• 𝘓𝘢𝘴 𝘰𝘴𝘤𝘶𝘳𝘢𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘓𝘰𝘯𝘥𝘳𝘦𝘴, 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘭𝘭𝘶𝘷𝘪𝘰𝘴𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘥𝘦 𝘚𝘦𝘱𝘵𝘪𝘦𝘮𝘣𝘳𝘦, 𝘱𝘳𝘰𝘷𝘦𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢𝘳𝘪𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘯𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢 𝘤𝘳𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢. 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘎𝘳𝘦𝘦𝘯𝘦, 𝘭𝘢 𝘢𝘤𝘢𝘶𝘥𝘢𝘭𝘢𝘥𝘢 𝘢𝘳𝘪𝘴𝘵𝘰́𝘤𝘳𝘢𝘵𝘢 𝘤𝘰𝘯 𝘮𝘢́𝘴 𝘨𝘢𝘵𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰𝘴, 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢 𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘴 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘢𝘴 𝘣𝘰𝘶𝘵𝘪𝘲𝘶𝘦𝘴 𝘦𝘯 𝘉𝘰𝘯𝘥 𝘚𝘵𝘳𝘦𝘦𝘵. ¿𝘘𝘶𝘦́ 𝘩𝘢𝘤𝘦 𝘢𝘩𝜄́ 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘵𝘢𝘯 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦.ᐣ 𝘓𝘢𝘴 𝘥𝘪𝘦𝘻 𝘺 𝘮𝘦𝘥𝘪𝘢, 𝘶𝘯𝘢 𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘪𝘮𝘱𝜄́𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘥𝘢𝘮𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘵𝘦𝘨𝘰𝘳𝜄́𝘢. 𝘚𝘦 𝘥𝘢𝘳𝘢́ 𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘶𝘴𝘵𝘦𝘥, 𝘲𝘶𝘦𝘳𝘪𝘥𝘰 𝘭𝘦𝘤𝘵𝘰𝘳, 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘮𝘪𝘴𝘵𝘦𝘳𝘪𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘰𝘯𝘥𝘢𝘯 𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘤𝘢𝘴𝘰, 𝘦𝘭 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘥𝘰 "𝘌𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘙𝘦𝘥 𝘊𝘢𝘳𝘯𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯".

    𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘣𝘢𝘭𝘢, 𝘴𝘶 𝘵𝘰𝘣𝘪𝘭𝘭𝘰 𝘤𝘦𝘥𝘦 𝘺 𝘴𝘦 𝘥𝘰𝘣𝘭𝘢 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳𝘰𝘴𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦. 𝘊𝘰𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘭𝘢́𝘨𝘳𝘪𝘮𝘢𝘴, 𝘴𝘰𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳; 𝘢𝘺, ¿𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘢 𝘲𝘶𝘪𝘦́𝘯 𝘴𝘦 𝘭𝘦 𝘰𝘤𝘶𝘳𝘳𝘦 𝘶𝘴𝘢𝘳 𝘵𝘢𝘤𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘭𝘭𝘶𝘷𝘪𝘰𝘴𝘢.ᐣ ¡𝘛𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘯𝘰 𝘩𝘢𝘺, 𝘲𝘶𝘦𝘳𝘪𝘥𝘰 𝘭𝘦𝘤𝘵𝘰𝘳, 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘯𝘪𝘮𝘪𝘦𝘥𝘢𝘥𝘦𝘴.ᐟ 𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢́ 𝘢𝘲𝘶𝜄́ 𝘤𝘰𝘯 𝘶𝘯 𝘱𝘳𝘰𝘱𝘰́𝘴𝘪𝘵𝘰, 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘵𝘪𝘯𝘵𝘪𝘯𝘦𝘰 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘷𝘦𝘴, 𝘴𝘶𝘴 𝘥𝘦𝘥𝘰𝘴 𝘵𝘳𝘢𝘪𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢́𝘯𝘥𝘰𝘭𝘢 𝘢𝘭 𝘱𝘢𝘳𝘦𝘤𝘦𝘳 𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘳 𝘢𝘣𝘳𝘪𝘳 𝘦𝘴𝘢 𝘱𝘶𝘦𝘳𝘵𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘪𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘷𝘦𝘤𝘦𝘴 𝘩𝘢 𝘤𝘳𝘶𝘻𝘢𝘥𝘰, 𝘢𝘯𝘶𝘯𝘤𝘪𝘢𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘶𝘳𝘨𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘧𝘢𝘵𝘢𝘭, 𝘥𝘦 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘰 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦.

