r̴̨̦͕̝ẹ̿͋̒̕ẹ̿͋̒̕... Ḛͭ̉̇͟s̠҉͍͊ͅt̲̂̓ͩ̑ás̠҉͍͊ͅ l̙͖̑̾ͣo̯̱̊͊͢c͕͗ͤ̕̕ā̤̓̍͘. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ 𝑻𝒓𝒚 𝒕𝒐 𝒄𝒂𝒍𝒎 𝒎𝒚𝒔𝒆𝒍𝒇 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒃𝒖𝒕 𝑰 𝒇𝒆𝒆𝒍 𝒕𝒉𝒆 𝒑𝒂𝒏𝒊𝒄 𝑰𝒔 𝒊𝒕 𝒂𝒍𝒍 𝒖𝒑 𝒊𝒏 𝒎𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒅, 𝒂𝒎 𝑰 𝒈𝒐𝒊𝒏𝒈 𝒎𝒂𝒏𝒊𝒄? 𝑻𝒓𝒚 𝒕𝒐 𝒄𝒂𝒍𝒎 𝒎𝒚𝒔𝒆𝒍𝒇 𝒅𝒐𝒘𝒏 𝒃𝒖𝒕 𝑰 𝒇𝒆𝒆𝒍 𝒕𝒉𝒆 𝒑𝒂𝒏𝒊𝒄 𝑰𝒔 𝒊𝒕 𝒂𝒍𝒍 𝒖𝒑 𝒊𝒏 𝒎𝒚 𝒉𝒆𝒂𝒅? ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Sus labios tuvieron una rápida contracción nerviosa, apretándose de forma fugaz entre sí antes que en su mente escuchara el quebrarse de un vidrio. Estalló. Miles de cristales por doquier. —¡NO ESTOY LOCA! —se abalanzó al escritorio, subiéndolo sin esfuerzo mientras tomó una de las lapiceras que reposaban a un lado. De inmediato quiso utilizarla contra la doctora—. ¡NO ME CREEN, NO ME CREEN! ¡YO NO ESTOY LOCA! ¡USTEDES SON LOS QUE NO VEN! La lapicera se clavó en la carne cuando la mujer intentó cubrirse con los brazos, gritando del susto. —¡TODOS SON IGUALES, HIJOS DE PUTA! ¡NUNCA HACEN NADA! ¡SOLO ME DROGAN, DROGAN, DROGAN! —su frenesí fue tal que no oyó la puerta abrirse ni a los guardias entrar para sujetarla entre ambos. La obligaron a soltar la lapicera mientras la alejaron. Ella igualmente quiso defenderse y continuar... sobre todo porque el monstruo cada vez se reía más fuerte mientras la sacaban de la oficina. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝐌𝐀𝐍𝐈𝐂 ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
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  • Sin duda, la mansión Mortefleur no había cambiado en absoluto durante mi ausencia. Las paredes, los pasillos, el silencio solemne que la envolvía, todo permanecía exactamente igual. Sin embargo, mi regreso siempre lograba que mi presencia se sintiera en cada rincón del lugar.

    Abrí las puertas del gran salón. Tal como lo había dejado.

    Avancé con paso tranquilo hasta el escritorio. Al alzar la vista, noté la mirada de la ama de llaves posarse sobre mí con esa discreción impecable que la caracterizaba. No necesitaba palabras para entenderlo alguien aguardaba mi llegada.

    Con un leve gesto de la mano, le indiqué que lo hiciera pasar.

    –que curioso… le estaba esperando...– reí suave.

    Tomé asiento en el sillón, apoyando mi codo sobre el escritorio, brillante e interesada....

    //Finalmente eh regresado, para poder ponerme al tanto con los roles pendientes y seguir con las aventuras a mil ♥️ gracias a cada uno por su paciencia, estaré respondiendo a los mensajitos y rol por orden//
    Sin duda, la mansión Mortefleur no había cambiado en absoluto durante mi ausencia. Las paredes, los pasillos, el silencio solemne que la envolvía, todo permanecía exactamente igual. Sin embargo, mi regreso siempre lograba que mi presencia se sintiera en cada rincón del lugar. Abrí las puertas del gran salón. Tal como lo había dejado. Avancé con paso tranquilo hasta el escritorio. Al alzar la vista, noté la mirada de la ama de llaves posarse sobre mí con esa discreción impecable que la caracterizaba. No necesitaba palabras para entenderlo alguien aguardaba mi llegada. Con un leve gesto de la mano, le indiqué que lo hiciera pasar. –que curioso… le estaba esperando...– reí suave. Tomé asiento en el sillón, apoyando mi codo sobre el escritorio, brillante e interesada.... //Finalmente eh regresado, para poder ponerme al tanto con los roles pendientes y seguir con las aventuras a mil ♥️ gracias a cada uno por su paciencia, estaré respondiendo a los mensajitos y rol por orden//
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Vesper Maximoff

    El despertador no ha sonado, pero mi sistema nervioso ya está a mil por hora. Es ese zumbido eléctrico en la base de la nuca que me avisa que mi primo ya dio tres vueltas a la manzana antes de que el sol terminara de salir. Tommy nunca ha sabido lo que es estar quieto, y yo, por desgracia, tengo el tipo de sensibilidad que me hace sentir sus vibraciones incluso a tres calles de distancia.

