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    ****Edad del Caos.****
    "El Ángel con Rostro Humano"

    Habían pasado varios meses desde que Yen y Onix conocieron a los llamados héroes. Durante ese tiempo, ambos aventureros comenzaron a hacerse cada vez más famosos en distintas regiones del reino de Ozma. Siempre aparecían ayudando caravanas, defendiendo aldeas de monstruos o resolviendo problemas que nadie más podía enfrentar. La gente comenzó a admirarlos rápidamente, sobre todo en los territorios que habían sido liberados hacía muchos años, donde las nuevas generaciones jamás vivieron la esclavitud de los Elunai y solo conocían la guerra que Ozma mantenía desde hacía décadas.

    Sin embargo, mientras su fama crecía, también comenzaron a cambiar ciertas cosas dentro del reino. En algunos pueblos la gente empezó a desconfiar de Ozma. Surgieron rumores sobre abusos de su ejército, sobre ciudades explotadas para mantener la guerra y sobre cómo el supuesto libertador en realidad solo deseaba convertirse en rey de un mundo destruido. Al principio parecían simples comentarios aislados, pero poco a poco comenzaron a aparecer grupos organizados que hablaban abiertamente de rebelión.

    Yen no prestó demasiada atención a esos rumores. Para ella, la guerra había durado tanto tiempo que era normal que algunas personas estuvieran cansadas o tuvieran miedo. Por otro lado, confiaba en los héroes, admiraba el valor de ambos al arriesgar sus vidas sin poseer un poder monstruoso como el suyo o el de Ozma.

    Onix, en cambio, comenzó a sospechar, había algo extraño en el patrón de aquellas revueltas. Los rumores y el resentimiento siempre aparecían en lugares donde los héroes habían estado antes. Nunca ocurría en territorios recién liberados, solo en regiones donde la gente llevaba generaciones viviendo en paz. Onix comenzó a investigar por su cuenta sin decirle nada a Yen, pues sabía que ella jamás aceptaría tan fácilmente que aquellos dos pudieran estar involucrados en algo así.

    Aprovechando una misión especial que debía realizar lejos del castillo, Onix decidió seguir el rastro de los héroes en secreto. Antes de partir habló únicamente con algunos soldados de absoluta confianza y les pidió que, si algo llegaba a ocurrirle, buscaran a Yen de inmediato. Después de eso desapareció, pasaron días, luego semanas y Onix jamás regresó.

    Yen comenzó a inquietarse cuando la misión que debía durar poco tiempo se extendió demasiado. Finalmente, los soldados que conocían la investigación secreta de Onix decidieron hablar con ella, aunque fueron cuidadosos al explicar lo ocurrido. No mencionaron directamente a los héroes, temiendo que Yen no les creyera. Solo le dijeron que Onix seguía el rastro de un grupo que se hacía pasar por héroes y que esos individuos poseían poderes extraños.

    Eso bastó para que Yen partiera de inmediato, acompañada por un pequeño escuadrón, recorrió varias regiones siguiendo las pistas dejadas por Onix. La búsqueda duró semanas hasta que finalmente llegaron a las ruinas de una antigua ciudad destruida siglos atrás por los propios Elunai como castigo contra una rebelión. El lugar estaba cubierto de ceniza, edificios derrumbados, pero con estatuas de los Dioses aun en pie. Yen reconoció aquel sitio al instante y eso la incomodó, porque entendió que alguien había elegido ese lugar deliberadamente.

    Entonces apareció Asuna. Yen al inicio se alegró de verla, pensando que quizás había encontrado a Onix o descubierto algo importante, pero rápidamente notó que algo estaba mal. Asuna no sonreía como siempre y la presión mágica que desprendía no se parecía a nada humano. Antes de que Yen pudiera preguntarle algo, Asuna la atacó directamente. Yen apenas logró bloquear el golpe y la explosión destruyó parte de las ruinas cercanas.

    En ese instante comprendió que aquello no era normal. Asuna jamás debió poseer semejante poder. La pelea comenzó de inmediato y Asuna dejó de contenerse. Un halo apareció sobre su cabeza mientras alas hechas de maná emergían de su espalda. Su presencia cambió por completo y Yen finalmente entendió por qué aquella energía le resultaba familiar. Creyó que el ser alado contra el que había peleado años atrás había tomado la apariencia de Asuna después de matarla. Esa idea la enfureció y confundió al mismo tiempo, porque frente a ella seguía viendo el rostro de alguien a quien admiraba.

    Asuna tampoco estaba tranquila. Ella esperaba encontrarse con un monstruo, con la hija del supuesto Rey Demonio, pero en lugar de eso veía a alguien desesperada por encontrar a su amiga desaparecida. Aun así no dudó, porque estaba convencida de que Yen y Ozma eran una amenaza para el mundo.

    El combate se volvió cada vez más violento. Yen peleaba intentando entender qué ocurría mientras Asuna luchaba directamente para matarla. Varias veces Yen le exigió que le dijera qué había hecho con la verdadera Asuna, lo que solo provocó más dudas en la heroína al darse cuenta de que Yen realmente creía que ella era otra persona usando ese cuerpo.

    Finalmente Asuna utilizó la magia de sellado, cuando el hechizo impactó, Yen sintió algo que jamás había experimentado. No fue dolor físico, sino vacío. Por primera vez sintió que su conexión con el poder primordial era arrancada violentamente de su existencia. El mundo pareció apagarse durante un instante y su cuerpo perdió fuerzas de inmediato.