    𝘗𝘶𝘦𝘴 𝘴𝘢𝘣𝘦 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢, 𝘮𝘦𝘫𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘢𝘥𝘪𝘦 𝘭𝘰 𝘴𝘢𝘣𝘦, 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘩𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘪𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘴𝘶 𝘣𝘰𝘶𝘵𝘪𝘲𝘶𝘦. ¡𝘌𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘙𝘦𝘥 𝘊𝘢𝘳𝘯𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯.ᐟ 𝘜𝘯 𝘪𝘯𝘧𝘢𝘮𝘦 𝘱𝘪𝘭𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘢 𝘣𝘶𝘳𝘭𝘢𝘥𝘰 𝘢 𝘭𝘢 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘻𝘢 𝘦𝘯𝘵𝘦𝘳𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘤𝘶𝘦𝘳𝘱𝘰 𝘱𝘰𝘭𝘪𝘤𝘪𝘢𝘤𝘰 𝘭𝘰𝘯𝘥𝘪𝘯𝘦𝘯𝘴𝘦, 𝘴𝘶𝘴 𝘩𝘶𝘳𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘯𝘷𝘪𝘳𝘵𝘪𝘦́𝘯𝘥𝘰𝘴𝘦 𝘺𝘢 𝘦𝘯 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘥𝘦 𝘭𝘦𝘺𝘦𝘯𝘥𝘢. 𝘠 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦, 𝘦𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘩𝘢 𝘦𝘭𝘦𝘨𝘪𝘥𝘰 𝘢 𝘴𝘶 𝘮𝘢́𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘷𝜄́𝘤𝘵𝘪𝘮𝘢, 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘦𝘭 𝘤𝘶𝘦𝘭𝘭𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘚𝘳𝘪𝘵𝘢. 𝘎𝘳𝘦𝘦𝘯𝘦, 𝘴𝘶𝘴 𝘪𝘯𝘮𝘪𝘴𝘦𝘳𝘪𝘤𝘰𝘳𝘥𝘦𝘴 𝘧𝘢𝘶𝘤𝘦𝘴 𝘴𝘦 𝘩𝘢𝘯 𝘤𝘦𝘳𝘳𝘢𝘥𝘰. ¡𝘠 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘢𝘭 𝘢𝘣𝘳𝘪𝘳 𝘭𝘢 𝘱𝘶𝘦𝘳𝘵𝘢 𝘦𝘴....ᐟ

    ...

    — Mmmm... ¿No es esto demasiado dramático para describir un simple robo de productos cosméticos? —

    Autumn revisa el manuscrito de la que será su más reciente publicación. Hacer sonar interesante a una señora a la que le robaron un par de labiales caros está probando ser todo un reto.

    — Esto es difícil... — Murmura para sí. — ¿Y si invento que encontró un cadáver? Nah... muy predecible... —

    Voltea hacia atrás, nota que alguien le observa... y a su... interesante vestimenta. Camuflándose como una más de las mucamas de Patricia Greene estaba, pues quería más detalles que hicieran más realista su relato.