    09:00 AM

    Bajo a la cocina arrastrando mis calcetines de lana, el primer ritual del día no involucra velas ni latín, sino el sonido del hielo chocando contra el cristal y preparo mi matcha con una calma que roza lo obsesivo; hay algo en ese verde intenso que me silencia el ruido mental, papá pasa como un borrón plateado y me deja un beso en la frente que huele a ozono, no dice nada, pero su mirada siempre busca en la mía si "esa otra voz" ha vuelto a molestarme, le sonrío para que se quede tranquilo hoy el espejo no me ha devuelto una mirada extraña.. Todavía.

    13:15 PM

    Paso la tarde en mi habitación, con la luz filtrándose por las cortinas de encaje me gusta el silencio que pesa, el que huele a incienso viejo y a libros que nadie debería abrir me sorprendo a mí misma garabateando en los márgenes de mis cuadernos frases que no recuerdo haber pensado, a veces siento que mis manos tienen memoria propia, como si buscaran hilos invisibles para anudarlos o cortarlos es una sensación punzante, un escalofrío que se queda a vivir en tus dedos cuando sabes que tu linaje no es precisamente "normal".

    16:30 PM

    Paso por casa de mis primos, Billy está en su mundo, probablemente equilibrando alguna fuerza cósmica desde su escritorio, mientras Tommy rebota por las paredes hay algo reconfortante en estar con ellos; somos los restos de un hechizo que salió mal, o quizás la prueba de que el destino tiene un sentido del humor retorcido, compartimos un chispazo de energía cruzada cuando me pasan un mando de consola o un refresco; es un caos familiar, una estática que solo nosotros entendemos, ellos son el orden y la velocidad; yo soy el silencio que queda después de que la tormenta pasa.

    20:00 PM

    Cena en casa mi madre me observa en silencio desde el otro lado de la mesa, con esa sabiduría de quien sabe que las tormentas más peligrosas son las que no hacen ruido, comemos, hablamos de tonterías y por un segundo, si cierro mucho los ojos, puedo convencerme de que somos una familia normal en un suburbio normal casi olvido que mi existencia es una anomalía escrita entre susurros.

    23:45 PM

    La noche es mi elemento me quedo mirando la luna desde la ventana, preguntándome en qué momento la bruma del jardín empezará a susurrar mi nombre otra vez, escribo un secreto en un papel, lo veo consumirse en una llama que brilla un poco más de lo normal y me voy a dormir mañana volveré a ser la chica del latte de matcha y las faldas largas, pero sé que en algún lugar del multiverso, todavía hay un eco esperándome.
    #UnDiaEnLaVidaDe Vesper Maximoff El despertador no ha sonado, pero mi sistema nervioso ya está a mil por hora. Es ese zumbido eléctrico en la base de la nuca que me avisa que mi primo ya dio tres vueltas a la manzana antes de que el sol terminara de salir. Tommy nunca ha sabido lo que es estar quieto, y yo, por desgracia, tengo el tipo de sensibilidad que me hace sentir sus vibraciones incluso a tres calles de distancia. 09:00 AM Bajo a la cocina arrastrando mis calcetines de lana, el primer ritual del día no involucra velas ni latín, sino el sonido del hielo chocando contra el cristal y preparo mi matcha con una calma que roza lo obsesivo; hay algo en ese verde intenso que me silencia el ruido mental, papá pasa como un borrón plateado y me deja un beso en la frente que huele a ozono, no dice nada, pero su mirada siempre busca en la mía si "esa otra voz" ha vuelto a molestarme, le sonrío para que se quede tranquilo hoy el espejo no me ha devuelto una mirada extraña.. Todavía. 13:15 PM Paso la tarde en mi habitación, con la luz filtrándose por las cortinas de encaje me gusta el silencio que pesa, el que huele a incienso viejo y a libros que nadie debería abrir me sorprendo a mí misma garabateando en los márgenes de mis cuadernos frases que no recuerdo haber pensado, a veces siento que mis manos tienen memoria propia, como si buscaran hilos invisibles para anudarlos o cortarlos es una sensación punzante, un escalofrío que se queda a vivir en tus dedos cuando sabes que tu linaje no es precisamente "normal". 16:30 PM Paso por casa de mis primos, Billy está en su mundo, probablemente equilibrando alguna fuerza cósmica desde su escritorio, mientras Tommy rebota por las paredes hay algo reconfortante en estar con ellos; somos los restos de un hechizo que salió mal, o quizás la prueba de que el destino tiene un sentido del humor retorcido, compartimos un chispazo de energía cruzada cuando me pasan un mando de consola o un refresco; es un caos familiar, una estática que solo nosotros entendemos, ellos son el orden y la velocidad; yo soy el silencio que queda después de que la tormenta pasa. 20:00 PM Cena en casa mi madre me observa en silencio desde el otro lado de la mesa, con esa sabiduría de quien sabe que las tormentas más peligrosas son las que no hacen ruido, comemos, hablamos de tonterías y por un segundo, si cierro mucho los ojos, puedo convencerme de que somos una familia normal en un suburbio normal casi olvido que mi existencia es una anomalía escrita entre susurros. 23:45 PM La noche es mi elemento me quedo mirando la luna desde la ventana, preguntándome en qué momento la bruma del jardín empezará a susurrar mi nombre otra vez, escribo un secreto en un papel, lo veo consumirse en una llama que brilla un poco más de lo normal y me voy a dormir mañana volveré a ser la chica del latte de matcha y las faldas largas, pero sé que en algún lugar del multiverso, todavía hay un eco esperándome.
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  • La sala de vigilancia de la base era poco más que unos cuantos contenedores metálicos acomodados como escritorios. El generador vibraba como un corazón enfermo mientras los soldados miraban pantallas llenas de estática e imágenes deshabitadas. Kalhi estaba de pie detrás de ellos, inmóvil.

