• — Hoy estuve algo ocupada pero adivinen quién avanza rápido y con notas impecables en sus clases, yo, me enteré que la mejor de la clase es aquella chica tan linda y pude hablar un poco más con su mejor amiga y otras personas, vamos avanzando a buen ritmo
    — Hoy estuve algo ocupada pero adivinen quién avanza rápido y con notas impecables en sus clases, yo, me enteré que la mejor de la clase es aquella chica tan linda y pude hablar un poco más con su mejor amiga y otras personas, vamos avanzando a buen ritmo
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  • El golpe contra el suelo fue seco, limpio.

    Un movimiento rápido. Técnica pura.

    Priscila giró su peso con precisión y lo derribó sin margen de reacción. Antes de que él pudiera incorporarse, ella ya estaba encima, rodilla firme bloqueando su hombro, mano controlando su cabeza contra la tierra del campo.

    La otra sostenía la máscara.

    No era un trofeo legendario.

    Era solo parte del ejercicio: quien derribaba al otro, se quedaba con la máscara por esa ronda.

    Un simple protocolo de entrenamiento.

    Él —disciplinado, fuerte, acostumbrado a dominar cada enfrentamiento— había calculado mal. Un giro rápido, un movimiento de cadera perfectamente ejecutado, y ahora estaba de espaldas contra la tierra

    Él respiraba con fuerza, pero no intentaba liberarse de inmediato. Sus ojos la miraban desde abajo, concentrados… y algo más. Reconocimiento.

    —Ronda tuya —dijo, sin molestia.

    Priscila sonrió apenas, segura.

    A pocos pasos, demasiado cerca como para fingir indiferencia, estaba ella.

    La ex o novia

    Alta. Fuerte. Impecable físicamente. Con esa presencia dominante que no necesitaba esfuerzo para imponerse.

    Y ahora observaba todo desde una distancia mínima. Lo suficiente para ver cómo Priscila lo tenía completamente controlado. Lo suficiente para notar que él no estaba irritado… estaba avergonzado.

    Sus brazos cruzados marcaban tensión. La mandíbula firme. Los ojos clavados en la escena.

    No era la máscara lo que le molestaba.

    Era la dinámica.

    La confianza.

    La forma en que él no reaccionaba con agresividad, sino con respeto.

    Desde la plataforma superior, el capitán observaba en silencio.
    El golpe contra el suelo fue seco, limpio. Un movimiento rápido. Técnica pura. Priscila giró su peso con precisión y lo derribó sin margen de reacción. Antes de que él pudiera incorporarse, ella ya estaba encima, rodilla firme bloqueando su hombro, mano controlando su cabeza contra la tierra del campo. La otra sostenía la máscara. No era un trofeo legendario. Era solo parte del ejercicio: quien derribaba al otro, se quedaba con la máscara por esa ronda. Un simple protocolo de entrenamiento. Él —disciplinado, fuerte, acostumbrado a dominar cada enfrentamiento— había calculado mal. Un giro rápido, un movimiento de cadera perfectamente ejecutado, y ahora estaba de espaldas contra la tierra Él respiraba con fuerza, pero no intentaba liberarse de inmediato. Sus ojos la miraban desde abajo, concentrados… y algo más. Reconocimiento. —Ronda tuya —dijo, sin molestia. Priscila sonrió apenas, segura. A pocos pasos, demasiado cerca como para fingir indiferencia, estaba ella. La ex o novia Alta. Fuerte. Impecable físicamente. Con esa presencia dominante que no necesitaba esfuerzo para imponerse. Y ahora observaba todo desde una distancia mínima. Lo suficiente para ver cómo Priscila lo tenía completamente controlado. Lo suficiente para notar que él no estaba irritado… estaba avergonzado. Sus brazos cruzados marcaban tensión. La mandíbula firme. Los ojos clavados en la escena. No era la máscara lo que le molestaba. Era la dinámica. La confianza. La forma en que él no reaccionaba con agresividad, sino con respeto. Desde la plataforma superior, el capitán observaba en silencio.
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  • -La lluvia caía sin tregua, golpeando el suelo de piedra con un ritmo constante, casi ceremonial. Cada gota resbalaba por el filo de Yamato, siguiendo la línea perfecta del acero como si lo venerara. Vergil permanecía en silencio en medio del claro, el abrigo oscuro empapado, el cabello plateado pegado a su rostro sin que ello pareciera importarle.
    Un movimiento.La katana se desenvainó en un destello azul.
    Un corte limpio atravesó el aire, tan preciso que la lluvia misma pareció dividirse ante él. Vergil avanzó un paso, luego otro, ejecutando una secuencia impecable de ataques: rápidos, controlados, sin desperdiciar energía. Cada golpe era una afirmación de dominio, no de furia.Su respiración era calma, medida… muy distinta al conflicto que se agitaba en su interior.-