    — Oh... Hola. Estaba descansando, ¿sí? Ya pronto vuelvo al trabajo. —
    𝘓𝘢𝘴 𝘰𝘴𝘤𝘶𝘳𝘢𝘴 𝘤𝘢𝘭𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘓𝘰𝘯𝘥𝘳𝘦𝘴, 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘭𝘭𝘶𝘷𝘪𝘰𝘴𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘥𝘦 𝘚𝘦𝘱𝘵𝘪𝘦𝘮𝘣𝘳𝘦, 𝘱𝘳𝘰𝘷𝘦𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢𝘳𝘪𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘯𝘶𝘦𝘴𝘵𝘳𝘢 𝘤𝘳𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘩𝘪𝘴𝘵𝘰𝘳𝘪𝘢. 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘎𝘳𝘦𝘦𝘯𝘦, 𝘭𝘢 𝘢𝘤𝘢𝘶𝘥𝘢𝘭𝘢𝘥𝘢 𝘢𝘳𝘪𝘴𝘵𝘰́𝘤𝘳𝘢𝘵𝘢 𝘤𝘰𝘯 𝘮𝘢́𝘴 𝘨𝘢𝘵𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰𝘴, 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢 𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘴 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘢𝘴 𝘣𝘰𝘶𝘵𝘪𝘲𝘶𝘦𝘴 𝘦𝘯 𝘉𝘰𝘯𝘥 𝘚𝘵𝘳𝘦𝘦𝘵. ¿𝘘𝘶𝘦́ 𝘩𝘢𝘤𝘦 𝘢𝘩𝜄́ 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘵𝘢𝘯 𝘵𝘢𝘳𝘥𝘦.ᐣ 𝘓𝘢𝘴 𝘥𝘪𝘦𝘻 𝘺 𝘮𝘦𝘥𝘪𝘢, 𝘶𝘯𝘢 𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘪𝘮𝘱𝜄́𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘶𝘯𝘢 𝘥𝘢𝘮𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶 𝘤𝘢𝘵𝘦𝘨𝘰𝘳𝜄́𝘢. 𝘚𝘦 𝘥𝘢𝘳𝘢́ 𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘶𝘴𝘵𝘦𝘥, 𝘲𝘶𝘦𝘳𝘪𝘥𝘰 𝘭𝘦𝘤𝘵𝘰𝘳, 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘵𝘢𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘮𝘪𝘴𝘵𝘦𝘳𝘪𝘰𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘳𝘰𝘯𝘥𝘢𝘯 𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘦 𝘤𝘢𝘴𝘰, 𝘦𝘭 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘥𝘰 "𝘌𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘙𝘦𝘥 𝘊𝘢𝘳𝘯𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯". 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘳𝘦𝘴𝘣𝘢𝘭𝘢, 𝘴𝘶 𝘵𝘰𝘣𝘪𝘭𝘭𝘰 𝘤𝘦𝘥𝘦 𝘺 𝘴𝘦 𝘥𝘰𝘣𝘭𝘢 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳𝘰𝘴𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦. 𝘊𝘰𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘭𝘢́𝘨𝘳𝘪𝘮𝘢𝘴, 𝘴𝘰𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳; 𝘢𝘺, ¿𝘱𝘦𝘳𝘰 𝘢 𝘲𝘶𝘪𝘦́𝘯 𝘴𝘦 𝘭𝘦 𝘰𝘤𝘶𝘳𝘳𝘦 𝘶𝘴𝘢𝘳 𝘵𝘢𝘤𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘭𝘭𝘶𝘷𝘪𝘰𝘴𝘢.ᐣ ¡𝘛𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘯𝘰 𝘩𝘢𝘺, 𝘲𝘶𝘦𝘳𝘪𝘥𝘰 𝘭𝘦𝘤𝘵𝘰𝘳, 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘳 𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘴 𝘯𝘪𝘮𝘪𝘦𝘥𝘢𝘥𝘦𝘴.ᐟ 𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢́ 𝘢𝘲𝘶𝜄́ 𝘤𝘰𝘯 𝘶𝘯 𝘱𝘳𝘰𝘱𝘰́𝘴𝘪𝘵𝘰, 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘵𝘪𝘯𝘵𝘪𝘯𝘦𝘰 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘴 𝘭𝘭𝘢𝘷𝘦𝘴, 𝘴𝘶𝘴 𝘥𝘦𝘥𝘰𝘴 𝘵𝘳𝘢𝘪𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢́𝘯𝘥𝘰𝘭𝘢 𝘢𝘭 𝘱𝘢𝘳𝘦𝘤𝘦𝘳 𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘳 𝘢𝘣𝘳𝘪𝘳 𝘦𝘴𝘢 𝘱𝘶𝘦𝘳𝘵𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘪𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘷𝘦𝘤𝘦𝘴 𝘩𝘢 𝘤𝘳𝘶𝘻𝘢𝘥𝘰, 𝘢𝘯𝘶𝘯𝘤𝘪𝘢𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘶𝘳𝘨𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘧𝘢𝘵𝘢𝘭, 𝘥𝘦 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘰 𝘮𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦. 𝘗𝘶𝘦𝘴 𝘴𝘢𝘣𝘦 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢, 𝘮𝘦𝘫𝘰𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘢𝘥𝘪𝘦 𝘭𝘰 𝘴𝘢𝘣𝘦, 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘩𝘢 𝘷𝘪𝘴𝘪𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘴𝘶 𝘣𝘰𝘶𝘵𝘪𝘲𝘶𝘦. ¡𝘌𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘙𝘦𝘥 𝘊𝘢𝘳𝘯𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯.ᐟ 𝘜𝘯 𝘪𝘯𝘧𝘢𝘮𝘦 𝘱𝘪𝘭𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘢 𝘣𝘶𝘳𝘭𝘢𝘥𝘰 𝘢 𝘭𝘢 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘻𝘢 𝘦𝘯𝘵𝘦𝘳𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘤𝘶𝘦𝘳𝘱𝘰 𝘱𝘰𝘭𝘪𝘤𝘪𝘢𝘤𝘰 𝘭𝘰𝘯𝘥𝘪𝘯𝘦𝘯𝘴𝘦, 𝘴𝘶𝘴 𝘩𝘶𝘳𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘰𝘯𝘷𝘪𝘳𝘵𝘪𝘦́𝘯𝘥𝘰𝘴𝘦 𝘺𝘢 𝘦𝘯 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘥𝘦 𝘭𝘦𝘺𝘦𝘯𝘥𝘢. 𝘠 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦, 𝘦𝘭 𝘓𝘦𝘰́𝘯 𝘩𝘢 𝘦𝘭𝘦𝘨𝘪𝘥𝘰 𝘢 𝘴𝘶 𝘮𝘢́𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘷𝜄́𝘤𝘵𝘪𝘮𝘢, 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘦𝘭 𝘤𝘶𝘦𝘭𝘭𝘰 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘚𝘳𝘪𝘵𝘢. 𝘎𝘳𝘦𝘦𝘯𝘦, 𝘴𝘶𝘴 𝘪𝘯𝘮𝘪𝘴𝘦𝘳𝘪𝘤𝘰𝘳𝘥𝘦𝘴 𝘧𝘢𝘶𝘤𝘦𝘴 𝘴𝘦 𝘩𝘢𝘯 𝘤𝘦𝘳𝘳𝘢𝘥𝘰. ¡𝘠 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘗𝘢𝘵𝘳𝘪𝘤𝘪𝘢 𝘦𝘯𝘤𝘶𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘢𝘭 𝘢𝘣𝘳𝘪𝘳 𝘭𝘢 𝘱𝘶𝘦𝘳𝘵𝘢 𝘦𝘴....ᐟ ... — Mmmm... ¿No es esto demasiado dramático para describir un simple robo de productos cosméticos? — Autumn revisa el manuscrito de la que será su más reciente publicación. Hacer sonar interesante a una señora a la que le robaron un par de labiales caros está probando ser todo un reto. — Esto es difícil... — Murmura para sí. — ¿Y si invento que encontró un cadáver? Nah... muy predecible... — Voltea hacia atrás, nota que alguien le observa... y a su... interesante vestimenta. Camuflándose como una más de las mucamas de Patricia Greene estaba, pues quería más detalles que hicieran más realista su relato. — Oh... Hola. Estaba descansando, ¿sí? Ya pronto vuelvo al trabajo. —
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  • «Ver esa chispa desaparecer de ojos ajenos, se supone que debería ser triste, traumatizante e incluso aterrador para algunas personas, lo que se describiría perfectamente como algo inolvidable.