    Ese momento aterró a Yen, porque nunca antes había sentido verdadera debilidad. Asuna, al ver que la técnica funcionaba, confirmó que las enseñanzas de los Dioses eran ciertas. Yen realmente estaba conectada con algo prohibido. La batalla acababa de cambiar por completo.
    ****Edad del Caos.**** "El Ángel con Rostro Humano" Habían pasado varios meses desde que Yen y Onix conocieron a los llamados héroes. Durante ese tiempo, ambos aventureros comenzaron a hacerse cada vez más famosos en distintas regiones del reino de Ozma. Siempre aparecían ayudando caravanas, defendiendo aldeas de monstruos o resolviendo problemas que nadie más podía enfrentar. La gente comenzó a admirarlos rápidamente, sobre todo en los territorios que habían sido liberados hacía muchos años, donde las nuevas generaciones jamás vivieron la esclavitud de los Elunai y solo conocían la guerra que Ozma mantenía desde hacía décadas. Sin embargo, mientras su fama crecía, también comenzaron a cambiar ciertas cosas dentro del reino. En algunos pueblos la gente empezó a desconfiar de Ozma. Surgieron rumores sobre abusos de su ejército, sobre ciudades explotadas para mantener la guerra y sobre cómo el supuesto libertador en realidad solo deseaba convertirse en rey de un mundo destruido. Al principio parecían simples comentarios aislados, pero poco a poco comenzaron a aparecer grupos organizados que hablaban abiertamente de rebelión. Yen no prestó demasiada atención a esos rumores. Para ella, la guerra había durado tanto tiempo que era normal que algunas personas estuvieran cansadas o tuvieran miedo. Por otro lado, confiaba en los héroes, admiraba el valor de ambos al arriesgar sus vidas sin poseer un poder monstruoso como el suyo o el de Ozma. Onix, en cambio, comenzó a sospechar, había algo extraño en el patrón de aquellas revueltas. Los rumores y el resentimiento siempre aparecían en lugares donde los héroes habían estado antes. Nunca ocurría en territorios recién liberados, solo en regiones donde la gente llevaba generaciones viviendo en paz. Onix comenzó a investigar por su cuenta sin decirle nada a Yen, pues sabía que ella jamás aceptaría tan fácilmente que aquellos dos pudieran estar involucrados en algo así. Aprovechando una misión especial que debía realizar lejos del castillo, Onix decidió seguir el rastro de los héroes en secreto. Antes de partir habló únicamente con algunos soldados de absoluta confianza y les pidió que, si algo llegaba a ocurrirle, buscaran a Yen de inmediato. Después de eso desapareció, pasaron días, luego semanas y Onix jamás regresó. Yen comenzó a inquietarse cuando la misión que debía durar poco tiempo se extendió demasiado. Finalmente, los soldados que conocían la investigación secreta de Onix decidieron hablar con ella, aunque fueron cuidadosos al explicar lo ocurrido. No mencionaron directamente a los héroes, temiendo que Yen no les creyera. Solo le dijeron que Onix seguía el rastro de un grupo que se hacía pasar por héroes y que esos individuos poseían poderes extraños. Eso bastó para que Yen partiera de inmediato, acompañada por un pequeño escuadrón, recorrió varias regiones siguiendo las pistas dejadas por Onix. La búsqueda duró semanas hasta que finalmente llegaron a las ruinas de una antigua ciudad destruida siglos atrás por los propios Elunai como castigo contra una rebelión. El lugar estaba cubierto de ceniza, edificios derrumbados, pero con estatuas de los Dioses aun en pie. Yen reconoció aquel sitio al instante y eso la incomodó, porque entendió que alguien había elegido ese lugar deliberadamente. Entonces apareció Asuna. Yen al inicio se alegró de verla, pensando que quizás había encontrado a Onix o descubierto algo importante, pero rápidamente notó que algo estaba mal. Asuna no sonreía como siempre y la presión mágica que desprendía no se parecía a nada humano. Antes de que Yen pudiera preguntarle algo, Asuna la atacó directamente. Yen apenas logró bloquear el golpe y la explosión destruyó parte de las ruinas cercanas. En ese instante comprendió que aquello no era normal. Asuna jamás debió poseer semejante poder. La pelea comenzó de inmediato y Asuna dejó de contenerse. Un halo apareció sobre su cabeza mientras alas hechas de maná emergían de su espalda. Su presencia cambió por completo y Yen finalmente entendió por qué aquella energía le resultaba familiar. Creyó que el ser alado contra el que había peleado años atrás había tomado la apariencia de Asuna después de matarla. Esa idea la enfureció y confundió al mismo tiempo, porque frente a ella seguía viendo el rostro de alguien a quien admiraba. Asuna tampoco estaba tranquila. Ella esperaba encontrarse con un monstruo, con la hija del supuesto Rey Demonio, pero en lugar de eso veía a alguien desesperada por encontrar a su amiga desaparecida. Aun así no dudó, porque estaba convencida de que Yen y Ozma eran una amenaza para el mundo. El combate se volvió cada vez más violento. Yen peleaba intentando entender qué ocurría mientras Asuna luchaba directamente para matarla. Varias veces Yen le exigió que le dijera qué había hecho con la verdadera Asuna, lo que solo provocó más dudas en la heroína al darse cuenta de que Yen realmente creía que ella era otra persona usando ese cuerpo. Finalmente Asuna utilizó la magia de sellado, cuando el hechizo impactó, Yen sintió algo que jamás había experimentado. No fue dolor físico, sino vacío. Por primera vez sintió que su conexión con el poder primordial era arrancada violentamente de su existencia. El mundo pareció apagarse durante un instante y su cuerpo perdió fuerzas de inmediato. Ese momento aterró a Yen, porque nunca antes había sentido verdadera debilidad. Asuna, al ver que la técnica funcionaba, confirmó que las enseñanzas de los Dioses eran ciertas. Yen realmente estaba conectada con algo prohibido. La batalla acababa de cambiar por completo.
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  • • Las Crónicas De Fenrir Queen •

    ~El día que ella se marchó..~

    Después de semanas oculto entre montañas nevadas y restos de una guerra que todavía seguía ardiendo dentro de su cabeza, Kael Vireon finalmente había conseguido volver a caminar gracias a la ayuda constante de Fenrir Queen. Para él, aquella chica se había convertido lentamente en algo mucho más importante de lo que quería admitir. En un mundo donde todo olía a humo, sangre y cenizas, Fenrir era la única cosa que todavía parecía cálida. Cada vez que aparecía entrando a la cueva con comida, agua o vendas improvisadas, Kael sentía por unos instantes que el dolor desaparecía un poco. Ella hablaba poco, pero incluso su silencio transmitía tranquilidad. Y para un niño que acababa de perder absolutamente todo… aquello terminó convirtiéndose en un refugio emocional del que ni siquiera era consciente.

    Había noches donde Kael despertaba sobresaltado por las pesadillas, escuchando nuevamente los gritos de su pueblo, viendo otra vez el fuego devorando las casas mientras el cielo se llenaba de aquellas monstruosas estructuras flotantes. Recordaba el abrazo desesperado de su madre, el último grito de su padre y la sensación de impotencia mientras el mundo entero colapsaba frente a él. Pero entonces veía a Fenrir dormida cerca del fuego o escuchaba su voz tranquila preguntándole si las heridas todavía dolían… y por un momento podía respirar otra vez.

    Por eso jamás imaginó lo que estaba a punto de descubrir.

    Aquella mañana el sonido regresó.

    Un estruendo profundo atravesó las montañas haciendo vibrar la nieve bajo sus pies. Kael abrió los ojos inmediatamente y su cuerpo reaccionó por puro instinto. Ese ruido… era exactamente el mismo. El mismo sonido que escuchó el día que comenzó la masacre.

    Sin decir nada salió rápidamente de la cueva mientras el viento helado golpeaba su rostro. Desde la altura de la montaña pudo ver enormes sombras moviéndose entre las nubes. Varias estructuras gigantescas descendían lentamente sobre el valle rodeadas de humo y energía, como depredadores regresando al lugar donde ya habían arrasado todo una vez.

    El corazón de Kael comenzó a acelerarse violentamente.

    No.

    No podía ser.

    Sus piernas avanzaron solas entre la nieve hasta alcanzar un punto desde donde podía observar mejor el valle… y entonces la vio.

    Fenrir.

    Estaba allí.

    De pie sobre una de aquellas enormes plataformas flotantes mientras el viento movía lentamente su vestido blanco. Detrás de ella caminaban soldados armados cubiertos con las mismas armaduras oscuras que Kael jamás había podido olvidar. Desde esa distancia ella parecía tranquila, completamente integrada entre aquel ejército monstruoso que dominaba el cielo.

    Y fue entonces cuando Kael empezó a reconocer los símbolos.

    Las banderas negras.

    Los emblemas grabados sobre el metal.

    Las marcas que vio entre humo y sangre el día que su hogar desapareció.

    Todo encajó de golpe.

    Fenrir no era una superviviente.
    No era una chica perdida.
    No era alguien que simplemente apareció en medio de la guerra.

    Ella pertenecía a ellos.

    Al mismo ejército que redujo su hogar a cenizas.
    Al mismo ejército que asesinó a su madre, a su padre, a sus vecinos… a todos.