    El poder no se concede

    —murmuró finalmente, con voz baja pero firme, mientras Yamato regresaba a su funda—.

    Se forja.

    -Alzó la mirada, como si sintiera una presencia más allá de la cortina de lluvia. Sus ojos azules, fríos y atentos, se clavaron en la oscuridad.-

    Si has venido a observar…

    —dijo sin volverse—.

    No interfieras.

    -La lluvia continuó cayendo.
    Y Vergil volvió a adoptar su postura, listo para el siguiente movimiento… o para lo que sea que el destino decidiera poner frente a él.-
    -La lluvia caía sin tregua, golpeando el suelo de piedra con un ritmo constante, casi ceremonial. Cada gota resbalaba por el filo de Yamato, siguiendo la línea perfecta del acero como si lo venerara. Vergil permanecía en silencio en medio del claro, el abrigo oscuro empapado, el cabello plateado pegado a su rostro sin que ello pareciera importarle. Un movimiento.La katana se desenvainó en un destello azul. Un corte limpio atravesó el aire, tan preciso que la lluvia misma pareció dividirse ante él. Vergil avanzó un paso, luego otro, ejecutando una secuencia impecable de ataques: rápidos, controlados, sin desperdiciar energía. Cada golpe era una afirmación de dominio, no de furia.Su respiración era calma, medida… muy distinta al conflicto que se agitaba en su interior.- El poder no se concede —murmuró finalmente, con voz baja pero firme, mientras Yamato regresaba a su funda—. Se forja. -Alzó la mirada, como si sintiera una presencia más allá de la cortina de lluvia. Sus ojos azules, fríos y atentos, se clavaron en la oscuridad.- Si has venido a observar… —dijo sin volverse—. No interfieras. -La lluvia continuó cayendo. Y Vergil volvió a adoptar su postura, listo para el siguiente movimiento… o para lo que sea que el destino decidiera poner frente a él.-
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  • #Seductivesunday
    -Tras solventar el tedioso papeleo del hotel y librarme de las sofocantes responsabilidades de Charlie, emprendí una huida que pretendía ser definitiva, solo para ser interceptada por el mensaje que dejó Ozy en recepción para mí esa voz que no admite ignorancia. El Anillo de la Lujuria me recibió con su atmósfera cargada, y allí, entre el neón y el deseo, Asmodeo se debatía en un mar de nerviosismo que se evaporó en cuanto sus ojos se posaron en mi actual e impecable apariencia femenina.-

    —No preguntes...

    -sentencié con un tono que cortaba el aire. -

    Solo dime por qué me has invocado y espero que esta interrupción no sea un desperdicio de mi tiempo....

