• Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces.

    El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana.

    —Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía.

    —Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido.

    Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ลkami habitaban.
    Kazuo vio al pequeño kitsune. Era muy joven, un ser prácticamente recién creado. No pudo evitar que los recuerdos de sus propios comienzos afloraran, aunque estos eran algo difusos. En aquella etapa tan temprana aún era un zorro salvaje, y la conciencia de raciocinio, como la de los seres humanos, no la desarrollaría hasta que avanzara su edad… si sobrevivía hasta entonces. El pequeño zorro se acercó a Kazuo con la confianza de quien reconoce a un familiar, a uno de los suyos, incluso pese a aquella apariencia más humana. —Te queda un largo camino, pequeño… Solo espero que no tengas que pasar por el sufrimiento que yo he vivido. Que tu futuro sea más tranquilo. Japón, ahora mismo, atraviesa una transición más estable, por suerte.— Quizás el pequeño kitsune no entendía sus palabras, pero sí la energía que le transmitía. —Mi hogar es tu hogar… Tú y los tuyos siempre tendréis un lugar junto a mí. Os guiaré y os enseñaré vuestro cometido, algo de lo que yo no tuve el privilegio de tener.— Decía Kazuo con esa serenidad que tanto lo caracterizaba, a pesar de lo que la vida le había ofrecido. Kazuo era muy viejo. No había tantos como él. Los kitsune zenko de nueve colas eran una rareza en ese mundo, y por ello ayudaba a los más jóvenes. Enseñándoles cuál sería su cometido: ser mensajeros de Inari, un puente entre el mundo mortal y el reino de los espíritus, donde los ลkami habitaban.
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    #Ro ¿ Qué tan heavy es llevar esta cuenta menos de un año y tener 30 bloqueos ?

    Estoy cansada de 2D que intentan agregar a mi PJ, de gente que solo rasca puntos a mis pjs o gente que solo se quieren fo**** a mi PJ.

    Tendré que aprender japonés para escribir y así quizás me entiendan, porque entiendo que cada uno hace lo que quiere pero si pido respecto y tengo x normas es por algo.
    #Ro ¿ Qué tan heavy es llevar esta cuenta menos de un año y tener 30 bloqueos ? Estoy cansada de 2D que intentan agregar a mi PJ, de gente que solo rasca puntos a mis pjs o gente que solo se quieren fo**** a mi PJ. Tendré que aprender japonés para escribir y así quizás me entiendan, porque entiendo que cada uno hace lo que quiere pero si pido respecto y tengo x normas es por algo.
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  • Cocinando juntas
    Fandom Persona 3 / Free Rol
    Categorรญa Comedia
    Había estado comprando los ingredientes necesarios para hacer una cheesecake japonesa, había visto la receta y la quería recrear después de todo ya no era chica de secundaria que había comidas que ni koro era capaz de comer.

    Además de que en un rato Kotone vendría de sus entrenamientos de natación, así ¿ Qué mejor sorpresa que hacerle un rico pastel ? Seguro que le haría muy feliz.

    Además que quería pasar más tiempo con ella, gracias a ella descubrí de que tenía talento para la informática y si soy quien soy ahora.

    Kotone Shiomi
    Había estado comprando los ingredientes necesarios para hacer una cheesecake japonesa, había visto la receta y la quería recrear después de todo ya no era chica de secundaria que había comidas que ni koro era capaz de comer. Además de que en un rato Kotone vendría de sus entrenamientos de natación, así ¿ Qué mejor sorpresa que hacerle un rico pastel ? Seguro que le haría muy feliz. Además que quería pasar más tiempo con ella, gracias a ella descubrí de que tenía talento para la informática y si soy quien soy ahora. [Kotone_Heroin92]
    Tipo
    Individual
    Lรญneas
    Cualquier lรญnea
    Estado
    Terminado
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  • —Habían pasado los días y quizá Sสœแดแด‹แดœแด…แด€ษชแด‹ษชส€ษช Mษชแด›sแดœแด›แด€แด…แด€ แดนแตƒหขแตƒแตแต˜โฟแต‰ แ”†สทแต’สณแตˆ pensó que Minami se había olvidado de su promesa, pero no, buscó el más hermoso restaurant con un jardín japones, luego de hacer todos los arreglos necesarios, colocó una tarjeta para que el mirara, tenía que estar listo con el atuendo japonés que la vampiresa le pidió que usara, esta vez, una persona se encargaría de llevar al varón al lugar y la fémina esperaría ahí.