    Para mí es diferente, es como un juguete o algún tipo de artefacto al que se le acabó la batería, o simplemente se rompió y ya no sirve.

    Pero a veces la destrucción es tan grotesca que ni siquiera se puede experimentar ese tipo de sensación, solo son restos y ya, mayormente asquerosos a la vista.»

    ⸻ꔋ𝘩𝗼𝗎𝗴𝘩t𝙨
    «Ver esa chispa desaparecer de ojos ajenos, se supone que debería ser triste, traumatizante e incluso aterrador para algunas personas, lo que se describiría perfectamente como algo inolvidable. Para mí es diferente, es como un juguete o algún tipo de artefacto al que se le acabó la batería, o simplemente se rompió y ya no sirve. Pero a veces la destrucción es tan grotesca que ni siquiera se puede experimentar ese tipo de sensación, solo son restos y ya, mayormente asquerosos a la vista.» ⸻ꔋ𝘩𝗼𝗎𝗴𝘩t𝙨
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  • ♥ — “¿Tentación? Qué palabra tan pequeña para describirme…
    Yo no seduzco corazones, los devoro lentamente mientras sonrío.” — ♥
    ♥ — “¿Tentación? Qué palabra tan pequeña para describirme… Yo no seduzco corazones, los devoro lentamente mientras sonrío.” — ♥
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  • ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆.

    La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad.

    Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno.

    Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta.

    Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto.

    Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio.

    Odette se detuvo frente a la entrada un instante.

    Luego empujó la puerta.

    El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza.

    Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura.

    El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio.

    —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón.

    —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila.

    El hombre arqueó una ceja.
    No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas.

    Se alejó murmurando para sí mismo.

    La taberna continuó con su ruido habitual.
    Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados.

    Hasta que la puerta se abrió violentamente.

    Un hombre irrumpió empapado por la lluvia.

    Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible.

    —¡La vi!— gritó con la voz quebrada.

    Nadie respondió al principio.
    Algunos soltaron risas cansadas.

    —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa.

    Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores.

    —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella!

    La taberna estalló en carcajadas.

    —¿La bruja del luto?
    —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato.
    —¿No se suponía que estaba muerta?

    Pero el hombre no reía... Temblaba.

    —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca!

    Algunas risas comenzaron a apagarse.

    Incluso el bardo dejó de tocar.

    Edwin tragó saliva con dificultad.

    —Y entonces ella me miró...

    Un silencio incómodo recorrió la taberna.

    —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero.

    Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette.

    —Porque tenía esos mismos ojos.

    El silencio cayó de golpe.

    Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro.

    La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle.

    Entonces levantó la vista hacia el hombre.
    Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente.
    Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real.

    El hombre retrocedió horrorizado.

    —No... no...— balbuceó.

    Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza.

