• —¡Acabo de darme cuenta de algo TRÁGICO! ¡He entrado a la web de las universidades y las carreras cuestan una FORTUNA! ... ¿Cómo demonios las pagan los mortales? ¿Venden órganos? ¿Hacen tratos con el diablo? ... Si es la última opción, yo puedo ofrecer mejores ofertas-DIGO... ¡Nunca nadie me dijo que estudiar era tan caro! (?)
    —¡Acabo de darme cuenta de algo TRÁGICO! ¡He entrado a la web de las universidades y las carreras cuestan una FORTUNA! ... ¿Cómo demonios las pagan los mortales? ¿Venden órganos? ¿Hacen tratos con el diablo? ... Si es la última opción, yo puedo ofrecer mejores ofertas-DIGO... ¡Nunca nadie me dijo que estudiar era tan caro! (?)
    Me enjaja
    Me gusta
    Me entristece
    6
    17 turnos 0 maullidos
  • Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error.

    Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼.

    La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda.

    Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼.

    Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos.

    Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló.
    Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron.

    —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲.

    La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido.

    Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente.

    La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻.
    La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo.

    No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀.

    El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro.
    Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲.

    Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite.

    Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó..
    Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor...

    —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE!

    Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮.
    El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido.

    Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼.

    La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría.
    Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀.

    Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones.
    Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales.

    —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́

    Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼.

    Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
    Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗮𝗿𝘀𝗲 𝘂𝗻 𝗱𝗲𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗶. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error. Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, 𝗮𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗹𝗲𝘃𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮 𝗳𝗮𝗺𝗶𝗹𝗶𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗮𝗯𝗮𝗻𝗱𝗼𝗻𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝘀𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲 cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. 𝗔𝗰𝗼𝘀𝗼 𝗦𝗲𝘅𝘂𝗮𝗹. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. 𝗔𝗹𝗴𝘂𝗶𝗲𝗻 𝘁𝗮𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼𝘀 𝗻𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗼𝗽𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗳𝗲𝗿𝗿𝗮𝗿𝘀𝗲 𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻 𝗹𝗲 𝘁𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼. La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝘃𝗲𝗿𝗴𝗼𝗻𝘇𝗼𝘀𝗮. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda. Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. 𝗡𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗹𝗮 𝗺𝗮𝗻𝗼 𝘀𝘂𝗱𝗼𝗿𝗼𝘀𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝗺𝗮𝘀𝗶𝗮𝗱𝗼 𝗰𝗮𝗹𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝗹 𝗲𝘅𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗰𝘁𝗼 𝗮𝗽𝗿𝗲𝘁𝗼́ 𝗹𝗮 𝘀𝘂𝘆𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗲𝗳𝘂𝘀𝗶𝘃𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗵𝗶𝘇𝗼 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿 𝗰𝗼𝗺𝗼 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗶𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗼𝗰𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗽𝘂𝘁𝗿𝗲𝗳𝗮𝗰𝘁𝗼. Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichō. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, 𝘂𝗻 𝗮𝗻𝗶𝗺𝗮𝗹 𝗮𝘀𝗾𝘂𝗲𝗮𝗱𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗮𝗿𝗮𝗻̃𝗮𝗯𝗮 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗮𝗿𝗲𝗱𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝘁𝗼́𝗺𝗮𝗴𝗼. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel 𝗖𝗘𝗥𝗗𝗢 era el único que podía brindarle contactos. Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló. Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron. —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? 𝗛𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝘂𝗲𝗿𝘁𝗲. La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗵𝗮𝗯𝗶𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹 𝗼 𝘀𝗶𝗺𝗽𝗹𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗼𝘀𝗮 𝗴𝗿𝗼𝘁𝗲𝘀𝗰𝗮 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗹𝗼 𝗱𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝗲𝗻 𝘀𝗲𝗿𝗶𝗼. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido. Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente. La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. 𝗧𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇, 𝘀𝗲 𝗱𝗶𝗷𝗼, 𝘁𝗮𝗹 𝘃𝗲𝘇 𝗮𝘀𝛊́ 𝗲𝗹 𝘃𝛊́𝗻𝗰𝘂𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗿𝛊́𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝗽𝗮𝗹𝗮𝗯𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗯𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲𝗷𝗼́𝗻. La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, 𝗮𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘃𝗲𝘀𝘁𝗶𝗱𝗼, 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗯𝘂𝗿𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝗰𝗹𝗮𝗻𝗲𝘀, 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗶𝗼́ 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝘂𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo. No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que 𝗹𝗮 𝘃𝗲𝗻𝗴𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗷𝘂𝗲𝗴𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗻𝘁𝗼𝘀. El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro. Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝗿𝗮 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼 𝗼 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝗾𝘂𝗶𝗻𝗮 𝗱𝗶𝘀𝗳𝗿𝗮𝘇𝗮𝗱𝗮 𝗱𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲. Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite. Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shōchū llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó.. Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor... —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE! Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. 𝗘𝗹 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼, 𝗰𝗮𝘀𝗶 𝗶𝗻𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗻𝘁𝗲, 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘂𝗻𝗮 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗶 𝘀𝗶𝗾𝘂𝗶𝗲𝗿𝗮 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗿 𝗰𝗼𝗻𝘀𝗶𝗱𝗲𝗿𝗮𝗱𝗮. El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido. Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. 𝗖𝗮𝗱𝗮 𝗶𝗺𝗽𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗲𝗿𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗹𝗶𝗯𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘀𝗼𝗻𝗶𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗵𝘂𝗲𝘀𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮 𝗰𝗮𝗿𝗻𝗲 𝘂𝗻 𝗲𝗰𝗼 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝘀𝗼𝗻𝗿𝗶𝘀𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘀𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗺𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗿𝗼𝘁𝗮𝘀, 𝘁𝗼𝗱𝗮𝘀 𝗹𝗮𝘀 𝗻𝗼𝗰𝗵𝗲𝘀 𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗱𝗼 𝗮𝗹 𝘁𝗲𝗰𝗵𝗼 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗮𝗽𝗮𝗿𝘁𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮́𝗻𝗱𝗼𝘀𝗲 𝗽𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝘀𝗲𝗴𝘂𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗲 𝘃𝗮𝗰𝛊́𝗼 𝗮 𝗽𝗲𝘀𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗱𝗼. La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría. Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, 𝗹𝗹𝗮𝗺𝗼́ 𝗮 𝘀𝘂𝘀 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗱𝗼𝘀. Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones. Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales. —𝗡𝗼 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗴𝗮𝗻 𝗮𝗾𝘂𝛊́ Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗽𝗼𝗱𝗿𝛊́𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗼 𝘀𝗶𝗱𝗼. Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. 𝗦𝗼𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝘀𝗶𝗱𝗼 𝘂𝗻 𝗰𝗼𝗻𝘁𝗿𝗮𝘁𝗼 𝗺𝗮𝗹 𝗿𝗲𝗱𝗮𝗰𝘁𝗮𝗱𝗼, 𝘂𝗻𝗮 𝗶𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗺𝗶𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗻𝗲𝗴𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼𝘀, 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗮́𝗴𝗶𝗻𝗮 𝗺𝗮́𝘀 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗹𝗮𝗿𝗴𝗼 𝗲𝘅𝗽𝗲𝗱𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗿𝗮𝘇𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗿 𝗹𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗠𝗶𝗻𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮 𝗱𝗲𝗷𝗮𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗮𝘇𝗼𝘀 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲𝘀 𝗽𝗼𝗱𝛊́𝗮𝗻 𝘀𝗲𝗿 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗺𝗮́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗮𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀.
    Me gusta
    Me encocora
    Me shockea
    12
    0 turnos 0 maullidos
  • *Aburrido en mi “base secreta” (una piso cualquiera en el infierno) estaba sentado en el sofá recostado jugando a los dardos con cuchillos, hacía tiempo que no veía a Arackniss y tampoco es que me hubieran llamado mucho para contratos, hasta que al fin el destino llamo a mi puerta… o más bien al teléfono, de un sobresalto tome el teléfono contestando a la llamada*