    Lo recibía con un típico atuendo japonés sentada en una de las mesas, el lugar era hermoso, combinaba sofisticación con la naturaleza típica de japón. Un lugar sin duda hermoso.—
    —Habían pasado los días y quizá [Masamune_Sword] pensó que Minami se había olvidado de su promesa, pero no, buscó el más hermoso restaurant con un jardín japones, luego de hacer todos los arreglos necesarios, colocó una tarjeta para que el mirara, tenía que estar listo con el atuendo japonés que la vampiresa le pidió que usara, esta vez, una persona se encargaría de llevar al varón al lugar y la fémina esperaría ahí. Lo recibía con un típico atuendo japonés sentada en una de las mesas, el lugar era hermoso, combinaba sofisticación con la naturaleza típica de japón. Un lugar sin duda hermoso.—
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  • ¿No has oído de mí? Bueno, te haré un resumen, controlo todas las criaturas demoníacas del folklore Japonés, soy una Oni, con el poder Supremo, tranquilamente podría ser la madre de todas esas criaturas, pero... También puedo hacer otras cosas.
    ¿No has oído de mí? Bueno, te haré un resumen, controlo todas las criaturas demoníacas del folklore Japonés, soy una Oni, con el poder Supremo, tranquilamente podría ser la madre de todas esas criaturas, pero... También puedo hacer otras cosas.
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    No se qué no hace click...
    Mi personaje es un señor japones de casi 50 que se cansó de fingir ser hetero y por fin es feliz escribiendo sus novelas y amando a su patito, digo, novio y viviendo lejos de Tokio y en un sitio donde no los juzgan por su sexualidad, si no porque Kagehiro sale en pijama a la tienda (asi de cómo esta, que le importa un bledo que le vean su pijama)
    No se qué no hace click... Mi personaje es un señor japones de casi 50 que se cansó de fingir ser hetero y por fin es feliz escribiendo sus novelas y amando a su patito, digo, novio y viviendo lejos de Tokio y en un sitio donde no los juzgan por su sexualidad, si no porque Kagehiro sale en pijama a la tienda (asi de cómo esta, que le importa un bledo que le vean su pijama)
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  • Como cualquier otro japonés, Mine solía frecuentar lugares así; especialmente en esas noches donde el silencio de su casa se volvía demasiado aburrido. Era un asalto a los sentidos: demasiado ruido, demasiadas luces, demasiado todo. Y, sin embargo, allí estaba, entregado a una emoción genuina mientras se perdía en su juego de ritmo favorito. Llevaba las mangas de la remera arremangadas con descuido y su cabello, habitualmente peinado hacia atrás con rigor, caía ahora sobre su cabeza. Ese simple desorden lo volvía casi irreconocible; le otorgaba un aire más joven y mas accesible.

    Sus dedos se desplazaban sobre los botones con una precisión mecánica, casi coreográfica. Mientras la pantalla estallaba en colores y patrones frenéticos, el rostro de Mine se iluminaba con el reflejo del monitor. Se movía como un profesional, como si hubiera repetido esa secuencia miles de veces, y quizás así era. No sonreía, pero tampoco cargaba con su habitual ceño fruncido; su expresión era de una calma absoluta, algo dificil de ver en él.

    Finalmente, la música cesó. Mine dejó escapar un suspiro contenido y observó la pantalla con interés, esperando haber superado su propia marca. Dio un paso atrás para retirarse, y entonces, sucedió.

    Sintió un contacto inesperado y firme. Unos dedos ajenos sujetaron su barbilla sin previo aviso, obligándolo a alzar el rostro. Lo movieron de un lado a otro, escudriñándolo, como si evaluaran si aquel era realmente EL Mine y no un impostor. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: se tensó al instante, los hombros se endurecieron y sus manos dudaron un segundo eterno entre apartar bruscamente aquel agarre o quedarse congeladas donde estaban.

    Su mirada, siempre afilada y bajo control, vaciló al verse forzada a una cercanía tan invasiva. Demasiado cerca. Podía percibir el calor de la otra persona, registrar detalles que no se había autorizado a notar. Su ceño se contrajo, pero no con la severidad de siempre; esta vez era una mueca más frágil, teñida de incomodidad. Tragó saliva, un gesto sutil pero delator.
    No apartó la vista de inmediato, y ese fue su error.

    —…¿Ya terminaste?