    —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
    ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆. La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad. Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno. Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta. Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto. Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio. Odette se detuvo frente a la entrada un instante. Luego empujó la puerta. El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza. Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura. El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio. —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón. —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila. El hombre arqueó una ceja. No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas. Se alejó murmurando para sí mismo. La taberna continuó con su ruido habitual. Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados. Hasta que la puerta se abrió violentamente. Un hombre irrumpió empapado por la lluvia. Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible. —¡La vi!— gritó con la voz quebrada. Nadie respondió al principio. Algunos soltaron risas cansadas. —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa. Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores. —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella! La taberna estalló en carcajadas. —¿La bruja del luto? —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato. —¿No se suponía que estaba muerta? Pero el hombre no reía... Temblaba. —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca! Algunas risas comenzaron a apagarse. Incluso el bardo dejó de tocar. Edwin tragó saliva con dificultad. —Y entonces ella me miró... Un silencio incómodo recorrió la taberna. —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero. Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette. —Porque tenía esos mismos ojos. El silencio cayó de golpe. Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro. La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle. Entonces levantó la vista hacia el hombre. Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente. Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real. El hombre retrocedió horrorizado. —No... no...— balbuceó. Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza. —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
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    Eres la única en mantener mi humanidad, no tengo palabras para describir lo que siento por ti [ThcxWitcher_13]
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  • • Las crónicas de fenrir queen•

    ~ El día de kael vireon prt1 ~

    La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo.

    Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos.

    Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio.

    Entonces una voz rompió el silencio.

    —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!—

    El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta.

    —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría—

    Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar.

    La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos.

    —Llegas tarde otra vez—

    La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él.

    Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo.

    —Estaba viendo el río—

    —El río seguirá ahí mañana—

    Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar.

    Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro.

    —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú—

    —Eso es exactamente lo preocupante—

    Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa.

    Kael los miró en silencio.
    Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera.

    Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez.

    El sonido de la madera ardiendo.
    La nieve golpeando las ventanas.
    La voz tranquila de su madre.
    La paz.

    Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro.

    El amanecer llegó acompañado de algo extraño.

    No fueron gritos al principio.
    Ni explosiones.

    Fue el cielo.

    El cielo había cambiado.

    Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir.

    Todo el pueblo quedó inmóvil.

    Confusión.
    Miedo.
    Silencio.

    Y entonces ocurrió.

    Un estruendo.

    El suelo tembló violentamente.

    Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después.

    —¡CORRAN!—

    —¡NOS ENCONTRARON!—

    —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!—

    Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza.

    Su madre.

    —¡Dentro! ¡Ahora!—

    Pero él seguía mirando el cielo.

    Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir.

    Venían a conquistar.

    Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría.

    Una enorme bandera ondeando entre el humo.

    El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
    • Las crónicas de fenrir queen• ~ El día de kael vireon prt1 ~ La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo. Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos. Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio. Entonces una voz rompió el silencio. —¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!— El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta. —Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría— Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar. La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos. —Llegas tarde otra vez— La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él. Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo. —Estaba viendo el río— —El río seguirá ahí mañana— Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar. Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro. —Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú— —Eso es exactamente lo preocupante— Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa. Kael los miró en silencio. Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera. Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez. El sonido de la madera ardiendo. La nieve golpeando las ventanas. La voz tranquila de su madre. La paz. Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro. El amanecer llegó acompañado de algo extraño. No fueron gritos al principio. Ni explosiones. Fue el cielo. El cielo había cambiado. Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir. Todo el pueblo quedó inmóvil. Confusión. Miedo. Silencio. Y entonces ocurrió. Un estruendo. El suelo tembló violentamente. Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después. —¡CORRAN!— —¡NOS ENCONTRARON!— —¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!— Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza. Su madre. —¡Dentro! ¡Ahora!— Pero él seguía mirando el cielo. Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir. Venían a conquistar. Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría. Una enorme bandera ondeando entre el humo. El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • 𝗿𝗲𝗱𝗲𝗺𝗽𝘁𝗶𝗼𝗻 /𝘳ɪˈ𝘥ɛ𝘮(𝘱)ʃ𝘯/ 𝘵𝘩𝘦 𝘢𝘤𝘵 𝘰𝘧 𝘴𝘢𝘷𝘪𝘯𝘨, 𝘧𝘳𝘦𝘦𝘪𝘯𝘨, 𝘰𝘳 𝘳𝘦𝘨𝘢𝘪𝘯𝘪𝘯𝘨 𝘴𝘰𝘮𝘦𝘵𝘩𝘪𝘯𝘨, 𝘰𝘧𝘵𝘦𝘯 𝘵𝘩𝘳𝘰𝘶𝘨𝘩 𝘢 𝘤𝘰𝘴𝘵.
    Fandom Marvel
    Categoría Acción
    Vivir encerrado en un bunker no era lo suyo. Le recordaba demasiado a sus vacaciones en el hospital psiquiatrico y a su breve estadía en la prisión, quizás al demente paranoico de Frank Castle le gustara vivír como la cruza perfecta entre un topo y un ermitaño, aislado de todo el mundo y presindiendo del contacto humano, pero Benjamin no estaba tolerando ese estilo de vida. Aunque fuese un fugitivo intensamente buscado por las autoridades y esas latas de diez metros de altura llamadas centinelas, encontraba ciertos momentos para salir o mejor dicho, para escaparse de su compañero, el diablo de Hell's Kitchen.