    -El pecado del Deseo, con esa astucia que le caracteriza, invocó la deuda que pendía sobre mi cabeza. Sin más remedio que ceder, escuché sus exigencias para la nueva gala. A medida que sus especificaciones tomaban forma, una visión arquitectónica y macabra comenzó a cristalizarse en mi mente. El escenario, una mole de esplendor levantada bajo su mando, esperaba mi toque final. Fue entonces cuando mis sombras, esas extensiones de mi propia voluntad, se entrelazaron con el personal de Ozzie para dar vida a una estructura que desafiaba la cordura de los círculos infernales.
    Cuando el recinto alcanzó su punto de ebullición, el aire se volvió denso, eléctrico. Vestida con mi atuendo carmesí característico, liberé un torrente de poder arcano que hizo que las luces del lugar no solo brillaran, sino que sangraran luminiscencia.
    Un preludio enigmático, una melodía que parecía arrastrada desde el vacío mismo, silenció a la masa por un breve instante antes del estallido.
    En cuanto mi silueta emergió entre las sombras, el público estalló en un rugido eufórico, un clamor de almas sedientas que alimentó mi espíritu con una energía renovada.
    Bajo mi batuta invisible, el show se convirtió en una coreografía de caos perfecto. Mientras mis sombras ejecutaban movimientos imposibles, mi voz se elevó, envolviendo cada rincón del Anillo de la Lujuria.
    Desde su palco de honor, Asmodeo observaba con una satisfacción depredadora, proyectando su autoridad indiscutible como Pecado Capital. Sin embargo, sobre el escenario, la verdadera autoridad era el ritmo de mi canto, una frecuencia que mantenía a la audiencia en un estado de trance absoluto, adorando cada nota que emanaba de mis labios mientras el infierno entero se rendía ante el espectáculo más magnífico jamás concebido.-

    https://vt.tiktok.com/ZSm15hobv/
    #Seductivesunday -Tras solventar el tedioso papeleo del hotel y librarme de las sofocantes responsabilidades de Charlie, emprendí una huida que pretendía ser definitiva, solo para ser interceptada por el mensaje que dejó Ozy en recepción para mí esa voz que no admite ignorancia. El Anillo de la Lujuria me recibió con su atmósfera cargada, y allí, entre el neón y el deseo, Asmodeo se debatía en un mar de nerviosismo que se evaporó en cuanto sus ojos se posaron en mi actual e impecable apariencia femenina.- —No preguntes... -sentencié con un tono que cortaba el aire. - Solo dime por qué me has invocado y espero que esta interrupción no sea un desperdicio de mi tiempo.... -El pecado del Deseo, con esa astucia que le caracteriza, invocó la deuda que pendía sobre mi cabeza. Sin más remedio que ceder, escuché sus exigencias para la nueva gala. A medida que sus especificaciones tomaban forma, una visión arquitectónica y macabra comenzó a cristalizarse en mi mente. El escenario, una mole de esplendor levantada bajo su mando, esperaba mi toque final. Fue entonces cuando mis sombras, esas extensiones de mi propia voluntad, se entrelazaron con el personal de Ozzie para dar vida a una estructura que desafiaba la cordura de los círculos infernales. Cuando el recinto alcanzó su punto de ebullición, el aire se volvió denso, eléctrico. Vestida con mi atuendo carmesí característico, liberé un torrente de poder arcano que hizo que las luces del lugar no solo brillaran, sino que sangraran luminiscencia. Un preludio enigmático, una melodía que parecía arrastrada desde el vacío mismo, silenció a la masa por un breve instante antes del estallido. En cuanto mi silueta emergió entre las sombras, el público estalló en un rugido eufórico, un clamor de almas sedientas que alimentó mi espíritu con una energía renovada. Bajo mi batuta invisible, el show se convirtió en una coreografía de caos perfecto. Mientras mis sombras ejecutaban movimientos imposibles, mi voz se elevó, envolviendo cada rincón del Anillo de la Lujuria. Desde su palco de honor, Asmodeo observaba con una satisfacción depredadora, proyectando su autoridad indiscutible como Pecado Capital. Sin embargo, sobre el escenario, la verdadera autoridad era el ritmo de mi canto, una frecuencia que mantenía a la audiencia en un estado de trance absoluto, adorando cada nota que emanaba de mis labios mientras el infierno entero se rendía ante el espectáculo más magnífico jamás concebido.- https://vt.tiktok.com/ZSm15hobv/
    @xmenj69

