• -Las montañas parecian extenderse hasta tocar las Nubes. Cascadas cristalinas caian entre enormes acantilados cubiertos de flores salvajes, mientras arboles gigantescos de hojas esmeralda se alzaban como guardianes. Alli, sentado sobre una roca cubierta de musgo, se encontraba el Ogro observando el Paisaje, su cuerpo habia cambiado nuevamente, ya no se veia como un adolecente, se veia mas adulto pero con razgos mas humanos, su silencio era absoluto. Su enorme cuerpo seguia siendo imponente. Por primera vez en mucho tiempo, no miraba el horizonte buscando enemigos, recuerdos o amenazas-

    -Un grupo de pequeñas criaturas aladas revoloteo cerca de el, ocultandose entre las enredaderas luminosas que colgaban de los arboles. El Joven Ogro las siguio con la mirada, curioso, casi fascinado. Una sonrisa apenas perceptible aparecio en su rostro cuando una de aquellas criaturas se poso sobre uno de sus cuernos. Antes, aquel instante habria pasado desapercibido. Ahora, en cambio, descubria que el mundo estaba lleno de detalles que jamas se habia detenido a contemplar-

    "Te lastimaras pequeño animal.."

    -La brisa calida agito su cabello negro mientras observaba el inmenso valle tropical que se extendia bajo sus pies. El rugido lejano de alguna bestia desconocida se mezclaba con el canto de aves de colores llamativos. No habia guerras, no habia tronos, ni responsabilidades pesando sobre sus hombros. Solo el sonido de la naturaleza viva a su alrededor y aquella sensacion extraña de estar viento todo por primera vez. Como si, despues de tantos años, el mundo hubiera recuperado parte de la magia que alguna vez perdio ante sus ojos-
    -Las montañas parecian extenderse hasta tocar las Nubes. Cascadas cristalinas caian entre enormes acantilados cubiertos de flores salvajes, mientras arboles gigantescos de hojas esmeralda se alzaban como guardianes. Alli, sentado sobre una roca cubierta de musgo, se encontraba el Ogro observando el Paisaje, su cuerpo habia cambiado nuevamente, ya no se veia como un adolecente, se veia mas adulto pero con razgos mas humanos, su silencio era absoluto. Su enorme cuerpo seguia siendo imponente. Por primera vez en mucho tiempo, no miraba el horizonte buscando enemigos, recuerdos o amenazas- -Un grupo de pequeñas criaturas aladas revoloteo cerca de el, ocultandose entre las enredaderas luminosas que colgaban de los arboles. El Joven Ogro las siguio con la mirada, curioso, casi fascinado. Una sonrisa apenas perceptible aparecio en su rostro cuando una de aquellas criaturas se poso sobre uno de sus cuernos. Antes, aquel instante habria pasado desapercibido. Ahora, en cambio, descubria que el mundo estaba lleno de detalles que jamas se habia detenido a contemplar- "Te lastimaras pequeño animal.." -La brisa calida agito su cabello negro mientras observaba el inmenso valle tropical que se extendia bajo sus pies. El rugido lejano de alguna bestia desconocida se mezclaba con el canto de aves de colores llamativos. No habia guerras, no habia tronos, ni responsabilidades pesando sobre sus hombros. Solo el sonido de la naturaleza viva a su alrededor y aquella sensacion extraña de estar viento todo por primera vez. Como si, despues de tantos años, el mundo hubiera recuperado parte de la magia que alguna vez perdio ante sus ojos-
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  • —Basándose en fotos antiguas y en los recuerdos que ha podido obtener gracias a la mente de Dean Winchester, ha pintado un retrato familiar de la familia Winchester y, por supuesto, se ha incluido a ella—
    —Basándose en fotos antiguas y en los recuerdos que ha podido obtener gracias a la mente de [BxbyDriver], ha pintado un retrato familiar de la familia Winchester y, por supuesto, se ha incluido a ella—
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  • ℂ𝖑𝖆𝖚𝖉𝖊 ♱

    Era una noche como cualquier otra, una donde el club estaba lleno de vida y donde todo tipo de transacciones ocurrían: algunas a voluntad propia, otras a la fuerza. Pero todo era lo "normal" ahí dentro.