    Kael sintió que algo dentro de él simplemente se rompía.

    Las imágenes comenzaron a mezclarse violentamente en su cabeza. Su madre abrazándolo mientras lloraba. Su padre cubierto de sangre intentando detener a aquellos soldados. El fuego consumiendo las calles. Los gritos. La nieve teñida de rojo. Y luego Fenrir… sentada junto al fuego de la cueva mirándolo con aquella expresión tranquila mientras curaba sus heridas.

    El contraste era demasiado.

    Su respiración empezó a fallar.

    —…no…—

    La voz apenas salió de su garganta mientras retrocedía un paso sobre la nieve. Abajo, varias naves comenzaron a elevarse lentamente y soldados seguían moviéndose alrededor de Fenrir como si aquel infierno fuera algo normal para ella.

    —…tú…?—

    Las lágrimas empezaron a caerle sin siquiera darse cuenta.

    Todo lo que había construido emocionalmente alrededor de ella empezó a derrumbarse de golpe. Porque Fenrir no solo había sido alguien importante para él. Había sido literalmente lo único que le quedaba después de perderlo todo. La única persona que logró hacerle sentir protegido otra vez. La única voz capaz de calmar sus pesadillas.

    Y ahora estaba viendo que esa misma persona pertenecía al monstruo que destruyó su vida.

    Kael apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas atravesaron la piel de sus manos. Su cuerpo entero comenzó a temblar mientras una mezcla insoportable de dolor, rabia y traición crecía dentro de él como algo vivo.

    Quería odiarla.

    Quería gritarle.

    Quería arrancarse de encima cada recuerdo relacionado con ella.

    Pero justamente eso era lo que más lo destruía… porque aun viendo todo aquello, una parte de él seguía recordando a la chica que se sentaba junto al fuego para hacerle compañía en silencio.

    Y esa contradicción terminó quebrándolo completamente.

    El aire empezó a vibrar.

    Primero levemente.

    Después violentamente.

    La nieve alrededor de Kael comenzó a agrietarse mientras una presión monstruosa explotaba desde su cuerpo de forma descontrolada. Rocas enteras empezaron a fracturarse bajo sus pies y el espacio alrededor suyo pareció deformarse por un instante.

    Kael cayó de rodillas gritando mientras el dolor emocional terminaba despertando algo dormido en lo más profundo de su existencia.

    La Resonancia Sísmica del Vacío.

    Una habilidad nacida del colapso absoluto de sus emociones y de un odio tan intenso que literalmente hacía vibrar el mundo a su alrededor. Ondas invisibles comenzaron a expandirse desde su cuerpo deformando el aire y resquebrajando todo lo que tocaban. La montaña explotó en múltiples fracturas gigantescas mientras árboles enteros eran arrancados desde la raíz y enormes pedazos de tierra colapsaban hacia el vacío.

    El cielo mismo parecía partirse.

    Las estructuras flotantes comenzaron a sacudirse violentamente.

    Varios soldados perdieron el equilibrio.

    Incluso el océano lejano empezó a agitarse bajo aquellas vibraciones monstruosas.

    Y en medio de aquel nacimiento aterrador… Kael solo podía mirar a Fenrir con el rostro completamente roto por el dolor.

    Porque en ese instante murió el niño que todavía quería creer en ella.

    Y nació alguien capaz de hacer temblar el mundo entero con su odio.
    • Las Crónicas De Fenrir Queen • ~El día que ella se marchó..~ Después de semanas oculto entre montañas nevadas y restos de una guerra que todavía seguía ardiendo dentro de su cabeza, Kael Vireon finalmente había conseguido volver a caminar gracias a la ayuda constante de Fenrir Queen. Para él, aquella chica se había convertido lentamente en algo mucho más importante de lo que quería admitir. En un mundo donde todo olía a humo, sangre y cenizas, Fenrir era la única cosa que todavía parecía cálida. Cada vez que aparecía entrando a la cueva con comida, agua o vendas improvisadas, Kael sentía por unos instantes que el dolor desaparecía un poco. Ella hablaba poco, pero incluso su silencio transmitía tranquilidad. Y para un niño que acababa de perder absolutamente todo… aquello terminó convirtiéndose en un refugio emocional del que ni siquiera era consciente. Había noches donde Kael despertaba sobresaltado por las pesadillas, escuchando nuevamente los gritos de su pueblo, viendo otra vez el fuego devorando las casas mientras el cielo se llenaba de aquellas monstruosas estructuras flotantes. Recordaba el abrazo desesperado de su madre, el último grito de su padre y la sensación de impotencia mientras el mundo entero colapsaba frente a él. Pero entonces veía a Fenrir dormida cerca del fuego o escuchaba su voz tranquila preguntándole si las heridas todavía dolían… y por un momento podía respirar otra vez. Por eso jamás imaginó lo que estaba a punto de descubrir. Aquella mañana el sonido regresó. Un estruendo profundo atravesó las montañas haciendo vibrar la nieve bajo sus pies. Kael abrió los ojos inmediatamente y su cuerpo reaccionó por puro instinto. Ese ruido… era exactamente el mismo. El mismo sonido que escuchó el día que comenzó la masacre. Sin decir nada salió rápidamente de la cueva mientras el viento helado golpeaba su rostro. Desde la altura de la montaña pudo ver enormes sombras moviéndose entre las nubes. Varias estructuras gigantescas descendían lentamente sobre el valle rodeadas de humo y energía, como depredadores regresando al lugar donde ya habían arrasado todo una vez. El corazón de Kael comenzó a acelerarse violentamente. No. No podía ser. Sus piernas avanzaron solas entre la nieve hasta alcanzar un punto desde donde podía observar mejor el valle… y entonces la vio. Fenrir. Estaba allí. De pie sobre una de aquellas enormes plataformas flotantes mientras el viento movía lentamente su vestido blanco. Detrás de ella caminaban soldados armados cubiertos con las mismas armaduras oscuras que Kael jamás había podido olvidar. Desde esa distancia ella parecía tranquila, completamente integrada entre aquel ejército monstruoso que dominaba el cielo. Y fue entonces cuando Kael empezó a reconocer los símbolos. Las banderas negras. Los emblemas grabados sobre el metal. Las marcas que vio entre humo y sangre el día que su hogar desapareció. Todo encajó de golpe. Fenrir no era una superviviente. No era una chica perdida. No era alguien que simplemente apareció en medio de la guerra. Ella pertenecía a ellos. Al mismo ejército que redujo su hogar a cenizas. Al mismo ejército que asesinó a su madre, a su padre, a sus vecinos… a todos. Kael sintió que algo dentro de él simplemente se rompía. Las imágenes comenzaron a mezclarse violentamente en su cabeza. Su madre abrazándolo mientras lloraba. Su padre cubierto de sangre intentando detener a aquellos soldados. El fuego consumiendo las calles. Los gritos. La nieve teñida de rojo. Y luego Fenrir… sentada junto al fuego de la cueva mirándolo con aquella expresión tranquila mientras curaba sus heridas. El contraste era demasiado. Su respiración empezó a fallar. —…no…— La voz apenas salió de su garganta mientras retrocedía un paso sobre la nieve. Abajo, varias naves comenzaron a elevarse lentamente y soldados seguían moviéndose alrededor de Fenrir como si aquel infierno fuera algo normal para ella. —…tú…?— Las lágrimas empezaron a caerle sin siquiera darse cuenta. Todo lo que había construido emocionalmente alrededor de ella empezó a derrumbarse de golpe. Porque Fenrir no solo había sido alguien importante para él. Había sido literalmente lo único que le quedaba después de perderlo todo. La única persona que logró hacerle sentir protegido otra vez. La única voz capaz de calmar sus pesadillas. Y ahora estaba viendo que esa misma persona pertenecía al monstruo que destruyó su vida. Kael apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas atravesaron la piel de sus manos. Su cuerpo entero comenzó a temblar mientras una mezcla insoportable de dolor, rabia y traición crecía dentro de él como algo vivo. Quería odiarla. Quería gritarle. Quería arrancarse de encima cada recuerdo relacionado con ella. Pero justamente eso era lo que más lo destruía… porque aun viendo todo aquello, una parte de él seguía recordando a la chica que se sentaba junto al fuego para hacerle compañía en silencio. Y esa contradicción terminó quebrándolo completamente. El aire empezó a vibrar. Primero levemente. Después violentamente. La nieve alrededor de Kael comenzó a agrietarse mientras una presión monstruosa explotaba desde su cuerpo de forma descontrolada. Rocas enteras empezaron a fracturarse bajo sus pies y el espacio alrededor suyo pareció deformarse por un instante. Kael cayó de rodillas gritando mientras el dolor emocional terminaba despertando algo dormido en lo más profundo de su existencia. La Resonancia Sísmica del Vacío. Una habilidad nacida del colapso absoluto de sus emociones y de un odio tan intenso que literalmente hacía vibrar el mundo a su alrededor. Ondas invisibles comenzaron a expandirse desde su cuerpo deformando el aire y resquebrajando todo lo que tocaban. La montaña explotó en múltiples fracturas gigantescas mientras árboles enteros eran arrancados desde la raíz y enormes pedazos de tierra colapsaban hacia el vacío. El cielo mismo parecía partirse. Las estructuras flotantes comenzaron a sacudirse violentamente. Varios soldados perdieron el equilibrio. Incluso el océano lejano empezó a agitarse bajo aquellas vibraciones monstruosas. Y en medio de aquel nacimiento aterrador… Kael solo podía mirar a Fenrir con el rostro completamente roto por el dolor. Porque en ese instante murió el niño que todavía quería creer en ella. Y nació alguien capaz de hacer temblar el mundo entero con su odio.
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  • •Las Crónicas De Fenrir Queen •