    ¿Si? Claro el mismo que viste y calza, aja… si… aja… ¿solo a su jefe o a todos en general? De acuerdo… por supuesto que puede confiar, soy el mejor mercenario que Marvel ha podido crear, les puede dar por muertos para antes de… *mirando mi reloj de marca Disney donde salía Mickey Mouse dando la hora con sus brazos* mañana.

    *Apuntando la dirección en un papelito y colgué el teléfono, rápidamente me prepare para “la cita” poniendo todas mis armas a punto ¿Dónde las guardaba? Era un secreto, apareciendo en la acera de la calle me monte en mi moto para dirigirme al anillo de la avaricia, conduciendo temerariamente con atropellos, saltos imprudentes y tomando algún que otro atajo finalmente llegue a mi destino, saque el papelito con la dirección confirmando que era esa calle y siendo una mansión donde se hospedaba la mafia*

    Bien, es hora de lucirme con mi primer trabajo aquí abajo~.

    *Bajando de la moto me acerque a la entrada llamando a la puerta esperando a que me abrieran, el que abrió era un tipo con forma de tiburón y en cuestión de segundos antes de que dijese nada ya tenía mi pistola apuntando a su cabeza disparándole, ¿factor sorpresa? Eso es para novatos, una vez el disparo sonó por todo el lugar todos los de la mansión se movilizaron, me dirigí hacia la cocina abriéndome paso a disparos dejando la cocina libre de personal, silbando una melodía pegadiza comencé a abrir el gas en varios lugares para luego poner un temporizador de huevo calculando que con 30 minutos estaba bien, al salir al pasillo un grupo de ellos me estaban esperando y empezó un tiroteo, pero ninguno tenía oportunidad para el mesías de marvel, aprovechando el momento que tenían que recargar algunos salí de la cobertura disparándoles con gran precisión apuntando a las cabezas como de costumbre, con esa tanda eliminada me dispuse a ir los siguientes pisos, dentro de la mansión solo se escuchaban gritos, espadazos, disparos y… ¿una motosierra?, finalmente llegue al despacho del manda más el cual era un IMP parecido al padrino*

    Tío no sabes la de gente que he tenido que matar para llegar hasta a ti… vas a tener que poner nuevas bacantes, aunque no creo que te haga falta después de cómo vas a acabar~.

    *Nuevamente pero ahora en el despacho del jefe este uso su escritorio como cobertura disparando junto a sus dos grandullones a sus lados, por mi parte use una estantería de libros sacando un espejo de mano para asomarlo para ver donde se habían posicionado cada grandullon aunque poco duro con el disparo que le dieron al espejo*

    ¡Eh, que este espejo me ha costado 5$ en la tienda de la esquina!

    *Al asomarme lance el espejo clavándoselo en el ojo izquierdo de uno de los grandullones, aprovechando la distracción para saltar y verse a cámara lenta como giraba en el aire en horizontal para disparar a ambos matándolos, caí de pie en el borde del escritorio apuntando al jefazo, suerte que tenía mi factor curativo ya que tenía el traje lleno de agujeros de bala y algún que otro mordisco de tiburón por el cuerpo*

    ¿Últimas palabras padrino~?