    Había una mezcla de aromas que, las primeras veces, hicieron que Oriana quisiera vomitar de inmediato. Alcohol, perfumes demasiado dulces, cigarro, incluso algo más primitivo y desagradable: olores que debían permanecer en la intimidad y no mezclarse con el aire de un salón abarrotado. Pero, hoy en día, ella ya no reaccionaba. Había logrado el entumecer sensaciones con el pasar de los años, aunque casi siempre con ayuda.

    Estaba sentada junto a quien solían llamar Niko, uno de los hombres importantes de la organización, y estos estaban haciendo lo que querían aprovechando que el jefe no estaba presente en esa ocasión.

    Los ojos violeta de la chica permanecían perdidos entre las luces de colores que parpadeaban de forma intermitente sobre el salón. La música que retumbaba por todas partes había dejado de tener sentido hacía rato, la escuchaba distante, sin mencionar las voces de los sujetos alrededor de la mesa que parecían estar festejando mientras también se discutían ciertos negocios. El tráfico de armas, drogas, personas... todo lo que hizo que Oriana cayera en ese infierno por un descuido.

    Pero, entre conversaciones, también se escapaban nombres, no siempre completos, a veces alias. En ocasiones podía recordarlos bien, otras esos recuerdos eran muy difusos, pero siempre tenía que fingir que no escuchaba nada si quería mantenerse con vida.

    Mientras tanto, sostenía una copa en su mano izquierda. Ni siquiera dio un sorbo al líquido, el efecto de otras sustancias había empezado a actuar en su sistema y la hundía lentamente en la sensación de desconexión qje tanto necesitaba para soportar noches difíciles. Movía apenas la copa, ya sin sentir sus dedos.

    -¿Pero no será un problema si se da cuenta de que ese adelanto será sustraído de la cuenta? -preguntó uno de los hombres, a lo que una carcajada siguió por parte del que estaba al lado de la pelinegra.

    -Nah, tendrá otras cosas que hacer y de todos modos se verá reflejado demasiado tarde. El jefe dijo que para cuando lo note nosotros ya habremos cambiado de ubicación. Mientras, nos hizo el trabajo gratis. -volvió a reír antes de descansar la mano en el muslo de la joven. Ella la sintió pesada y más como si fueran garras que dedos, clavándose en su carne.

    Bajó la vista de a poco, fijándose en los rostros que conocía, pero ya se veían borrosos, algunos más que otros. Y, aunque no entendió demasiado, supo identificar que algo no andaba bien. Había una tensión e incomodidad entre ellos que se le podría pegar a ella si no fuera porque estaba más bien ida.

    Antes de que la conversación cambiara ocurrió algo raro: la radio que otro de ellos tenía sonó. Pareció que alguien intentaría hablar del otro lado, pero después se escuchó una estática que, si bien duró pocos segundos, fue suficiente para dejar a todos callados.

    -¿Qué mierda fue eso?