    “Acto I: Gaga desata el caos sagrado” Bloody Mary, Abracadabra, Judas y Scheiße. Tremendo Mix.. #ladygaga #coachella #fridaynight #2oshow #livemusic #live #CapCut

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  • ────Cultivar el arte y la belleza no está separado de la guerrera. Una estrategia impecable y una técnica marcial bien ejecutada también son formas de arte. Nos obligan a mirar los detalles, a movernos con precisión y soltura, y a blandir nuestras armas como si estuviéramos en medio de un baile, uno que sabemos que puede ser letal. Al final, incluso en los escenarios más hostiles, seguimos siendo capaces de crear belleza y armonía. Y eso es lo verdaderamente peligroso de nosotros; la tercera legión.
    ────Cultivar el arte y la belleza no está separado de la guerrera. Una estrategia impecable y una técnica marcial bien ejecutada también son formas de arte. Nos obligan a mirar los detalles, a movernos con precisión y soltura, y a blandir nuestras armas como si estuviéramos en medio de un baile, uno que sabemos que puede ser letal. Al final, incluso en los escenarios más hostiles, seguimos siendo capaces de crear belleza y armonía. Y eso es lo verdaderamente peligroso de nosotros; la tercera legión.
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  • -El parto había dejado una huella inevitable en mi fisonomía, una metamorfosis física que no me tomó por sorpresa; era la respuesta instintiva de mi organismo para contener y estabilizar la magnitud de mi poder infernal. Tras un tiempo de reposo, logré incorporarme, sintiendo cómo la fuerza regresaba a mis miembros. Sabía que para proyectar la autoridad necesaria y mantener una postura impecable, un corsé bien ajustado sería mi mejor aliado en ese momento. Con la certeza de que mis esposos velaban con total devoción por el bienestar de nuestros pequeños, me permití un respiro de mis deberes maternales. Con paso firme y la mente más despejada, encaminé mis pasos hacia el Hotel Hazbin, impulsada por la curiosidad de presenciar, de primera mano, cómo la princesa Morningstar lidiaba con sus propias responsabilidades.-
    -El parto había dejado una huella inevitable en mi fisonomía, una metamorfosis física que no me tomó por sorpresa; era la respuesta instintiva de mi organismo para contener y estabilizar la magnitud de mi poder infernal. Tras un tiempo de reposo, logré incorporarme, sintiendo cómo la fuerza regresaba a mis miembros. Sabía que para proyectar la autoridad necesaria y mantener una postura impecable, un corsé bien ajustado sería mi mejor aliado en ese momento. Con la certeza de que mis esposos velaban con total devoción por el bienestar de nuestros pequeños, me permití un respiro de mis deberes maternales. Con paso firme y la mente más despejada, encaminé mis pasos hacia el Hotel Hazbin, impulsada por la curiosidad de presenciar, de primera mano, cómo la princesa Morningstar lidiaba con sus propias responsabilidades.-
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  • Nuevo Sol
    Categoría Drama
    - 𝑆𝑐𝑎𝑟𝑙𝑒𝑡𝑡 𝐸𝑙𝑒𝑎𝑛𝑜𝑟 𝑀𝑜𝑟𝑒𝑡𝑡𝑖

    Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro.
    Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida.

    Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe.

    Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder.
    En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo.

    —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos.

    Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación.
    El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas.

    El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja.
    —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo.
    Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente.
    La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta.

    Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada.

    El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco.
    La seguridad es un hábito que no se pierde.
    El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto.
    Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto.
    No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad.

    Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto.
    Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor.
    —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
    👥 - [vision_fuchsia_rabbit_825] 🔥 Las mañanas en Palermo tienen un filo particular, como una hoja de navaja que corta el aire y deja tras de sí un rastro de humedad y promesas rotas de los ciudadanos que llegan aqui con ilusiones falsas. Me detengo ante la ventana, observando cómo la bruma se disuelve sobre los tejados y los vendedores despliegan sus mercancías en la Vucciria, ese laberinto de olores y voces donde la frontera entre lo legal y lo prohibido es tan difusa como el humo de un cigarro. Paree haber paz, pero la paz, no existe en Palermo, mis enemigos, decir mis enemigos suena tan ambiguo, pero no hay mejor palabra para le gente que va en mi contra y me desean muerto, han aprendido a moverse en silencio. Antes, la amenaza era un rugido: balas en la noche, coches que explotaban en las esquinas, mensajes escritos con sangre en los muros de la ciudad. Ahora, el peligro se esconde en la quietud, en la ausencia de noticias, dicen que antes de la tormenta viene la calma, y eso lo se perfectamente, suelo ser la tormenta. Los viejos códigos de la Cosa Nostra dictan que el silencio es la antesala de la traición. Y yo, Roman Greco, he sobrevivido demasiado tiempo en este juego como para confiar en la paz. La lealtad se compra y se vende en Palermo como el mejor aceite de oliva; la traición, en cambio, se paga con la vida. Hoy tengo una reunión importante. No se trata de los negocios que han forjado mi nombre en la sombra, sino de algo más “limpio”, más aceptable a los ojos de la ley: la expansión de nuestra empresa de importación y distribución de productos gourmet. El dinero legítimo tiene un sabor distinto, menos intenso, pero más duradero. Es el escudo que me permite caminar entre jueces y banqueros sin que el hedor de la sangre me delate. Sin embargo, la costumbre es una segunda piel, y aunque hoy decido ir solo, sin la escolta habitual, no abandono la prudencia. Bajo la chaqueta de lino azul oscuro, llevo la Beretta compacta, fría y discreta contra mi costado. El traje, hecho a medida, es mi armadura: corte impecable, tela italiana, corbata de seda en un azul profundo que absorbe la luz. Los zapatos relucen, pero no tanto como para llamar la atención y por ultimo el reloj, un Patek Philippe. Salgo a la calle y el bullicio me envuelve. El aire huele a café recién hecho, a pan horneado, a mariscos que esperan su destino en los puestos del mercado. El sol, aún bajo, arranca destellos de las fachadas gastadas y de los charcos que la noche ha dejado en los adoquines. Camino entre la gente, invisible y presente, saludando con un leve gesto de cabeza a los conocidos, ignorando a los curiosos. En Palermo, la discreción es una forma de poder. En la esquina de Via Maqueda, el flujo de peatones se vuelve más denso. Un grupo de turistas se detiene a fotografiar una iglesia barroca, ajenos al peligro que acecha en cada sombra. Es entonces cuando ocurre: un tropiezo, un instante de caos contenido. Siento el contacto de un cuerpo contra el mío, ligero pero firme, y veo cómo una mujer pelirroja pierde el equilibrio. Sus cabellos, de un rojo intenso, parecen arder bajo la luz matinal. La sujeto por el brazo antes de que caiga, notando la suavidad de su piel y la tensión de sus músculos bajo la tela de un vestido verde esmeralda. Sus ojos, de un azul profundo, me miran con sorpresa y algo más: una chispa de desafío, quizás, o de miedo. —Attenta, signorina —murmuro, mi voz baja y controlada—. Palermo no perdona a los distraídos. Ella sonríe, apenas, y se libera de mi mano con una elegancia que no es común en las turistas, oh no las que suelo conocer, ella se muestra incluso se ve como si este fuera su hogar y yo el intruso, nos alejamos y cuando pasa a mi lado percibo el aroma de su perfume, una mezcla de cítricos y algo más oscuro. Por un instante, el tiempo se detiene. Podría girarme, seguirla con la mirada, dejar que la curiosidad me arrastre. Pero no lo hago. El autocontrol es mi mayor virtud y mi peor condena. Sigo mi camino, sintiendo el peso de su mirada en mi espalda, como una advertencia o una invitación. El bullicio de la ciudad me arrastra de nuevo. El sonido de los vendedores, el claxon de los scooters, el murmullo de las conversaciones en dialecto siciliano. Todo es familiar, todo es peligroso. Pero en mi mente, la imagen de la mujer pelirroja permanece, como una promesa de