    *Antes de que pudiera decir nada me vino a la mente el temporizador de huevo y abrí los ojos sorprendido ya que al mirar mi reloj de muñeca vi que quedaban segundos para los 30 min* Mierd… *El temporizador al acabar el tiempo se abrió revelando un mechero que al hacer click encendió una chispa lo que hizo que explotara la cocina junto con el resto de la mansión… acabe volando hasta caer al suelo con algunos escombros, al incorporarme mire hacia los lados viendo al jefe de la mafia arrastrándose y como a los pocos segundos le cayó un trozo de pared encima matándolo*

    Eso sí que es un golpe de suerte… *gire la cabeza hacia otro lado mirando a cámara* Recuerden chicos, las misiones con tiempo hay que cumplirlas antes de la cuenta atrás, oh ¿os preguntáis como toda la mansión a explotado si solo la cocina estaba llena de gas? Simple, deje una ristra de granadas por toda la mansión para que hiciera efecto domino, hay que pensar en todo chicos.

    *Levantándome del suelo haciendo crujir mi espalda saque mi teléfono que estaba obviamente destrozado, suspire para volver a la moto cojeando hasta que se me curo y volviendo de nuevo a casa con la misión cumplida*
    *Aburrido en mi “base secreta” (una piso cualquiera en el infierno) estaba sentado en el sofá recostado jugando a los dardos con cuchillos, hacía tiempo que no veía a Arackniss y tampoco es que me hubieran llamado mucho para contratos, hasta que al fin el destino llamo a mi puerta… o más bien al teléfono, de un sobresalto tome el teléfono contestando a la llamada* ¿Si? Claro el mismo que viste y calza, aja… si… aja… ¿solo a su jefe o a todos en general? De acuerdo… por supuesto que puede confiar, soy el mejor mercenario que Marvel ha podido crear, les puede dar por muertos para antes de… *mirando mi reloj de marca Disney donde salía Mickey Mouse dando la hora con sus brazos* mañana. *Apuntando la dirección en un papelito y colgué el teléfono, rápidamente me prepare para “la cita” poniendo todas mis armas a punto ¿Dónde las guardaba? Era un secreto, apareciendo en la acera de la calle me monte en mi moto para dirigirme al anillo de la avaricia, conduciendo temerariamente con atropellos, saltos imprudentes y tomando algún que otro atajo finalmente llegue a mi destino, saque el papelito con la dirección confirmando que era esa calle y siendo una mansión donde se hospedaba la mafia* Bien, es hora de lucirme con mi primer trabajo aquí abajo~. *Bajando de la moto me acerque a la entrada llamando a la puerta esperando a que me abrieran, el que abrió era un tipo con forma de tiburón y en cuestión de segundos antes de que dijese nada ya tenía mi pistola apuntando a su cabeza disparándole, ¿factor sorpresa? Eso es para novatos, una vez el disparo sonó por todo el lugar todos los de la mansión se movilizaron, me dirigí hacia la cocina abriéndome paso a disparos dejando la cocina libre de personal, silbando una melodía pegadiza comencé a abrir el gas en varios lugares para luego poner un temporizador de huevo calculando que con 30 minutos estaba bien, al salir al pasillo un grupo de ellos me estaban esperando y empezó un tiroteo, pero ninguno tenía oportunidad para el mesías de marvel, aprovechando el momento que tenían que recargar algunos salí de la cobertura disparándoles con gran precisión apuntando a las cabezas como de costumbre, con esa tanda eliminada me dispuse a ir los siguientes pisos, dentro de la mansión solo se escuchaban gritos, espadazos, disparos y… ¿una motosierra?, finalmente llegue al despacho del manda más el cual era un IMP parecido al padrino* Tío no sabes la de gente que he tenido que matar para llegar hasta a ti… vas a tener que poner nuevas bacantes, aunque no creo que te haga falta después de cómo vas a acabar~. *Nuevamente pero ahora en el despacho del jefe este uso su escritorio como cobertura disparando junto a sus dos grandullones a sus lados, por mi parte use una estantería de libros sacando un espejo de mano para asomarlo para ver donde se habían posicionado cada grandullon aunque poco duro con el disparo que le dieron al espejo* ¡Eh, que este espejo me ha costado 5$ en la tienda de la esquina! *Al asomarme lance el espejo clavándoselo en el ojo izquierdo de uno de los grandullones, aprovechando la distracción para saltar y verse a cámara lenta como giraba en el aire en horizontal para disparar a ambos matándolos, caí de pie en el borde del escritorio apuntando al jefazo, suerte que tenía mi factor curativo ya que tenía el traje lleno de agujeros de bala y algún que otro mordisco de tiburón por el cuerpo* ¿Últimas palabras padrino~? *Antes de que pudiera decir nada me vino a la mente el temporizador de huevo y abrí los ojos sorprendido ya que al mirar mi reloj de muñeca vi que quedaban segundos para los 30 min* Mierd… *El temporizador al acabar el tiempo se abrió revelando un mechero que al hacer click encendió una chispa lo que hizo que explotara la cocina junto con el resto de la mansión… acabe volando hasta caer al suelo con algunos escombros, al incorporarme mire hacia los lados viendo al jefe de la mafia arrastrándose y como a los pocos segundos le cayó un trozo de pared encima matándolo* Eso sí que es un golpe de suerte… *gire la cabeza hacia otro lado mirando a cámara* Recuerden chicos, las misiones con tiempo hay que cumplirlas antes de la cuenta atrás, oh ¿os preguntáis como toda la mansión a explotado si solo la cocina estaba llena de gas? Simple, deje una ristra de granadas por toda la mansión para que hiciera efecto domino, hay que pensar en todo chicos. *Levantándome del suelo haciendo crujir mi espalda saque mi teléfono que estaba obviamente destrozado, suspire para volver a la moto cojeando hasta que se me curo y volviendo de nuevo a casa con la misión cumplida*
    Me gusta
    3
    1 turno 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖

    
𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰𝑽: 𝑪𝒐𝒏𝒕𝒓𝒂𝒕𝒐 𝒆𝒏 𝑹𝒖𝒃í

    Querido diario…

    La mañana después de mi llegada al burdel no olía a pecado.