    -Nada, seguro uno de estos tarados apretó sin querer el comunicador. Da igual... -pero no daba igual, en realidad. Pronto descubrirían que el tiro les había salido por la culata.
    [SclopetariusNox.txt] Era una noche como cualquier otra, una donde el club estaba lleno de vida y donde todo tipo de transacciones ocurrían: algunas a voluntad propia, otras a la fuerza. Pero todo era lo "normal" ahí dentro. Había una mezcla de aromas que, las primeras veces, hicieron que Oriana quisiera vomitar de inmediato. Alcohol, perfumes demasiado dulces, cigarro, incluso algo más primitivo y desagradable: olores que debían permanecer en la intimidad y no mezclarse con el aire de un salón abarrotado. Pero, hoy en día, ella ya no reaccionaba. Había logrado el entumecer sensaciones con el pasar de los años, aunque casi siempre con ayuda. Estaba sentada junto a quien solían llamar Niko, uno de los hombres importantes de la organización, y estos estaban haciendo lo que querían aprovechando que el jefe no estaba presente en esa ocasión. Los ojos violeta de la chica permanecían perdidos entre las luces de colores que parpadeaban de forma intermitente sobre el salón. La música que retumbaba por todas partes había dejado de tener sentido hacía rato, la escuchaba distante, sin mencionar las voces de los sujetos alrededor de la mesa que parecían estar festejando mientras también se discutían ciertos negocios. El tráfico de armas, drogas, personas... todo lo que hizo que Oriana cayera en ese infierno por un descuido. Pero, entre conversaciones, también se escapaban nombres, no siempre completos, a veces alias. En ocasiones podía recordarlos bien, otras esos recuerdos eran muy difusos, pero siempre tenía que fingir que no escuchaba nada si quería mantenerse con vida. Mientras tanto, sostenía una copa en su mano izquierda. Ni siquiera dio un sorbo al líquido, el efecto de otras sustancias había empezado a actuar en su sistema y la hundía lentamente en la sensación de desconexión qje tanto necesitaba para soportar noches difíciles. Movía apenas la copa, ya sin sentir sus dedos. -¿Pero no será un problema si se da cuenta de que ese adelanto será sustraído de la cuenta? -preguntó uno de los hombres, a lo que una carcajada siguió por parte del que estaba al lado de la pelinegra. -Nah, tendrá otras cosas que hacer y de todos modos se verá reflejado demasiado tarde. El jefe dijo que para cuando lo note nosotros ya habremos cambiado de ubicación. Mientras, nos hizo el trabajo gratis. -volvió a reír antes de descansar la mano en el muslo de la joven. Ella la sintió pesada y más como si fueran garras que dedos, clavándose en su carne. Bajó la vista de a poco, fijándose en los rostros que conocía, pero ya se veían borrosos, algunos más que otros. Y, aunque no entendió demasiado, supo identificar que algo no andaba bien. Había una tensión e incomodidad entre ellos que se le podría pegar a ella si no fuera porque estaba más bien ida. Antes de que la conversación cambiara ocurrió algo raro: la radio que otro de ellos tenía sonó. Pareció que alguien intentaría hablar del otro lado, pero después se escuchó una estática que, si bien duró pocos segundos, fue suficiente para dejar a todos callados. -¿Qué mierda fue eso? -Nada, seguro uno de estos tarados apretó sin querer el comunicador. Da igual... -pero no daba igual, en realidad. Pronto descubrirían que el tiro les había salido por la culata.
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  • *La fría brisa nocturna acariciaba suavemente su cabello mientras permanecía de pie en el amplio balcón de su residencia.
    Aquella noche había decidido adoptar una apariencia más humana. Su figura alta descansaba contra la barandilla de piedra, envuelta por la luz plateada de la luna. Los ojos, normalmente llenos de curiosidad y vida, reflejaban ahora una profunda incertidumbre mientras observaban las incontables estrellas que adornaban el firmamento.
    El mundo estaba en calma.
    Y, sin embargo, su mente era un caos.
    Había regresado.
    Después de aquel largo sueño del que apenas conservaba recuerdos. Un sueño tan profundo que a veces le parecía una segunda muerte. Desde entonces, fragmentos de memorias aparecían y desaparecían sin previo aviso, como hojas arrastradas por el viento.
    Sabía que algo faltaba.
    Sabía que había personas que alguna vez fueron importantes.
    Lugares que había amado.
    Momentos que habían marcado su existencia.
    Pero todo se encontraba cubierto por una espesa neblina que le impedía ver con claridad.
    Apoyó los brazos sobre la barandilla y elevó la mirada hacia las constelaciones.
    Normalmente, las estrellas le resultaban familiares. Eran compañeras eternas que siempre parecían susurrarle secretos del universo. Pero aquella noche incluso ellas parecían guardar silencio.
    Cerró los ojos.
    Y entonces volvió a verlo.
    Una silueta.
    Borrosa.
    Distante.
    La sensación de una sonrisa.
    Una voz que no lograba comprender.
    Una presencia que aparecía una y otra vez en sus sueños.
    Su pecho se oprimió.
    Era extraño.
    No recordaba un rostro.
    No recordaba un nombre.
    Pero sí recordaba cómo aquella persona lo hacía sentir.
    Una mezcla de seguridad, afecto y añoranza tan intensa que resultaba dolorosa.
    Abrió lentamente los ojos.*

    —¿Quién eres...?