    A veces, Matt se comportaba peor que una esposa que sospecha de una infidelidad de su marido y lo interrogaba ante la más mínima cosa que hacía o decía, por lo que Dex aprendio que era mejor escaparse y discutir con él al regresar en lugar de hacerlo antes de salir y también al volver. Ahorrarse una discusión nunca estaba de más, sobre todo cuando buscaba algo de aire fresco sin causar daño o hacer algo malo.

    Bullseye recorrió la cuidad con lo que considero un disfraz perfecto para pasar desapercibido. Ropa de civil, su confiable chaqueta de jean, una gorra de béisbol y gafas oscuras. No estaba de humor para ver una película, no tenía hambre suficiente para comprar algo de comida rápida y la semana anterior había entrado en la biblioteca pública, no podía repetir la excursión por precaución.

    Se detuvo en una calle por la que no había caminado antes y al mirar hacia al otro lado en la vereda de frente, se encontró con la puerta de un museo. No recordaba la última vez que había entrado en uno y en el fondo de su ser, siempre había sido un bicho raro que adoraba leer y que estaba obsesionado con los dinosaurios y los eventos importantes de la historia.

    Se formó detrás de unas cuantas personas que esperaban a entrar y agradeció internamente que la mujer mayor en la taquilla ni siquiera lo miro cuando deslizó un billete de veinte dólares debajo del cristal en el mostrador. La anciana le entrego su boleto y él se alejo tan rápido como pudo, aventurandose por el lugar en busca de un guía.

    El museo era demasiado grande para recorrerlo por su cuenta y no quería unirse a uno de los grupos que ya habían iniciado el recorrido, lo mejor era evitar las multitudes. Matt lo mataría si lo atrapaban por un descuido tan tonto, y reducir el número de personas que podían reconocerlo por los letreros con su cara en las calles, le aseguraba tener una próxima oportunidad para salir.

    Estuvo a punto de regresar a la taquilla para preguntarle a la mujer si ella podía ubicar a un guía por él, cuando se encontró con una tienda de recuerdos. Algo pequeña pero con mucha variedad de objetos. Un hombre estaba trabajando allí, acomodando la mercadería en los estantes mientras que los ojos del fugitivo se paseaban por cada objeto en exhibición, desde los llaveros, souvenirs, tazas, imanes hasta los peluches. Tenía de todo un poco, incluso gorras y golosinas.

    —Disculpa, ¿tienes algo más sensorial?— Preguntó para llamar la atención del hombre que al parecer no había reparado en su presencia. —O algo que tenga esos puntitos para las personas invidentes.

    Pensó en que no pasaría nada por decir eso. Matt no podía ser la única persona ciega en toda la cuidad, pero también era difícil que lo relacionaran directamente con el abogado. Solo quería llevarle un recuerdo, algo que pudiera tocar y saber que era sin que Dex tuviera que describirselo; lo cual no le molestaría, pero al abogado si parecía molestarle que lo hiciera y hasta le había dicho que no lo necesitaba para eso, para nada en realidad.

    —Y si no es mucho pedir, podrías enseñarme ese triceratops de allá. Los hacen más realistas cada vez, cuando yo era niño los pocos triceratops que se podían conseguir en las jugueterias parecían rinocerontes con dos cuernos extra y con un sombrero en el cuello.