    Olía a café oscuro.

    A madera pulida.


    A decisiones.
    Mirena Blackwood no me observaba como mercancía.

    Me observaba como inversión.
    Yo ya había visto esa mirada antes, en salones cubiertos de oro y promesas firmadas con anillos.

    En contratos disfrazados de matrimonio.

    La diferencia era que aquí nadie fingía pureza.
    evaluaba mi postura o mis manos…
    Me hizo una sola pregunta.

    —¿Quién eres?

    No fue curiosidad.

    Fue diagnóstico.
    Y por alguna razón que todavía no entiendo… respondí.

    Le hablé de la corona italiana que nunca se nombraba en voz alta, pero que marcaba cada cena.
De la Mansión Moretti.

    Del compromiso arreglado con Nikolai Romanov.

    Del anillo que pesaba más que el oro porque no era promesa… era sentencia.
    Le conté que huí.

    Que rompí el espejo la noche en que entendí que mi reflejo ya no me pertenecía.

    Que prefería el escándalo al encierro elegante.
    No omití nada.
    Y mientras hablaba, no me interrumpió.
    Cuando terminé, el silencio no fue incómodo.
Fue evaluador.
    Entonces sí lo dijo.

    —Eres hermosa —murmuró sin dulzura—
Y la belleza sin inteligencia es carne fresca para lobos.

    No bajé la mirada.
    Ya no.

    —No soy un cordero.

    Fue en ese momento cuando algo cambió.
    No vio una víctima.

    No vio una fugitiva.

    Vio a alguien que había tenido el mundo a sus pies… y aun así eligió incendiarlo.
    Me explicó cómo funcionaba su mundo.

    Las chicas no eran obligadas.
Eran entrenadas.
Educadas.
Pulidas como piedras preciosas antes de tocar la vitrina

    —Aquí no se vende el cuerpo —dijo mientras servía el café—Se vende ilusión.

    Y la ilusión es más cara.

    Los hombres que cruzaban esas puertas no eran bestias comunes.


    Eran políticos.
    
Empresarios.

    Herederos.


    Apellidos que no se escribían.
    
Voces que no se grababan.
    No buscaban placer.

    Buscaban silencio.
    Yo aún no entendía todas las reglas.
Pero comenzaba a reconocer el tablero.

    —No te arrojaré a los lobos —continuó—…

    Te enseñaré a sentarte a la mesa con ellos… hasta que olviden que podrían morderte.

    Entonces llegó la verdadera propuesta.
    Aprendería idiomas.

    Finanzas.

    Arte.

    Negociación.

    Aprendería a leer a un hombre antes de que terminara su primera mentira.

    Me sostuvo la mirada como si ya hubiera tomado la decisión.

    —Te convertiré en algo que no puedan comprar por completo —dijo finalmente—


    Lo verdaderamente exclusivo no es lo que se posee…
es lo que nunca se termina de alcanzar.

    Ahí entendí lo que había visto en mí.
    No mi historia.

    No mi apellido.
    Mi contención.
    Mientras otras chicas aprendían a agradar, yo sabía observar.

    Mientras ellas ofrecían, yo retenía.
Mientras suplicaban atención, yo sabía retirarla.
    No reaccionaba.


    Medía.

    No buscaba protección.

    Evaluaba riesgos.
    Eso no se enseña.

    Se sobrevive.
    A cambio, trabajaría para ella.
    No sería exhibida.

    Sería insinuada.
    La pausa antes del deseo.

    La conversación que vale más que cualquier joya.

    La fantasía servida en cristal fino… que nunca se vacía del todo.
    Y oficialmente…
    Sería su protegida.
    Su “hija”.
    La palabra me atravesó el pecho.
    No fue ternura.


    Fue estrategia.

    Yo había dejado de ser hija la noche en que rompí el espejo.

    Pero entendí lo que significaba en su mundo:
    Lo que se protege…
    se vuelve invaluable.

    —¿Y qué gana usted? —pregunté.
    Mirena llenó dos copas de vino.


    El rojo brilló como rubí líquido.
    —Lealtad —respondió—…..

    Y una heredera que entienda que el poder no se implora… se administra.
    No era cariño lo que veía en mí.


    Era potencial.

    “Scarlett no era frágil.

    Estaba sin tallar.”

    Deslizó una copa hacia mí.
    —Los diamantes se forman bajo presión —dijo—
Pero el rubí… el rubí nace del fuego.

    Pensé en la corona.

    En el anillo.

    En la vida exhibida como porcelana.
    Allá mi destino era adornar.

    Aquí… podía aprender a dirigir.

    —Acepto.

    No temblé.
    No fue un gesto maternal cuando extendió la mano.

    Fue un contrato.
    Chocamos las copas.
    El sonido fue delicado.

    Elegante.

    Definitivo.

    Contrato en rubí.
    Después del brindis, Mirena se acercó a un pequeño escritorio y tomó una pluma
    —Si vas a renacer —dijo— necesitas un nombre que no tiemble.

    Escribió en un papel grueso, color marfil:
Scarlett Eleonor Moretti
    Mi segundo nombre.
    
El que mi madre pronunciaba cuando quería recordarme que la debilidad nunca fue una opción.
    Mirena observó el apellido unos segundos.

    Luego, con precisión fría, trazó una línea firme sobre él.
    
Scarlett Eleonor ̶M̶o̶r̶e̶t̶t̶i̶ ̶.

    El gesto no fue desprecio.
    
Fue desafío.

    Sentí el peso del silencio entre nosotras.
    Tomé la pluma de su mano.
Y debajo del apellido tachado… lo escribí otra vez.

    Scarlett Eleonor Moretti.


    Más firme

    Más mío.

    Mirena no sonrió.

    Asintió—Bien —murmuró—
La sangre no se abandona.

    Se domina.

    Entonces extendió la hoja hacia ella nuevamente.

    Añadió, con tinta roja profunda, una última palabra al final del nombre

    Scarlett Eleonor Moretti Blackwood.

    El contraste era evidente.

    Uno era herencia.

    El otro, elección.

    —Moretti es tu origen —dijo con voz serena—
Blackwood será tu escudo.
    Observé el nombre completo.


    No sentí ruptura.

    Sentí expansión.

    No estaba dejando atrás mi linaje.
Estaba sumando poder al mío.
    Me miré en el espejo intacto.

    No sonaba a huida.

    Sonaba a advertencia.

    Y comprendí algo, querido diario…
    Algunas mujeres nacen con un apellido.


    Otras lo construyen.


    Yo acababa de decidir portar ambos.

    Scarlett Eleonor Moretti Blackwood.ᢉ𐭩
    ˖ ݁𖥔. ݁ . 𝑬𝒍 𝑫𝒊𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝑺𝒄𝒂𝒓𝒍𝒆𝒕𝒕 . ݁.𖥔 ݁ ˖ 
𝑪𝒂𝒑í𝒕𝒖𝒍𝒐 𝑰𝑽: 𝑪𝒐𝒏𝒕𝒓𝒂𝒕𝒐 𝒆𝒏 𝑹𝒖𝒃í Querido diario… La mañana después de mi llegada al burdel no olía a pecado.
 Olía a café oscuro.
 A madera pulida.
 A decisiones. Mirena Blackwood no me observaba como mercancía.
 Me observaba como inversión. Yo ya había visto esa mirada antes, en salones cubiertos de oro y promesas firmadas con anillos.
 En contratos disfrazados de matrimonio.
 La diferencia era que aquí nadie fingía pureza. evaluaba mi postura o mis manos… Me hizo una sola pregunta. —¿Quién eres? No fue curiosidad.
 Fue diagnóstico. Y por alguna razón que todavía no entiendo… respondí. Le hablé de la corona italiana que nunca se nombraba en voz alta, pero que marcaba cada cena.
De la Mansión Moretti.
 Del compromiso arreglado con Nikolai Romanov.
 Del anillo que pesaba más que el oro porque no era promesa… era sentencia. Le conté que huí.
 Que rompí el espejo la noche en que entendí que mi reflejo ya no me pertenecía.
 Que prefería el escándalo al encierro elegante. No omití nada. Y mientras hablaba, no me interrumpió. Cuando terminé, el silencio no fue incómodo.
Fue evaluador. Entonces sí lo dijo. —Eres hermosa —murmuró sin dulzura—
Y la belleza sin inteligencia es carne fresca para lobos. No bajé la mirada. Ya no. —No soy un cordero. Fue en ese momento cuando algo cambió. No vio una víctima.
 No vio una fugitiva.
 Vio a alguien que había tenido el mundo a sus pies… y aun así eligió incendiarlo. Me explicó cómo funcionaba su mundo.
 Las chicas no eran obligadas.
Eran entrenadas.
Educadas.
Pulidas como piedras preciosas antes de tocar la vitrina —Aquí no se vende el cuerpo —dijo mientras servía el café—Se vende ilusión. Y la ilusión es más cara. Los hombres que cruzaban esas puertas no eran bestias comunes.
 Eran políticos. 
Empresarios.
 Herederos.
 Apellidos que no se escribían. 
Voces que no se grababan. No buscaban placer.
 Buscaban silencio. Yo aún no entendía todas las reglas.
Pero comenzaba a reconocer el tablero. —No te arrojaré a los lobos —continuó—… Te enseñaré a sentarte a la mesa con ellos… hasta que olviden que podrían morderte. Entonces llegó la verdadera propuesta. Aprendería idiomas.
 Finanzas.
 Arte.
 Negociación. Aprendería a leer a un hombre antes de que terminara su primera mentira. Me sostuvo la mirada como si ya hubiera tomado la decisión. —Te convertiré en algo que no puedan comprar por completo —dijo finalmente—
 Lo verdaderamente exclusivo no es lo que se posee…
es lo que nunca se termina de alcanzar. Ahí entendí lo que había visto en mí. No mi historia.
 No mi apellido. Mi contención. Mientras otras chicas aprendían a agradar, yo sabía observar.
 Mientras ellas ofrecían, yo retenía.
Mientras suplicaban atención, yo sabía retirarla. No reaccionaba.
 Medía. No buscaba protección.
 Evaluaba riesgos. Eso no se enseña.
 Se sobrevive. A cambio, trabajaría para ella. No sería exhibida.
 Sería insinuada. La pausa antes del deseo.
 La conversación que vale más que cualquier joya.
 La fantasía servida en cristal fino… que nunca se vacía del todo. Y oficialmente… Sería su protegida. Su “hija”. La palabra me atravesó el pecho. No fue ternura.
 Fue estrategia. Yo había dejado de ser hija la noche en que rompí el espejo.
 Pero entendí lo que significaba en su mundo: Lo que se protege… se vuelve invaluable. —¿Y qué gana usted? —pregunté. Mirena llenó dos copas de vino.
 El rojo brilló como rubí líquido. —Lealtad —respondió—….. Y una heredera que entienda que el poder no se implora… se administra. No era cariño lo que veía en mí.
 Era potencial. “Scarlett no era frágil.
 Estaba sin tallar.” Deslizó una copa hacia mí. —Los diamantes se forman bajo presión —dijo—
Pero el rubí… el rubí nace del fuego. Pensé en la corona.
 En el anillo.
 En la vida exhibida como porcelana. Allá mi destino era adornar.
 Aquí… podía aprender a dirigir. —Acepto. No temblé. No fue un gesto maternal cuando extendió la mano.
 Fue un contrato. Chocamos las copas. El sonido fue delicado.
 Elegante.
 Definitivo. Contrato en rubí. Después del brindis, Mirena se acercó a un pequeño escritorio y tomó una pluma —Si vas a renacer —dijo— necesitas un nombre que no tiemble. Escribió en un papel grueso, color marfil:
Scarlett Eleonor Moretti Mi segundo nombre. 
El que mi madre pronunciaba cuando quería recordarme que la debilidad nunca fue una opción. Mirena observó el apellido unos segundos.
 Luego, con precisión fría, trazó una línea firme sobre él. 
Scarlett Eleonor ̶M̶o̶r̶e̶t̶t̶i̶ ̶. El gesto no fue desprecio. 
Fue desafío.
 Sentí el peso del silencio entre nosotras. Tomé la pluma de su mano.
Y debajo del apellido tachado… lo escribí otra vez. Scarlett Eleonor Moretti.
 Más firme Más mío. Mirena no sonrió.
 Asintió—Bien —murmuró—
La sangre no se abandona. Se domina. Entonces extendió la hoja hacia ella nuevamente.
 Añadió, con tinta roja profunda, una última palabra al final del nombre Scarlett Eleonor Moretti Blackwood. El contraste era evidente.
 Uno era herencia.
 El otro, elección. —Moretti es tu origen —dijo con voz serena—
Blackwood será tu escudo. Observé el nombre completo.
 No sentí ruptura.
 Sentí expansión.
 No estaba dejando atrás mi linaje.
Estaba sumando poder al mío. Me miré en el espejo intacto. No sonaba a huida.
 Sonaba a advertencia.
 Y comprendí algo, querido diario… Algunas mujeres nacen con un apellido.
 Otras lo construyen.
 Yo acababa de decidir portar ambos. Scarlett Eleonor Moretti Blackwood.ᢉ𐭩
    Me encocora
    Me gusta
    4
    0 comentarios 0 compartidos
  • PADRE DE TODO: 2/2