    Su voz emergió más baja de lo normal, con una aspereza que no nacía de la irritación, sino de algo mucho más profundo, del miedo de haber sido descubierto. Aunque su rigidez lo traicionaba, no hizo el menor ademán de apartar la mano que aún sostenía su barbilla.
    Como cualquier otro japonés, Mine solía frecuentar lugares así; especialmente en esas noches donde el silencio de su casa se volvía demasiado aburrido. Era un asalto a los sentidos: demasiado ruido, demasiadas luces, demasiado todo. Y, sin embargo, allí estaba, entregado a una emoción genuina mientras se perdía en su juego de ritmo favorito. Llevaba las mangas de la remera arremangadas con descuido y su cabello, habitualmente peinado hacia atrás con rigor, caía ahora sobre su cabeza. Ese simple desorden lo volvía casi irreconocible; le otorgaba un aire más joven y mas accesible. Sus dedos se desplazaban sobre los botones con una precisión mecánica, casi coreográfica. Mientras la pantalla estallaba en colores y patrones frenéticos, el rostro de Mine se iluminaba con el reflejo del monitor. Se movía como un profesional, como si hubiera repetido esa secuencia miles de veces, y quizás así era. No sonreía, pero tampoco cargaba con su habitual ceño fruncido; su expresión era de una calma absoluta, algo dificil de ver en él. Finalmente, la música cesó. Mine dejó escapar un suspiro contenido y observó la pantalla con interés, esperando haber superado su propia marca. Dio un paso atrás para retirarse, y entonces, sucedió. Sintió un contacto inesperado y firme. Unos dedos ajenos sujetaron su barbilla sin previo aviso, obligándolo a alzar el rostro. Lo movieron de un lado a otro, escudriñándolo, como si evaluaran si aquel era realmente EL Mine y no un impostor. Su cuerpo reaccionó antes que su mente: se tensó al instante, los hombros se endurecieron y sus manos dudaron un segundo eterno entre apartar bruscamente aquel agarre o quedarse congeladas donde estaban. Su mirada, siempre afilada y bajo control, vaciló al verse forzada a una cercanía tan invasiva. Demasiado cerca. Podía percibir el calor de la otra persona, registrar detalles que no se había autorizado a notar. Su ceño se contrajo, pero no con la severidad de siempre; esta vez era una mueca más frágil, teñida de incomodidad. Tragó saliva, un gesto sutil pero delator. No apartó la vista de inmediato, y ese fue su error. —…¿Ya terminaste? Su voz emergió más baja de lo normal, con una aspereza que no nacía de la irritación, sino de algo mucho más profundo, del miedo de haber sido descubierto. Aunque su rigidez lo traicionaba, no hizo el menor ademán de apartar la mano que aún sostenía su barbilla.
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  • Sea japonesa o china, estas ropas son tan comodas

    +Contento se acomoda la ropa+
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  • Tomoko Tukomori

    La Esfera Roja que Judith le entregó a Renhakali, se trata de una esfera mística que traería a la vida a un grupo de seres oscuros que podrían serle de mucha utilidad a ella, el grupo se le llama el "Círculo de la Oscuridad" también conocido cómo "Las Fuerzas Malditas".
    La Esfera Roja serviría para traer a la vida a uno de ellos, debido a que la misma se encuentra un poco debilitada para traer a todos al mismo tiempo, sin embargo, el ser que ella lograría invocar, sería fundamental para traer a los demás, se trata de una mujer Oni con poderes extraordinarios capaces de enfrentar a cualquier otro tipo de adversario, gracias a la Esfera Roja.

    Renhakali hace uso de los poderes de la Espada Roja de la Maldición aumentando el poder de la Esfera Roja, trayendo a la vida, a... Tomoko Tukomori, una mujer Demonio la cuál en las escrituras antiguas de Japón, fué conocida cómo "La Reina Oni". Entonces la Esfera Roja comienza a brillar, haciendo materializar una figura femenina de cabello corto y negro, y con ropa roja.
    [Tomoko.Oni] La Esfera Roja que Judith le entregó a Renhakali, se trata de una esfera mística que traería a la vida a un grupo de seres oscuros que podrían serle de mucha utilidad a ella, el grupo se le llama el "Círculo de la Oscuridad" también conocido cómo "Las Fuerzas Malditas". La Esfera Roja serviría para traer a la vida a uno de ellos, debido a que la misma se encuentra un poco debilitada para traer a todos al mismo tiempo, sin embargo, el ser que ella lograría invocar, sería fundamental para traer a los demás, se trata de una mujer Oni con poderes extraordinarios capaces de enfrentar a cualquier otro tipo de adversario, gracias a la Esfera Roja. Renhakali hace uso de los poderes de la Espada Roja de la Maldición aumentando el poder de la Esfera Roja, trayendo a la vida, a... Tomoko Tukomori, una mujer Demonio la cuál en las escrituras antiguas de Japón, fué conocida cómo "La Reina Oni". Entonces la Esfera Roja comienza a brillar, haciendo materializar una figura femenina de cabello corto y negro, y con ropa roja.
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  • Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a ๐—ฐ๐—ผ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ถ. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error.

    Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, ๐—ฎ๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ถ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฒ๐—น๐—ฒ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ฝ๐—ถ๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—บ๐—ถ๐—น๐—ถ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚ ๐˜€๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. ๐—”๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ผ ๐—ฆ๐—ฒ๐˜…๐˜‚๐—ฎ๐—น. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. ๐—”๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ผ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ผ๐—ฝ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ณ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฒ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ.

    La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐—ด๐—ผ๐—ป๐˜‡๐—ผ๐˜€๐—ฎ. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda.

    Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. ๐—ก๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐˜‚๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐˜€๐˜‚๐—ฑ๐—ผ๐—ฟ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐˜† ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎ๐˜€๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐—น ๐—ฒ๐˜…๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜ƒ๐—ถ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐˜๐—ผฬ ๐—น๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜†๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฒ๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐˜ƒ๐—ถ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฑ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ฒ ๐—ต๐—ถ๐˜‡๐—ผ ๐˜€๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—บ๐—ผ ๐˜€๐—ถ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐˜‚๐˜ƒ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜๐—ผ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฝ๐˜‚๐˜๐—ฟ๐—ฒ๐—ณ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ.

    Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichล. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, ๐˜‚๐—ป ๐—ฎ๐—ป๐—ถ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฎ๐˜€๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฎ๐—ปฬƒ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผฬ๐—บ๐—ฎ๐—ด๐—ผ. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel ๐—–๐—˜๐—ฅ๐——๐—ข era el único que podía brindarle contactos.

    Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló.
    Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron.

    —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? ๐—›๐—ฎ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ.

    La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ถ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น ๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—น๐—ฒ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐—ด๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐˜€๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—น๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฒ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ๐—ถ๐—ผ. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido.

    Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente.

    La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. ๐—ง๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡, ๐˜€๐—ฒ ๐—ฑ๐—ถ๐—ท๐—ผ, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฎ๐˜€๐›Šฬ ๐—ฒ๐—น ๐˜ƒ๐›Šฬ๐—ป๐—ฐ๐˜‚๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐˜๐—ฟ๐˜‚๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ฝ๐—ฎ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ฏ๐—ฟ๐—ถ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—น๐—ฒ๐—ท๐—ผฬ๐—ป.
    La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, ๐—ฎ๐—น ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐—ด๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฏ๐˜‚๐—ฟ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฐ๐—น๐—ฎ๐—ป๐—ฒ๐˜€, ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐—น ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฒ๐—ฟ๐—ผ. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo.

    No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que ๐—น๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ป๐—ด๐—ฎ๐—ป๐˜‡๐—ฎ ๐—ฒ๐˜€ ๐˜‚๐—ป ๐—ท๐˜‚๐—ฒ๐—ด๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€.

    El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro.
    Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ต๐˜‚๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐—ผ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—ฑ๐—ถ๐˜€๐—ณ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ.

    Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite.

    Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shลchลซ llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó..
    Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor...

    —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE!

    Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. ๐—˜๐—น ๐—ด๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฒ๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ปฬƒ๐—ผ, ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐—ถ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ด๐—ป๐—ถ๐—ณ๐—ถ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐˜๐—ผ ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ณ๐˜‚๐—ป๐—ฑ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—บ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ.
    El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido.

    Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. ๐—–๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—น๐—ถ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป, ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐˜‚๐—ฒ๐˜€๐—ผ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฟ๐—ป๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฒ๐—ฐ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ฟ๐—ถ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜€๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—บ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ป๐—ผ๐—ฐ๐—ต๐—ฒ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ถ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น ๐˜๐—ฒ๐—ฐ๐—ต๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒฬ ๐˜€๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ผ ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฟ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—น๐—ผ๐—ด๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ.

    La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría.
    Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, ๐—น๐—น๐—ฎ๐—บ๐—ผฬ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜€ ๐˜€๐˜‚๐—ฏ๐—ผ๐—ฟ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ๐˜€.

    Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones.
    Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales.

    —๐—ก๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ด๐—ฎ๐—ป ๐—ฎ๐—พ๐˜‚๐›Šฬ

    Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—น๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ.

    Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. ๐—ฆ๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐˜๐—ผ ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ถ๐—ป๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐—ฟ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—บ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ฒ๐—ด๐—ฎ๐˜๐—ถ๐˜ƒ๐—ผ๐˜€, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฎฬ๐—ด๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—ฒ๐—น ๐—น๐—ฎ๐—ฟ๐—ด๐—ผ ๐—ฒ๐˜…๐—ฝ๐—ฒ๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฐ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฒ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐—ป๐˜€๐—ฎ๐—ฐ๐—ฐ๐—ถ๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€.
    Mine había aprendido la lección antes de cumplir los veinte años, en las aulas de la universidad donde sus compañeros heredaban imperios mientras él se conformaba con ganarse una beca. El mundo, descubrió, no funcionaba con méritos, sino con conexiones. Podías ser el hombre más brillante de una sala, y aún así no significaba nada. No en la yakuza. Allí, los lazos de sangre se forjaban con la certeza de que el hombre a tu lado estaría dispuesto a ๐—ฐ๐—ผ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ถ. Mine lo sabía antes de dar el primer paso. Así que, como todo en su vida, lo planificó con la meticulosidad de quien no puede permitirse un error. Investigó durante meses. Pagó a informantes que bebían su salario en whisky barato, consultó archivos judiciales que el resto del mundo había olvidado, rastreó nombres que nadie más recordaba hasta dar con uno. Un hombre que había sido parte de un clan menor en los márgenes del Tojo, ๐—ฎ๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ถ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฒ๐—น๐—ฒ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ฝ๐—ถ๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—บ๐—ถ๐—น๐—ถ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚ ๐˜€๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ cuando la justicia lo atrapó. El cargo hizo que hasta los yakuzas más endurecidos fruncieran el ceño cuando Mine mencionó el nombre en voz baja. ๐—”๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ผ ๐—ฆ๐—ฒ๐˜…๐˜‚๐—ฎ๐—น. La condena había sido larga, el escarnio público implacable, la vergüenza tan absoluta que el hombre salió de prisión sin un solo contacto al que recurrir. Perfecto, pensó Mine. ๐—”๐—น๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ผ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ผ๐—ฝ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ณ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฟ๐˜€๐—ฒ ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฒ ๐˜๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ. La primera vez que lo vio fue en una sala de visitas penitenciaria, el hombre era más bajo de lo que esperaba, con un cuerpo que la cárcel no había hecho más que engordar, un rostro inflamado por los años de mala comida y peor trato, y una mirada que alternaba entre la desconfianza del animal acorralado y una sumisión ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐—ด๐—ผ๐—ป๐˜‡๐—ผ๐˜€๐—ฎ. Cuando Mine se acercó, los otros reclusos que compartían el espacio se alejaron como si el aire a su alrededor estuviera contaminado. Sintió el estómago revolverse, una náusea agria que le subió por la garganta y que solo pudo contener apretando la mandíbula con una fuerza que le hizo crujir los dientes. Aquel hombre era lo más bajo que podía encontrarse en la sociedad japonesa, un paria entre los parias, tan repulsivo que incluso los asesinos y los estafadores le daban la espalda. Y Mine sonrió. Extendió la mano con la palma hacia arriba, un gesto de apertura que había ensayado frente al espejo durante semanas, y dijo las palabras que había construido con cuidado. Habló de oportunidades, de segundas chances, de cómo alguien con su conocimiento del mundo exterior y alguien con la experiencia del hombre dentro podían construir algo juntos. Su voz no tembló y su gesto no se quebró. ๐—ก๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐˜‚๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐˜€๐˜‚๐—ฑ๐—ผ๐—ฟ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐˜† ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎ๐˜€๐—ถ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐—น ๐—ฒ๐˜…๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜ƒ๐—ถ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐˜๐—ผฬ ๐—น๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜†๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฒ๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐˜ƒ๐—ถ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฑ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ฒ ๐—ต๐—ถ๐˜‡๐—ผ ๐˜€๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—บ๐—ผ ๐˜€๐—ถ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐˜‚๐˜ƒ๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜๐—ผ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฝ๐˜‚๐˜๐—ฟ๐—ฒ๐—ณ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ. Durante meses, Mine se obligó a estar presente. A escuchar las mismas historias aburridas sobre sus conquistas, los mismos chistes vulgares que hacían que sus subordinados más leales desviaran la mirada con incomodidad cuando el hombre reía demasiado fuerte en los bares de Kabukichล. A pagar las cuentas, primero las pequeñas, luego las grandes. Un apartamento aquí, un coche allá, dinero para "inversiones" que nunca se materializaban en nada excepto en deudas más grandes. Cada vez que el hombre lo llamaba "hermano" con esa voz untuosa, Mine sentía algo retorcerse en su interior, ๐˜‚๐—ป ๐—ฎ๐—ป๐—ถ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฎ๐˜€๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฎ๐—ปฬƒ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผฬ๐—บ๐—ฎ๐—ด๐—ผ. Pero sostenía la sonrisa, apretaba el hombro del otro con un gesto de camaradería que había ensayado tantas veces que se había vuelto mecánico. Esperaba, pues aquel ๐—–๐—˜๐—ฅ๐——๐—ข era el único que podía brindarle contactos. Lo que no esperaba, lo que ningún plan financiero ni análisis de riesgo podría haber previsto, fue el momento en que algo dentro de él se dobló. Ocurrió una noche de lluvia, en un callejón detrás de un izakaya donde habían estado bebiendo hasta que las luces de neón empezaron a parpadear como estrellas moribundas. El hombre estaba ebrio, más de lo habitual, apoyado contra la pared húmeda mientras Mine fingía buscar su teléfono para pedir un taxi. Y entonces, entre balbuceos y eructos, las palabras salieron. —Somos hermanos jurados, Yoshitaka. Hermanos. Juntos hasta la muerte, ¿entiendes? ๐—›๐—ฎ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—บ๐˜‚๐—ฒ๐—ฟ๐˜๐—ฒ. La lluvia caía sobre los hombros de Mine, empapando la tela cara de su abrigo, y por un instante, solo un pequeño instante que después repasaría en su memoria cientos de veces, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ถ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น ๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—น๐—ฒ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป... Mine sintió algo. Una pequeña calidez, una pequeña grieta en los muros que el habia construido con tanto cuidado. Tal vez, pensó mientras miraba al hombre tambaleante bajo la lluvia, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐˜€๐—ฎ ๐—ด๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐˜€๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—น๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฒ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ๐—ถ๐—ผ. Tal vez todos los gestos, las borracheras compartidas, las conversaciones sin sentido sobre el futuro, tal vez todo eso había construido algo real. Algo que Mine nunca había tenido. Fue un pensamiento pasajero, duró lo que el parpadeo de una luciérnaga en verano. A la mañana siguiente, cuando el hombre llamó para pedir más dinero con la misma voz de siempre y la misma falta de vergüenza, Mine ya había enterrado ese momento en lo más profundo de su mente. La traición llegó tres meses después, aunque en retrospectiva, Mine sabía que había estado gestándose desde el primer día. Un trato. Algo grande, algo que pondría a la Familia Hakuho en una posición de poder dentro del Clan. El hombre había insistido en participar, en demostrar que era más que la mascota que los otros clanes susurraban a sus espaldas. Mine aceptó, a pesar de cada instinto que le gritaba que no lo hiciera. ๐—ง๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡, ๐˜€๐—ฒ ๐—ฑ๐—ถ๐—ท๐—ผ, ๐˜๐—ฎ๐—น ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜‡ ๐—ฎ๐˜€๐›Šฬ ๐—ฒ๐—น ๐˜ƒ๐›Šฬ๐—ป๐—ฐ๐˜‚๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐˜๐—ฟ๐˜‚๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ฝ๐—ฎ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ฏ๐—ฟ๐—ถ๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ฎ๐—น๐—น๐—ฒ๐—ท๐—ผฬ๐—ป. La emboscada fue perfectamente ejecutada. Las luces de los vehículos, las armas desenfundadas, los gritos de los hombres de Mine cayendo alrededor. Y el hombre que debía cubrirle la espalda, aquel al que había sacado de la cárcel, ๐—ฎ๐—น ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฎ๐—น๐—ถ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฒ๐—ด๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฏ๐˜‚๐—ฟ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—ฑ๐—ฒ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฐ๐—น๐—ฎ๐—ป๐—ฒ๐˜€, ๐—ฑ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ ๐—ฒ๐—ป ๐—น๐—ฎ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐—ณ๐˜‚๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐—น ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฒ๐—ฟ๐—ผ. Con todo. Mine recordaba haber sangrado esa noche, arrastrándose por un callejón distinto al de la promesa de hermanos jurados, con un tajo en el costado que le enseñó lo que era estar realmente solo. No lo buscó, no envió hombres tras él, no hizo nada excepto esperar. Y Mine Yoshitaka sabía esperar como nadie. Había esperado años para construir su imperio financiero, había esperado décadas para encontrar un lugar al que pertenecer, había esperado toda una vida para dejar de sentirse como el niño huérfano que miraba desde afuera. Podía esperar unos meses más, después de todo, Mine se convenció así mismo de que ๐—น๐—ฎ ๐˜ƒ๐—ฒ๐—ป๐—ด๐—ฎ๐—ป๐˜‡๐—ฎ ๐—ฒ๐˜€ ๐˜‚๐—ป ๐—ท๐˜‚๐—ฒ๐—ด๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€. El hombre volvió cuando el dinero se acabó. Volvió con la misma sonrisa untuosa, la misma falta de vergüenza, los mismos gestos de camaradería... y Mine sonrió. Le dio la bienvenida, puso una mano en su hombro y dijo que entendía, que eran tiempos difíciles, que los hermanos se perdonan. Cada palabra era un cuchillo que enterraba en su propia carne, pero la sonrisa no se movió ni un milímetro. Dejó que el hombre creyera que había triunfado, que la traición había sido olvidada, que su lugar junto al futuro patriarca seguía intacto. Le prestó dinero cuando lo pidió, asintió con la cabeza cuando el hombre hablaba de sus planes grandiosos, rió cuando contaba sus chistes vulgares. Cada interacción era una prueba de resistencia, un ejercicio de control tan exquisito que a veces Mine se sorprendía a sí mismo, ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐˜€๐—ถ ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฎ๐—น๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—ต๐˜‚๐—บ๐—ฎ๐—ป๐—ผ ๐—ผ ๐˜€๐—ผ๐—น๐—ผ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—ฑ๐—ถ๐˜€๐—ณ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ. Pero la paciencia, como todo en la vida, tenía un límite. Fue una tarde cualquiera. Mine estaba en su oficina de la sede de la Familia Hakuho, repasando informes trimestrales que prometían ganancias récord, cuando el hombre irrumpió sin anunciarse. Ya había estado bebiendo, el aliento a shลchลซ llegó antes que él, impregnando el aire con ese olor agrio que Mine había aprendido a identificar como presagio de problemas. Y entonces comenzó.. Primero fueron las acusaciones: Que Mine le debía más, que lo había mantenido en una posición baja a propósito para humillarlo, que él había puesto su vida en riesgo por el clan y qué había recibido a cambio. La voz del hombre crecía en volumen y en absurdez, cada palabra más inflamada que la anterior, hasta que el traqueteo de los muebles al ser empujados se sumó al ruido. Una lámpara de mesa de porcelana china, una pieza que Mine había adquirido en una subasta en Kioto, valorada en más de lo que aquel cerdo había ganado en toda su vida, voló contra la pared y estalló en fragmentos blancos. Un portarretratos con una fotografía que Mine ni siquiera recordaba haber colocado allí siguió el mismo camino. Luego un jarrón, luego un monitor... —¡ME DEBES TODO! —el grito del hombre resonó entre las paredes de caoba, sus puños golpeando el escritorio donde Mine todavía estaba sentado, observando con una calma que parecía sobrenatural—. ¡TODO EL DINERO, MINE! ¡Y TUS HOMBRES! ¡ME CANSÉ DE ESTA MIERDA! ¡VOY A ARMAR UNA GUERRA SI NO ME DAS LO QUE ME CORRESPONDE! Sus manos gordezuelas se cerraron sobre el borde del escritorio, volcando la taza de té que Mine había estado bebiendo momentos antes. El líquido caliente se derramó sobre los informes, arruinando horas de trabajo meticuloso. Y fue eso, de todas las cosas, lo que hizo que algo en los ojos de Mine cambiara. No fue la amenaza de guerra, no fue la destrucción de sus pertenencias. Fue el té sobre los informes. ๐—˜๐—น ๐—ด๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฒ๐—พ๐˜‚๐—ฒ๐—ปฬƒ๐—ผ, ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€๐—ถ ๐—ถ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ด๐—ป๐—ถ๐—ณ๐—ถ๐—ฐ๐—ฎ๐—ป๐˜๐—ฒ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—น๐—ฎ๐—ฏ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€๐—ฝ๐—ฒ๐˜๐—ผ ๐˜๐—ฎ๐—ป ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—ณ๐˜‚๐—ป๐—ฑ๐—ฎ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐—ถ ๐˜€๐—ถ๐—พ๐˜‚๐—ถ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐—บ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ. El hombre seguía gritando, su cara congestionada hasta adquirir un tono púrpura, la saliva volando de sus labios mientras enumeraba todas las formas en que Mine le había fallado. No había notado cómo la sonrisa de Mine, esa sonrisa que había sostenido durante dos años enteros, había desaparecido de su