༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆.
La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad.
Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno.
Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta.
Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto.
Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio.
Odette se detuvo frente a la entrada un instante.
Luego empujó la puerta.
El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza.
Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura.
El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio.
—¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón.
—Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila.
El hombre arqueó una ceja.
No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas.
Se alejó murmurando para sí mismo.
La taberna continuó con su ruido habitual.
Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados.
Hasta que la puerta se abrió violentamente.
Un hombre irrumpió empapado por la lluvia.
Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible.
—¡La vi!— gritó con la voz quebrada.
Nadie respondió al principio.
Algunos soltaron risas cansadas.
—Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa.
Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores.
—¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella!
La taberna estalló en carcajadas.
—¿La bruja del luto?
—Ese idiota volvió a beber aguardiente barato.
—¿No se suponía que estaba muerta?
Pero el hombre no reía... Temblaba.
—¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca!
Algunas risas comenzaron a apagarse.
Incluso el bardo dejó de tocar.
Edwin tragó saliva con dificultad.
—Y entonces ella me miró...
Un silencio incómodo recorrió la taberna.
—¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero.
Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette.
—Porque tenía esos mismos ojos.
El silencio cayó de golpe.
Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro.
La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle.
Entonces levantó la vista hacia el hombre.
Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente.
Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real.
El hombre retrocedió horrorizado.
—No... no...— balbuceó.
Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza.
—Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad.
Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno.
Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta.
Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto.
Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio.
Odette se detuvo frente a la entrada un instante.
Luego empujó la puerta.
El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza.
Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura.
El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio.
—¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón.
—Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila.
El hombre arqueó una ceja.
No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas.
Se alejó murmurando para sí mismo.
La taberna continuó con su ruido habitual.
Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados.
Hasta que la puerta se abrió violentamente.
Un hombre irrumpió empapado por la lluvia.
Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible.
—¡La vi!— gritó con la voz quebrada.
Nadie respondió al principio.
Algunos soltaron risas cansadas.
—Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa.
Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores.
—¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella!
La taberna estalló en carcajadas.
—¿La bruja del luto?
—Ese idiota volvió a beber aguardiente barato.
—¿No se suponía que estaba muerta?
Pero el hombre no reía... Temblaba.
—¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca!
Algunas risas comenzaron a apagarse.
Incluso el bardo dejó de tocar.
Edwin tragó saliva con dificultad.
—Y entonces ella me miró...
Un silencio incómodo recorrió la taberna.
—¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero.
Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette.
—Porque tenía esos mismos ojos.
El silencio cayó de golpe.
Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro.
La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle.
Entonces levantó la vista hacia el hombre.
Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente.
Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real.
El hombre retrocedió horrorizado.
—No... no...— balbuceó.
Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza.
—Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆.
La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad.
Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno.
Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta.
Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto.
Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio.
Odette se detuvo frente a la entrada un instante.
Luego empujó la puerta.
El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza.
Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura.
El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio.
—¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón.
—Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila.
El hombre arqueó una ceja.
No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas.
Se alejó murmurando para sí mismo.
La taberna continuó con su ruido habitual.
Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados.
Hasta que la puerta se abrió violentamente.
Un hombre irrumpió empapado por la lluvia.
Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible.
—¡La vi!— gritó con la voz quebrada.
Nadie respondió al principio.
Algunos soltaron risas cansadas.
—Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa.
Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores.
—¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella!
La taberna estalló en carcajadas.
—¿La bruja del luto?
—Ese idiota volvió a beber aguardiente barato.
—¿No se suponía que estaba muerta?
Pero el hombre no reía... Temblaba.
—¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca!
Algunas risas comenzaron a apagarse.
Incluso el bardo dejó de tocar.
Edwin tragó saliva con dificultad.
—Y entonces ella me miró...
Un silencio incómodo recorrió la taberna.
—¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero.
Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette.
—Porque tenía esos mismos ojos.
El silencio cayó de golpe.
Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro.
La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle.
Entonces levantó la vista hacia el hombre.
Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente.
Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real.
El hombre retrocedió horrorizado.
—No... no...— balbuceó.
Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza.
—Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.