    *La pregunta escapó de sus labios casi en un susurro.
    El viento nocturno fue la única respuesta.
    Stolas observó el cielo durante largos segundos, buscando algo entre las estrellas que pudiera devolverle aquello que había perdido.*

    —¿Por qué sigo soñando contigo...?

    *Murmuró para sí mismo.
    Sus dedos se cerraron suavemente sobre la piedra del balcón.
    Por alguna razón, estaba convencido de que aquella persona había significado mucho para él.
    Demasiado.
    Y aunque su memoria se negara a mostrarle el rostro que buscaba, su corazón parecía recordarlo perfectamente.
    Por eso continuó allí, bajo la luz de la luna, contemplando las constelaciones con una melancólica expresión, esperando que algún día aquellos recuerdos borrosos dejaran de ser simples sombras y finalmente revelaran la verdad que había olvidado.*
    ✨🌙 *La fría brisa nocturna acariciaba suavemente su cabello mientras permanecía de pie en el amplio balcón de su residencia. Aquella noche había decidido adoptar una apariencia más humana. Su figura alta descansaba contra la barandilla de piedra, envuelta por la luz plateada de la luna. Los ojos, normalmente llenos de curiosidad y vida, reflejaban ahora una profunda incertidumbre mientras observaban las incontables estrellas que adornaban el firmamento. El mundo estaba en calma. Y, sin embargo, su mente era un caos. Había regresado. Después de aquel largo sueño del que apenas conservaba recuerdos. Un sueño tan profundo que a veces le parecía una segunda muerte. Desde entonces, fragmentos de memorias aparecían y desaparecían sin previo aviso, como hojas arrastradas por el viento. Sabía que algo faltaba. Sabía que había personas que alguna vez fueron importantes. Lugares que había amado. Momentos que habían marcado su existencia. Pero todo se encontraba cubierto por una espesa neblina que le impedía ver con claridad. Apoyó los brazos sobre la barandilla y elevó la mirada hacia las constelaciones. Normalmente, las estrellas le resultaban familiares. Eran compañeras eternas que siempre parecían susurrarle secretos del universo. Pero aquella noche incluso ellas parecían guardar silencio. Cerró los ojos. Y entonces volvió a verlo. Una silueta. Borrosa. Distante. La sensación de una sonrisa. Una voz que no lograba comprender. Una presencia que aparecía una y otra vez en sus sueños. Su pecho se oprimió. Era extraño. No recordaba un rostro. No recordaba un nombre. Pero sí recordaba cómo aquella persona lo hacía sentir. Una mezcla de seguridad, afecto y añoranza tan intensa que resultaba dolorosa. Abrió lentamente los ojos.* —¿Quién eres...? *La pregunta escapó de sus labios casi en un susurro. El viento nocturno fue la única respuesta. Stolas observó el cielo durante largos segundos, buscando algo entre las estrellas que pudiera devolverle aquello que había perdido.* —¿Por qué sigo soñando contigo...? *Murmuró para sí mismo. Sus dedos se cerraron suavemente sobre la piedra del balcón. Por alguna razón, estaba convencido de que aquella persona había significado mucho para él. Demasiado. Y aunque su memoria se negara a mostrarle el rostro que buscaba, su corazón parecía recordarlo perfectamente. Por eso continuó allí, bajo la luz de la luna, contemplando las constelaciones con una melancólica expresión, esperando que algún día aquellos recuerdos borrosos dejaran de ser simples sombras y finalmente revelaran la verdad que había olvidado.*
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Tenlo en cuenta al responder.
    Que que hacen las dos mientras no estoy? Pues tal vez esto…

    Fenrir Queen probablemente pase gran parte del tiempo en calma. A veces estaría leyendo en algún rincón de la academia Absalon, ayudando a algún estudiante perdido con una sonrisa tímida o acompañando a Yrus mientras este duerme enroscado sobre sus piernas. Cuando está sola, seguramente mira el cielo y piensa en todas las personas que quiere proteger, preguntándose si realmente será capaz de estar a la altura de las expectativas que los demás tienen de ella.

    “Espero que todos estén bien… aunque no me necesiten ahora mismo.”

    Mientras tanto, Sury Sakai sería mucho más inquieta. Seguiría entrenando una y otra vez, perfeccionando movimientos con su espada, intentando entender esos recuerdos rotos que siguen escondidos en algún lugar de su corazón. Algunas noches volvería a soñar con aquella puerta blanca, con una figura que no logra reconocer y con un nombre que todavía le provoca una extraña nostalgia.