    — Eh, Nigara, ¿Por qué te enviaron a ti en lugar de a un ingeniero? —Comentó uno, sin apartar la vista del monitor.

    — El equipo no es el problema, ya lo revisaron dos veces… —respondió otro con un bufido cansado.

    — ¿Y qué crees que es entonces? ¿Un fantasma? ¿Extraterrestres? Peor, ¿Un fantasma extraterrestre?

    Un par de risas aligeraron el ambiente. Kalhi no intervino.
    Las trampas electromagnéticas ya estaba activadas en cada muro junto a una cámara exterior, con sus lucecitas tiltilando en silencio. El primer pitido sonó tan bajo que casi pasó desapercibido, un bip digital que pasó a repetirse para convertirse en un chillido sostenido. En la pantalla del corredor lateral apareció una mancha. Las cámaras compensaban la exposición con retraso, generando una sucesión de imágenes fragmentadas donde patas largas y un cuerpo erróneo parecían surgir y desaparecer en el mismo fotograma.

    — Eso… eso es un error de compresión —dijo alguien.

    La criatura avanzó um paso, la mancha de estática se deformó alrededor de su cuerpo. Kalhi afiló apenas la mirada confirmando lo que ya sabía: la cosa estaba siendo obligada a aparecer gracias a las trampas.

    La cámara ajustó el ángulo, la escena quedó reducida a una imagen infrarroja rodeada por noche pura. Y en frente estaba la figura, inclinándose grotescamente bajo su propio peso, apoyada en extremidades demasiado largas que tocaban el suelo con una delicadeza antinatural. No había ojos distinguibles en la imagen, pero la sensación de ser observados atravesó la sala de control como flechas de hielo.

    — ¿Qué… qué mierda es eso? —susurró el técnico más joven, incapaz de apartar la mirada.

    Kalhi dio un paso hacia la puerta de salida, ajustó el cierre de su uniforme.

    — Intruso confirmado —dijo finalmente.
    La sala de vigilancia de la base era poco más que unos cuantos contenedores metálicos acomodados como escritorios. El generador vibraba como un corazón enfermo mientras los soldados miraban pantallas llenas de estática e imágenes deshabitadas. Kalhi estaba de pie detrás de ellos, inmóvil. — Eh, Nigara, ¿Por qué te enviaron a ti en lugar de a un ingeniero? —Comentó uno, sin apartar la vista del monitor. — El equipo no es el problema, ya lo revisaron dos veces… —respondió otro con un bufido cansado. — ¿Y qué crees que es entonces? ¿Un fantasma? ¿Extraterrestres? Peor, ¿Un fantasma extraterrestre? Un par de risas aligeraron el ambiente. Kalhi no intervino. Las trampas electromagnéticas ya estaba activadas en cada muro junto a una cámara exterior, con sus lucecitas tiltilando en silencio. El primer pitido sonó tan bajo que casi pasó desapercibido, un bip digital que pasó a repetirse para convertirse en un chillido sostenido. En la pantalla del corredor lateral apareció una mancha. Las cámaras compensaban la exposición con retraso, generando una sucesión de imágenes fragmentadas donde patas largas y un cuerpo erróneo parecían surgir y desaparecer en el mismo fotograma. — Eso… eso es un error de compresión —dijo alguien. La criatura avanzó um paso, la mancha de estática se deformó alrededor de su cuerpo. Kalhi afiló apenas la mirada confirmando lo que ya sabía: la cosa estaba siendo obligada a aparecer gracias a las trampas. La cámara ajustó el ángulo, la escena quedó reducida a una imagen infrarroja rodeada por noche pura. Y en frente estaba la figura, inclinándose grotescamente bajo su propio peso, apoyada en extremidades demasiado largas que tocaban el suelo con una delicadeza antinatural. No había ojos distinguibles en la imagen, pero la sensación de ser observados atravesó la sala de control como flechas de hielo. — ¿Qué… qué mierda es eso? —susurró el técnico más joven, incapaz de apartar la mirada. Kalhi dio un paso hacia la puerta de salida, ajustó el cierre de su uniforme. — Intruso confirmado —dijo finalmente.
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