    Resumen del origen de kael vireon

    https://ficrol.com/posts/375223


    Tras la guerra y conquista que destruyó su hogar, Kael Vireon terminó gravemente herido y oculto dentro de una cueva lejos del conflicto, completamente solo y al borde de la muerte. En ese mismo periodo, una joven Fenrir Queen escapaba constantemente de sus padres porque no soportaba ver el sufrimiento causado por la guerra. Fue entonces cuando encontró a Kael.

    Aunque apenas eran niños, Fenrir comenzó a visitarlo en secreto durante semanas, llevándole comida, agua y usando poco a poco su poder para sanar sus heridas. Con el tiempo ambos desarrollaron un vínculo muy cercano, casi como hermanos, mientras Kael veía en ella la única persona que le había mostrado bondad después de perderlo todo. Sin embargo, él desconocía la verdad más importante: Fenrir pertenecía a la familia responsable de la conquista que había destruido su pueblo y acabado con su vida anterior.

    Cuando la guerra terminó, Fenrir desapareció sin despedirse y Kael regresó a las ruinas de su hogar, encontrando únicamente destrucción y silencio. Desde entonces, el recuerdo de aquella niña quedó marcado profundamente en él, especialmente la última vez que la vio, de pie sobre una enorme nave junto a sus padres, usando un vestido blanco mientras observaba el mundo desde arriba… mientras él permanecía abajo entre las cenizas de todo lo que había perdido.
    •Las Crónicas De Fenrir Queen • Resumen del origen de kael vireon https://ficrol.com/posts/375223 Tras la guerra y conquista que destruyó su hogar, Kael Vireon terminó gravemente herido y oculto dentro de una cueva lejos del conflicto, completamente solo y al borde de la muerte. En ese mismo periodo, una joven Fenrir Queen escapaba constantemente de sus padres porque no soportaba ver el sufrimiento causado por la guerra. Fue entonces cuando encontró a Kael. Aunque apenas eran niños, Fenrir comenzó a visitarlo en secreto durante semanas, llevándole comida, agua y usando poco a poco su poder para sanar sus heridas. Con el tiempo ambos desarrollaron un vínculo muy cercano, casi como hermanos, mientras Kael veía en ella la única persona que le había mostrado bondad después de perderlo todo. Sin embargo, él desconocía la verdad más importante: Fenrir pertenecía a la familia responsable de la conquista que había destruido su pueblo y acabado con su vida anterior. Cuando la guerra terminó, Fenrir desapareció sin despedirse y Kael regresó a las ruinas de su hogar, encontrando únicamente destrucción y silencio. Desde entonces, el recuerdo de aquella niña quedó marcado profundamente en él, especialmente la última vez que la vio, de pie sobre una enorme nave junto a sus padres, usando un vestido blanco mientras observaba el mundo desde arriba… mientras él permanecía abajo entre las cenizas de todo lo que había perdido.
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  • • Las Crónicas De Fenrir Queen •

    ~El día de kael vireon prt2~

    El humo cubría el cielo por completo y la nieve que antes daba tranquilidad al pueblo ahora se derretía lentamente bajo las llamas mientras cenizas oscuras caían sobre los tejados destruidos. Kael Vireon apenas podía respirar, el aire quemaba y los gritos venían de todas partes. Su madre seguía sujetándolo del brazo mientras corrían entre calles colapsadas, esquivando escombros y personas desesperadas que intentaban huir hacia el bosque, pero no había salida, aquellas enormes estructuras flotantes seguían descendiendo sobre el valle como depredadores observando una presa herida.

    —¡Kael no mires atrás!—

    La voz de su madre sonó más fuerte esta vez, pero fue demasiado tarde. El chico giró apenas el rostro y vio a uno de los soldados atravesar a un hombre del pueblo sin siquiera detenerse, mientras otro levantaba la mano creando un círculo mágico oscuro que explotó contra varias casas cercanas. No era una batalla, era una ejecución. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kael justo cuando el suelo volvió a temblar violentamente y una onda de choque atravesó la montaña lanzando nieve, fuego y madera destruida por todas partes. Varias casas se derrumbaron de golpe y su madre cayó de rodillas.

    —¡Mamá!—

    Kael intentó ayudarla, pero ella sostuvo rápidamente su rostro entre las manos y por primera vez él vio miedo real en sus ojos.

    —Escúchame… pase lo que pase no vuelvas atrás, ¿entendido?, corre hacia el bosque, sigue el río congelado y no te detengas—

    —No pienso irme sin ustedes—

    —¡KAEL!—

    El grito hizo que se quedara completamente inmóvil. Ella nunca le había hablado así. Las llamas iluminaban su rostro mientras pequeñas lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos.

    —Tienes que vivir—

    Entonces una enorme sombra cayó frente a ellos. Uno de los soldados había aterrizado en medio de la calle destruida, su armadura negra estaba cubierta de nieve derretida y sangre, y en una mano sostenía una lanza oscura impregnada de energía. Detrás de él otros descendían lentamente desde el cielo. Kael retrocedió instintivamente mientras el soldado observaba alrededor hasta fijar la vista directamente en ellos.