problemas. El edificio donde se celebra la reunión es un antiguo palazzo restaurado, con techos altos y frescos desvaídos que hablan de un pasado más noble y menos sangriento. La sala de juntas huele a cuero, a madera encerada, a café fuerte servido en tazas de porcelana. Los socios me esperan: hombres de negocios, abogados, un par de políticos locales que han aprendido a no hacer demasiadas preguntas. Sus trajes son caros, pero sus miradas delatan la inseguridad de quienes han visto de cerca el filo de la navaja. —Benvenuti —saludo, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mi voz es firme, sin concesiones—. Cominciamo. Las cifras aparecen en la pantalla: ingresos, proyecciones, oportunidades de expansión en el norte de Italia y más allá. Hablan de logística, de márgenes de beneficio, de alianzas estratégicas. El lenguaje es pulcro, casi aséptico, pero yo percibo las corrientes subterráneas: la ambición, el miedo, la sospecha de que todo puede venirse abajo con una sola llamada, con una sola traición. Escucho, asiento, hago preguntas precisas. Pero mi mente, por primera vez en mucho tiempo, no está del todo presente. La imagen de la mujer pelirroja se cuela entre los gráficos y las palabras. Recuerdo el tacto de su brazo, la intensidad de su mirada, el modo en que se apartó de mí sin mostrar debilidad. ¿Quién es? ¿Qué hace en Palermo? ¿Es una casualidad o una señal? En mi mundo, las coincidencias no existen. Todo tiene un propósito, una razón oculta que espera ser descubierta. Cuando todo termina, me levanto y recojo mi chaqueta. El murmullo de las conversaciones se apaga a mi paso. Salgo al pasillo, sintiendo el peso de las miradas en mi espalda. En el ascensor, el reflejo de mi rostro en el espejo me devuelve una imagen que reconozco del todo: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la sombra a mis hombros de la sangre que a pasado por mis manos, no soy alguien vanidoso por lo mismo no me visto para verme atractivo, solo busco, recato y decencia, pero verme al espejo suele ser algo que no soporto mucho hasta que aparto la mirada. El hambre es una excusa, una necesidad física que me permite retrasar el regreso a la soledad de mi despacho. Elijo un restaurante elegante en Via Principe di Belmonte, uno de esos lugares donde la luz para la hora del medio dia es tenue y el murmullo de las conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de cristal. El maître me reconoce y me conduce a una mesa junto a la ventana, desde donde puedo observar la calle y, si es necesario, la puerta de entrada, ya saben la mayoria de los restaurantes donde suele ser el lugar que busco. La seguridad es un hábito que no se pierde. El ambiente es refinado: manteles blancos, cubiertos de plata, camareros que se mueven con la precisión de bailarines. El aroma del vino tinto, del pan recién horneado, de la salsa de tomate y albahaca, llena el aire. El murmullo de la sala es un telón de fondo, una música suave que invita a la confidencia y al secreto. Me acomodo en la silla, pido un Brunello di Montalcino y dejo que el primer sorbo me limpie el paladar y la mente. Es entonces cuando la veo. Sentada en la mesa contigua, de espaldas a la pared, está la mujer pelirroja. Lleva un vestido negro esta vez, sencillo pero elegante, que resalta la palidez de su piel y el fuego de su cabello. A su lado, una amiga rubia, de rostro alegre y voz melodiosa. Hablan en voz baja, en un italiano con acento extranjero, quizás inglés o francés. Sus risas son suaves, contenidas, como si compartieran un secreto. No puedo evitar mirarlas de reojo. La pelirroja —Scarlett, pienso, porque ningún otro nombre le haría justicia a el aura y elegancia que ella mismo mostraba— percibe mi mirada y me dedica una sonrisa breve, cortés, cargada de una ironía que solo los que han conocido el peligro pueden entender. Le devuelvo la sonrisa, apenas un gesto, suficiente para marcar la distancia y la posibilidad. Minutos después, un bolígrafo cae al suelo, rodando hasta detenerse junto a mi zapato. Lo recojo. Es de metal, elegante, y lleva grabado un nombre: "Scarlett". Lo sostengo un instante entre los dedos, notando el peso, el frío del metal, el eco de su tacto. Me levanto y me acerco a su mesa. La amiga rubia me mira con curiosidad, pero es Scarlett quien sostiene mi mirada, sin rastro de temor. —Perdona, signorina —digo, tendiéndole el bolígrafo—. Creo que esto te pertenece.—
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  • El mármol frío bajo sus dedos fue lo primero que la ancló a la realidad.