    —Explícame porque...

    —Pregunto Asriel—


    —:"Mira, un incubo común y corriente puede embarazar a una mujer, ya sea humana o demonio con una tasa del 100% de posibilidades de embarazo exitoso, en cambio tu, debido a que tu sistema funciona gracias a una magia antigua y poderosa, tus habilidades son 5 veces superiores a un Incubo normal, ya sea peleando,volando o usando tu propia magia, tu fertilidad no es una excepción, si tu embarazas a una mujer, existe la gran probabilidad de que tenga que dar a luz a más de dos infantes, ¿lo entiendes?, eres un ejemplar totalmente único y superior en muchos sentidos a cualquier otro ejemplar de nuestra raza"

    —Osea que...¿Puedo ser su rey?

    :—"No, tu inteligencia y falta de experiencia nos llevaría a la extinción en días, pero...puedes ser nuestra salvación Asmodeus, si te quedas puedes tener a las mujeres que desees, viviras mejor que en cualquier otro lugar del infierno, tendras buenos tratos y la cantidad de dinero que desees"
    PADRE DE TODO: 2/2 —Explícame porque... —Pregunto Asriel— 👤—:"Mira, un incubo común y corriente puede embarazar a una mujer, ya sea humana o demonio con una tasa del 100% de posibilidades de embarazo exitoso, en cambio tu, debido a que tu sistema funciona gracias a una magia antigua y poderosa, tus habilidades son 5 veces superiores a un Incubo normal, ya sea peleando,volando o usando tu propia magia, tu fertilidad no es una excepción, si tu embarazas a una mujer, existe la gran probabilidad de que tenga que dar a luz a más de dos infantes, ¿lo entiendes?, eres un ejemplar totalmente único y superior en muchos sentidos a cualquier otro ejemplar de nuestra raza" —Osea que...¿Puedo ser su rey? 👤:—"No, tu inteligencia y falta de experiencia nos llevaría a la extinción en días, pero...puedes ser nuestra salvación Asmodeus, si te quedas puedes tener a las mujeres que desees, viviras mejor que en cualquier otro lugar del infierno, tendras buenos tratos y la cantidad de dinero que desees"
    Me gusta
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • ' Ver aquella rosa imbuida en su magia le traía recuerdos, de tratos y de aventuras, de muertes y de nuevos comienzos, y también le recordaba lo solo que estaba, atrapado no solo en el tiempo, si no en su propia tristeza, en su falta de motivos, le seguía faltando algo que le diera un propósito ... Una sventura, un proyecto, un acompañante, algo que le diera un sentido '

