Evento: El Suspiro de Jotunheim
Fandom Marvel
Categoría Acción
Abril en Nueva York solía ser la temporada de las chaquetas ligeras, pero para Sigurd, la primavera de Midgard siempre le había parecido un tibio insulto a su linaje.
Tras el mostrador del café, su paciencia finalmente se quebró al mismo ritmo que el cristal de la cafetera, que estalló silenciosamente bajo una capa de escarcha azulada.
— "Te dije que el café estaba demasiado caliente", murmuró Sigurd al cliente aterrorizado, mientras se ajustaba las gafas de seguridad sobre sus rizos oscuros con una calma glacial.
Se quitó el delantal, dejando atrás la farsa de la vida mortal. Al cruzar el umbral del local, la atmósfera de la Quinta Avenida cambió drásticamente, no era solo nieve; era una caída de temperatura tan violenta y antinatural que recordaba al frío eterno de Jotunheim.
A cada paso que el joven príncipe daba hacia Central Park, el oxígeno parecía cristalizarse en el aire, volviéndose pesado y difícil de respirar para los pulmones humanos.
Los hidrantes de la calle no solo se congelaron; estallaron en lanzas de hielo negro que se alzaban hacia el cielo gris.
Sigurd caminaba por el centro de la calle con las manos en los bolsillos de su sudadera, luciendo esa expresión de desdén característica de quien sabe que es el arquitecto del desastre, el fuego de los transformadores eléctricos que explotaban a su paso iluminaba su rostro, proyectando sombras que acentuaban su palidez divina y la chispa de travesura en sus ojos.
Al llegar a la terraza de Bethesda, se sentó en la barandilla de piedra, observando cómo el lago se solidificaba en segundos, el frío era tan intenso que el acero de los rascacielos cercanos empezaba a crujir por la contracción térmica.
— "Mucho mejor", exhaló, dejando que un vaho gélido y denso flotara frente a él. "Si Asgard quería que aprendiera sobre la 'calidez' de los humanos, se han equivocado de planeta, Nueva York se ve mucho más hermosa bajo el abrazo de mi verdadero hogar".
Cruzó las piernas con la elegancia de un rey en el exilio, esperando. Sabía que los sensores de Industrias Stark estarían gritando en este momento; el frío de un reino prohibido acababa de reclamar su primera manzana en Manhattan y él no pensaba retirarse hasta que el espectáculo fuera realmente memorable.
Tras el mostrador del café, su paciencia finalmente se quebró al mismo ritmo que el cristal de la cafetera, que estalló silenciosamente bajo una capa de escarcha azulada.
— "Te dije que el café estaba demasiado caliente", murmuró Sigurd al cliente aterrorizado, mientras se ajustaba las gafas de seguridad sobre sus rizos oscuros con una calma glacial.
Se quitó el delantal, dejando atrás la farsa de la vida mortal. Al cruzar el umbral del local, la atmósfera de la Quinta Avenida cambió drásticamente, no era solo nieve; era una caída de temperatura tan violenta y antinatural que recordaba al frío eterno de Jotunheim.
A cada paso que el joven príncipe daba hacia Central Park, el oxígeno parecía cristalizarse en el aire, volviéndose pesado y difícil de respirar para los pulmones humanos.
Los hidrantes de la calle no solo se congelaron; estallaron en lanzas de hielo negro que se alzaban hacia el cielo gris.
Sigurd caminaba por el centro de la calle con las manos en los bolsillos de su sudadera, luciendo esa expresión de desdén característica de quien sabe que es el arquitecto del desastre, el fuego de los transformadores eléctricos que explotaban a su paso iluminaba su rostro, proyectando sombras que acentuaban su palidez divina y la chispa de travesura en sus ojos.
Al llegar a la terraza de Bethesda, se sentó en la barandilla de piedra, observando cómo el lago se solidificaba en segundos, el frío era tan intenso que el acero de los rascacielos cercanos empezaba a crujir por la contracción térmica.
— "Mucho mejor", exhaló, dejando que un vaho gélido y denso flotara frente a él. "Si Asgard quería que aprendiera sobre la 'calidez' de los humanos, se han equivocado de planeta, Nueva York se ve mucho más hermosa bajo el abrazo de mi verdadero hogar".
Cruzó las piernas con la elegancia de un rey en el exilio, esperando. Sabía que los sensores de Industrias Stark estarían gritando en este momento; el frío de un reino prohibido acababa de reclamar su primera manzana en Manhattan y él no pensaba retirarse hasta que el espectáculo fuera realmente memorable.
Abril en Nueva York solía ser la temporada de las chaquetas ligeras, pero para Sigurd, la primavera de Midgard siempre le había parecido un tibio insulto a su linaje.
Tras el mostrador del café, su paciencia finalmente se quebró al mismo ritmo que el cristal de la cafetera, que estalló silenciosamente bajo una capa de escarcha azulada.
— "Te dije que el café estaba demasiado caliente", murmuró Sigurd al cliente aterrorizado, mientras se ajustaba las gafas de seguridad sobre sus rizos oscuros con una calma glacial.
Se quitó el delantal, dejando atrás la farsa de la vida mortal. Al cruzar el umbral del local, la atmósfera de la Quinta Avenida cambió drásticamente, no era solo nieve; era una caída de temperatura tan violenta y antinatural que recordaba al frío eterno de Jotunheim.
A cada paso que el joven príncipe daba hacia Central Park, el oxígeno parecía cristalizarse en el aire, volviéndose pesado y difícil de respirar para los pulmones humanos.
Los hidrantes de la calle no solo se congelaron; estallaron en lanzas de hielo negro que se alzaban hacia el cielo gris.
Sigurd caminaba por el centro de la calle con las manos en los bolsillos de su sudadera, luciendo esa expresión de desdén característica de quien sabe que es el arquitecto del desastre, el fuego de los transformadores eléctricos que explotaban a su paso iluminaba su rostro, proyectando sombras que acentuaban su palidez divina y la chispa de travesura en sus ojos.
Al llegar a la terraza de Bethesda, se sentó en la barandilla de piedra, observando cómo el lago se solidificaba en segundos, el frío era tan intenso que el acero de los rascacielos cercanos empezaba a crujir por la contracción térmica.
— "Mucho mejor", exhaló, dejando que un vaho gélido y denso flotara frente a él. "Si Asgard quería que aprendiera sobre la 'calidez' de los humanos, se han equivocado de planeta, Nueva York se ve mucho más hermosa bajo el abrazo de mi verdadero hogar".
Cruzó las piernas con la elegancia de un rey en el exilio, esperando. Sabía que los sensores de Industrias Stark estarían gritando en este momento; el frío de un reino prohibido acababa de reclamar su primera manzana en Manhattan y él no pensaba retirarse hasta que el espectáculo fuera realmente memorable.
Tipo
Grupal
Líneas
20
Estado
Disponible
0
turnos
0
maullidos