    Apoyó ambas manos en la encimera, inclinándose apenas hacia adelante. El espejo no le devolvía el rostro, solo la línea expuesta de su espalda, la piel desnuda interrumpida por la cinta negra que caía desde su cuello. El vestido era impecable. Demasiado. Pero ella solo quería irse del lugar, no debió aceptar el trabajo de anfitriona de aquel lujoso restaurante, la paga era buena sí, pero estaba demasiado cansada.

    Sacó su celular buscando a quién recurrir. Entre todos, un contacto específico saltó a su vista, por lo cual una sonrisa instantánea se formó en sus labios, y consigo trayendo lo recuerdos de aquel día en la nieve...

    : Hola...se que es algo tarde, ¿pero crees que podrías pasar por mí? .
    En recompensa te invito una hamburguesa [?] O lo que gustes

    Kieran
    El mármol frío bajo sus dedos fue lo primero que la ancló a la realidad. Apoyó ambas manos en la encimera, inclinándose apenas hacia adelante. El espejo no le devolvía el rostro, solo la línea expuesta de su espalda, la piel desnuda interrumpida por la cinta negra que caía desde su cuello. El vestido era impecable. Demasiado. Pero ella solo quería irse del lugar, no debió aceptar el trabajo de anfitriona de aquel lujoso restaurante, la paga era buena sí, pero estaba demasiado cansada. Sacó su celular buscando a quién recurrir. Entre todos, un contacto específico saltó a su vista, por lo cual una sonrisa instantánea se formó en sus labios, y consigo trayendo lo recuerdos de aquel día en la nieve... 💬: Hola...se que es algo tarde, ¿pero crees que podrías pasar por mí? 😩. En recompensa te invito una hamburguesa [?] O lo que gustes :STK-66: [forever.tainted]
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  • Disciplina y talento. Desde pequeña luché para ganarme mi lugar, y en la actualidad sigo luchando. No es ser perfecto, es ser impecable
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    FICHA EXTENDIDA — REVISTA OFICIAL
    ISHTAR’S COLD 3R

    Agencia: Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour

    IDENTIDAD DE LA REVISTA
    - Nombre: ISHTAR’S COLD 3R
    - Lema: Luxury Escape · Destination Unknown
    - Categoría: Alta moda, viajes élite, poder corporativo nocturno
    - Edición: Hangar Secrets
    - Distribución: Global · Edición premium de colección

    ISHTAR’S COLD 3R representa el lujo que no se anuncia, el poder que se mueve en silencio y las decisiones que se toman lejos de las miradas públicas.

    PROTAGONISTAS DE PORTADA
    Figura Masculina — El Guardián del Vuelo

    -Rol: Ejecutivo estratégico · Protector del legado

    Elegante, calculador y siempre un paso atrás… para vigilarlo todo. Su presencia transmite control absoluto y lealtad inquebrantable.