    – La magia lleva consigo un camino solitario ... Eso decían mis padres al menos.
    ' Ver aquella rosa imbuida en su magia le traía recuerdos, de tratos y de aventuras, de muertes y de nuevos comienzos, y también le recordaba lo solo que estaba, atrapado no solo en el tiempo, si no en su propia tristeza, en su falta de motivos, le seguía faltando algo que le diera un propósito ... Una sventura, un proyecto, un acompañante, algo que le diera un sentido ' – La magia lleva consigo un camino solitario ... Eso decían mis padres al menos.
    Me gusta
    1
    3 turnos 0 maullidos
  • Aurael y un mundo lleno de misiones.
    Categoría Aventura
    El reino se sostiene sobre Aurael, una ciudad-fortaleza de muros colosales y torres de cristal que canalizan el maná del cielo. Mientras los anillos inferiores vibran con el comercio, el sector alto es un despliegue de arquitectura imposible y castillos flotantes donde reside la élite mágica.

    En la zona de paso entre ambos mundos se encuentra "El León Dorado". Esta taberna es el alma del reino para los aventureros: un lugar ruidoso y cargado de olor a madera quemada donde no importa el linaje, sino la capacidad. En su enorme tablón de anuncios, el reino cuelga contratos de caza y defensa abiertos a cualquier mago o guerrero lo suficientemente fuerte para sobrevivir.

    A las puertas de la taberna, justo bajo el cartel de madera, se encuentra Asuko, esperando el cual seria su compañero de aventuras.
    El murmullo dentro del local es ensordecedor, pero afuera, la espera tiene un propósito claro. Según las órdenes directas enviadas por el gremio real, esta misión de sello carmesí no puede ser afrontada en solitario. Un segundo individuo, ha sido asignado para esta tarea.

    El eco de unos pasos decididos sobre los adoquines anuncia la llegada de su compañero/a. Entre la gente, la figura se aproxima con el equipo ajustado y la mirada fija en la entrada. Por primera vez, ambos se encuentran frente a frente ante el umbral del León Dorado, unidos por un contrato que promete gloria o una muerte segura.
    El reino se sostiene sobre Aurael, una ciudad-fortaleza de muros colosales y torres de cristal que canalizan el maná del cielo. Mientras los anillos inferiores vibran con el comercio, el sector alto es un despliegue de arquitectura imposible y castillos flotantes donde reside la élite mágica. En la zona de paso entre ambos mundos se encuentra "El León Dorado". Esta taberna es el alma del reino para los aventureros: un lugar ruidoso y cargado de olor a madera quemada donde no importa el linaje, sino la capacidad. En su enorme tablón de anuncios, el reino cuelga contratos de caza y defensa abiertos a cualquier mago o guerrero lo suficientemente fuerte para sobrevivir. A las puertas de la taberna, justo bajo el cartel de madera, se encuentra Asuko, esperando el cual seria su compañero de aventuras. El murmullo dentro del local es ensordecedor, pero afuera, la espera tiene un propósito claro. Según las órdenes directas enviadas por el gremio real, esta misión de sello carmesí no puede ser afrontada en solitario. Un segundo individuo, ha sido asignado para esta tarea. El eco de unos pasos decididos sobre los adoquines anuncia la llegada de su compañero/a. Entre la gente, la figura se aproxima con el equipo ajustado y la mirada fija en la entrada. Por primera vez, ambos se encuentran frente a frente ante el umbral del León Dorado, unidos por un contrato que promete gloria o una muerte segura.
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    2
    1 turno 0 maullidos
  • Ya te he dicho...las marcas en mi cuerpo son mis contratos y no son tatuajes no se para qué quieres verlos.
    Ya te he dicho...las marcas en mi cuerpo son mis contratos y no son tatuajes no se para qué quieres verlos.
    Me gusta
    Me shockea
    Me encocora
    5
    0 turnos 0 maullidos
  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
    Esto se ha publicado como Out Of Character.
    Tenlo en cuenta al responder.
    //Planeo crear un grupo para las personas con las que Morana tiene un contrato, un punto de encuentro básicamente, si alguno de los que se encuentra en la ficha de contratos de Morana no quiere formar parte, es libre de abandonar el grupo
    //Planeo crear un grupo para las personas con las que Morana tiene un contrato, un punto de encuentro básicamente, si alguno de los que se encuentra en la ficha de contratos de Morana no quiere formar parte, es libre de abandonar el grupo
    Me gusta
    Me encocora
    3
    0 comentarios 0 compartidos
  • "We know who each other are, but we don't really know each other"
    Fandom Stranger Things
    Categoría Acción
    — "𝘏𝘢𝘺 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘯 𝘥𝘪𝘧𝜄́𝘤𝘪𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘳. 𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰. 𝘜𝘯 𝘴𝘦𝘯𝘵𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘩𝘶𝘮𝘪𝘭𝘭𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯. 𝘊𝘶𝘭𝘱𝘢. 𝘜𝘯 𝘨𝘰𝘭𝘱𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘵𝘦𝘯𝘥𝘳𝜄́𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘦𝘳 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘥𝘰. 𝘓𝘢 𝘪𝘯𝘥𝘪𝘧𝘦𝘳𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢.

    𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘯𝘰 𝘵𝘰𝘥𝘢𝘴 𝘴𝘰𝘯 𝘵𝘢𝘯 𝘮𝘢𝘭𝘢𝘴, 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘢 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘪𝘦𝘯.

    𝘠, 𝘦𝘯 𝘤𝘰𝘯𝘤𝘳𝘦𝘵𝘰, 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘢 𝘶𝘯 𝘪𝘥𝘪𝘰𝘵𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘷𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘢𝘩𝜄́ 𝘥𝘦 𝘤𝘩𝘶𝘭𝘰 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘯𝘪 𝘴𝘪𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘭𝘰 𝘦𝘴.

    𝘔𝘢́𝘴 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘤𝜄́𝘧𝘪𝘤𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦, 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘢 𝘉𝘪𝘭𝘭𝘺 𝘏𝘢𝘳𝘨𝘳𝘰𝘷𝘦."

    Todo comenzó un día cualquiera, otro día más en una vida normal. Incluso antes de que sonara el despertador los gritos de mi padre retumbaban por toda la casa, quejándose a saber de qué.

    Abrí los ojos poco a poco, resignándome a salir de la cama para enfrentarme de nuevo a la realidad. Desayunar, aguantar los malos tratos de mi padre, los silencios de mi madre, todo un día lleno de clases, volver a casa y repetir... Ya empezaba a estar cansada de muchas cosas, pero no podía largarme en ese momento. No al menos hasta que llegase el verano.

    Conseguí deslizarme fuera de la cama, vestirme, sentarme en silencio a desayunar mientras mi padre despotricaba sobre mi apariencia, o sobre mi en general. Comí lo más rápido que pude, le di un fugaz beso a mi madre en la mejilla, tomé mi mochila y salí como un huracán hacia fuera para montarme en la bicicleta y comenzar a pedalear hasta el Instituto de Hawkins.

    No era popular, no tenía muchos amigos, pero poder escapar del ambiente prisionero de mi hogar durante unas horas casi era un alivio palpable.

    Y sin embargo, mientras llegaba poco a poco hacia el aparcamiento del instituto, mezclándome con el bullicio que empezaba a llenar el lugar, ni siquiera podía llegar a imaginar lo que ese día me tenía preparado y todo lo que llegaría tras ese acontecimiento. —
    — "𝘏𝘢𝘺 𝘤𝘰𝘴𝘢𝘴 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘯 𝘥𝘪𝘧𝜄́𝘤𝘪𝘭𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘰𝘭𝘷𝘪𝘥𝘢𝘳. 𝘜𝘯 𝘨𝘳𝘪𝘵𝘰. 𝘜𝘯 𝘴𝘦𝘯𝘵𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘥𝘦 𝘩𝘶𝘮𝘪𝘭𝘭𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯. 𝘊𝘶𝘭𝘱𝘢. 𝘜𝘯 𝘨𝘰𝘭𝘱𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘯𝘰 𝘵𝘦𝘯𝘥𝘳𝜄́𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘢𝘣𝘦𝘳 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘥𝘰. 𝘓𝘢 𝘪𝘯𝘥𝘪𝘧𝘦𝘳𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘯𝘰 𝘵𝘰𝘥𝘢𝘴 𝘴𝘰𝘯 𝘵𝘢𝘯 𝘮𝘢𝘭𝘢𝘴, 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘢 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘪𝘦𝘯. 𝘠, 𝘦𝘯 𝘤𝘰𝘯𝘤𝘳𝘦𝘵𝘰, 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘢 𝘶𝘯 𝘪𝘥𝘪𝘰𝘵𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘷𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘢𝘩𝜄́ 𝘥𝘦 𝘤𝘩𝘶𝘭𝘰 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘯𝘪 𝘴𝘪𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘢 𝘭𝘰 𝘦𝘴. 𝘔𝘢́𝘴 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘤𝜄́𝘧𝘪𝘤𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦, 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘢 𝘉𝘪𝘭𝘭𝘺 𝘏𝘢𝘳𝘨𝘳𝘰𝘷𝘦." Todo comenzó un día cualquiera, otro día más en una vida normal. Incluso antes de que sonara el despertador los gritos de mi padre retumbaban por toda la casa, quejándose a saber de qué. Abrí los ojos poco a poco, resignándome a salir de la cama para enfrentarme de nuevo a la realidad. Desayunar, aguantar los malos tratos de mi padre, los silencios de mi madre, todo un día lleno de clases, volver a casa y repetir... Ya empezaba a estar cansada de muchas cosas, pero no podía largarme en ese momento. No al menos hasta que llegase el verano. Conseguí deslizarme fuera de la cama, vestirme, sentarme en silencio a desayunar mientras mi padre despotricaba sobre mi apariencia, o sobre mi en general. Comí lo más rápido que pude, le di un fugaz beso a mi madre en la mejilla, tomé mi mochila y salí como un huracán hacia fuera para montarme en la bicicleta y comenzar a pedalear hasta el Instituto de Hawkins. No era popular, no tenía muchos amigos, pero poder escapar del ambiente prisionero de mi hogar durante unas horas casi era un alivio palpable. Y sin embargo, mientras llegaba poco a poco hacia el aparcamiento del instituto, mezclándome con el bullicio que empezaba a llenar el lugar, ni siquiera podía llegar a imaginar lo que ese día me tenía preparado y todo lo que llegaría tras ese acontecimiento. —
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    3
    Estado
    Disponible
    Me gusta
    1
    7 turnos 0 maullidos
Ver más resultados
Patrocinados