    —Supervivientes detectados—

    Su voz no parecía humana, solo vacía. El hombre levantó lentamente la lanza y la madre de Kael abrazó a su hijo cubriéndolo con el cuerpo mientras el mundo entero parecía detenerse alrededor de ellos, pero justo antes de que atacara una explosión azul atravesó la calle destruyendo parte de las casas cercanas y lanzando al soldado varios metros hacia atrás.

    Kael abrió los ojos sorprendido.

    Su padre había aparecido entre el humo sosteniendo aquella vieja herramienta metálica, aunque ahora estaba cubierta de runas brillantes y energía azulada. Su respiración era pesada y sangre caía lentamente por uno de sus brazos.

    —Llévatelo…—

    —¡Pero tú…!—

    —¡AHORA!—

    El soldado comenzó a levantarse entre los escombros mientras más figuras descendían desde el cielo detrás de él. El padre de Kael dio un paso al frente sin apartar la mirada del enemigo y, aunque solo fue un paso… para Kael aquel instante se convirtió en el momento exacto donde su infancia terminó.
    • Las Crónicas De Fenrir Queen • ~El día de kael vireon prt2~ El humo cubría el cielo por completo y la nieve que antes daba tranquilidad al pueblo ahora se derretía lentamente bajo las llamas mientras cenizas oscuras caían sobre los tejados destruidos. Kael Vireon apenas podía respirar, el aire quemaba y los gritos venían de todas partes. Su madre seguía sujetándolo del brazo mientras corrían entre calles colapsadas, esquivando escombros y personas desesperadas que intentaban huir hacia el bosque, pero no había salida, aquellas enormes estructuras flotantes seguían descendiendo sobre el valle como depredadores observando una presa herida. —¡Kael no mires atrás!— La voz de su madre sonó más fuerte esta vez, pero fue demasiado tarde. El chico giró apenas el rostro y vio a uno de los soldados atravesar a un hombre del pueblo sin siquiera detenerse, mientras otro levantaba la mano creando un círculo mágico oscuro que explotó contra varias casas cercanas. No era una batalla, era una ejecución. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Kael justo cuando el suelo volvió a temblar violentamente y una onda de choque atravesó la montaña lanzando nieve, fuego y madera destruida por todas partes. Varias casas se derrumbaron de golpe y su madre cayó de rodillas. —¡Mamá!— Kael intentó ayudarla, pero ella sostuvo rápidamente su rostro entre las manos y por primera vez él vio miedo real en sus ojos. —Escúchame… pase lo que pase no vuelvas atrás, ¿entendido?, corre hacia el bosque, sigue el río congelado y no te detengas— —No pienso irme sin ustedes— —¡KAEL!— El grito hizo que se quedara completamente inmóvil. Ella nunca le había hablado así. Las llamas iluminaban su rostro mientras pequeñas lágrimas comenzaban a acumularse en sus ojos. —Tienes que vivir— Entonces una enorme sombra cayó frente a ellos. Uno de los soldados había aterrizado en medio de la calle destruida, su armadura negra estaba cubierta de nieve derretida y sangre, y en una mano sostenía una lanza oscura impregnada de energía. Detrás de él otros descendían lentamente desde el cielo. Kael retrocedió instintivamente mientras el soldado observaba alrededor hasta fijar la vista directamente en ellos. —Supervivientes detectados— Su voz no parecía humana, solo vacía. El hombre levantó lentamente la lanza y la madre de Kael abrazó a su hijo cubriéndolo con el cuerpo mientras el mundo entero parecía detenerse alrededor de ellos, pero justo antes de que atacara una explosión azul atravesó la calle destruyendo parte de las casas cercanas y lanzando al soldado varios metros hacia atrás. Kael abrió los ojos sorprendido. Su padre había aparecido entre el humo sosteniendo aquella vieja herramienta metálica, aunque ahora estaba cubierta de runas brillantes y energía azulada. Su respiración era pesada y sangre caía lentamente por uno de sus brazos. —Llévatelo…— —¡Pero tú…!— —¡AHORA!— El soldado comenzó a levantarse entre los escombros mientras más figuras descendían desde el cielo detrás de él. El padre de Kael dio un paso al frente sin apartar la mirada del enemigo y, aunque solo fue un paso… para Kael aquel instante se convirtió en el momento exacto donde su infancia terminó.
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  • 𝙀𝙡 𝙨𝙤𝙣𝙞𝙙𝙤 𝙙𝙚 𝙂𝙚𝙣𝙤𝙨𝙝𝙖 𝙢𝙪𝙧𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 — 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑖𝑒𝑠 𝐼

    𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑒𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑠 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑒𝑠...

    No esa clase de polvo que se acumula sobre muebles olvidados o edificios viejos. Era esa clase de ceniza mezclada con concreto molido, metal y algo que prefirió no identificar demasiado rápido. Cada vez que respiraba sentía la garganta arderle un poco más, pero dejó de prestarle atención después de los primeros minutos. Había demasiadas cosas alrededor reclamando espacio dentro de su cabeza, que el hecho de pensar se volvía un lujo innecesario en esos instantes.

    𝐺𝑒𝑛𝑜𝑠𝘩𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑣𝜄́𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝘩𝑢𝑚𝑒𝑎𝑛𝑑𝑜.

    Columnas negras subían desde distintos puntos de la isla como si el suelo siguiera incendiándose desde adentro. A la distancia podían escucharse estructuras colapsando solas de vez en cuando; un estruendo seco, luego silencio otra vez. Y eso no fue lo peor. Era el silencio que, entre tanto horror, era lo que irónicamente lograba hacer más ruido. Una ciudad entera reducida a ruido de fuego, escombros y dolor.

    Avanzó entre restos de avenidas de lo que alguna vez fueron calles, pisó algo metálico ocasionalmente, después vidrio... y después ¿Una mano? Pero no se detuvo. Porque si empezaba a mirar demasiado tiempo algo específico, iba a perder el impulso de seguir caminando hasta derrumbarse.

    El comunicador en su oído no había dejado de sonar desde que aterrizaron. Voces entran y salen, intercambian información pero él no escucha. No puede escucharlos, no ahora. Coordenadas, nombres, Charles intentando mantener a todos concentrados en rescates y no en el shock emocional que eso conlleva. Pero Scott escuchaba, respondía cuando era necesario, daba órdenes incluso. El piloto perfecto, el líder, el soldado amaestrado.

    Pero existía algo acumulándose debajo de todo eso. Algo horrible, que llevaba años aprendiendo a mantener encerrado. Recordaba perfectamente una frase del profesor, mucho antes de Genosha, cuando él todavía era demasiado joven para entender lo cansado que podía llegar a sentirse alguien:

    "𝘕𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘳𝘢𝘣𝘪𝘢 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪"

    En ese entonces le había parecido sabio. Parado ahí, rodeado de millones de muertos, le parecía una broma cruel.

    Siguió avanzando entre cuerpos por todas partes. Algunos con la estructura ósea irreconocible, otros apenas mantenían sus rostros ante el horror vivido. Otros intactos, y otros... simplemente dejaron de existir en todo aspecto. Eso fue casi lo peor. Una mujer apoyada contra una pared destruida como si estuviera descansando, un chico enterrado hasta la cintura bajo el concreto. Mutantes que probablemente habían tenido una vida completa hacía menos de una hora y ahora eran parte del paraje destruido de una isla que el mundo ya empezaba a convertir en titular.