    ”¿Por qué siento que estoy olvidando algo importante…?”

    Y de vez en cuando, cuando nadie las ve, me gusta imaginar que ambas coinciden en algún lugar imposible entre mundos.

    Fenrir sentada tranquilamente bajo un árbol.

    Sury tumbada sobre la hierba mirando las nubes.

    —¿Crees que volverá pronto?

    Preguntaría Sury.

    —Sí. Siempre vuelve.

    Respondería Fenrir con una pequeña sonrisa.

    Entonces seguirían hablando de cosas simples, de amigos, de aventuras, de los problemas de la academia, de las rarezas de Yrus, hasta que aparecieras otra vez y el mundo volviera a moverse alrededor de ellas.
    Que que hacen las dos mientras no estoy? Pues tal vez esto… Fenrir Queen probablemente pase gran parte del tiempo en calma. A veces estaría leyendo en algún rincón de la academia Absalon, ayudando a algún estudiante perdido con una sonrisa tímida o acompañando a Yrus mientras este duerme enroscado sobre sus piernas. Cuando está sola, seguramente mira el cielo y piensa en todas las personas que quiere proteger, preguntándose si realmente será capaz de estar a la altura de las expectativas que los demás tienen de ella. “Espero que todos estén bien… aunque no me necesiten ahora mismo.” Mientras tanto, Sury Sakai sería mucho más inquieta. Seguiría entrenando una y otra vez, perfeccionando movimientos con su espada, intentando entender esos recuerdos rotos que siguen escondidos en algún lugar de su corazón. Algunas noches volvería a soñar con aquella puerta blanca, con una figura que no logra reconocer y con un nombre que todavía le provoca una extraña nostalgia. ”¿Por qué siento que estoy olvidando algo importante…?” Y de vez en cuando, cuando nadie las ve, me gusta imaginar que ambas coinciden en algún lugar imposible entre mundos. Fenrir sentada tranquilamente bajo un árbol. Sury tumbada sobre la hierba mirando las nubes. —¿Crees que volverá pronto? Preguntaría Sury. —Sí. Siempre vuelve. Respondería Fenrir con una pequeña sonrisa. Entonces seguirían hablando de cosas simples, de amigos, de aventuras, de los problemas de la academia, de las rarezas de Yrus, hasta que aparecieras otra vez y el mundo volviera a moverse alrededor de ellas.
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  • Los interrogatorios por separado finalmente habían concluido. Sarah parecía haber obtenido todo lo que necesitaba: tras sonsacar información a Nicole Rendaia de poderes tan particulares -y de los seres que habitaban en su interior-; tras hacer que Kyrie devolviera a Kazuha los recuerdos que involucraban a su padre -y con ellos, todos los traumas que había intentado enterrar-; tras confirmar, finalmente, la sospecha que había tenido sobre la sangre de Kieran desde el principio... los cuatro fueron reunidos en una misma celda.

    Allí tendrían que pasar la noche. Atrapados. Obligados a confiar a ciegas en la promesa de una mujer que aseguraba que los dejaría libres "cuando fuera el momento." ¿Realmente cumpliría su palabra?

    Al menos, tal como la Cercetan había prometido, los medicos del Consejo ya los habían revisado. Incluso a Kyrie, que aunque aún se le veía debil, parecía estár en mejor estado que cuando colapsó en la sala de interrogatorios.

