• Las crónicas de fenrir queen•
~ El día de kael vireon prt1 ~
La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo.
Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos.
Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio.
Entonces una voz rompió el silencio.
—¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!—
El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta.
—Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría—
Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar.
La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos.
—Llegas tarde otra vez—
La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él.
Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo.
—Estaba viendo el río—
—El río seguirá ahí mañana—
Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar.
Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro.
—Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú—
—Eso es exactamente lo preocupante—
Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa.
Kael los miró en silencio.
Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera.
Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez.
El sonido de la madera ardiendo.
La nieve golpeando las ventanas.
La voz tranquila de su madre.
La paz.
Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro.
El amanecer llegó acompañado de algo extraño.
No fueron gritos al principio.
Ni explosiones.
Fue el cielo.
El cielo había cambiado.
Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir.
Todo el pueblo quedó inmóvil.
Confusión.
Miedo.
Silencio.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo.
El suelo tembló violentamente.
Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después.
—¡CORRAN!—
—¡NOS ENCONTRARON!—
—¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!—
Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza.
Su madre.
—¡Dentro! ¡Ahora!—
Pero él seguía mirando el cielo.
Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir.
Venían a conquistar.
Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría.
Una enorme bandera ondeando entre el humo.
El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
~ El día de kael vireon prt1 ~
La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo.
Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos.
Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio.
Entonces una voz rompió el silencio.
—¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!—
El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta.
—Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría—
Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar.
La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos.
—Llegas tarde otra vez—
La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él.
Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo.
—Estaba viendo el río—
—El río seguirá ahí mañana—
Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar.
Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro.
—Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú—
—Eso es exactamente lo preocupante—
Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa.
Kael los miró en silencio.
Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera.
Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez.
El sonido de la madera ardiendo.
La nieve golpeando las ventanas.
La voz tranquila de su madre.
La paz.
Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro.
El amanecer llegó acompañado de algo extraño.
No fueron gritos al principio.
Ni explosiones.
Fue el cielo.
El cielo había cambiado.
Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir.
Todo el pueblo quedó inmóvil.
Confusión.
Miedo.
Silencio.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo.
El suelo tembló violentamente.
Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después.
—¡CORRAN!—
—¡NOS ENCONTRARON!—
—¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!—
Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza.
Su madre.
—¡Dentro! ¡Ahora!—
Pero él seguía mirando el cielo.
Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir.
Venían a conquistar.
Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría.
Una enorme bandera ondeando entre el humo.
El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.
• Las crónicas de fenrir queen•
~ El día de kael vireon prt1 ~
La noche caía lentamente sobre las montañas del norte, el cielo teñido de tonos rojizos mientras pequeñas luces cálidas brillaban entre las casas de madera del poblado. El lugar no era grande, tampoco poderoso, ni siquiera importante para el resto del mundo… pero para Kael Vireon aquello era todo su universo. Un hogar sencillo rodeado de nieve, bosques inmensos y ríos cristalinos donde el silencio nunca era incómodo.
Las chimeneas dejaban escapar columnas de humo mientras las personas terminaban su jornada entre risas suaves y conversaciones tranquilas. Algunos niños corrían por las calles con bufandas enormes, otros ayudaban a cargar leña antes de que el frío empeorara. No existía riqueza allí, pero tampoco hacía falta. La gente del pueblo aprendió hacía mucho tiempo a vivir con poco… y a protegerse entre todos.
Kael caminaba despacio sobre la nieve acumulada, las manos dentro de los bolsillos de aquel abrigo demasiado grande para él. Su cabello claro se movía ligeramente con el viento helado mientras observaba el cielo. Todavía era un niño, uno silencioso… pero no frío. Sus ojos aún no conocían el odio.
Entonces una voz rompió el silencio.
—¡Kael! ¡Tu madre te está buscando otra vez!—
El chico giró apenas el rostro viendo a uno de los vecinos reír desde una ventana abierta.
—Dice que si vuelves tarde la sopa se enfría—
Kael soltó una pequeña exhalación por la nariz, casi una risa disimulada, y siguió caminando cuesta arriba hacia su hogar.
La casa estaba algo apartada del centro del pueblo, cerca del borde del bosque. Era humilde, construida con madera oscura y piedra vieja, pero siempre cálida por dentro. Apenas abrió la puerta el olor a comida caliente llenó sus sentidos.
—Llegas tarde otra vez—
La voz de su madre no sonaba molesta realmente. Nunca sonaba molesta con él.
Kael dejó las botas cerca de la entrada mientras pequeñas gotas de nieve se derretían sobre el suelo.
—Estaba viendo el río—
—El río seguirá ahí mañana—
Ella colocó el plato frente a él y despeinó suavemente su cabello al pasar.
Su padre observaba la escena sentado cerca de la chimenea, limpiando una vieja herramienta metálica mientras una sonrisa cansada aparecía en su rostro.
—Déjalo, tiene la cabeza en las nubes igual que tú—
—Eso es exactamente lo preocupante—
Respondió la mujer cruzándose de brazos aunque apenas pudo contener una risa.
Kael los miró en silencio.
Aquellos momentos eran pequeños… insignificantes para cualquiera de afuera.
Pero años después… recordaría ese instante una y otra vez.
El sonido de la madera ardiendo.
La nieve golpeando las ventanas.
La voz tranquila de su madre.
La paz.
Porque esa sería la última noche en la que el mundo todavía parecía un lugar seguro.
El amanecer llegó acompañado de algo extraño.
No fueron gritos al principio.
Ni explosiones.
Fue el cielo.
El cielo había cambiado.
Kael salió de casa lentamente mientras el viento helado recorría las calles y entonces lo vio… enormes estructuras flotando entre las nubes, sombras gigantescas avanzando sobre las montañas como si devoraran la luz del amanecer. El sonido era grave, profundo… imposible de describir.
Todo el pueblo quedó inmóvil.
Confusión.
Miedo.
Silencio.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo.
El suelo tembló violentamente.
Una parte de la muralla del pueblo explotó en miles de fragmentos mientras fuego y humo cubrían la nieve blanca. Los gritos comenzaron inmediatamente después.
—¡CORRAN!—
—¡NOS ENCONTRARON!—
—¡PROTEJAN A LOS NIÑOS!—
Kael sintió cómo alguien lo sujetaba del brazo con fuerza.
Su madre.
—¡Dentro! ¡Ahora!—
Pero él seguía mirando el cielo.
Aquellas figuras descendían lentamente… soldados cubiertos con armaduras oscuras avanzando entre llamas y magia. No venían a negociar. No venían a advertir.
Venían a conquistar.
Y entre todo el caos… Kael vio algo que jamás olvidaría.
Una enorme bandera ondeando entre el humo.
El símbolo de la familia que había iniciado aquella guerra.