    Sintió algo quebrarse dentro suyo cuando encontró lo que quedaba de una escuela. El edificio había colapsado hacia un lado, aplastándose sobre sí mismo. Había dibujos infantiles pegados todavía en una pared partida a la mitad. Soles mal pintados, figuras con capas, y un centinela dibujado con crayones rojos.


    —𝐶𝑟𝑖𝑠𝑡𝑜... —espeta, pues escuchó algo debajo de los escombros. Quizá creyó escucharlo, por lo que las voces en el transmisor se dispararon. Entre ellas, Charles, quien pedía que esperara por ayuda, que sea sensato. Pero él sabe que la ayuda tardaría en llegar eventualmente, y sería tarde para quien esté debajo.

    Negándose a acatar la orden directa por instinto de urgencia, simplemente se movió; metió ambas manos bajo una viga hundida y empujó con todas sus fuerzas. El concreto rechinó sobre su cabeza de forma amenazante, pero él consiguió seguir pese a todo pronóstico. Fragmentos comenzaron a desprenderse alrededor suyo mientras levantaba parte de la estructura apenas lo suficiente para abrir espacio debajo. Pero las voces no cesaron. Los músculos ardieron al instante y aún así continuó; porque tenía que haber alguien vivo, tenía que existir esa esperanza por más mínima que sea.

    𝙔 𝙚𝙣𝙩𝙤𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙡𝙤𝙨 𝙫𝙞𝙤...

    Niños. Demasiado quietos para serlo, y lamentablemente para presenciarlo. Uno seguía abrazado a una mochila contra el pecho. Otro estaba cubierto por los restos de un pupitre, y había una niña con polvo gris cubriéndole las pestañas; como si simplemente se hubiera quedado dormida durante la clase.

    Dejó de escuchar el comunicador, y la voz de Charles siguió entrando por el auricular. Él sabía que no había nadie con vida, lo supo siempre y no tuvo las agallas de decírselo a Scott. Pero él no distinguía palabras, solo ruido lejano que se perdía conforme más mira la escena. El peso de la estructura continuaba sobre uno de sus brazos mientras observa en silencio, inmóvil. El visor reflejando rojo sobre el concreto destruido y los cuerpos que yacen.

    Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí mismo. Porque quiso tomar y destruir todo, algo. No era una sensación solo de golpear y gritar; era destruirlo todo simplemente. Quiso abrir los ojos y partir el horizonte entero en dos. Quiso encontrar cada fábrica, cada laboratorio, cada político que alguna vez permitió que existieran Centinelas y reducirlo todo a cenizas hasta no dejar nada funcionando. El impulso le atravesó el cuerpo tan rápido que tuvo que dejar de apretar la mandíbula para contenerlo, y fue lo que más lo enfermó después.

    No la muerte, no el horror; la facilidad con la que entendió que una parte de él realmente quería soltar el control y no lo hizo. Solo siguió ahí, sosteniendo toneladas de ruinas con una mano mientras miraba a los niños enterrados bajo la escuela.

    𝙉𝙤 𝙩𝙪𝙫𝙞𝙚𝙧𝙤𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙛𝙧𝙪𝙩𝙖𝙧, 𝙮 𝙖𝙝𝙤𝙧𝙖 𝙣𝙪𝙣𝙘𝙖 𝙢𝙖́𝙨 𝙡𝙖 𝙩𝙚𝙣𝙙𝙧𝜾́𝙖𝙣.
    𝙀𝙡 𝙨𝙤𝙣𝙞𝙙𝙤 𝙙𝙚 𝙂𝙚𝙣𝙤𝙨𝙝𝙖 𝙢𝙪𝙧𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 — 𝑚𝑒𝑚𝑜𝑟𝑖𝑒𝑠 𝐼 𝐻𝑎𝑏𝜄́𝑎 𝑝𝑜𝑙𝑣𝑜 𝑒𝑛 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑠 𝑝𝑎𝑟𝑡𝑒𝑠... No esa clase de polvo que se acumula sobre muebles olvidados o edificios viejos. Era esa clase de ceniza mezclada con concreto molido, metal y algo que prefirió no identificar demasiado rápido. Cada vez que respiraba sentía la garganta arderle un poco más, pero dejó de prestarle atención después de los primeros minutos. Había demasiadas cosas alrededor reclamando espacio dentro de su cabeza, que el hecho de pensar se volvía un lujo innecesario en esos instantes. 𝐺𝑒𝑛𝑜𝑠𝘩𝑎 𝑡𝑜𝑑𝑎𝑣𝜄́𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝘩𝑢𝑚𝑒𝑎𝑛𝑑𝑜. Columnas negras subían desde distintos puntos de la isla como si el suelo siguiera incendiándose desde adentro. A la distancia podían escucharse estructuras colapsando solas de vez en cuando; un estruendo seco, luego silencio otra vez. Y eso no fue lo peor. Era el silencio que, entre tanto horror, era lo que irónicamente lograba hacer más ruido. Una ciudad entera reducida a ruido de fuego, escombros y dolor. Avanzó entre restos de avenidas de lo que alguna vez fueron calles, pisó algo metálico ocasionalmente, después vidrio... y después ¿Una mano? Pero no se detuvo. Porque si empezaba a mirar demasiado tiempo algo específico, iba a perder el impulso de seguir caminando hasta derrumbarse. El comunicador en su oído no había dejado de sonar desde que aterrizaron. Voces entran y salen, intercambian información pero él no escucha. No puede escucharlos, no ahora. Coordenadas, nombres, Charles intentando mantener a todos concentrados en rescates y no en el shock emocional que eso conlleva. Pero Scott escuchaba, respondía cuando era necesario, daba órdenes incluso. El piloto perfecto, el líder, el soldado amaestrado. Pero existía algo acumulándose debajo de todo eso. Algo horrible, que llevaba años aprendiendo a mantener encerrado. Recordaba perfectamente una frase del profesor, mucho antes de Genosha, cuando él todavía era demasiado joven para entender lo cansado que podía llegar a sentirse alguien: "𝘕𝘰 𝘱𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘮𝘪𝘵𝘪𝘳 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘳𝘢𝘣𝘪𝘢 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪" En ese entonces le había parecido sabio. Parado ahí, rodeado de millones de muertos, le parecía una broma cruel. Siguió avanzando entre cuerpos por todas partes. Algunos con la estructura ósea irreconocible, otros apenas mantenían sus rostros ante el horror vivido. Otros intactos, y otros... simplemente dejaron de existir en todo aspecto. Eso fue casi lo peor. Una mujer apoyada contra una pared destruida como si estuviera descansando, un chico enterrado hasta la cintura bajo el concreto. Mutantes que probablemente habían tenido una vida completa hacía menos de una hora y ahora eran parte del paraje destruido de una isla que el mundo ya empezaba a convertir en titular. Sintió algo quebrarse dentro suyo cuando encontró lo que quedaba de una escuela. El edificio había colapsado hacia un lado, aplastándose sobre sí mismo. Había dibujos infantiles pegados todavía en una pared partida a la mitad. Soles mal pintados, figuras con capas, y un centinela dibujado con crayones rojos. —𝐶𝑟𝑖𝑠𝑡𝑜... —espeta, pues escuchó algo debajo de los escombros. Quizá creyó escucharlo, por lo que las voces en el transmisor se dispararon. Entre ellas, Charles, quien pedía que esperara por ayuda, que sea sensato. Pero él sabe que la ayuda tardaría en llegar eventualmente, y sería tarde para quien esté debajo. Negándose a acatar la orden directa por instinto de urgencia, simplemente se movió; metió ambas manos bajo una viga hundida y empujó con todas sus fuerzas. El concreto rechinó sobre su cabeza de forma amenazante, pero él consiguió seguir pese a todo pronóstico. Fragmentos comenzaron a desprenderse alrededor suyo mientras levantaba parte de la estructura apenas lo suficiente para abrir espacio debajo. Pero las voces no cesaron. Los músculos ardieron al instante y aún así continuó; porque tenía que haber alguien vivo, tenía que existir esa esperanza por más mínima que sea. 𝙔 𝙚𝙣𝙩𝙤𝙣𝙘𝙚𝙨 𝙡𝙤𝙨 𝙫𝙞𝙤... Niños. Demasiado quietos para serlo, y lamentablemente para presenciarlo. Uno seguía abrazado a una mochila contra el pecho. Otro estaba cubierto por los restos de un pupitre, y había una niña con polvo gris cubriéndole las pestañas; como si simplemente se hubiera quedado dormida durante la clase. Dejó de escuchar el comunicador, y la voz de Charles siguió entrando por el auricular. Él sabía que no había nadie con vida, lo supo siempre y no tuvo las agallas de decírselo a Scott. Pero él no distinguía palabras, solo ruido lejano que se perdía conforme más mira la escena. El peso de la estructura continuaba sobre uno de sus brazos mientras observa en silencio, inmóvil. El visor reflejando rojo sobre el concreto destruido y los cuerpos que yacen. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de sí mismo. Porque quiso tomar y destruir todo, algo. No era una sensación solo de golpear y gritar; era destruirlo todo simplemente. Quiso abrir los ojos y partir el horizonte entero en dos. Quiso encontrar cada fábrica, cada laboratorio, cada político que alguna vez permitió que existieran Centinelas y reducirlo todo a cenizas hasta no dejar nada funcionando. El impulso le atravesó el cuerpo tan rápido que tuvo que dejar de apretar la mandíbula para contenerlo, y fue lo que más lo enfermó después. No la muerte, no el horror; la facilidad con la que entendió que una parte de él realmente quería soltar el control y no lo hizo. Solo siguió ahí, sosteniendo toneladas de ruinas con una mano mientras miraba a los niños enterrados bajo la escuela. 𝙉𝙤 𝙩𝙪𝙫𝙞𝙚𝙧𝙤𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙛𝙧𝙪𝙩𝙖𝙧, 𝙮 𝙖𝙝𝙤𝙧𝙖 𝙣𝙪𝙣𝙘𝙖 𝙢𝙖́𝙨 𝙡𝙖 𝙩𝙚𝙣𝙙𝙧𝜾́𝙖𝙣.
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  • Ah. Así que sí es mejor incinerar todo esto. Lo convertiré en cenizas.
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  • El silencio siempre fue su melodía predilecta, pero nunca imaginó que terminaría convirtiéndose en su única compañía durante siglos. El olor a hierro y ceniza impregnaba el aire de lo que alguna vez fue un palacio majestuoso. Aquel humano no poseía ni la fuerza ni la magia para doblegar a una estirpe tan antigua, pero portaba un arma mucho más letal: los secretos más profundos del clan, entregados en bandeja de plata por la misma sangre de la demonio, su propia hermana.