    Estilo:
    - Traje negro de corte perfecto
    - Detalles carmesí discretos
    - Postura firme y mirada alerta

    Perfil:
    Es el hombre que abre las puertas del escape. Donde otros ven un viaje, él ve una operación perfectamente planeada.

    Figura Femenina — The Ice Queen

    - Rol: Líder suprema · Icono de poder frío

    Sofisticada, dominante y serena. No necesita levantar la voz para imponer respeto. Cada paso que da es una orden silenciosa.

    Estilo:
    - Atuendo ejecutivo en tonos hielo y azul
    - Tacones precisos, postura impecable
    - Elegancia glacial y presencia soberana

    Perfil:
    Su llegada cambia el clima. No huye del mundo: lo observa desde arriba mientras decide su próximo movimiento.

    CONCEPTO VISUAL

    Ubicación: Hangar privado · Noche lluviosa
    Elementos clave:

    - Jet ejecutivo de lujo
    - Alfombra roja privada
    - Iluminación fría con reflejos húmedos
    - Ciudad al fondo, lejana y secundaria

    La escena simboliza una salida estratégica, donde el verdadero lujo no es el destino, sino la libertad de elegirlo.

    FILOSOFÍA ISHTAR
    Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour redefine el lujo como control absoluto del tiempo, del espacio y del silencio.

    Aquí no se viaja para escapar…
    Se viaja porque se puede.

    ISHTAR’S COLD 3R no es una revista.
    Es un pasaje solo para quienes gobiernan en frío.
    📖 FICHA EXTENDIDA — REVISTA OFICIAL ISHTAR’S COLD 3R Agencia: Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour ❄️ IDENTIDAD DE LA REVISTA - Nombre: ISHTAR’S COLD 3R - Lema: Luxury Escape · Destination Unknown - Categoría: Alta moda, viajes élite, poder corporativo nocturno - Edición: Hangar Secrets - Distribución: Global · Edición premium de colección ISHTAR’S COLD 3R representa el lujo que no se anuncia, el poder que se mueve en silencio y las decisiones que se toman lejos de las miradas públicas. 👑 PROTAGONISTAS DE PORTADA 🖤 Figura Masculina — El Guardián del Vuelo -Rol: Ejecutivo estratégico · Protector del legado Elegante, calculador y siempre un paso atrás… para vigilarlo todo. Su presencia transmite control absoluto y lealtad inquebrantable. Estilo: - Traje negro de corte perfecto - Detalles carmesí discretos - Postura firme y mirada alerta Perfil: Es el hombre que abre las puertas del escape. Donde otros ven un viaje, él ve una operación perfectamente planeada. ❄️ Figura Femenina — The Ice Queen - Rol: Líder suprema · Icono de poder frío Sofisticada, dominante y serena. No necesita levantar la voz para imponer respeto. Cada paso que da es una orden silenciosa. Estilo: - Atuendo ejecutivo en tonos hielo y azul - Tacones precisos, postura impecable - Elegancia glacial y presencia soberana Perfil: Su llegada cambia el clima. No huye del mundo: lo observa desde arriba mientras decide su próximo movimiento. ✈️ CONCEPTO VISUAL Ubicación: Hangar privado · Noche lluviosa Elementos clave: - Jet ejecutivo de lujo - Alfombra roja privada - Iluminación fría con reflejos húmedos - Ciudad al fondo, lejana y secundaria La escena simboliza una salida estratégica, donde el verdadero lujo no es el destino, sino la libertad de elegirlo. 🖤 FILOSOFÍA ISHTAR Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour redefine el lujo como control absoluto del tiempo, del espacio y del silencio. Aquí no se viaja para escapar… Se viaja porque se puede. ISHTAR’S COLD 3R no es una revista. Es un pasaje solo para quienes gobiernan en frío.
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