rostro como si nunca hubiera existido. Cuando Mine se levantó de su silla, lo hizo con fluidez, el golpe fue tan rápido que el hombre apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que el puño de Mine se hundiera en su estómago blando con precisión. El aire salió de sus pulmones en un gemido húmedo, sus rodillas se doblaron, y luego vino el segundo golpe, y el tercero. ๐—–๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—ถ๐—บ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ผ ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—น๐—ถ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฐ๐—ถ๐—ผฬ๐—ป, ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ต๐˜‚๐—ฒ๐˜€๐—ผ ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฟ๐—ป๐—ฒ ๐˜‚๐—ป ๐—ฒ๐—ฐ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐˜€๐—ผ๐—ป๐—ฟ๐—ถ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ณ๐—ฎ๐—น๐˜€๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ผ๐—บ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐˜€ ๐—ฟ๐—ผ๐˜๐—ฎ๐˜€, ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—ป๐—ผ๐—ฐ๐—ต๐—ฒ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—บ๐—ถ๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฎ๐—น ๐˜๐—ฒ๐—ฐ๐—ต๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฎ๐—ฝ๐—ฎ๐—ฟ๐˜๐—ฎ๐—บ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ ๐—ฝ๐—ฟ๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐—ป๐˜๐—ฎฬ๐—ป๐—ฑ๐—ผ๐˜€๐—ฒ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒฬ ๐˜€๐—ฒ๐—ด๐˜‚๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ป๐˜๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ผ ๐—ฒ๐˜€๐—ฒ ๐˜ƒ๐—ฎ๐—ฐ๐›Šฬ๐—ผ ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฒ๐˜€๐—ฎ๐—ฟ ๐—ฑ๐—ฒ ๐˜๐—ผ๐—ฑ๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—น๐—ผ๐—ด๐—ฟ๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ. La sangre salpicó la manga de su traje, pero Mine ni siquiera parpadeó. Sus nudillos ardían, y el dolor era casi agradable, desestresante diría. Cuando el hombre yacía en el suelo, entre los restos de porcelana y los papeles manchados de té, emitiendo sonidos que ya no eran palabras sino gemidos, Mine se enderezó. Tomó un pañuelo de su bolsillo interior y se limpió los nudillos meticulosidad. Sólo entonces, con un gesto casi perezoso de su mano, ๐—น๐—น๐—ฎ๐—บ๐—ผฬ ๐—ฎ ๐˜€๐˜‚๐˜€ ๐˜€๐˜‚๐—ฏ๐—ผ๐—ฟ๐—ฑ๐—ถ๐—ป๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ๐˜€. Dos hombres en traje negro aparecieron en el marco de la puerta, sus rostros perfectamente impasibles, esperando instrucciones. Mine los miró, y luego desvió la vista hacia el bulto tembloroso en el suelo. Su voz, cuando habló, fue baja y serena, el mismo tono que usaba para aprobar presupuestos trimestrales. —๐—ก๐—ผ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ด๐—ฎ๐—ป ๐—ฎ๐—พ๐˜‚๐›Šฬ Salió de la oficina sin mirar atrás. Caminó por el pasillo de la sede con pasos medidos, escuchando cómo los gritos comenzaban de nuevo detrás de él, más agudos y más desesperados, la voz de aquel hombre que ya no era su "mejor amigo", ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ, ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—ป๐˜‚๐—ป๐—ฐ๐—ฎ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐—ฟ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐—ฒ๐—ฟ๐—น๐—ผ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ. Porque esa era la lección, ¿no? Mine había aprendido muy pronto que en este mundo no recibes nada gratis. Y aquella cosa en el suelo de su oficina, ese despojo que gemía entre la sangre y los restos de porcelana, nunca había sido un hermano. ๐—ฆ๐—ผ๐—น๐—ผ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐˜€๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐˜‚๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐˜๐—ผ ๐—บ๐—ฎ๐—น ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฎ๐—ฐ๐˜๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ถ๐—ป๐˜ƒ๐—ฒ๐—ฟ๐˜€๐—ถ๐—ผฬ๐—ป ๐—ฐ๐—ผ๐—ป ๐—ฟ๐—ฒ๐—ป๐—ฑ๐—ถ๐—บ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ผ๐˜€ ๐—ป๐—ฒ๐—ด๐—ฎ๐˜๐—ถ๐˜ƒ๐—ผ๐˜€, ๐˜‚๐—ป๐—ฎ ๐—ฝ๐—ฎฬ๐—ด๐—ถ๐—ป๐—ฎ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—ฒ๐—น ๐—น๐—ฎ๐—ฟ๐—ด๐—ผ ๐—ฒ๐˜…๐—ฝ๐—ฒ๐—ฑ๐—ถ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฟ๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฟ ๐—น๐—ฎ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ป๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ ๐—ฑ๐—ฒ๐—ท๐—ฎ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฐ๐—ฟ๐—ฒ๐—ฒ๐—ฟ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐—น๐—ผ๐˜€ ๐—น๐—ฎ๐˜‡๐—ผ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฟ๐—ฒ ๐—ต๐—ผ๐—บ๐—ฏ๐—ฟ๐—ฒ๐˜€ ๐—ฝ๐—ผ๐—ฑ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐˜€๐—ฒ๐—ฟ ๐—ฎ๐—น๐—ด๐—ผ ๐—บ๐—ฎฬ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜๐—ฟ๐—ฎ๐—ป๐˜€๐—ฎ๐—ฐ๐—ฐ๐—ถ๐—ผ๐—ป๐—ฒ๐˜€.
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