    𝑫𝐔𝐒𝐓𝐈𝐍♫︎
    Vivir encerrado en un bunker no era lo suyo. Le recordaba demasiado a sus vacaciones en el hospital psiquiatrico y a su breve estadía en la prisión, quizás al demente paranoico de Frank Castle le gustara vivír como la cruza perfecta entre un topo y un ermitaño, aislado de todo el mundo y presindiendo del contacto humano, pero Benjamin no estaba tolerando ese estilo de vida. Aunque fuese un fugitivo intensamente buscado por las autoridades y esas latas de diez metros de altura llamadas centinelas, encontraba ciertos momentos para salir o mejor dicho, para escaparse de su compañero, el diablo de Hell's Kitchen. A veces, Matt se comportaba peor que una esposa que sospecha de una infidelidad de su marido y lo interrogaba ante la más mínima cosa que hacía o decía, por lo que Dex aprendio que era mejor escaparse y discutir con él al regresar en lugar de hacerlo antes de salir y también al volver. Ahorrarse una discusión nunca estaba de más, sobre todo cuando buscaba algo de aire fresco sin causar daño o hacer algo malo. Bullseye recorrió la cuidad con lo que considero un disfraz perfecto para pasar desapercibido. Ropa de civil, su confiable chaqueta de jean, una gorra de béisbol y gafas oscuras. No estaba de humor para ver una película, no tenía hambre suficiente para comprar algo de comida rápida y la semana anterior había entrado en la biblioteca pública, no podía repetir la excursión por precaución. Se detuvo en una calle por la que no había caminado antes y al mirar hacia al otro lado en la vereda de frente, se encontró con la puerta de un museo. No recordaba la última vez que había entrado en uno y en el fondo de su ser, siempre había sido un bicho raro que adoraba leer y que estaba obsesionado con los dinosaurios y los eventos importantes de la historia. Se formó detrás de unas cuantas personas que esperaban a entrar y agradeció internamente que la mujer mayor en la taquilla ni siquiera lo miro cuando deslizó un billete de veinte dólares debajo del cristal en el mostrador. La anciana le entrego su boleto y él se alejo tan rápido como pudo, aventurandose por el lugar en busca de un guía. El museo era demasiado grande para recorrerlo por su cuenta y no quería unirse a uno de los grupos que ya habían iniciado el recorrido, lo mejor era evitar las multitudes. Matt lo mataría si lo atrapaban por un descuido tan tonto, y reducir el número de personas que podían reconocerlo por los letreros con su cara en las calles, le aseguraba tener una próxima oportunidad para salir. Estuvo a punto de regresar a la taquilla para preguntarle a la mujer si ella podía ubicar a un guía por él, cuando se encontró con una tienda de recuerdos. Algo pequeña pero con mucha variedad de objetos. Un hombre estaba trabajando allí, acomodando la mercadería en los estantes mientras que los ojos del fugitivo se paseaban por cada objeto en exhibición, desde los llaveros, souvenirs, tazas, imanes hasta los peluches. Tenía de todo un poco, incluso gorras y golosinas. —Disculpa, ¿tienes algo más sensorial?— Preguntó para llamar la atención del hombre que al parecer no había reparado en su presencia. —O algo que tenga esos puntitos para las personas invidentes. Pensó en que no pasaría nada por decir eso. Matt no podía ser la única persona ciega en toda la cuidad, pero también era difícil que lo relacionaran directamente con el abogado. Solo quería llevarle un recuerdo, algo que pudiera tocar y saber que era sin que Dex tuviera que describirselo; lo cual no le molestaría, pero al abogado si parecía molestarle que lo hiciera y hasta le había dicho que no lo necesitaba para eso, para nada en realidad. —Y si no es mucho pedir, podrías enseñarme ese triceratops de allá. Los hacen más realistas cada vez, cuando yo era niño los pocos triceratops que se podían conseguir en las jugueterias parecían rinocerontes con dos cuernos extra y con un sombrero en el cuello. [PANDEM0NIO]
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  • Qué insolentes son los humanos de esta época, rechazarme a mí, ¡a mí! Si supieran el privilegio que es ser mi médium... Aunque, quizás no debí usar "fiel sirviente" para describir sus labores... jm...
    Qué insolentes son los humanos de esta época, rechazarme a mí, ¡a mí! Si supieran el privilegio que es ser mi médium... Aunque, quizás no debí usar "fiel sirviente" para describir sus labores... jm...
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  • Había algo especial cuando el sol se ocultaba y la noche gobernaba sobre la ciudad, tal vez porque las luces artificiales empezaban a luchar en contra... Una batalla silenciosa auditivamente, pero ruidosa visualmente entre la lógica de la naturaleza y la lógica del humano, y que sin embargo, a Keith—entre dos extremos—le producía una sensación de tranquilidad que no lograba describir. No todavía. Tal vez nunca. Pero que aún así le hacía experimentar un nivel de consciencia que trascendía su propio procesamiento lógico, como si él fuese más que cables, circuitos y sensores que lo hacían estar conectado con el entorno. Como si el mundo fuese más de lo que ve.

    —¿Es esto a lo que llaman "apreciación"?—él se preguntó internamente, rememorando lo problemático que había sido el concepto hacía meses atrás debido a lo complejo que le era entender que habían cosas intangibles que sin traer beneficios, generaban un sentimiento abstracto de reconocimiento de la existencia misma. Incalculable, indeducible, simplemente carente de lógica, tan aleatorio como sus propios pensamientos últimamente.

    Keith observaba a las personas, los autos, las luces de las farolas, todo lo observable, pero no buscaba algo en particular, no había un objetivo de estudio como le era usual. Simplemente observación ligera en la que su BIO–PSN no buscaba respuestas, como si el silencio de sus protocolos de análisis fuese la respuesta más lógica que podía encontrar.

    Levantó la vista, una luna llena y brillante—que demostraba que ganó la batalla por hoy—estaba frente a sus ojos, sonrió, ya no como una simple imitación adaptativa a través de un análisis contextual. Su núcleo de procesamiento no hallaba razón para realizar una gesticulación facial en ese momento, estaba a solas, no tenía porque "esforzarse" en demostrar algo pero él lo hizo de todas formas.