    —...al menos nos dieron almohadas y sabanas limpias. (?)
    Los interrogatorios por separado finalmente habían concluido. Sarah parecía haber obtenido todo lo que necesitaba: tras sonsacar información a [vortex_emerald_pigeon_594] de poderes tan particulares -y de los seres que habitaban en su interior-; tras hacer que [forever.broken] devolviera a Kazuha los recuerdos que involucraban a su padre -y con ellos, todos los traumas que había intentado enterrar-; tras confirmar, finalmente, la sospecha que había tenido sobre la sangre de [forever.tainted] desde el principio... los cuatro fueron reunidos en una misma celda. Allí tendrían que pasar la noche. Atrapados. Obligados a confiar a ciegas en la promesa de una mujer que aseguraba que los dejaría libres "cuando fuera el momento." ¿Realmente cumpliría su palabra? Al menos, tal como la Cercetan había prometido, los medicos del Consejo ya los habían revisado. Incluso a Kyrie, que aunque aún se le veía debil, parecía estár en mejor estado que cuando colapsó en la sala de interrogatorios. —...al menos nos dieron almohadas y sabanas limpias. (?)
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  • Final de dia es bueno , tener nuevos recuerdos con ellos.
    Final de dia es bueno , tener nuevos recuerdos con ellos.
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
    Categoría Original
    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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  • Las heridas abiertas no deben tocarse, supuran recuerdos y drenan el poco progreso que se ha logrado. Él, que aun lleva el peso de la derrota sobre sus hombros, que abandono todo y se volvió un monstruo evitando cruzarse de nuevo con esos tontos sentimientos. Fue elección, nunca imposición.

    Las heridas abiertas no deben tocarse, supuran recuerdos y drenan el poco progreso que se ha logrado. Él, que aun lleva el peso de la derrota sobre sus hombros, que abandono todo y se volvió un monstruo evitando cruzarse de nuevo con esos tontos sentimientos. Fue elección, nunca imposición.
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  • El viejo parque de atracciones yacía en silencio bajo el cielo grisáceo de la tarde. La hierba había invadido los caminos de cemento agrietado, y los carteles de colores apagados apenas conservaban rastros de la alegría que alguna vez representaron.

    -Cada vez quedan menos.

    Sentado en un banco húmedo y desgastado, estaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. El maletín descansaba a un lado de sus piernas, y entre sus dedos sostenía un cigarro consumiéndose lentamente, cuyo humo se elevaba en espirales perezosas hacia el aire frío. Sus ojos permanecían fijos en una pequeña calesita detenida a unos metros, observando cómo uno de los caballitos se balanceaba apenas por culpa del viento.

    -Cómo sería este lugar años atrás

    Por un momento cerró los ojos, como si estuviera escuchando ecos invisibles: risas de niños, pasos apresurados, una voz femenina llamándolo desde algún lugar perdido en sus recuerdos.

    -Realmente nos hubiera encantado tener hijos…

    El viento atravesó el parque, levantando polvo y haciendo rechinar los juegos oxidados. El cura soltó una pequeña sonrisa melancólica mientras bajaba la mirada al cigarro entre sus dedos.

    -Es una verdadera lástima… pero el tiempo que pasé contigo valió más que una vida.

    Tras decir aquello, dio una última calada lenta. Sus ojos, apagados por el cansancio y la enfermedad, permanecieron perdidos en aquella calesita abandonada, como si imaginara por un instante una vida que jamás pudo existir.
    El viejo parque de atracciones yacía en silencio bajo el cielo grisáceo de la tarde. La hierba había invadido los caminos de cemento agrietado, y los carteles de colores apagados apenas conservaban rastros de la alegría que alguna vez representaron. -Cada vez quedan menos. Sentado en un banco húmedo y desgastado, estaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. El maletín descansaba a un lado de sus piernas, y entre sus dedos sostenía un cigarro consumiéndose lentamente, cuyo humo se elevaba en espirales perezosas hacia el aire frío. Sus ojos permanecían fijos en una pequeña calesita detenida a unos metros, observando cómo uno de los caballitos se balanceaba apenas por culpa del viento. -Cómo sería este lugar años atrás Por un momento cerró los ojos, como si estuviera escuchando ecos invisibles: risas de niños, pasos apresurados, una voz femenina llamándolo desde algún lugar perdido en sus recuerdos. -Realmente nos hubiera encantado tener hijos… El viento atravesó el parque, levantando polvo y haciendo rechinar los juegos oxidados. El cura soltó una pequeña sonrisa melancólica mientras bajaba la mirada al cigarro entre sus dedos. -Es una verdadera lástima… pero el tiempo que pasé contigo valió más que una vida. Tras decir aquello, dio una última calada lenta. Sus ojos, apagados por el cansancio y la enfermedad, permanecieron perdidos en aquella calesita abandonada, como si imaginara por un instante una vida que jamás pudo existir.
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