    La hoja, impulsada por el poder de la traición, golpeó su pecho, pero no logró arrancar su alma; en su lugar, rasgó su conciencia y la arrastró hacia un abismo oscuro.

    Antes de que el sueño de muerte la consumiera y el sarcófago sellara su destino, el dolor se transmutó en un odio puro, frío e imborrable, grabando en la oscuridad un juramento silencioso contra su propia sangre.

    Desde entonces, el tiempo dejó de existir para ella. Oculta en las entrañas de su ataúd, ajena a los milenios que marchitan el mundo exterior, Kaelith descansa, esperando el día en que un incauto cometa el error de romper el sello.
    El silencio siempre fue su melodía predilecta, pero nunca imaginó que terminaría convirtiéndose en su única compañía durante siglos. El olor a hierro y ceniza impregnaba el aire de lo que alguna vez fue un palacio majestuoso. Aquel humano no poseía ni la fuerza ni la magia para doblegar a una estirpe tan antigua, pero portaba un arma mucho más letal: los secretos más profundos del clan, entregados en bandeja de plata por la misma sangre de la demonio, su propia hermana. La hoja, impulsada por el poder de la traición, golpeó su pecho, pero no logró arrancar su alma; en su lugar, rasgó su conciencia y la arrastró hacia un abismo oscuro. Antes de que el sueño de muerte la consumiera y el sarcófago sellara su destino, el dolor se transmutó en un odio puro, frío e imborrable, grabando en la oscuridad un juramento silencioso contra su propia sangre. Desde entonces, el tiempo dejó de existir para ella. Oculta en las entrañas de su ataúd, ajena a los milenios que marchitan el mundo exterior, Kaelith descansa, esperando el día en que un incauto cometa el error de romper el sello.
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  • 。 𝗗𝗶𝗳𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝘁 𝗷𝗼𝗯, 𝘀𝗮𝗺𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁...
    Categoría Original
    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo.

    Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar.

    Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas.

    Y ahora también escondían a una "bruja".

    La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar.

    El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho.

    — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña.

    Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo.

    Abrió el portón de una patada.

    El metal chirrió igual que un animal herido.

    El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían.

    El cazador los observó por un segundo.

    — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original.

    Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso.

    Demasiado rápido para ser una sombra.

    Demasiado humano para ser un truco de luz.

    El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello.

    La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla.

    Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro.

    El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire.

    Entonces la escuchó.

    Una respiración.

    Lenta.

    Arrastrándose entre las paredes.

    El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno.

    — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
    La lluvia había dejado de caer desde hace horas, pero el bosque seguía sudando humedad como un cadáver recién abierto. El barro se pegaba a las botas con una obstinación casi humana; raíces negras emergían de la tierra como dedos artríticos intentando arrastrar algo de vuelta al subsuelo. El viento olía a madera podrida, estiércol mojado y humo viejo. Al final del sendero se erguía la residencia Valdemar. Ventanas altas. Mármol húmedo. Hierro oxidado. El tipo de mansión donde las familias ricas escondían secretos detrás de retratos caros y cortinas gruesas. Y ahora también escondían a una "bruja". La palabra cambiaba según quién la pronunciara. Para algunos era una vieja que maldecía cosechas. Para otros, una curandera demasiado sabia para el gusto de la Iglesia. Para los soldados del barón, bastaba con que una mujer viviera sola y no bajara la cabeza al hablar. El cazador escupió entre dientes y observó la propiedad desde el portón principal mientras encendía un cigarro húmedo. Maldijo al notar que el tabaco sabía a moho. — Perfecto... —gruñó con la voz rasposa—. Noche de mierda, clientes de mierda y seguro una anciana farsante jugando a invocar demonios porque nadie la abrazó de niña. Llevaba el abrigo empapado hasta las rodillas, al igual que el maltratado sobrero que parecía haber tenido mejores tiempos. El cuero olía a pólvora vieja y carne quemada. Bajo la tela colgaban cuchillos, cadenas y herramientas cuyo propósito era mejor no preguntar. Su rostro parecía tallado con odio: ojera profunda, barba descuidada y una cicatriz que le partía la ceja izquierda como un relámpago. Eso sin hablar del parche oscuro que ocultaba la cuenca de su inexistente ojo. Abrió el portón de una patada. El metal chirrió igual que un animal herido. El jardín estaba muerto. No marchito: muerto. Los árboles parecían huesos ennegrecidos arañando el cielo. Había pájaros reventados sobre la hierba fangosa; pequeños cuerpos abiertos por dentro, cubiertos de larvas blancas que se retorcían. El cazador los observó por un segundo. — Por supuesto. Un mal augurio... Qué original. Subió los escalones de piedra mientras el viento golpeaba las ventanas de la residencia. Algo se movió detrás del cristal del segundo piso. Demasiado rápido para ser una sombra. Demasiado humano para ser un truco de luz. El hombre sonrió apenas, aunque no había humor en ello. La puerta principal se abrió sola antes de que pudiera tocarla. Un hedor espeso emergió desde el interior: más humedad, cera derretida... Y algo peor. Algo ligeramente dulzón. El olor exacto que tiene la carne cuando empieza a pudrirse por dentro. El vestíbulo estaba oscuro salvo por una fila de velas vagamente consumidas. Las llamas temblaban violentamente aunque no corría aire. Entonces la escuchó. Una respiración. Lenta. Arrastrándose entre las paredes. El cazador dejó caer la ceniza del cigarro sobre el suelo de mármol y avanzó hacia la oscuridad con el hastío de un hombre demasiado cansado para temerle al infierno. — Escucha, bruja... —dijo mientras desenfundaba lentamente una hoja de plata ennegrecida—. Me pagaron para sacarte de aquí. Honestamente, me importa un carajo si sales caminando, gritando o tu cuerpo siendo arrastrado.
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  • El aire huele a ceniza y a promesas rotas, pero él no se detiene. Allí está, de pie ante la puerta que separa mundos, los puños cerrados con una fuerza que no es de rabia, sino de determinación.

    Lo que fue se ha desvanecido como la niebla al amanecer. Su viejo yo ya no existe. Se ha quedado atrás, enterrada bajo el peso de lo que ha superado.

    Ahora solo queda este instante: el momento en que todo comienza de nuevo. La puerta se abre ante él, un umbral hacia lo infinito, y con cada músculo tenso en sus brazos, siente cómo se transforma. Ya no es quien era; es algo nuevo, algo hecho de coraje y voluntad, listo para recorrer caminos que nadie ha pisado, para escribir una historia que aún no tiene nombre.

    Cada respiración es un paso más lejos de lo conocido, cada puño apretado un juramento de que lo viejo ha muerto, y lo que viene es una aventura sin fin.
    El aire huele a ceniza y a promesas rotas, pero él no se detiene. Allí está, de pie ante la puerta que separa mundos, los puños cerrados con una fuerza que no es de rabia, sino de determinación. Lo que fue se ha desvanecido como la niebla al amanecer. Su viejo yo ya no existe. Se ha quedado atrás, enterrada bajo el peso de lo que ha superado. Ahora solo queda este instante: el momento en que todo comienza de nuevo. La puerta se abre ante él, un umbral hacia lo infinito, y con cada músculo tenso en sus brazos, siente cómo se transforma. Ya no es quien era; es algo nuevo, algo hecho de coraje y voluntad, listo para recorrer caminos que nadie ha pisado, para escribir una historia que aún no tiene nombre. Cada respiración es un paso más lejos de lo conocido, cada puño apretado un juramento de que lo viejo ha muerto, y lo que viene es una aventura sin fin.
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  • A veces las misiones eran fáciles, rápidas. Otras, llevaban más tiempo o presentaban más obstáculos que le hacían tomar un camino diferente al planeado. No obstante, en ciertas ocasiones, los obstáculos eran más internos que externos, pequeñas dudas colándose en su mente que dejaban raíz.

    Había tenido una de esas. Y es que tuvo que purificar el centro de una maldición. Tan solo era un niño, pero le ordenaron poner un fin completo. Si el niño vivía, la maldición volvería sin cesar. Se deshizo del pequeño con tanta rapidez y limpieza posible, pero antes de ello se preguntó si en verdad era necesario. Aunque quiso proponer más la iglesia ya había dado sentencia.

    Todavía sentía el olor a humo y quemado en sus ropas. Pequeñas manchas de cenizas en sus manos, mezcladas con algunas salpicaduras de sangre ya seca.

    Y ahí, en la pequeña capilla que parecía más abandonada que habitada, con apenas algunas velas iluminando el área, se arrodilló y juntó sus manos, entrelazando los dedos. Agachó su cabeza, mas no rezó, no de la forma que se esperaba.

    Aún sin vista escuchaba los gritos del niño, de cómo le imploró que se detuviera. Dolía. No en su pecho, como antes ocurría, ahora dolía en las yemas de sus dedos, en la cabeza, en sus ojos, incluso sus pies. Era un dolor que adormecía el tacto.

    Quería centrarse, volver al presente. Tener la certeza que lo hizo por bien mayor, porque la iglesia siempre buscaba eso, porque siempre sabía cómo...

    —¿De verdad? —soltó en un susurro apagado— ¿De verdad fue esta la solución?

    Había pedido perdón incontables, pero ya no era suficiente. Todavía pesaba, todavía se sentía incorrecto. Un pecado.

    —Perdóname...
    A veces las misiones eran fáciles, rápidas. Otras, llevaban más tiempo o presentaban más obstáculos que le hacían tomar un camino diferente al planeado. No obstante, en ciertas ocasiones, los obstáculos eran más internos que externos, pequeñas dudas colándose en su mente que dejaban raíz. Había tenido una de esas. Y es que tuvo que purificar el centro de una maldición. Tan solo era un niño, pero le ordenaron poner un fin completo. Si el niño vivía, la maldición volvería sin cesar. Se deshizo del pequeño con tanta rapidez y limpieza posible, pero antes de ello se preguntó si en verdad era necesario. Aunque quiso proponer más la iglesia ya había dado sentencia. Todavía sentía el olor a humo y quemado en sus ropas. Pequeñas manchas de cenizas en sus manos, mezcladas con algunas salpicaduras de sangre ya seca. Y ahí, en la pequeña capilla que parecía más abandonada que habitada, con apenas algunas velas iluminando el área, se arrodilló y juntó sus manos, entrelazando los dedos. Agachó su cabeza, mas no rezó, no de la forma que se esperaba. Aún sin vista escuchaba los gritos del niño, de cómo le imploró que se detuviera. Dolía. No en su pecho, como antes ocurría, ahora dolía en las yemas de sus dedos, en la cabeza, en sus ojos, incluso sus pies. Era un dolor que adormecía el tacto. Quería centrarse, volver al presente. Tener la certeza que lo hizo por bien mayor, porque la iglesia siempre buscaba eso, porque siempre sabía cómo... —¿De verdad? —soltó en un susurro apagado— ¿De verdad fue esta la solución? Había pedido perdón incontables, pero ya no era suficiente. Todavía pesaba, todavía se sentía incorrecto. Un pecado. —Perdóname...
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