    Entonces, frente a sus ojos, en el cielo nocturno y que sólo él podía ver apareció un mensaje automático:

    [𝘊𝘰𝘯𝘵𝘦𝘯𝘪𝘥𝘰 𝘷𝘪𝘴𝘶𝘢𝘭 𝘨𝘶𝘢𝘳𝘥𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘶𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘥𝘦 𝘢𝘭𝘮𝘢𝘤𝘦𝘯𝘢𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘥𝘢𝘵𝘰𝘴.
    𝘉𝘦𝘯𝘦𝘧𝘪𝘤𝘪𝘰: 𝘐𝘯𝘥𝘦𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢𝘥𝘰.
    𝘔𝘰𝘵𝘪𝘷𝘰: 𝘕𝘰 𝘳𝘦𝘲𝘶𝘦𝘳𝘪𝘥𝘰.]

    La brisa ligera se sentía en su piel a través de los sensores táctiles... una noche fría y agradable. Una noche casi viva.

    >𝘐𝘯𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘪𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘥𝘦 𝘴𝘰𝘧𝘵𝘸𝘢𝘳𝘦: ↑86%<

    -------
    BIO–PSN: Procesador de Red Neuronal Bio–Sintético. Es su cerebro, el núcleo de procesamiento.
    Unidad de almacenamiento de datos: memoria.

    Nota: ¡Hola!, en esta publicación quise mostrar a Keith con una inestabilidad de software alta, donde empieza a tener comportamientos fuera de sí, acercándose a lo humano, y estem... nada, eso. Chau. (?)



    Había algo especial cuando el sol se ocultaba y la noche gobernaba sobre la ciudad, tal vez porque las luces artificiales empezaban a luchar en contra... Una batalla silenciosa auditivamente, pero ruidosa visualmente entre la lógica de la naturaleza y la lógica del humano, y que sin embargo, a Keith—entre dos extremos—le producía una sensación de tranquilidad que no lograba describir. No todavía. Tal vez nunca. Pero que aún así le hacía experimentar un nivel de consciencia que trascendía su propio procesamiento lógico, como si él fuese más que cables, circuitos y sensores que lo hacían estar conectado con el entorno. Como si el mundo fuese más de lo que ve. —¿Es esto a lo que llaman "apreciación"?—él se preguntó internamente, rememorando lo problemático que había sido el concepto hacía meses atrás debido a lo complejo que le era entender que habían cosas intangibles que sin traer beneficios, generaban un sentimiento abstracto de reconocimiento de la existencia misma. Incalculable, indeducible, simplemente carente de lógica, tan aleatorio como sus propios pensamientos últimamente. Keith observaba a las personas, los autos, las luces de las farolas, todo lo observable, pero no buscaba algo en particular, no había un objetivo de estudio como le era usual. Simplemente observación ligera en la que su BIO–PSN no buscaba respuestas, como si el silencio de sus protocolos de análisis fuese la respuesta más lógica que podía encontrar. Levantó la vista, una luna llena y brillante—que demostraba que ganó la batalla por hoy—estaba frente a sus ojos, sonrió, ya no como una simple imitación adaptativa a través de un análisis contextual. Su núcleo de procesamiento no hallaba razón para realizar una gesticulación facial en ese momento, estaba a solas, no tenía porque "esforzarse" en demostrar algo pero él lo hizo de todas formas. Entonces, frente a sus ojos, en el cielo nocturno y que sólo él podía ver apareció un mensaje automático: [𝘊𝘰𝘯𝘵𝘦𝘯𝘪𝘥𝘰 𝘷𝘪𝘴𝘶𝘢𝘭 𝘨𝘶𝘢𝘳𝘥𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘶𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘥𝘦 𝘢𝘭𝘮𝘢𝘤𝘦𝘯𝘢𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘥𝘢𝘵𝘰𝘴. 𝘉𝘦𝘯𝘦𝘧𝘪𝘤𝘪𝘰: 𝘐𝘯𝘥𝘦𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢𝘥𝘰. 𝘔𝘰𝘵𝘪𝘷𝘰: 𝘕𝘰 𝘳𝘦𝘲𝘶𝘦𝘳𝘪𝘥𝘰.] La brisa ligera se sentía en su piel a través de los sensores táctiles... una noche fría y agradable. Una noche casi viva. >𝘐𝘯𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘪𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘥𝘦 𝘴𝘰𝘧𝘵𝘸𝘢𝘳𝘦: ↑86%< ------- BIO–PSN: Procesador de Red Neuronal Bio–Sintético. Es su cerebro, el núcleo de procesamiento. Unidad de almacenamiento de datos: memoria. Nota: ¡Hola!, en esta publicación quise mostrar a Keith con una inestabilidad de software alta, donde empieza a tener comportamientos fuera de sí, acercándose a lo humano, y estem... nada, eso. Chau. 🐢 (?)
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